Introducción
Las economías campesinas han sufrido diversas crisis, algunas derivadas de fenómenos naturales como huracanes, sequías, plagas o enfermedades de los cultivos, y otras generadas por la dinámica del mercado. En el caso de la cafeticultura mexicana, hasta la década de 1950 las crisis del mercado ocasionadas por sobreproducción las habían padecido mayormente los finqueros que se dedicaban a producir este grano. Sin embargo, con la reforma agraria y la consolidación de los ejidos una parte de la población campesina empezó a cultivar café arábiga (Coffea arabica). Hasta finales de la década de 1980, los campesinos, por un lado, tuvieron el apoyo del Instituto Mexicano del Café (Inmecafé), una plataforma productiva, comercial y financiera que permitió que la cafeticultura se convirtiera en la base de su economía; por otro lado, se beneficiaron de precios favorables debido a la participación del Estado mexicano en la Organización Internacional del Café (OIC), un organismo que fungió como regulador de la oferta y la demanda del aromático a nivel mundial. No obstante, el proceso de globalización neoliberal y su implementación en México desde 1982 llevó a un adelgazamiento del Estado, al impulso del libre mercado y a la consolidación del capital privado en el país, lo que derivó en una crisis que afectó la economía campesina.
En 1989 los países exportadores e importadores del grano que participaban en la OIC no lograron firmar un acuerdo comercial para los siguientes cinco años, lo que permitió que el precio del café arábiga se cotizara en la Bolsa de Valores de Nueva York, en Estados Unidos. El paso de un mercado regulado por los Estados a un libre mercado sustentado en la oferta y la demanda liderada por las grandes empresas privadas no solo significó un cambio en la estructura del comercio mundial del café, sino que provocó una caída de los precios internacionales que afectó la economía cafetalera del país, particularmente a los campesinos (Hernández, 10 de junio de 2001; Mestries, 2003; Sesia, 2007; Nava-Tablada, 2012). Peor aún, desde 1989 hasta abril de 1994, el precio internacional del café cotizado en la Bolsa de Valores de Nueva York permaneció debajo de 100 dólares por 100 libras de café oro verde, y a pesar de los repuntes esporádicos este volvió a caer de manera drástica en 1996, en 1999 y en 2001 (Barchart.com, 2022). Estas caídas provocaron la gran crisis del mercado cafetalero, la cual cerró su ciclo en 2005, cuando el precio del mercado internacional empezó un proceso de recuperación.
En México, los efectos de esta crisis se vieron reflejados en la reducción de la entrada de divisas al país por exportación de café. Solo entre 1989 y 1992, las pérdidas se acercaron a los 265 millones de dólares (Villafuerte y García, 1994). Aunque la superficie sembrada de café aumentó el 7 % en el mismo periodo -pasó de 722 832 hectárea en 1989 a 775 663 en 1992-, la superficie cosechada solo subió un 1 %, mientras que el rendimiento promedio de café cereza cayó en un 11 % -al pasar de 3.13 a 2.78 t/ha-, lo que muestra la reducción de la producción nacional (DGSIAP, 2025). Obviamente, estas cifras oficiales fueron cuestionadas por productores organizados en la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras (CNOC), quienes argumentaron que la crisis del mercado internacional ocasionó una caída del 35 % en la producción nacional, siendo los estados más afectados Hidalgo, Veracruz y Puebla (Villafuerte y García, 1994).
Los efectos económicos de esta crisis fueron diferentes en cada escala de producción, y aunque todos los productores sufrieron pérdidas monetarias, la más perjudicada fue la población campesina (Salinas, 2004). Solo en 1989 el ingreso por quintal de café pergamino de 60 kilos se redujo hasta el 70 ٪ para las familias, por lo que esta fue considerada como la peor crisis de la cafeticultura campesina (Celis, 11 de febrero de 1998). A esta crisis se sumó el cierre oficial del Inmecafé en 1993 y la privatización de otras empresas paraestatales que apoyaban al campo. Con ello, el Estado no solo dejó a los productores bajo la dinámica del libre mercado (Friedman, 2022), sino que los puso en manos del capital privado, tal como lo establecían la política de ajuste estructural (Calva, 2019) y el canon de la globalización neoliberal (Sader, 2001; Valdés, 2007; Fair, 2008; Kay, 2016).
En este contexto, una parte de la población campesina buscó mejores precios a su producto adhiriéndose a cooperativas de café orgánico, las cuales incursionaron en el mercado de comercio justo (Renard, 1999; Sánchez, 2015) y en el desarrollo de la producción sustentable del aromático (Montoya y Toledo, 2020). Otra parte se organizó para comercializar el café convencional con empresas como Exportadora de Café California y Agroindustrias Unidas de México (Pérez y Villafuerte, 2018). No obstante, la mayoría quedó desorganizada y comercializó su café a través de la cadena de intermediarios controlada por las grandes empresas comercializadoras y procesadoras del grano a nivel mundial, entre las que se encuentran Neumann Kaffee Gruppe, Olam International, Louis Dreyfus, Ecom Trading, Starbucks y Nestlé (Renard, 2012; Espinosa, Fletes y Bonanno, 2021).
En el territorio nacional existían 276 655 productores de café, que estaban distribuidos en los estados de Colima, Chiapas, Estado de México, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Nayarit, Oaxaca, Puebla, San Luis Potosi, Tabasco y Veracruz. El 90 ٪ de los productores cultivaba hasta cinco hectáreas, lo que indica que el grueso de la población cafetalera era campesina (García, Villafuerte y Meza, 1993). Chiapas ocupaba el primer lugar al albergar una cuarta parte de los productores y aportar un tercio de la superficie cultivada y de la producción a nivel nacional. «En la economía estatal, el café contribuye con el 39 por ciento del valor de la producción agrícola y genera 27 millones de jornales en promedio al año» (García, Villafuerte y Meza, 1993: 286). En Chiapas, la región más importante para la producción de café era -y lo sigue siendo- el Soconusco, la cual concentraba alrededor de un tercio de la superficie cultivada y de la producción estatal.
El Soconusco está integrado por los municipios de Tapachula, Frontera Hidalgo, Suchiate, Metapa, Tuxtla Chico, Unión Juárez, Mazatán, Cacahoatán, Huehuetán, Tuzantán, Huixtla, Mapastepec, Escuintla, Villa Comaltitlán, Acacoyahua y Acapetahua, donde se ubicaban 9 748 productores de café, de los cuales el 74 ٪ eran ejidatarios; la mayoría contaba con parcelas de cafetal de hasta 10 hectáreas y el resto eran pequeños propietarios y finqueros con más de 100 hectáreas (Renard, 1992). La fuerza de trabajo que demandaba esta actividad era cubierta por trabajadores asalariados que llegaban de otras regiones del territorio estatal y de Guatemala (Rus, 2012; Villafuerte y García, 2014). Sin embargo, la crisis del mercado no solo desembocó en la reducción drástica de la demanda de fuerza de trabajo, sino que reconfiguró la dinámica de la economía regional.
En el Soconusco, buena parte de los campesinos estaban adheridos a organizaciones cafetaleras regionales, pero debido al cierre del Inmecafé y a la caída recurrente de los precios, estas mermaron sus actividades de comercialización y financiamiento. Los campesinos no solo se quedaron sin ingresos monetarios para sus gastos corrientes, sino que cayeron en carteras vencidas y redujeron significativamente la capitalización de sus unidades de producción (García, Villafuerte y Meza, 1993). La gran crisis cafetalera ocasionó las primeras oleadas de trabajadores migrantes hacia grandes ciudades del país como Tijuana, Guadalajara y Monterrey, así como hacia Estados Unidos (Villafuerte y García, 2014). Sin embargo, la mayor parte de la población que salió de los ejidos no eran ejidatarios sino trabajadores asalariados y avecindados con pequeñas parcelas. Los ejidatarios se quedaron en los ejidos para trabajar sus cafetales y continuar con su vida familiar y comunitaria en el medio rural.
