Introducción
Entre las múltiples dimensiones que atraviesan la inserción de las poblaciones migrantes en las ciudades, la cuestión residencial es particularmente desafiante. Siendo el acceso a la vivienda un eje cardinal de todo proceso de asentamiento, resulta especialmente complejo por diversos motivos. Por un lado, porque si bien la vivienda es un derecho -reconocido como tal por la legislación nacional e internacional-, en la ciudad capitalista actual es una mercancía plenamente integrada a la lógica mercantil de producción, intercambio y consumo, con dinámicas expulsivas para gran parte de la población (Abramo, 2013). Por otro, porque, si bien la vivienda es una infraestructura física -cuyas características materiales son fundamentales para el bienestar-, no puede escindirse de la acción (social) de su ocupación. En el hecho residencial, la dimensión físico-material de la vivienda se articula con la dimensión social de las prácticas que configuran las lógicas del habitar en cada sociedad, donde necesidades, intereses, recursos y condicionamientos se conjugan en estrategias residenciales concretas (Bonvalet y Dureau, 2002).
Finalmente, porque, si bien la vivienda tiene su singularidad -como se cristaliza en la definición de vivienda particular de las fuentes sociodemográficas clásicas-, se inserta en una configuración socioespacial urbana que pone en primer plano su localización relativa, y la coloca en íntima relación con el proceso de urbanización, y como condición de acceso a la ciudad (Yujnovsky, 1984).
Estas (aparentes) dicotomías que atraviesan la cuestión residencial, y a la vivienda en particular -su carácter de derecho y de mercancía; su componente físico-material y socio-cultural; su condición de objeto singular pero inserto en una estructura urbana-, adquieren especificidades en lo que se refiere a las poblaciones migrantes. En el primer caso, el carácter mercantil de la vivienda convierte a los migrantes en un colectivo particularmente vulnerado en sus derechos habitacionales, donde las exigencias del mercado inmobiliario resultan incompatibles con las desigualdades que estos atraviesan en los procesos migratorios, como trayectorias laborales informales, formas precarizadas de ciudadanía, mayores dificultades para movilizar recursos, racismo y xenofobia (Algaba, 2003).
En el segundo, los procesos sociales de ocupación de vivienda de los migrantes son particularmente complejos, producto de reconfiguraciones familiares, acuerdos temporarios, familias transnacionales y procesos de reagrupación (Glick et al., 1997), allegamientos anclados en redes, restricciones socioeconómicas (Bueno y Valk, 2016), diferencias culturales en torno a la familia y la convivencia (Giuliano, 2007) y desigualdades derivadas del propio proceso migratorio (Van Hook y Glick, 2007).
Y, finalmente, dado que los migrantes tienden a desplegar patrones de localización residencial diferenciados, vinculados con desiguales condiciones de acceso al suelo, la búsqueda de proximidades respecto a fuentes de empleo u otras externalidades, y la acción de redes y mecanismos de cohesión étnico-comunitarios, que pueden derivar en procesos de concentración espacial y conformación de barrios (Bayona, 2007; Margarit Segura y Bijit Abde, 2014); en lo que algunos autores consideran una segregación horizontal, pues no necesariamente son expresión de la inequidad vertical, sino de la convivencia de diferencias que conforman identidades y comunidades (Harding y Blokland, 2014).
Esta última arista de la cuestión residencial es la que interesa abordar aquí: su dimensión territorial. En este marco, el artículo se propone como objetivo estudiar los patrones de distribución espacial de los migrantes internacionales en los diversos entornos urbanos que conforman el Aglomerado Gran Buenos Aires (AGBA). Para ello, se toma un heterogéneo universo poblacional compuesto por las dos colectividades limítrofes más numerosas, de histórica presencia en el país (bolivianos y paraguayos); dos grupos provenientes de otros países latinoamericanos de carácter reciente (peruanos y colombianos); las dos principales comunidades asiáticas, de perfil diaspórico (chinos y coreanos), y dos colectivos históricos envejecidos (italianos y españoles), en su mayoría supervivientes de flujos otrora masivos, con muy baja renovación en la actualidad.
Por su parte, los entornos urbanos -también denominados tipos de poblamiento (Centro Operacional de Vivienda y Poblamiento [COPEVI], 1978; Connolly, 2005; Duhau y Giglia, 2008) o tipos de hábitat (Marcos et al., 2015; Di Virgilio et al., 2015; Marcos, 2021; Marcos y Del Río, 2022)- refieren a las áreas que componen la ciudad, definidas en función del período de urbanización y las formas de producción del espacio habitacional.
Esta tipología identifica nueve entornos urbanos dentro de la AGBA: la ciudad colonial del 1800; su primera expansión, hacia fines del siglo XIX; los cascos urbanos, conformados entre principios y mediados del siglo XX, separados del área urbanizada continua y posteriormente absorbidos por su expansión; los grandes conjuntos habitacionales de vivienda social financiados por el sector público; las urbanizaciones cerradas promovidas por desarrolladores urbanos para sectores de altos ingresos; las urbanizaciones populares de origen informal o formas de autoproducción del hábitat de los sectores populares, y las zonas residenciales originadas por el proceso de la subdivisión y venta autorizada de lotes para uso habitacional, diferenciadas según el nivel socioeconómico de sus residentes en áreas de nivel socioeconómico alto, medio y bajo.
En términos metodológicos, se trabaja desde un diseño cuantitativo basado en fuentes secundarias, fundamentalmente el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010. Este tipo de abordaje tiene grandes potencialidades analíticas, vinculadas con la posibilidad de abarcar múltiples colectivos migratorios en un extenso universo espacial (la metrópolis en su conjunto) captando sus profundas heterogeneidades territoriales internas. Sin embargo, no pueden dejar de mencionarse ciertas limitaciones. Por un lado, porque tratándose de datos transversales, el censo brinda una imagen estática de lo que es un fenómeno profundamente dinámico. Además, muestra una “fotografía” del proceso de asentamiento que varía tanto en el tiempo (histórico) como a lo largo de las biografías de las personas, plagados de movilidades inter e intraurbanas y reconfiguraciones que, bajo una mirada estática, quedan invisibilizadas.
