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CONfines de relaciones internacionales y ciencia política

versión impresa ISSN 1870-3569

CONfines relacion. internaci. ciencia política vol.20 no.39 Monterrey ago./dic. 2024  Epub 05-Mayo-2025

https://doi.org/10.46530/cf.vi39/cnfns.n39.p92-101 

Savoir faire

¿Revelar, velar o develar?: la anonimización por niveles en las entrevistas cualitativas

Revealing, Veiling or Unveiling? The Anonymization by Levels in Qualitative Interviews

María Teresa Martínez Trujillo1 

1Tecnológico de Monterrey / Noria Research MXCA


Resumen:

El proceso de anonimización durante el análisis y restitución de entrevistas cualitativas no es sencillo ni puede lograrse siguiendo un conjunto de pasos dictados por un manual. Se trata de encontrar un balance entre preservar como confidencial la identidad de quienes nos comparten dichos y hechos durante los ejercicios etnográficos y, al mismo tiempo, recuperar y mostrar la riqueza analítica de la información recolectada. En este artículo, a partir de mi propia experiencia realizando una inmersión en un campo “delicado”, propongo un camino de anonimización en cuatro niveles, que pueden ser aplicados en ciertas condiciones y dilemas a los que se enfrentan las y los investigadores.

Palabras clave: anonimización; niveles de anonimización; entrevistas cualitativas; campos "delicados"; inmersión etnográfica

Abstract:

The process of anonymization during the analysis and the restitution of qualitative interviews is complex and cannot be achieved by following a set of steps dictated by a manual. It implies finding a balance between preserving the confidentiality of those who, during ethnographic exercises, share their stories and facts with us, while recovering and showing the analytical richness of the information collected. In this article, based on my fieldwork experience in a sensitive field, I propose a path of anonymization of qualitative interviews consisting of four levels, which can be applied to specific conditions and dilemmas that researchers commonly face.

Keywords: anonymization; anonymization by levels; qualitative interviews; sensitive fields; ethnographic immersion

La entrevista se llevó a cabo en su oficina, un lugar amplio y con muebles lujosos que constrastaba con los sitios en los que había charlado con muchos otros empresarios de la ciudad. A la mitad de nuestra conversación, el empresario recibió una llamada que tomó frente a mí. Aunque traté de ser discreta y estaba dispuesta a salir de su oficina, a él no lo cohibió mi presencia para arreglar lo que a todas luces era un soborno a un grupo de magistrados. En su llamada dio nombres y detalles, utilizó un lenguaje franco, por momentos vulgar, como si yo fuera invisible. Al terminar, retomó nuestra charla con la mayor naturalidad, no sin antes aclararme que había un problema con su marca, por lo que tenía que "aceitar las ruedas" para hacer avanzar "la máquina".

Este flagrante acto de corrupción, que ocurrió durante una entrevista formal, en la que el entrevistado accedió a ser audiograbado, tiene muchos ángulos de análisis. ¿Por qué no me pidió salir de su oficina? ¿Una investigadora como yo le resulta inofensiva o bien, muestra sus alcances al no inhibirse para corromper magistrados frente a una extraña? ¿Cómo se vincula este acto a otras dinámicas criminales que rodean al empresariado? En fin, estas y otras preguntas me acompañaron en mi trayecto de regreso a casa y al momento de escribir mis notas en el cuaderno de campo. Sin embargo, el catálogo de preguntas se amplió cuando comencé a analizar las entrevistas que reuní durante meses de inmersión etnográfica y mientras restituía las mismas: ¿debo recuperar esta anécdota?, ¿cómo?, ¿de qué manera restituyo el episodio sin vulnerar la identidad de mi interlocutor?, ¿qué tanto revelo de aquello que las y los entrevistados comparten conmigo, a qué le pongo un velo -sutil o no- y qué tanto debo develar?

En el marco de una tesis doctoral, en la que buscaba comprender los mecanismos de protección que utilizan los empresarios en ambientes violentos y criminales, garantizar que los relatos recolectados permanecieran anónimos supuso un trabajo reflexivo y de toma de decisiones en la investigación que está presente en diversas inmersiones etnográficas, especialmente en campos que, por una razón u otra, puedan considerarse como “sensibles” o “peligrosos” (Boumaza y Campana, 2007).