El propósito de este artículo es mostrar las estrategias colectivas e individuales que los ejidatarios implementaron para enfrentar la gran crisis del mercado cafetalero y cómo estas influyeron en las unidades de producción familiar y en sus condiciones de vida. La investigación comprende el periodo de 1989 a 2005, cuando el precio de 100 libras de café oro verde, pese a algunos repuntes esporádicos, cayó por debajo de 100 dólares en la bolsa de valores. Para analizar esta crisis recupero el enfoque histórico estructural, el cual «trata de captar, en la complejidad de los hechos, en qué formas estos se explican los unos a los otros dadas sus múltiples interacciones dentro de un proceso» (Sunkel y Paz, 1970: 95). El estudio se realizó en el ejido Manacal, municipio de Tuzantán, Chiapas, en el periodo de 2018 a 2022, en el marco de la investigación doctoral en la Universidad Autónoma Chapingo. La información se recabó a través de entrevistas abiertas y semiestructuradas a 22 personas -13 ejidatarios y nueve avecindados; de estos últimos, seis poseedores de una parcela y tres asalariados-,1 de revisión bibliográfica y del Archivo Ejidal de Manacal. Aunque en el desarrollo de este trabajo no se expone un marco teórico como tal, el análisis que se presenta parte de la teoría campesina desde la perspectiva de la economía política (Marx, [1867]1999 y [1885]1999; Kautsky, [1899]1977; Lenin, [1899]1972; Bernstein, 2001).
El artículo está integrado por cinco apartados: en el primero se aborda el contexto que dio lugar a la crisis del mercado del café; en el segundo se exponen algunas referencias a la estructura agraria y productiva del ejido de estudio; en el tercero se describen el auge de la cafeticultura campesina y su relación con el mercado; en el cuarto se argumenta cómo después de la roya llegó la crisis de los precios internacionales del café en la Bolsa de Valores de Nueva York, lo que afectó la economía campesina; en el quinto se expone la gestión colectiva del campesinado frente a la crisis del mercado, y en el sexto se plantea cómo la crisis derivó en incertidumbre, endeudamiento y migración para las familias rurales, y consolidó el proceso de mercantilización de la tierra. Para concluir se exponen algunas consideraciones finales.
El contexto de la crisis de los precios del café
La OIC empezó sus operaciones en 1963 cuando entró en vigor el primer Convenio Internacional del Café suscrito en 1962 por los principales países exportadores e importadores del aromático que participaban en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entre ellos México (OIC, 2024). Uno de los acuerdos más importantes de este convenio fue la fijación de una cuota de exportación de los países productores hacia los consumidores del grano, lo que no solo regulaba el volumen de comercialización, sino también los precios del mercado. El convenio se renovaba cada cinco años y estaba sujeto a extensiones, por lo que el cuarto convenio terminó en 1988. El quinto convenio debió haberse firmado en los primeros meses de 1989, pero no se logró debido a «las posiciones divergentes respecto al establecimiento de la cuota de exportación [que] llevaron a suspender -3 de julio pasado- las cláusulas económicas del Convenio, dejando libre el mercado» (Martínez, 1989: 21). A raíz de esta ruptura, impulsada principalmente por países consumidores como Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Suiza, entre otros, el precio del café arábiga empezó a cotizarse en la Bolsa de Valores de Nueva Yorky el café robusta (Coffea canephora) en la bolsa de valores de Londres, los dos mercados financieros más relevantes del mundo.
La regulación del mercado cafetalero por parte de la OIC fue un intento de conciliar los intereses de los países productores y de los consumidores. Si bien el convenio funcionó durante algunos años, el aumento de la producción a nivel mundial, el bajo consumo de la bebida en los países productores y la división de los mercados en capitalistas y socialistas generaron algunos problemas para la comercialización del grano, entre estos un superávit en los almacenes de los países productores (Martínez, 1989). En otras palabras, para 1989 el mercado de cuotas de exportación ya no estaba funcionando como debía y la sobreproducción de café empezaba a tener efectos negativos en los precios del mercado mundial. Al final, los principales países consumidores terminaron rompiendo el ciclo de los convenios porque estos no respondían a los intereses del mercado y del capital en el proceso de globalización neoliberal (Guillén, 2000; Ortiz, 2001; Vergara, 2001; Wallerstein, 2005). Como era de esperarse, uno de los efectos inmediatos de la liberalización del mercado fue la caída del precio del café, lo que propició la primera crisis del mercado que repercutió en la economía campesina.
En México, la mayor parte de la población campesina cafetalera tenía el respaldo financiero y comercial del Inmecafé, organismo creado en 1958 para impulsar la cafeticultura campesina y protegerla de las caídas de precios del mercado. Durante la década de 1970 y la mayor parte de la de 1980, la empresa paraestatal apoyó a los campesinos con infraestructura, créditos productivos, asesoría técnica, fertilizantes químicos, precios de garantía y la comercialización de sus productos. Este organismo se convirtió en uno de los pilares de la economía campesina, a tal grado que miles de familias decidieron expandir sus cafetales en detrimento de la producción de maíz y de frijol, los cuales pasaron a ser adquiridos en la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo) (Pérez y Villafuerte, 2019). Sin embargo, con la política de ajuste estructural neoliberal el Estado privatizó y cerró varias empresas paraestatales, entre estas el Inmecafé, la Aseguradora Nacional Agrícola y Ganadera (Anagsa), Fertilizantes Mexicanos (Fertimex) y el Banco Nacional de Crédito Rural (Banrural). Estas empresas no solo apoyaban a la producción campesina, sino que «ayudaban a equilibrar las desigualdades existentes en el sector agropecuario» (González y López, 2018).
El cierre del Inmecafé fue progresivo, pues pasó de captar el 43.5 % de la producción nacional en el ciclo agrícola 1982-1983 a captar solo el 16.8 % de la cosecha 1988-1989 -estimada en 7 177 000 quintales, de los cuales alrededor de un tercio correspondía a las grandes fincas cafetaleras- (Martínez, 1989). Para el ciclo productivo 1989-1990, el instituto redujo su apoyo a los pequeños productores y se propuso vender sus beneficios y sus empresas filiales de torrefacción a los campesinos (Paré, 1990). En 1993 la paraestatal cerró de manera oficial (DOF, 1 de junio de 1993), lo que significó un duro golpe para la cafeticultura y empeoró la crisis de la economía familiar (García y Pontigo, 1993; Basurto y Escalante, 2012), sobre todo en las comunidades donde la expansión de los cafetales llevó a la pérdida de soberanía alimentaria y a una mayor dependencia del mercado.
La crisis de 1989 marcó un hito en la historia de la cafeticultura mexicana porque a partir de ese año las familias campesinas empezaron a vivir los efectos del mercado desregulado liderado por las grandes empresas privadas (Pérez y Villafuerte, 2018). Sin embargo, los efectos de esta crisis fueron diferenciados en la población campesina debido a las desigualdades entre los productores de café, así como a los eventos naturales -como las heladas- que afectaron la producción en regiones específicas (Salinas, 2004). Sin embargo, después de esta crisis, la volatilidad del precio del café en el mercado internacional se convirtió en una constante, y se pasó de una crisis a otra hasta convertirse en un ciclo de crisis recurrentes que afectaron profundamente la economía campesina.
De acuerdo con la Bolsa de Valores de Nueva York, los precios del café arábiga cayeron por debajo de 100 dólares por 100 libras2 en 1989, 1992, 1996, 1999 y 2001. Esto desencadenó lo que he denominado como la gran crisis del mercado cafetalero, la cual se extendió hasta el año 2005, cuando el precio en el mercado internacional inició un ciclo de recuperación. Esta crisis tuvo diversas consecuencias, como la caída drástica de los ingresos monetarios de las familias (Hernández, 10 de junio de 2001), el aumento de la pobreza y la migración en las comunidades productoras del grano (Mestries, 2003; Sesia, 2007; Nava-Tablada, 2012; González y López, 2018), así como cambios en el mercado de trabajo en las regiones cafetaleras (Ordóñez, 1997; Rus, 2012). Por su parte, las familias cafetaleras que se quedaron a trabajar la tierra en sus ejidos y comunidades implementaron distintas estrategias de adaptación y resiliencia para sobrevivir (Venegas et al., 2020), así como procesos de reconversión productiva hacia alimentos básicos -maíz y frijol- u otros cultivos agroindustriales para el mercado nacional o internacional (Vásquez, 2014).
