En la indagación que el siglo XVIII europeo emprende sobre las características de los diferentes pueblos, la teoría de los climas dictó la manera en que América fue conocida y concebida. Montesquieu, en L’esprit des lois, expone las derivaciones políticas que tiene la acción de determinados climas en ciertos pueblos y explica así cómo hay pueblos que dominan a otros y pueblos que necesitan ser dominados. América entra en el segundo grupo. Como bien explica Antonello Gerbi en su conocido libro La disputa del Nuevo Mundo, la geografía americana estaba conformada, para el pensamiento ilustrado, por grandes extensiones avaras, salvajes, de clima malsano, muy húmedas. Toda la región estaba habitada, según autores como Corneille de Pauw o Buffon, por formas de vida más débiles y pequeñas que en Europa. Los animales, incluido el hombre, aparecen en la Histoire Naturelle de Buffon y en Recherches philosophiques sur les américaines, de Corneille de Pauw, definidos por los semas de impuissance (impotencia) y son siempre “plus petits” (más pequeños) que en el viejo continente. Salvo, sostiene Buffon, los reptiles y los insectos.1 Para Buffon, estas formas de vida consiguen en América un desarrollo notable: “Voyons donc pourquoi il se trouve de si grands reptiles, de si gros insectes, de si petits quadrupèdes, et des hommes si froids dans ce Nouveau monde. Cela tient à la qualité de la terre, à la condition du ciel, au degré de chaleur, à celui d’humidité, à la situation, à l’élévation des montagnes, à l’étendue des forêts, et surtout à l’état brut dans lequel on y voit la nature (Buffon 1830: 400)”.2
La asimilación de los insectos a lo grande es interesante, porque en la cadena semántica que la Ilustración utiliza para definir a América en contraste con Europa, lo “grande” es condición de “poder”, rasgos de los que precisamente carecería América, marcada para el siglo XVIII europeo por la degradación de toda grandeza y de todo poder.
Quizás, al otorgar a los insectos, considerados entonces formas inferiores de vida, la condición de ser grandes y poderosos, Buffon no hace más que acentuar la “degeneración” de nuestro continente. Pero en este trabajo propongo abrirnos a otra posibilidad hermenéutica y preguntarnos qué poder encierran los insectos en América.3
Los insectos americanos aparecen en las crónicas viajeras desde el primer diario de Colón. El 14 de febrero, Colón siente que no podrá cumplir el cometido de su viaje a causa de los mosquitos: “Parecíale que el deseo que tenía de llevar estas nuevas tan grandes [a los reyes] y mostrar que había salido verdadero en lo que había dicho y proferídose a descubrir le ponía grandísimo miedo de no lo conseguir, y que cada mosquito diz que le podía perturbar e impedir” (Colón, 2000: 226).
En la geografía específica que me ocupará en este trabajo, Fray Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán, dedica un apartado de su capítulo IX a las serpientes, a los “animales ponzoñosos” y a las abejas. Allí habla de los alacranes, las hormigas y las arañas como animales venenosos y destaca a las segundas como los peores: “Hay un género de hormigas grandes cuya picada es mucho peor y duele y encona más que la de los alacranes, y tanto, que dura su enconación más del doble que la del alacrán como yo he experimentado” (2002: 183). Habla también de las abejas que producen miel y cera y “no pican […] ni hacen nada” (2002: 184). Como remarcó Kalina Miranda Perkins en la conferencia “Los insectos en el sistema alimentario cultural”,4 es en el trópico donde habita el mayor número de insectos terrestres, de modo que aparecen desde los primeros registros de viaje por esta región de América.
En este análisis, para ensayar una respuesta a la pregunta arriba formulada sobre qué clase de poder tienen los insectos americanos, quiero tomar como caso de estudio un testimonio de viaje por Yucatán escrito por una mujer a finales del siglo XIX. Se trata del manuscrito inédito Yucatán: its Ancient Palaces and Modern Cities. Life and Customs among the Aborigins (1884), de la viajera inglesa Alice Dixon Le Plongeon, que se conserva en el Getty Research Institute.5 El manuscrito, cuya traducción al español y edición será próximamente publicado por el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales y el Centro de Estudios Mayas del IIFL,6 es un texto que, a la par de ofrecer una lectura amena, contiene información muy valiosa sobre los sitios arqueológicos mayas, en especial Chichén Itzá y Uxmal, sobre la guerra de Yucatán contra México y la Guerra de Castas, y sobre las costumbres de los mayas y el estado de la sociedad yucateca decimonónica.
