En enero de 2024, México y Canadá celebraron ochenta años del establecimiento oficial de relaciones diplomáticas. Como señala el actual embajador de Canadá en México, Graeme Clarke (2024), llama la atención que, antes del establecimiento de relaciones diplomáticas, poco o casi nada se encuentra documentado en lo que respecta al contacto entre estas dos naciones. Pero, además, el repaso historiográfico de esta efeméride parece sugerir que se trató de "un frío negocio impuesto por la segunda guerra mundial" (Demerps, 2014: 31)1 que no despertó notable entusiasmo en ninguno de los círculos diplomáticos implicados, algo que no cambiaría en casi medio siglo, años en los que la relación se ha definido como "exigua y fundamentalmente económica" (Herrera y Santa Cruz, 2011: 460).2 Las celebraciones de 2024 tampoco podrían definirse como entusiastas: tan sólo un mes después del aniversario, el gobierno de Canadá anunció la reimposición de visa a los mexicanos que deseen viajar a su territorio. De las ocho décadas de relación, la mayor intensidad, con sus altibajos, se dio en las últimas tres; es posible que podamos atribuir dicha efervescencia a la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y su posterior reelaboración en el actual acuerdo: el Tratado Canadá-Estados Unidos-México (T-MEC). Durante este período, la circulación de bienes culturales en la región ha sido desigual, pero, aun así, es rastreable. Mientras que es ostensible la amplísima exportación estadounidense de bienes culturales a sus socios comerciales del norte y del sur (así como al resto del mundo), como ha sido históricamente la tendencia, México y Canadá no lograron insertarse significativamente, de manera obvia, en la esfera cultural estadounidense ni establecer un intercambio sistemático entre ellos.3
A pesar de ello, en el caso de Canadá, Charles Vallerand postula que uno de los efectos positivos del TLCAN se produjo, primero, en el ámbito cultural y después en el económico, ya que las negociaciones que precedieron a su entrada en el tratado provocaron un debate público sobre la definición de la identidad canadiense y los peligros que representaba el libre flujo de contenidos estadounidenses en el país. La participación del sector cultural canadiense en el libre mercado se convirtió en un tema de discusión nacional, a la par de las discusiones sobre el futuro de los beneficios sociales, y el autor concluye que la cultura se convirtió en la expresión de la soberanía de Canadá (Vallerand, 2015: 30).4
Las políticas que se desprendieron de este debate dejan claro que Canadá está más preocupado por defender su soberanía cultural que México y que, por lo tanto, es mucho más fácil escribir sobre la diplomacia cultural canadiense y su presencia en México que viceversa. Se ha argumentado (en la tradición ensayística de Atwood, Frye y New, por ejemplo) que la frontera cultural entre Estados Unidos y Canadá surge de la lengua compartida de las poblaciones mayoritarias de habla inglesa de ambos países. Además, el interés derivado de la defensa de las identidades culturales canadienses se ha traducido en políticas culturales claras y de larga data (no necesariamente relacionadas con las industrias creativas y culturales) que los gobiernos mexicanos probablemente no consideraron indispensables.
La renegociación del TLCAN durante la administración de Trump -en la que tanto la referencia a la región como el libre comercio quedaron fuera del nombre del acuerdo- obligó a revisar varios términos relevantes para el mercado cultural en la región. Canadá logró mantener la definición de industrias culturales y, en general, el capítulo sobre exención cultural. El debate para repensar el acuerdo también puso de manifiesto las dificultades que entraña regular el comercio de bienes culturales en una época de constantes y rápidas transformaciones tecnológicas. El temor legítimo de México y Canadá a la invasión de las gigantescas corporaciones mediáticas estadounidenses ha dado lugar a acaloradas polémicas en las que se señalan nuevos retos de carácter tecnológico, comercial y diplomático. En general, como señala Patricia Goff, las preocupaciones en materia de política cultural parecen responder cada vez más al ámbito de la política digital, dado que los flujos de información a través de plataformas digitales ganan terreno al comercio tradicional de bienes y servicios (Goff, 2022).
En este contexto, el intercambio cultural entre México y Canadá, eclipsado por la avalancha del gigante mediático y económico con el que ambos países comparten frontera, parece desarrollarse más por una colaboración articulada fuera de los circuitos comerciales dominantes de la región que a los negocios cobijados por las industrias culturales y creativas. Como se mostrará en este artículo, al menos en lo que respecta a la visibilidad de Canadá en México, la diplomacia cultural canadiense ha jugado un papel importante.
Marca Canadá: ¿herramienta de la diplomacia cultural?
