INTRODUCCIÓN
En el caso de los países que vivieron una transición tardía y lenta hacia la democracia, como es el caso de Brasil donde comenzó en el año de 1985, los militares mantuvieron importantes espacios de autonomía dentro del sistema político. El hecho de ser considerados élites plantea dilemas específicos para negociar la entrada y permanencia del investigador o investigadora en las instituciones militares, ya que parece depender de su contexto político y de su posicionamiento ideológico. Enmarcando este objeto desde la inmersión etnográfica, creo que para conocer a los militares necesitamos conocer el discurso que tienen sobre sí mismos. Sin embargo, este abordaje puede ponerse a prueba cuando el objeto de nuestra investigación nos repulsa.
Este ensayo comienza con las negociaciones necesarias para entrar en campo con los militares como universo de élites y considerando otros elementos que estructuran la posición entre el investigador y los entrevistados, como la edad y el género. Analizo también sobre cómo la presentación de uno mismo y de la investigación hace posible (o imposible) acceder a los llamados guardianes institucionales, basándose en una supuesta imagen de neutralidad política.
Partiendo de una experiencia relativamente exitosa de entrada al mundo militar, reflexiono sobre las dificultades de mantener el acceso al campo, a medida que se deteriora el control político sobre los militares y estos entran en la arena política. Abordo mi condición de investigadora del sur global en un país donde los castrenses aún no se han subordinado al poder político. Soy consciente de que estos elementos exigen una acción política, que en tiempos de crisis requiere también una postura pública. A su vez, estas acciones en la escena pública pueden poner en peligro la imagen de cierta neutralidad ante los interlocutores investigados, algo fundamental a la hora de presentarse a uno mismo y a la investigación cuando se inicia el trabajo de campo. En este ensayo medito sobre cómo la creciente politización de los militares afectó mi trabajo de investigadora, exigiéndome diferentes estrategias para negociar mi entrada y permanencia en el campo, o en ultima instancia hicieron imposible la inmersión etnográfica. Abordo estos dilemas epistemológicos y metodológicos, a partir de mi experiencia de investigación sobre las fuerzas armadas.
ENTREVISTAR A LOS MILITARES, ENTREVISTAR A LAS ÉLITES1
Con el fin de contextualizar este ensayo para quienes no estén tan familiarizados con el tema, conviene hacer algunas breves definiciones conceptuales sobre el universo militar. La literatura clasifica a las fuerzas armadas como una institución hermética, con una clara demarcación entre sus miembros y el mundo exterior. Sus integrantes son sometidos a un entrenamiento y educación típicos de las llamadas “instituciones totales”2 (Goffman, 1974), ya que, al igual que en los conventos, manicomios y prisiones, en las escuelas militares “todos los aspectos de la vida se llevan a cabo en el mismo lugar y bajo la misma autoridad” (p. 111). En estas condiciones, la vida de los reclutas está constantemente impregnada de sanciones, y el individuo no puede defenderse como lo haría en otros contextos, lo que provoca la pérdida de la identidad personal, que Goffman (1974) entiende como un mecanismo de circuito. En palabras de Celso Castro (2004), la construcción de la identidad militar requiere la deconstrucción de la identidad civil, ya que existe un contraste entre “aquí dentro” y “ahí fuera” (p. 15). El universo militar es visto por los militares como superior al de los civiles, ya que si estos últimos estuvieran inmersos en él estarían “mejor organizados, mejor preparados, más dedicados a la comunidad [serían] más patriotas” (p. 15)3.
También son, por definición, organizaciones orientadas al combate, no existen contrapoderes que limiten su autoridad y, por lo tanto, funcionan verticalmente, sin mecanismos de transparencia y rendición de cuentas. Para estas organizaciones, el mundo exterior se lee a través de la lente del combate, lo que tiene un impacto importante en la clasificación del trabajo del investigador como amigo o enemigo de la institución (Castro, 2013; Leirner, 2009; Passos, 2022). Este aspecto se acentúa en países cuyas fuerzas armadas han sido orientadas hacia la lucha contra el enemigo interno, como es el caso de América Latina.
