INTRODUCCIÓN
El escritor Georges Perec alguna vez afirmó que existen pocos acontecimientos que no dejan al menos una huella o un rastro escrito.1 Como si de un museo de sitio se tratara, en Aguascalientes se mantiene intacta, desde 1980 la imprenta de Francisco Antúnez Madrigal la cual es un prototipo de taller de mediados del siglo XX; en ese lugar se produjeron por más de cuatro décadas un gran número de impresos y decenas de libros de la más notable calidad.
Sin considerarla como una empresa del siglo pasado, sino como una vasta fuente de investigación, se puede mencionar que ahí se encuentra un corpus material que incluye la imprenta y todos sus artefactos, un corpus documental conformado por poco más de una decena de metros lineales de documentos diversos y un fondo bibliohemerográfico integrado por una rica colección de libros e impresos de los siglos XIX y XX.
Entre el corpus documental de la imprenta de Francisco Antúnez Madrigal permanece inédita una serie de borradores de Morelia, 1915;2 una autoficción basada en los recuerdos de su niñez. El tema primordial de ese texto es la ocupación de la imprenta de Francisco Antúnez Villagómez —padre de Antúnez Madrigal— por parte de algunos integrantes del ejército villista durante el mes de marzo, tiempo en que esa facción se apoderó del gobierno michoacano.
De acuerdo con los historiadores franceses Philippe Artières y Dominique Kalifa, el uso de los archivos privados genera discusiones entre los académicos porque los documentos pueden mantener una relación equívoca con lo verídico, o bien, pueden proporcionar un material privilegiado, a veces único, “para captar las emociones, las sensibilidades y las representaciones sociales, para restituir las experiencias en toda su discontinuidad”.3
Tras un proceso de verificación, este trabajo expone que Morelia, 1915 puede clasificarse en el segundo supuesto enunciado por Artières y Kalifa. Antúnez Madrigal plasmó en inacabados mecanoescritos un testimonio sobre su infancia en Morelia y “su participación” en la Revolución mexicana. También relató unas cuantas escenas que lo perturbaron, pero por encima de esas líneas —que son pocas—, dedicó la mayoría de sus palabras a la descripción de sus vecinos, las dinámicas de los revolucionarios durante su permanencia en del taller, las minucias de la impresión y a los objetos de su nostalgia: los libros de las bibliotecas que solía frecuentar.
Este trabajo es producto de una investigación que tuvo como objetivo confrontar los hechos de la autoficción con otras fuentes, verificarlos y descartar lo ficcional para reconstruir la historia de ese episodio. Se consideró como hipótesis que Morelia, 1915 es un valioso testimonio y un caso representativo del papel que desempeñaron las imprentas durante el conflicto armado y los embates que tuvieron que enfrentar los impresores, al mismo tiempo que proporciona datos específicos sobre un tema escasamente documentado: la fabricación del papel moneda para los revolucionarios.
Por las características del mecanoescrito y el objetivo de este artículo se empleó como categoría de análisis la cultura escrita; la cual brinda herramientas para abordar la autoficción porque sus metodologías formales de análisis son aplicables a la indagación histórica basada en los productos gráficos que son testimonio directo de los fenómenos.4 En este sentido, la cultura escrita no solo es adecuada para el mecanoescrito, sino para cualquier registro documental que aporte datos a la investigación.
La metodología, que Armando Petrucci caracterizó como indiciaria, buscaría respuestas a las problemáticas del análisis respondiendo preguntas como: ¿en qué consiste el texto escrito?; ¿cuándo o en qué época fue elaborado?; ¿en dónde?; ¿cómo?, es decir, ¿con qué técnicas, instrumentos o materiales?; ¿quién lo realizó y a qué ambiente sociocultural pertenecía?; ¿cuál era el ambiente de la difusión social de la escritura?, y, sobre todo, ¿para qué?; ¿cuál era la finalidad ideológica y social de la escritura en un contexto temporal específico?5
Se complementó el análisis con varias estrategias metodológicas centradas en la observación de impresos y artefactos; la realización de entrevistas; la consulta de bibliografía, documentos de archivos públicos y privados, así como la revisión de la legislación.
Para distinguir lo que pudo haber sucedido de lo imaginado por el autor, se confrontó el relato con otras fuentes y se llevaron a cabo entrevistas a los hijos de Francisco Antúnez, quienes confirmaron la toma de la imprenta y corroboraron un gran número de datos y de hechos porque la narración que sus padres hacían de las historias familiares era parte de la rutina doméstica.
Antúnez Madrigal aprendió a reparar prensas junto a su padre —Francisco Antúnez Villagómez— porque era común durante el conflicto armado que intentaran destruirlas. El mecanoescrito también facilitó el trabajo; contiene escenas escritas de distintas formas, todas ellas se descartaron porque evidentemente fueron producto de una creación literaria y no se localizaron otras fuentes que insinuaran la factibilidad de esos sucesos.
LA ESCRITURA DE UNA AUTOFICCIÓN
Aunque Francisco Antúnez Madrigal escribía desde su juventud sobre diversos temas, fue tras su jubilación, después de 1968, cuando intensificó la redacción de sus memorias. El impresor redactaba una y otra vez los mismos apuntes; se pueden encontrar varias versiones de un mismo capítulo o hasta diez versiones de un mismo párrafo en hojas mecanoescritas o en fichas unidas por clips, lo que revela que la escritura de Antúnez pensada para la publicación no era improvisada y era el resultado de constantes reflexiones y correcciones.