Alice Dixon Le Plongeon llegó a Yucatán desde Estados Unidos junto a su esposo, Augustus Le Plongeon, en 1873, con el objeto de explorar las ruinas mayas de la región y fotografiarlas. Este viaje se extendió por once años, hasta 1884. Durante este tiempo recorrieron la península yucateca y exploraron en profundidad las ruinas de Chichén Itzá y de Uxmal. Con frecuencia establecieron sus campamentos en las ruinas mismas, habitando así en medio de la selva donde estaban los edificios. Durante estos años, los Le Plongeon obtuvieron numerosas fotografías de la zona que hoy se resguardan en su mayoría en el Getty Research Institute y en la Wilson Library de la University of North Carolina at Chapel Hill,7 y sacaron a la luz la estatua de Chac Mool que se encuentra en el Museo de Antropología de México. Las ideas que Augustus Le Plongeon expuso en sus libros sobre el origen de los mayas, en especial en Queen Moo and the Egyptian Sphinx, ideas que Alice Dixon suscribió, le valieron el descrédito de las sociedades de estudio de temas de anticuaria de Estados Unidos. En esencia, Le Plongeon defendía la posibilidad de que los mayas fueran los fundadores del antiguo Egipto o que hubieran habitado la Atlántida. Esta falta de legitimación lo mortificó profundamente, algo que se percibe tanto en sus cartas como en las de Alice Dixon, por lo que murió sintiendo que la gran labor que realizó en Yucatán no fue debidamente reconocida. Alice Dixon abrazó la causa de su esposo y esto quizá repercutió en que su importancia como viajera, exploradora, estudiosa y fotógrafa aparezca desdibujada. Sin embargo, durante los once años de viaje por Yucatán, ella tomó numerosas fotografías, llevó un diario de viaje, publicó numerosos artículos en revistas y periódicos sobre las ruinas y las costumbres de los mayas y los libros Here and there in Yucatán (1889) y Queen Moo’s Talisman. The Fall of the Maya Empire (1901). También escribió, basándose en su diario de viaje, el manuscrito antes referido que voy a analizar: Yucatán: its Ancient Palaces. La gran habilidad de escritura y la aguda capacidad de observación que sus escritos reflejan ameritan otorgarle un lugar independiente al de su marido y estudiarla desde allí.8
Para ingresar al estudio de los insectos en el manuscrito de Dixon, es importante mostrar el ángulo teórico desde donde abordaré el tema. Lo primero es mi decisión epistemológica de invertir la dirección de los estudios culturales que ha primado en el análisis de la literatura de viajes desde Orientalism, de Edward Said e Imperial Eyes, de Mary Louise Pratt. Si asumimos el concepto de “orientalismo” como “el sistema de conocimiento europeo u occidental de Oriente” (Said, 2002: 267), y los “ojos imperiales” como aquellos que “observan y poseen” en lo que Pratt denomina “zona de contacto” o espacio social donde dos culturas diferentes conectan de manera asimétrica (una domina y subordina a la otra) (Pratt, 2010: 19 y 27), comprendemos que los estudios de literatura de viajes han estado centrados, en la base, en ver cómo las potencias coloniales europeas han estudiado y, con ello, dominado y dado una identidad a los territorios viajados. En este trabajo quiero cuestionar esta rutina “imperialista” de dominación y seguir una dirección inversa: ver cómo el territorio viajado ha dominado al viajero europeo e intervenido en su identidad. Para ello, voy a ir más allá de la mera dimensión antropomórfica del viaje. Los estudios de literatura de viajes han calibrado en términos humanos la relación entre el yo y el otro que supone todo contacto entre dos civilizaciones y el impacto del “orientalismo” y el “imperialismo” se ha medido en esos términos. Sin embargo, la apertura que actualmente impulsa el pensamiento filosófico poshumanista que analiza la acción efectiva de agentes no humanos en la historia cultural, política e intelectual humana, me invita a dar un paso más allá y estudiar el impacto que estos agentes, en concreto los insectos, tuvieron en el viaje de Alice Dixon Le Plongeon por Yucatán.9
EL OIKOS Y LO EXTRAÑO
En su estudio Travel as metaphor, Georges Van Den Abbeele sostiene que todo viaje está regido por una economía: el viajero gana o pierde algo al viajar. Gana, por ejemplo, conocimiento, reconocimiento, vivencias, relaciones; pierde dinero, salud, seguridad. Sin embargo, para medir esta economía de ganancia o pérdida, es necesario que “algo” permanezca inalterable, algo que funciona como punto de referencia a partir del cual se puede medir la ganancia o la pérdida. A este punto de referencia, Van Den Abbeele lo denomina oikos, “hogar” en griego. En términos amplios, el oikos funciona dentro de una lógica circular, porque es el lugar de donde parte el viajero y el lugar a donde regresa después del viaje.10 Pero en términos relativos, el concepto es mucho más operativo porque el oikos se traslada junto con el explorador, y en cada etapa de su trayecto funciona como un eje ontológico, deíctico y epistemológico a partir del cual se sitúa en esa realidad nueva y la define. Si el oikos no estuviera, el viaje sería puro extravío del viajero en lo otro, comenzando por su identidad. El viajero se perdería a sí mismo, literalmente hablando, en su viaje.11 