Por otro lado, porque al definir a los grupos solo por su país de nacimiento, crea la ilusión de colectivos homogéneos en su interior, con patrones de asentamiento específicos por tener un origen nacional común, y no capta las especificidades que imprimen a las dinámicas de asentamiento las múltiples inscripciones de los sujetos -vinculadas al género, la edad, la clase social, la generación-, y que solo podrían captarse desde una perspectiva interseccional. Poner el foco en la distribución espacial (como resultado de un proceso de asentamiento histórico y dinámico) de colectivos definidos por su condición migratoria (como factor relevante, pero no único en la construcción de diferencias y desigualdades sociales) constituye un recorte analítico que en modo alguno agota la problemática, pero ilumina aspectos centrales de la relación entre migración y territorio urbano, abriendo puentes de diálogo con otros enfoques que aporten problematizaciones específicas.
Migración, vivienda y territorio: antecedentes y coordenadas teóricas
El interés por la dimensión territorial del asentamiento migrante en las ciudades ha dado lugar a un interesante campo de estudios en el último siglo. Desde los primeros trabajos desarrollados por exponentes de la Escuela de Chicago de comienzos del siglo XX -quienes concebían a las pautas residenciales de los migrantes como un proceso ligado (de manera más o menos problemática) a su progresiva asimilación a la sociedad receptora (Burgess, 1925; Park, 1926)-, el devenir de los debates ha sido complejo.
Desde perspectivas analíticas en constante expansión, numerosos estudios han constatado que los migrantes tienden a desarrollar patrones de distribución espacial diferenciales. Y en torno a este fenómeno se ha erigido un intenso debate conceptual. Por un lado, una importante línea de trabajos ha abordado estos procesos desde la noción de segregación espacial. Esta es una categoría polisémica, que ha sido utilizada tanto desde una acepción físico-geográfica -como distribución desigual en el espacio urbano (Brun, 1994)-, como desde enfoques más sociológicos, que incorporan la (ausencia de) interacción entre grupos (White, 1983) y aspectos del habitar cotidiano, como prácticas, conflictos, discriminaciones y formas de apropiación territorial (Grafmeyer, 1994; Capron y González Arellano, 2006).
A partir del concepto de segregación -generalmente desde su acepción físico-geográfica-, numerosos estudios han observado que el asentamiento de los migrantes suele dar lugar a formas de diferenciación espacial, producto de restricciones que operan en el mercado inmobiliario, su relación con el mercado laboral, los recursos diferenciales de los migrantes y prácticas discriminatorias que afectan el acceso a la vivienda (Algaba, 2003; Bayona, 2007; Özüekren y Van Kempen, 2003), y segregan a muchos colectivos a zonas marginales o con parques habitacionales precarios.
Por otro lado, desde perspectivas que recuperan el papel desempeñado por factores culturales en los procesos de asentamiento, otros estudios han trabajado desde conceptos como barrio étnico o barrio de inmigrantes. Estos conceptos ponen el acento en los procesos de construcción de territorialidad, los mecanismos de cohesión étnico-comunitarios -que se vinculan no solo con la concentración residencial, sino con procesos de especialización que convierten a estos barrios en centros de atracción y consumo comunitario-, las formas de marcación cultural, la sociabilidad y las prácticas identitarias que se construyen en la articulación entre lo físico y lo simbólico (Redondo, 1988; Sassone y Mera, 2007; Mera, 2008; Bertone de Daguerre, 2003; Aguilar, 2015).
A través de estos conceptos, el campo académico ha contribuido a problematizar muchos de los sentidos, condicionantes y consecuencias que atraviesan a los procesos de distribución espacial de los migrantes, que dan cuenta de modos específicos de acceso al suelo y diálogos con el espacio habitado. El presente trabajo se propone contribuir con estos debates partiendo de una perspectiva geo-demográfica -que pone el foco en la distribución espacial en términos físico-geográficos-, pero que se centra no (solo) en la localización de la vivienda, sino en las características del entorno urbano de residencia. Se parte de entender, como señala Kemeny (1992), que la residencia integra no solo al hogar y la vivienda sino también a la localización -lo que abarca al peridomicilio y al vecindario-, y que los múltiples (micro)territorios que conforman la ciudad son espacios plenos de sentidos, valores, estigmas, potencialidades y restricciones, que determinan horizontes de posibilidad diversos (y frecuentemente desiguales).
Para ello se recupera una propuesta analítica proveniente de la literatura mexicana, que clasifica al territorio urbano en un mosaico de tipos de poblamiento, en función de dos grandes criterios: el momento histórico en las que se desarrolló la urbanización de diferentes áreas de la ciudad y la forma en que se produjo el espacio habitacional, considerando la condición legal original del asentamiento y los principales agentes involucrados en la producción de vivienda (Connolly, 2005). Esta propuesta analítica, que data de finales de la década de 1970 (COPEVI, 1978), dio lugar a interesantes trabajos sobre la metrópolis mexicana en años recientes (Connolly, 2005; Duhau y Giglia, 2008), y derivó en una serie de aplicaciones al caso de Buenos Aires, ya desde la categoría de tipos de hábitat, para poner el acento no en la producción de ciudad como proceso sino en el espacio-producto.
En este marco se desarrolló una primera serie de trabajos sobre la Ciudad de Buenos Aires (Marcos et al., 2015; Mera et al., 2015; Di Virgilio et al., 2015) y, más recientemente, una revisión y ampliación de esta tipología para la totalidad de la mancha urbana (Marcos, 2021; Marcos y Del Río, 2022). El presente trabajo se propone recuperar esta última propuesta clasificatoria para analizar los patrones de asentamiento de los migrantes internacionales y las especificidades que atraviesan a los diferentes colectivos.
En Argentina, la pregunta por la dimensión territorial del asentamiento residencial de los grupos migratorios ha sido abordada desde diversos recortes analíticos. Por un lado con trabajos que abordan desde perspectivas cualitativas las dinámicas de asentamiento, urbanización y conformación de barrios migrantes, tanto en Buenos Aires (Bertone de Daguerre, 2003; Sassone y Mera, 2007; Mera, 2008; Sassone y Cortés, 2014; García, 2016; Bialogorski, 2016; Benítez, 2022) como en otras ciudades argentinas (Matossian, 2010; Magliano et al., 2014; Baeza, 2015; Granero, 2017), los cuales contribuyeron a visibilizar el papel de estos actores en los modos de producción de ciudad y las múltiples formas de apropiación y organización del espacio que despliegan.
Por otro lado, con estudios de corte cuantitativo que apelan a herramientas estadísticas y la elaboración de mapas para identificar pautas territoriales que atraviesan la inserción residencial de los migrantes: desde trabajos a escala nacional (Sassone y De Marco, 1994), hasta estudios sobre ciudades específicas (Perren, 2010; Marcos y Mera, 2015; Molinatti y Peláez, 2017; Gómez y Sanchez Soria, 2017; Mera, 2017; 2018; Rueda Nanterne, 2022), en su mayoría enmarcados en la categoría de segregación espacial y con una preocupación por las desigualdades en términos de condiciones habitacionales.