Existía una historia que el profesor Antúnez había querido escribir durante mucho tiempo y no lo había hecho porque sus escrúpulos lo detenían; uno de sus más altos valores era la honradez y velaba celosamente la opinión que los demás tenían de él. Esa historia lo involucraba, quizá lo avergonzaba, y aunque nadie podría señalarle responsabilidad alguna porque era un niño cuando sucedió, consignó: “¿Qué diría Salvador Azuela de esta confesión mía? Catón de la más severa moral, Azuela no admite siquiera la honradez a medias, sino que la exige acrisolada. Es tanta su exigencia a este respecto, que sus amigos decimos que es un santo por sus virtudes y un demonio por sus exigencias morales”.6
Este párrafo revela un verdadero conflicto para el autor, pues escribió casi una decena de versiones, una tras otra, y son fragmentos del relato final los que se reproducen en este texto. La tarea, largamente postergada, cuenta la historia de la fabricación de papel moneda para un grupo de “bizarros militares” en la honesta imprenta de su padre que, hasta antes de la Revolución, había sido catalogada como clerical y además era sitio de frecuente reunión para escritores y poetas.
Es muy probable que Antúnez Madrigal haya tenido que decidir entre escribir un texto histórico o uno literario; se inclinó por el segundo para evitar incurrir en errores y ser juzgado por ellos y, además, poder explotar el terreno de la creación para incluir escenas que no sucedieron. Morelia, 1915,7 título que nombra el conjunto de borradores, es una autoficción.
En las producciones literarias es común encontrar mezclas de géneros; sin embargo, la teoría autobiográfica distingue entre novela autobiográfica y autoficción.8 En la primera “el autor se encarna total o parcialmente en un personaje novelesco, se oculta tras un disfraz ficticio o aprovecha para la trama novelesca su experiencia vital debidamente distanciada mediante una identidad nominal distinta a la suya. La autoficción, en cambio, es un relato que se presenta como novela, pero en ella se ratifica la identidad del autor, narrador y personaje.9 Antúnez es el protagonista, habla en primera persona y advierte que en su obra se mezclan la verdad y la mentira: “este es el caso de mis apuntes. Muchas cosas las inventé y otras las soñé. El resto, que es bien poco, es la realidad. De todos modos, yo los quiero entretener con un relato que pudo ser cierto o que es cierto o que consta a todo el mundo que es verdad”.10
LA INDISCRIMINADA EMISIÓN DE PAPEL MONEDA
La historia de Francisco Antúnez Madrigal se remonta a los orígenes de la imprenta en Michoacán, la cual llegó en 1812 junto con el ejército insurgente, pero no duró ni un año.11 Aunque existen hojas volantes, proclamas y manifiestos producidos en alguna prensa móvil o clandestina durante los siguientes años, fue hasta 1821 que se estableció formalmente en Valladolid la “Imprenta del Ejército Imperial de las Tres Garantías” al servicio de Agustín de Iturbide. Al frente de este taller se colocó el errante impresor que había acompañado a José María Morelos durante su lucha independentista desde Oaxaca a Chilpancingo: Luis Arango.12 “De ese impresor y de aquella imprenta arranca la principal genealogía de las imprentas morelianas”.13 Ignacio Arango, hijo de Luis Arango, heredó el taller a su viuda, Dolores González y a sus hijos Jesús, Joaquín y Paulino. Según el historiador Carlos Herrejón Peredo:
En la imprenta de esos herederos y en otras, se formó como aprendiz, quien constituye uno de los eslabones de las artes tipográficas en el tránsito de un siglo a otro. Me refiero a Francisco Antúnez Villagómez, quien en 1895 estableció su taller en la actual calle de Virrey de Mendoza [en Morelia]. Posteriormente, adquiriría parte de su instrumental de la Imprenta de Arango […] Un hijo suyo, del mismo nombre y de amplia cultura, casó [sic] con una nieta de los Arango y llevó la tradición gráfica de Morelia a la ciudad de Aguascalientes. Allá él mismo fue autor y editor de varios trabajos sobre historias de imprentas.14
Ese hijo emigrado a Aguascalientes fue Francisco Antúnez Madrigal, y su esposa, France Laugier, era nieta de Paulino Arango. Francisco Antúnez Madrigal nació en Morelia en 190715 en la casa que habían comprado sus abuelos en la calle del Águila y que era característica de la clase media de la época; la finca sigue en pie y se ubica a unas siete cuadras de la catedral en la vía que después se llamó Victoria y que actualmente lleva el nombre de Virrey de Mendoza. Creció entre las prensas de la imprenta porque, como era común en la época, el taller estaba instalado en el domicilio particular y era conocido por los liberales de la época como “‘una imprenta clerical’ debido a que allí se imprimían libros de rezos y oraciones y otros trabajos del arzobispado; así como carteles para las funciones religiosas, de esos que se fijan en los canceles de las iglesias y toda clase de trabajos a los particulares; habiéndose editado también algunos libros, entre ellos las ‘Senilias Poéticas’ de don Francisco Elguero16 (1910) y otros libros de versos de distintos autores”.17
La Revolución mexicana se desarrolló desde el principio “en dos escenarios diferentes: las ciudades y el campo. Sería falaz afirmar que el debate político e ideológico tuvo lugar únicamente en las primeras, mientras que la lucha armada se llevó a cabo en el segundo”.18 Al igual que en otras ciudades, el estallido del movimiento revolucionario en 1910 desestabilizó la vida política y social de Morelia. Cualquier persona de clase media o alta que se negara a financiar a los bandos que se levantaron en armas podía ser acusada de ser enemiga de la Revolución por el gobernador en turno o los prefectos de distrito.
