Ya en el título de este dossier aparecen dos expresiones clave que anuncian sus características centrales. Por un lado, tenemos "conmemoración", es decir, un evento recordatorio (muchas veces con matices celebratorios) de un algo importante, en este caso las relaciones entre México y Canadá. Pero, por otra parte, el hecho de que la conmemoración abarque ochenta años introduce un elemento adicional ya que implica tomar en cuenta todo lo acontecido a lo largo de ocho décadas, esto es, de un proceso más que de un único acontecimiento. Y como bien sabemos, los procesos se caracterizan por ser un complejo conjunto de momentos, en este caso históricos, ligados entre sí pero también influidos por contextos cambiantes específicos.
Todo ello nos lleva a ser conscientes de que estos ejercicios de conmemoración, de recordar lo acontecido en esta relación bilateral, resulta un desafío y no sólo por la cantidad de momentos distintos que encierra sino también, y aquí hay que introducir un segundo elemento central: la visión, el posicionamiento de quienes están realizando este ejercicio de retrospección de la compleja relación entre estos dos países.
Sin duda los tres textos que a continuación presentamos y que, a su manera, dialogan entre sí de manera enriquecedora -y no tanto o no sólo porque se complementan en más de una ocasión, sino porque también divergen en algunos de sus planteamientos fundamentales- cumplen sobradamente con la misión encomendada de rememorar aspectos nodales de la relación entre México y Canadá, y siempre a partir de visiones particulares críticas e informadas, lo cual resulta en un dossier muy relevante. Aquí quisiéramos agregar que nuestra lectura se centró en el tema de la cultura, cómo se entiende y qué papel se le atribuye según cada trabajo, pues desde nuestra perspectiva éste fue quizá el hilo conductor más relevante entre los tres trabajos.
En primer lugar, tenemos el texto de "La visibilización de Canadá en México: 80 años de relaciones diplomáticas y 30 de región comercial", de Graciela Martínez-Zalce, investigadora y directora del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN), establece un diálogo estimulante con el panorama que posteriormente nos ofrecerá Ernesto Miranda al contribuir, ante todo, con información más específica sobre el intercambio cultural entre México y Canadá. Martínez-Zalce inicia haciendo mención de las repetidas y célebres discusiones que se han dado en Canadá en torno a su identidad, al papel que juega la cultura en todo ello, y al papel que debería desempeñar el estado, ya que dichas discusiones impactaron e impactan directamente en la presencia cultural de Canadá en México y las relaciones diplomáticas derivadas de ella, sobre todo en los últimos treinta años. Por otra parte, deja claro que esta presencia tuvo altibajos, resultado de eventos de crucial importancia como la firma del TLCAN o de las políticas específicas de las distintas administraciones, más o menos conservadoras según el caso, que fluctuaron entre preocupaciones ligadas a lo económico, o a la imagen del país, entre otras. Sin embargo, lo que destaca de este texto es que, a diferencia del texto anterior, su autora ya no investiga y documenta las distintas etapas de estas relaciones culturales ante todo desde las políticas canadienses, sino que se centra en los acercamientos y actividades que se dieron en México de los que pudo recoger información, muchos de las cuales responden todavía al viejo concepto de diplomacia cultural que sí dio frutos.
Como se mostrará en este artículo, al menos en lo que respecta a la visibilidad de Canadá en México, la diplomacia cultural canadiense ha jugado un papel importante. Martínez-Zalce presta gran atención al concepto de diplomacia cultural, el cual entiende como toda la red de relaciones e intercambios culturales, los cuales no sólo no tienen su origen en las consideraciones empresariales, sino que incluso tampoco responden del todo a las directrices de los gobiernos en turno como sucede con la diplomacia política. Para ella, la característica principal y de enorme trascendencia para las relaciones, sobre todo culturales, entre nuestros dos países, ha sido el hecho de que es el resultado "del trabajo de diversas redes de intercambio cultural con la participación de artistas independientes, instituciones culturales privadas, entidades académicas y organizaciones no gubernamentales. Por esta razón, la imagen proyectada por esta amplia gama de actividades y actores no necesariamente corresponde a una narrativa gubernamental". Asimismo, al ser un ejercicio que muchas veces nace de intereses binacionales entre sujetos o instancias específicas, esto resulta en un diálogo más pleno, cercano y comprometido entre las distintas instancias.
