Introducción
Este trabajo surge de una investigación1 que reconoce un hilo común en las fronteras latinoamericanas, donde la intensidad de las relaciones e intercambios que sostienen las poblaciones hacen de la condición fronteriza un recurso y una oportunidad (Tapia Ladino, 2017). El conocimiento y los saberes locales construidos sobre las movilidades cotidianas son algunos de los principales capitales que tienen sus habitantes, y en ellos se ha definido un saber hacer, saber pasar, saber cruzar. La cotidianeidad queda marcada por las estrategias que desarrollan las personas tanto para acceder a bienes y servicios, como para trasladar mercaderías, cruzar a personas en tránsito migratorio y construir medios logísticos que facilitan la movilidad transfronteriza, en un diálogo y tensión constantes con las agencias estatales de control.
En la frontera México-Guatemala, las estrategias y los saberes locales se conjugan de maneras particulares en las relaciones transfronterizas cotidianas de cada sitio. Entre los municipios de Unión Juárez -Chiapas, México- y Sibinal -San Marcos, Guatemala-, las tierras montañosas en torno al volcán Tacaná no cuentan con pasos habilitados, carreteras para el cruce vehicular, ni controles fronterizos estatales. Allí, las caminatas entre uno y otro lado de la frontera configuran una cotidianeidad particular, muy distante de los habituales contextos punitivistas que imprime la vigilancia estatal en otras zonas fronterizas entre Chiapas y Guatemala, que suelen ser más estudiadas. La idea de un espacio común y hermanado tiene gran presencia en las poblaciones del Tacaná, donde la identidad originaria mam compartida, los vínculos familiares y religiosos, el intercambio de productos agrícolas, el traslado de mercaderías y el trabajo jornalero en fincas de café han configurado fuertes relaciones y movilidades transfronterizas a lo largo del tiempo (Quintana y Luis, 2006; Ruiz Juárez, 2013; Peña y Fábregas, 2015).
Este estudio se centra en analizar cómo el conocimiento y la experiencia que desarrollan las personas al caminar cotidianamente entre soberanías son hoy aprovechados y resignificados por las comunidades locales para acompañar a turistas a la cumbre del volcán Tacaná. El turismo apareció en la región como una alternativa económica hace poco tiempo, en un contexto de crisis productiva del café y de intensificación de la migración hacia el norte de México y Estados Unidos. Si bien se trata de un turismo de pequeña escala, sin grandes inversiones ni infraestructuras que modifiquen sustancialmente los poblados, la llegada de visitantes ha generado oportunidades económicas para muchas familias del lugar.
Ruiz de Oña (2021) sostiene que el turismo, junto con la biotecnología, el cambio climático y las reconfiguraciones productivas del café, están contribuyendo a la transformación del paisaje del volcán Tacaná. A pesar de la relevancia que ha adquirido el turismo en esta zona, los estudios académicos son aún incipientes. Los estudios precedentes ponen el foco en las estrategias y los medios de vida de la población para proponer la creación de emprendimientos de ecoturismo y agroecoturismo, como actividades económicas que podrían articular la producción agrícola, la conservación de la naturaleza y la revalorización de la cultura local (Junghans, Barrera y Gómez y Gómez, 2010; López, 2011; Suárez, 2011; Hernández, Suárez y López, 2015). En cambio, no se han elaborado estudios que profundicen en las implicaciones actuales del turismo en la configuración de identificaciones y demarcaciones geopolíticas y la transformación de los vínculos cotidianos y las relaciones transfronterizas.
El turismo, en tanto práctica social, es un agente que participa en la producción y transformación permanente de las fronteras entre Estados nacionales y de las relaciones transfronterizas locales. El turismo es frecuentemente impulsado por gobiernos y organizaciones como panacea para el desarrollo y la integración de espacios fronterizos latinoamericanos, en sitios con elevados niveles de pobreza, escasas inversiones productivas y pocas oportunidades laborales (Porcaro, 2021). Si bien no está exenta de críticas y conflictos, en muchos casos, la llegada de visitantes a comunidades pequeñas suele reforzar las economías transfronterizas, que se articulan sobre redes familiares y caminos intensamente transitados (Garcés, Altamirano y Moraga, 2021). En otros casos, la apropiación de beneficios económicos a partir del turismo ha provocado disputas a cada lado, reforzando los sentidos divisorios de las fronteras nacionales (Mejía González, 2020).
El objetivo de este artículo es comprender el modo en que los recientes usos turísticos de los caminos al volcán Tacaná participan en la producción de una geopolítica cotidiana que reconfigura las experiencias y representaciones del caminar entre México y Guatemala. A través de la investigación, se buscó responder dos preguntas centrales. Por un lado, cómo las prácticas turísticas se articulan, material y simbólicamente, con las experiencias cotidianas de caminar la frontera, considerando los nuevos sujetos y trabajos que emergen, especialmente el de los guías de turismo. Por otro lado, cómo se reorganizan las pertenencias y discrepancias geopolíticas a partir de las movilidades turísticas hacia el volcán en relación con la construcción de caminos, la conformación de redes socioespaciales y el surgimiento de regulaciones sobre las prácticas de caminar.
Este trabajo se sustentó en un entramado teórico-conceptual construido en el cruce de las geografías y geopolíticas críticas con los estudios de la movilidad y la vida cotidiana. El cotidiano se propone aquí como un enfoque teórico-metodológico que posibilita colocar el foco en los sujetos, sus espacios de vida y las prácticas que configuran el habitar transfronterizo, buscando trascender la mirada estadocéntrica y punitivista que suele concebir la frontera como espacio de ilegalidad, informalidad o inseguridad. Abonando al campo de los estudios sobre fronteras desde las geopolíticas del cotidiano, se propone comprender el modo en que se diseñan y disputan las fronteras en el día a día y cómo se reorganizan las demarcaciones geopolíticas a partir del habitar y transitar a pie (Sundberg, 2017). Recuperando el concepto de espacio vivido construido por las teorías francófonas, particularmente en la propuesta de Guy Di Méo que recupera Lindón (2006)), se propone pensar la frontera como un espacio habitado, practicado y experimentado, que articula las condiciones materiales y las relaciones sociales con la visión subjetiva, impregnada de representaciones, imágenes y valores, que condensa afectos y emociones, pero también relaciones de poder, conflictos y competencias.
Interesa en este trabajo poner en valor las agencias de los sujetos, las maneras de hacer (De Certeau, 2000), comprendiendo las prácticas a través de las cuales las personas y comunidades se reapropian y usan el espacio ordenado y delimitado, «mediante una multitud de tácticas articuladas con base en los detalles de lo cotidiano» (p. 45). El foco está puesto en el caminar como práctica social común a muchos espacios fronterizos latinoamericanos, que permite interrogar la relación entre los sujetos y el paisaje, poniendo en diálogo la corporalidad, la experiencia, la movilidad, la representación, la materialidad y la subjetividad (Lorimer, 2011). Se anclará en el concepto de paisaje fronterizo -del inglés borderscape- (Brambilla, 2015), el cual contribuye a considerar simultáneamente las experiencias y las representaciones, evidenciando el modo en que los procesos fronterizos son corporizados, vividos e interpretados por las personas que allí habitan, y visibilizando los cuestionamientos a los regímenes de ordenamiento social y político predeterminados. El concepto de paisaje cotidiano transfronterizo busca, entonces, condensar estas diferentes concepciones para dar cuenta de los múltiples vínculos, narrativas y caminos que se construyen de modo conflictivo al caminar diariamente entre soberanías nacionales.
Para alcanzar el objetivo de investigación se desarrolló una estrategia cualitativa centrada en reconocer las perspectivas de los habitantes que participan de las prácticas turísticas en esta zona. Se definieron como principales fuentes de indagación los caminos turísticos, las prácticas de caminar y las personas habitantes que caminan guiando a visitantes, de manera frecuente o esporádica. Las técnicas de indagación incluyeron la realización de entrevistas en profundidad, abiertas e itinerantes -en el ejercicio de narrar y caminar de manera simultánea-, la elaboración de cartografías personales que evocan las representaciones del espacio transfronterizo y sus prácticas de caminar, y la observación participante al acompañar a guías de turismo en el ascenso.
Se realizaron cuatro viajes de campo entre noviembre de 2023 y junio de 2024, con visitas a las localidades, parajes y cantones de Unión Juárez, Córdova Matasanos, Talquián y Chiquihuite (México), y Toniná, Nuevas Maravillas, La Haciendita y Sibinal (Guatemala). Se recuperaron para este trabajo 22 entrevistas realizadas a guías de turismo de la zona, a pobladores que desarrollan actividades asociadas con el turismo, y a personas que trabajan en instituciones estatales de áreas protegidas y de turismo.2 De manera secundaria, se acudió a documentos e informes estatales, notas periodísticas y publicaciones en redes sociales para complementar la información recabada.
Se muestra que los caminos turísticos participan en la producción de un paisaje cotidiano transfronterizo que revaloriza las formas históricas de caminar y resignifica los vínculos materiales y simbólicos de la población local con el volcán. En las caminatas al volcán, las prácticas turísticas refuerzan las redes socioespaciales transfronterizas, y producen lugares de encuentro y hermanamiento, pero también reorganizan y reproducen las divisiones nacionales y crean nuevas fragmentaciones en la disputa por el control de la movilidad turística en el volcán Tacaná. Una multiplicidad de actores y prácticas se encuentran conflictivamente en las laderas del volcán y producen un paisaje con visiones enfrentadas, en competencia o en tensión. La frontera está situada en el centro de estas movilidades cotidianas donde diariamente se negocian las formas de caminar y de guiar a los turistas hasta la cima.