Las políticas estatales de intervención y desintervención de bienes fueron constantes, especialmente en Morelia, pues extensas y lujosas propiedades estaban en manos del clero. Mientras gran parte de la población vivía en situaciones precarias, el acaparamiento de productos de primera necesidad, la escasez de alimentos y moneda fraccionaria afectó incluso a las familias de clases más privilegiadas; la especulación de precios fue constante.19 En síntesis: el panorama era desolador para la mayoría.
La emisión de papel moneda durante la Revolución constituye en sí mismo un amplísimo y complejo episodio. El dinero fiduciario está constituido por instrumentos de pago sin valor intrínseco, como el papel; su utilidad radica en la confianza que la población deposita en ellos porque la autoridad emisora garantiza que tiene valor y puede usarse como medio de pago.
Los bancos fueron declarados enemigos de la Revolución, Carranza dictó un decreto que estipulaba que los billetes del Banco Nacional de México eran fraudulentos e ilegales con el argumento de que se habían rebasado los límites de emisión señalados por la Ley General de Instituciones de Crédito de 1897. Para evitar la adquisición de compromisos económicos y políticos que coartaran la libertad de gobierno, se negó a contratar créditos externos y para financiar la Revolución optó, en 1913, por la emisión de moneda fiduciaria.20
Las emisiones convencionistas iniciaron en diciembre de 1914, pero el año 1915 resultó, en todos los órdenes, el más convulso de la revolución armada. Tanto los carrancistas como los convencionistas y los villistas optaron por la producción de papel moneda fiduciario para el financiamiento de sus respectivas campañas; los montos, así como la diversidad de billetes, proliferaron hasta provocar un desorden generalizado con la consiguiente desconfianza por parte de la población.21
El economista Edwin Walter Kemmerer aseguró que, en ocasiones, fue muy difícil trazar la línea divisoria entre la moneda legal e ilegal:
Hubo emisiones de papel moneda de una facción política, que otras declararon ilegales, cuando los billetes aparecieron en su territorio o cuando una de ellas ocupó territorio anteriormente en poder de otra; emisiones de formas legales de moneda en exceso de los límites autorizados por la ley; se consideraron ilegales algunos billetes con números de serie superiores a una cifra determinada, mientras que fueron legales los de esa misma emisión con números de serie por debajo de esa cifra; emisiones que en ciertos casos fueron legales en algunas denominaciones, pero no en otras; hubo billetes de autoridades civiles y militares emitidos sin la autorización del gobierno central y también falsificaciones sin límite.22
Para costear los gastos de la Revolución los constitucionalistas contrajeron créditos financieros en Estados Unidos, emitieron su propio papel moneda —que fue de uso obligatorio en las zonas por ellos dominadas—, recaudaron ingresos de las aduanas, saquearon bancos y negocios, solicitaron préstamos a inversionistas extranjeros, decomisaron alimentos y ganado y confiscaron bienes. Este último fue un eficaz mecanismo empleado en zonas urbanas porque no solo proveía recursos, sino que hacía visibles a los revolucionarios ante las sociedades locales.23
En 1914 era gobernador de Michoacán Gertrudis G. Sánchez, un coahuilense que originalmente representaba al constitucionalismo; en el lapso de tan solo unos días manifestó su adhesión al general Francisco Villa y después al general Eulalio Gutiérrez, presidente elegido por la Soberana Convención de Aguascalientes. Sus vacilaciones políticas crearon un ambiente desfavorable y la gradual debilitación de su poder.24
Con el fin de enfrentar la falta de moneda fraccionaria, el general Gertrudis G. Sánchez autorizó la emisión de bonos de cinco, diez y veinte centavos que serían de circulación forzosa en Michoacán. El comunicado establecía en su artículo 4° que las personas que se negaran a aceptar los bonos serían castigadas por las autoridades políticas.25Asimismo, dos meses después, en febrero de 1915, llamó a la población para que presentaran los billetes villistas que poseyeran para verificar su legalidad y resellar aquellos que podrían circular.26
Mariano de Jesús Torres, en su periódico El Centinela publicado el 28 de febrero de 1915, emitió su opinión sobre los conflictos que durante ese periodo sufría Morelia por las distintas emisiones de papel moneda que circulaban en la ciudad:
No nos esplicamos [sic] porqué [sic] nadie rehuce [sic, entiéndase, rechaza] recibir los billetes de Durango, Chihuahua, etc. y oponga resistencia a los de Michoacán, que vienen a ser lo mismo.