La anonimización de información personal, en algunos casos íntima, se discute ampliamente alrededor de los datos clínicos (ResearchData UoE, 2014; Saunders, Kitzinger y Kitzinger, 2015) y en el marco del derecho a la protección de datos personales por parte de los gobiernos, donde incluso se generan protocolos y lineamientos (vgr. Information Commissioner’s Office #&91;ICO#&93;, 2017). No obstante, en ejercicios etnográficos este proceso parte de supuestos un tanto diferentes, pues es una suerte de “acto de malabarismo” en el que se busca un balance entre garantizar la confidencialidad de quienes contribuyeron a la etnografía como interlocutores, y conservar la riqueza de la información contextual o esencial que pueda ser clave para la mejor comprensión del fenómeno que estudiamos (Saunders, Kitzinger y Kitzinger, 2015; Rock, 2001). Es decir, el ejercicio etnográfico no se conforma con recoger datos y manejarlos internamente o de forma masiva o agregada, sino en construir conocimiento a partir de los relatos, dichos o anécdotas, muchas veces únicos en su tipo. ¿Cómo y para qué dedicar tiempo al proceso de anonimización? Esto es particulamente necesario en contextos considerados “delicados”, “sensibles” o “peligrosos”, en los que la integridad o seguridad de las y los entrevistados puede estar en riesgo porque parte de sus dichos se restituyen en un reporte, artículo o libro, señalándolos como autores de estos.

A pesar de que la anonimización absoluta resulta imposible (van den Hoonard, 2003), hay diversas técnicas que se ajustan a campos y circunstancias determinadas. En algunos casos, este proceso se limita a cambiar nombres de personas o lugares (ciudades o barrios, incluso países); en otros, se recurre a ficcionar, navegando entre la realidad contada por los interlocutores y una suerte de novelización que emprende el o la investigadora (Díaz Aguilar y Sánchez-Carretero, 2020). Desde luego, en cualquiera de estos procesos no parece haber fórmulas infalibles para garantizar rigor o eficacia, por lo que se trata de un tema sobre el que conviene que las y los investigadores sigamos discutiendo.

En este texto, a partir de mi propia investigación cualitativa -y partiendo de la premisa de que la anonimización, más que un ejercicio dicotómico (público vs. anónimo), es un continuo que va de “muy identificable” a “muy anónimo” (Scott, 2005)- propongo un proceso de anonimización de los interlocutores en cuatro niveles, desde el reemplazo de los nombres reales por ficticios, hasta la omisión de ciertos episodios o información colectada en el trabajo de campo. Tal como lo muestra la figura 1, conforme se avanza en la escala del nivel más bajo al más alto de anonimización se pierden detalles de la información, pero se gana confidencialidad.

Fuente: Elaboración propia.

Figura 1 Niveles de anonimización de interlocutores clave  

Así, en el primer nivel se busca remover identificadores directos de la persona entrevistada, siendo el nombre el más claro. En el siguiente nivel se propone anidar información para perder algunos identificadores indirectos de quienes participaron en las entrevistas, manteniendo información asociable a ciertos grupos o categorías. En el tercer nivel, la anonimización trasciende el perfil de las personas entrevistadas y observa sus relatos, disociando al primero de los segundos o desdibujando detalles que vulnerarían la identidad de quien nos confió algo delicado. El cuarto nivel supone el proceso en el que la o el investigador decide que ciertos episodios o hechos relatados en las entrevistas no deben ser restituidos en el análisis y texto final, por razones éticas o porque no es posible que ese hecho pueda citarse sin que se revele la identidad de quién lo mencionó.

Sustituir identificadores directos: asignación de pseudónimos

Este es el paso más común de los procesos de anonimización en ejercicios etnográficos. Se trata de reemplazar los atributos que distinguen a una persona sobre cualquier otra. El ejemplo más evidente es el nombre de las personas que participan como interlocutores en el estudio. La anonimización en este nivel supone sustituir el nombre real de la persona entrevistada por uno ficticio. Así, María se convierte en Rosa y a Juan le llamamos Pedro, porque de ese modo se mantiene la noción de que no se trata de la entrevistada x o el interlocutor y, carentes de personalidad, sino de un individuo al cual no desposeemos del nombre y, con ello, de una parte de su identidad.