Este artículo cuenta con cinco apartados. En el primero se reconstruye el modo en que el turismo se estructuró con base en las formas históricas de caminar por la montaña y en el vínculo que han tejido los pobladores locales con el volcán a lo largo del tiempo. El segundo se centra en la emergencia de los guías de turismo como nueva oportunidad laboral, a partir de los conocimientos y destrezas desarrollados a lo largo del tiempo al caminar cotidianamente por la montaña. En el tercero se muestra la conformación de tres caminos turísticos hasta la cima y sus implicaciones para la reconfiguración de las pertenencias nacionales. En el cuarto apartado se expone el modo en que las redes transfronterizas entre familias y comunidades favorecieron y se reforzaron con las caminatas turísticas, y en el último se examinan los ejercicios de control territorial emergentes de las caminatas turísticas y las nuevas fragmentaciones que tensionan este espacio transfronterizo compartido.
Caminar, trabajar, recordar y celebrar en el volcán
Caminar forma parte de las prácticas cotidianas de la población que habita en las faldas del volcán Tacaná, tanto del lado mexicano como del guatemalteco. La movilidad diaria ha producido y sostenido, a lo largo del tiempo, relaciones familiares, económicas y culturales entre la población, rearticulando los vínculos que mantenían desde antes de la demarcación limítrofe (Ruiz Juárez, 2013). El ir y venir permitió tejer redes familiares, tramar estrategias de vida y crear oportunidades económicas para las poblaciones locales. Si bien suele hacerse hincapié en las personas guatemaltecas que bajan a vender productos o a trabajar en cultivos del lado mexicano, los motivos y formas de tránsito cotidiano son muy diversos y reconocen múltiples sentidos de circulación en esta zona.
Tal vez porque en esta región montañosa no existe una carretera vehicular y el flujo de transeúntes no es tan elevado, los Estados nacionales no han visto la necesidad o la posibilidad de establecer organismos de control fronterizo. Ello ha permitido una cotidianeidad transfronteriza entre estas poblaciones que se percibe como amistosa y poco conflictiva. En la actualidad, las nuevas prácticas turísticas, asociadas al montañismo, el senderismo y la aventura, han aprovechado y rearticulado estas formas de caminar por la montaña. Aparecen nuevos usos cotidianos, recreativos y turísticos, que invierten los sentidos tradicionales: ahora hay muchas personas de México que suben hacia tierras guatemaltecas para alcanzar la cumbre del volcán Tacaná.
Marcado por los Estados nacionales en su cumbre como límite internacional, el volcán Tacaná forma parte del paisaje cotidiano de todos los pueblos de la zona y participa, material y simbólicamente, de los modos de habitar y transitar este lugar. La población local conoce muy bien las veredas y senderos para llegar al volcán, pero son los hombres los que más han subido, quienes conocen y transitan sus veredas desde la infancia. También son quienes, actualmente, acompañan a los visitantes en el marco de las nuevas prácticas turísticas. A partir de los relatos de las personas que suben o han subido al volcán con turistas, que denominaré guías3 tal como ellos se presentan, es posible reconstruir las experiencias y representaciones que construyen cotidianamente en el ejercicio de caminar y guiar hacia el volcán.
La memoria está presente en los relatos sobre las experiencias de ascenso, bajo la forma de recuerdos que los vinculan emocionalmente al Tacaná. Para quienes vivieron en pequeñas comunidades en las faldas del volcán, caminar sus laderas era una práctica habitual que aprendieron desde la infancia en torno a la cría de animales. «Ahí empieza mi relación con el volcán Tacaná», recuerda uno de los guías, cuando empezó a subir con su papá para alimentar al ganado que criaban arriba. «Era un diciembre… me acuerdo bien, [mi papá] me dice “ahora sí, vas a ir mijo”. Yo tenía 12 años.» (entrevista P1, noviembre de 2023). Con las tareas pastoriles aprendieron a subir y conocieron cada camino y cada rincón del volcán, que describen minuciosamente. Algunas familias siguen teniendo animales arriba y otras no. Sin embargo, estas prácticas marcaron su vínculo con el volcán y son varios los pobladores que combinan actualmente el cuidado de animales con su nueva profesión como guías de turismo. La materialidad del pastoreo también persiste y se condensa en cercos, trancas (tranqueras), palapas o refugios de madera que ha construido la población para el cuidado de animales, y que ahora adquieren nuevos significados con las prácticas turísticas.
Los usos rituales del volcán también han sido muy relevantes para la población de la zona, de origen mam, siendo este uno de los varios centros ceremoniales que conforman su territorio. Quintana y Luis (2006) sostienen que, en la cultura mam, el Tacaná es la madre, asociada a la fertilidad y las cosechas, donde realizan ceremonias para pedir por lluvias, mandas y ofrendas; donde siembran los ombligos de los recién nacidos y cruces de ocote para protegerlos. Los extensos procesos de desplazamiento, despojo y explotación que enfrentó este pueblo originario, así como la fragmentación de su territorio en dos soberanías nacionales a partir del siglo XIX, contribuyeron a la erosión de su identidad cultural y a la nacionalización de sus prácticas de vida. Si bien son pocas las personas que mantienen su lengua, vestimenta, ceremonias y peregrinaciones, perviven en la narrativa oral varias leyendas y referencias simbólicas, así como conocimientos y saberes que se insertan en las tramas de la vida cotidiana (Quintana y Luis, 2006; Junghans et al., 2022).
La identidad, la simbología y las prácticas culturales mam no aparecieron, durante el trabajo de campo, como una referencia central para el universo de personas que trabajan con turismo. Algunos de los guías mayores, al ser interrogados, recuerdan relatos de familiares asociados con el entierro de ombligos de recién nacidos. «Mi cruz allá está, me dijo mi mamá», expresa un poblador-guía de la zona en relación con las ofrendas que realizaba su familia en el volcán, pero que él ya no practica (entrevista P1, noviembre de 2023). Algunos de los jóvenes hablan de las ofrendas que suelen encontrar cerca de la cima cuando llevan turistas. «Nos ha tocado ver gente todavía de la región [...] que llevan a hacer sus ofrendas y también sus cruces de ocote, [...] están representando el cuidado de su familia y generalmente, pues, se le pide al volcán que los cuiden», cuenta un poblador de Unión Juárez que sube con turistas (entrevista P2, febrero de 2024). Explica que la destrucción de estas ofrendas y cruces también suele ser motivo de conflicto, ya sea por desacuerdo con estas prácticas, que en ocasiones suelen ser concebidas como brujería, tal como refieren los más jóvenes, o bien por usar el ocote para encender fogatas. Ya en el año 2003, antes de la llegada de las instituciones que intentaron regular la actividad turística en la zona, algunas investigaciones señalaban cambios en la espacialidad ritual, dado que algunas comunidades abandonaron la tradicional cumbre del Tacaná y comenzaron a utilizar otros sitios (Rodríguez Vázquez, 2008). Estos trabajos daban cuenta no solo de la «depredación de alpinistas», sino también de la persecución por parte de grupos con creencias antagónicas. La regulación de los ascensos al volcán que realizaron instituciones estatales con las comunidades locales, sin embargo, no incluyó la instalación de cartelería con referencia alguna sobre la importancia del volcán para la cultura mam, ni advertencias para evitar la destrucción de cruces y ofrendas.
Desde finales del siglo XX surgieron diferentes iniciativas y organizaciones dedicadas a la recuperación y reivindicación identitaria mam en la zona (Toledo y Coraza, 2019). Estos movimientos influyeron para que un grupo de jóvenes recientemente creara la Red Raíces y Neblina del Tak-na. Son emprendedores comerciales y de turismo -de diferentes poblados, aunque solo del lado mexicano- que buscan incorporar palabras, símbolos y concepciones de la cultura mam en los productos que elaboran (conversaciones informales con miembros de la red, junio de 2024). Uno de sus participantes, guía de turismo, vincula estrechamente esta raíz cultural con el volcán y con los recuerdos familiares: «Esa parte de la montaña, cuando tú vas y lo haces de corazón, decía mi abuela, sientes la energía de la naturaleza, de la montaña, te abriga, no te pasa nada malo» (entrevista G2, diciembre de 2023). El volcán forma parte de su espacio de vida y de las enseñanzas familiares y tradiciones culturales sobre el respeto y el agradecimiento, sobre la actitud que hay que tener en la montaña y frente a la vida. Menciona que continúa realizando ceremonias de agradecimiento al volcán cada vez que sube con turistas, según aprendió de su abuela. Las leyendas que cuentan algunos pobladores sobre los volcanes de la zona también forman parte de las experiencias turísticas, en los relatos que narran los guías en los fogones, cuando acampan en el volcán. Incluso, algunos video promocionales que circulan en plataformas y redes sociales destancan la relevancia que tiene el Tacaná para el pueblo mam (De León, 6 de diciembre de 2020), reintroduciendo el carácter humano, ritual y espiritual del volcán en la mirada turística.
El vínculo material y emocional tejido con el volcán en el marco de sus experiencias de vida, en sus entornos familiares y laborales, fue lo que llevó a muchas de estas personas a caminar por el volcán durante toda su vida, actividades que hoy realizan con turistas. Esas experiencias pasadas les permitieron forjar una actitud, un sentimiento y una forma de comportarse en la montaña. Respeto es el sentimiento que aparece como una constante en los relatos de los guías que han desarrollado un vínculo emocional con el volcán con base en las memorias familiares. Si bien la identidad mam no está siempre presente de manera explícita en los relatos, la relevancia simbólica del volcán Tacaná se mantiene entre muchas de las personas que trabajan con turistas, operando diversas formas de reapropiación y resignificación de sus sentidos y materialidades.