Y, finalmente, como antecedentes más directos, con trabajos que parten de la pregunta por la distribución espacial para incorporar las características de las áreas de residencia de los migrantes, con base en los mencionados tipos de hábitat en la Ciudad de Buenos Aires (Mera et al., 2015) o de tipologías de áreas residenciales vinculadas con la informalidad urbana y la incidencia de condiciones habitacionales deficitarias (Mera, 2020).
El presente trabajo espera avanzar en la línea abierta por los trabajos mencionados, recuperando una propuesta clasificatoria que ha mostrado ser “un instrumento potente para analizar las desigualdades urbanas que se estructuran en la relación entre condiciones habitacionales, distribución de la población y efectos agregados de la inscripción social a determinados contextos urbanos” (Marcos y Del Río, 2022, p. 891), abarcando al Aglomerado Gran Buenos Aires en su conjunto y a un extenso universo poblacional, que permite entablar diálogos con los mapas de distribución espacial y con estudios microespaciales centrados en entornos o barrios específicos.
Metodología
Se trabaja desde un diseño metodológico cuantitativo de perspectiva microespacial basado en fuentes secundarias, siendo la principal el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas (CNPHV) 2010 -último relevamiento censal argentino que se encuentra disponible a nivel de microdatos-, tanto la base alfanumérica como la cartografía.
El universo espacial es el Aglomerado Gran Buenos Aires (AGBA), definida en términos físicos como la envolvente de población o “mancha urbana” que tiene como núcleo a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y se despliega por otros 32 municipios de la provincia de Buenos Aires -el denominado conurbano bonaerense-, cuya forma tentacular coincide con las vías ferroviarias que dinamizaron el crecimiento de la ciudad hacia mediados del siglo XX (ver mapa 1).
Para la identificación de los entornos urbanos que conforman la AGBA se recupera el trabajo de Marcos (2021), quien llevó a cabo una extensa clasificación de las unidades geoestadísticas censales más pequeñas para las que el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) publica datos (radios censales), según nueve entornos urbanos o tipos de hábitat.
Por un lado, a partir del período en el que se produjo el poblamiento, distingue tres entornos: a) la ciudad colonial, correspondiente a la superficie que abarcaba Buenos Aires a finales de la Colonia (1800); b) su expansión hacia finales del siglo XIX (1895); y c) los cascos conurbados, conformados en la primera mitad del siglo XX, inicialmente separados del área urbanizada continua y posteriormente absorbidos por su expansión. Para clasificar estos tres entornos, Marcos tomó como fuente la cartografía de Vapñarsky (2000), digitalizada por Rodríguez y Kosak (2014), y completada por la autora.
Por otro lado, considerando el modo de producción que dio origen a cada área -criterio que considera la regularidad inicial de la tenencia y los principales agentes que protagonizaron el poblamiento- diferencia seis entornos más: d) conjuntos habitacionales de vivienda social, producidos en el marco de programas habitacionales subsidiados por el sector público; e)urbanizaciones cerradas, promovidas por grandes desarrolladores urbanos para sectores de ingresos altos; f) urbanizaciones informales, desarrolladas por mecanismos de autoproducción del hábitat de sectores populares; y el resto de la AGBA, correspondiente a zonas residenciales originadas por loteo formal, clasificadas en función del nivel socioeconómico de sus residentes, en g) áreas de nivel socioeconómico alto; h) áreas de nivel socioeconómico medio; e i) áreas de nivel socioeconómico bajo.
Para clasificar los primeros tres entornos (conjuntos habitacionales, urbanizaciones cerradas e informales), Marcos tomó como fuente relevamientos de organismos especializados e imágenes satelitales de Google Earth. Mientras que, para clasificar las áreas originadas por loteo formal según el nivel socioeconómico de sus residentes, construyó una batería de indicadores vinculados con la disponibilidad de agua de red y gas, tenencia de computadora y nivel educativo; y se agruparon con técnicas de análisis factorial de componentes principales y análisis de conglomerados jerárquicos o clústers.
Para la identificación de los migrantes se trabaja con la variable “país de nacimiento”, pero se restringe el universo a la población en viviendas particulares. Ello se vincula con una limitación de la fuente de datos, pues el censo argentino 2010 fue un relevamiento de hecho -es decir que empadronó a las personas en el lugar donde pasaron la noche del relevamiento-, por lo que la identificación de los migrantes requiere completar la información del lugar de nacimiento con el lugar de residencia habitual, para poder diferenciar a los migrantes propiamente dichos de otros residentes temporales. Sin embargo, la pregunta sobre el lugar de residencia habitual fue incluida únicamente en un cuestionario ampliado relevado a partir de una muestra de población, cuyos datos no están disponibles para unidades geoestadísticas pequeñas. Para sortear esta dificultad, se restringió el universo a la población en viviendas particulares, excluyendo a la población en viviendas colectivas, que abarcan tipologías que pueden recibir población por períodos de tiempo acotados, como los hoteles turísticos, y se concentran en entornos como la ciudad colonial y su expansión.
A partir de ello, por un lado, se estudia la composición migratoria de los entornos urbanos que componen la AGBA y, por otro lado, se elaboran mapas temáticos a nivel de radios censales mediante el software ArcGIS, que den cuenta de la distribución espacial de los grupos y permitan generar un panorama más completo de las lógicas de instalación urbana de los diferentes colectivos.
Migrantes en buenos aires: una breve caracterización
A lo largo del siglo XX, Argentina se consolida como destino de numerosas corrientes migratorias, provenientes tanto de la región como de otros puntos del globo. En este proceso, la AGBA en particular devino un espacio receptor privilegiado de los sucesivos flujos.
Hacia el año 2010, la migración de Bolivia y Paraguay constituyen los principales colectivos de la AGBA, representando en conjunto a más de 50 por ciento de los extranjeros en viviendas particulares (ver cuadro 1). Ambas son corrientes de larga data e intensa renovación. Y, a lo largo del siglo XX, pasan de ser un flujo de carácter rural-rural, temporario y fronterizo vinculado con la demanda estacional para la cosecha en el norte argentino, a un patrón migratorio de destino urbano y carácter permanente.