A estos acontecimientos se agregaron otros fenómenos macroeconómicos como la inflación y la crisis financiera de 1994-1995 que afectó el desarrollo de la economía nacional (Millán, 1999). La devaluación del peso mexicano frente al dólar mostró las debilidades de la orientación agroexportadora del país, cuyos efectos se materializaron en el aumento de los precios de la canasta básica. Además, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) eliminó buena parte de las restricciones que tenían los productos agrícolas básicos, lo que permitió un aumento paulatino en la importación de alimentos. Frente a ello, el gobierno federal implementó programas sociales como el Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), el Programa de Apoyos Directos al Campo (Procampo) y el Crédito a la Palabra. Sin embargo, estos programas solo fungieron como amortiguadores de la crisis estructural por la que atravesaba el sector agropecuario del país (Moguel y Bartra, 1995).
Referencia a la estructura agraria y productiva del ejido Manacal
Manacal se creó en 1953 con la dotación de 500 hectáreas a 39 solicitantes -38 hombres y una mujer-, más la parcela escolar. Sin embargo, dada su historia de lucha agraria, los ejidatarios decidieron sumar a 12 personas más, 11 hombres y una mujer. El ejido quedó integrado así por 51 ejidatarios -49 hombres y dos mujeres-: a los 39 ejidatarios de base reconocidos por la autoridad agraria les otorgaron 10 hectáreas y a los 12 «congregados» -reconocidos únicamente por la asamblea ejidal- les entregaron 4.3 hectáreas. La dotación ejidal comprendió 193 hectáreas cultivadas con café arábiga que pertenecían a una de las grandes fincas cafetaleras del Soconusco. A los ejidatarios de base les tocaron 4.7 hectáreas de cafetal y a los congregados solo 0.6, por lo que estos tuvieron que derribar parte de la montaña para expandir sus plantaciones. Este suceso es importante porque indica que desde los inicios se generó un proceso de diferenciación económica y social en el ejido (Pérez, 2022).

Fuente: elaboración propia con base en datos de Inegi (2024).
Figura 1 Referencia geográfica de la localidad de estudio
A parte del cultivo del café, los campesinos sembraban maíz y frijol para su propio consumo. Estos cultivos se asociaban con otras plantas y vegetales que les permitían contar con una parte medular de su alimentación. Además, las familias practicaban la cría de aves de corral, la caza de animales silvestres -armadillo, tepezcuintle, mapache, venado e iguana, entre otros- y la recolección de frutas, plantas, semillas y hongos comestibles que se encontraban en la montaña o en los cafetales. En los primeros años del ejido, todas las familias tenían una parcela para el cafetal, otra para la milpa y partes de montaña para la caza y la recolección. Sin embargo, con el paso de los años, la milpa que regularmente era cultivada en las tierras bajas -sobre los 600 metros sobre el nivel del mar- empezó a ser sustituida por los cultivos de café y cacao. En este proceso, las primeras familias que dejaron de cultivar la mayor parte de sus alimentos básicos por falta de tierras fueron los ejidatarios congregados.
La expansión de la agricultura comercial hizo que la fuerza de trabajo familiar fuera insuficiente, por lo que los ejidatarios se veían obligados a contratar trabajadores asalariados. Una parte de estos provenía de un grupo de familias que se quedó a trabajar en el ejido, otra era cubierta por los hijos e hijas de los ejidatarios que no tenían un pedazo de tierra para trabajar y alimentar a sus propias familias, mientras que otra correspondía a trabajadores migrantes que llegaban de los Altos de Chiapas y de Guatemala. Esto es importante porque en el núcleo ejidal surgió una población de asalariados y avecindados que no solo contribuyó al desarrollo de la cafeticultura y de la economía ejidal, sino que propició un proceso de diferenciación económica y social en su interior, la cual se expresará claramente en la gran crisis cafetalera.
El auge de la cafeticultura campesina y su relación con el mercado
Hasta finales de la década de 1960, los campesinos comercializaban el café con los intermediarios o «coyotes», quienes adquirían el grano en uva -con cáscara o sin despulpar- o en pergamino a precios bajos. Uno de los intermediarios «compraba el café en uva, aquí lo despulpaba, lo secaba y como tenía carro ya lo llevaba para Huixtla. Tenía varios trabajadores que lo ayudaban» (entrevista a Mabel, ejidataria, Manacal, 19/07/2022). Los intermediarios lo vendían después a un precio mayor en las casas compradoras de Huixtla -la segunda ciudad más importante del Soconusco-, que a su vez lo vendían a las grandes comercializadoras como Exportadora de Café California en Tapachula -la ciudad más antigua de la región y la segunda más importante del estado de Chiapas-. Es decir, los campesinos transferían el valor generado en el seno de su familia al capital comercial, el cual se encargaba de transferirlo a la industria agroalimentaria de Estados Unidos y de varios países europeos. El intermediarismo impulsó a los ejidatarios y ejidatarias3 a invertir su dinero en infraestructura -pulperos manuales, tanques de cemento, patios de secado, entre otros- para realizar el beneficio húmedo del café y mejorar sus ingresos monetarios.
A principios de la década de 1970 un grupo de ejidatarios de Manacal se adhirió a la Unión de Ejidos Huixtla, la cual procesaba y comercializaba el café de la región. La entrada a esta organización mejoró el precio de su producto, aumentó sus ingresos monetarios y les permitió el acceso a créditos en el Banco de Crédito Rural del Istmo (BCRI), una empresa paraestatal que trabajaba de la mano con el Inmecafé. Con estos ingresos, las familias invirtieron en infraestructura productiva, mejoraron la calidad del grano en el proceso de beneficio húmedo y expandieron sus plantaciones. Además, en 1972 llegó la energía eléctrica al ejido, lo que permitió el uso de pulperos de motor eléctrico, mejoró en general la actividad cafetalera e influyó para que la cafeticultura se consolidara como la principal fuente de ingresos monetarios para la economía campesina.
Durante dicha década, los ejidatarios trabajaron con la Unión de Ejidos Huixtla y llegaron «a empadronar a 50 productores de café en el ejido que participaban en la organización, tanto ejidatarios de base como congregados» (entrevista a Camilo, ejidatario, Manacal, 29/01/2021). La organización otorgó apoyos en especie -fertilizantes químicos, plantas y herramientas- a todos los ejidatarios. No obstante, los congregados tuvieron dificultades para acceder a créditos con la organización debido a que no eran reconocidos por las autoridades agrarias. Estos apoyos se consolidaron con la llegada del Inmecafé al ejido y provocaron un desplazamiento de los intermediarios locales. Además, el apoyo técnico del instituto mejoró el nivel de producción, a tal grado que algunas familias llegaron a cosechar 32 bultos de café pergamino de 60 kg por hectárea, tal como lo sugería la producción finquera.
Para cubrir la demanda de fuerza de trabajo, tanto para la cosecha como para realizar las labores de las plantaciones -limpia, deshije, poda, desombra, resiembra y fertilización-, los campesinos buscaban jornaleros en las fincas cercanas -Germania, Hannover y San Cristóbal- o bien en las ciudades de Huixtla y Tapachula, aunque algunos llegaban por su propia iniciativa debido a que el salario era más atractivo en el ejido que en las grandes fincas. Buena parte de los trabajadores acudía de los municipios de San Cristóbal de Las Casas, Oxchuc, Tenejapa y San Juan Chamula. Cada ejidatario contrataba 10, 15 o hasta 20 trabajadores asalariados en el tiempo de cosecha y de dos a cinco en el periodo de mantenimiento del cafetal. Eso sí, se «les pagaba barato, a ocho pesos la caja. Uno se justificaba porque les pagaba mejor que la finca y había mucho café» (entrevista a José, ejidatario, Manacal, 29/01/2021). El trabajo a destajo era una constante en tiempo de cosecha, pero el resto del año el salario, que también era bajo, cubría una jornada laboral de ocho horas diarias. Es decir, aunque en condiciones distintas a los finqueros, los campesinos también explotaron la fuerza de trabajo asalariada, cuyo valor era transferido al capital.