Ahora bien, el camino más práctico para la asignación de pseudónimos es obtenerlos de cualquier resquicio de la memoria o la imaginación y así hacer uso del conocimiento del campo para sustituir el nombre de María por Rosa y no por Ivanka, Britany o Aaliyha. En otras palabras, la asignación de nombres ficticios puede ser arbitraria hasta cierto punto, pues los nombres de quienes conforman el campo también contribuyen a caracterizarlo. Siguiendo esa lógica, al tratarse de empresarios, un nombre de pila no basta, pues es un sector de la sociedad en la que el linaje y la pertenencia a una familia importan y son recursos que permiten ubicar a cada personaje en la configuración social; es decir, en relación con el resto de los actores sociopolíticos. Entonces, un tal Juan Márquez no solo tendría el pseudónimo de Pedro, sino el apellido Rodríguez al momento de restituir su entrevista. Eso mismo aplicaría con inmersiones etnográficas en otros grupos sociales en los que los nombres podrían sugerir parte de la identidad del grupo. Así, en la restitución de una etnografía con personas que militan en un movimiento armado lo más pertinente podría ser dotarlos de un nombre de pila vernáculo si queremos mostrar que se trata de una movilización de origen local, o bien, elegir algunos nombres de origen extranjero si se trata de un movimiento en el que participaron actores de otros países. Mientras tanto, en trabajos sobre miembros de pandillas convendría, por ejemplo, asignarles, además de un nombre, un mote o alias. Desde luego, en ese proceso, conviene reflexionar alrededor de los prejuicios y predisposiciones que tenemos sobre el campo en cuestión, pues es posible que los pseudónimos asignados más que ilustrar las características de ese espacio social reflejen los sesgos desde los cuales lo visualizamos.

Tratando de evitar que el catálogo de nombres ficticios sean prejuiciosos y, en algunos casos, criminalizantes, algunos investigadores e investigadoras optan por pedir a sus interlocutores que elijan si quieren ser identificados con sus nombres reales o bien escojan cómo quieren ser llamados. De ese modo, además, la persona entrevistada participa de alguna manera en su proceso de incorporación en la etnografía y se le da el debido crédito a sus palabras (Saunders, Kitzinger y Kitzinger, 2015). En mi investigación, dado que tenía alrededor de 90 entrevistas, decidí dejar la responsablidad de crear los nombres a la aleatoriedad, primero porque temía que la asignación arbitraria resultara poco creativa (que mi cabeza no guardara tantos nombres); y segundo, para evitar que se escaparan unos más parecidos a la realidad que otros.

Aunque laborioso, el proceso de creación de presudónimos que seguí descansa en un principio muy simple: servirme de los viejos directorios telefónicos que contienen nombres y apellidos de personas reales que habitaban en cierta ciudad. Entonces, para producir los pseudónimos, elaboré dos listas de números aleatorios, primero, para seleccionar la página del directorio telefónico y después, para elegir el número de persona de quien tomaría prestado el nombre en la página seleccionada. Ese mismo proceso lo repetí para obtener los apellidos. De esa manera, se generaron nombres como Juan Zenón, Máximo Ballesteros o Héctor L. Orta. Al final realicé un listado en el que se consignaron los nombres reales y sus respectivos pseudónimos, al cual solo yo tengo acceso, lo que me permitió movilizar esos nombres a lo largo de siete capítulos y más de 600 páginas, sin errar o confundirlos a mitad de camino o bien, en el marco de otra investigación en que necesite regresar a aquellas entrevistas. Cabe decir que me serví de un directorio telefónico de una ciudad distinta a donde hice el trabajo de campo para evitar el uso de apellidos tradicionales (y reales) de la región, pero también por ser el que estaba a mi alcance, pues hoy en día los directorios telefónicos son prácticamente piezas de colección.

¿Qué tan necesario es invertir el tiempo en un proceso tan laborioso? Me parece que esa es una pregunta que cada investigador o investigadora debe hacerse en función de cuántos pseudónimos debe crear, qué tanto deben apegarse a ciertas normas para reflejar mejor el campo al que pertenecen y qué tan importante es el nombre de las y los interlocutores en el proceso de restitución de la etnografía.

