El modelo de la educación médica que predomina en Latinoamérica desde 1910 se divide en dos periodos de dos años cada uno, el de ciencias básicas (dentro de la escuela) y el de ciencias clínicas (en los hospitales), donde se supone el alumno adquiere destrezas; este es el modelo educativo clásico de Flexner.1 La declaración de Edimburgo de 1988 aporta otros aspectos a la educación médica como son la prevención y la promoción de la salud, la aplicación en la comunidad y el desarrollo de habilidades de autoaprendizaje en los alumnos.2 En el 2010, la Fundación Carnegie describió importantes deficiencias en la educación médica, entre otras, la rigidez de los programas, el excesivo aprendizaje de memoria, la falta de aprendizaje experiencial y la enseñanza intrahospitalaria a cargo de médicos con poco tiempo para enseñar.3 Finalmente, existen unas “terceras ciencias” que complementan a las ciencias básicas y clínicas, las Ciencias del Sistema de Salud (Health System Sciences) que incluyen, entre otros tópicos, la seguridad del paciente.4
Los campos clínicos son muy competidos al existir una sobrepoblación de estudiantes, lo anterior disminuye la oportunidad de adquirir experiencia con pacientes reales; además, algunos pacientes presentan cierta resistencia de ser atendidos por estudiantes.5 El uso de la simulación clínica aporta experiencias realistas que incrementan el desarrollo cognitivo, la práctica, la comunicación y el trabajo en equipo. Un ambiente simulado controlado permite el error-aprendizaje y resguarda la seguridad del paciente.6
Es necesario brindar oportunidades educativas que incrementen las competencias profesionales a los estudiantes de medicina y resguarden la seguridad del paciente, mediante estrategias de aprendizaje innovadoras como lo es el aprendizaje por simulación clínica, en el que además se representa una situación real en la que el aprendizaje es intervenido y guiado por un experto.7
Un ambiente simulado controlado permite a los estudiantes vivir escenarios clínicos reales, en los que ponen en práctica sus conocimientos y competencias necesarias para poder integrar un diagnóstico y establecer un tratamiento adecuado, con la posibilidad del aprendizaje por error, a través de la retroalimentación guiada por el docente, resaltando la importancia de la protección del paciente con lo que se evitan riesgos de índole ético-legal.8 Las múltiples ocupaciones que desempeñan los médicos debido a la gran carga asistencial de un hospital, limitan no sólo la enseñanza a los estudiantes, también el tiempo con el paciente; ésta es otra razón por la cual la simulación clínica conforma un ambiente que promueve el aprendizaje a partir de la experiencia y reflexión personal.9 La simulación clínica promueve el desarrollo de competencias que pueden ser evaluadas.10 Las habilidades y competencias se pueden evaluar por el examen clínico objetivo estructurado (ECOE), es un instrumento que permite la evaluación estandarizada de competencias de comunicación y profesionales médicas, se aplica en escenarios de simulación y es un estándar de oro a nivel internacional.11 La “evaluación clínica integral sistemática” (ECIS) está basada en el ECOE, es utilizada en la Facultad Mexicana de Medicina de la Universidad La Salle, se compone de un examen teórico para la evaluación de los conocimientos y un examen práctico que mide competencias (comunicación, razonamiento clínico, maniobras de exploración e integración de la información para llegar a un diagnóstico), a través de una rúbrica.12
Podemos concluir que la simulación clínica conforma un ambiente que promueve el aprendizaje a partir de la experiencia y reflexión personal, promueve el desarrollo de competencias (conocimientos y habilidades) en un entorno social que pueden ser evaluadas a través de la observación, siendo la realimentación una actividad esencial que refuerza lo aprendido y representa una oportunidad para mejorar.










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