El auge de la cafeticultura y el aumento de los ingresos monetarios hizo que la mayoría de los campesinos no solo marginara el cultivo del cacao, sino que dejara de cultivar granos básicos. Las familias se trasladaban al mercado de Huixtla para comprar alimentos, «a veces se bajaba una vez a la semana si había dinero o una vez a la quincena si no había. Como antes no había refrigerador, la carne se ahumaba o se asoleaba para que aguantara» (entrevista a Rita, ejidataria, Manacal, 30/01/2021). En el mercado también adquirían ropa, calzado, enseres domésticos, herramientas de trabajo, artículos religiosos, alhajas y materiales para la construcción y el mejoramiento de sus viviendas. Los campesinos también se trasladaban a Huixtla para buscar atención médica y hacer trámites ante la Comisión Federal de Electricidad, la Hacienda Pública o los bancos. Además, «íbamos a la feria de Huixtla a montar caballito, la rueda de la fortuna, la silla voladora. Eso nos gustaba mucho, a veces tardábamos ocho días allá. Todo era barato» (entrevista a Gonzalo, avecindado, Manacal, 23/07/2019). En este proceso, el dinero se erigió como el medio principal para satisfacer las necesidades básicas de alimentación, vivienda y educación. Si bien la cafeticultura mejoró las condiciones de vida de los ejidatarios y brindó empleo temporal o permanente a los trabajadores asalariados, en distintas proporciones, la ganancia se destinó regularmente para aumentar el consumo de mercancías y dinamizar el flujo de capital en el mercado interno.
Después de la roya llegó la crisis de los precios internacionales del café
La plaga de la roya (Hemileia vastatrix) llegó a los cafetales del ejido Manacal entre 1980 y 1982, cuando la economía de las familias marchaba muy bien. La roya redujo la cosecha del ciclo productivo 1981-1982 en diferentes escalas y desencadenó la primera crisis que repercutió fuertemente en la economía rural. En una asamblea, los ejidatarios acordaron enviar una carta al presidente de la República José López Portillo, en la que manifestaron lo siguiente:
Al registrarse estas pérdidas trajo consigo que las cuentas que tenemos en el Banco Nal. de Crédito Rural del Istmo S. A., con asiento en la ciudad de Huixtla, Chis., las tengamos hasta la fecha sin poderlas cancelar, pues casi en total no tuvimos cosecha, si acaso en un 90 %, y no consiste en solo esto, sino que nos encontramos en angustias, porque no tenemos ni como sostener a nuestras familias, ni poder también atender nuestros cultivos de café que es nuestro único patrimonio.4
De acuerdo con testimonios de los campesinos, el gobierno federal les envió brigadas de apoyo para fumigar los cafetales, hacer cercos sanitarios y amortiguar los efectos de la enfermedad. No obstante, el rápido avance de la plaga dificultó su control y casi todas las plantaciones resultaron dañadas, lo que generó una caída drástica de la producción que los obligó a renovar sus cafetales. En este proceso, el Inmecafé los apoyó con almácigos, créditos en efectivo y fertilizantes químicos.
Hasta ese momento, la plaga que prevalecía en los cafetales era la broca (Hypothenemus hampei), pero esta fue controlada y no ocasionó daños fuertes a la producción. En cambio, la roya provocó una crisis económica que es recordada por los campesinos porque en esta no solo gastaron sus ahorros para sobrevivir, sino también porque los obligó a trabajar como asalariados en las fincas Hannover, San Cristóbal y Germania. Incluso, la devastación de los cafetales hizo que parte de la población rural, sobre todo los ejidatarios de base, voltearan la mirada hacia la producción de cacao y este se consolidara como la segunda fuente de ingresos monetarios. Algunas familias, mientras crecían las plantaciones de café, prefirieron sembrar pequeñas superficies de maíz y frijol. A pesar de esta experiencia, todos los ejidatarios continuaron produciendo café, unos con mayores superficies que otros, pero ninguno abandonó el cultivo.
El apoyo del Estado a través del Inmecafé fue clave para que la actividad cafetalera continuara siendo la fuente primordial de ingresos para la economía campesina. Después de cuatro años, los ejidatarios empezaron a recuperar sus cafetales y volvieron a contratar hasta 20 trabajadores asalariados en tiempo de cosecha, de septiembre a diciembre, y hasta tres trabajadores permanentes en tiempo de cultivo, de enero a agosto. Uno de los ejidatarios recordaba: «volvimos a juntar nuestro dinero, llegamos a ahorrar casi 15 000 pesos o 15 millones de pesos de ese tiempo. […] Con ese dinero compramos una parcela para mi hermano» (entrevista a Emiliano, ejidatario, Manacal, 18/02/2022). La rentabilidad de la cafeticultura se reflejaba de manera diferenciada en los ingresos monetarios de las familias, así como en su capacidad de consumo, de ahorro en bancos privados y de inversión en la unidad de producción familiar.
Sin embargo, el tiempo de bonanza de la cafeticultura fue interrumpido por la crisis del mercado generada por el rompimiento de los acuerdos de la OIC en 1989 y por la cotización del precio del café en la Bolsa de Valores de Nueva York, lo cual provocó que en octubre de dicho año el precio cayera a 70 dólares por 100 libras. El precio más alto que antecedió a dicha caída se registró en enero de 1986, cuando se cotizó en 270 dólares por 100 libras; después empezó a descender y en enero de 1988 llegó a 175 dólares (Barchart.com, 2022). Tomando en cuenta el tipo de cambio registrado por el Banco de México (2025a), el precio de las 100 libras de café oro verde sufrió una caída de al menos el 75 % del precio nominal cotizado en enero de 1986, lo que significó un duro golpe para la economía familiar.
Ante ello, una de las primeras acciones colectivas emprendidas por los ejidatarios de Manacal fue enviar un oficio al gerente del Banco de Crédito Rural del Istmo (BCRI), con sede en Tapachula, «proponiendo la negociación de la deuda del CRÉDITO DE AVÍO CICLO 88 EN FORMA INDIVIDUAL».5 Además, «pedimos que se nos concedan cinco años para cubrir dichos adeudos […], también pedimos que los intereses moratorios no procedan».6 Nadie pudo pagar el crédito, por lo que la caída de los precios derivó en el primer ciclo de endeudamiento de las familias como efecto de la crisis del mercado y del programa de ajuste estructural neoliberal.
Otra de las estrategias de los campesinos fue aumentar la producción de café para compensar los precios bajos del mercado. En 1990 un grupo de 27 ejidatarios que trabajaba con el Inmecafé solicitó al BCRI un crédito de avío para la atención de cafetales durante el ciclo productivo 1990-1991. Otro grupo de 15 ejidatarios hizo lo mismo a través de la Unión de Ejidos Huixtla. En ambos casos, respaldados por el Inmecafé, el propósito del crédito era elevar la producción a 40 quintales por hectárea con la asesoría de los técnicos del instituto. Los ejidatarios le pidieron al gerente del banco que «proporcione el crédito oportuno en una sola administración, comprometiéndonos nosotros los solicitantes del crédito a realizar todos los trabajos mencionados por el técnico».7 El banco otorgó el crédito y los campesinos lo invirtieron en sus plantaciones. No obstante, al llegar el tiempo de cosecha en el ciclo 1990-1991 el precio siguió siendo inferior a 100 dólares, por lo que no lograron saldar sus deudas.
Los ejidatarios tenían la esperanza de que el precio en la bolsa mejorara y en el ciclo productivo 1991-1992 volvieron a solicitar préstamos. Sin embargo, para sorpresa de los productores, en los primeros meses de 1992 los técnicos del Inmecafé dejaron de trabajar con ellos y abandonaron el proyecto de aumentar la producción bajo el argumento de que ya no disponían de financiamiento. Los ejidatarios continuaron invirtiendo en sus plantaciones, pero cuando llegó el tiempo de cosecha el precio no mejoró, y en agosto de 1992 este cayó hasta 50 dólares por 100 libras, el más bajo desde octubre de 1989, lo que derivó en otra crisis de la economía familiar y en una caída en la moral de los campesinos.
Para el ciclo 1992-1993, los ejidatarios volvieron a solicitar créditos, pero esta vez el banco se los negó. Ante ello, insistieron en que, si no era posible que les otorgaran créditos de avío, al menos les concedieran préstamos «ÚNICAMENTE PARA LEVANTAMIENTO DE COSECHA, con la CUOTA GARANTÍA FIDECAFÉ DE $350,000.00/HA».8 En esta solicitud, los firmantes anexaron sus certificados de derechos agrarios para demostrar que estaban dispuestos a entregar en garantía lo más preciado que tenían: la tierra. Aun así, no se los concedieron, lo que empeoró la situación económica de las familias. Peor aún, la Unión de Ejidos Huixtla sufrió un desfalco que debilitó a la organización y ocasionó la salida de los miembros del ejido.