Reemplazar identificadores indirectos: anidar información

Aunque la asignación de pseudónimos es un paso muy útil para el proceso de anonimización, las y los interlocutores en una inmersión etnográfica tienen otros atributos que, si bien no son individuales o irrepetibles, sí apuntan hacia su identidad. Por ejemplo, si queremos anonimizar los dichos del muy conocido empresario Carlos Slim, no basta con darle un pseudónimo si después diremos cosas como “empresario líder de la industria de telecomunicaciones”. Una vez más, el reto que se presenta es dar suficiente información como para resaltar las características sociales que hacen de este interlocutor uno cuyos dichos son de interés, pero no tanta información como para revelar su identidad.

En ese sentido, el proceso de anidar información resulta útil. Inspirado en el principio de codificación cualitativa (Carr et al., 2017), se pueden buscar atributos que permitan agrupar a una parte de las y los interlocutores considerados en el análisis, pero que no los uniformen al punto de convertirlos en un solo perfil. Así, características como la edad puede anidarse en un rango o grupo etario, militantes de izquierda pueden agruparse por corriente ideológica o influencia o bien, poblaciones migrantes por nacionalidad o estatus de su condición migratoria. Estas categorías deben guardar su capacidad analítica, es decir, ser informativas, y presentarse en relación a otras en las que se aspire a que sean exahustivas y excluyentes. Entonces, una guerrillera de la década de 1970 en México en el análisis y restitución podría convertirse en Ana, combatiente entre 22 y 25 años, de un grupo de inclinación maoista, por ejemplo. En este caso, sin revelar el verdadero nombre de Ana ni dar pistas para saber de quién se trata o a qué grupo guerrillero pertenece, en esta descripción se enfatizan tres atributos relevantes: género, juventud y corriente ideológica.

En mi investigación utilicé dos categorías para anidar a las y los empresarios entrevistados en el trabajo de campo: el grupo etáreo y el sector al que pertenecen. La primera clasificación respondía a que, tras adentrarme en el campo, la brecha generacional al interior de ciertos grupos empresariales me sugería diferencias interesantes sobre cómo lidian con sus amenazas de seguridad o con la presencia de los narcotraficantes en sus círculos sociales. Por otro lado, para los empresarios dedicados al comercio, las amenazas que enfrentan en materia de seguridad pueden ser distintas que las de los industriales o quienes están en el sector de servicios. De esa manera, la categoría sector, proveniente precisamente del ámbito empresarial, me permitía no solo anonimizar la identidad de la persona entrevistada, sino el nombre y giro preciso de su empresa: una refresquera se vuelve una empresa en el sector comercio, o el dueño de una agencia de viajes será empresario del sector servicios. En ese sentido, el sector es en mi investigación lo que la corriente ideológica podría ser en un trabajo que busque anonimizar la pertenencia a cierto grupo guerrillero.

Desde luego, los nidos o categorías que se generan en esta fase de la anonimización no son cajas cerradas bajo llave, pues la pérdida de detalles puede revertirse, siempre que el análisis lo amerite y no se ponga en riesgo a las y los informantes. Por ejemplo, un joyero me contó en entrevista cómo la delicadeza de sus piezas y el buen gusto le permiten excluir a los narcotraficantes como sus clientes, pues ellos gustan -en su opinión- de joyas ostentosas y de mal gusto. Más allá de los prejuicios que puede contener este relato, o de qué tanto se apegue a la realidad, lo que resulta relevante es que la categoría comerciante, refiriéndose al joyero en cuestión, resultaría insuficiente para dar cuenta de una dinámica relevante en un contexto en el que atributos como el lujo, el dinero, el buen gusto, o la ostentación, separan a los unos y los otros, cuando parecen compartir diversos espacios de socialización. En estos casos, la anonimización se fragiliza, pero no se pone en riesgo la identidad del joyero, pues no es el único en la ciudad. De este ejemplo puede deducirse que la búsqueda de balance información-confidencialidad, antes referido, es un ejercicio al que se regresa constantemente a lo largo de las fases de análisis y restitución de los relatos.