Además, rehuzar [sic] los mencionados billetes, sobre contraerse los infractores una responsabilidad penal, hay la circunstancia que ponen en gran conflicto a los tenedores de ese papel moneda a quienes se les hizo pago con él y el cual recibieron de buena fe en la confianza de que no había de tener tropiezo alguno su circulación.
Por otra parte, negándose a recibir los repetidos billetes, los comerciantes dejan de verificar sus ventas y se perjudican a si [sic] mismos, dañando el tráfico. Creemos, pues, que no hay razón para que se nieguen a recibir tales billetes, cuando reciben los cartoncillos que tienen igual procedencia.27
El gobernador Gertrudis Sánchez no gozaba de una aceptación generalizada en Morelia. Sus violentas estrategias para allegarse recursos eran constantes. Luis G. Ibarrola, empresario de Luz y Fuerza “La Trinidad”, en sus memorias narró cómo el general Sánchez envió pedir la suma de 7 000 pesos con la amenaza de tener colocadas bombas de dinamita debajo de sus máquinas de energía eléctrica; de no recibir el efectivo en un plazo de tres horas, volaría la planta de luz que alumbraba gran parte de la ciudad. No fue un hecho aislado, “golpes como ese se dieron en esa etapa de la Revolución, desde 1913 a 1914”.28
Ibarrola también consignó las problemáticas que como empresario enfrentó en un entorno bélico en que distintas facciones en pugna emitían papel moneda indiscriminadamente, “era natural que este perdiera la confianza de la población y fuera rechazado como medio de pago, generando incertidumbre, obstaculizando las operaciones económicas y obligando, en ocasiones, a retroceder a viejas modalidades como el trueque”.29 En sus memorias, Ibarrola detalló los tropiezos que sorteó para lograr la revalidación:
Llegó la nefasta época del papel moneda; y con la llegada de esa moneda aumentaron nuestras dificultades para hacer los cobros y verificar los pagos de nuestras deudas. Vinieron los distintos tipos de papel, con sus alteraciones y fluctuaciones continuas y llegó […] el fatalismo —para mí— mes de enero de 1915 […]
Existía en esa fecha en la Caja de la Empresa una fuerte suma de dinero en papel de Veracruz y, en los últimos días de enero, se dio por la “Convención” un decreto que obligaba a que se ‘resellaran’ o ‘revalidaran’ los Billetes de aquella emisión, dando para ese efecto un plazo que terminaba el 30 de enero de ese año, 1915.30
Ibarrola, seguramente desconfiando del gobierno en turno, que continuamente le exigía dinero en efectivo, decidió viajar a la Ciudad de México para resellar los fondos de la compañía, de esta forma podía mantener oculto el monto de sus ingresos, evitar pérdidas y seguir con sus operaciones financieras. Al día siguiente, sin contratiempo alguno, le fueron canjeados los billetes en el patio del palacio de gobierno; no obstante, al ser suspendidos los transportes, quedó varado en la capital por veinte días. Finalmente, logró conseguir una carretilla movida por cinco hombres que, por tratar de evitar las emboscadas zapatistas, tardó varios días en trasladarlo de regreso a Morelia.31
El impresor Francisco Antúnez Villagómez también fue víctima del general Sánchez, aunque de manera distinta. En una ocasión fue aprehendido por haber asistido al juicio en que fue juzgado el exgobernador huertista, Jesús Garza González, por “el robo de 400 mulas, el fusilamiento de numerosos rebeldes capturados, así como por haber establecido un préstamo forzoso, por necesidades de guerra entre la población civil”.32 Es decir, por practicar las mismas estrategias que Sánchez. A Garza González le dictaron pena de muerte y a Antúnez Villagómez lo detuvieron al salir del recinto por haber aplaudido las palabras que el exgobernador pronunció en su legítima defensa.33
Ante el avance de las fuerzas villistas que tenían como objetivo apoderarse del gobierno de Michoacán, el 22 de febrero de 1915 el general Gertrudis G. Sánchez abandonó Morelia después de haber acudido a una velada en el Teatro Ocampo en honor de Madero y Pino Suárez.34 Francisco Antúnez incluyó en Morelia, 1915 su versión de esos días:
Corría el mes de febrero de 1915, aunque en el país el movimiento armado agitaba varias ciudades y el campo, la vida en Morelia transcurría en relativa quietud hasta que el general Gertrudis G. Sánchez, gobernador del estado, y sus principales colaboradores abandonaron por la noche la ciudad tras el aviso de que una columna villista se acercaba a Morelia.
La ciudad quedó por algunos días desguarnecida y abandonada a su propia suerte, a oscuras e incomunicada con el exterior, porque los cables de energía eléctrica y las redes telegráficas habían sido cortadas, faltaba el agua y escaseaban los artículos de primera necesidad.35
LA LLEGADA DE LOS VILLISTAS Y LA CALLE DEL ÁGUILA
Los villistas llegaron a Morelia el 3 de marzo de 1915 al mando de Pablo López. Al día siguiente, José I. Prieto asumió el cargo de gobernador y ordenó fusilar a algunos individuos que habían cooperado en la requisa de caballos y de armas bajo las órdenes de Gertrudis G. Sánchez, aprehendió a algunos colaboradores del gobierno sanchista, y para tratar de ganarse algunos aliados, devolvió al clero los bienes intervenidos.36
Al día siguiente, el general Prieto publicó un decreto en el que estipulaba que no serían reconocidos en el Estado de Michoacán los billetes producidos por el General Gertrudis G. Sánchez bajo el decreto del 5 de marzo y declaró nula y sin valor la totalidad de la emisión correspondiente por considerar que no tenía respaldo de ninguna especie y porque solo se había expresado vagamente que estaban garantizados con los bienes propios del Estado y los productos de las fincas intervenidas. Asimismo, declaró legales algunos de los billetes emitidos en Chihuahua, mientras fue gobernador el general Francisco Villa, y los producidos por el gobierno provisional de México. El papel moneda emitido por Sánchez, que sí estaba garantizado por la Tesorería del Estado, sería resellado para que tuviera validez.37 Una semana después emitió otro decreto ordenando la circulación forzosa de los billetes emitidos en Monclova.
