La obra más reciente de Chantal Mouffe se coloca en las librerías latinoamericanas a tres décadas de la primera edición de Hegemonía y estrategia socialista, aquel texto realizado junto con Ernesto Laclau que sentó las bases del posmarxismo. A pesar de los treinta años que separan ambas obras, muchos de sus aportes siguen igual de vigentes y son recuperados en Agonística, donde la escritora belga, partiendo de dicha base ontológica, ofrece su postura que califica como ‘agonista’ ante diversos temas: el cosmopolitismo, la democracia deliberativa, la estructura del sistema internacional, el rol de las prácticas artísticas y los movimientos sociales actuales.
Partiendo de que Mouffe ya había delineado gran parte de su visión en obras anteriores, Agonística se perfila como una recapitulación de su pensamiento que sirve, además, para aclarar cualquier duda que tenga el lector, sea este asiduo a su obra o no. Así, el libro se compone principalmente por cinco capítulos que fueron ponencias en su momento y que ahora son refinados y recogidos en este corpus que reafirma el rol de la escritora como una de las mayores exponentes de la corriente posmarxista, así como poseedora de una de las propuestas más originales con respecto al actual tratamiento teórico-reflexivo en torno a la democracia.
Ya en su capítulo introductorio, Mouffe comienza recuperando los principales ejes sobre los que se despliega su filosofía política: la inerradicabilidad del antagonismo, la dimensión afectiva de las identidades y la presencia de proyectos hegemónicos. No obstante, antes de profundizar en estos, es necesario retomar otra de sus principales bases de pensamiento: la distinción entre ‘lo político’, en tanto dimensión social compuesta por proyectos que construyen posturas divergentes y ‘la política’, actividad que busca organizar y regular la vida en sociedad para que todos puedan convivir de la mejor manera posible. De ahí que, en sus palabras, “la cuestión central es entonces cómo establecer esta distinción nosotros/ellos, que es constitutiva de la política, de manera tal que sea compatible con el reconocimiento del pluralismo” (Mouffe, p. 26); la respuesta está, así, en un enfoque agonista que permite construir adversarios que reconozcan la legitimidad de las demandas de su contraparte y que les brinde de los medios y canales necesarios para posibilitar este tipo de debates.
Su capítulo primero, “¿Qué es la política agonista?”, sirve para encuadrar sus principales nociones a la par que critica el enfoque liberal, basado en un consenso pluralista. Particularmente, Mouffe alude tanto al modelo agregativo de la democracia lo mismo que al deliberativo, ya que ambos dejan de lado la importancia de las identidades colectivas en su afán de enfatizar las bondades del consenso. Al respecto, Mouffe hace una defensa del modelo agonista que reconoce la imposibilidad de un consenso total y concibe que existen mayores bondades cuando se reconoce un disenso cuyos desacuerdos no impliquen una destrucción del otro, sino únicamente conflictos adversos. Para aclarar esta cuestión, la autora compara su tesis principal con los modelos consensuales de Arendt, basado en el intercambio de opiniones y aquel de Habermas, asentado en la racionalidad del discurso; así, en ambos casos hay supuestos ontológicos inconmensurables como el que ella propone. Mientras los filósofos alemanes pugnan por alcanzar, a través de dos canales, un acuerdo intersubjetivo, Mouffe sostiene que ‘lo político’ debe ser entendido como una confrontación de proyectos sin reconciliación final, única y temporalmente clausurados por un orden configurado mediante prácticas hegemónicas.