En el caso paraguayo, aunque hay corrientes que permanecen en el nordeste, en las últimas décadas Buenos Aires se consolida como receptor privilegiado de este colectivo (79.8 %). En el caso boliviano, en cambio, este redireccionamiento se produce con una lógica de difusión a escala nacional, convirtiéndose en el grupo migratorio más disperso (solo 57.6 % reside en la AGBA), con presencia por toda la jerarquía urbana, incluyendo los valles de agricultura intensiva, con residencia de tipo rural (Sassone y Cortés, 2014). En este proceso, ambos grupos devienen los colectivos más numerosos de la AGBA, en cuya intensa renovación conviven migrantes antiguos y recientes, por lo que su edad media ronda los 35 años. En términos de composición por sexo, el flujo paraguayo se encuentra muy feminizado -lo que se vincula con el rol pionero que estas mujeres comienzan a tener en los últimos años, y sus canales de inserción laboral, facilitados por redes migratorias, en el servicio doméstico y tareas de cuidados (Bruno, 2011)-, mientras que los bolivianos tienen mayor equilibrio entre los sexos, tratándose de una migración de carácter más familiar.
El tercer colectivo más numeroso, el peruano, constituye 10 por ciento de los extranjeros de la AGBA, con un perfil relativamente joven y feminizado (ver cuadro 1). Para el año 2010 se trata de una presencia relativamente reciente, pues su mayor dinamismo se produce en la década de 1990, impulsada por cuestiones laborales, pero integrada por personas provenientes de ámbitos urbanos, con alto nivel educativo (Cerruti, 2005; Pacecca, 2000; Rosas, 2010). Un segundo colectivo latinoamericano que se destaca aquí es la migración colombiana, más reciente aún (tuvo un crecimiento relativo de 356.4 % en la década de 2000), conformada en su mayoría por jóvenes de ciudades grandes e intermedias, motivados por razones educativas y profesionales (Hernández, 2010), que con frecuencia no buscan residencia definitiva (Melella, 2014). Se trata de un colectivo muy joven y feminizado (ver cuadro 1).
Los dos principales colectivos de Asia -la migración china y coreana- apenas superan 1 por ciento de los extranjeros (ver cuadro 1). Ambos tienen una larga historia en el país: en el caso chino, los primeros arribos pueden ubicarse entre fines del siglo XIX y mediados del XX, siendo un flujo minoritario, masculinizado, y mayormente motivado por razones políticas; otro hito se produce en la década de 1980, con migraciones familiares donde los motivos políticos conviven con la búsqueda de ascenso económico; y finalmente en la década de 1990, con la llegada de nuevos flujos con capital propio, lo que facilitó su instalación y progreso social, así como la consolidación de la comunidad china local (Bogado Bordazar, 2002). En el caso coreano, los primeros arribos se producen en las décadas de 1960 y 1970, inicialmente para establecerse en colonias agrícolas, pero con el tiempo fueron trasladándose hacia las ciudades, en especial Buenos Aires, siendo hoy el colectivo más concentrado en esta metrópolis (90.4 %). A fines de la década de 1980, la comunidad se consolida con la llegada de flujos más numerosos (Mera, 2008), con capacidad económica para invertir en la pequeña y mediana industria; esto alcanza su apogeo en la década de 1990, cuando se constata la mayor población de coreanos en el país (Mera, 2016).
Estos migrantes se caracterizan por un mayor equilibrio entre sexos y por tratarse de poblaciones envejecidas, en especial la coreana (ver cuadro 1). Esto se vincula con varios factores, como el carácter más familiar de los flujos -que incluyen generaciones de padres y abuelos (Mera, 2016)-, y con que se trata de corrientes que ya tienen varias décadas, pero menor renovación que las latinoamericanas. Tanto la migración china como la coreana, como señala Mera (2016), son migraciones de tipo diaspórico, que se articulan en espacios físicos y simbólicos transnacionales, en cuyo marco desarrollan una fuerte pertenencia identitaria y relaciones con el origen articuladas por redes étnicas que se constituyen como lugares de sociabilidad y memoria, con una organización comunitaria anclada en la familia, tradiciones asociativas y fuerte solidaridad grupal.
Finalmente, la migración de Italia y España constituye algo menos de 15 por ciento de los extranjeros, y en su mayoría son “sobrevivientes de antiguas cohortes migratorias correspondientes al patrón de la inmigración ultramarina, que lleva ya más de medio siglo sin renovarse” (Calvelo, 2012, p. 140). Ambas tuvieron crecimientos relativos negativos en el último período intercensal, consolidándose como flujos muy envejecidos (edad promedio de 70 años), con la feminización que suele acompañar los procesos de envejecimiento poblacional (ver cuadro 1). Y si bien muchos provenían del mundo rural empobrecido, en su mayoría transitaron el camino de ascenso social “que crearía uno de los aspectos diferenciales de Buenos Aires en el contexto latinoamericano: su extendida clase media” (Gorelik, 1998, p. 272), tanto entre ellos como entre sus hijos.
Cuadro 1 Población extranjera en viviendas particulares por país de nacimiento. Cantidad, porcentaje, crecimiento relativo, edad media y razón de masculinidad. AGBA, 2010
| País de nacimiento | Cantidad | % | Crecimiento relativo 2001-2010 | % en AGBA/ total país | Edad media | Razón de masculinidad |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Paraguay | 435 817 | 38.0 | 77.4 | 79.8 | 36.9 | 78.1 |
| Bolivia | 197 283 | 17.2 | 59.6 | 57.6 | 34.2 | 96.2 |
| Perú | 115 943 | 10.1 | 83.2 | 74.8 | 33.6 | 78.6 |
| Colombia | 11 496 | 1.0 | 356.4 | 71.1 | 30.2 | 86.6 |
| China1 | 8 539 | 0.7 | 32.2 | 73.8 | 37.9 | 108.8 |
| Corea | 6 552 | 0.6 | -8.3 | 90.4 | 46.1 | 99.6 |
| Italia | 101 761 | 5.3 | -32.3 | 70.9 | 69.0 | 72.1 |
| España | 61 334 | 8.9 | -33.9 | 68.9 | 70.7 | 77.2 |
| Total extranjeros | 1 147 961 | 100.0 | 23.6 | 65.2 | 42.8 | 82.0 |
1 Incluye a China y Taiwán.
Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010).
Resultados
La ciudad como mosaico: los entornos urbanos de la AGBA
A lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, la AGBA se fue constituyendo así en un espacio de recepción (in)migratoria privilegiado, dada su centralidad dentro del sistema de asentamiento argentino. Pero se trata de una metrópolis compleja, en cuya estructura se condensan centralidades y subcentralidades densas y verticalizadas, un extenso crecimiento continuo con matriz tentacular, y una expansión difusa y de baja densidad hacia los suburbios (Baer et al., 2015), conformando un mosaico de entornos diversos, cuyas lógicas de producción del suelo involucran a múltiples actores, y generan condiciones de acceso a la ciudad muy desiguales.
