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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.28 no.66 Hermosillo may./ago. 2016

 

Reseña

Mario Ramírez Rancaño, 2014, El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 408 pp.

Miguel Ángel Grijalva Dávila* 

* Estudiante de doctorado en el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Tecoripa 260 A, Hermosillo, Sonora, México. Teléfono (662) 298 1452. Correo electrónico: magd1022@hotmail.com

Ramírez Rancaño, Mario. 2014. El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita. ,, México: niversidad Nacional Autónoma de México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 408 pp.


Sin ayuda de una instancia policiaca o agencia de detectives, el investigador Mario Ramírez Rancaño, adscrito a la Universidad Nacional Autónoma de México, decidió reabrir el caso del asesinato del general Álvaro Obregón Salido, uno de los líderes sonorenses más importantes de la revolución. El resultado de su investigación es el libro El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita.

Cuando líderes de cualquier índole son asesinados a manos de un hombre, las explicaciones se enmarcan en dos teorías generales: a) la del asesino solitario, propone que el ejecutor actuó solo, porque era el único que conocía sus intenciones y planes y b) la de la conspiración, apunta a que el asesino fue auxiliado, material o intelectualmente, al menos por una persona. Ramírez Rancaño partió de la segunda teoría, para investigar el atentado en La Bombilla, cuando el general Obregón murió a manos de José León Toral, en 1928.

El autor narra e interpreta los sucesos que provocaron el asesinato, desde un inicio muestra su punto de vista sobre el crimen: fue resultado de una conspiración en la que estuvieron inmiscuidos tanto personajes ajenos al clero católico, como pertenecientes a él, entre ellos señala a Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como la madre Conchita, como el chivo expiatorio de los conspiradores.

Desde el título se hace explícita la propuesta de que hubo una conspiración, y el autor invita a conocerla a través de la vida de la madre Conchita, y también nos pone en el ánimo adecuado para la lectura, ya que parece invitarnos a leer una novela para todo público y no una investigación histórica, sólo para lectores especializados. La combinación de los temas (asesinato, conspiración, organizaciones secretas), así como la pluma de Ramírez Rancaño nos hacen olvidar que se trata de una investigación académica, y a ratos creer que leemos una novela detectivesca.

Los interesados en la historia de Sonora podrán sentir una atracción instantánea por esta obra, pues se trata de la muerte del líder militar sonorense más importante de la revolución. Sin embargo, no está dirigida sólo a ellos, ya que Obregón tuvo influencia nacional, y también porque toca un caso polémico que aún se discute: ¿quién asesinó a Obregón?, ¿León Toral y la madre Conchita fueron los únicos culpables?, ¿tuvo la Iglesia católica responsabilidad en el asunto?, ¿estuvieron inmiscuidos personajes del grupo revolucionario, como Plutarco Elías Calles o Luis N. Morones?

La puerta a interpretaciones sigue abierta, y aquí Ramírez Rancaño expresa la suya. Desde la introducción, él afirma que existió una conspiración, y para entender dicha postura es necesario explorar las más de cuatrocientas páginas del libro. Sus conclusiones no se basan en una evidencia absoluta que no admite dudas, sino en una serie de pruebas -la mayoría circunstanciales-, que guían a la conclusión de que fueron líderes de la Iglesia quienes incentivaron a León Toral, a la madre Conchita y a otros aspirantes a concretar el crimen contra el general Obregón.

Son dos los hilos conductores que guían la obra, el primero es el conflicto Iglesia-Estado, que creó el imaginario de los adeptos a la fe católica de la posrevolución. En él se encuentra la pugna entre Plutarco Elías Calles y el arzobispo José Mora y del Río; el cierre de los templos católicos en el país; el destierro de sacerdotes y autoridades del clero; los ataques del papa Pío xi a la Constitución mexicana; el nacimiento de organizaciones católicas como la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y la Unión del Espíritu Santo, conocida como "La U" y de carácter secreto; el inicio de la guerra cristera y un sinfín de sucesos provocados por el rechazo de los católicos a los artículos de la Constitución de 1917, en particular al 130, orientados a restringir la participación de la Iglesia en ámbitos civiles y políticos, así como para limitar su control sobre los bienes nacionales. El segundo es la vida de la madre Conchita, la manera en que le afectó el conflicto Iglesia-Estado, la postura que adoptó y su papel en dicho contexto.

Ramírez Rancaño va narrando cronológicamente los capítulos, que a su vez están divididos en apartados pequeños, en los cuales alterna los dos hilos conductores, la pugna Iglesia-Estado y la vida de Concepción Acevedo de la Llata; el conflicto religioso y el nacimiento de la madre Conchita y su ingreso al convento; la rivalidad de Plutarco Elías Calles y el arzobispo José Mora y del Río, y el traslado de la monja de Querétaro a la Ciudad de México; el nacimiento de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y de La U, y el acercamiento de ella a estas organizaciones; León Toral y su relación con el padre Jiménez y la de ambos con la madre Conchita; la aprehensión de ella; el asesinato de Obregón y la disolución del ejército cristero y el juicio a los acusados del asesinato.