Pero, en general, esto no sucede; lo que suele pasar es que el viajero intenta domesticar (de domus, hogar) el viaje, al establecer ciertos límites físicos y mentales con la realidad viajada que le permiten controlarla y preservar su identidad.12 Así, la economía del viaje se equilibra en la medida en que éste transcurre. Al terminar el derrotero y regresar a su hogar, el viajero ponderará si en esa economía fue más lo que ganó que lo que perdió y valorará el éxito (en términos de ganancia) o no de su viaje. Pero en tanto transcurre, se esfuerza en contener su viaje dentro de ciertos límites que lo protegen de una pérdida absoluta, y esos límites están constituidos por el oikos. El oikos es, en síntesis, el centro de posesión de una identidad propia y de dominio de la realidad.13
Sin embargo, como señala Leila Gómez en Impossible Domesticity, hay elementos y signos en un viaje que tornan la domesticidad del oikos imposible y “desautorizan el punto de referencia del oikos y su economía circular” (Gómez, 2021: 4);14 momentos, al cabo, en que el oikos no se mantiene porque se pierde el control del objetivo del viaje; a veces, incluso, se pierde el viaje mismo. La idea de Gómez es que la economía del viaje no siempre se mantiene, ni siquiera desequilibrada, y en estos casos los viajeros pierden la estabilidad y seguridad del oikos “permitiéndose a sí mismos ser modificados por las experiencias de viaje” (2021: 5).15 En los términos de este trabajo, en los momentos en que el viajero europeo pierde su oikos es cuando la realidad americana impacta y altera su identidad. Existen múltiples agentes perturbadores del oikos que pueden tornar la domesticidad imposible, agentes materiales, sucesos, sentimientos: un accidente, un desastre natural, la enfermedad, un amor, la nostalgia, una guerra, etc. Pero en este trabajo quiero proponer que todos ellos tienen un mecanismo de funcionamiento común, sea de la naturaleza y de la forma que sea, que se explica en lo extraño. Es lo extraño, en su función, lo que desestabiliza el oikos, hace peligrar la economía equilibrada del viaje y torna la domesticidad imposible.
Etimológicamente, “extraño” viene del latín extraneus, que significa de fuera; externo, exterior, forastero, extranjero, y proviene, a su vez, del adverbio extra: fuera de, en el exterior. Desde principios del siglo XX, con los estudios de Georg Simmel, la sociología ha estudiado y explicado las consecuencias de la inserción de lo extraño, del que viene de fuera, a grupos sociales ya establecidos. En los años sesenta, desde la teoría literaria, lo extraño es analizado bajo la sombrilla de la literatura fantástica. Tzvetan Todorov, en Introducción a la literatura fantástica, define lo fantástico como un acontecimiento que sucede en nuestro mundo habitual que altera, en principio, las leyes de ese mundo (Todorov, 1980: 24), un suceso o un objeto que suspende momentáneamente nuestro juicio y perturba, con mayor o menor grado de intensidad, nuestro orden de mundo y la compresión de éste. Lo extraño, en esta dinámica de lo fantástico, es para Todorov aquello que altera nuestra realidad domesticada y nuestro juicio pero que, pasado unos momentos de estupor, logramos controlar explicándolo por las leyes que rigen nuestra realidad habitual. Tanto desde la sociología como desde la teoría literaria, lo extraño es algo que se presenta en una realidad que no le es propia y altera el orden de esta.
Quiero ir un poco más allá de estas dos orientaciones teóricas y abordar el problema, según lo concibe Bernhard Waldenfels en Grundmotive einer Phänomenologie des Fremden, como un mecanismo más amplio que responde a una dinámica fenomenológica. Waldenfels (2015) coincide con la sociología y la teoría literaria al señalar que lo extraño desaparece tan pronto “surge la luz de la razón” y también en algunas de sus características básicas: que se da primero como una experiencia que antecede el reconocimiento y la comprensión, que “interrumpe el andar acostumbrado de las cosas”, que es una “anomalía” que desvía y excede la normalidad, que nos afecta “antes de que podamos aceptarlo o rechazarlo”, que supera nuestras posibilidades, que puede incluso convertirse en hostilidad, que, en síntesis, “supera los límites de todo orden” (2015: 11, 13, 18, 20).
Lo extraño, dice Waldenfels, no es algo que nosotros podamos activar a voluntad, lo constituyen eventos que nos ocurren sin motivo, que “se topan con nosotros, nos caen encima, nos invaden, nos sorprenden, nos asaltan” (2015: 26) y que, para el filósofo, se explican en el pathos (“pathos significa que estamos siendo afectados por algo”, 2015: 27) en su formulación del páthei máthos, tal como lo concibió Esquilo en Agamenón: el aprendizaje a través del sufrimiento.
Esta definición de lo extraño ligada al pathos y al páthei máthos acentúa ciertas acciones que encuentran, como veremos en lo que sigue, un eco inmediato en la vivencia que Alice Dixon tiene de los insectos en Yucatán: topar, caer encima, invadir, sorprender, asaltar son verbos que, veremos, definen la dinámica que se establece entre ella y los insectos, a la par de que la vivencia directa que ella tiene de los insectos está definida, en la base, por el sufrimiento.