A continuación, este texto nos ofrece un recuento de algunas de las actividades principales que se dieron a partir de la firma del TLCAN y que ejemplifican, en mayor o menor medida, las principales características de esta diplomacia cultural -de hecho, se habla de diplomacia académica cultural-; actividades, por cierto, en las que las distintas instituciones culturales y académicas (aquí destaca la UNAM) jugaron un papel central. Debido a que Martínez-Zalce trabaja desde una perspectiva claramente anclada en México y la UNAM, su texto ofrece de modo detallado y valorado una gran cantidad de información acerca de las actividades que se realizaron y que contribuyeron de modo exitoso y a largo plazo a volver sumamente visible la cultura canadiense en México. Para ella, por ejemplo, tanto la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM como su Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) fueron espacios pioneros de los estudios canadienses en México. Subraya cómo de estas dos entidades y con la colaboración de la Embajada de Canadá surgió la idea de instaurar la "Cátedra Extraordinaria Margaret Atwood y Gabrielle Roy", creada en noviembre de 2002, y que veinte años después se renombró "Cátedra Extraordinaria de Estudios Canadienses Margaret Atwood, Alanis Obomsawim, Gabrielle Roy" para reconocer también la presencia del universo indígena de Canadá, el cual resulta de creciente interés para los estudios canadienses en México.
Martínez-Zalce nos hace ver cómo, en sus más de veinte años de vida, esta cátedra ha logrado involucrar a académicas, académicos y estudiantes tanto de México como de Canadá en un sinfín de tareas y proyectos muy provechosos ligados a los universos de las humanidades y las ciencias sociales. Presta mucha atención a la literatura, la traducción los proyectos editoriales y el cine, sin limitarse a lo anglófono sino reconociendo siempre la presencia y la importancia de la cultura canadiense francófona, pues no debemos olvidar el papel que siempre ha jugado en todo ello también la Delegación General de Quebec en México. Otros ejemplos interesantes de diplomacia cultural que nos ofrece la autora es la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, que durante décadas ha proyectado películas canadienses en México, así como en tiempos recientes el festival Quebecine, que acompaña las proyecciones con debates y mesas redondas.
El artículo deja claro que tanto las políticas culturales como la resultante visibilización de Canadá en nuestro país ha tenido momentos muy dispares, en donde los periodos en donde los intereses empresariales no eran los que dominaban la agenda sin duda, al menos desde perspectivas académicas como las que caracterizan a nuestra universidad, son los que han dado resultados más ricos y llenos de potencial quizá, en gran medida debido a su forma de entender el universo de la cultura y el papel que desempeña en las relaciones entre nuestras dos naciones. Y, si bien, no ignora el que puede haber algo de futuro en las políticas más recientes de relaciones culturales en donde hay también una cierta presencia empresarial, parece tener claro el que esto no lleve a olvidar los enormes beneficios que pueden tener, aunque sin resultados visibles inmediatos, el seguir apostando al estudio y la difusión de la cultura canadiense como objetivo principal sin supeditarlo a otros fines.
Su artículo es, pues, un registro de los momentos pico de la visibilización de Canadá en México y, yo agregaría, también un recordatorio de que esto se logró en muy gran medida gracias a las distintas actividades conjuntas de diplomacia cultural; de hecho, en muchos casos de diplomacia académica cultural en las cuales se priorizó la investigación, docencia y difusión de la cultura canadiense en rico diálogo con diversas instancias en México y que cuyos frutos se siguen cosechando hoy.
El siguiente texto, de Ernesto Miranda Trigueros, agregado comercial de la Embajada de Canadá en México, "La Estrategia de Exportación Creativa canadiense y las misiones comerciales como herramienta de relaciones culturales internacionales", nos ofrece un panorama general claro y conciso sobre la Estrategia de Exportación Creativa puesta en marcha por el gobierno de Canadá en 2018 para fortalecer sus exportaciones en el sector de las industrias creativas. Resulta de interés el que hable, aunque lamentablemente sin ahondar en ello por las implicaciones que tuvo y sigue teniendo, de este proyecto como resultado de un cambio de fondo en cuanto a la concepción, protección y apoyo a la cultura nacional que se venía dando a través de agencias gubernamentales. El cambio de fondo, que se denominó relaciones culturales, consistió en pasar a concebir la cultura como un conjunto de actividades en manos de empresas privadas centradas en la creatividad, la cultura y la innovación y que funcionan a partir de esquemas comerciales. Es pertinente ver cómo en su artículo subraya una y otra vez la importancia que tienen las industrias creativas para la economía de Canadá, razón por la cual dicho país desde hace tiempo y a través de políticas claramente diseñadas, ha prestado particular atención a sus industrias creativas, todo ello de modo integral.