En primer lugar, cabe distinguir tres entornos urbanos que se corresponden con áreas tempranamente pobladas, muy consolidadas y vinculadas con las principales centralidades de la AGBA. Por un lado, la ciudad colonial, emplazada en torno al antiguo puerto. En su desarrollo histórico este casco histórico fue concentrando usos del suelo diversos (residencial, comercial, administrativo, turístico), si bien atraviesa un significativo deterioro sociohabitacional.
Un segundo entorno remite a la expansión de la ciudad colonial hacia finales del siglo XIX, abarcando las inmediaciones del casco histórico, la franja litoral y un eje de expansión oeste, sin alcanzar los límites actuales de la CABA. También es un área heterogénea en cuanto a edificaciones, usos del suelo y perfil socioeconómico, consolidada, bien conectada por transporte público -incluidas las principales líneas de subterráneo que la atraviesan-, densa y muy verticalizada.
Finalmente, un tercer entorno tempranamente poblado se vincula con los cascos urbanos: pueblos conformados durante la primera mitad del siglo XX que en la actualidad conforman tejidos urbanos densos, verticalizados, con buena conectividad, y tienden a coincidir con cabeceras municipales o subcentralidades del conurbano bonaerense. Estas tres tipologías constituyen zonas valoradas como espacio residencial, particularmente en los primeros años de adultez, por las posibilidades que ofrecen en términos laborales y de acceso a bienes y servicios.
Los entornos siguientes se vinculan con tres lógicas de producción del espacio habitacional: a) los conjuntos habitacionales de vivienda social, producto de programas financiados por el sector público como soluciones habitacionales para familias de bajos recursos, en su mayoría ubicados en zonas periféricas e intersticiales; b) las urbanizaciones cerradas, emprendimientos urbanísticos privados promovidos por grandes desarrolladores urbanos, destinados a hogares de ingresos altos, localizadas en las periferias urbanas, próximas a autopistas y vías rápidas de circulación; y c) las urbanizaciones populares de origen informal, formas de autoproducción del hábitat que se caracterizan por la irregularidad inicial en la ocupación del suelo, escasa o nula infraestructura urbana y predominio de viviendas de autoconstrucción; si bien son muy heterogéneas en cuanto a tramas, densidades y niveles de consolidación.
Finalmente, se tiene el resto de la mancha urbana, originada por la subdivisión y venta formal de lotes para uso habitacional, y diferenciada dentro de esta tipología en función del nivel socioeconómico de sus residentes. Por un lado, las áreas formales de nivel socioeconómico alto, en parte del centro y oeste de la CABA, que se extienden hacia el eje norte del conurbano y en algunos puntos próximos a las cabeceras de los municipios; por otro lado, las áreas formales de nivel socioeconómico medio, que abarcan al resto de la CABA, la primera corona de municipios colindantes y siguen las vías ferroviarias que dinamizaron el crecimiento de la ciudad; por último, las áreas formales de nivel socioeconómico bajo, que crecen hacia la periferia y los intersticios de la mancha urbana, en áreas tardíamente pobladas, y de mayor precariedad en términos de materialidad, servicios y accesibilidad (ver mapa 2).

Fuente: Elaboración propia con datos de Marcos (2023).
Mapa 2 Entornos urbanos del Aglomerado Gran Buenos Aires, 2010
Estos entornos urbanos son sumamente heterogéneos en términos sociodemográficos (ver cuadro 2). Las áreas tempranamente pobladas y asociadas a las centralidades históricas -la ciudad colonial, su primera expansión y los cascos urbanos- son entornos envejecidos, con población muy instruida y un parque habitacional consolidado. Sin embargo, tienen sus carencias, como la mayor incidencia de necesidades básicas insatisfechas en la ciudad colonial (11 %), un entorno que ha padecido significativo deterioro en las últimas décadas, o el relativamente alto déficit de servicios básicos en los cascos urbanos (14.3 %), localizados fuera de la ciudad capital, donde la cobertura de servicios comienza a menguar.
Cuadro 2 Características sociodemográficas de la población y los hogares por entornos urbanos. AGBA, 2010
| Entornos urbanos | Población (miles) | % | Edad en grandes grupos (%) | Población nivel educativo alto1 (%) | Hogares con NBI (%) | Porcentaje de hogares en viviendas con | Nacidos en el extranjero4 (%) | |||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 0-14 | 15-64 | 65 + | Insuficiente calidad constructiva2 | Insuficiente conexión servicios3 | ||||||
| Ciudad colonial | 203.1 | 1.5 | 12.4 | 70.4 | 17.3 | 39.2 | 11.1 | 5.4 | 2.0 | 13.6 |
| Expansión de la ciudad colonial | 1 556.4 | 11.5 | 14.6 | 67.8 | 17.7 | 44.5 | 5.1 | 2.4 | 1.0 | 10.3 |
| Casco urbano | 425.2 | 3.1 | 17.8 | 65.9 | 16.3 | 31.4 | 2.5 | 3.3 | 14.3 | 5.0 |
| Urbanización informal | 906.9 | 6.7 | 33.1 | 63.7 | 3.2 | 2.0 | 24.9 | 48.4 | 59.9 | 22.7 |
| Urbanización cerrada | 146.7 | 1.1 | 32.3 | 62.4 | 5.3 | 50.9 | 4.1 | 7.8 | 39.1 | 7.0 |
| Conjunto habitacional | 565.9 | 4.2 | 25.9 | 64.3 | 9.8 | 11.2 | 5.5 | 6.8 | 13.0 | 7.0 |
| Fraccionamientos x loteo formal | ||||||||||
| de NSE alto | 674.1 | 5.0 | 15.8 | 66.4 | 17.8 | 47.7 | 1.1 | 0.7 | 1.2 | 6.4 |
| de NSE medio | 3 371.7 | 24,8 | 18,9 | 65,7 | 15.3 | 20.7 | 3.3 | 3.2 | 14.3 | 7.3 |
| de NSE bajo | 5 738.1 | 42,2 | 28,4 | 64,6 | 7.0 | 5.6 | 13.7 | 28.5 | 71,2 | 6.9 |
| Total AGBA | 13 588.1 | 100.0 | 23.5 | 65.4 | 11.1 | 18.4 | 8.6 | 14.8 | 33.4 | 8.4 |
1 Pob. de 25 a 64 que no asiste a un establecimiento educativo con universitario completo o más.
2No cuentan con materiales sólidos/aislación adecuada en pisos, techos y cielorrasos.