En este trabajo lo que me interesa del planteamiento de Waldenfels es su dimensión fenomenológica que, según él mismo señala, coloca en primer plano el problema de la intencionalidad, lo que viene a significar que “algo se muestra como algo” a alguien (Waldenfelds 2015: 20). Esa perspectiva me permite comprender mejor el hecho de que, al estudiar los insectos en la literatura de viajes, no estoy estudiando lo que los insectos son, sino lo que son para alguien porque, como señala Waldenfelds, “nada está dado, sin estar dado como tal, y nadie se relaciona con ello sin comportarse como alguien” (2015: 21). La perspectiva fenomenológica abre la dimensión ontológica hacia la dimensión semántica: “que algo aparezca como algo, no significa por eso que sea algo. Se convierte en algo al recibir un sentido y, por lo tanto, convertirse en pronunciable, manejable, repetible” (2015: 23).
A partir de esta propuesta desde la fenomenología, voy a asumir lo extraño como algo que irrumpe y desarma un orden establecido y que, en este funcionamiento, se contrapone a lo propio, al oikos, pero al poner especial énfasis en que esa irrupción y ese desorden le ocurren a alguien. Más concretamente, le sucede a Alice Dixon quien escribe sobre esa irrupción y ese desorden en su manuscrito y, en ese acto de escritura, define a lo extraño como extraño.16 Lo extraño, entonces, es extraño para alguien (Alice Dixon) quien le otorga ese sentido. Esto, que parece una obviedad, no lo es; por el contrario, es una dinámica muy compleja que involucra a la ontología del fenómeno desde la semántica. Lo extraño entendido como una fuerza que irrumpe y desestabiliza un orden de mundo, tal como lo analiza la sociología o la teoría literaria, abre el análisis hacia el costado de la reacción de ese alguien afectado por lo extraño. En contraparte, lo extraño, entendido como fenómeno que le ocurre a alguien que lo vive y lo define como extraño, abre el análisis hacia el costado de la acción semántica y nos permite indagar en los modos de vivenciar lo extraño a partir de su configuración discursiva. En los términos de este trabajo, esta perspectiva teórica me permite analizar cómo los insectos en Yucatán, en tanto agentes de lo extraño, son el resultado de la construcción discursiva de Alice Dixon Le Plongeon.
LOS INSECTOS Y ALICE DIXON
Hay un gesto fundamental que sostiene la arquitectura de este trabajo: los insectos efectivamente aparecen en el manuscrito de Alice Dixon. Podrían, frente a los temas importantes del texto como son la exploración de las ruinas mayas, las características y costumbres de los mayas y de la sociedad yucateca, la guerra de Yucatán contra México y la Guerra de Castas, no tener un lugar en la narración. Pero no sólo lo tienen, sino incluso de manera importante: aparecen, ya sea en escuetas menciones o en fragmentos discursivos amplios, en 12 de los 16 capítulos.17 Aparecen además mayormente con identidad definida y no agrupados bajo la denominación genérica de “insectos” o “bichos”.18 No estoy en condiciones todavía de poder explicar por qué aparecen; una respuesta a esa pregunta requiere del análisis de un corpus de literatura de viajes más amplio de donde extraer variables que soporten una explicación filosófica y cultural sólida. El objetivo aquí es ver a qué insectos Alice Dixon le confiere una realidad textual y cómo lo hace.
En Yucatán: its Ancient Palaces and Modern Cities, el catálogo de insectos que aparece es el siguiente: hormigas (xulabs y otras), mosquitos, garrapatas, langostas, mariposas, moscas, abejas, arañas, pulgas, termitas, gusanos, escorpiones, luciérnagas, pics (Triatoma infestans que provoca el mal de Chagas), e insectos indefinidos expresados como “cosas rastreras”, “insectos extraños, raros”, “ciertas cosas que se arrastraban”.
Al comienzo de su libro, Alice Dixon ubica a los insectos en la cadena de seres que habitan la selva y la mantienen viva: “Toda la creación, desde la tierna brizna de hierba hasta la palmera majestuosa, desde el más pequeño insecto hasta el hombre arrogante, se regocija en la renovación de la vida”.19 Hay, vemos, una intención por romper una supuesta jerarquía que tiene al “pequeño insecto” y al “hombre arrogante” en sus extremos. Subyace aquí una ironía que, por lo demás, es habitual en Dixon y que sugiere que ni el insecto es tan inofensivo como podríamos esperar de algo tan pequeño ni el hombre tiene motivos para ser tan petulante como integrante de la cadena de seres. Desde la introducción, entonces, aparecen los insectos y no como formas inferiores de vida: “la hormiga es tan inconveniente como el leopardo”,20 dice. “En todo el país [dirá en el capítulo III] la vida de los insectos es admirable”, y ellos junto con los demás animales “habitan juntos, persiguiendo, escapando, alimentándose unos de otros, y luchando por obedecer la ley suprema de la naturaleza, la autopreservación”.21 Pero los insectos no sólo aparecen en la selva, también lo hacen en las casas, en los caminos y en las ruinas.