Con el tiempo, los usos pastoriles y rituales se fueron solapando con usos recreativos del volcán por parte de la población local. Quintana y Luis (2006) sostienen que el calendario ritual mam del Soconusco incluye una peregrinación a la laguna del volcán Tacaná que comienza el mes de diciembre y culmina el 15 de enero, día del Señor de Esquipulas, para agradecer por las lluvias que se van y pedir por las que vienen para la siguiente cosecha. La población local ha sostenido la costumbre de subir a fin de año, aunque cambian las formas, las motivaciones y los sentidos construidos. En diciembre, llega el verano, como llaman a los meses secos y fríos en la montaña: es tiempo de subir al cerro. Terminaron las lluvias y el camino se hace más transitable. Ha iniciado la cosecha del café. Es tiempo de agradecer, de pedir perdón y de proyectar nuevas metas, cuentan algunos guías. También son las vacaciones escolares y laborales, y el tiempo libre permite volver a conectarse con el volcán. A su vez, muchos señalan la importancia del solsticio de invierno, cuando la posición del sol adquiere un significado especial: «El 26 [de diciembre] subíamos al Tacana [...] a ver el amanecer [...] y la salida del sol es justamente en el mero centro del [volcán] Tajumulco, como que si estuviera bien trazado […], pues es un espectáculo ahí arriba», explica un joven guía mexicano (entrevista G3, febrero de 2024).
La importancia del Tacaná en la cotidianeidad de las poblaciones locales queda en evidencia en esta práctica recreativa que se fue construyendo, desde hace ya varias décadas, como un rito que ordena subir, al menos una vez en la vida, hasta la cumbre del Tacaná. En las tierras más altas, a media montaña, sube toda la familia. Suben de noche para ver el amanecer en la cima y regresan el mismo día. Las personas mayores recuerdan haber subido por primera vez por curiosidad, ya en la década de 1970: «Nomás fuimos por ilusión, que se oía que la gente subía y todo», cuenta un guía guatemalteco (entrevista G4, febrero de 2024). Más abajo, las y los jóvenes de Unión Juárez, Córdova Matasanos y Talquián también construyeron ese hábito de subir en diciembre, a celebrar, pero con grupos de amigos. Refieren que sus familias no subían. «Pues aquí los locales, en diciembre, se agarra como una tradición para subir al volcán Tacaná [...] entonces fue que subimos con unos amigos [...] cuando tenía 12 años, y a partir de ahí fue que empecé a subir», explica uno de los guías mexicanos (entrevista G3, febrero de 2024). Para muchos jóvenes de los poblados más bajos, ese fue su primer contacto con la cima y de ese modo aprendieron a vincularse con la montaña.
Esta práctica recreativa, que configura también una forma de habitar el volcán, se ha extendido y popularizado en la región. Diciembre es tiempo de celebración. El volcán se llena de gente. Es un momento más alegre, cuando el camino «es más acompañado», expresa una vendedora guatemalteca mientras camina por la montaña de regreso a su casa. Celebrar, compartir, festejar, pero también limpiar los excesos y hacer promesas, es lo que mueve a las personas entrevistadas a subir. Se construye un lugar y un momento de encuentro entre amigos y familiares, entre mexicanos y guatemaltecos, entre pobladores y turistas. Todo confluye y se superpone en diciembre en el volcán, en una espacio-temporalidad que condensa múltiples sentidos solapados o en tensión.
En la década de 1960 también comenzó a realizarse en el volcán Tacaná un encuentro de montañistas denominado Confraternidad Montañista del Sureste, organizado por el Instituto Politécnico Nacional de la Ciudad de México. Este evento se repite anualmente, a modo de ritual, y reúne a una gran cantidad de personas durante las vacaciones de Semana Santa. El Tacaná se configura allí como un lugar de confraternización y encuentro transnacional, donde se reúnen personas y banderas de México y de numerosos países de Centroamérica (entrevista P2, febrero de 2024).
Así, diciembre y Semana Santa se han consolidado como las temporadas altas para visitar el volcán, en las que llegan muchísimas personas. Sin embargo, el turismo se extendió a lo largo de todo el año, incluso durante los meses de lluvia, con la llegada de grupos organizados desde las ciudades más grandes de Chiapas durante los fines de semana, o turistas independientes de distintas ciudades de México, Guatemala y otros países del mundo.
Hacerse guía del volcán como estrategia de subsistencia
La población que vive en las faldas del volcán se ha dedicado tradicionalmente al trabajo campesino por medio de la agricultura de autoconsumo -principalmente maíz y hortalizas-, la cría de animales, el comercio de pequeña escala y la producción cafetalera ejidal o familiar (Quintana y Luis, 2006). Sin embargo, la liberalización del mercado internacional del café durante la década de 1990 y las enfermedades que afectaron las plantaciones en la década de 2010 afectaron severamente los ingresos de estas comunidades (Ruiz de Oña, 2021). Este contexto económico desfavorable en la región promovió, desde la década de 1990, una migración constante tanto nacional como internacional, en especial hacia el norte de México y Estados Unidos, de tal modo que el envío de remesas se ha convertido en una importante fuente de ingresos familiares (Quintana y Luis, 2006; Peña y Fábregas, 2015).
El turismo se ha consolidado recientemente como una alternativa laboral y fuente de sustento económico en los alrededores del Tacaná. Aunque desde hace tiempo llegaban personas foráneas interesadas en subir al volcán, estas visitas solían ser esporádicas. Los pobladores cuentan que estos visitantes ocasionales solicitaban muchas veces la orientación de personas del lugar para llegar a la cima. Niños, jóvenes y adultos, que conocían los caminos y tenían experiencia en la montaña, acompañaban a los visitantes sin esperar nada a cambio. Era frecuente, según cuentan, recibir comida, regalos o alguna retribución económica: «Pues a veces con la comida y todo pagado arriba uno era feliz totalmente, con los dulces, chocolates», narra un guía muy joven de las tierras altas sobre sus primeros ascensos cuando era niño (entrevista G6, junio de 2024). En los poblados mexicanos de más abajo, como Unión Juárez, los jóvenes también comenzaron a acompañar a los turistas que llegaban, cada vez con más frecuencia, a partir de la creación de la Reserva de Biósfera Volcán Tacaná por el gobierno mexicano en 2003. Uno de los guías recuerda que su primer ascenso fue con un europeo que llegó al restaurante donde trabajaba, quien le preguntó si podía acompañarlo al volcán; le compartió su comida y le dejó unos regalos en agradecimiento (entrevista G1, diciembre de 2023).
La mayoría de los varones entrevistados en la zona menciona que ha subido con turistas alguna vez o que lo hace de manera esporádica. Todos saben subir por el vínculo estrecho que desarrollaron con el volcán desde la infancia, y todos se muestran dispuestos a acompañar a visitantes, aunque se dediquen a otra cosa. Gradualmente, el conocimiento, la experiencia y la destreza acumulados al caminar por el volcán se constituyeron en una fuente de recursos económicos. Jóvenes y adultos comenzaron a establecer una tarifa para subir y se convirtieron en guías de turismo. Eventualmente, se compraron calzado y ropa más adecuados para la montaña, ya que antes subían con su vestimenta habitual. Dejaron de dormir a la intemperie y fueron consiguiendo equipos para el frío, como relata uno de los guías del lado mexicano: «Tal vez cinco años hacia atrás, que subíamos así, pues [...] a sufrir arriba un montón, y pues ahorita ya es totalmente diferente» (entrevista G3, febrero de 2024). El primer equipamiento provenía, por lo general, de regalos que dejaban los turistas como parte de su equipaje personal. «En esas fechas... subía uno y pues literalmente no había ni cómo acampar, [...] y luego personas que venían [...] los obsequiaban y así pues fuimos obteniendo [...] ya sea sleeping, casa de acampar», cuenta uno de los guías más jóvenes de Guatemala (entrevista G6, junio de 2024).
Los primeros pobladores que comenzaron a trabajar como guías de turismo marcan sus inicios en esta actividad entre los años 2005 y 2008. Otros se sumaron a esta labor entre 2013 y 2015, cuando el turismo en la zona se incrementó tras la implementación de proyectos turísticos de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) en México, y de la cooperación internacional con la Comisión Nacional de Áreas Protegidas (CONAP), en Guatemala (entrevistas I2, noviembre de 2023; I4, abril de 2024).
Los registros oficiales sobre el número de turistas en la zona son escurridizos. Sin embargo, las personas entrevistadas coinciden en estimar durante la temporada alta de diciembre entre 4 ٠٠٠ y 5 ٠٠٠ visitantes del lado mexicano, y entre 3 ٠٠٠ y 4 ٠٠٠ del lado guatemalteco. Estos flujos son relevantes, especialmente si se considera que atraviesan poblados muy pequeños, como la cabecera de Unión Juárez, por ejemplo, que cuenta con aproximadamente 3 ٠٠٠ habitantes (INEGI, 2020).
En este contexto, muchos jóvenes y adultos comenzaron a desempeñarse como guías de turismo. Sin embargo, para un grupo reducido esta actividad se convirtió en su principal fuente de ingresos; ellos se consolidaron como referentes en cada zona. En el lado mexicano, aproximadamente cuatro jóvenes, con edades entre 25 y 35 años, se han posicionado como guías independientes en Unión Juárez, Córdova Matasanos y Talquián. Estos guías se han entrenado, capacitado y equipado. Además, utilizan las redes sociales para promocionarse o apelan al boca a boca para atraer clientes. Entre sus responsabilidades, organizan los viajes, planifican los ascensos y coordinan con diferentes proveedores de servicios turísticos. «No es solo conocer el camino, el sendero […], sino que, pues, hay otras cosas de atrás… al final, te vuelves como un organizador o planeador», relata uno de los guías mexicanos sobre su conversión en guía (entrevista G3, febrero de 2024).