Ligado a lo anterior, nos dice que en 2017 el gobierno de Canadá crea la estrategia de cc (Creative Canada), la cual se basa en la idea de invertir y promover de modo estructurado los productos culturales y los emprendimientos surgidos en estrecha relación con estos, todo ello marcado por una visión empresarial. Para poner a andar la estrategia cc, el gobierno invirtió 125.9 millones de dólares canadienses a lo largo de cinco años (2018-2023), con el objetivo principal de promover la exportación, a través de Creative Export Canada y de las misiones comerciales que se crearon justamente con ese fin, de productos que provenían de los sectores de artesanías, artes escénicas, audiovisual, artes visuales, diseño, artes digitales interactivas y publicaciones todo ello en estrecha relación con los intereses de las principales empresas creativas del país. Estas misiones comerciales, si bien tuvieron modalidades distintas según el país, básicamente consistieron en armar, a través de sus embajadas y consulados y aprovechando muchas veces formatos y contactos ya existentes, redes de apoyo para promover los intereses de las industrias creativas de Canadá.
En cuanto a lo que concierne específicamente a México, Miranda Trigueros nos comenta que esta misión llega en febrero de 2019 como parte de un esfuerzo por apoyar a empresas canadienses a ampliar sus negocios en América Latina. Sin embargo, si bien menciona brevemente algunos posicionamientos críticos a las misiones comerciales, nos hace notar que la llegada de dicha misión estuvo enmarcado por un nuevo momento significativo y propicio en las relaciones México-Canadá, un momento en el cual Canadá buscó volver a subrayar su interés por fortalecer los lazos culturales con nuestro país, más allá de lo puramente económico y así poner a andar toda una práctica de intercambio cultural, un intercambio que fuera más allá de las prácticas de la tradicional diplomacia cultural pero que tampoco se limitara exclusivamente a lo empresarial para inscribirse en una serie de ejercicios más horizontales e interculturales, en donde lo económica ocupa un sitio importante pero no es el objetivo final.
Concluye su texto con la convicción de que las estrategias ligadas al fomento de las industrias creativas si resultarán en un intercambio cultural más rico entre nuestros países ya que, por un lado, ofrecen oportunidades de crecimiento económico a las empresas canadienses del sector que se encuentran listas para exportar a mercados internacionales mientras que por el otro, podrían ser consideradas en sí mismas como una estrategia de relaciones culturales internacionales más diversificadas e incluyentes.
Resulta muy significativo cerrar esta breve introducción hablando del texto "Interacciones, vínculos y puentes entre pueblos originarios de Canadá y México, 19952023" que presenta Liliana Cordero Marines, también académica (en este caso joven académica) del CISAN. Esto debido a que ella, al sumarse a esta conmemoración de 80 años de relaciones, escoge centrarse en un tema prácticamente ausente en los dos escritos anteriores, esto es, el tema de los pueblos originarios, el cual se ha vuelto de creciente relevancia tanto para Canadá como para México. A esto hay que agregar cómo su manera de entender y analizar el tema de "la cultura" resulta mucho más complejo al incorporar una perspectiva indígena en la cual el concepto de cultura, como se entiende desde perspectivas occidentales, no existe. En este artículo Cordero Marines, en la medida en que ha podido recabar información pertinente debido a que aún son temas poco estudiados y documentados, se centra en los distintos tipos de acercamientos y contactos, con sus respectivas características, que se han dado entre movimientos y grupos indígenas de Canadá y México ya que, como bien plantea al inicio, a pesar de una serie de diferencias de diversa índole, estas dos poblaciones comparten un pasado e incluso un presente muy similar en cuanto a procesos históricos de despojo.
Para su estudio seleccionó algunas actividades en donde se dio una interacción entre pueblos originarios de Canadá y México, los cuales ocurrieron aproximadamente en los últimos treinta años. Acto seguido, nos aclara que el primer grupo de actividades que analizó fueron apoyadas por instancias institucionales tales como embajadas o universidades mientras que el segundo grupo de actividades se caracterizan "por ocurrir al margen de los Estados nacionales, incluso por rechazarlos y contraponerse a ellos". En ambos casos su estudio prestó atención a una serie de aspectos entre los que destacan el objetivo de la actividad, sus antecedentes, los temas tratados y las características discursivas principales siempre intentando detectar similitudes y diferencias significativas entre las dos partes.