3No cuentan con conexión de agua a red pública ni desagüe cloacal/pozo con cámara séptica.
4Pob. en viviendas particulares.
Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
En los entornos vinculados con los extremos de la estructura social -urbanizaciones cerradas e informales- priman enormes desigualdades sociodemográficas y habitacionales. Las primeras, con estructuras etarias jóvenes, propias de espacios atractores de familias en etapa de expansión, son entornos con población de alto nivel educativo y muy baja incidencia de la pobreza o déficits constructivos; si bien padecen déficits (casi 40 %) en materia de servicios, por su localización periférica dentro de la AGBA. Las segundas, con estructuras igualmente jóvenes, concentran los mayores déficits en términos educativos, de pobreza estructural y calidad constructiva. Finalmente, en el resto de la AGBA producida por loteo formal, los indicadores muestran una gradiente de condiciones asociadas al nivel socioeconómico: desde las áreas de nivel alto, con población envejecida, muy instruida y bajos niveles de déficit, hasta las áreas de nivel socioeconómico bajo de las periferias, que tienden a concentrar pobreza y déficits de materialidad y servicios.
Estos entornos tienden a jugar roles muy diversos también como ámbitos de recepción migratoria. En términos globales, la población extranjera ha tendido a volcarse hacia dos localizaciones particulares: las centralidades de la CABA -la ciudad colonial (13.6 %) y su primera expansión (10.3 %)- y los entornos informales (22.7 %) (ver cuadro 2).
Estos dos patrones de asentamiento migrante han sido observados en otras metrópolis latinoamericanas: por un lado, la búsqueda de localizaciones centralizadas y cercanas a fuentes laborales y equipamientos urbanos; si bien el acceso a estas áreas para muchos migrantes se logra apelando a alternativas habitacionales deficitarias, como residencias antiguas tugurizadas (Contreras et al., 2015), o a través del alquiler de cuartos en hoteles y pensiones, bajas en requisitos de ingreso, pero precarias en términos habitacionales (Fossatti y Uriarte, 2018). Por otro lado, la ocupación de lotes en urbanizaciones informales, como resultado de la imposibilidad de cumplir con las exigencias del mercado formal dentro del entramado de desigualdades que atraviesan las experiencias migratorias (López-Morales et al., 2018). Pero si bien estos dos entornos son los principales receptores de migrantes en su conjunto, los colectivos despliegan patrones de asentamiento heterogéneos.
Entre informalidades y periferias urbanas: los paraguayos y bolivianos
Comenzando por los dos colectivos limítrofes más numerosos (los nacidos en Paraguay y Bolivia) estos se asientan principalmente en urbanizaciones informales (en torno a 30 %) y áreas formales de nivel socioeconómico bajo, especialmente los paraguayos (casi 50 %) (ver gráfica 1). Es decir que ambos grupos han desarrollado formas de asentamiento tradicionalmente vinculadas con los sectores populares: en el primer caso, con los excluidos por la lógica mercantil de acceso al suelo, que deben recurrir a la autoproducción de vivienda bajo lo que Pedro Abramo (2013) denomina la lógica de la necesidad; y, en el segundo caso, con quienes recurren a entornos periféricos, tanto en barrios informales como en entornos que posibilitan el acceso al suelo formal al costo de una peor localización y elevados déficits de infraestructura y servicios.
En resumen, tanto paraguayos como bolivianos exhiben patrones territoriales muy asociados con desigualdades socioeconómicas y socio-urbanas. Esta pauta de asentamiento ha sido observada en otras ciudades argentinas: la tendencia de estos colectivos a residir en áreas donde el acceso a la vivienda es menos costoso y las condiciones de vida más desventajosas, con alta incidencia de necesidades básicas insatisfechas, informalidad y riesgos ambientales (Mignone, 2010; Molinatti y Peláez, 2017). Esta tendencia se ha encontrado incluso en capitales de provincias limítrofes, donde los migrantes tiene lazos de integración históricos, evidenciando que aún en estos contextos se reproducen procesos de jerarquización del espacio urbano en función del capital económico y social (Rueda Nanterne, 2022).

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Gráfica 1 Porcentaje de viviendas particulares de población nacida en Paraguay y Bolivia según entornos urbanos, AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 3 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Paraguay según radio censal. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 4 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Bolivia según radio censal. AGBA, 2010
Pero, si se analizan estos datos en diálogo con los mapas 3 y 4, emergen importantes especificidades que atraviesan las estrategias de acceso al suelo de ambos grupos.
En el caso paraguayo, vemos que los barrios informales devienen el principal recurso de acceso de esta población a la CABA, núcleo del aglomerado y ámbito históricamente restrictivo en materia de acceso al suelo. Aquí las principales áreas receptoras coinciden casi exclusivamente con urbanizaciones informales (en color rojo oscuro en el mapa 2), como resultado de la imposibilidad de cumplir con los requisitos (económicos, laborales, documentarios y simbólicos) que exige el mercado inmobiliario (Mera, 2018). Mientras que en el conurbano bonaerense el asentamiento en barrios informales convive con posibilidades de acceso al suelo formal -desdibujándose esa relación directa entre migración e informalidad que prima en la capital-, pero se trata de un acceso restringido a zonas periféricas, que tienden a reunir falta de infraestructuras, problemas ambientales y peor conectividad.
Estudios realizados en otras ciudades argentinas han registrado patrones similares y, desde abordajes cualitativos, evidencian que estos procesos de asentamiento en las periferias urbanas frecuentemente son acompañados por dinámicas de estigmatización, extranjerización y racialización de sus pobladores, que refuerzan aún más las distancias físicas y sociales existentes (Kaminker, 2011; Granero, 2017).
En el caso boliviano, el acceso a la ciudad a través de estos dos entornos (urbanizaciones informales y áreas de nivel socioeconómico bajo) no se encuentra polarizado entre la CABA y su conurbación, sino que ambos se encuentran fuertemente imbricados en un fenómeno muy propio de esta colectividad, que es su alta concentración espacial. Esta búsqueda de proximidad se vincula con mecanismos de cohesión étnico-cultural y redes de paisanaje, que son especialmente intensas en este grupo (Benencia y Karasik, 1994; Sassone y Cortés, 2014). Pero a través del prisma de los entornos urbanos, se constata que son agrupamientos muy atravesados por desigualdades sociourbanas, pues los bolivianos se concentran en el sur de CABA, históricamente relegado, en un eje que se derrama hacia el conurbano bonaerense, abarcando zonas críticas e informales.