Podemos agrupar a los insectos del catálogo de Dixon en dos grandes líneas: los que no pican y los que sí lo hacen y, por ende, atraviesan su cuerpo. Dentro de los que no pican, hay dos grupos de insectos que defino como “bellos” y “molestos”:
Insectos bellos: en este grupo están las luciérnagas, las mariposas y algunos insectos indefinidos que Dixon califica de “lustrosos”. Estos insectos acentúan la percepción estética del lugar. En el día se mezclan con las flores del camino y en la noche emulan las estrellas.
Insectos molestos: en este grupo ubico a las abejas, las langostas, las moscas y las termitas. Estos insectos no son especialmente nocivos, pero invaden las casas, las pertenencias de la viajera y también el espacio de su propio cuerpo porque se meten en su pelo, nariz, oídos, boca y ojos.
Entre los insectos que pican y traspasan la barrera del cuerpo de la viajera, preciso dos grupos: los insectos que llamaré “peligrosos” y los insectos que defino como “intolerables”:
Insectos peligrosos: son las arañas venenosas y los escorpiones. Estos insectos son peligrosos según noticia de los locales, pero Alice Dixon estima que el peligro real que comportan es exagerado. En ocasiones, las arañas merecen una consideración estética por parte de la viajera.22
Insectos intolerables: en este grupo están las garrapatas, las hormigas, las pulgas, los mosquitos, los pics. Son los insectos que pican, atraviesan la piel de la viajera y chupan su sangre, salvo las hormigas que no son hematófagas, pero sí carnívoras, porque muerden y, según palabras de Dixon, “se llevan un pedazo de carne”. Irrumpen en las casas, en las ruinas, invaden los caminos e invaden el cuerpo humano.
Los insectos bellos cumplen la función textual de acentuar la percepción estética del lugar que, en el caso de Dixon, como ya analicé en otro trabajo (España y Depetris 2011) se nutre de una consideración arcádica y utópica de la naturaleza y de la sociedad yucateca. Las mariposas y las luciérnagas acentúan el brillo y la luz del lugar, tanto de día como de noche y realzan la belleza de la vegetación y la sublimación que se desprende de las escenas nocturnas en medio de las ruinas solitarias. Son insectos que no sólo no interfieren en el espacio doméstico de la viajera, sino que incluso la invitan a un habitar amable y feliz del lugar. Estos insectos no alteran el bienestar de Dixon y pueden, por eso, acompañar la vivencia estética que tiene de Yucatán y hacerla sentir más en casa.
El problema surge cuando los insectos, de diferentes maneras y con distintos niveles de impacto, acechan e irrumpen en el espacio que habita Dixon y entran en contacto directo con sus cosas y con su cuerpo. Esto ocurre con los insectos que he llamado “molestos”, “peligrosos” e “intolerables”. Voy a recorrer esta cuestión con más detalle porque aquí es donde los insectos funcionan como agentes de lo extraño en el espacio doméstico de la viajera, y alteran su oikos.
Los insectos “molestos” (abejas, moscas, langostas y termitas) tienen, en el relato, un protagonismo importante. Las abejas aparecen vinculadas a la práctica de la apicultura y las langostas a una plaga que azotó la península dejando enfermedad y hambruna. Las abejas eran, dice Dixon en el capítulo VII, “inofensivas como el dulce que producían, pero revoloteaban por el pelo, los ojos, la nariz, la boca y las orejas de la manera más exasperante”.23 Las langostas, únicos insectos fotografiados por los Le Plongeon y que aparecen extensamente en el capítulo XVI del manuscrito,24 eran inofensivas, pero “entraban en la casa, aserraban nuestra ropa, merodeaban sobre los muebles como si se hubieran perdido, saltaban a nuestra cara como si ese fuera el lugar que buscaban, se arrastraban sobre nuestro manuscrito […] y buscaban un recoveco sombrío en nuestras mangas para disfrutar su siesta”.25
Combatir la plaga de langostas significó un gran esfuerzo comunitario que resultó infructuoso; la plaga terminó cuando las langostas, un día cualquiera y sin motivo, desaparecieron: “El enemigo se negó rotundamente a ser exterminado, pero en 1884 desapareció o se marchó para alegría de todos”.26

Lámina I Langostas fotografiadas por el matrimonio Le Plongeon. Getty Research Institute (2004.M.18).