Al plantearse cuál debería de ser el futuro de sus políticas internacionales en un documento de debate público de 2023, Global Affairs Canada señaló la necesidad de reinvertir sus capacidades diplomáticas a través de una nueva estrategia que se centre en países clave, que estén abiertos a la colaboración con otros departamentos asociados, poblaciones de la diáspora e instituciones académicas.
Con el fin de lograr este objetivo, entre otras tareas, se propone desarrollar e implementar mecanismos para revisar y reequilibrar periódicamente la presencia de Canadá en el exterior de acuerdo con sus intereses estratégicos actuales. Además, reconoce la necesidad de aprovechar "el uso del poder blando y la diplomacia pública en el extranjero, incluso a través del apoyo a la diplomacia científica, la diplomacia deportiva, la diplomacia académica y la diplomacia cultural" (Global Affairs Canada, 2023). Este reconocimiento de circuitos alternativos a la colaboración oficial responde a una preocupación expresada por el Senado canadiense sobre la inconsistencia de las políticas de diplomacia cultural a lo largo de los años, así como la necesidad de diseñar, desarrollar e implementar una estrategia integral de diplomacia cultural cuyos objetivos se alineen con la política exterior de Canadá. Es decir, esta diplomacia tendría que proyectar "la imagen de Canadá como una sociedad tolerante, innovadora y abierta, promovería el comercio y la prosperidad del país, y aumentaría el perfil de Canadá como participante activo en la comunidad global" (Senado de Canadá, 2019: 29).
Según Evan Potter,
a nation's public diplomacy is the sum of the efforts by the official institutions of one nation (or of a sub-national jurisdiction) to influence the elite or mass public opinion of another nation for the purpose of turning the policies or views of that target nation to advantage. Its purpose is to inform, understand, and influence foreign publics in order to achieve foreign policy goals. Public diplomacy becomes the governmental dimension of state/provincial, regional, and national soft power. That is to say, public diplomacy is only one slice (and sometimes a very small one) of the sum total of a nation's or sub-national jurisdiction's ability (through the collective contributions of its official institutions, people, and enterprises) to attract positive attention or voluntary "followership" from a global audience. In short, public diplomacy is the governmental exercise of soft power (Potter, 2021: 59).
Particularmente, en el mundo globalizado de hoy, la diplomacia pública se entiende como una pieza clave en la planificación de la política exterior de un país, ya que, por una parte, genera simpatía y reconocimiento en la sociedad internacional y, por otra, suele jugar un papel importante en la preservación de la identidad nacional dentro y fuera de sus fronteras.
Schneider señala que, a diferencia de la diplomacia pública, la diplomacia cultural está menos alineada con la política y actúa más como una vía de doble sentido que permite el intercambio de ideas, la expresión artística y otras manifestaciones culturales con las que una nación se presenta al mundo para favorecer su entendimiento con otros pueblos (Schneider, 2009: 261). Además, mientras que la diplomacia pública se ejerce a través de los canales tradicionales, la cultural no se limita a iniciativas lideradas por actores gubernamentales, sino que incluye el trabajo de diversas redes de intercambio cultural con la participación de artistas independientes, instituciones culturales privadas, entidades académicas y organizaciones no gubernamentales. Por esta razón, la imagen proyectada por esta amplia gama de actividades y actores no necesariamente corresponde a una narrativa gubernamental. Para el caso aquí analizado, la distinción entre las dos diplomacias es relevante porque la presencia cultural de Canadá en México tiene lugar, como se verá más adelante, al margen de circuitos comerciales, pero impulsada tanto por actores gubernamentales como por iniciativas independientes.
En su revisión de la historia de la diplomacia cultural canadiense, Rodríguez Barba reconoce que la política exterior de Canadá utiliza la diplomacia cultural para fortalecer su buen nombre en todo momento, y proyectando una imagen bien definida a la comunidad internacional de una nación multicultural y abierta al mundo, aunque considera que, dada la fuerte influencia del federalismo y la especificidad cultural de Quebec, es difícil hablar de una tradición de diplomacia cultural consolidada (Rodríguez, 2008). Es decir, tal como afirma el gobierno canadiense en su informe, la diplomacia cultural busca reforzar la imagen de su país como marca: "La marca Canadá, reforzada por la diplomacia cultural, va al corazón de cómo se percibe a Canadá, cómo se genera el interés internacional en Canadá y cómo esa marca influye en el éxito de la política exterior de Canadá" (Senado de Canadá, 2019: 31).