Estos acontecimientos derrumbaron las esperanzas de los campesinos de superar la crisis mediante el aumento de la producción de café para obtener ingresos más altos y pagar los créditos otorgados por las instituciones estatales. Frente a ello, no solo enviaron nuevos oficios al gerente del BCRI para solicitar una prórroga en el pago de sus adeudos, sino que también remitieron un documento al gobernador del estado de Chiapas, José Patrocinio González Garrido, a quien le expresaron lo siguiente:
Con el actual precio que tiene el café no podemos salir de nuestros adeudos, Señor Gobernador […] le hacemos nuestra Acta para que usted tome conciencia en que miserias estamos pasando económicamente los ejidatarios productores de café de nuestro Estado, es por ello que pedimos ante usted que se nos den prórrogas o años para negociar los adeudos con el Banco de Crédito Rural del Istmo S. N. C. operativa Tapachula, Chiapas de los adeudos de Avío ciclo 91/92 y de Crédito Refaccionario.9
Al no recibir respuesta del gobernador de Chiapas, le escribieron al presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, a quien le manifestaron lo siguiente:
Le hacemos de su conocimiento que nuestro producto del campo chiapaneco como lo es el café se encuentra con el precio muy bajo, la preocupación que tenemos es que nuevamente contamos con un crédito de avío que nos otorgó el Banco de Crédito Rural del Istmo que se encuentra en la ciudad de Tapachula, Chiapas, y si continúa el precio bajo que existe del café volveremos a quedar con las deudas del mencionado Banco. Es por ello que exigimos un mejor precio para el producto, nosotros los Ejidatarios de este Ejido confiamos en usted a que dará solución a nuestro problema […] Señor Presidente Carlos Salinas de Gortari.10
En estas cartas se puede apreciar la desesperación de los ejidatarios ante la crisis por la que estaban atravesando, sobre todo por su incapacidad para pagar los adeudos. Aunque ni el gobierno federal ni el estatal respondieron a sus cartas, en ellas los firmantes expresaron con claridad la magnitud de la crisis del mercado y su voluntad y compromiso para pagar las deudas. Durante el ciclo productivo 1993-1994, los ejidatarios ya no intentaron solicitar créditos porque cayeron en cartera vencida. Asimismo, como consecuencia de la falta de dinero para contratar trabajadores asalariados, dejaron de realizar los trabajos sustanciales del cafetal y se redujo de manera paulatina la producción, lo que empeoró la crisis de la economía campesina.
La gestión de los campesinos para amortiguar la crisis de la economía familiar
Desde julio de 1989 hasta abril de 1994 el precio del café fue menor a 100 dólares por 100 libras. La preocupación de los ejidatarios era la deuda que tenían en los bancos públicos, cuyos montos oscilaban entre dos y cinco millones de viejos pesos por ejidatario,11 así como el encarecimiento de los artículos de la canasta básica. Recordemos que, para finales de la década de 1980, la economía mexicana atravesó por un proceso inflacionario que llegó a los tres dígitos, y que para mediados de 1992 la inflación aún era del 15 % (Banco de México, 2025a). En este sentido, la inflación redujo aún más el poder adquisitivo de las familias, que tuvieron que emprender nuevas estrategias colectivas e individuales para sacar a flote su economía y sobrevivir con el trabajo de la tierra.
En este escenario, las autoridades ejidales, representadas por el Comisariado Ejidal y el Consejo de Vigilancia, comenzaron a gestionar una tienda comunitaria IMSS-Coplamar en 1990; esta se instaló en el ejido Manacal en 1993 y es posible que la carta enviada al presidente de México acelerara su llegada. La tienda comunitaria contó con las aportaciones por partes iguales del gobierno federal a través del programa de abasto rural del IMSS-Coplamar y de la comunidad. En ella se vendían productos básicos como maíz, frijol, arroz, aceite, harina de trigo y de maíz, leche o detergente,12 cuyos precios eran más bajos que en las tiendas de abarrotes del núcleo ejidal, incluso que en el mercado de Huixtla. Además, al ejido le quedaba cierto porcentaje de las ganancias obtenidas por las ventas, lo que significó un ingreso extra para atender algunas necesidades de la comunidad.
En 1994, en el marco del TLCAN, el gobierno federal echó a andar el programa Procampo, enfocado en la producción de granos básicos (DOF, 25 de julio de 1994). Las autoridades ejidales gestionaron los recursos de este programa para 33 de los 51 ejidatarios que se registraron para sembrar maíz en el ciclo productivo primavera-verano de 1994: 10 lo hicieron con dos hectáreas, 21 con una y dos con 0.3; la mayoría eran ejidatarios de base. Los demás no se anotaron porque ya no tenían terrenos para cultivar granos básicos, sobre todo los congregados, cuyas parcelas eran más pequeñas. Incluso algunos ejidatarios de base que se anotaron con dos hectáreas solo tenían una o menos para cultivar dicho grano. El apoyo que recibieron fue de 350 nuevos pesos por hectárea de maíz sembrada, una cantidad insuficiente que no contribuyó de manera significativa a amortiguar la crisis de la población. A pesar de esto, las autoridades ejidales siguieron gestionando el apoyo porque ayudaba a satisfacer ciertas necesidades básicas.
Debido a la reducción de sus ingresos y al cierre de la principal fuente de financiamiento para la producción, los campesinos carecían de poder adquisitivo para cubrir todas sus necesidades. Es decir, por un lado, aunque la tienda Coplamar ofrecía los precios más baratos del mercado, las familias no podían comprar porque no tenían dinero; por otro lado, aunque una parte de las familias recuperó el cultivo de maíz con el apoyo del Procampo, la superficie cosechada no alcanzaba para satisfacer su consumo anual -además de la baja producción por la erosión del suelo-, por lo que casi todo el maíz que necesitaban debían comprarlo. La falta de dinero llevó a las autoridades ejidales a gestionar el recurso del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol),13 pero no lo lograron.
La búsqueda de dinero hizo que un grupo de productores volviera a adherirse a la Unión de Ejidos Huixtla, la cual les dio algunos apoyos en efectivo para solventar gastos básicos. Para sorpresa de los campesinos, su regreso a la organización coincidió con un aumento del precio del café en el mercado mundial. Para julio de 1994 el precio alcanzó 270 dólares por 100 libras, casi cuatro veces el de octubre de 1989. Sin embargo, esto no benefició a los productores porque la cosecha se realizaba de octubre a diciembre de cada año, y por lo regular quienes lograban juntar su café en pergamino lo vendían entre diciembre y enero. Bajo esta lógica, el precio del café cotizado en la Bolsa de Valores de Nueva York entre diciembre de 1994 y enero de 1995 osciló entre 144 y 175 dólares por 100 libras (Barchart.com, 2022), al menos el doble del precio de octubre de 1989. Al recuperar el tipo de cambio registrado por el Banco de México (2025b) para el 15 de diciembre de 1994, que fue de 3.46 pesos por dólar, y del 16 de enero de 1995, que fue de 5.49 pesos por dólar, resulta que el precio de referencia para los campesinos osciló entre 498 y 960 pesos por 100 libras, lo que representaba entre tres y cinco veces el precio de octubre de 1989.
En teoría, el aumento del precio del café en la Bolsa de Valores de Nueva York significó un alivio para la economía familiar. En la práctica, la variabilidad cambiaria en el mercado neoliberal significó la devaluación del 58 % del peso mexicano en un mes, lo que se vio reflejado en la crisis económica de 1995. Esta crisis llevó al encarecimiento de las importaciones y, como consecuencia, a la reducción del poder adquisitivo de las familias y a un aumento de la pobreza en el país. En el caso de las exportaciones de café, el alza del precio en dólares favoreció a las grandes empresas comercializadoras del grano y en menor medida a las familias campesinas. Sin embargo, la subida del precio en el mercado internacional generó buenas expectativas en los productores, a tal grado que algunos adheridos a la Unión de Ejidos Huixtla plantearon crear la Unión de Ejidos Tuzantán con el objetivo de gestionar sus propios recursos.