Dicho esto, es necesario subrayar que algunos de los retos que plantea el estudio de los militares no son exclusivos de este universo y son similares a las dificultades que enfrenta la comunidad de científicos sociales dedicados al estudio de las élites políticas y económicas. Al fin y al cabo, se trata de un mundo difícil de penetrar, que revela las asimetrías de poder que existen en una sociedad, dado que las élites tienen más dinero y estatus, asumiendo una postura superior al resto de la población (Odendahl y Shaw, 2001). Por lo tanto, entrevistar a militares brasileños es también investigar a un segmento de la élite económica y política del país. En esta relación asimétrica, los investigadores están convocados a movilizar sus credenciales para convencer al interlocutor del propósito de la entrevista y de lo que se hará con ella.
El éxito en el estudio depende del conocimiento que tiene el investigador sobre la cultura de las élites, en combinación con su estatus personal e institucional. Lograr el permiso para entrevistar a las élites requiere trabajo, creatividad, credenciales y contactos personales previos que potencialmente pueden abrir algunas puertas (Odendahl y Shaw, 2001). Y, por supuesto, paciencia y disponibilidad para las reuniones que se cancelan o se programan en el último minuto, lo que no es poco frecuente cuando se trata de viajes interestatales o internacionales; por lo tanto, es importante ser capaz de adaptarse a la agenda de la otra persona.
Los retos relacionados con las características intrínsecas de las instituciones militares interactúan con factores situacionales que dependen de las propias características del investigador. Como observan con precisión Chamboredon et al. (1994): la mayoría de las personas entrevistadas ocupa una posición de dominación que solo puede objetivarse a partir de nuestros propios atributos. La dominación es una potencia de “geometría variable” (Chamboredon et al., 1994), ya que su interiorización depende de la posición que el entrevistado y el entrevistador ocupan socialmente. Cada uno de ellos constituye un conjunto de atributos y actitudes que tienen mayor o menor prestigio social. De acuerdo con las autoras, una entrevista es “una interacción entre dos individuos socialmente situados en relación con el mundo y entre sí” (Chamboredon et al., 1994, p. 117).4 Por otra parte, asumir el estatus de entrevistadora puede resultar molesto porque a menudo se nos percibe como “invasivas” en relación con la intimidad de los entrevistados o la sensibilidad de ciertos temas para el individuo entrevistado.
PRESENTACIÓN DE UNO MISMO Y DE LA INVESTIGACIÓN: OPCIONES ESTRATÉGICAS PARA ENTRAR Y CONTINUAR EN EL TERRENO
Voy a compartirles sobre mi experiencia en el trabajo de campo con militares. En mi caso, fueron dos años divididos en estancias de algunos meses en Río de Janeiro, Ciudad de México y Tijuana, en los que entrevisté a militares de rango medio y alto: coroneles, tenientes y generales. La investigación consistió en una comparación de la política de control y represión del narcotráfico en las ciudades de Río de Janeiro y Tijuana, incluyendo la toma de decisiones, la implementación y los efectos esperados e inesperados sobre el mercado ilícito y las poblaciones locales. Las entrevistas sirvieron para acceder a información que no estaba disponible en otros medios, comprender la visión del mundo y de la propia institución de los agentes implicados, y para reconstruir situaciones a partir de narrativas contrastadas, ya que también entrevisté a residentes de favelas y a líderes de la sociedad civil afectados por las operaciones militares. Cada conversación, por lo tanto, ofrecía una ventana de observación y formulación de hipótesis sobre cómo diferentes formas de dominación social atravesaban el universo cívico-militar. Concretamente, entendí mi interacción como un ejercicio de observación de la relación entre civiles y militares en un sentido más amplio.
El dominio que los militares generaban en mí era generalmente sutil, a través, por ejemplo, del discurso sobre sí mismos, es decir, no eran necesarias las armas para lograr ese efecto en mí. La interiorización de esta autoridad me llevó a sentir cierta paranoia al momento de elegir hablar con personas civiles críticas de los militares y, durante la interpretación de los datos, el ejercicio de separarme del discurso oficial, contrastándolo con otros perfiles de personas entrevistadas, resultó ser un progresivo desprendimiento de la mística militar. Pero volvamos a la inmersión etnográfica.