Disociar trayectorias o episodios o bien remover detalles sensibles

Los últimos dos niveles de anonimización que propongo, o que puse en práctica, trascienden la figura del entrevistado o su perfil y se centran en sus dichos. ¿Cómo recuperar ciertas anécdotas o episodios sin revelar la identidad de quién narró esos hechos o de quién se habla cuando se trata de un relato en tercera persona? En este nivel, el proceso es menos sistemático, es decir, no se aplica a todas las entrevistas y entrevistados. En cambio, se pone en marcha en ciertas situaciones y siempre se acompaña de sendas reflexiones sobre qué tanto decir y cómo decirlo. En este sentido, hay dos pasos que se pueden seguir, en algunos casos en conjunto, en otros, de manera independiente. Primero, es posible disociar al interlocutor o interlocutora de sus dichos y restituir estos últimos al completo. En otras palabras, es posible recuperar lo que se nos dijo, pero no quién lo hizo. Así, se preserva el episodio y sus detalles, pero no es posible determinar el perfil de quién sabe y comparte esa información. Por ejemplo, cuando uno de mis entrevistados me contó que, para librarse de un intento de huelga con un falso sindicato, le pidió “apoyo” a los sujetos que le cobraban piso, decidí restituir el relato para mostrar cómo algunos empresarios, víctimas de extorsión, se sirven de esos protectores criminales porque, al final de cuentas, son parte de su catálogo de proveedores de servicios. Sin embargo, no ofrezco detalles sobre el entrevistado ni su sector ni su edad, nada que pudiera hacerlo identificable. Esto puede ser particularmente útil para recuperar algunas de las cosas que las y los entrevistados nos comparten fuera de grabación, desde luego, tras un balance sobre las implicaciones éticas de que la o el investigador retome de esas palabras. Ahora bien, al disociar los dichos de su autor o autora, estos quedan aislados de su perfil sociológico y con eso se pierden detalles y matices que nos permiten caracterizar mejor el campo que estudiamos. Entonces, la investigadora o investigador tiene que preguntarse si el relato, aislado de estos elementos que lo vinculan a un campo dado pierde sentido, peso o importancia. En otras palabras, si el relato tiene valor analítico por sí solo, o si lo cobra al ser atribuído a cierto perfil sociológico.

La segunda técnica que se puede implementar es omitir detalles tanto del perfil del interlocutor o interlocutora como de sus dichos. En ese caso, la asociación entre el narrador y el relato no se desdibuja y pueden movilizarse como parte del análisis. Sin embargo, se omiten rasgos del uno o pormenores del otro, para preservar cierto grado de confidencialidad y riqueza de la información. En estos casos, las y los investigadores están llamados a poner en práctica un malabarismo en el cual se decide qué detalles revelan demasiado y no conviene mostrarlos, y cuáles, al retirarlos en la restitución, convierten un episodio en anodino, irrelevante e, incluso, poco comprensible.

Una vez más, a guisa de ejemplo, recupero un dilema que enfrenté en mi investigación. Esta vez, una entrevistada me cuenta, en tercera persona, sobre una empresaria que, además de ser su amiga, estuvo a punto de emparentar con un narcotraficante y cómo le propuso ayudarse de este personaje para resolver cierto problema que tenía en su empresa. Semanas antes, había tenido oportunidad de entrevistarla y, al revisar nuestra conversación, recordé que esta mujer, además, era hija de un antiguo funcionario de gobierno, cuyo puesto no era de burócrata menor en una oficina poco relevante. Desde luego, estas piezas de información eran muy valiosas para sostener parte de mi argumentación sobre cómo las élites económicas, las políticas y ciertos perfiles criminales comparten una nebulosa zona gris en la que viven y conviven. Las particularidades de este episodio hacían muy complejo el proceso de restitución, en parte porque no hay tantos casos como este que me permitieran recuperarlo a detalle, y ponerle el velo de la generalidad; además, porque el cargo público del padre de esta empresaria, el intrincado lazo parental con el narcotraficante, la solución propuesta al problema de su amiga, e incluso detalles del tipo de empresa que lidera, a pesar de ser profundamente informativos y valiosos para sostener mi argumento, vulneraban casi de manera automática su identidad y, de paso, la de mi otra interlocutora. Entonces, retiré los detalles -algunos demasiados jugosos- y opté por generalidades como “antiguo funcionario de gobierno”, “a punto de emparentar con un narcotraficante”, “resolver cierto problema de su empresa” o “lidera una empresa de servicios heredada de su padre”. Se trata de una de las decisiones más difíciles de tomar, porque lo que para una investigadora o investigador es una evidencia contundente para soportar un argumento, termina convirtiéndose en pinceladas que sugieren que lo que arguímos es sostenible. De paso, estas generalidades pueden ser vistas por lectores, dictaminadores y editores como falta de rigor, vaguedad o imprecisión, cuando en realidad se trata de un acto consciente y complejo de anonimización. Además, cabe recordar que, como nos enseña la sociología, en los análisis cualitativos el rigor también descansa en la despersonalización de los hechos, pues por definición lo sociológico es lo no personal, aunque lo personal o íntimo sea material para la sociología.