Para crear la Unión de Ejidos de Tuzantán, los ejidatarios de Manacal convocaron a cafetaleros de otros ejidos y solicitaron el apoyo del presidente municipal de Tuzantán para que presidiera la asamblea. Los campesinos aprobaron la conformación de la nueva organización y desarticularon al grupo de la Unión de Ejidos Huixtla, donde solo quedaron seis de los 60 productores que estaban empadronados en Manacal. Sin embargo, la constitución formal de la nueva organización se demoró y los ejidatarios no obtuvieron los apoyos que esperaban. Peor aún, el precio del grano empezó a descender. Para octubre de 1995 el precio se ubicó en 125 dólares, y para febrero de 1996 este se redujo a 90 dólares por 100 libras (Barchart.com, 2022). Un acontecimiento que no solo bajó la moral de los campesinos, sino que mostró la dinámica del mercado neoliberal.
La falta de despegue de la nueva organización propició que un grupo de 36 ejidatarios regresara a la Unión de Ejidos Huixtla. No obstante, debido a la desaparición del Inmecafé y a la caída en cartera vencida de una buena parte de sus agremiados, esta organización enfrentó dificultades para acceder a financiamiento para la comercialización. A pesar de ello, apoyó a los campesinos para que tuvieran acceso a créditos del Fondo Nacional de Apoyo para las Empresas en Solidaridad (Fonaes), con sede en Tapachula. Los ejidatarios trabajaron alrededor de tres años con esta institución; sin embargo, la dinámica de trabajo de la misma y una nueva caída de los precios impidieron que contaran con liquidez para pagar sus créditos adecuadamente, lo que al final derivó en problemas internos hasta que se desintegró lo que quedaba de la organización.
Por su parte, las autoridades ejidales se sumaron a una reunión regional de productores de café donde se propuso que los cafetaleros debían enviar una delegación a la Ciudad de México para solicitar apoyo del gobierno federal. Un ejidatario que participó en esta comisión expresó que campesinos de varios estados acudieron a la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, donde los atendió Francisco Labastida Ochoa, a quien le hicieron la solicitud. La respuesta de este funcionario fue la siguiente: «no hay recursos, no hay créditos, no hay refaccionarios, y no hay precios del café porque no hay mercado. Créditos no hay porque los campesinos no pagan, no trabajan, son tramposos» (entrevista a Seferino, ejidatario, Manacal, 29/01/2021). Ante ello, uno de los campesinos arremetió:
Mire, Lic., las tierras ya no producen como venían produciendo y por eso [los campesinos] no pueden pagar, muchos han caído en cartera vencida. Pero si un campesino debe 20, 30, 50 o 100 000 pesos, eso no es dinero comparado con lo que se roba la gente de gobierno. ¿Dónde tenemos a Mario Ruíz Massieu? (entrevista a Seferino, ejidatario, Manacal, 29/01/2021).
La respuesta de los campesinos motivó que les entregaran apoyos económicos, pero las gestiones de los créditos no progresaron. Después de esto, las autoridades ejidales ya no volvieron a solicitar apoyos en instituciones de gobierno. Por el contrario, una parte de la población rural se adhirió a la Organización Campesina Emiliano Zapata-Coordinadora Nacional Plan de Ayala (OCEZ-CNPA) para sumarse a la resistencia contra las altas tarifas que cobraba la Comisión Federal de Electricidad, mientras que otra parte, principalmente familias con hijos e hijas en edad escolar, se convirtió en beneficiaria de programas sociales, entre los que destacó el Programa para la Educación, Salud y Alimentación (Progresa) que se puso en marcha en 1997.
Intermediarismo, endeudamiento, migración y mercantilización de la tierra
La cotización del café arábiga en la Bolsa de Valores de Nueva York fomentó la especulación de las grandes empresas en el mercado y con ello la volatilidad de los precios, lo que se tradujo en incertidumbre para los campesinos. Por ejemplo, en enero de 1997 el precio pasó de 115 a 145 dólares por 100 libras. En febrero, alcanzó los 190 dólares y en mayo se disparó hasta 315 dólares, el precio más alto desde 1989. Después de este pico, el precio empezó a descender y en junio del mismo año llegó a 185 dólares, lo que representó una caída del 42 % en un solo mes. De julio a septiembre el precio osciló entre 155 y 210 dólares, mientras que de octubre a diciembre se mantuvo entre 140 y 190 dólares por 100 libras (Barchart.com, 2022). Estos últimos fueron los precios de referencia para los campesinos del ejido y, aunque solo se duplicaron respecto a octubre de 1989, debido a la paridad cambiaria pasaron a representar entre cinco y ocho veces su valor en pesos mexicanos, lo que se tradujo en un ingreso relativamente favorable para la economía familiar.
Sin embargo, los campesinos no se beneficiaban de manera directa del precio del café arábiga que se cotizaba en la bolsa de valores. Desde 1989, el precio de bolsa ha sido -y sigue siendo- la referencia para las transacciones financieras de las grandes empresas comercializadoras, procesadoras e industrializadoras del grano. En el caso que nos ocupa, el precio de bolsa fue retomado por las empresas Exportadora de Café California (ECC), Agroindustrias Unidas de México (AMSA) y la Nestlé para establecer el precio a las casas compradoras asentadas en Huixtla, entre las que se encontraban Tesón de Café, Los Martínez y Don Fernando, entre otras. Estas, a su vez, establecían un precio de compra a los intermediarios locales, a quienes les otorgaban «el 50 o 60 ٪ del valor del contrato de compra y venta, y con ese dinero se ponía uno a trabajar» (entrevista a Josué, intermediario, Huixtla, 17/02/2022).
Al desaparecer el Inmecafé y las fuentes de financiamiento de la Unión de Ejidos Huixtla, los intermediarios locales acapararon la producción campesina. En el ejido existían tres intermediarios que se dedicaban a la compra y venta de café. Al respecto, uno de ellos expuso: «me iba a Huixtla y allá cualquier comprador me daba dinero, me daban de 400 a 500 000 pesos y con eso me dedicaba a comprar café, fuera seco o húmedo. El café húmedo lo compraba por lata, luego contrataba una secadora y ya lo vendía» (entrevista a Luis, avecindado, Manacal, 23/02/2022). La falta de dinero obligaba a los ejidatarios a vender el café en pergamino a los intermediarios, incluso sin terminar el proceso de beneficio húmedo, lo que reducía sus ingresos porque lo compraban a un precio menor.
Peor aún, el cierre de sus fuentes de financiamiento los llevó a pedir dinero prestado a los intermediarios a cuenta de la cosecha, lo que permitió que estos se convirtieran en usureros de los campesinos. En este sentido, uno de los ejidatarios comentó: «en nuestro caso caímos en manos del coyote […]. Para levantar la cosecha pedíamos 10 000 pesos, lo pagábamos y volvíamos a pedir, él nos confiaba y nosotros tampoco le quedábamos mal. […] Con él trabajamos por muchos años y solo nos pedía el 7 % de interés mensual» (entrevista a Emiliano, ejidatario, Manacal, 18/02/2022). La deuda contraída también condicionaba a las familias para vender el café húmedo -por latas- a los intermediarios, quienes regularmente se aprovechaban de sus necesidades. Esto es importante porque el precio del café que los intermediarios pagaban a los productores representaba alrededor de dos tercios, o menos, del que se cotizaba en la Bolsa de Valores de Nueva York, ya que su objetivo era obtener una ganancia extraordinaria y trasferir el valor generado en la unidad de producción campesina a otros sectores del capital.
Esta situación no solo provocó un déficit prolongado en las economías familiares, sino también una reducción drástica de la inversión en las unidades de producción. Los ejidatarios ya no contrataron trabajadores asalariados, lo que provocó que se dejaran de hacer actividades sustanciales en los cafetales -limpia tres veces al año, deshije, poda, desombra, resiembra y fertilización- y desencadenó una caída paulatina de la producción. Mientras que en el ciclo 1989-1990 algunos ejidatarios cosechaban alrededor de 20 bultos de café pergamino de 60 kilos por hectárea, para el ciclo 1995-1996 la producción se redujo a la mitad. Peor aún, algunas familias no solo dejaron de realizar el trabajo necesario en los cafetales, sino que abandonaron partes de sus parcelas, lo que mermó aún más la producción y el ingreso familiar.