La forma en que se percibe y se entiende una nación es especialmente importante en tiempos en que se multiplican los actores gubernamentales y no gubernamentales, quienes ejercen lo que se denomina poder blando para lograr sus objetivos. Así, el manejo de la imagen de Canadá se ha convertido en una estrategia que puede influir en el éxito o el fracaso de las relaciones internacionales: "Si un país no logra contar su propia historia, su imagen será moldeada exclusivamente por la percepción de los demás" (Potter, 2009: x).
Intensificación de la diplomacia cultural canadiense a fines del siglo XX
Relevante para los dos países con los que comparte la región norteamericana, se puede señalar que quizá los años más intensos de la diplomacia pública canadiense fueron los inmediatamente posteriores a la firma del TLCAN. En esa etapa, según Bélanger, la diplomacia cultural actuó como un tercer pilar de la política exterior canadiense (Bélanger, 1999). Sin embargo, también es posible afirmar que, en el caso específico de sus relaciones con México, el intercambio no ha sido consistente. Desde la época de los liberales Jean Chrétien y Paul Martin, pasando por la administración conservadora de Stephen Harper, y luego de nuevo bajo los liberales con Justin Trudeau,5 las políticas de la agenda cultural han cambiado, y no sólo las que implican el finantiamiento de rier-tas industrias o actividades, sino también las que determinan qué imagen se exporta al mundo, o si lo que para ellos es el socio menos importante de la región es prioritario o no.
En cuanto a sus socios regionales, los datos de 2021 de la Culture Satellite Account, (CSA) dan pistas sobre la magnitud de la asimetría en términos de intercambio cultural. Mientras Estados Unidos se posicionó como el principal exportador de bienes culturales a Canadá, México ocupó el quinto lugar, detrás de China, Reino Unido y Francia. Por otro lado, en la lista de los cinco países receptores de bienes culturales canadienses no se encuentra México (CSA, 2021). Ahora bien, más allá de los intercambios cuantificables y, si aceptamos la definición de diplomacia cultural como una vía de doble sentido en la que participan una amplia gama de actores, es evidente que la imagen que Canadá proyecta en México puede explicarse por la suma de intercambios tanto dentro como fuera del comercio y las redes gubernamentales.
Sistematizar la agenda de actividades culturales de Canadá en México nos permitirá precisar el alcance, las intenciones y la efectividad de la diplomacia cultural. Sin embargo, ese ejercicio se hace más difícil, entre muchas otras razones, porque las instituciones mexicanas a menudo no tienen tradición de documentar sus actividades.6 Por lo tanto, un punto de partida interesante sería revisar la historia de la Embajada de Canadá en México, que, en su renovada página web, optó por segmentar su relación en las siguientes categorías: "Construyendo prosperidad mutua", dedicada a los lazos comerciales; "Un mundo mejor", que trata de las relaciones en materia de derechos humanos, medio ambiente y salud; "Seguridad", que enumera objetivos como la migración, la lucha contra el crimen organizado y la corrupción; y, por último, la sección "Lazos entre personas", en la que se aúnan la cultura, la educación, el turismo y la movilidad laboral. En cuanto a su agenda cultural, la Embajada dice:
Canadá y México tienen manifestaciones culturales de gran calidad y diversidad. La cultura nos permite reconocer y celebrar los valores que tenemos en común. Es por eso que nuestros intercambios culturales han aumentado exponencialmente desde el renovado interés del Gobierno de Canadá en invertir y promover sus industrias culturales en México. Nuestros países reconocen que la cultura es un motor ideal para la prosperidad y el bienestar de ambos países. Ambos emprendemos misiones comerciales, intercambios culturales y diálogos para reforzar la cooperación y promover nuestras ricas y variadas expresiones culturales. Más recientemente, Canadá se enorgullece de haber sido país invitado de honor para el Festival Cervantino en 2019, y tiene el honor de albergar los Encuentros Indígenas Canadá-Oaxaca como parte de las celebraciones del aniversario de México en 2021, con un fuerte énfasis en las culturas y diálogos indígenas (Embajada de Canadá en México, 2019).7
La realidad nos muestra que la orientación gubernamental no es el único factor ni aparentemente el más decisivo en los intercambios culturales entre naciones. En la actualidad, la cultura canadiense es visible gracias a iniciativas públicas y privadas, y esfuerzos gubernamentales e independientes, de acuerdo con la Embajada de Canadá en México (2023). Sin embargo, a pesar de esa multiplicidad de factores, es destaca-ble que la cultura canadiense ha tenido diferentes grados de presencia y visibilidad que pueden explicarse por la importancia que cada administración le da a su agenda de diplomacia cultural.