Omisiones completas: remover episodios

Hasta aquí, las técnicas compartidas nos permiten recuperar los relatos, conservando cierto grado de riqueza en la información y ciertos detalles de los perfiles de las y los interlocutores, sin que eso vulnere su identidad. Sin embargo, hay casos en los que, por más que intentemos, este balance no se consigue y, por más detalles que quitemos, la confidencialidad se vulneraría si recuperamos ciertos dichos. Es el caso de cuando un perfil único nos comparte información delicada que solo él o ella podrían tener. Por ejemplo, cuando hablamos del primer gobernador de la entidad que no provenía del partido oficialista, la historia guarda un solo sitio para una persona así, ¿cómo disimular ese rasgo sin que se pierda el valor analítico que tiene este perfil? Lo mismo ocurre con cualquier otro personaje cuyo perfil, por cualquier razón, no se replica: el candidato opositor de esa contienda, la entonces titular de la secretaría de x o y, el jefe del cuerpo policial o la lidereza de tal sindicato, por mencionar algunos ejemplos. Esta unicidad no solo está asociada a puestos específicos o funciones determinadas, sino también a perfiles más generales de quienes participan en el ejercicio etnográfico. En este sentido, el género es un atributo que, en ciertos contextos, complica el proceso de anonimización. En campos generalmente dominados por hombres -como hay tantos-, la escasa presencia de mujeres configura un dilema en términos de anonimización: por un lado, no recuperar sus dichos podría abonar a la invisibilización histórica de su rol y de sus palabras, por el otro, su carácter único hace muy difícil que no sean identificadas y asociadas a sus dichos. Además, poner un velo sobre el género, haciéndolo irrelevante y cambiándolo para guardar la identidad de la interlocutora, puede ser un error analítico trascendental, si partimos del supuesto de que en ciertos campos y configuraciones las experiencias de hombres y mujeres están condicionadas o diferenciadas precisamente por esa variable. Entonces, más que establecer pasos infalibles por completar en un proceso, lo que conviene es plantearse preguntas como ¿qué debe prevalecer, hacer visibles las experiencias de estas mujeres o cuidar su identidad? ¿Cómo puedo conciliar lo uno con lo otro?

En casos en los que la anonimización no logra salvaguardar la identidad de las y los interlocutores, sin que eso suponga perder por completo el valor analítico de la información recopilada, el silencio de las y los investigadores es una alternativa, a veces la más apropiada. Omitir episodios, anécdotas, relatos completos, guardarlas para sí, es una decisión que tiene implicaciones metodológicas y analíticas, pero también éticas. ¿Qué implica que un artículo académico, un libro o un reporte consignen eso que se nos dijo? ¿Quién asume los costos y beneficios de que esa información se restituya y se haga pública o que, por el contrario, permanezca en nuestras reflexiones y cuadernos de campo? ¿Un consentimiento informado -a veces apenas es un papel firmado- basta para relevarnos de responsabilidad por la información que las y los investigadores movilizamos y hacemos pública?

Desde luego, en un oficio en el que cada vez más se valora y reconoce “el hallazgo novedoso”, el “giro de tuerca inesperado” o la evidencia empírica grabada y exhibible, las y los investigadores nos enfrentamos también con el reto de domar el ego, condicionados por los artículos que queremos o necesitamos que sean publicados, multicitados o premiados. Así, a los dilemas metodológicos, analíticos y éticos se suman los vocacionales. ¿Cómo ser funambulista en el proceso de anonimización sin pasar, como investigadora o investigador como anodino, impreciso, vago o poco innovador y, por ende, poco publicable? Complicado, sin duda, y para eso tampoco hay un manual.

Referencias

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Recibido: 21 de Junio de 2024; Aprobado: 14 de Agosto de 2024

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