En el lado guatemalteco, la llegada de programas de cooperación internacional en 2010 impulsó capacitaciones de turismo en el municipio de Sibinal, en las que se registraron 31 guías. Sin embargo, estos guías no se lograron insertar como los mexicanos en el mercado turístico. Esto se debe, en parte, a la falta de una demanda significativa en Guatemala, ya que muchos turistas optan por subir al volcán por su cuenta o contratan servicios en las ciudades más grandes. Desde entonces, muchos de estos guías han migrado a Estados Unidos, según explicó un funcionario de turismo municipal (entrevista I4, abril de 2024).
En las tierras más altas de Guatemala, dos pobladores mayores de 50 años se han establecido como figuras clave para los ascensos, uno en el cantón Toniná y otro en el caserío La Haciendita. Además de actuar como guías, ejercen como anfitriones locales para el turismo, ofreciendo servicios complementarios como comida, alojamiento, transporte y porteo de equipaje con animales de carga. Ambos recibieron capacitaciones y compraron equipamiento. A menudo, acompañan a los turistas en el ascenso o contratan a guías de apoyo, o a familiares de la zona, para que acompañen a los visitantes. En estos poblados guatemaltecos, algunos chicos muy jóvenes están interesados en dedicarse a esta actividad y han comenzado a entrenarse como guías, según se desprende de las entrevistas. También es frecuente que los guías del lado mexicano los contraten como acompañantes cuando llevan grupos grandes y, así, se van preparando.
Muchos de los guías evocan sus primeros ascensos con turistas como experiencias difíciles. «Recuerdo ese día que me fue mal», dice uno de los más jóvenes, «y tardé como, qué será, unos cinco días sin caminar, me quedé todo adolorido, porque sí, fue un martirio» (entrevista G6, junio de 2024). La falta de entrenamiento, calzado adecuado y equipos para el frío se tradujo, para algunos guías, en un notable sufrimiento físico. En ciertos casos, los daños corporales fueron tan severos que, por ejemplo, uno de ellos tuvo que abandonar la actividad y delegar en personas más jóvenes. Para otros, la incapacidad de manejar grupos con ritmos y habilidades diversas para la caminata y la acampada resultó frustrante: «Como guía [...] hay que apoyar para hacer las casas de los demás, hacer la fogata, hacer la comida, hacerles café [...] entonces, esa es la parte de ser un guía, pues, y entonces yo no tenía esa parte y fue bien pesado con ese primer grupo» (entrevista G3, febrero de 2024). Varios de ellos consideraron abandonar el oficio. Sin embargo, optaron por buscar apoyo entre amigos para subir juntos, se prepararon físicamente, se equiparon, se capacitaron y continuaron acompañando turistas. De este modo, comenzaron a disfrutar más la experiencia laboral, hasta que con el tiempo lograron apreciar plenamente una actividad que describen como una pasión: ascender el volcán, acampar y conectarse con la naturaleza. Elementos que destacan como componentes esenciales de su relación emocional con la montaña.
Los más jóvenes, sin embargo, se refieren a su vínculo con el volcán de una manera estrictamente laboral. No hablan de recuerdos familiares ni de tareas agropastoriles. En cambio, describen y explican el volcán desde la óptica del consumo turístico, desde una mirada exógena que valora el Tacaná como un atractivo natural. Su discurso adopta un tono profesional, enfocado en cómo hacer del ascenso una experiencia agradable y disfrutable. Este cambio generacional y la transición hacia el turismo como opción laboral evidencian desplazamientos simbólicos en relación con el papel del volcán en la vida cotidiana. Ya no es solo una fuente de agua para los cultivos y de alimento para los animales, sino también un espacio de consumo turístico. No obstante, sigue siendo una base fundamental para el sustento económico de estas comunidades.
Para este grupo de pobladores que se han convertido en guías, caminar por los senderos acompañando a turistas ha pasado a ser una de sus principales ocupaciones y una fuente de ingresos. En el lado mexicano, pueden subir al volcán hasta dos veces por semana en la temporada de mayor afluencia. En los parajes más altos del lado guatemalteco, algunos aseguran que suben hasta dos veces por día. Sin embargo, este trabajo siempre se articula con otras fuentes de ingreso que complementan sus economías individuales o familiares.
En el lado guatemalteco, los guías participan en tareas como el cultivo de maíz, flores y hortalizas, productos que llevan a vender en poblados mexicanos. También gestionan alojamientos y venden comida casera. Por su parte, en el lado mexicano algunos cultivan parcelas de café, que cosechan y venden en los mercados regionales, mientras otros gestionan negocios de artesanías, puestos de comida y bebidas caseras, venta de recuerdos y suvenires, o administran restaurantes familiares o servicios de alojamiento en camping. Para muchos de estos jóvenes, el turismo representa una alternativa frente a la migración, que generalmente tiene como destino Estados Unidos. Dos guías del lado mexicano cuentan que estuvieron a punto de irse. «Tal vez más adelante», reflexiona uno de ellos (entrevista G1, diciembre de 2023). Otros tienen hermanos o hijos lejos, y las remesas que reciben contribuyen en gran medida a sostener la economía familiar.
Con el tiempo, los guías lograron acumular un capital que les permitió realizar su trabajo de manera profesional y posicionarse en el mapa turístico. Este capital incluye un conocimiento profundo de las rutas y los lugares, destreza física, comprensión de las condiciones meteorológicas y habilidad para acampar y cocinar, además de contar con equipamiento de montaña y una red de contactos con prestadores de servicios. No obstante, la verdadera diferencia radica en el manejo de redes sociales: la capacidad de tomar buenas fotografías, contar con cámaras de calidad, aprender a editar videos y promocionarse eficazmente en plataformas digitales. Este capital es esencial para competir en un contexto en el que la visualidad y la virtualidad son dominantes.
A pesar de ser pocos, los guías de turismo se han consolidado como referentes locales en sus comunidades. Este proceso ha generado roces, competencias y tensiones entre ellos, ya que el trabajo de guiado es esencialmente una actividad individual, y no han logrado organizarse colectivamente. Las tarifas que cobran, el acaparamiento de visitantes y la competencia por conocer y vender nuevas rutas son algunos factores que emergen en los discursos de estos guías como motivos de disputa. Caminar por los senderos del volcán Tacaná les permite a estos guías posicionarse, competir y subsistir en un contexto económico caracterizado por la escasez de oportunidades laborales. Sin embargo, para concretar los ascensos necesitan articular redes socioespaciales, como se explicará más adelante.
Extravíos y encuentros geopolíticos en las rutas al Tacaná
Los caminos por el volcán Tacaná que hoy usa el turismo se construyeron a partir de la movilidad cotidiana, que ha sido una constante en la configuración de los pueblos de la región. Las movilidades y migraciones en esta zona han respondido a diversos motivos: huir del trabajo forzoso y del reclutamiento militar, escapar de las erupciones volcánicas que generaron escasez, buscar empleo como jornaleros en las plantaciones de café, refugiarse de conflictos armados o participar en el intercambio de productos en una extensa red de mercados regionales (Quintana y Luis 2006; Peña y Fábregas 2015).
Las movilidades a través de las tierras montañosas del volcán Tacaná, tanto en dirección longitudinal como transversal, han dado lugar a una extensa red de veredas, senderos y caminos de herradura. Algunas de estas rutas son inaccesibles para vehículos, lo que hace que caminar entre países sea una práctica habitual para las poblaciones locales. Asimismo, se ha definido una forma particular de transitar por estos caminos y un lenguaje propio del caminar en la topografía del lugar: subir y bajar, para abajo y para arriba, son los sentidos que organizan el tránsito en las faldas del volcán. En cambio, las expresiones ir para México o ir para Guatemala no son comunes en la zona. No obstante, se sabe bien cuándo se transita por un país u otro, pues la frontera se encuentra en el centro de las caminatas. Se trata de un espacio donde las políticas de cada país, así como las instituciones que acompañaron los procesos de nacionalización y fronterización, principalmente desde la década de 1930 (Fuentes y Coraza, 2023), contribuyeron a la consolidación de las identidades nacionales como parte de la vida cotidiana de la población local.
Los senderos no vigilados por las instituciones estatales se conocen, en varios puntos de esta frontera binacional, como caminos de extravío. Quienes habitan en el Tacaná, en cambio, los denominan pasos libres. Por su parte, las instituciones que se han consolidado en la zona, particularmente las agencias de conservación, los denominan senderos tradicionales o caminos sociales (entrevistas I1, noviembre de 2023 y P2, febrero de 2024). Estos caminos libres, tradicionales o sociales son hoy utilizados por el turismo para subir al volcán. Existen numerosas veredas y cada comunidad ha desarrollado sus propias rutas de ascenso, las cuales han recibido distintos nombres a lo largo del tiempo. Sin embargo, con la implementación de proyectos estatales se estructuró un conjunto de caminos turísticos donde se concentraron las tareas de mejora, lo que condujo a una transformación tanto en los nombres como en la manera de identificar estos senderos.
Tres caminos se consolidaron como las vías principales para subir el volcán con fines recreativos, y los guías los denominan de la siguiente manera: Ruta de Guatemala, Sendero Binacional y Ruta de México. La nacionalidad es el elemento que sirve para organizar, clasificar y nombrar los caminos, especialmente desde la perspectiva de México, desde donde se coordinan gran parte de las visitas turísticas bajo la gestión de los guías. En la Figura se representan los caminos y lugares turísticos, así como las comunidades de referencia en cada tramo (véase Figura 1).