Su segundo capítulo traslada al lector del nivel de la democracia liberal pluralista a un campo más afín al de la disciplina de las Relaciones Internacionales, que le sirve no solo para reflexionar sobre la estructura de polos que hay en el sistema sino para cuestionar las bases del enfoque cosmopolita. En esta serie de deliberaciones, es perceptible un guiño de la escritora hacia las corrientes del poscolonialismo, misma que queda evidenciada en el manejo de los autores indios y de aquellos interesados por las sociedades musulmanes. De esta manera, ampliada su base teórica a nuevos horizontes, Mouffe sostiene que el cosmopolitismo no reconoce la noción de hegemonía y promueve la falsa universalización del modelo occidental. Al respecto, la autora se muestra preocupada por la exportación e imposición de dicho modelo de democracia alrededor del mundo; por ello, sugiere pensar a la democracia liberal como una de tantas modalidades que responde a una articulación contingente y, por consiguiente, imposible de ser exigida a otras realidades. Asimismo, este apartado sirve para subrayar uno de los más grandes saltos de su jerga analítica: la concepción de un pluriverso como un sistema global con varios órdenes hegemónicos y, por ende, multipolar.
El capítulo tercero rotulado “Una aproximación agonista al futuro de Europa”, comienza a partir de la dimensión afectiva de las identidades y de su observación en las identidades vinculadas al territorio, ya sean nacionales o regionales. Al igual que con el resto de las temáticas, Mouffe no considera a las identidades desde un enfoque esencialista. Al contrario, son construcciones contingentes articuladas discursivamente, y, en el caso de algunas como las nacionales, sedimentadas con el fin de aparentar su ahistoricidad y ocultar dicho proceso de articulación. Ahora, en el caso particular de la Unión Europea, la autora propone “crear una forma de ‘comunalidad’ que deje margen para la heterogeneidad […] abandonar todo intento de construir un ‘nosotros’ posnacional homogéneo” (Mouffe, p. 62). Mouffe advierte de los riesgos que enfrentan los Estados europeos por movimientos micronacionales o del orden supranacional, para lo cual retoma la noción de ‘demoi-cracia’ de Nicolaïdis, para hacer referencia a una pluralidad de demoi que, sin importar si son Estados o regiones, permita el reconocimiento de las identidades en distintos niveles.
Su capítulo cuarto, que lleva por título “La política radical hoy”, representa una de las más logradas formulaciones de ataque hacia las ideas que involucran una ‘deserción de las instituciones’ y cuyos máximos representantes son Hardt, Negri y Virno. En dichos casos, la figura de la multitud aparece central, al contrario del enfoque de Mouffe y Laclau, donde el pueblo figura como la única posibilidad de un sujeto político de tales dimensiones debido a su carácter de unidad. Lo anterior no pretende señalar que el matrimonio posmarxista eluda la heterogeneidad de grupos al interior del pueblo, sino que como explicó Laclau en La razón populista, éste se articula vinculando sus aspectos equivalentes sin eliminar por completo aquellos diferenciales. Aparte de la divergencia conceptual de ambos enfoques, Mouffe critica los mecanismos de acción propuestos por Virno y adoptados por algunos movimientos sociales actuales, principalmente el ‘éxodo’ o la conformación de una esfera pública no estatal contestataria, como ocurre con los modelos asambleístas; así, se vislumbra una ligera impronta revisionista cuando la autora pugna por transformar las instituciones no solo desde fuera sino dentro de ellas, a través del ‘involucramiento crítico’ propio de su enfoque agonista.
El capítulo quinto es, quizá, el más fresco de la publicación. Escrito expresamente para este libro e inspirado por su experiencia en un festival artístico de Bruselas, Mouffe se propone diluir la frontera entre el arte y lo político de modo que las prácticas del primer ámbito funjan como espacios de resistencia que tendrán consecuencias en el segundo. Tomando nuevamente como plataforma al agonismo, las prácticas artísticas son consideradas como una posibilidad para delinear distintas alternativas al orden hegemónico. En este sentido, es importante enfatizar que no las concibe únicamente a través de su dimensión crítica y el papel que tendrían, en caso dado, para revelar la realidad que se esconde detrás de una ‘falsa conciencia’; de hecho, a pesar de que son un medio crítico, Mouffe prefiere entenderlas como las representaciones de opiniones en un campo adversarial y que pueden, por ello, responder a diversas funciones: educar al ciudadano, reproducir determinado orden hegemónico o servir como medios de resistencia dentro del activismo de la política. Lo mismo ocurre con los museos que, así como pueden ser percibidos como sitios de consumo o como espacios que aseguran la reproducción de un determinado orden, también pueden ser articulados en tanto áreas de contestación que sean aprovechados para cuestionar la hegemonía dominante.