Llama la atención que Francisco Antúnez Madrigal llamara libertadores a los villistas: “Aprovechando un descuido de nuestros familiares y con la imprudencia propia de la niñez, salimos un grupo de muchachos del vecindario a recorrer la ciudad y a dar la bienvenida a nuestros ‘libertadores’. Por todos lados encontrábamos muertos tendidos sobre las banquetas, gentes humildes en su mayor parte, a los que gentes más humildes todavía, habían despojado de los huaraches, las cobijas y los sombreros”.38
Antes de abordar el desarrollo de la ocupación villista y narrar escenas como las reproducidas en párrafos anteriores, Francisco Antúnez dedica el borrador del primer capítulo de su autoficción Morelia, 1915 a enumerar y describir a sus vecinos y a algunas amistades de la familia. Los propósitos no podrían ser otros que proporcionar indicios de su formación, precisar el medio del cual provenía y proporcionar algunas pistas sobre sus orígenes, todo esto para dar cuenta de la naturaleza de sus lazos sociales.39
Sumado a lo anterior, el autor emplea las historias individuales para generar empatía y adentrar a los posibles lectores en la quietud de una calle de provincia que, por momentos, parece ajena a la Revolución. Antúnez se identifica con una clase particular de la sociedad moreliana y señala a las personas de su círculo más cercano que, junto con la familia Antúnez Villagómez, padecieron los embates revolucionarios.
En la calle del Águila vivían Alfredo Maillefert, que a la postre se convirtió en escritor; el licenciado Fidel Silva, “abogado muy distinguido [que] ocupó altos cargos en el Poder Judicial”, don Agapito Navarrete, dueño de una botica; Daniel Huerta Cañedo, también abogado; Honorato Osio, “compañero de aventuras”; Francisco Alexandre, “bellísima persona, hábil ebanista que hizo sillería para la catedral, fundador del Club Liberal ‘Benito Juárez’ y aspirante a la presidencia municipal de Morelia”; don Mariano de Jesús Torres, el Pingo Torres, y algunos franceses radicados en la ciudad.40
Antúnez se extiende varias páginas para describir a algunos personajes en particular; habla de sus características físicas, temperamento, formas de caminar, atuendos por los que se les podía reconocer e incluso menciona las opiniones que otras personas tenían sobre ellos y los apodos que les proferían sus enemigos. También destaca cualidades o virtudes como la dignidad, sencillez o humildad de uno que otro.
Si bien la obra Morelia, 1915, como ya se ha mencionado, está basada en los recuerdos de la infancia, Antúnez ofrece una serie de detallados retratos e incluso atribuye a los rostros de sus interlocutores emociones como la tristeza, el desencanto o melancolía. Por lo anterior, es muy probable que en sus relatos confluyan memorias, datos obtenidos en charlas familiares o las propias impresiones que con el tiempo y el trato continuo fue formando sobre las personas, incluso siendo adulto.
Al desfile de personajes se suman sendas anécdotas, casi todas tienen en común el uso de un peculiar humorismo para referirse a situaciones que regularmente son del dominio público, pero cuyo cotilleo se reserva a entornos cerrados e íntimos. Con un fino y agudo ingenio retrata a todos aquellos que tratan de distanciarse del vulgo haciendo alarde de un lejano abolengo; este es el caso, por ejemplo, de las señoritas Román:
A dos o tres casas de los Campuzanos, en la misma acera, vivieron, ya venidas muy a menos, las señoritas Román: Cholita, Angelita y Luisita. Eran señoritas viejas y las tres estaban algo tocadas de la cabeza. Tenían delirio de grandeza, defecto muy común en Morelia. Todo se les iba en platicar sobre su tía doña Francisca Román de Malo, pariente de los condes de San Miguel de Aguayo y de Iturbide Aramburu por parte de su esposo. Como se recordará, los Malo eran primos cercanos de Iturbide y uno de ellos fue su secretario.
