INTRODUCCIÓN
Con el establecimiento de la monarquía Borbón en el gobierno del vasto imperio español en 1700, mediante la figura de Felipe V, las relaciones diplomáticas con el imperio ruso tuvieron un gran impulso, reflejado en el establecimiento de embajadas permanentes.1 Antes de los borbones, especialmente con los Habsburgo y con Carlos II, los contactos fueron esporádicos y sin llegar a un conocimiento directo de la sociedad rusa.2 Por parte del imperio ruso, especialmente a partir del zar Pedro I, se produce el impulso de una política comercial, plasmada en la creación del Kollegya de Comercio, mientras que el interés por intervenir en el comercio de la monarquía hispánica en América se materializa con el envío de Pyotr Ivánovich Beklemishev a Cádiz, centro neurálgico de las salidas de las flotas hispanas hacia Iberoamérica, para conseguir información sobre el posible interés de esta ruta comercial.3 A raíz del envío del segundo duque de Liria, Jacobo Francisco Fitz-James Stuart, como embajador a Rusia para establecer unas relaciones diplomáticas sólidas, este realiza una memoria, en 1731, titulada “Relación de Moscovia”,4 fruto de un conocimiento directo de la sociedad y las costumbres rusas durante el reinado del zar Pedro II. En esta memoria el duque de Liria opina que se podría establecer una propicia relación comercial, exportando sal, vino (que no producen en Rusia), aceites, frutas y telas, e importando árboles para obtener madera para la construcción de navíos, así como lino, pescado salado, y diferentes mercaderías, con una previsible balanza comercial igualitaria.
Con el zar Pedro I ya se iniciaron las exploraciones rusas en el norte del continente americano. El primer avance en los descubrimientos geográficos, por Siberia, sería el de Vitus Jonassen Bering, un marino danés al servicio del zar que llegaría hasta la península de Kamchatka, al que seguirían las expediciones de Feodor Luzhin y de Iván Yeverinov, entre 1719 y 1721, y otras más que finalmente se adentrarían en California, fundando el asentamiento de Fuerte Ross y entrando en conflicto con el gobierno español.5
Las estrechas relaciones entre los gobiernos español y ruso, iniciadas en el siglo XVIII, facilitaron la popularidad y conocimiento del pueblo ruso en España. En 1736 el secretario real don Manuel de Villegas y Pinateli publica su “Historia de Moscovia, y vida de sus Czares”;6 en 1752 el religioso jesuita Pedro Murillo Velarde publica, en varios volúmenes, la “Geographia histórica, de Alemania, Flandes, Inglaterra, Dinamarca, Noruega, Suecia, Moscovia, y Polonia”;7 en 1784 Antonio Montpalau dedica un capítulo a la monarquía rusa en su “Descripción política de las soberanías de Europa”;8 en 1796 Luis del Castillo escribe un “Compendio cronológico de la historia y del estado actual del Imperio Ruso”,9 y en la segunda mitad del siglo XVIII, Luciano Francisco Comella10 escribe dos obras de teatro, una titulada “Pedro el Grande, Czar de Moscovia” y otra “Comedia Famosa. Catalina segunda, emperatriz de Rusia”. En este contexto de popularidad, en cuanto al conocimiento de la sociedad rusa se refiere, el gobierno español debe hacer frente a los avances de la ocupación del territorio en el norte de California. Se ha señalado muchas veces la amenaza que supone Rusia para el imperio español,11 especialmente en la América septentrional. En este estudio vamos a valorar si efectivamente esta amenaza militar existió realmente.
OBJETIVOS Y METODOLOGÍA
La monarquía borbónica consolidada en España tras la Guerra de Sucesión tuvo interés en establecer relaciones comerciales con el imperio ruso. Nuestro objetivo es analizar cómo un fin puramente comercial, que la monarquía hispánica consideró beneficioso para sus intereses, se fue transformando en un enfrentamiento bélico por las posesiones septentrionales del continente americano. También llegar a comprender la determinación y las acciones de la política del gobierno hispánico hacia el final de este conflicto, que tanto han influido en la configuración política de los actuales Estados Unidos y Canadá.
