El libro titulado Enraizadas. Arte en los muros y resistencias en América Latina es una provocación a la mirada y una invitación a repensar la ciudad, lugar donde se hunden bajo el peso de la urbanización las raíces de la memoria, la colectividad, las mujeres y la naturaleza. Bajo este preludio, las mujeres de América Latina paren algo más que arte: paren resistencia y esperanza transformada en arte. A través de murales y grafitis, el arte urbano feminista se torna en un acto de creación colectiva que rescata nuestra conexión ancestral con la naturaleza, con nuestro entorno citadino y con nosotras mismas. Al igual que el parto, cada intervención en los muros es una manifestación de la resistencia a un sistema que ni siquiera nos mira a los ojos y, ante la más mínima luz de rebeldía, trata de apagarnos. Pero en las paredes de nuestras ciudades latinoamericanas, las mujeres reescriben la narrativa, llevando al mundo lo que la modernidad ha intentado borrar: el poder de la animalidad, el ciclo de la vida, la conexión primordial con la tierra y el reconocimiento de que “estamos aquí”.
El grafiti y los murales feministas compartidos en este libro emergen como una forma de recuperación del espacio, pero no solo en un sentido físico. Se trata de una reclamación cultural y simbólica de lo que ha sido desplazado. Los muros, que antes eran meros contenedores de anuncios comerciales o propaganda política, ahora se convierten en un espacio donde se paren resistencias, en el sentido más profundo de la palabra: un arte que nace no solo para decorar, sino para reivindicar lo que ha sido olvidado, olvidado por la rápida expansión de las ciudades y la deshumanización que estas imponen. Como Ileana Rodríguez, escritora cubana, afirma que "El arte tiene el poder de transformar la ciudad, de hacerla más humana. La mujer, como creadora, puede reconfigurar el espacio urbano y reconectar su cuerpo con la naturaleza, desafiando las restricciones impuestas por el mundo moderno" (Rodríguez, Ileana. Modalidades de memoria y archivos afectivos: Cine de mujeres en Centroamérica San José: Universidad de Costa Rica, CIHAC/CALAS- Laboratorio Visiones de Paz, 2020. 28).
De igual manera, las autoras de este libro nos invitan a ver los grafitis y los murales no solamente como un acto estético-contemplativo, sino también como una resistencia activa y crítica sobre nuestro entorno y sus problemáticas. Estas intervenciones visuales sirven como un recordatorio de que la naturaleza y el arte deben seguir siendo parte de la narrativa urbana. En lugar de dejar que las urbes de concreto silencien todas las conexiones con el mundo natural, estas obras se alzan con una voz colorida y texturizada sobre las paredes de la ciudad, desafiando el olvido impuesto por el entorno urbano latinoamericano.
Cada obra parida por mujeres se convierte en una manifestación de resistencia, en una lucha contra la expansión de un mundo que ha decidido olvidar el lazo intrínseco que los seres humanos tenemos con la tierra. La naturaleza ha sido desplazada por la industria y el progreso, pero en estos espacios de arte urbano, la mujer, que es parte de esa misma naturaleza, también toma una posición de resistencia, reivindicando su espacio, su identidad y su conexión con lo no humano. Como bien argumenta Rita Segato (Segato, Rita. Las estructuras elementales de la violencia: Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes/Prometeo Libros, 2003), antropóloga y feminista argentina quien sugiere que la mujer no es solo un sujeto de opresión, sino también un sujeto de resistencia. A través del arte, ella puede restituir su relación con lo primitivo, con lo salvaje, con la naturaleza que ha sido desposeída por la civilización. Justamente es este arte- resistencia al que este libro permite acercarnos.
Las mujeres artistas, en este caso, paren un arte de resistencia que es político y social, pero también profundamente emocional y simbólico. Están desafiando el statu quo de la ciudad moderna, un status quo que favorece la industrialización y el consumo, y que a menudo ve el entorno natural como algo descartable, un recurso a ser explotado. Frente a esto, el arte urbano feminista se convierte en una declaración de intenciones: un recordatorio de que la naturaleza no debe ser vista solo como un objeto que el hombre explota, sino como un sujeto vivo y vital, con el cual las mujeres se identifican y se conectan de manera profunda y ancestral. Algo que Cecilia Vicuña (DIRAC. Cecilia Vicuña desde Nueva York: “Las mujeres somos las únicas que estamos genuina, total y absolutamente interesadas en la continuidad de la vida”. Dirección de Asuntos Culturales: Chile. [Entrevista, 8 de marzo de 2023]), poetisa y artista chilena explora al mencionar que "El arte tiene el poder de restituir a las mujeres su relación con la naturaleza, de hacer que la ciudad deje de ser un espacio de alienación para convertirse en un lugar de creación y reconexión".