Uno de los méritos más importantes del libro es la exposición de las organizaciones católicas -secretas y no secretas-, que operaron durante la década de 1920. Éstas se implicaron de manera distinta y hasta cierto punto en el asesinato del presidente electo, así como en otros atentados que resultaron fallidos. Tal fue el intento de descarrilar el tren en el que viajaba el general Obregón, los bombazos arrojados a su auto en el bosque de Chapultepec y el plan de pincharlo con un alfiler envenenado durante un baile.

La narración de dichos sucesos, así como de otros de los años anteriores y posteriores a la fecha del asesinato del Manco de Celaya, está escrita en un estilo ligero, un poco informal e incluso en ocasiones parece tener un tono sarcástico o cínico. El lenguaje devela que la intención del autor fue escribir un libro para los especialistas y también para todos los interesados en conocer la historia de la revolución. No se emplean conceptos complejos, ni explicaciones complicadas. Para leerlo sólo se necesita el deseo de conocer más sobre la agitada década de 1920, la vida de la madre Conchita, la de León Toral y el final de la del general Obregón. A través del atentado, en La Bombilla, se proyecta el tema central de la obra, el cual no es el asesinato en sí, sino la implicación de la Iglesia católica en la política mexicana, su responsabilidad en la guerra cristera y en los atentados contra la vida de varios estadistas revolucionarios.

Para Ramírez Rancaño no hay duda de que los sacerdotes y los arzobispos incentivaron la violencia durante el periodo de la guerra cristera. Su explicación es convincente, pues las pruebas en las que se apoya fueron generadas por dichos personajes y no por sus contrapartes. Utilizó publicaciones en las que se registraron las declaraciones de los dirigentes del clero, que luego del asesinato mostraron posturas incongruentes. Un ejemplo fueron los comentarios positivos sobre el trabajo de la madre Conchita al frente de su convento en Tlalpan, pero luego de hacerse pública su implicación en el asesinato, los arzobispos y los sacerdotes, que una vez la alabaron, la tacharon de loca.

Otra fuente importante son libros escritos por los mismos personajes o por adeptos a ellos. Se usan las memorias de la madre Conchita, las de Salvador Abascal, María Toral (madre de José León Toral), y de Leopoldo Ruiz y Flores (arzobispo), entre otros. La comparación de estas fuentes, escritas después de la década de 1920, con los documentos (diarios, volantes, etcétera) propagados por los mismos personajes durante los años en cuestión, muestra una incongruencia en los líderes de la Iglesia. Además, pone en duda las declaraciones de León Toral y de la madre Conchita, quienes afirmaron ser los únicos culpables, sin embargo, los escritos posteriores develaron que muchas de sus declaraciones en el juicio fueron falsas y, por lo tanto, posiblemente también su confesión de que fueron los únicos implicados en el crimen.

Luego de leer el libro, parece difícil negar que los líderes de la Iglesia sabían de las intenciones asesinas de León Toral (así como de otros personajes, como los hermanos Pro), y que en lugar de guiarlo por el camino de la paz, perdón y concordia, lo alentaron, convencieron e incitaron a que diera su vida con tal de tomar la de Obregón, todo con la promesa de su entrada inmediata al cielo. Cuando un creyente está convencido de que sus actos lo llevarán al paraíso eterno, la muerte no representa miedo alguno. Eso pasó con León Toral y la madre Conchita, lo mismo con los individuos encausados en lo que consideran una guerra santa. Resulta lógica la conclusión del autor de que León Toral y la madre Conchita no fueron los únicos culpables, pero sí quienes decidieron sacrificarse por los demás.

El final del libro deja al lector pensando, lo cual es un buen síntoma en toda interpretación del pasado. Las siguientes preguntas, y otras más quedan rondando en su cabeza al terminar la última página: ¿qué tan culpables fueron el padre Jiménez o el arzobispo Ruiz y Flores?, ¿cómo pudo haberse juzgado la culpabilidad de los susodichos?, ¿debió la Iglesia apostólica romana ser responsable por las acciones de algunos de sus miembros? ¿a quién benefició más la muerte del presidente electo?

A juicio personal, los dos temas más importantes del libro son la fuerza de la fe católica y, a consecuencia de ella, la resistencia al dolor físico. Creo que ayudan a explicar el por qué León Toral y la madre Conchita cargaron con la culpa, sin importar el castigo que viniera, que en el caso de él fue la tortura y la muerte, y el encierro para ella.