Y, en estas pautas residenciales, formalidad e informalidad se entrelazan no solo por la cercanía física entre ambos entornos, sino también por complejos procesos históricos. Por ejemplo, un área de especial concentración de bolivianos es el barrio Gral. San Martín o Charrúa en CABA, que originalmente fue una villa, pero en la actualidad conforma un barrio étnico de la comunidad boliviana; y la concentración de este colectivo en cierta zona del conurbano bonaerense -que reúne barrios informales, pero también áreas formales de nivel socioeconómico bajo- en gran medida se vincula con la relocalización forzada de los habitantes de villas de la CABA producida a mediados de la década de 1970, donde las redes de compatriotas orientaron el (re)asentamiento, reproduciendo el patrón de concentración espacial (Sassone y Cortés, 2014).
También en el caso boliviano estos patrones de concentración entre connacionales -que algunos denominan procesos de segregación de base etnocultural- no son exclusivos de la AGBA, sino que se reproducen en diversos contextos urbanos argentinos, cuyo emplazamiento en zonas con déficit de infraestructura social y limitado acceso a viviendas adecuadas evidencia sus (complejas) interrelaciones con las desigualdades socioespaciales urbanas (Hughes y Sassone, 2021; Rueda Nanterne, 2022).
La(s) centralidad(es) como valor: los peruanos y colombianos
Los nacidos en Perú y Colombia han desarrollado patrones muy diferentes de los anteriores. Ambos grupos se han volcado hacia las áreas centrales de la CABA (el centro histórico y su primera extensión), es decir, hacia áreas consolidadas, bien conectadas y valoradas como espacio residencial. Esta localización centralizada es muy marcada en el caso colombiano (casi 70 %), mientras que en el peruano aparece un espectro más amplio, con sobrerrepresentación también en entornos informales (ver gráfica 2).

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Gráfica 2 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Perú y Colombia según entornos urbanos. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 5 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Perú según radio censal. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 6 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Colombia según radio censal. AGBA, 2010
Se trata, por supuesto, de corrientes con perfiles diferentes: la migración colombiana tiene un claro perfil educativo y profesional, mientras que la peruana se acerca más al perfil de migración económica clásica. Y a pesar de que ambas comparten patrones de asentamiento en torno a las centralidades de la CABA, a nivel microespacial emergen especificidades significativas.
En el caso peruano, el mapa 5 manifiesta que su localización centralizada no se vincula con el eje norte de expansión de la ciudad colonial -históricamente asociada con población de alto poder adquisitivo-, sino con las inmediaciones del centro histórico, que se corresponde con zonas más degradadas en términos habitacionales. Y estudios previos han mostrado que esta localización centralizada implica con frecuencia recurrir a inquilinatos y hoteles-pensión, deficitarias en términos de materialidad, sanidad, intimidad y seguridad en la tenencia (Mera, 2018). Aun así, para muchos peruanos residir en entornos centrales constituye una estrategia vinculada con su inserción sociolaboral en el comercio y los servicios, apostando por barrios cercanos a potenciales fuentes (y proveedores) de empleo (Pacecca, 2000; Cerruti, 2005). Y esta estrategia convive con una apuesta por entornos informales -con ciertas villas, relativamente recientes (Mera, 2018)- bien localizadas dentro de la CABA.
En otras ciudades argentinas, como Córdoba, esta tendencia de la población peruana por concentrarse en zonas centrales (Molinatti y Peláez, 2017) convive en los últimos años con evidencias de que ciertos segmentos de esta población se han dispersado hacia zonas periféricas, bajo la presión del mercado inmobiliario y otros condicionantes urbanos (Gómez y Sanchez Soria, 2017), abriendo interrogantes para el caso de la AGBA de cara al próximo censo.
En el caso colombiano (ver mapa 6), su localización centralizada se vincula con la franja norte de la ciudad, históricamente receptora de población de alto poder adquisitivo. Por fuera de CABA, se registra un bajo porcentaje de colombianos, con la excepción de algunas áreas específicas del norte y extremo sur, que coinciden con urbanizaciones cerradas (donde reside 2.5 % de los colombianos; porcentaje bajo pero que duplica al conjunto de la población). Es decir que la migración colombiana ha tendido a desplegar estrategias habitacionales propias de sectores medios y altos, privilegiando zonas céntricas, bien conectadas, y contando con los recursos para lograrlo.
De concentraciones y dispersiones en áreas consolidadas: los coreanos y chinos
En los dos principales colectivos asiáticos encontramos estrategias residenciales muy vinculadas también con las áreas centrales de la CABA -el área de expansión de su casco histórico-, especialmente en el caso coreano (60.8 %), pero también entre la población china (41.6 %) (ver gráfica 3). Sin embargo, estos valores traducen estrategias residenciales muy diferentes. Como se observa en los mapas 7 y 8, chinos y coreanos representan dos modelos de inserción urbana en los extremos del continumm entre concentración y dispersión territorial. Por un lado, está la población coreana con una (muy fuerte) tendencia a concentrarse en el espacio. Se trata de un área del centro-sur de la CABA, correspondiente a barrios habitados por sectores medio-bajos y populares, pero que se corresponde con el eje oeste de expansión del centro, por lo que es un área consolidada dentro de la ciudad. Y, en el otro extremo, la población china se inserta con una lógica de dispersión territorial por todos los barrios de la CABA y su conurbación.
Estos patrones se relacionan con la inserción laboral de estas poblaciones: en el caso coreano, su concentración urbana se vincula con la concentración de estos migrantes en la actividad económica en el rubro textil que se desarrolla en la zona y, en un proceso en el que dichos barrios -en particular el denominado barrio coreano o Baek-ku- devinieron espacios urbanos construidos (y apropiados) desde la práctica cotidiana de este colectivo (Mera, 2008; 2016; Sassone y Mera, 2007; Benítez, 2022). En el caso chino, su inserción residencial se vincula con su inserción laboral en el rubro alimenticio -restaurantes y comercios autoservicios- que se encuentran diseminados en toda la ciudad. Y, siendo una ocupación que implica largas jornadas laborales, el lugar de residencia suele coincidir con el lugar de trabajo (en los mismos locales, en habitaciones arriba o en anexos), lo que favorece la imagen de la comunidad china como un grupo que está “en todos lados” (Denardi, 2015; Mera, 2016).