Fuente: elaboración propia con base en información recabada en campo en 2023 y 2024 y en cartografía digital de la Secretaría de Planificación y de Programación de Guatemala y del Comité Estatal de Información Estadística y Geográfica de Chiapas, México.
Figura 1 Rutas peatonales turísticas al volcán Tacaná en los municipios de Unión Juárez (México) y Sibinal (Guatemala)
Cada ruta de ascenso presenta distintos niveles de dificultad, por lo que algunos guías las clasifican en categorías de bajo, medio y alto nivel. En cada ruta, a su vez, se despliega una red específica de prestadores de servicios que incluyen guiado, porteo de equipaje, comida y alojamiento. Cada uno de estos caminos condensa relaciones, prácticas, significados e historias particulares que operan como formas de organizar los usos, las experiencias y las pertenencias geopolíticas de la zona. Asimismo, en el cruce de estos caminos, ciertos puntos se han establecido como lugares clave para la producción y negociación de estos usos y pertenencias: la Línea, el Plan de las Ardillas y la Cumbre.4 Son sitios que funcionan como puntos de confluencia de trayectorias, acuerdos y (des)encuentros transfronterizos y transnacionales.
La Ruta de Guatemala, según los guías de turismo mexicanos, es la más fácil y de menor duración. Para los guatemaltecos, en cambio, es la única ruta, la que tradicionalmente han utilizado para subir, y es poco frecuente que opten por los otros dos caminos, aunque los pobladores-guías conocen bien todas las vías de ascenso. Para las personas aficionadas al montañismo que llegan desde las principales ciudades de Guatemala, la última localidad que atraviesan antes de iniciar la caminata es Sibinal, cabecera del municipio homónimo, donde se encuentran las oficinas de turismo y del área protegida municipal, declarada sobre el cono volcánico en el año 2007. Sin embargo, los turistas no suelen detenerse allí. La caminata al volcán comienza en La Haciendita, un paraje guatemalteco que antiguamente fue una pequeña hacienda ganadera, según relata un poblador de la zona. A este lugar se accede en vehículos particulares por una carretera de terracería. En este camino no se lleva un registro de visitantes ni se cobra ingreso. Durante las vacaciones el lugar se llena de vehículos, y entonces el propietario del terreno donde termina la carretera aprovecha para cobrar estacionamiento (entrevista P3, abril de 2024).
Para los guías mexicanos, el camino por Guatemala representa una alternativa que habilitaron recientemente para hacer más accesible la experiencia a cualquier visitante. Para ellos, el recorrido inicia en el poblado mexicano de Talquián. Al final del pueblo, estacionan los vehículos de turismo provenientes de Tuxtla Gutiérrez o Tapachula, dos de las ciudades más grandes del estado de Chiapas. Desde allí inicia el camino hacia La Línea, el sendero más transitado por los pobladores en sus transacciones cotidianas transfronterizas. Se trata de aproximadamente dos kilómetros de vereda o camino de herradura hasta llegar al límite internacional.
La Línea es el nombre que recibe el punto de confluencia de las dos soberanías nacionales, donde se encuentran los monumentos fronterizos blancos que han instalado los Estados nacionales en el proceso de amojonamiento. Este lugar también representa el punto de contacto entre el camino de montaña que se transita a pie del lado mexicano y la carretera vehicular, abierta hace aproximadamente dos décadas, del lado guatemalteco. Además, La Línea también funciona como estacionamiento para los vehículos de transporte colectivo, como buses, micros o Toyotas, que van y vienen a Sibinal, en Guatemala. En este punto los grupos de turistas de México se encuentran con un transportista local para que los traslade, en un viaje de alrededor de dos horas, hasta La Haciendita. Allí, los turistas mexicanos suelen disfrutar de una comida en un comedor construido por una familia local antes de comenzar la caminata. La Haciendita se configura como el punto de partida para todos los turistas que transitan por este camino. Los visitantes que llegan desde Guatemala suben y bajan en el mismo día, realizando una caminata que dura entre tres y cinco horas, que los guías locales denominan subir de asalto. En cambio, los turistas provenientes de México suelen armar campamento en el Plan de las Ardillas, pasar la noche y subir de madrugada para ver el amanecer.
La segunda ruta es el Sendero Binacional, denominada así por los guías de turismo porque se transita un tramo por tierras mexicanas y otro por guatemaltecas. También se le conoce como camino por la línea, ya que asciende en paralelo al límite internacional. El nombre institucional en la cartelería oficial es Sendero Talquián, en referencia al poblado que funciona como punto de partida. El inicio de la caminata coincide con el sitio de amarre de las mulas que llegan desde Guatemala, donde se realizan las tareas de carga y descarga de mercaderías o bienes de consumo. Allí es frecuente que los turistas y guías transfieran el equipaje de acampe a las mulas, que luego serán llevadas por los porteadores hasta el campamento, lo que permite que los visitantes caminen con menos peso en sus espaldas.
La caminata, que dura entre seis y ocho horas hasta el campamento, avanza por una vereda que los pobladores locales del lado mexicano denominan sendero El Manzanal, tal como se indica en un cartel de bienvenida que marca el inicio de la Reserva de la Biósfera mexicana. El cartel fue instalado por la cooperativa Casa de Fuego de Talquián, encargada de registrar a los visitantes y de cobrar una tasa de ingreso durante la temporada alta (entrevista C4, diciembre de 2023). Este sendero, mejorado y mantenido por la misma cooperativa, es transitado por ejidatarios mexicanos que suben a cultivar la tierra, así como por personas y mulas que bajan diariamente desde Guatemala, trasportando hortalizas y flores que venden en poblados mexicanos.
Este camino llega hasta el límite internacional, marcado por un nuevo monumento, mojón, obelisco o muro, como denominan los pobladores de la zona a los objetos blancos que marcan el paisaje fronterizo. Allí, en un cartel de bienvenida a Guatemala, instalado por un proyecto de cooperación internacional, se lee: «Vive, Disfruta, Comparte, Conserva». Unos metros más arriba se llega a Cantón Toniná, un pequeño poblado guatemalteco también conocido como Trigales debido a que, hasta hace algunos años, contaba con parcelas de cultivo de trigo. Es el único caserío que se cruza en este camino turístico al volcán. Las familias de Toniná afirman que fueron ellas mismas las que abrieron y marcaron el sendero hasta la cima hace más de 10 años y, posteriormente, instalaron una casa comunitaria para el registro de turistas y el cobro de acceso. En Toniná, algunas familias ofrecen servicios de comida y alojamiento, y muchos turistas y guías mexicanos se detienen allí para comer y descansar brevemente. Desde este punto, aún restan entre tres y cinco horas de ascenso hasta el campamento, por tierras guatemaltecas.
En el Plan de las Ardillas, una amplia explanada rodeada de bosques, los guías y turistas arman sus campamentos bajo unos refugios de madera construidos por familias locales para proteger el ganado. Actualmente, los guías, pertenecientes a las mismas familias, aprovechan estos refugios para guardar equipos e insumos que se necesitarán para pasar la noche. En este espacio, guías y visitantes, locales y extranjeros, se encuentran para compartir historias alrededor del fogón. Durante las vacaciones, este campamento se llena de tiendas de campaña, y muchas familias de Guatemala se instalan allí durante varias semanas para cocinar y vender comida a los turistas.
La última vía de ascenso es la Ruta de México, el primer camino que la CONANP acondicionó para el turismo alrededor de 2005, según recuerdan pobladores y guías. Un trabajador de aquella época señala que la institución buscaba promocionar esta ruta, ya que es la vía oficial de México (entrevista P2, febrero de 2024). Las dos rutas restantes, en cambio, transitan por Guatemala, donde la institución no tiene injerencia. Sin embargo, debido a su dificultad y empinada pendiente, no es la ruta más frecuentada por los guías mexicanos. Los pobladores y montañistas experimentados, por el contrario, suelen optar por este camino, ya que representa un mayor desafío.
Esta ruta también es conocida como Sendero Chiquihuite en la cartelería oficial de la CONANP, en referencia a la comunidad ubicada al inicio de las caminatas turísticas. Allí, la población local ha organizado la cooperativa Bosque de Niebla para registrar a los visitantes y cobrar una tasa de ingreso (entrevista C5, diciembre de 2023). Hasta este poblado es posible llegar por un camino de terracería en vehículos particulares, un servicio que suelen ofrecer los pobladores locales a los turistas. Tras varias horas de ascenso, el camino pasa por las comunidades de Lindavista y Papales, donde las poblaciones locales han construido tres cabañas o refugios y ofrecen platos de comida a quienes deciden descansar allí. Esta ruta llega hasta El Cráter, muy cerca de la cima, donde algunos visitantes pasan la noche antes de realizar el ascenso final. Se trata de una explanada donde los Estados también han instalado monumentos fronterizos, como marca del carácter binacional del volcán. Acampar allí, según cuentan los guías, es difícil debido al frío y a la exposición al viento. Desde este punto hasta la cumbre se camina algo más de media hora, en un trayecto que alterna entre tierras mexicanas y guatemaltecas.