La mayoría de las entrevistas con oficiales tuvieron lugar en sus propias oficinas, en edificios marcados por la simbología militar. El efecto que el uniforme y los ritos institucionales tuvieron sobre mí (respeto o miedo) me llevó a reflexionar sobre las formas más sutiles en que la presencia de los militares en las calles corroe el tejido de la democracia, generando aceptación a través de la imposición de una estructura mitológica del significado de ser militar. Durante las entrevistas, me hablaron de las leyendas fundacionales del Ejército (como la del Duque de Caxias, un exitoso oficial militar que aplastó algunas rebeliones regionales en el siglo XIX), aunque estas no era una cuestión de la investigación. La historia que el Ejército cuenta sobre sí mismo es una mística que alimenta la visión de que los militares sirven a la nación, incluso por encima del pueblo, y que de alguna manera son más fiables y eficientes que los organismos civiles. Esta “mística militar”, 5 por otra parte, respalda el hecho de que estén implicados en una serie de actividades que quedan fuera del ámbito de la defensa exterior. La inmersión etnográfica me permitió identificar y conocer este discurso.
La exposición de uno mismo y de la investigación comienzan cuando tomamos contacto por primera vez con la persona a entrevistar y nos presentamos. Para el caso de las élites, donde de entrada partimos de una relación asimétrica entre el mundo académico y el mundo político y económico, entendí que la estrategia era definir tácticamente cómo presentar, para quien escucha, los objetivos de investigación, para que el entrevistado se interese en hablar.
En mi caso, hice hincapié en que se trataba de una tesis doctoral que me permitiría comprender el funcionamiento de las operaciones “interagenciales”, término técnico utilizado por las organizaciones militares en sus manuales operativos. Mientras que para mis interlocutores en México utilicé la expresión “operativos conjuntos”, término que mencionan los manuales de operaciones del país. Además de los aspectos relacionados con las fases de decisión y aplicación de la política, me interesaba identificar casos de violación de los derechos humanos entre la población local. Teniendo en cuenta que se trata de un tema sensible que podría molestarlos, diseñé el guion de la entrevista para que mis interlocutores pudiesen hablar de su opinión sobre la actuación de las asociaciones de vecinos locales durante los operativos. Consideré que lo importante durante la inmersión etnográfica sería asegurarme de permanecer sobre el terreno y de que la “estrategia bola de nieve” funcionara con la cooperación de los entrevistados, a pesar de mi incomodidad personal al escuchar opiniones con las que no estaba de acuerdo. Así pues, elegí tácticas que favorecieran mi presencia y condicionaran futuras relaciones favorables para la continuidad de la investigación. Como comenta Besozzi (2021), a partir de su experiencia realizando una etnografía con personas sin hogar en la ciudad de Nancy (Francia), ganarse la confianza de aquellos a quienes investigamos requiere saber mantenerse en su lugar y no forzar las interacciones, lo que equivale, por ejemplo, a hacer “demasiadas preguntas o indagar sobre temas potencialmente delicados”. A lo largo de la investigación de campo, el método elegido me exigió a mantener la postura de escucha, sin juzgar lo que oía.
Además de mi profesionalidad, había una inclinación personal que me daba más convicción sobre el propósito de la investigación. Mi abuelo paterno, otorrinolaringólogo simpatizante de izquierda, pero de ningún modo comunista, fue detenido durante la dictadura cívico-militar (1964-1985), poco después del golpe de 1964, y puesto en libertad tres meses más tarde, siendo arrestado nuevamente en 1971 durante 10 días por una “investigación de relaciones subversivas”. Esto causó un trauma familiar, ya que tras su primera detención perdió su trabajo, fuente de ingresos para su esposa y sus cuatro hijos. De alguna manera, yo esperaba una conciliación con esos militares, que ahora eran supuestamente, al menos en mi visión inicial ‒y demasiado optimista, ahora lo confieso‒, demócratas.
Cuando realicé las entrevistas en Río de Janeiro y Brasilia, fui presentada por los propios militares como una estudiante de doctorado que estudiaba en Francia. En Ciudad de México y Tijuana, yo era “la investigadora brasileña”. Ser brasileña era una ventaja para realizar entrevistas en México en comparación con la situación de los investigadores estadounidenses. Supe por una investigadora mexicana que se les había negado recientemente el acceso a la biblioteca de la Secretaría de Defensa Nacional de México.