Algunos de los ejemplos más sobresalientes de las actividades que menciona la embajada en su reseña son el resultado de las relaciones académicas que surgieron y se fortalecieron en los años inmediatamente posteriores a la entrada en vigor del TLCAN. Y, aunque no forman parte del aparato diplomático de los países, debido a su trabajo de extensión académica, las universidades a menudo establecen y mantienen relaciones culturales con sus pares internacionales.
Tanto la Facultad de Filosofía y Letras como el Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN), ambos de la Universidad Nacional Autónoma de México, fueron espacios pioneros de los estudios canadienses en México. De la colaboración con la Embajada de Canadá con estas dos entidades universitarias surgió la idea de la Cátedra Extraordinaria Margaret Atwood y Gabrielle Roy, creada en noviembre de 2003, y que en su vigésimo aniversario se renombró Cátedra Extraordinaria de Estudios Canadienses Margaret Atwood, Alanis Obomsawim, Gabrielle Roy.8 En la ceremonia inaugural estuvieron presentes la propia Atwood y Marie-Claire Blais, entre otras y otros prestigiosos escritores anglocanadienses y quebequenses. Desde hace veintiún años, esta cátedra favorece el intercambio interdisciplinar tanto en la investigación como en la docencia y la divulgación. Allí se han reunido escritoras y escritores mexicanos y canadienses, quebequenses, y de los pueblos originarios de ambos países, académicas y académicos especialistas en diferentes ámbitos de la cultura canadiense. Ha hecho posible que las y los estudiantes profundicen su conocimiento de la cultura canadiense en disciplinas tan diversas, pero tan complementarias como la teoría de la traducción y la historia, la poesía, el teatro y el cine documental, la poesía y el cómic, así como aspectos sociopolíticos de las sociedades canadienses. También ha fomentado el conocimiento y la apreciación de las fuentes directas, la lectura de novelas y ensayos, y la discusión con sus autores, además de valorar la interdisciplina para el mejor conocimiento de la complejidad canadiense contemporánea. Para celebrar su vigésimo aniversario, la Cátedra inauguró una página de Internet que, además de difundir las actividades académicas en torno a los estudios canadienses en la UNAM, aspira a convertirse en un repositorio que guarde la historia de diplomacia académica cultural que ha fomentado.9
Aunque debería, probablemente, ser asunto de la industria editorial, fue también en el ámbito universitario donde se desarrollaron muchos de los proyectos de divulgación literaria. Tal vez por ello la distancia entre las y los autores canadienses y quienes los leen en México no es una línea recta, la distancia más corta entre dos puntos. Dado que la traducción ha funcionado tradicionalmente como una especie de democratización de la cultura impresa porque nos da acceso a obras escritas en idiomas que no dominamos, no es de ninguna manera una sorpresa cuando Luise von Flottow escribe, en Translating Canada (2007), que la traducción también ha sido una de las estrategias de diplomacia cultural de Canadá. Al tratarse de un proceso complejo, en la traducción confluyen numerosos factores determinantes y no todos conciernen a la literatura en sí: el interés personal de las y los traductores, el trabajo realizado en los círculos académicos, las decisiones que toman las editoriales de cada país, etc. En el caso específico de Canadá, también deben tenerse en cuenta políticas gubernamentales como las subvenciones del Consejo Canadiense de las Artes para traducciones (Charron, 2018).