Pero en donde se les iba la lengua y no paraban, era refiriendo cómo Maximiliano se alojó, en su visita a Morelia en octubre de 1864, en la casa de su tía, que es la misma finca en donde está ahora el Museo [Regional] Michoacano. Referían que en el balcón que hace esquina dirigió el austriaco una arenga al pueblo de Morelia, dando pelos y señales del baile que la sociedad moreliana ofreció al emperador.41
Su propia familia no escapa a la burla, quizá porque el pasado y los ancestros de abolengo resultaban irrelevantes en tiempos en que las penurias y el hambre eran constantes:
No soy yo, ciertamente, quien pueda tirar la primera piedra en ese sentido, pues mi madre (a quien Dios tenga en su gloria) era hija de un oficial imperialista y desde niña la enseñaron en su casa a venerar el recuerdo del Imperio […] Mi abuela, doña Inés Pérezbolde, de Querétaro, recibió con otras damas nobles de la ciudad, la Cruz de San Carlos, condecoración reservada por Maximiliano a las señoras.42
LA IMPRESIÓN DE PAPEL MONEDA EN EL TALLER DE FRANCISCO ANTÚNEZ VILLAGÓMEZ
Francisco Antúnez Villagómez fue aprehendido por segunda vez con el pretexto que desde su casa habían estado disparando a los villistas ocasionando muchas bajas; el hecho levantó mucho revuelo en el vecindario. La realidad es que el impresor representaba a una casa americana de máquinas foliadoras, herramienta indispensable en la imprenta, pero también indefectible para la emisión de papel moneda; tenía una buena cantidad de ellas en calidad de depositario, pues las vendía a los demás talleres. Antúnez Villagómez siempre estuvo convencido de que esa información llegó a los revolucionarios a través de algún enemigo.
Al ver que “las cosas ya no tenían remedio y que sería peor escapar porque entonces dejaría su familia y sus intereses a merced de sus aprehensores, [Antúnez Villagómez] se dispuso a emprender el trabajo”:43 fabricar papel moneda para los villistas al mando del general José I. Prieto.
Lo primero que se le ocurrió fue enviar a su hijo, Francisco Antúnez Madrigal, a buscar a un operario llamado Juan Arriola o Juan de Arriola “según firmaba sus delicadas composiciones literarias” y apodado El Garbanzo, quien a su vez puso de condición que llamaran al aprendiz El Tiliche, un muchacho que llevaba ese apodo por ser estorboso y no acomedirse para nada. El Garbanzo hizo varios bocetos y finalmente se encargó de la composición. Francisco Antúnez Madrigal explica en su obra los detalles del proceso de impresión; era un trabajo fuera de lo habitual, pero necesario en una guerra:
Cuando hubo terminado la forma, [El Garbanzo] la amarró y la pasó de la galera a la plancha de imposición. La acuñó y, en una pequeña prensa de mano, sacó una y varias pruebas que estuvo corrigiendo y afinando, hasta que nos enseñó la última estampación con aire triunfal. Era una tarjeta un poco más chica que el tamaño postal. En la parte superior aparecía el águila porfiriana, de frente, con las alas desplegadas, como a punto de emprender el vuelo. El texto era una promesa muy halagadora. Decía así: “El Gobierno Provisional de Michoacán / Pagará al tenedor / Un peso - Un peso Fuerte de Plata / al triunfo de la Causa. / Morelia, Mich., año de 1915.
Y mientras “El Tiliche” aceitaba la prensa, cambiaba el modelo y ponía tinta en el tintero, otro operario cortaba las pilas de cartoncillo para igualar los lados del registro con una vieja guillotina marca “Advance”. Se agarraba de la palanca y de pronto se dejaba caer al suelo, sin soltarla, hasta quedar casi tendido, cosa que a mí me hacía gran impresión.
Entretanto, mi padre preparaba todo lo necesario para estampar la forma en caliente sobre papier maché y obtener una matriz profunda y reproducir las treinta y seis formas que necesitaba para cubrir una hoja de cartoncillo, (de esta forma se aprovechaba el tamaño de la prensa).
Los impresores que me escuchan habrán comprendido que el procedimiento mencionado es el de la estereotipia. Obtenida la matriz se obtienen tantas reproducciones como se quiera, vertiendo plomo derretido a presión. Las planchas se montan después sobre bases de madera.44
El término estereotipia puede referirse tanto al procedimiento para obtener las planchas de impresión de metal de aleación tipográfica mediante duplicación de formas tipográficas de tipos móviles con o sin grabados, como a la máquina que realiza este tipo de trabajos, a las planchas de metal duplicadas, y al arte de reproducir a través de este procedimiento.45
Francisco Antúnez tendría 7 u 8 años cuando los villistas se apoderaron del taller de su padre y fue obligado a ayudar en las tareas de la imprenta, cursaba entonces el tercer grado de instrucción primaria en el colegio particular de Julián Vargas. Como un niño curioso, guardó en su memoria lo que observó sobre la fabricación de papel moneda, los detalles sobre la maquinaria y el proceso de impresión son claros y explícitos en sus escritos:
Había en la imprenta, entre otras máquinas, una vieja prensa de tambor marca “Marinoni” fabricada en Francia poco después de la guerra franco-prusiana. “Marinoni A París” decía el letrero de fundición colocado en uno de los largueros.
Dicha prensa no tenía más defecto que el de no registrar los pliegos impresos a causa de que los desgastados engranes del tambor hacían a este oscilar a cada vuelta que daba. Aunque mi padre conocía dicho defecto, la escogió para la impresión de papel moneda, tomando en cuenta la ventaja de que el gran tamaño de su cama permitía imprimir toda la hoja con 36 formas a la vez. No podía tirar más allá de unos 600 ejemplares por hora.