La hora del amanecer reúne a todas las personas visitantes en la cumbre del volcán sin importar su origen ni el camino transitado. El viento y el frío no interrumpen los festejos, los abrazos y las fotografías que toman quienes alcanzan la cima. Emoción es la palabra que usan los guías de turismo para describir la experiencia por haber alcanzado la meta. En la Cumbre, dos objetos marcan la llegada. Uno de ellos es un nuevo monumento o mojón, «los puntos de la frontera [...] lo que nos divide», observa un guía (entrevista G2, diciembre de 2023). Esta marca de las naciones ha sido apropiada por las y los visitantes para dejar pintadas sus propias marcas personales. El segundo objeto es una antigua torre de hierro a la que suben los turistas «para la foto del recuerdo», relata otro guía (entrevista G2, diciembre de 2023). En la torre, y no en el monumento, muchos visitantes exhiben orgullosamente las banderas de sus países de origen para las fotos que circularán en redes sociales. Ambos objetos, el monumento y la torre, aparecen en todos los relatos y mapas que elaboran los guías, en los murales del volcán con banderas nacionales pintados en los pueblos de la zona, y en las fotos que evidencian la hazaña y retratan la experiencia. Son símbolos y materialidades que dan identidad a este lugar y que los pobladores-guías narran como parte de sus espacios de vida.
La cumbre se convierte en una suma de naciones y nacionalidades, de identidades, pertenencias y adscripciones. La alegría se funde en un abrazo que, al menos momentáneamente, hace olvidar cualquier diferencia o separación. La idea de hermandad y unión aparece frecuentemente en los relatos de los guías cuando se refieren al volcán, que conciben como parte del paisaje geológico que enlaza Chiapas con Centroamérica. Una cadena montañosa donde el Tacaná «es el primer volcán, o el último, según como se mire» (entrevista P2, febrero de 2024). Las rutas turísticas y sus adscripciones nacionales son rearticuladas, así, por visitantes y guías que van y vienen, habitando y transitando un espacio que es concebido como compartido, aunque no está exento de conflictos, como se verá más adelante.
Redes y alianzas transfronterizas que se tejen a pie
Las prácticas turísticas actuales en el volcán Tacaná se sustentan en las redes y alianzas que han establecido las poblaciones fronterizas a lo largo del tiempo con base en las movilidades cotidianas, las relaciones de parentesco, los vínculos laborales, el comercio, la religión, el acceso a servicios y la participación en organizaciones civiles y actividades culturales (Quintana y Luis, 2006; Peña y Fábregas, 2015; Paredes y Peña, 2021). Esta articulación no responde a proyectos formales de cooperación transfronteriza, sino que se sustenta en las prácticas cotidianas de desplazamiento e intercambio. En los nuevos entramados turísticos transfronterizos participan pobladores, familias y comunidades de diversas maneras y, por lo general, son los guías quienes conocen, contactan, coordinan y negocian con los distintos actores que conforman estas redes.
Las comunidades y cooperativas forman parte de estos entramados que hacen posible el ascenso al volcán. Estos colectivos trabajaron en la apertura, marcación y señalización de los caminos turísticos desde alrededor del año 2005 sobre la Ruta de México, y hacia el año 2010 en el Sendero Binacional. Las comunidades de Chiquihuite, Talquián y Toniná se organizaron, cada una en un sector, para realizar el mantenimiento de su camino, la recolección de basura y las tareas de seguridad en caso de accidentes. Estas comunidades también coordinaron el registro de visitantes y establecieron un cobro de derechos de acceso, en un trabajo conjunto con la CONANP en el lado mexicano y con el municipio de Sibinal en el lado guatemalteco.
También participan en estas redes las familias que se dedican a la elaboración y venta de comidas caseras para los visitantes a lo largo de las rutas turísticas. En las comunidades de media montaña, como La Haciendita, Toniná y Papales, los turistas suelen parar a comer en el camino de ida. Más abajo, en Talquián y Unión Juárez, algunos grupos se detienen en su regreso. Algunas familias han construido comedores, mientras que otras sirven la comida en sus casas. Las mujeres son las encargadas de preparar los alimentos. Una de ellas relata que comenzó su emprendimiento en el lado guatemalteco hace alrededor de 10 años, coincidiendo con el inicio de la organización del turismo a través de un proyecto de la cooperación internacional. En la casa familiar construyeron un comedor con una gran mesa para recibir grupos, y señala que, en temporada alta, se llena de gente (entrevista C2, febrero de 2024). Hace unos tres años lograron ampliar el espacio y continúan realizando mejoras. Del lado mexicano, un comedor cercano al punto de partida de las caminatas abrió alrededor de 2016, en el mismo período en que se organizaron las cooperativas locales para el registro y cobro a turistas. La mujer responsable del comedor, construido en el terreno de su casa, menciona que atiende principalmente a «la gente de abajo» que llega los fines de semana a disfrutar del clima más fresco, pero que, desde hace unos dos años, también comenzaron a llegar grupos organizados de montañistas desde la capital del estado de Chiapas (entrevista C7, diciembre de 2023).
Algunas familias de las tierras más altas han construido alojamientos para turistas. Antes, los visitantes solían pedir hospedaje en las casas locales o armaban las tiendas de campaña en sus jardines. Con el tiempo las familias empezaron a cobrar una tarifa por este servicio. En la actualidad, existen alrededor de cinco cabañas o refugios en las comunidades de media montaña del lado mexicano y del guatemalteco. Estas cabañas, construidas específicamente para recibir turistas, son administradas por familias en parajes como Toniná, La Haciendita, Lindavista y Papales. Una de estas cabañas se construyó con fondos de la cooperación internacional, mientras que otra fue financiada gracias a las remesas enviadas por los hijos de una familia desde Estados Unidos. Un poblador del lado mexicano comenta que a las comunidades de la zona les gustaría ofrecer más opciones de alojamiento, que «todos lo piensan, pero se necesita mucha plata para invertir en infraestructura y no pueden» (entrevista C4, diciembre de 2023). El alojamiento marca una diferencia económica significativa en estos caminos, no solo por la inversión que requiere su construcción, sino también por los importantes ingresos que genera.
A lo largo de las rutas turísticas, otras familias se dedican a la venta de alimentos rápidos y bebidas embotelladas, en puestos que instalan directamente sobre los senderos. Un poblador de Chiquihuite relata que, al comenzar las vacaciones, las personas del pueblo ponen sus «changaritos para vender… los tacos, todo lo que hay» (entrevista C5, diciembre de 2023). Durante la temporada alta de diciembre, algunas familias incluso suben hasta los dos campamentos del Cráter y el Plan, donde preparan y venden comidas caseras en lo que llaman vendimias. Un guía guatemalteco señala que son alrededor de 10 las familias de las comunidades de la zona que participan en esta actividad. En estos casos, todos los miembros de la familia suben y se quedan a dormir allí durante varias semanas para aprovechar la gran afluencia de visitantes. Los espacios en el campamento del Plan están distribuidos entre las familias locales que construyeron los refugios de madera para albergar a su ganado. Estas familias también cobran una tarifa por el alquiler de los refugios como espacios de pernocte.
En el lado guatemalteco, personas de comunidades como Toniná, Nuevas Maravillas y La Haciendita también generan ingresos mediante el servicio de porteo de equipaje que realizan con mulas hasta el campamento. Normalmente, las familias usan estos animales para bajar la producción de hortalizas y flores que venden del lado mexicano, transportar alimentos para el ganado o subir productos para el consumo familiar. Además, suben abarrotes, agua y bebidas rehidratantes que luego venden a los turistas en puestos y vendimias ubicados en las rutas hacia volcán. Los porteadores son hombres jóvenes de estas familias, que se encargan de guiar a las mulas desde el sitio de amarre en Talquián hasta el Plan de las Ardillas, donde pasarán la noche para regresar al día siguiente con los animales y el equipamiento turístico, nuevamente hasta el poblado mexicano.
El turismo se inserta de diversas formas en las economías familiares transfronterizas y participa en la reproducción de las redes socioespaciales que construyen las personas al caminar por las veredas del volcán. En algunas comunidades de Guatemala, el valor de los servicios turísticos suele expresarse en moneda mexicana, dado que la mayor afluencia de visitantes proviene de allí. Esta actividad refuerza, así, las economías de frontera que han surgido en varios poblados de la zona (Paredes y Peña, 2021).
Los ingresos turísticos complementan sus economías, mayormente campesinas, y se concentran en las dos temporadas altas: diciembre y Semana Santa. «A veces nos ha apoyado un poquito, ya ve que el fin de año siempre a nosotros nos sirve, para ya enero, febrero, también alcanza un poquito lo que sacamos de ahí», relata un poblador de Chiquihuite sobre su vendimia (entrevista C5, diciembre de 2023). En estas cadenas, el servicio de guiado es el que más ingresos genera, principalmente cuando trabajan con grupos grandes. Un guía del lado guatemalteco expresa el impacto para su economía familiar: «Hay un cambio porque, imagínense, [...] como campesinos que somos, para ganar 100 quetzales hay que trabajar todo el día. Y en el turismo [...] hay una ventaja. Porque a cada grupo que viene nosotros cobramos 600 quetzales el tour» (entrevista G5, junio de 2024).
Al inicio, muchos pobladores y familias comenzaron a recibir visitantes aprovechando los recursos con los que contaban: la cosecha de alimentos frescos, los animales de carga, los refugios de madera, el conocimiento de los caminos y la destreza para caminar. Todo ello conformaba un capital que les permitió posicionarse como anfitriones y guías para recibir a los visitantes que llegaban a la región. Con el tiempo, fueron adquiriendo nuevos equipamientos e infraestructuras, y también fueron cambiando sus condiciones de vida. Una persona de Toniná recuerda cómo, antes, la gente pasaba y les regalaba latas de atún y otras cosas. «Era una gran ayuda por ese entonces», sostiene, dado que la distancia material entre visitantes y pobladores era mayor. Ahora «ya nadie les regala nada, ya traen dinero y compran». «Ya por suerte», dice, «mi familia tiene un mejor pasar» (entrevista C2, febrero de 2024).