Las moscas no tienen un lugar protagónico en el texto y aparecen mayormente molestando al ganado vacuno y equino, pero en el capítulo XVI Dixon dice: “la más temible de las numerosas moscas era una especie muy pequeña que constantemente trataba de entrar en nuestros ojos y su éxito resultaba muy doloroso”.27
Las termitas o comején sólo aparecen en el capítulo XII, mencionadas someramente por su capacidad de pulverizar la madera y fabricar con ella un “duro montículo alveolado de mucho mayor volumen que la pieza original”.28
Los insectos “peligrosos” son aquellos que se presumen tóxicos porque tienen veneno y que los locales consideran letales para los seres humanos. La araña es juzgada por los mayas como “malvada y venenosa y nos rogaron que no la tocáramos, probablemente movidos por sus ideas supersticiosas respecto de todas las criaturas que se encuentran entre las ruinas”, pero para Dixon era “rara y hermosa […], era como el acero pulido salpicado de manchas carmesí, mientras que sus patas parecían de bronce”.29 Dixon, como es costumbre en los viajeros decimonónicos europeos, desacredita el conocimiento vernáculo según la oposición “superstición-creencias versus ciencia”, algo que aparece especialmente remarcado en el escrito dado que Augustus Le Plongeon tenía formación médica y Alice se refiere a él siempre como “Doctor”. Sin embargo, la descripción que realiza Dixon de la araña indica que los locales tenían razón, ya que se trata de la viuda negra (Latrodectus mactans) que, según explica Pinkus Rendón, “puede causar contracción pulmonar y paro cardíaco por su potente veneno neurotóxico” (2010: 2).
Con los escorpiones sucede lo mismo: “los nativos a veces nos advertían contra insectos y reptiles que nosotros sabíamos eran inofensivos, y ellos mismos tenían menos miedo a las serpientes que al escorpión”.30 Luego dedica dos párrafos a explicar cómo el escorpión secreta su toxina, dónde la tiene almacenada y cómo los hijos devoran a la madre. “¡Tan tierna, dice, es la Madre Naturaleza!”.31 Si bien los alacranes dotados de veneno capaz de matar a una persona no se encuentran en Yucatán, las picaduras de las especies que los mayas temían provocan “inflamaciones localizadas, dolor de cabeza y entumecimiento de la lengua, entre otras reacciones” (Pinkus, 2010: 92).
Los insectos “intolerables” son aquellos que, en general, los locales saben combatir o que parecen no sentir pero que constituyen un auténtico tormento para la viajera porque son los más agresivos. Es notable ver en las numerosas fotografías que pueden consultarse en el Getty Research Institute cómo Alice aparece en las ruinas con su cuerpo absolutamente cubierto con ropas y botas, rodeada por los obreros mayas vestidos solo con calzón corto, en sandalias y con el torso desnudo. Con base en la oposición señalada arriba entre el conocimiento de los locales y de los viajeros, el matrimonio Le Plongeon prefiere ensayar sus propios métodos para evitar o curar las picaduras de insectos que el que emplean los nativos. Un ejemplo relativo a la cura de las picaduras de garrapatas: “Apreciamos tanto su energía [la de las garrapatas] que les permitimos participar en nuestra cura de agua caliente, por inmersión; preferimos esto al jugo de tabaco recomendado por los nativos”.32
Los mosquitos son los primeros insectos en entrar en acción en el relato como “un zumbido que presagiaba una tortura […]; era evidente que el mosquito de Mérida también estaba bendecido con una progenie numerosa”33 y contagian a Dixon de fiebre amarilla: “yo fui el único extranjero atacado durante la epidemia que había escapado de los sepultureros”.34 Los pics, que “chupan [sangre] hasta caer repletos”,35 actúan de noche y son para la autora muy astutos porque se ocultan cuando encienden velas para darles caza pero, tan pronto apagan la luz, logran superar las barreras protectoras (mosquiteros de muselina) que los viajeros colocan y los pican “como si nos clavaran agujas en la piel”.36 Las pulgas son acarreadas por los perros y otros animales; éstos entran en las habitaciones que ocupan los viajeros en las ruinas y esparcen “esos odiosos insectitos por nuestros dominios privados”,37 tornando el descanso imposible. Pero los insectos de este grupo que tienen una presencia continua en el relato y constituyen el mayor problema para la viajera son las garrapatas y las hormigas.
Alice Dixon presenta a las garrapatas en el capítulo III. Allí explica que en Yucatán hay cuatro tipos de garrapatas y señala que la más pequeña es la más perniciosa. Estas garrapatas, que incluso hoy infestan a cualquier paseante por el monte yucateco, son casi invisibles (“apenas perceptible a la vista”),38 están “hambrientas”, son “enérgicas”, son “innumerables” y “acosan” al viajero cayendo sobre él desde lo árboles. Actúan rompiendo la barrera del cuerpo humano porque se introducen en él, “se entierran bajo la piel de la víctima provocando inflamación y un picor intolerable”39 que se acentúa si la persona se rasca. En una ocasión, los Le Plongeon se infestaron tanto de garrapatas que, dice Dixon, durante quince días “nuestra piel se cubrió de duros bultos rojos que picaban intolerablemente”.40 Las garrapatas no sólo consiguen penetrar y alterar el cuerpo de los viajeros, sino que los “expulsan” (tal es el verbo que Dixon utiliza) de algunos sitios impidiendo su disfrute y también les imposibilitan el descanso. Los viajeros son, en palabras de la autora, “torturados”, “irritados” y “atormentados” por las garrapatas que les provocan una incomodidad y un sufrimiento continuos que califica de “intolerables”. Dixon las define, tal como hizo con las langostas, como “el enemigo”.