"No matarás" dice uno de los mandamientos, pero León Toral desobedeció y mató, por más católico que haya sido. Ramírez Rancaño muestra que en la psique del asesino, sus acciones no fueron una desobediencia o un pecado, sino un acto divino con el cual salvaba a México, a sí mismo e incluso al alma de Obregón. Esta creencia provino de sacerdotes y arzobispos, quienes le enseñaron que en ciertos momentos Dios permitía matar y que la guerra cristera era uno de ellos. La fe católica le ayudó a cometer el crimen sin sentir culpa alguna.

Para respaldar la teoría de que León Toral y la madre Conchita fueron los únicos culpables, se podría usar el argumento de que él fue torturado y que, de haber otros implicados, hubiera confesado para detener el martirio. Sin embargo, muestra que para ambos el sufrimiento físico era moneda de todos los días, sobre todo para la monja, quien siempre vivió en penitencia y martirio. Un ejemplo es la práctica de la madre Conchita de imprimirse en la piel las iniciales de Jesús, con un hierro hirviendo, de la misma manera como los rancheros marcan a su ganado. Por lo tanto, se puede concluir que no le temía al sufrimiento físico, por el contrario, lo consideraba un sacrificio para hacer méritos y llegar al cielo. La fuerte convicción religiosa de León Toral pudo haberlo llevado a realizar prácticas de penitencia y martirio parecidas, por lo que la tortura quizá significó un medio poco efectivo para que confesara; más que verla como castigo, para él era el precio que pagaría por el boleto para entrar al cielo.

Pero el asesino habló; en medio de la tortura e interrogatorios, pidió que lo llevaran a una casa de la Ciudad de México. Al abrir la puerta, los investigadores se encontraron con la madre Conchita, quien, como si se tratara de un diálogo memorizado para una obra de teatro, tan pronto vio a los policías dijo: "Yo y León Toral somos los únicos culpables". Esta declaración voluntaria es una más de las pruebas circunstanciales para afirmar que ambos personajes encubrían toda una conspiración, pues sin presión o pregunta alguna la religiosa se echó la soga al cuello, como si ya lo tuviera planeado, se aferró a que la soga merecía estar sólo en su cuello, en el de León Toral y en el de nadie más.

Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. Como las marcas en su piel y sus años de penitencia en el convento, para ella asumir la culpa del asesinato fue un sacrificio más con el cual llegaría al cielo. Se sacrificaba por Dios, por los sublevados en el Bajío, por México y por los otros implicados en el asesinato: el amigo de León Toral, que le proporcionó el arma; el padre Jiménez, quien la bendijo para el asesinato; Miguel Palomar y Vizcarra y José Mora y del Río, promotores del crimen; los miembros de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y los de La U y por el arzobispo Ruiz y Flores, quien una vez que ella estuvo en prisión, le mandó decir que no hablara y que se echara la culpa.

Aunque el texto rescata las vidas de múltiples personajes de la Iglesia, se concentra más en la de la madre Conchita, pues parece ser incómodo para los católicos. El autor señala que en las memorias de los líderes católicos de la época sólo hay menciones breves a la monja o ninguna. Esto se explica con la misma conclusión de Ramírez Rancaño: la madre Conchita fue un chivo expiatorio. Por eso la mantienen olvidada, no se le menciona, no se le canoniza como a otros personajes de la guerra cristera y entre menos se indague en su vida mejor, ya que a través de su papel en el asesinato de Obregón se puede develar la responsabilidad de la Iglesia católica en el crimen.

Hay poco que recriminarle a Ramírez Rancaño, por ejemplo su discriminación hacia las fuentes, en particular a las memorias, que fue distinta según los temas. Es decir, las de la madre Conchita las tomó como fuente fidedigna, para exponer su vida, su entrada al convento y sus creencias, pero las desechó por completo en su recuento del asesinato. Aunque creerle en esto, pero no en aquéllo, puede ser un poco contradictorio, también puede ser válido, pues seguramente la religiosa se sinceró en temas como su infancia y vida en prisión, pero se mantuvo falaz en los asuntos más riesgosos, como su relación con León Toral y su implicación en el asesinato del presidente electo.

En suma, esta obra es partidaria de la teoría de la conspiración en el asesinato del general Obregón. Basa su postura primordialmente en el exceso de pruebas circunstanciales y no en una evidencia clara y manifiesta. Es una lectura fácil y atrapa, apta para todo público. Muestra el funcionamiento de las organizaciones religiosas, secretas y no secretas, tema de interés creciente para historiadores. Y, a través del asesinato en La Bombilla, expone su tema medular: el ambiente político y religioso de los años de la guerra cristera, así como la manera en la cual los devotos de la fe católica veían y asimilaban al gobierno emanado de la revolución mexicana.

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