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Gráfica 3 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en China y Corea según entornos urbanos. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 7 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en China según radio censal. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 8 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Corea según radio censal. AGBA, 2010
Entre los pioneros del poblamiento: los italianos y españoles
Finalmente, los migrantes de Italia y España -que constituyen colectivos envejecidos y con muy baja renovación-, fundamentalmente residen en entornos formales vinculados con sectores medios (casi 60 % de los italianos, y 45 % de los españoles) (ver gráfica 4), áreas que se corresponden con el oeste de la CABA, el primer anillo de municipios colindantes con la capital, y siguiendo las vías ferroviarias que dinamizaron el crecimiento urbano, particularmente alrededor de los subcentros que se fueron desarrollando sobre estos ejes (ver mapas 9 y 10). Tratándose de poblaciones que migraron y se asentaron en la ciudad décadas atrás, en estos patrones pueden verse las huellas de procesos de inserción urbana atravesados tanto por el tiempo histórico (de otras condiciones de acceso al suelo, propias de un contexto más temprano de expansión de la metrópolis, que muchos de estos migrantes acompañaron, e incluso protagonizaron), como por el tiempo biográfico, pues en su mayor parte se trata de condiciones residenciales resultado de trayectorias desplegadas a lo largo de toda una vida.

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Gráfica 4 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Italia y España según entornos urbanos. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 9 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en Italia según radio censal. AGBA, 2010

Fuente: Elaboración propia con datos de INDEC (2010) y Marcos (2023).
Mapa 10 Porcentaje de población en viviendas particulares nacida en España según radio censal. AGBA, 2010
Reflexiones finales
La dimensión territorial del asentamiento urbano no se reduce a la simple geolocalización de la vivienda en ciertas coordenadas del espacio geográfico. La pregunta por el dónde -que en términos cuantitativos se traduce en mapas con tonos (más o menos) saturados de la escala cromática, y en porcentajes (más o menos) elevados de ciertos grupos sociales en determinadas áreas- es un interrogante plagado de sentidos, condicionantes y efectos en las vidas de las poblaciones. Las ciudades son un mosaico de territorios que trascienden toda dicotomía (centro-periferia, formal-informal, rico-pobre), para constituir un abanico de heterogeneidades múltiples, relativas y relacionales, que habilitan formas de instalación urbana igualmente múltiples, relativas y relacionales.
Por su parte, hacer foco en las poblaciones migrantes tampoco es simplemente un recorte poblacional. En el ser migrante se entrecruzan diferencias, desigualdades, encuentros y tensiones específicas, donde la condición étnico-nacional deviene un elemento estructurante -como factor de exclusión y discriminación, pero también como herramienta de cohesión y como recurso a ser movilizado- de las formas de acceso a la ciudad.
En este marco, colectivos regionales con perfiles propios de migraciones económicas clásicas como los bolivianos y paraguayos se concentran en entornos tradicionalmente vinculados con los sectores populares: barrios informales y de nivel socioeconómico bajo. En grupos migratorios de mayor nivel educativo y/o inserciones laborales vinculadas al comercio y los servicios, como los peruanos y colombianos, encontramos una valorización de las áreas centrales como espacio residencial. En migraciones asiáticas diaspóricas, como chinos y coreanos, también encontramos estrategias de asentamiento vinculadas con áreas centrales y consolidadas, con lógicas profundamente ancladas en las dinámicas de inserción laboral. Finalmente, colectivos históricos y envejecidos, como italianos y españoles, hoy se encuentran asentados en entornos formales de sectores medios de la CABA y su primera conurbación.
Esta imagen de grupos migratorios distribuidos en entornos urbanos proviene del agregado estadístico de (múltiples) posiciones residenciales individuales, que una fuente como el censo registra en un (único) momento del tiempo. Tras ellas se ocultan trayectorias profundamente ancladas en condiciones sociohistóricas concretas -de la ciudad como espacio receptor y de los diferentes colectivos como flujos en transformación- y movilidades inscritas en los cursos de vida de sus protagonistas.
En el caso de colectivos recientes, como los peruanos y colombianos, su localización en áreas centrales de la CABA debe entenderse también como una situación propia de los primeros estadíos de los proyectos migratorios, evidenciando entornos que funcionan como “puerta de entrada” a la ciudad. Pero son puertas de acceso segmentadas en términos socioeconómicos, y muy distintas cuando se trata de un flujo de perfil educativo y profesional como el colombiano, con aspiraciones y recursos para acceder a entornos centrales consolidados, que ante una corriente laboral clásica como la peruana, cuya puerta de entrada a la ciudad (y a la centralidad) se circunscribe a entornos más degradados e informales.
Por su parte, en colectivos de presencia histórica pero alta renovación -por lo que conviven efectivos antiguos y recientes- como los bolivianos y paraguayos, la concentración en determinados entornos es producto de trayectorias inscritas en un amplio entramado temporal. Confluyen aquí quienes llevan décadas viviendo en la ciudad y desplegaron sus trayectorias residenciales en cambiantes contextos sociourbanos, hasta recién llegados, pero que (a diferencia de los colectivos recientes) cuentan con redes sociales históricas que van apuntalando pautas de asentamiento signadas por lógicas de concentración espacial.
Finalmente, en el caso de colectivos envejecidos como los italianos y españoles, toda imagen presente es producto de procesos de inserción urbana de largo aliento, de trayectorias residenciales desplegadas a lo largo de sus cursos de vida y condicionadas por cambiantes contextos sociohistóricos y sociourbanos. Su presencia actual en zonas de la ciudad que se fueron poblando hacia mediados del siglo XX debe entenderse en ese marco, evidenciando incluso que muchos de ellos han sido protagonistas de dicha expansión.
Toda representación cartográfica de pautas de asentamiento presente es esto: una representación estática del (resultado de) un proceso temporal y dinámico que, para captar en su complejidad, habría que incorporar la variable generacional y una perspectiva longitudinal que supera las posibilidades de una fuente censal. Y las diferencias generacionales tampoco agotan las heterogeneidades que atraviesan este fenómeno, pues sus protagonistas no solo se definen por tener un origen migratorio común, sino por múltiples interseccionalidades -vinculadas al género, la edad, la clase social- que imprimen especificidades a sus dinámicas de inserción urbana. La complejidad de la pregunta por las condiciones de asentamiento residencial exige redoblar la apuesta al diálogo entre este tipo de estudios macro, capaces de identificar las grandes tendencias que caracterizan a los diversos colectivos en la metrópolis en su conjunto, con estudios específicos (de ciertos colectivos y/o entornos urbanos en particular) que posibiliten desentrañar las múltiples tramas de sentidos, diferencias y desigualdades sociales que atraviesan los procesos territoriales.










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