Por tal motivo, los grafitis y murales feministas en América Latina no solo luchan por el reconocimiento de la mujer en la sociedad urbana, sino que también se enfrenta al desdén y olvido de la naturaleza. Las obras compartidas en este libro integran frecuentemente símbolos de la animalidad y la naturaleza, que en muchos casos se mezclan con la figura femenina. Las artistas representan y plasman animales como una manera de recuperar la fuerza primordial que se ha visto desplazada por la artificialidad del concreto. La mujer ya no es solo una figura humana, sino una figura que se fusiona con la tierra, con los animales, con el ciclo de la vida que la modernidad quiere extinguir.
Este simbolismo va más allá de la estética. El vínculo con la animalidad y la naturaleza en este arte urbano feministas es una forma de reivindicar la vida y, sobre todo, el derecho a existir en equilibrio con el entorno natural, en contraposición con la alienación que el progreso y la urbanización han impuesto. La animalidad no es vista como algo inferior, sino como una forma de poder, de sabiduría ancestral que está en la raíz de la identidad de las mujeres latinoamericanas y que necesitamos, Enraizar en nuestro interior. Las mujeres, como guardianas de la tierra, reclaman su lugar en la narrativa que las metrópolis han borrado.
Asimismo, no es casualidad que, de manera acertada, tras recorrer las páginas de este libro, la idea de parir como una acción simbólica poderosa este presente en cada fotografía. Al utilizar este término, no solo evocamos el acto biológico de traer vida, sino también el proceso creativo y disruptivo que genera el grafiti y el muralismo feminista. Este tipo de arte no es un producto acabado y simple, sino un proceso que surge de las entrañas de la ciudad, como un parto que está lleno de resistencia, de lucha y de creación.
De tal modo "El mural como parte de un parto” es una idea que arrebata a las ciudades los muros que a menudo son vistos como elementos inanimados, superficies que sirven para contener o delimitar, pero no para crear. Los grafitis feministas subvierten esta idea, transformando esas paredes en espacios de vida, de gestación, donde cada trazo se convierte en una forma de resistencia a la deshumanización urbana. Así, la creación artística en estos muros puede verse como una suerte de "parto visual", que da a luz un mensaje cargado de historia, de lucha y de memoria, ya que, siguiendo con las ideas de Mónica Mayer (Mayer, Mónica. Intimidades o no. Arte, vida y feminismo. México: Editorial Diecisiete, 2021. 192), artista y teórica feminista mexicana "El parir arte implica no solo la representación del cuerpo femenino, sino también la reclamación de la naturaleza como territorio propio, un espacio en el cual la mujer no es solo un sujeto representado, sino un ser que crea, que se conecta con los elementos, los animales y las fuerzas vitales de la tierra".
Es interesante la intención que las autoras plasmaron en Enraizadas al crear un vínculo entre el arte con la naturaleza: A través de las obras compartidas en el libro, puede verse que las artistas feministas reivindican una relación perdida con la tierra, con la animalidad que ha sido relegada a los márgenes de la sociedad urbana. Al plasmar figuras femeninas entrelazadas con flora, fauna, y paisajes naturales, estos murales funcionan como un reconocimiento de lo que la ciudad intenta aniquilar: la conexión fundamental que tenemos con la naturaleza. De tal modo, el "parto" no solo es artístico, sino un acto de reconstrucción de nuestra relación con el mundo natural.
Como mencionamos líneas atrás este "arte que nace de la resistencia" no es solo un acto estético, sino un llamado urgente a volver a ver lo que hemos olvidado. En las grandes urbes donde el hormigón y el acero parecen dominar cada rincón, las mujeres logran transformar los muros en una forma de resistencia atemporal que resalta la relación de la tierra, de los animales y de la mujer. Estos murales y grafitis no son solo un simple adorno, son un reclamo visual que exigen la restauración de un equilibrio roto por la avaricia del progreso y del patriarcado. En ellos, cada figura femenina representada en armonía con la naturaleza desafía las jerarquías que han relegado a las mujeres y a los seres no humanos a un segundo plano, volviendo a colocar la vida en su lugar central.