Sin embargo, los efectos de la crisis del mercado no fueron homogéneos en la población. Para mediados de la década de 1990 todavía prevalecían los estatus de ejidatarios de base -con una superficie de hasta 10 hectáreas- y de congregados -con una superficie de hasta 4.3 hectáreas-, además de un grupo de avecindados que había heredado o adquirido pequeñas superficies de tierra -menor a dos hectáreas- para el sustento familiar. Esta diferencia propició que, mientras una parte de los ejidatarios de base que se especializaron en la producción de café lograron ahorrar un poco de dinero, otros produjeran cacao o maíz para diversificar sus ingresos. En ambos casos, sus estrategias les permitieron amortiguar el golpe de la crisis, aunque a los primeros solo por un periodo corto de tiempo. Pero otra parte de los ejidatarios de base que destinaron toda su parcela a la producción de café y no ahorraron -al igual que los ejidatarios congregados- terminaron padeciendo la dependencia del mercado, unos por no saberse administrar y otros por poseer parcelas pequeñas.
En el ejido la crisis del mercado se materializó en incertidumbre, pobreza y desesperación, y se tradujo en alimentación precaria, en el deterioro de la salud en algunos casos y en el estancamiento de la educación de la población joven en los niveles básico y medio superior. La crisis fue tan dura que algunos ejidatarios recurrieron a las fincas cercanas para trabajar como asalariados y complementar sus magros ingresos. Incluso, el bajo nivel de ingreso llevó a un grupo de mujeres ejidatarias a trabajar en la finca Hannover en la «escogida»14 de café. Por ese trabajo, el patrón les pagaba un salario y aparte les daba una ficha que les permitía «ir a los cafetales de la finca y pepenar el café que cayó cuando tapiscaron. Ese café ya era de nosotras, lo vendíamos aquí con el coyote y con ese dinero compraba mis cosas para comer» (entrevista a Manuela, ejidataria, Manacal, 27/07/2019).
Antes que los ejidatarios, los avecindados sin tierra fueron los primeros en recurrir al trabajo asalariado en las fincas Hannover, San Cristóbal y Germania, pues se habían quedado sin trabajo cuando los ejidatarios dejaron de contratarlos para trabajar en sus cafetales. Por ejemplo, solo en la finca Hannover:
se manejaba de 180 a 200 personas en tiempo de cultivo, [mientras que] en el corte de café se ocupaban de 450 hasta 600 personas. Los trabajadores en el tiempo de cultivo eran de aquí de los ejidos, ellos eran la base de la finca en esa temporada. El salario era valuado conforme a ley, el salario mínimo se multiplicaba por siete y se dividía entre seis, se les pagaba el día domingo y si lo trabajaban se pagaba doble. Lo que no había, es cierto, son las prestaciones, fondo de ahorro, vacaciones y otras cosas como lo hacía una empresa (entrevista a Román, planillero de la finca Hannover entre 1987 y 1993, y avecindado de Manacal, 29/09/2011, citado en Pérez, 2022).
Durante los primeros años de la crisis, las fincas cafetaleras ofrecieron empleo y un ingreso monetario a los campesinos. Sin embargo, los bajos salarios que ofrecían propiciaban que algunos padres llevaran a sus hijos e hijas mayores de 12 años a trabajar para aumentar el monto de su percepción quincenal. La crisis no solo desplazó la fuerza de trabajo disponible en el ejido hacia las fincas cafetaleras, sino también rompió con el deseo de algunos niños, niñas y jóvenes que querían seguir estudiando para mejorar sus condiciones de vida y los condenó a trabajar recibiendo los salarios más bajos pagados por el capital.
Las caídas recurrentes de los precios en la Bolsa de Valores de Nueva York también afectaron la dinámica de la producción finquera y con ello también se redujo la contratación de trabajadores asalariados. Al observar que la situación era cada vez más difícil, un grupo de avecindados decidió aventurarse a buscar trabajo en las grandes ciudades del país,15 e incluso en Estados Unidos. En esta sintonía, uno de los primeros avecindados -hijo de ejidatario- que se trasladó a Tijuana, Baja California, expuso: «el problema aquí era económico, el dinero no nos alcanzaba para subsistir, entonces acordamos con mi esposa que no había otra salida, que teníamos que migrar para poder sobrevivir» (entrevista a Saúl, avecindado, Manacal, 07/02/2021).
En Tijuana, los avecindados trabajaban en fábricas o ensambladoras de grandes empresas como Sony, Panasonic, Sanyo o Phillips, entre muchas otras, que se articulaban a otros procesos de producción, comercialización y servicios en la esfera regional. Se trata de empresas que llegaron o se consolidaron en el marco del TLCAN y que demandaban una gran cantidad de fuerza de trabajo. Uno de los atractivos principales de las fábricas de Tijuana eran los salarios más elevados. En ese tenor, otro de los avecindados externó:
Cuando llegué a Tijuana trabajé en la fábrica de Panasonic y ganaba 900 pesos semanal, cuando aquí en la finca ganaba 480 pesos a la quincena, casi lo de dos semanas. Eso sí para ahorrar un poco de dinero uno tenía que economizar y así alcanzaba para mandar para la familia que se quedó aquí (entrevista a Isidro, avecindado, Manacal, 26/02/2022).
Las fábricas de Tijuana y de otras grandes ciudades, como Guadalajara y Monterrey, se convirtieron en focos de atracción de la fuerza de trabajo ejidal desde mediados de la década de 1990.
Si bien en 1997 los precios del café fueron relativamente favorables para los productores, en 1998 estos volvieron a descender y pasaron de 163 dólares en marzo a 112 en septiembre. En septiembre de 1999 la situación empeoró, al caer el precio a 80 dólares por 100 libras. Sin embargo, lo que parecía ser el inicio de una nueva crisis se convirtió en un momento de alegría para los productores porque en octubre el precio empezó a subir y para diciembre de 1999 se elevó a 142 dólares. Esto es importante porque de nueva cuenta el precio del café en el mercado internacional mostró signos de un periodo de bonanza. No obstante, la alegría tardó poco porque en enero del año 2000 el precio se redujo a 125 dólares y siguió descendiendo hasta llegar a 64 dólares en diciembre del mismo año, lo que abrió un nuevo episodio de crisis en la economía familiar. El momento más difícil de esta crisis llegó en diciembre de 2001, cuando el precio se cotizó en 40 dólares por 100 libras, el más bajo cotizado en la Bolsa de Valores de Nueva York desde 1989 (Barchart.com, 2022).
Esta caída fue muy dura para las familias campesinas, pues prácticamente las ganancias no alcanzaban siquiera para los gastos de la cosecha, mucho menos para el mantenimiento del cafetal. El desplome del precio en la bolsa de valores, por debajo de 100 dólares, se mantuvo desde diciembre de 2001 hasta enero de 2005, cuando alcanzó 104 dólares e inició un ciclo de recuperación (Barchart.com, 2022). En ese periodo muchas familias abandonaron el trabajo en sus parcelas, ya que no tenían dinero siquiera para cortar el fruto. Optaron por endeudarse aún más con los intermediarios locales, pero las sumas eran tan modestas que solo les alcanzaban para sobrevivir en el medio rural. Esta crisis no solo redujo los ingresos de las familias campesinas, sino que descapitalizó drásticamente la unidad de producción. Incluso, las grandes fincas cafetaleras como Hannover, Germania y San Cristóbal, que por décadas representaron la fuente de trabajo más cercana al ejido, dejaron de contratar trabajadores asalariados y abandonaron la actividad cafetalera.
Con la gran crisis del mercado internacional del café no solo migraron los avecindados asalariados y quienes tenían un pedazo de tierra, sino también muchos jóvenes, hombres y mujeres, en edad escolar, hijos e hijas tanto de avecindados como de ejidatarios. La necesidad de migrar para apoyar económicamente a la familia era tan fuerte que algunos jóvenes únicamente esperaban concluir la Telesecundaria para trasladarse en grupo hacia las grandes ciudades. De un momento a otro, la migración también se abrió paso hacia los campos de cultivo de los estados de Sonora y Sinaloa, así como de Estados Unidos. En una estimación realizada en campo, se calcula que entre 1995 y 2005 salieron del ejido Manacal alrededor de 200 personas de una población cercana a los 600 habitantes. Cada familia tenía al menos un miembro, hombre o mujer, fuera de la comunidad.