Los caminos turísticos van rearticulando, así, economías transfronterizas estrechamente interconectadas. El turismo genera beneficios económicos complementarios, constantes o estacionales, que son capitalizados principalmente de manera individual por personas o familias, pero que se apoyan de forma necesaria en el establecimiento de redes y alianzas articuladas en cada ruta que lleva al volcán. Los ingresos colectivos o comunitarios, en cambio, son más difíciles de sostener y generan controversias entre los actores que, junto con otros conflictos, tensionan las alianzas construidas, como se verá a continuación.
Regulaciones, controles y tensiones emergentes del caminar
En una zona sin puestos fronterizos de control estatal, la instalación de casillas de registro y cobro, junto con la presencia de agentes del Estado controlando los caminos turísticos, introdujo una nueva práctica de regulación de los tránsitos cotidianos. También facilitó la aparición de un vocabulario propio de las miradas estadocéntricas: vigilancia, monitoreo, seguridad, control, orden y legalidad son algunas nociones que empiezan a instalarse en los discursos locales.
La actuación de instituciones del Estado en esta frontera, en el marco de las prácticas turísticas, ha configurado un vínculo con las comunidades que fluctúa entre la cooperación, la negociación y el conflicto. Del lado mexicano, la llegada de la CONANP por el año 2003 introdujo nuevas reglas y concepciones sobre los caminos cotidianos en función de los usos turísticos. En un trabajo coordinado con las comunidades locales, esta institución abrió y marcó los caminos habilitados para el tránsito de turistas e instaló cartelería con nombres, indicaciones y reglas de comportamiento. En el plan de manejo del área protegida del año 2012 se sostenía que las visitas turísticas eran desordenadas y no reglamentadas, y se proponía su ordenamiento a través de señalización informativa y restrictiva, entre otras medidas (CONANP, 2013). Este organismo también estableció cuerpos de voluntarios para realizar monitoreos y recorridos en los caminos. Cuando la afluencia de visitantes aumenta, también se intensifica la vigilancia y las autoridades gubernamentales coordinan operativos de seguridad denominados «Ascenso Seguro» (entrevista P2, febrero de 2024).
A través de proyectos institucionales, dos comunidades mexicanas crearon las cooperativas Casa de Fuego y Bosque de Niebla entre 2014 y 2016. Ello les permitió construir módulos o casillas para realizar el registro de turistas y el cobro de una tasa de ingreso (entrevista C5, diciembre de 2023). «Nosotros como cooperativa trabajamos [...] hacia El Manzanal [...] porque es el sendero para el turista, y el mantenimiento lo damos nosotros», explica uno de los socios (entrevista C4, diciembre de 2023). Ello formó parte de una política institucional que establecía que el uso turístico dentro de la reserva debía promover un beneficio directo para los pobladores locales (CONANP, 2013). La CONANP también comenzó a cobrar, en estos mismos módulos, una tasa de ingreso adicional, de carácter federal y destinada al organismo.
Al inicio, en las cooperativas participaba toda comunidad ejidal, relata uno de los socios, pero con el tiempo algunas personas se desvincularon por los compromisos de tiempo y dinero que se exigían. Todos los socios de las cooperativas tienen otras ocupaciones, y estar en el módulo implica perder un día de trabajo. Por ello, se instalan únicamente cuando la afluencia de visitantes es alta y pueden recaudar mayores ingresos. En el sector guatemalteco, cuando iniciaron los proyectos de turismo por el año 2010 se organizó el Comité de Autogestión Turística de Sibinal, que reunía a tres comunidades de la zona junto con el municipio (entrevista G5, junio de 2024). Por esos años, instalaron la casa de cobro en el cantón Toniná, financiada por la cooperación internacional, según informa uno de los funcionarios de turismo (entrevista I4, abril de 2024).
Estas iniciativas de registro y cobro no solo generaron recursos económicos, sino que también establecieron un mayor control sobre los grupos que transitaban por la zona. En ambos lados de la frontera existe una preocupación común por la llegada de turistas en viajes organizados desde grandes ciudades, que a menudo atraviesan el lugar sin generar vínculos con la comunidad ni derramas económicas, explica un funcionario de la CONANP (entrevista I2, noviembre de 2023). Esta inquietud también la comparten en Guatemala, donde muchos turistas y grupos llegan directamente al volcán sin contratar servicios locales y sin pagar ninguna tarifa. «Es como decir que Sibinal no existiera, es como un puente nomás», refiere un guía de turismo local y miembro de la Asociación de Desarrollo Agroforestal Integral Sostenible, organización que trabaja desde el año 2004 para generar alternativas económicas sostenibles para la población local, entre ellas el turismo (entrevista C6, abril de 2024).
Durante un tiempo, las comunidades y las agencias estatales trabajaron de manera coordinada tanto en el cobro como en el mantenimiento y la vigilancia de los caminos. Sin embargo, entre los años 2016 y 2018, con el aumento en la afluencia de visitantes surgieron desacuerdos y conflictos que desarticularon estas formas de trabajo. Las instituciones estatales se retiraron del lugar: en México, dejaron de llegar proyectos y las tareas de vigilancia se redujeron; mientras que el comité guatemalteco se fragmentó en diferentes agrupaciones y dejó de coordinar acciones conjuntas (entrevista P2, febrero de 2024; I2, noviembre de 2023M; I4, abril de 2024). Los desacuerdos se intensificaron en torno al cobro de la tasa de ingreso. Un funcionario del área de turismo de Guatemala sostiene que Toniná no cuenta con autorización para realizar dicho cobro, ya que no se ha alcanzado un acuerdo para entregar parte de esa cuota al municipio. En México, la CONANP no siempre realiza el cobro y, cuando lo hace, se instala en una casilla separada de la cooperativa local.
La implementación de estos mecanismos de regulación y control ha generado numerosas disputas, incluso entre los propios pobladores y guías de la zona. Si bien existe un consenso general sobre la importancia del trabajo realizado por las cooperativas, muchos habitantes y guías del lado mexicano cuestionaron su instalación. Uno de estos guías recuerda la primera vez que se encontró con el módulo de cobro: «Los ejidatarios de ahí, al ver que hay mucha gente que sube [...] vienen ellos y ponen su ley, y quieren cobrar 150 por persona. Se mandaron y... híjole, yo me molesté». Relata que en esa ocasión llevaba un grupo de turistas que se negó a pagar: «Y ahí estaban detenidos. Y ellos, los ejidatarios de ahí, decían no, es que... nosotros ya compusimos el camino, nosotros ya trabajamos, ahora todos tienen que pagar» (entrevista P1, noviembre de 2023). Varios guías enfatizan que no es el ejido como entidad el que realiza el cobro, sino un grupo de pobladores. Además, señalan que, si bien al inicio se trataba solo de una cuota de recuperación, con el tiempo el monto se incrementó (entrevista G2, diciembre de 2023). Por su parte, los socios de las cooperativas sostienen que a menudo encuentran dificultades para realizar el cobro de derechos, ya que los turistas no quieren pagar, solicitan descuentos o «pasan por extravío» para evitar el módulo (entrevista C5, diciembre de 2023; C4, diciembre de 2023).
Las relaciones transfronterizas también se han visto afectadas por las prácticas turísticas. La cooperativa de Talquián en México, según relata uno de sus socios, mantiene diálogos y acuerdos con la comunidad de Toniná en Guatemala, ya que ambas forman parte del Sendero Binacional y cuentan con una casilla de registro y cobro en cada país. Sin embargo, han enfrentado numerosos conflictos: «No echaban la mano… la parte de acá abajo, de México», señala un poblador guatemalteco que participa en las tareas de registro, aludiendo a la falta de cooperación en el rescate de personas accidentadas, una labor que deben realizar con frecuencia en temporada alta (entrevista P4, junio de 2024). Este recelo también se vincula con el cobro de derechos. Al principio, en Toniná la tarifa era baja, pero al observar los montos más elevados que cobraban en el lado mexicano, decidieron incrementarla, explica el mismo poblador. Sin embargo, muchos turistas que ya pagaron abajo, en el lado mexicano, no quieren volver a hacerlo en el lado guatemalteco. Hasta el momento no existe un acuerdo entre ambas comunidades sobre los montos y las formas de cobro.
Esto ha generado también disputas trasfronterizas con los guías de turismo. En la comunidad de Toniná, hace aproximadamente seis años, empezaron a exigir el pago de una cuota a los guías mexicanos que pasaban por allí, recuerda uno de estos jóvenes trabajadores (entrevista G1, diciembre de 2023). También menciona que los guías respondieron agresivamente, haciendo referencia al ingreso de guatemaltecos a México sin pasar por ningún control migratorio.
Esta relación tensa, que refuerza la división México-Guatemala, se expresa también de otras maneras. Por ejemplo, pobladores guatemaltecos acusan a los guías mexicanos de no pagar lo que consumen, de quedarles debiendo o de entregar poco dinero a los jóvenes guatemaltecos que llevan como acompañantes. Las disputas mencionadas dejan entrever una desigualdad percibida en las formas en que se gestionan las caminatas al volcán, así como en la distribución de los ingresos generados, lo que tensa aún más el paisaje cotidiano transfronterizo. Estas tensiones no son exclusivas del ámbito turístico, sino que se replican en otros aspectos de la vida local, como emerge de la creciente compra de tierras de cultivo en el lado mexicano por parte de personas de Guatemala, lo que ha provocado reacciones negativas entre la población local (Ruiz de Oña, 2021).
Las instituciones del Estado, por su parte, también han intentado incidir en las relaciones de poder entre los distintos actores, mediante la implementación de nuevas reglas para las personas que transitan por estos senderos. Del lado mexicano, el plan de manejo del área protegida establecía le necesidad de regular a los prestadores de servicios turísticos dentro de la reserva con el fin de favorecer la organización de «ascensos ordenados» (CONANP, 2013). Con este ordenamiento territorial también se buscaba definir en qué zonas era posible acampar y las rutas por donde podían transitar, no solo los turistas, sino también los animales de carga.