Con datos de 2022, la industria editorial anglocanadiense informa que opera con éxito, con un volumen de ventas de más de cincuenta y dos millones de libros físicos vendidos por un valor total de 1.1 mil millones de dólares canadienses (Booknet Canada, 2023). Tanto las y los autores como las editoriales siguen recibiendo subvenciones que permiten publicar todos los géneros literarios y obras valiosas que no se imprimirían, si el mercado fuera la única guía, porque no serían comercialmente viables. Por supuesto, estos apoyos son menos cuantiosos hoy día que en la década de los noventa; y provienen principalmente de las provincias, dado que los fondos federales prácticamente se han agotado. El hecho de que las obras literarias de alta calidad se conviertan en bestsellers nacionales10 comunica una situación en la que tanto las industrias como las instituciones culturales de otros países deberían pensar: los libros tienen éxito si encuentran quién los compre y los lea.11
El público mexicano recibe la literatura canadiense de maneras significativas de acuerdo con su idioma de origen. Primeramente, no hay que olvidar que la mayoría de las traducciones que encargan las editoriales multinacionales requieren un cierto nivel de ventas garantizadas. Por lo tanto, las y los autores más famosos obtendrán ofertas de traducción y son, básicamente, quienes conforman el canon anglocana-diense. Esto sucede, tal vez, porque dos tercios de la literatura canadiense se publica en inglés; porque éste es el idioma de la globalización, o porque las estrategias de comercialización y difusión de las editoriales anglófonas son más efectivas en su internacionalización.12
Por el contrario, las editoriales quebequenses han decidido operar en un nivel mucho más "pequeño" dando sus textos a traductoras y traductores que no trabajan de manera industrial. Algunas de estas traducciones son una verdadera obra maestra. Siguiendo la tradición de las instituciones culturales, no de las industrias,13 y ayudados por becas tanto para la traducción como para la edición, ya sea para pequeñas editoriales independientes ya para departamentos de publicaciones universitarias, los géneros que no tienen éxito en el mercado, como la poesía o el teatro, han encontrado un nicho. Es así como autores y autoras quebequenses se han dado a conocer en editoriales respetadas en México, siguiendo una máxima que la compra de derechos de autor ha vuelto casi invisible: que la traducción es un reconocimiento a la calidad de una obra literaria que merece ser difundida más allá de sus fronteras.14
Resulta, entonces, que gran parte de las obras narrativas anglocanadienses se presentan al público lector mexicano en sus traducciones industriales al español (desde España), lo cual las dota de una doble extranjería. Esto no sucede, como ya se señaló, ni con la poesía, el cuento o el teatro producido en inglés ni con los textos quebequenses, lo que nos permite establecer vínculos más directos con las obras originales. Las puertas por las que los mexicanos ingresan a la literatura canadiense se sitúan en dos espacios que ni siquiera son contiguos.
También las producciones cinematográficas canadienses han tenido que superar obstáculos para llegar al público mexicano. Una vez más fue gracias a las iniciativas universitarias que se dieron los primeros pasos; por ejemplo, a través del primer Festival de Cine Canadiense organizado por el CISAN y la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, a través de la Dirección General de Actividades Cinematográficas, en 1994.15 A principios del siglo XXI, otro esfuerzo de difusión digno de mención fue el breve y ahora desaparecido Festival Anual de Cine Canadiense, organizado por la Cineteca Nacional y la Embajada de Canadá en la Ciudad de México.16
Otro importante esfuerzo de difusión ha sido la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, que durante décadas ha proyectado películas canadienses en México, además de los más notorios en tiempos recientes del festival Quebecine, que durante ocho años no sólo presenta su muestra en este recinto, sino también en algunas salas comerciales y, además, acompaña las funciones con mesas académicas y actividades relacionadas con la industria cinematográfica propiamente dicha.
A pesar de su alta calidad, esto es algo característico de las películas anglocanadienses: no obtienen el tiempo de pantalla que merecen ni en su país ni en el extranjero. Esto se debe no sólo a que sus fronteras se difuminan debido al idioma que comparten con Estados Unidos, sino también a que la industria de Hollywood considera a su vecino del norte parte de su mercado nacional. No sólo para las audiencias mexicanas es difícil distinguir entre películas canadienses y estadounidenses; la dificultad de un reconocimiento automático deriva en la imposibilidad de consolidarse en el extranjero como un nicho creativo al que se pueda rendir culto, promocionar y solicitar a los distribuidores.
La producción anglocanadiense, entonces, es particularmente vulnerable al asedio del sur (sumado a la migración de talentos canadienses para ese centro magnético que es California). La barrera lingüística puede haber hecho posible que el cine quebequense permaneciera más alejado de Hollywood, lo que le permitió tener éxito comercial en el país y ser identificado más fácilmente como un producto diferente. Esto explicaría la fama internacional, por ejemplo, de Denys Arcand, Jean-Claude Lauzon, del entonces más joven ganador de la Palma de Oro de Cannes, Xavier Do-lan, o los absorbidos por Hollywood: Jean Marc Vallée y Denis Villeneuve.
Sin embargo, sería exagerado decir que todas las películas anglocanadienses simplemente se perdieron o se mezclaron en el mar de las producciones comerciales estadounidenses, menos aún en el caso de cineastas como Atom Egoyan, Guy Maddin, Sarah Polley o David Cronenberg. El hecho es que, en los últimos años, las y los espectadores pueden encontrar tanto cine como series anglocanadienses en las plataformas de streaming, y estará por estudiarse si estos productos son fácilmente distinguibles de la masiva producción estadounidense.17 En el caso aquí estudiado, como se ejemplificó antes, la organización de ciclos de cine canadiense o quebequen-se facilitó el deslinde de Hollywood, un logro más de los circuitos académicos.