Esa prensa fue a dar, años más tarde, a manos de otro impresor: don José Ortiz Servián quien se la llevó a La Piedad, Mich. en donde, me han dicho, sigue sirviendo a la causa editorial.
En cuanto se batió la tinta, se niveló la presión, se calzaron las formas y se comprobaron los registros, o sea, cuando ya se tenía todo preparado para empezar el tiro, mi padre mandó al general una prueba definitiva.46
Poco tiempo después se presentó en la imprenta un licenciado en un coche de mulas “acompañado de individuos greñudos que […] dizque eran de la plana mayor”. El tiraje no podía comenzarse porque el suministro de corriente eléctrica había sido cortado; la primera impresión se había hecho moviendo la máquina por medio de una ciriñuela, pero la prensa era muy pesada como para trabajar de esa forma. La ciriñuela “era una barra de fierro, de cortas dimensiones, recubierta por un canuto de madera, que se atornillaba a una de las aspas del volante de las prensas para moverlas a brazo o para darles el impulso inicial.47
Ante la urgencia de imprimir el papel moneda “el licenciado” —cuyo nombre no se menciona— mandó traer una docena de “gañanes” para que se turnaran cada cinco minutos y movieran la máquina. El trabajo era tan pesado que pronto caían desfallecidos, la tarea era mucho más agotadora durante las noches porque apenas y se contaba con unas velas colocadas en botellas y una lámpara de petróleo para iluminar todo el taller.48
Mientras la cama de la prensa iba y venía Antúnez Madrigal observaba a “aquellos bizarros militares que bebían como si de veras necesitaran invitación para ello”, vestían con ropas míseras y se sentaban en el suelo para platicar o cantar mientras les tocaba el turno de mover la prensa. Había momentos en que el alcohol despertaba a tal grado su euforia que lanzaban aullidos salvajes o disparos al techo. Recuerda bien la falta de modales; aquellos sucios “greñudos” se hacían en seco el aseo de los pies y escupían al tiempo que limpiaban sus frentes sudorosas.49
En la ciudad el dinero perdía su valor adquisitivo porque circulaban billetes de la emisión de Sánchez y sábanas villistas, los comerciantes no aceptaban con facilidad el papel moneda50 y en ocasiones preferían recurrir al intercambio de bienes.
En el archivo personal de Francisco Antúnez no se ha logrado localizar ningún ejemplar de este papel moneda, quizá porque el general Prieto y sus tropas abandonaron precipitadamente la ciudad el 5 de abril de 1915,51 únicamente permanecieron en Morelia un mes con dos días. A Michoacán arribaron nuevamente los constitucionalistas; por decreto expedido por el general Álvaro Obregón en Salamanca, el 20 de abril de 1915, el general brigadier Alfredo Elizondo se presentó como gobernador de Michoacán seis días después52 y afirma Antúnez Madrigal que “una de las primeras disposiciones del nuevo Gobierno fue la de anular dicha emisión y declarar que los tenedores de esos cartones serían enjuiciados como propagandistas villistas, en el acto desapareció la emisión. Quienes tenían algunos cartones se deshicieron de ellos”.53
Sin embargo, Francisco Antúnez Madrigal se dedicó a coleccionar y guardar en su archivo una colección de billetes emitidos durante la Revolución en distintos estados de la república, entre 1913 y 1915, algunos de ellos con una evidente manufactura casera.
También se localizó en el archivo una fotografía de otro billete villista emitido en Michoacán que corresponde a una aclaración asentada en Morelia, 1915, pues no se trata del fabricado por su padre:
No hay que confundir esta emisión príncipe [se refiere a la fabricada por su padre] porque es distinta de la lanzada el año 1916 por el Gobierno provisional de Michoacán, sobre cartones de colores de 3.2 x 5.8 cm con valores de cinco, diez, veinte y cincuenta centavos que Carlos Gaytan y Neil S. Utberg reproducen en su monografía “The Paper Money of México” (1822-1964) publicada por The M. L. Eckart Co. De Edimburgo, Texas, U.S.A. Esta edición fue hecha por el procedimiento litográfico y representa la efigie, en tres cuartos, de don Melchor Ocampo.54
Ante la situación de desconcierto y peligro que se vivía en Morelia, el impresor pidió asilo a unos amigos que tenían una finca en el campo y llevó ahí a toda su familia. Volvió a la casa en la calle del Águila, mandó tapiar la puerta del corredor y colocó un letrero de renta. Los vecinos guardaron el secreto, pues, tal como había previsto Antúnez Villagómez, pocos días después llegaron las fuerzas constitucionalistas con la orden de aprehenderlo por la fabricación de billetes ilícitos. La búsqueda se alargó por varios meses, tiempo en que la familia se mantuvo en su escondite. Algunos amigos intercedieron por el impresor ante el nuevo gobierno, se movieron algunas influencias y, cuando todo quedó arreglado, pudo volver libremente con su esposa e hijos a la casa y reabrir el taller.