Lo relevante de este proceso es que, de los 51 ejidatarios, solo ocho -dos mujeres y seis hombres- tomaron la decisión de salir para buscar trabajo asalariado en las grandes ciudades del país. Algunos contaban con estudios de primaria, otros solo sabían leer y escribir. Uno de esos ejidatarios recordaba: «yo sí tuve que salir, me fui unos años a trabajar a Monterrey y después a México. La situación aquí se puso difícil, pero como yo sé de albañilería, allá trabajaba de albañil y ya les mandaba el dinero para acá, para que la familia se sostuviera» (entrevista a Vicente, ejidatario, Manacal, 20/02/2022). Es decir, a pesar de la precaria situación derivada de la gran crisis cafetalera, la mayor parte de los ejidatarios se quedó para trabajar su tierra y continuar con la dinámica de la vida ejidal.
Para sobrevivir, algunas familias se apoyaron en la producción de cacao, otras en el cultivo de pequeñas superficies de maíz y de frijol, y otras empezaron a sustituir el café arábiga por café robusta. Además, la mayor parte ellas sembró hortalizas o legumbres en el patio de sus casas, fortaleció la crianza de aves de corral para consumo doméstico, y consolidó las relaciones familiares y comunitarias para subsistir. Sin embargo, la necesidad de dinero era constante, pues aparte de los gastos más elementales de alimentación, también tenían que cubrir los de salud, educación y vivienda. Algunas familias contaron con el apoyo económico de sus familiares que migraron, otras recurrieron a préstamos con los intermediarios locales y usureros, y otras se vieron obligadas a vender partes de sus parcelas, sobre todo para solventar gastos por enfermedad.
La idea de mercantilizar la tierra tomó fuerza después de la reforma de 1992 al artículo 27 constitucional y de la implementación del Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares Urbanos (Procede). Si bien los ejidatarios aceptaron este programa hasta 2005, la compra y venta de la tierra ejidal se había consolidado a partir de 1998, cuando el visitador de la Procuraduría Agraria, con sede en Tapachula, empezó a convencer a los ejidatarios para que se inscribieran en el programa. De acuerdo con algunos testimonios, les dijeron que el Procede no solo les garantizaría la certeza jurídica sobre la posesión de la tierra, sino que con los nuevos títulos parcelarios podrían acceder a apoyos económicos del gobierno federal y a créditos en bancos privados, además de que podrían comprar y vender libremente los terrenos ejidales. Esto generó oposición en un sector de los ejidatarios, sobre todo entre los que estaban organizados en la OCEZ-CMPA, quienes argumentaban que no necesitaban otros títulos agrarios además del que ya tenían, dado que «la tierra es de quien la trabaja», y consideraban que lo que realmente buscaba el Procede era la privatización.
A pesar de la resistencia al Procede, la necesidad de dinero llevó a algunos ejidatarios a vender desde una cuerda de cafetal -25 por 25 metro cuadrado- hasta una hectárea -16 cuerdas-. La tierra era barata porque la gran crisis del mercado devaluó los cafetales, a tal grado que, después de 2001, el precio de una hectárea oscilaba entre 8 000 y 16 000 pesos. Los compradores eran regularmente los avecindados que se encontraban trabajando en Tijuana o en Estados Unidos. Este proceso de compra y venta de la tierra en el interior del ejido favoreció la aceptación del Procede, y con ello la reestructuración de la propiedad ejidal. En la Asamblea de Delimitación, Destino y Asignación de Tierras Ejidales celebrada en diciembre de 2005, las autoridades de la Procuraduría Agraria reconocieron a los 51 ejidatarios con voz y voto -18 mujeres y 33 hombres-, pero también otorgaron el reconocimiento a 51 personas como posesionarios y a 30 avecindados con fracciones de tierra ejidal. Sin embargo, los ejidatarios solo tenían en su poder 297.5 hectáreas de terreno parcelado con una superficie promedio de 5.8 hectáreas por familia, en tanto que las otras 138.5 estaban en manos de 81 avecindados -de los 120 registrados en el ejido-, con una superficie promedio de 1.7 hectáreas por familia.16 Es decir, la gran crisis del mercado cafetalero no solo impuso el intermediarismo, el endeudamiento y la migración en la economía campesina, sino que facilitó la entrada del Procede y con ello la mercantilización de la tierra ejidal. Un proceso que desembocó en la desestructuración de la unidad de producción campesina y en la reestructuración de la dinámica de la vida ejidal.
Consideraciones finales
La gran crisis del mercado cafetalero, como he denominado a este periodo de 1989 a 2005, se enmarcó en el proceso de globalización neoliberal, cuyos propósitos más visibles fueron el adelgazamiento del Estado, el libre mercado y el dominio del capital privado en la esfera económica y política del país. La gran crisis devastó la economía familiar campesina sustentada en la producción de café, desestructuró la unidad de producción y convirtió a una parte importante de los campesinos en población pobre y endeudada beneficiaria de programas sociales. En este proceso de ajuste estructural neoliberal, el Estado aceptó con beneplácito el rompimiento de los acuerdos de los precios internacionales del café de la OIC, así como que su cotización se realizara en la Bolsa de Valores de Nueva York, a sabiendas de que en este ámbito solo se contemplan los intereses de las grandes empresas comercializadoras, torrefactoras, tostadoras o envasadoras, que son las que cotizan en la misma porque representan al gran capital. Los campesinos no solo son ajenos a la bolsa de valores, sino que se tienen que adaptar a las decisiones que se tomen en el mercado financiero, donde el capital lucra con la especulación de la producción, el cambio climático y las tendencias del consumo mundial, al mismo tiempo que se apropia del valor que se genera entre la población campesina.
La gran crisis del mercado cafetalero benefició precisamente a las empresas que se encuentran en los puntos intermedio y final de la cadena comercial y agroindustrial del café o, lo que es lo mismo, al capital industrial, comercial y financiero que domina la industria agroalimentaria global. En contraparte, ocasionó una reducción drástica de la producción -que aún no se ha podido recuperar-, cuyo costo más alto lo pagaron los campesinos. Sin embargo, por otro lado, esto reveló que la especialización de la agricultura en un cultivo mercantil, como el café, no solo llevó a los ejidatarios a perder la producción de sus alimentos básicos como el maíz y el frijol, sino también a generar una gran dependencia del mercado. El dinero se erigió como el elemento principal de la economía y de la vida familiar y comunitaria en el campo a tal grado que, cuando este hizo falta, se vieron afectadas sus condiciones materiales de vida y su reproducción social.
El estudio de caso muestra que en el interior de los ejidos existía un proceso de diferenciación interna y que las personas más afectadas fueron las avecindadas, que vendían enteramente su fuerza de trabajo, así como quienes tenían pequeñas superficies de tierra. Esto significó, por un lado, el traslado de los asalariados del campo hacia la ciudad, de la producción finquera hacia la producción industrial y, por otro lado, el desmembramiento de la unidad económica familiar para subordinarla a los designios del capital privado trasnacional. Del mismo modo, muestra las estrategias de producción y gestión de los ejidatarios frente a la crisis de la economía familiar y cómo, pese a las adversidades, estos querían saldar sus deudas en los bancos públicos. Además, indica cómo su sobrevivencia estuvo acompañada de un proceso de organización y concientización política, lo que les permitió cierta cohesión social en el marco ejidal. Esto se vio reflejado cuando pasaron de la gestión de créditos productivos y apoyos para la comunidad, a la defensa y resistencia de la economía familiar frente a las altas tarifas de luz eléctrica, un proceso que amerita un estudio particular.
Los efectos devastadores para la economía campesina no se explican sin contemplar el cierre del Inmecafé, y con ello de las fuentes de financiamiento de la cafeticultura, así como otros procesos que contribuyeron a su profundización, entre ellos la inflación, la paridad cambiaria, el TLCAN y la Reforma Agraria de 1992. Esta última no solo consolidó la mercantilización de la tierra en el ejido, sino que permitió la reestructuración de la población, de manera que los ejidatarios congregados y los posesionarios pasaron a tener voz y voto en la asamblea ejidal, con el reconocimiento de las autoridades agrarias. En este proceso se posicionó un grupo de jóvenes con menor arraigo a la tierra y a la cultura cafetalera de los arábigos, que llevó a cabo un proceso de reconversión productiva hacia el café robusta, algo que también requiere un estudio a profundidad. Por otra parte, la gran crisis cafetalera no solo frustró los deseos de estudios de muchos jóvenes, sino que también puso en riesgo el relevo generacional del ejido Manacal, algo que puede considerarse un reflejo de los campesinos cafetaleros del Soconusco en particular, y de México en general.










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