Para Cordero Marines, algunas de las actividades más significativas dentro del primer grupo, el de las interacciones entre pueblos originarios de lo que hoy son Canadá y México, pero con apoyo de distintas instancias institucionales, fueron las siguientes. En 2011, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la Embajada de Canadá organizaron las Jornadas México-Canadá de indigenismo y diversidad cultural, con el fin de abordar "la realidad que viven los grupos étnicos en torno a su diversidad cultural, medio ambiente y derechos humanos". Luego, en 2020, durante la pandemia de Covid-19, la organización internacional Global Voices puso en marcha la iniciativa Rising Voices, también con el apoyo de la embajada de Canadá en México; la meta fue facilitar la creación de redes de aprendizaje entre comunidades indígenas de México y Canadá para aprovechar la Internet y la tecnología digital en función de sus propias necesidades. Finalmente menciona que en 2021, con el objetivo de generar un lugar de encuentro, fomentar el intercambio cultural y artístico, promover la amistad a través del arte, pero también fortalecer diálogos entre los pueblos originarios, el gobierno del estado de Oaxaca y la embajada de Canadá en México, llevaron a cabo el evento Encuentros indígenas Canadá-Oaxaca 2021.
La autora realiza un cuidadoso resumen y análisis de cada uno de ellos. Sin embargo, para los fines de esta introducción quisiéramos destacar la presencia en todos, o casi todos ellos, de ejemplos de lo que para una lectura occidental pudiera ligarse con el universo de la cultura entendida como una actividad más bien neutra sin intereses adicionales como, por ejemplo, la integración del concepto de diversidad cultural a una serie de mesas redondas para enriquecer dicho universo, el interés por el uso de la Internet y la tecnología digital para la enseñanza de las lenguas indígenas o el diálogo y el intercambio bicultural entre artistas visuales a la hora de crear un mural. Lo que resulta estimulante del texto es que Cordero Marines subraya cómo estos acercamientos más tradicionales al arte y la cultura tendieron a dialogar, discutir, oponerse a los planteamientos indígenas donde para estos últimos los diversos productos o actividades culturales siempre se encontraban íntima, holísticamente ligados a cuestiones de historia, derechos y reclamaciones propias.
Y este aspecto es el que busca resaltar en los pocos pero significativos ejemplos pertenecientes a las actividades que han resultado de la interacción entre distintos grupos indígenas pero, y esto es de central importancia, que se dieron al margen de apoyos institucionales. Sobresale, ante todo, su análisis ya no de un encuentro ni de un festival cultural sino de un libro; se trata de No subir. Formas de vivir más allá del Estado (2019), una publicación que contiene un conjunto de textos editados y traducidos por Marc Delcan Albors y editados por OnA. El objetivo central de dicha publicación se puede resumir como la recopilación de textos y voces indígenas provenientes de distintas partes de nuestro continente que reflexionan en torno a formas de vida indígenas que se resisten y oponen al Estado. Cordero presta particular atención a los escritos de dos mujeres de gran relevancia, la escritora y pensadora mixe Yásnaya Aguilar Gil y Leanne Betasamosake Simpson, autora y activista anishnaabeg, quienes comparten preocupaciones afines en torno a cómo entienden la producción de conocimiento para un mejor vivir de sus pueblos, una preocupación que incluye elementos que pueden entenderse como culturales pero que aquí se ubican y dimensionan de modos muy distintos a como sucede dentro de la tradición occidental. Es decir, que la importancia del texto radica en que no sólo replantea las formas en las que se pueden dar las interacciones culturales entre países o pueblos sino lo que entendemos por cultura misma.
A modo de conclusión sólo nos resta decir que sin duda la lectura de estos tres artículos nos brindará información importante y no del todo conocida acerca de las interacciones culturales que se han dado entre Canadá y México sobre todo en los últimos treinta años. Sin embargo, de aún más interés puede resultar el ver cómo los artículos, según el posicionamiento y la visión de las dos autoras y el autor, han abordado la cuestión desde perspectivas muy diversas, lo cual nos invita a repensar, y dado el caso revisar, de modos crecientemente complejos y comprometidos, el futuro de dichas interacciones culturales entre nuestros dos países en los próximos años.










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