En este establecimiento realicé investigaciones sobre el acervo hemerográfico de la Revista del Ejército de 2016, 2017 y 2018; esta biblioteca fue cerrada durante la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.6 En mis visitas a la biblioteca del Ejército, que se encontraba en la planta baja del cuartel general de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) en la Ciudad de México, siempre fui la única civil y siempre fui conducida al interior del edificio por un soldado. Mi teléfono móvil tenía que estar guardado, su uso estaba prohibido dentro de las instalaciones. Mi pasaporte se guardaba en la recepción durante mis visitas y solo podía sacarlo al salir del edificio. Estas microregulaciones garantizaban un espacio interior controlado por los militares. También generaron una mayor autoconciencia sobre mi comportamiento en el interior, que fue sin duda un factor de desgaste emocional, sumado a la cuestión de género al ser a menudo la única mujer en el entorno.
En cambio, en mi experiencia de realizar entrevistas en la Escuela de Comando y del Estado Mayor del Ejército (ECEME), situado en Praia Vermelha, Río de Janeiro, puedo decir que la situación estaba sujeta a menos inspecciones. Claro, tuve que pasar por la identificación inicial en la entrada, pero no me retuvieron el documento de identidad, y tampoco me preocupó mucho este primer control, ya que yo no tenía el estatus de extranjera. En mis primeras visitas, un graduado (militar de baja jerarquía) me condujo al interior de la biblioteca, pero como ya había estado allí varias veces para realizar entrevistas, algunos días tuve acceso libre, pues, según me informaron, ya conocía el lugar y era reconocida por el personal. También se me permitió utilizar mi teléfono móvil dentro de la ECEME, lo que claramente me dio una mayor sensación de libertad, en comparación con las circunstancias que encontré en Ciudad de México. Además, en la ECEME hay muchos profesores civiles que trabajan en los cursos. Así que rara vez era la única civil en el entorno de la biblioteca.
Al presentarnos como investigadoras e investigadores, sin duda movilizamos una cara en detrimento de otras (Besozzi, 2021). El savoir faire del investigador reside en gran medida, como señala Mauger (1991), en su capacidad para manipular la situación de la investigación a su favor. Esta “gestión de las apariencias” (Besozzi, 2021) fue específicamente en mi caso para favorecer mi faceta de investigadora, ajena a cuestiones políticas y sumamente interesada en conocer el discurso de los militares, en detrimento de mi lado más politizado. Esto me obligó incluso a borrar de mis redes sociales fotos y publicaciones sobre mi participación en el movimiento estudiantil. Entiendo que esta acción no fue solo visual, sino también una llamada continua a no involucrarme en cuestiones políticas para el éxito de la investigación.
A pesar de ser una institución hermética, como señalé al principio de este ensayo, sería poco considerado de mi parte no señalar cierta facilidad que sentí en cuanto al interés de los entrevistados en ser escuchados en Brasil. En el momento de mi investigación existía un claro interés por hacer pública la versión de los militares sobre las operaciones para garantizar la ley y el orden durante el 2016-2018. Durante el período en que realicé mi investigación en la ECEME, también hubo un cierto esfuerzo por parte del Ejército para acercarse a la sociedad civil. Esto llevó a un contexto de cierta apertura e interés en hablar conmigo por parte de mis interlocutores. Por otro lado, había una expectativa por parte de la comunidad académica especializada en estudios de defensa de que estábamos en un período de democratización de las relaciones cívico-militares durante las cuatro presidencias del Partido de los Trabajadores (2003-2016). Como suelo comentar en conferencias sobre el tema, antes del gobierno de Jair Bolsonaro (2018-2022), hubiera sido impensable pensar que parte del mando de las fuerzas armadas se embarcara en un intento de golpe militar en 2022. Mi predisposición para ver a los militares en un proceso de democratización ayudó a mi inclinación personal a escucharlos.