Las hormigas de todo tipo, en especial las xulabs, hormigas depredadoras, aparecen de manera recurrente en el relato. Se presentan, como los demás insectos, por “millones”, son “incansables”, “imbatibles”, “despiadadas” y también “terriblemente rencorosas”.41 Dice Dixon: “Las hormigas eran terriblemente rencorosas; si tropezábamos con una piedra y nos agarrábamos a un árbol para salvarnos de caer, seguro que uno de estos emprendedores insectos nos arrancaba una partícula de piel de la mano”.42
Pero, a diferencia de las garrapatas, las hormigas merecen la admiración de la viajera por su capacidad de organización y de trabajo que, a través de metáforas laborales y militares, Dixon asimila a lo humano: los hormigueros son “cuarteles generales”, tienen una organización jerarquizada con policías y obreros en la que replican el sistema social de los seres humanos donde los fuertes obligan a los débiles, son “hormigas guerreras” que marchan en perfecto orden, algunas avanzan como “eclaireurs”, otras como “van couriers” y tienen tanta precisión en su ataque como “las tropas humanas mejor disciplinadas”.43 En el capítulo IX, Dixon detalla cómo deben desalojar un edificio en Chichén Itzá donde estaban procesando fotografías ante el avance de una marabunta que arrasa con todo ser vivo presente en el edificio que no pudiera volar:
Desde la verde selva, pasando en línea recta sobre cualquier obstáculo, llegaban los insectos, apareciendo como una cinta negra de varias pulgadas de ancho. Se trataba de un ejército de xulabs, hormigas guerreras, que marchaban veinte o treinta en línea, en perfecto orden, hacia el edificio que utilizábamos; nosotros, por tanto, nos retiramos a una distancia segura para mirar.44
Durante 45 minutos, Dixon y los demás sólo pueden observar a la distancia cómo las hormigas toman posesión del edificio devorando todo a su paso. “Habiendo desaparecido las hormigas, volvimos a nuestra sala de trabajo con la seguridad de que no encontraríamos allí ningún ser vivo”.45 El posesivo que utiliza la autora aquí se revela, después de este episodio, muy relativo: las hormigas son las que tienen el control sobre ese espacio y la capacidad para expulsarlos, de igual manera que los expulsan, en otro episodio, de un lugar apacible y bello que habían ido a visitar. De todos los insectos de este grupo, las hormigas son las únicas que merecen el reconocimiento de Dixon: en el capítulo XVI, el último del manuscrito, rinde un homenaje “a mis peores enemigas, incansables, indomables”46 con lo que ella denomina una “ofrenda propiciatoria” de arroz y azúcar. La ironía que subyace en este acto y en su escritura no oculta que Dixon asume su derrota en la lucha que mantuvo con las hormigas durante su estadía en Yucatán.
Voy ahora a condensar los rasgos semánticos destacados hasta aquí para ver cómo son los insectos para Alice Dixon, qué hacen y qué provocan en la viajera. Para empezar, son considerados habitantes de la selva y, en ese sentido, forman parte de una “lucha” en la que todos los animales participan para autopreservarse. Dixon se incluye en esa lucha y reconoce que los insectos son tan peligrosos para los seres humanos como los grandes mamíferos depredadores, de modo que los define de manera contundente como “el enemigo”. Éste es astuto, enérgico, incansable, imbatible, despiadado, rencoroso, hábil, indomable, y su peligro mayor radica en que son ilimitados en volumen (son “millones”, “cientos”, “innumerables”) y en tiempo (son interminables, porque si unos mueren siempre llegan más). Están, además, siempre en movimiento: pululan o revolotean o marchan ordenadamente y nada detiene sus movimientos salvo la misma decisión de la masa de insectos, decisión que es inexplicable para los seres humanos, tal como sucede con las langostas. Las personas, entonces, están a merced de la voluntad “irracional” de los insectos y, aunque en la lucha procuran defenderse, éstos los exasperan, les provocan dolor, los torturan, les interrumpen el descanso, los expulsan de los lugares, les interrumpen sus actividades, ocupan sus espacios incluido el propio cuerpo, algunos atraviesan el cuerpo procurándose alimento porque están continuamente hambrientos, los acosan, los inflaman, los atormentan, los irritan, los incomodan. En síntesis, les provocan incomodidad y sufrimiento.
En la siguiente lámina podemos ver cómo el matrimonio Le Plongeon instala su oikos en las ruinas de Uxmal. Toda la escena proyecta la idea de hogar: ambos asumen una actitud cotidiana y están rodeados de sus posesiones. Detrás de la fotografía, escrito a mano por Alice o Augustus, cada una de esas posesiones tiene su correspondiente nombre. La nominación define la composición del oikos: son sus cosas en su espacio. Instalarse en un lugar y hacer de él un hogar, aunque sea provisorio, es un ejercicio continuo en el relato de Dixon. El uso de los posesivos (“nuestro”) en las habitaciones que ocupan en las ruinas o en las casas que les ofrecen los yucatecos para pernoctar en los trayectos, es un gesto discursivo reiterado. Ni siquiera los mayas rebeldes (cruzob) que acechan las zonas viajadas por los Le Plongeon constituyen un impedimento para que se instalen en los lugares. Sólo los insectos les generan sufrimiento e incomodidad y consiguen, a través del pathei mathos, irrumpir en sus posesiones con la fuerza irracional de lo extraño y desestabilizar su oikos.