UN NIÑO DE LA REVOLUCIÓN
La historia de Francisco Antúnez Villagómez y su familia es un ejemplo de la forma en que la Revolución mexicana impactó a la clase media de Morelia en un periodo específico y, en su caso particular, no solo durante el conflicto sino en las etapas posteriores. Su hijo, Francisco Antúnez Madrigal, creció dentro de una clase media que reunía personajes muy heterogéneos. En las descripciones que el autor hace de sus vecinos también llama la atención que en una misma cuadra de la calle del Águila convivieron la veneración al imperio de Maximiliano, el conservadurismo católico, los valores tradicionales, las ideas liberales y, por supuesto, la Revolución mexicana.
Tres factores determinaron su futuro: el primero fue la imposibilidad de ingresar a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo por haber egresado de una institución católica, la Preparatoria Libre; el segundo fue el dominio de las artes de la imprenta y el último fue el acceso libre que tuvo como voraz lector a las bibliotecas de su vecino, Mariano de Jesús Torres; a la de su padrino, Francisco Elguero, y a la Biblioteca Pública de Morelia.
Francisco Antúnez, que mucho tenía de autodidacta, intuyó el potencial que tenía la imprenta en los ámbitos culturales y educativos. Comenzó su trayectoria profesional incorporándose a la Secretaría de Educación Pública de Morelia como profesor rural y, además de dedicar tiempo a la imprenta familiar, organizaba actividades culturales, escribía y traducía textos del francés desde la década de 1920. De esta etapa en Morelia se conocen: la organización de una exposición de impresos manufacturados por integrantes de la familia Arango que, entre libros, folletos y hojas sueltas, reunía poco más de quinientas piezas; la publicación Un gran impresor del siglo XIX55 (que servía como catálogo de la exposición mencionada); la fundación de la revista Museo del siglo XIX; la redacción de la introducción al folleto Una policlínica infantil56 y una crítica sobre la pintora norteamericana Marion Greenwood.57
Antúnez abandonó Morelia en 1934 tras ser ascendido de maestro rural a secretario de Educación en Tlaxcala con una triplicación de su sueldo.58 Dos años después fue transferido a Aguascalientes en 1936 para desempeñar el mismo cargo; llegó a la ciudad con su esposa France Laugier, su primer hijo y con una prensa de mano para instalar un nuevo taller que fue ampliando y modernizando y en el que trabajó hasta el último día de su vida.
Hasta la fecha se tienen registrados 47 libros y plaquettes que Francisco Antúnez publicó como director tipográfico; el número, seguramente, es mayor. Fue autor de varias obras entre las que destacan: Primicias litográficas del grabador J. Guadalupe Posada: Aguascalientes, León, 1872-76, Los entremeses cervantinos en Guanajuato, La pachocha, La capilla de música en la catedral de Durango, Los alacranes en el folklore de Durango, Querellas por una Monja y Notas para una historia de la imprenta en Aguascalientes.
EPÍLOGO
Los archivos privados son objetos históricos por sí mismos, por sus características ofrecen ventajas y desventajas para un investigador. Son de interés público porque son fuentes valiosas, “dan cuenta de una visión de la historia de la sociedad desde las perspectivas únicas y particulares de quienes crearon los archivos”.59 Se trata de colecciones especializadas organizadas con los criterios determinados por sus dueños, reflejan visiones subjetivas del entorno y aportan datos que podrían estar ausentes en los archivos oficiales, o bien, encontrarse tan dispersos que sería complejo conectarlos.
En la advertencia que consignó en Morelia, 1915, Antúnez Madrigal propone una lectura ambigua que bien puede ser leída como historia o como literatura, quizá porque desconfiaba de su memoria y para que el lector no tratara de separar los hechos ficticios de los reales. Aunque la obra no fue concluida, gran parte de lo narrado en esa autoficción fue corroborado con datos encontrados en libros de los historiadores michoacanos y en los archivos estatales.
Probablemente, Francisco Antúnez planteó la posibilidad de que la narración fuera un producto de la creación para protegerse en caso de que las naturales fallas de la memoria lo hicieran caer en errores involuntarios; en ese sentido es necesario resaltar que escribió Morelia, 1915 en el año de 1970, para entonces el autor tenía 63 años. “La vida es siempre, necesariamente, relato. Relato que nos contamos a nosotros mismos, como sujetos, a través de la rememoración; relato que oímos contar o que leemos, cuando se trata de vidas ajenas”.60
Por una autocensura fundamentada en sus principios y en razones sociales, esperó muchos años para confesar un suceso aparentemente vergonzoso, pero la voluntad de contar la verdad fue más intensa. La elección de escribir un relato novelado proporcionó al autor un terreno cómodo, precisamente por el carácter ficcional, porque la verdad no es un problema para la literatura, pero sí lo es la verosimilitud.
Con respecto a las razones que tuvo para escribir sobre Morelia, Antúnez Madrigal dejó dos testimonios: “He querido ordenar algunos recuerdos que andaban trasegados en la memoria, sin otro fin que el de no olvidarlos. Pudiera ser que algún día interesaran a los aficionados a la petit histoire”.
En una última versión del mismo párrafo, mucho más modesta y reservada, ya no menciona a los aficionados a la petit histoire e incluso sugiere que, si sus memorias se difundieran, podrían no tener lectores: “No es una historia de la ciudad de Morelia, ni la historia de una calle, sino de lo que ocurrió en una calle de Morelia en el término de un mes. Acaso pudiera tener interés para los morelianos que vivieron aquellos días y que ya deben ser muy pocos”.61










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