Sería oportuno reflexionar sobre el género, dado el hecho de que se trata de una institución marcada por este y orientada por una lógica masculina (Britton, 2000), me limitaré a señalar7 que mi género fue a la vez una molestia y un elemento auxiliar para la inmersión etnográfica. Era incómodo porque tenía que estar más consciente de mi forma de vestir, a veces sujeta a situaciones de acoso y subestimada como mujer en determinadas situaciones. Sin embargo, creo que fue precisamente la subvaloración lo que permitió a los entrevistados explicarme temas que, en otra situación, podrían haberse considerado obvios, lo que sin duda supuso una ventaja. La subestimación puede haber disminuido el potencial incómodo que un investigador puede simbolizar para una institución. Sin embargo, diría que esta ventaja duró poco, ya que me convertí en una intelectual con cierto reconocimiento en mi campo.
COOPERACIÓN Y CONFLICTO: LA NEUTRALIDAD AXIOLÓGICA PUESTA A PRUEBA ANTE LOS CAMBIOS EN EL CONTEXTO DE LA INVESTIGACIÓN
Las fuerzas armadas son una institución seductora para quienes desean cooperar con ella. Durante mi investigación doctoral, recibí una invitación informal para trabajar en el Ministerio de Defensa, lo que no resultaba nada mal para una joven investigadora que pronto se quedaría en paro tras su defensa de tesis. Aunque esta invitación no se formalizó más allá de una conversación al final de una entrevista, creo que es importante recordarla como un elemento que indica una forma de cooptación de aquellos investigadores que potencialmente podrían servir a la propia agenda de la institución. En esta misma ocasión, ‒se trataba de una entrevista con oficiales de la sección de operaciones conjuntas del Ministerio de Defensa‒ me habían preguntado al principio de la entrevista sobre mi participación en el Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) en 2008, cuando era una estudiante de grado. Así que sentí que, después de todo el trabajo de convencimiento sobre el propósito puramente científico de mi investigación, me había ganado su confianza tras la entrevista.
Es cierto que los entrevistados también buscan nuestro currículo personal cuando reservamos una entrevista ‒es muy habitual que reciba notificaciones de que alguien ha visitado mi página de LinkedIn después de reservar una entrevista‒, pero esto es especialmente importante cuando se trata de las fuerzas armadas, con recursos para investigar nuestro pasado. Debido a mi historial de participación en un movimiento estudiantil en la universidad, como he mencionado antes, borré muchas fotos que tenía de esta época en mis redes sociales como forma de demostrar que durante mi doctorado ya no tenía vínculos con estas asociaciones, lo cual era cierto, pero insisto aquí en la necesidad de parecer veraz cuando queremos ganar la confianza de nuestros interlocutores.
Al final de mi investigación doctoral, había un número significativo de militares entre mis contactos telefónicos. Esta creciente facilidad de acceso me ayudó a llevar a cabo mi investigación posdoctoral. Realicé entrevistas en la ECEME con relativa sencillez en 2019. El hecho mismo de acceder a un universo que se considera cerrado fue sin duda una ventaja para ser seleccionado para el programa posdoctoral como becaria en un contexto de escasez de becas de posgrado. En cierto modo, a pesar de tener algunas críticas hacia la actuación doméstica del ejército, había aceptado la posición de investigadora cualitativa, sujeta a “callar” ante situaciones que pudieran estar en conflicto con mis principios personales para la buena marcha de la investigación. También me había dado cuenta de que me leían los militares. Esto quedó muy claro cuando me invitaron a dar una conferencia en línea durante la pandemia sobre el rol de los militares en esta situación, para una de las universidades más prestigiosas de Brasil, y el moderador del evento observó que había una importante audiencia militar.
Tras finalizar mi posdoctorado, que consistió en un proyecto de investigación sobre doctrinas militares en medio de poblaciones civiles, inicié otro programa de investigación: las acciones cívicas militares.
Me esforzaba por mantener el acceso al terreno e incluso rechacé participar en un seminario en Florianópolis, situada en el sur de Brasil, que versaba sobre el papel de los militares en la política. Me interesaba realizar entrevistas en un batallón de la ciudad para comprender el tipo de actuación de las fuerzas armadas cuando pretenden llevar a cabo acciones cívico-militares y consideré que aparecer como intelectual criticando públicamente su participación en política no ayudaría a mi presentación. Había entendido que mi papel como investigadora era comprender, informar y comunicar, no criticar abiertamente a las fuerzas armadas.