Políticas del gobierno conservador: la diplomacia cultural sufre los efectos del presupuesto
La diplomacia cultural canadiense tuvo su apogeo durante los gobiernos liberales. En la década de los setenta, bajo el mandato del primer ministro Pierre Trudeau, el documento "Política exterior para los canadienses" ya subrayaba las posibles contribuciones de la diplomacia cultural para lograr avances en política exterior a favor de los intereses canadienses. Sin embargo, fue hasta 1995, bajo la administración del primer ministro Jean Chrétien que las relaciones culturales fueron reconocidas formalmente como uno de los tres pilares de la política exterior canadiense. Diez años más tarde, otro gobierno liberal, el del primer ministro Paul Martin, revisó la política exterior consciente de la necesidad de modernizar la forma en que Canadá se presentaba al mundo globalizado, por lo que decidió fortalecer sus estrategias de diplomacia cultural (Brooks, 2019: 17-18).
De acuerdo con Evan Potter, para Canadá, la diplomacia pública ha tenido básicamente un carácter instrumental: un en un primer periodo, entre 1970 y 2005, es posible reconocer un énfasis en la diplomacia cultural, la cual se materializó en programas de becas y relaciones académicas a través de programas de estudios canadienses en todo el mundo; luego, durante el mandato Stephen Harper (2006-2015), adquirieron prioridad los imperativos económicos y la marca-nación, como se observa en los programas para la promoción de inversión directa, una agenda de liberalización comercial y un marketing educativo internacional para atraer estudiantes extranjeros (Potter, 2021: 58-59).
En efecto, el discurso que reconocía la cultura como una estrategia diplomática en tiempos de los liberales se desvaneció en los años del primer ministro Stephen Harper, durante los cuales el gobierno canadiense se distanció de los principios y las prácticas tradicionales de la política exterior de sus predecesores para perseguir una agenda dirigida a la "prosperidad" (Hawe, 2021: 24). Este reajuste de prioridades tuvo consecuencias concretas. En mayo de 2012, se anunció el fin del programa Understanding Canada y, con él, un proyecto que durante casi cuarenta años había financiado estudios canadienses en el extranjero. Durante ese tiempo, el programa produjo resultados notables: una red internacional de académicos canadienses que incluía a veinticinco países y más de 6000 personas.18 Esta red tuvo un impacto particularmente importante en regiones como América Latina, donde más de dos tercios de los académicos que investigan en Canadá reconocieron que una beca del programa los había motivado a realizar el estudio (Brooks, 2019: 21-22). Además, algunas estimaciones afirman que fue un proyecto muy rentable: la modesta inversión anual del gobierno se cuadruplicó con las ventas de bienes culturales canadienses (Straw, 2013).
Para Stephen Brooks, la decisión del gobierno de Harper de acortar el programa no puede explicarse simplemente como una determinación económica justificada por el "contexto fiscal", como anunció la administración. Más bien, se debió a un cálculo político en el que una cierta desconfianza jugó un papel hacia la comunidad académica: el gobierno no tenía control sobre las actividades de las y los profesores, investigadores o universidades que apoyaba. Desde el punto de vista conservador, Understanding Canada era un programa que tendía a producir datos, estudios e interpretaciones que favorecían la ideología liberal, es decir, "un enfoque estatista para el encuadre y la resolución de cuestiones políticas, y la celebración de una especie de comprensión multicultural y poscolonial de Canadá y su historia" (Brooks, 2019: 23-24).
En México, el fin del programa detuvo la publicación de la Revista Mexicana de Estudios Canadienses y, eventualmente, las actividades de la Asociación Mexicana de Estudios sobre Canadá (AMEC), que había sido un modelo muy eficaz para difundir el conocimiento sobre los estudios canadienses y bilaterales. Otro resultado fue el fin de la formación de las y los profesores e investigadores a partir de la experiencia directa y las estancias mexicanas en universidades e instituciones culturales canadienses.