El capítulo destinado a las conclusiones encabeza el análisis de algunos de los movimientos sociales actuales. En lo particular se ocupa de distinguir atributos dentro de estos, tales como su carácter horizontal o sus actividades asambleístas. No obstante, intenta distinguir las propiedades de un lente agonista al momento de observar sus apariciones; al respecto, considera que algunos movimientos como los ‘ocupantes’ o los ‘indignados’ no son totalmente conscientes, sobre todo el espectro de antagonismos que existe en la sociedad, es decir, se perciben como ellos contra el Estado o las instituciones financieras, bajo términos cobijados de moralidad con terminología expresada en los polos opuestos del bien y del mal. En este tenor de ideas, observa que muchos de estos movimientos están altamente influenciados por el neoliberalismo, de modo que se limitan a demonizar al Estado, es decir, ni cuestionan el orden hegemónico del neoliberalismo, ni se percatan de que el Estado, como institución, puede servir a otros intereses acorde al proceso de articulación por el que fue conformado. Sobre esto concluye que lo que actualmente están pidiendo los movimientos son formas genuinas de representación con las que las personas puedan sentirse verdaderamente identificados y que, en caso de no ser satisfechos por medio de estos discursos ni de canales legítimos de expresión, terminarán en formas violentas.
Indudablemente, Mouffe trastoca aspectos del psicoanálisis que han sido abandonadas por sociólogos y politólogos en sus análisis sobre la democracia. Tal como hicieron Ernesto Laclau y Slavoj Žižek, Chantal Mouffe defiende la presencia de las pasiones en el campo político, sobre todo a partir de las identidades. En este sentido, critica las limitaciones de las visiones de Rawls y Habermas en tanto que su visión sobre lo deliberativo se restringe a lo racional, dejando de lado las dimensiones afectivas y de antagonismo que están presentes en lo social; lo mismo ocurre con sus acusaciones hacia Beck y Giddens, quienes celebran el desdibujamiento de la izquierda y la derecha hacia una posición central consensual. En ambas direcciones, los reproches de la escritora resultan sumamente valiosos para advertir que estos descuidos pueden estar relacionados con el creciente desinterés de la gente por la política y de la apatía que tiene su origen en la falta de representación. Encima, tanto el racionalismo de la democracia deliberativa como el individualismo y el cosmopolitismo de un Zeitgeist pospolítico, originan la búsqueda de otros modelos de reconocimiento e identificación en términos religiosos, nacionalistas o étnicos, así como en la aparición de los populismos de derecha.
Asimismo, sus observaciones son relevantes al momento de entender los nuevos marcos morales que surgen cuando los espacios de representación buscan consensos ficticios. En este sentido, es preferible sostener un modelo agonista con participantes ‘adversarios’ a uno que niegue la negatividad y que, consecuentemente, genere ‘enemigos’ que utilicen la retórica del bien y el mal, imposibilitando así cualquier debate. Por último, sus llamados de atención sobre los movimientos sociales que se inspiran en el pensamiento de Hardt, Negri y Virno, permiten advertir la ineficacia de la política “molecular” a largo plazo. En su lugar, propone reorientar las acciones lejos de los mecanismos del éxodo y la desobediencia civil para lograr mejores resultados, tal como ella percibe de algunas experiencias sudamericanas. Por tanto, aunque valora la riqueza del activismo fuera de las instituciones tradicionales, sostiene su carácter no sustitutivo en los modelos representativos. Esto es que los debates extraparlamentarios son beneficiosos siempre y cuando sean combinados y complementados con los canales institucionales. Al final, esta obra resulta imprescindible por varias cuestiones: entender a nuestros sistemas políticos actuales lejos de nociones universalistas, concebir nuevos roles para los Estados partiendo de los ejes de la contingencia y la hegemonía y, sobre todo, para cuestionar y mejorar los modelos democráticos de la actualidad.









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