También creía que existía un freno institucional a la capacidad de politización de los oficiales, algo que hoy me parece bastante ingenuo, pero me consuela saber que no es posible predecir el futuro. No estaba de acuerdo con las lecturas académicas más nefastas de los militares como una organización todavía plagada por la amenaza comunista, como si nada hubiese cambiado desde 1964.
Sin embargo, la situación política empezó a decaer visiblemente en el país en 2022, cuando el entonces presidente, en su último año de mandato, destituyó al comandante de las fuerzas armadas y puso en su lugar a mandos militares que simpatizaban abiertamente con su ideología. El Tribunal Superior Electoral (TSE), después de ser presionado por parte del presidente, “invitó” a los militares a participar como fiscales del proceso electoral. La teoría de la impresión de las papeletas de voto cobraba fuerza entre los simpatizantes del presidente Bolsonaro8 y yo, como habitante de un estado donde la derecha conservadora tiene muchos seguidores, me daba cuenta en la calle de la posibilidad real de que un presidente autoritario fuera reelegido. Esta situación de deterioro pesó en mi decisión de pasar al “ataque”, por supuesto, en la modestia de las trincheras intelectuales y con el “arma” de las palabras. No escribo para jactarme, sino para señalar el proceso de cambio de mi posición frente al objeto de investigación. Lo que antes era solo un objetivo de investigación para mí se convirtió en la causa de mi asco diario. En consecuencia, decidí que no volvería a investigar directamente con militares, al menos durante un tiempo.
Esto quedó claro cuando realicé una entrevista a un coronel del ejército en 2022, quien coordinaba un proyecto en el área social y recuerdo haberle interrumpido más de una vez y haberme enfadado durante la entrevista. No hablábamos de política en sí, pero él justificaba por qué los militares ocupaban cargos en el Ejecutivo; estábamos a pocos meses de unas elecciones muy reñidas y, lo confieso, mi estado de ánimo era proclive a las discusiones. En ese momento, me doy cuenta de que no supe mantenerme en mi lugar y mi decisión de interrumpirle perjudicó la continuidad de la investigación, ya que él, que era una pieza clave para entender las acciones cívico-sociales del Ejército, no volvió a responder a mis mensajes.
Después de este fatídico episodio, decidí que debía empezar a investigar otros temas. Desde entonces, me he sentido libre de adoptar una postura política en contra de la politización del ejército cuando periodistas me han solicitado una entrevista. Pero me doy cuenta de que el peso de esta elección puede haber sido alto, ya que me formé como investigadora de los militares. Una alternativa ha sido analizar las fuentes escritas para no tener que recurrir a las entrevistas. En cualquier caso, es cierto que las condiciones políticas actuales no hacen posible la inmersión etnográfica. Las revelaciones de la planificación abierta por parte de la cúpula militar para dar un golpe de Estado fueron la gota que colmó el vaso. Hoy me resulta imposible sentarme a una mesa y escuchar a un militar defender el golpe de 1964. Y lo he hecho antes sin demasiada incomodidad, porque comprendía que formaba parte de mi trabajo dejar de lado mis principios personales y escuchar sin juzgar. De lo contrario, la inmersión etnográfica no hubiera ocurrido.
CONCLUSIÓN
Cómo realizar un trabajo de campo con militares en la era de los neopopulismos sigue siendo una incógnita, ya que la presentación de uno mismo requiere cierta flexibilidad para gestionar esta situación en favor de la buena marcha de la investigación. Una vez logrado el acceso a los interlocutores militares, la cuestión es cómo mantener esta confianza en los contextos políticos volátiles, que han caracterizado a la mayoría de los países latinoamericanos. Entiendo que mi capacidad de escucha se ha visto gradualmente socavada por la politización de los militares brasileños, pero tal vez esto cambie a medida que el contexto y las generaciones de oficiales cambien también; al menos así lo espera mi lado más optimista. Espero que este ensayo haya contribuido al debate sobre los dilemas a los que nos enfrentamos al entrevistar a las élites, y la división interna que esto puede generar entre los principios personales y el oficio de la investigación cualitativa.










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