Este golpe a las relaciones culturales y académicas entre Canadá y México confirmó un distanciamiento que comenzó en julio de 2009 con la imposición de la visa obligatoria para las y los ciudadanos mexicanos, una medida unilateral duramente criticada en su momento porque cuestionaba el proyecto regional del TLCAN. Mostró claramente que la prioridad del gobierno de Harper era intensificar su relación bilateral con Estados Unidos, mientras que, en el caso de México, si bien existían lazos importantes, muchos de ellos fortalecidos en los años de vigencia del tratado de libre comercio, la relación no merecía el reconocimiento de un socio regional prioritario (Verea, 2010).19
Pero la vacante creada por las decisiones tomadas en Ottawa se llenó rápidamente. Quebec dirigió su atención a México, su tercer socio comercial en el mundo, para intensificar una estrategia coherente de relaciones culturales a través de su Delegación General.20 Algunos ejemplos de sus actividades incluyen el hecho de que Quebec haya sido invitado de honor en el Festival Internacional Cervantino 2009, en el que participó con una serie de actividades que tenían como objetivo subrayar sus rasgos distintivos y apelar a una "latinidad compartida" con México. Quebec también fue invitado al vigésimo noveno Festival Internacional de Cine de Guadalajara en 2014, en el que se proyectaron más de sesenta películas quebequenses, incluidos largometrajes, cortometrajes, documentales y películas animadas. Ese mismo año comenzó a coorganizar un ciclo de cine quebequense en la UNAM como parte del Festival de la Francofonía en México. A partir de 2015, en un esfuerzo conjunto con la Cineteca Nacional, ha organizado el festival quebequense, cuyo programa ha intentado visibilizar el cine quebequense del siglo xx con cineastas como Xavier Dolan, Maxime Giroux y Dominic Gagnon. Hay que señalar que, durante la pandemia, el festival Quebecine continuó en línea y, a nueve años de su inicio, parece seguir adelante con el impulso cultural educativo que la para-diplomacia cultural sostiene. La participación de la Delegación General también fue decisiva para el Festival Pixelatl 2018, un encuentro entre creadores mexicanos e industrias globales de animación, cómics y videojuegos, que ese año incluyó sesiones de reclutamiento de creadores mexicanos por parte de empresas quebequenses. Así pues, también las industrias culturales se integran a este esfuerzo. Hay que hacer notar que, en el caso de la provincia, una rama de actividades no sustituye a la otra.
Ochenta años: ¿se intensifica otra vez?
Casi una década después de que Justin Trudeau anunciara el "regreso de Canadá" a la política internacional con valores canadienses a través de una nueva estrategia de diplomacia pública, han surgido oportunidades para revisar el viaje, a veces de forma programada y, otras, de manera fortuita. La renegociación del TLCAN hizo posible que el gobierno reconsiderara sus políticas de diplomacia cultural como prioridades y los programas de estudios canadienses como una parte importante de los esfuerzos para mejorar el conocimiento y la comprensión de Canadá en el extranjero. Esto llevó al reconocimiento de un nuevo programa modernizado de Estudios Canadienses y al diseño de una estrategia de diplomacia pública específica por parte de Asuntos Globales de Canadá para ampliar el conocimiento sobre Canadá y los valores canadienses en todo el mundo (Global Affairs Canada, 2023).21
En el caso de las relaciones con México, 2024 ofrece la oportunidad de reflexionar sobre los ochenta años de una relación con un potencial aún no explorado debido a las condiciones adversas que monopolizaron sus capacidades diplomáticas (la tensa relación con Estados Unidos en la administración de Trump y la pandemia de la Covid-19), y por la distancia impuesta por la presencia del gigante que, como advirtieron los forjadores de relaciones diplomáticas en 1944, significaba un desafío compartido.
Estos años de nueva política internacional -que también podría describirse como un renacimiento de la diplomacia cultural canadiense- han ido acompañados de una serie de actividades que en los últimos años han puesto a Canadá en el punto de mira. Canadá fue el país invitado en el vigésimo Festival Internacional de Cine de Guanajuato (Guanajuato International Film Festival [GIFF]) en 2017, en el que se celebraron los ciento cincuenta años de la Confederación Canadiense y los cincuenta años de Telefilm Canada.
En 2019, fue el país invitado en la cuarta edición del Festival Cervantino, uno de los eventos artísticos y culturales más importantes de México y América Latina; en éste contribuyó con muchas actividades muy diversas que buscaron proyectar la imagen de una nación multiétnica y abierta, como se muestra en el diseño del cartel del festival que representa su tema: migraciones. En el marco de ese festival se inauguró la Casa Canadá, un espacio híbrido que combinó artes visuales, cine y conversatorios con artistas de las primeras naciones. El hecho de que la entrada estuviera decorada con mariposas monarca era una metáfora de la determinación que propició ese lugar como espacio de encuentro entre la población mexicana y la canadiense: artistas debatiendo ideas con artistas, artistas trabajando in situ, públicos participativos inmersos en la experiencia. Según datos del Consejo Canadiense para las Artes, más de mil personas visitaron la Casa de Canadá cada día (Consejo Canadiense para las Artes, 2019).