Lo que Diana Taylor (Taylor, Diana. The Archive and the Repertoire: Performing Cultural Memory in the Americas. Durham, North Carolina: Duke University Press, 2003.), teórica y académica mexicana nos invita a reflexionar al estudiar la performatividad del cuerpo femenino y cómo las mujeres, a través del arte y las performances, pueden desafiar las normas urbanas y reconectar con lo natural, lo visceral y lo no domesticado, argumentando que las mujeres en la ciudad son como espectadoras de su propia vida. El arte puede liberar a las mujeres, permitiéndoles no solo ser observadas, sino tomar el control de su narrativa, de sus cuerpos, de sus espacios, reconociendo su conexión con lo salvaje y lo primordial.
Sin lugar a duda, este libro es una celebración a la lucha artística por la reconexión con la vida y a la capacidad de ver a las ciudades como selvas en el sentido de que al igual que los animales se mueven sin restricciones en la jungla, la ciudad debe permitir a las mujeres encontrar en su caos la posibilidad de ser, de expresarse y de reconquistar su lugar en un ecosistema de creación que no las limite, sino que las abrace como parte fundamental del todo. En las grandes ciudades, el progreso ha tendido a separarnos de nuestras raíces, de nuestra conexión con la tierra, la naturaleza y el cuerpo.
El arte urbano feminista se convierte en un acto de reconciliación con esas raíces, un recordatorio visual de que somos parte de un todo, y que, a pesar de los intentos de la modernidad de aislarnos de nuestro entorno, siempre habrá un grito de resistencia que surge desde los márgenes de la sociedad, de las calles, y de los muros. En este contexto, el poema de la escritora y poeta nicaragüense Gioconda Belli (Belli, Gioconda. Apogeo. Madrid: Editorial Visor, 2009. 89-90.), "Madre nuestra que estás en los suelos", resuena profundamente, como un llamado a reconocer que le debemos mucho a la tierra, a lo salvaje, a lo femenino. Esta frase, que reconfigura la tradicional oración del "Padre Nuestro", nos recuerda que nuestra fuerza y nuestra conexión con el mundo no vienen solamente del progreso y de las frías ciudades, sino de la tierra misma, de las raíces que nos sustentan. La ciudad, como una selva de concreto, se convierte en un espacio de resistencia y transformación, donde la mujer, al igual que la madre tierra, se erige como una figura capaz de recrear, sanar y nutrir lo que se encuentra a su alrededor. Es decir, la figura materna no es solo un símbolo de ternura o protección, sino también es fuerza indomable, capaz de resurgir de las manchas de smog y de las grietas del concreto, recordándonos que la mujer, al igual que la tierra, es creadora, transformadora y esencial para el equilibrio de todo lo que existe.
En este punto, el "parto" del arte también implica una renovación de la conciencia colectiva. Así como el nacimiento simboliza el inicio de una nueva vida, el arte urbano feminista no solo crea imágenes en arte, sino que cambia nuestra forma de ver el mundo. Al mismo tiempo, nos invita a cuestionar la relación entre el hombre, la mujer, y el entorno, y nos recuerda que toda forma de vida está conectada, y todas merecen ser respetadas y protegidas.
Finalmente, parir arte es parir resistencia. Tanto arte como resistencia son conceptos que se entrelazan, creando una fuerza tan poderosa como la naturaleza misma. Es así como, en las calles de América Latina, los muros no solamente se llenan de colores y relieves, sino también de voces feministas que demandan el reconocimiento de su vínculo con la tierra. Por tanto, en cada mural y cada grafiti hay una historia que se gesta, una historia que desafía la violencia del concreto, la alienación urbana y el olvido de la naturaleza. Este libro es una celebración de ese parto visual, ese arte que nace de la resistencia, que lucha por conservar la memoria ancestral y la fuerza de la animalidad, frente a un mundo que nos quiere hacer creer que estamos separadas de todo eso.









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