Los insectos, vemos, tienen en el libro de Dixon una presencia continua porque, en los términos en que he planteado este trabajo, son poderosos agentes de lo extraño al alterar y con frecuencia arrebatar el oikos de la viajera. Dixon ensaya algunas maneras de conjurar lo extraño para retomar el control del oikos: coloca telas mosquiteras, construye trampas, describe algunas situaciones con ironía, les pone ofrendas propiciatorias e incluso observa detenidamente su comportamiento para poder alcanzar una explicación racional que le permita dominar el caos que instala lo extraño. Tal como señala Waldenfels, “aquello que conmueve un orden vuelve a entrar en este orden cuando se le nombra, clasifica, se le pone una fecha, se le localiza, y se le somete a explicaciones” (Waldenfels, 2015: 34). Quizás por esta razón, los insectos tengan una importante presencia en el texto de Dixon: darles un lugar, una identidad y un sentido en su manuscrito podría ser una manera de conjurarlos. Pero, como también señala Waldenfelds, todo sentido es siempre “un sentido preferido” (2015: 57), y Dixon decide en su manuscrito que los insectos sean los agente más poderosos de la domesticidad imposible de América, más incluso que los cruzobs, el último bastión de resistencia maya ante las injusticias y abusos de los “hombres blancos”, que aparecerán precisamente con ese sentido en el texto de Dixon y a quienes dedica todo un apéndice al tratar la sangrienta Guerra de Castas que confrontó a mayas rebeldes y a la población blanca en la segunda mitad del siglo XIX.

Lámina III Augustus y Alice Le Plongeon en la Casa del Gobernador, Uxmal, 1876. Recto. Getty Research Institute (2004.M.18).

Lámina IV Augustus y Alice Le Plongeon en la Casa del Gobernador, Uxmal, 1876. Verso. Getty Research Institute (2004.M.18). Nótese en el costado izquierdo de la fotografía, que se corresponde con los objetos ubicados en el lado derecho de la lámina 3, que está escrito “butterfly net”.
El poder que tienen los insectos en este ejemplo de narrativa de viaje por América que he revisado es el de tornar el oikos imposible en tanto eje articulador de una actitud de base orientalista e imperialista que regula una relación de dominio de los viajeros con la realidad viajada. Edmund Lincoln, viajero fotógrafo que estuvo en Copán en la segunda expedición Peabody al lugar (1892-1893), lo expresa claramente en una carta a su prima Hannah: “Nunca elegiría este país como hogar, aquí hay demasiada fiebre y demasiados insectos”.47 En su resistencia a la domesticidad, los insectos, en tanto agentes de lo extraño, muestran el límite de todo oikos: “jamás hay un mundo en el que estemos completamente en casa -sostiene Waldenfels-, ni hay jamás un sujeto que mande en su propia casa” (2005: 40).
La capacidad de acción masiva, inalterable, sólida y continua que tienen los insectos sobre los viajeros invita a que abramos los estudios de viajes a una dimensión que supere el antropomorfismo e invierta el orden de razonamiento de los estudios culturales para explicar no cómo los viajeros imponen su oikos en la realidad viajada, sino cómo ésta impacta en el oikos del viajero. La perspectiva teórica y las categorías críticas que los estudios culturales han aplicado en los escritos de viajes a partir de los libros de Said y Pratt, han demostrado ser fundamentales para comprender cuál es el funcionamiento de la lógica imperialista: en una zona de contacto de dos culturas, la más fuerte dominará a la otra a partir de complejos mecanismos de imposición real (ocupar el lugar) y de control del discurso y del conocimiento que se genera sobre el lugar. Ese poder de dominación, desde este ángulo teórico, se ha medido en términos exclusivamente humanos, porque el impacto del encuentro en la zona de contacto se ha estudiado siempre en su dimensión cultural. En este artículo quise, tomando como caso de estudio el impacto que tuvieron los insectos en viajeros europeos por la América tropical, ampliar, y con esto invertir, la dirección epistemológica que han seguido los estudios culturales. Al ampliar la perspectiva más allá de lo antropomórfico, vemos cómo cambia la rutina de dominación que implica la zona de contacto. En el viaje de Alice Dixon por Yucatán, los insectos continuamente impiden que la viajera tenga el control del oikos y truncan el dominio de la realidad que viaja. Todavía más: los insectos americanos consiguen alterar, intervenir e incluso, por momentos, usurpar el poder de dominación que define la actitud imperialista. Así, como poderosísimos agentes que resisten los ejercicios de domesticidad que procuraron los viajeros por nuestro continente en el siglo XIX, los insectos constituyen un elemento importante para ampliar y relativizar, desde la narrativa de viajes, la comprensión de la acción efectiva que tuvieron los “viajes imperiales” por América.










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