Otras actividades conjuntas, como la participación de Canadá como invitado especial en la tercera conferencia del mercado y la industria del cine y audiovisual (MICA), en 2018, demuestran la creciente colaboración regional en las industrias audiovisuales y un giro hacia la perspectiva del mercado cultural. Ese mismo año, la Secretaría de Cultura de México y el Consejo Canadiense de las Artes firmaron un acuerdo de coproducción de cine y televisión para permitir que el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) y el Fondo de Medios de Canadá (Canada Media Fund [CMF]) produjeran series y películas (Embajada de Canadá, 2019: 31).
Quizá uno de los cambios más evidentes en la distribución de películas canadienses en México es el papel desempeñado por los actores estatales: mientras que durante los primeros años del TLCAN la distribución de películas dependía de la cooperación institucional, recientemente son las propias industrias culturales las que han desarrollado sus propios canales de doble vía. Un ejemplo de ello es la Semana del Cine Canadiense en la cadena de cines mexicana Cinépolis en 2018. Éste fue el resultado de los esfuerzos privados entre la cadena de cines más grande de México, Nueva Era Films, y Telefilm Canada, en la que se proyectaron siete películas en catorce ciudades.
Algunos autores han escrito que las y los mexicanos sólo tienen referencias inmediatas sobre Canadá, que conocen a las celebridades del entretenimiento o piensan en estereotipos que asocian a los canadienses con los bosques y la naturaleza. Estas ideas son una simplificación (Carreño, 2012; Jiménez, 2012).
A pesar de que la desaparición del programa Understanding Canada ha provocado una disminución de las actividades de las asociaciones de estudios canadienses y sus publicaciones, las actividades de las universidades, las redes académicas y la cooperación fuera de los canales diplomáticos oficiales construidos durante un cuarto de siglo, éstas han seguido asegurando el flujo de trabajo de ida y vuelta: ideas e individuos enriqueciendo su conocimiento mutuo.
Es poco probable que esto se detenga pronto. La Embajada de Canadá en México ya está dando muestras de reiniciar tanto su diplomacia cultural como sus esfuerzos académicos y de conocimiento para asegurar que la relación bilateral no se limite al comercio, sino que se cimente en el entendimiento mutuo basado en el intercambio académico y la distribución mutua de productos culturales y artísticos. La transformación también es notoria en el hecho de que sus actividades no sólo se desarrollen en la capital de la república, sino que se lleven a cabo en estados en donde colectivos de artistas indígenas de ambos países entren en contacto y desarrollen proyectos que hablen de realidades más amplias y de culturas que enriquezcan a sus naciones con su diversidad.
Entonces, ¿ha sido efectiva la diplomacia cultural? Después de este recorrido se constata que, para que lo sea, son necesarias no sólo políticas, sino también un presupuesto que la apoye. A lo largo de ochenta años de relaciones diplomáticas y treinta años de intercambio comercial bajo tratados de libre comercio, México y Canadá aún enfrentan dificultades para consolidar una reciprocidad en materia cultural. La presencia de un gigante mediático y económico entre ambos países dificulta este intercambio y, en ocasiones, invisibiliza lo que sucede más allá de dos fronteras. A pesar de esta conflictiva mediación, la relación cultural ha logrado desarrollarse gracias a políticas públicas que, aprovechando circuitos académicos, iniciativas independientes y agentes autónomos, han buscado posicionar la imagen de una identidad nacional dentro y fuera de sus fronteras.
En cuanto a la visibilidad de Canadá en México en las últimas décadas, la diplomacia cultural canadiense ha desempeñado un papel significativo: becas, subsidios y financiamientos tanto del gobierno federal (en una época) como del quebequense (hasta la actualidad) han permitido la realización de buena parte de las actividades de la agenda cultural que se revisó aquí. A diferencia de Estados Unidos, cuya omni-presencia en el panorama cultural de sus dos vecinos puede explicarse básicamente bajo lógicas comerciales, México y Canadá han tenido que aprovechar el interés de universidades, festivales, casas editoriales independientes y colaboradores no gubernamentales que comparten los mismos objetivos que la diplomacia pública del gobierno canadiense de posicionar a su país, con sus diferencias y singularidades, en el complejo escenario internacional.
Lo que esta revisión comprueba es que no sólo los gobiernos pueden tender, de manera oficial, los primeros puentes, más allá de las imposiciones de visa que contradicen la, por ellos denominada, amistad; son los agentes sociales, académicos, artísticos y culturales quienes, a pesar de los requisitos para la movilidad entre los países, nutren y continúan estos lazos.










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