En relación con quiénes pueden transitar por los senderos, la reglamentación establecía que todo visitante tenía que contratar un guía de turismo y que estos debían disponer de una autorización para desarrollar actividades en el volcán. Para ello, explica uno de sus funcionarios, la CONANP brinda capacitaciones y emite una autorización anual (entrevista I2, noviembre de 2023). La cartelería instalada por esta institución resalta la obligación de contratar servicios de guiado en las dos cooperativas locales. Si bien esta regulación tenía como objetivo priorizar a la población local, evitando que personas foráneas se apropiaran de los beneficios económicos, las fricciones con los guías locales independientes no tardaron en aparecer, pues no todas las personas pueden acceder a las capacitaciones y autorizaciones del organismo.
Con la llegada de estos controles institucionales sobre las prácticas de caminar comenzó a instalarse un discurso centrado en la legalidad de quienes trabajan con turistas. «Hay guías piratas», afirma un funcionario de la reserva mexicana (entrevista I2, noviembre de 2023). Hace algunos años, los socios de las cooperativas locales anunciaban, en medios de comunicación, que existían en el municipio guías piratas o falsos guías que «ofrecen el servicio sin medir el riesgo en el que ponen la vida de los turistas, ya que muchas veces no conocen las rutas adecuadas ni tiene conocimientos básicos de primeros auxilios» (El Orbe, 15 de diciembre de 2019). En la misma nota, solicitan a los turistas contratar guías certificados en los módulos de las cooperativas, a los que denominan guías comunitarios.
Algunos guías locales independientes perciben un trato despectivo por parte de la agencia estatal, al considerarlos piratas por no contar con una certificación. «Anteriormente, pues, no lo teníamos porque no venían este tipo de cursos hasta este lado», asegura uno de los jóvenes mexicanos, referente en la zona, que sube con turistas desde inicios de la década de 2000. Él tiene una percepción diferente: «Creo que soy [...] como guía nativo, porque soy de acá y me ha gustado, y también he tenido algunos cursos» (entrevista G2, diciembre de 2023).
Los cursos de capacitación no son accesibles para la población local, ya que suelen ser muy caros y se imparten en ciudades distantes. Es por ello que las oficinas municipales de turismo en ambos lados, en Sibinal y Unión Juárez, intervinieron y gestionaron ante las autoridades nacionales, subnacionales o federales la llegada de cursos de capacitación y certificación. En Guatemala, uno de los guías recuerda que alrededor del año 2010 se impartieron talleres de capacitación en la cabecera municipal de Sibinal. Los participantes fueron evaluados por el Instituto Guatemalteco de Turismo y ello les permitió convertirse en «guías legalizados» (entrevista G5, junio de 2024). En el lado mexicano, la CONANP ofreció capacitaciones, pero estas estuvieron dirigidas a los socios de las dos cooperativas. Una persona que trabajó en la oficina argumenta que los cursos estaban destinados también a otros guías, pero ellos no quisieron involucrarse con la institución (entrevista P2, febrero de 2024). Dos guías independientes lograron obtener su certificación de la Secretaría de Turismo en el año 2023 gracias a un subsidio del estado de Chiapas, según relata una persona funcionaria del municipio (entrevista I3, diciembre de 2023).
En este conflicto puede leerse una disputa sobre quiénes pueden obtener beneficios económicos y cómo se posiciona cada actor en el mapa turístico. La tensión parece manifestarse entre los hombres mayores, que tienen otras ocupaciones, oficios o tareas rurales, se organizan de manera colectiva y solo se vinculan con el turismo de manera esporádica durante la temporada alta, por un lado, y los guías independientes, jóvenes que encuentran en el turismo su principal fuente de ingresos, trabajan solos o con un compañero, y dominan las redes sociales y las tecnologías visuales para atraer visitantes de manera virtual y anticipada.
Las prácticas turísticas han generado nuevas instancias de apropiación, regulación y control territorial, que han dado lugar a nuevos acuerdos, reglas y confrontaciones sobre las formas de caminar. En estas apropiaciones materiales y simbólicas los actores tejen y negocian sus relaciones de poder una y otra vez, al recorrer los senderos del volcán.
Consideraciones finales
Procesos de larga duración y gran alcance, como la migración, la fronterización, la nacionalización, la liberalización económica y la expansión del consumo turístico global, participan en la definición de muchas experiencias y aspectos de la vida cotidiana en torno al volcán Tacaná. Pero también inciden las decisiones y tácticas de los sujetos, quienes aprovechan los intersticios y bifurcaciones para abrir caminos y alternativas en sus mundos de vida.
La frontera México-Guatemala se encuentra en el centro de los entramados cotidianos que tejen actualmente las poblaciones de los municipios de Unión Juárez y Sibinal, expresada en una variedad de prácticas y mecanismos. La frontera se superpone con el volcán Tacaná, y en sus alrededores se rearticulan, reorganizan y renegocian diariamente las agencias, las pertenencias y las demarcaciones. El volcán forma parte de los espacios de vida de las diferentes comunidades de la zona, y el turismo vuelve a tejer en su centro una cotidianeidad transfronteriza, basada en los tránsitos históricos, pero que asume nuevas materialidades y significados en la actualidad.
Todas las personas, visitantes y habitantes, caminan hasta la cima llevando consigo sus creencias, hábitos, identidades, religiosidad, aspiraciones, ideales y proyectos, socialmente configurados. Son estos elementos los que reconstruyen y modelan cada camino colectivo hacia el volcán. En el caminar, operan formas constantes de reapropiación y resignificación, pero siempre sosteniendo al volcán como centro simbólico de las comunidades que allí habitan. El Tacaná se configuró a lo largo del tiempo como protagonista de una ritualidad, articulador de un vínculo emocional y fuente de sustento económico para sus pobladores, lo cual persiste hasta la actualidad, aunque cambian las formas y los sentidos con los nuevos usos turísticos.
Las veredas, huellas y senderos que las personas dibujan con su transitar diario por la montaña se convierten en caminos sociales que condensan relaciones, prácticas, objetos e ideas, marcan las formas de caminar y abren nuevos rumbos y oportunidades sobre los mismos trayectos. El turismo en el volcán Tacaná se sustenta en las prácticas históricas y actuales de caminar entre pueblos y soberanías. Aprovecha los conocimientos y destrezas desarrollados a lo largo del tiempo, en los caminos, en los trabajos diarios, en las prácticas espirituales y en los hábitos de celebración. Las prácticas turísticas sostienen estos saberes locales, que son utilizados estratégicamente para su reproducción social, en un contexto de escasas alternativas económicas. Pobladores y familias de la zona han hecho de las caminatas turísticas un trabajo y un medio de subsistencia, una alternativa a la migración y un complemento a sus economías campesinas o artesanales. De este modo, se crea una economía turística de pequeña escala que promueve beneficios individuales y atomizados, pero que depende de redes y alianzas entre poblaciones de ambos lados, de abajo y de arriba, para articular las caminatas hasta la cima. Así, el turismo se inserta en las economías transfronterizas de largo aliento que se sostienen al caminar.
Nuevos paisajes transfronterizos son creados a través de las caminatas turísticas, los cuales se superponen a aquellos construidos en torno a las hortalizas, el café y los lazos familiares, religiosos y culturales. En estos nuevos paisajes, las nacionalidades organizan en gran medida las experiencias turísticas. Los caminos turísticos se clasifican en función de las soberanías nacionales, y las marcas de la nación están presentes a lo largo de cada trayecto, recordando las pertenencias. En las caminatas también se evidencian los usos y manipulaciones cotidianos de la nacionalidad, en sentidos tanto inclusivos como excluyentes. La cumbre del volcán se configura, así, como un lugar de encuentros y desencuentros entre las múltiples identidades y alteridades.
El turismo introdujo nuevas regulaciones en las prácticas de caminar, incidiendo en las reglas implícitas y explícitas que se han ido articulando en este espacio fronterizo a lo largo de los diferentes ciclos económicos y políticos. Con la estructuración del turismo y la aparición de nuevas reglas e instituciones, emergen tensiones y negociaciones diarias sobre quiénes pueden circular, en qué condiciones lo hacen, por dónde pueden pasar y cómo se distribuyen los beneficios económicos que genera el turismo. De este modo, el turismo refuerza divisiones y diferencias entre México y Guatemala, entre las comunidades y los Estados, entre jóvenes y mayores, entre lo nativo y lo comunitario, entre lo legal y lo legítimo, que ponen en evidencia disputas latentes por el control territorial.
Como señalara Ruiz de Oña (2021) sobre el café, este paisaje fronterizo constituye un ámbito de relaciones sociales y ambientales en disputa, que reflejan un campo de visiones encontradas. El turismo forma parte del paisaje social construido en torno al volcán Tacaná, y participa en la reconfiguración cotidiana de la frontera entre Estados nacionales. Además, reorganiza las construcciones identitarias y las pertenencias, redefine los significados de lo mexicano y lo guatemalteco, y crea nuevos sentidos acerca de lo compartido, la hermandad, lo binacional y lo transfronterizo. Serán necesarias investigaciones adicionales para comprender con mayor profundidad cómo el turismo participa en la construcción o invisibilización de identidades y géneros, en el solapamiento o desplazamiento de prácticas económicas y culturales, en las formas de imaginación, uso y manipulación del volcán, y en la construcción siempre abierta y cambiante de los espacios transfronterizos de vida.










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