Para identificar la popularidad del estado moscovita a principios del siglo XVIII se han consultado fuentes literarias y fuentes archivísticas. Las fuentes literarias nos presentan evidencias no solo de los ensayos publicados en esta época, sino también de las obras de teatro escritas que nos vislumbran la popularidad y el exotismo del imperio de los zares. Para estudiar los avances territoriales del imperio ruso, que suponían una incursión en el continente americano, y para analizar la postura del gobierno español ante dichos avances se han consultado fuentes archivísticas: del Archivo General de Simancas, que es el primer depósito archivístico de la Corona de Castilla, de donde se desmembrarían otros dos archivos, y todavía conserva un buen volumen de documentación relacionada con la Secretaría de Guerra; del Archivo General de Indias, que fue creado en 1785 a partir de la documentación extraída de Simancas y de otros archivos de Sevilla y Cádiz, y del Archivo Histórico Nacional, creado en 1866 para albergar los documentos de la desamortización, pero que sirvió también para guardar documentación extraída de Simancas y acercarla a los investigadores de Madrid, depositándola en este archivo, que conserva el fondo relacionado con el Consejo de Estado. Así mismo, se ha consultado la bibliografía que contextualiza los acontecimientos analizados sobre el avance ruso en el continente americano.
LA INSTRUCCIÓN DE 1741 AL EMBAJADOR EN RUSIA, CONDE DE BENA
El monarca español Felipe V nombra, en 1740, a Guido Jacinto Besso Ferrero Fiesco, conde de Bena, como ministro plenipotenciario en la corte de Rusia, ante Iván vi. La instrucción privada12 de 30 de mayo de 1741, firmada por el propio monarca español, indica la visión política que tenía la corte sobre el imperio ruso. La percepción del monarca español era que Rusia estaba tan alejada de España, y de sus posesiones, que no suponía una amenaza en lo relativo a una lucha por un territorio: “Aunque la remota situación de la Moscovia, respecto de nuestros Dominios, aleja los recíprocos intereses de ambas Monarchías; no obstante la gloriosa conducta del Czar Pedro, que estendió los influxos de su poder hasta mezclarse con los Negocios más arduos de la Europa, en que se han adelantado ventajosamente sus sucesores, nos precisan a mirar aquel Dominio como parage conveniente ya al adelantamiento de nuestras ideas”.13
El monarca advierte al embajador sobre la marcada distancia que hay en las prácticas religiosas rusas, ya que en Moscú predomina la iglesia ortodoxa, pero gobierna un rey católico, en esos momentos menor de edad, con una regente que asume el gobierno ruso. La primera finalidad del embajador es informarse de la forma de gobierno, de sus responsables y de las pretensiones de la regente.
Ante una presunta alianza de Rusia con Prusia, el embajador debería ser parcial con Prusia, a pesar de que España dispone ya de una alianza establecida con los prusianos. Sin embargo, una de las principales preocupaciones es la de establecer lazos comerciales. Si bien hay un interés evidente por consolidar una relación de neutralidad bélica que puede beneficiar a ambos países, a Rusia por «la triste situación en que le tienen sus muchos Enemigos, y pocos haveres», el monarca español le pide que tantee cómo realizar un tratado de comercio en base a dos objetivos: por una parte, que los comerciantes españoles compren los productos rusos directamente y sin intermediarios, que tantos beneficios sacan, y, por otra parte, que esos intermediarios, especialmente ingleses y holandeses, no obtengan esos beneficios que redundan en acrecentar su fuerza militar contra los intereses de la monarquía española.
INICIO DEL INTERÉS RUSO EN EL CONTINENTE AMERICANO
Entre el continente asiático y el continente americano se encuentra el archipiélago de islas volcánicas Aleutianas, que forman un arco de más de 1.800 kilómetros en el mar de Bering, al sudoeste de Alaska. Los aleutianos disponían de un rico ecosistema marino en el norte del océano Pacífico y el mar de Bering que les proveía directa o indirectamente de la mayoría de sus alimentos y de las materias primas para la fabricación de sus casas y utensilios. Entre sus principales fuentes de alimentación destacaban los mamíferos e invertebrados marinos, peces, aves y huevos. Debido al aislamiento de las islas Aleutianas, los animales terrestres estaban bastantes ausentes en la mayor parte de su territorio. El contacto extranjero de los aleutianos comenzó en 1741 con Vitus Bering y Alexei Chirikov, que navegaron desde Kamchatka a las aguas del centro-sur de Alaska y las islas Aleutianas. Posteriormente se llevaron a cabo varias expediciones cuyo objetivo era la caza de pieles en las Aleutianas. Los cazadores de pieles rusos realizaron avances continuos hacia el este en busca de una población de nutrias marinas en constante disminución. Durante estos viajes, los cazadores rusos exigieron un iasak, o tributo, a los aleutianos, generalmente en forma de pieles de nutria marina y, para garantizar su propia seguridad, los cazadores de pieles tomaron rehenes de entre los aleutianos; pero además, las compañías rusas de caza de pieles obligaron también a los hombres nativos a trabajar para ellos, lo que causó una disminución de la población aleutiana a causa de enfermedades y de la dureza de las condiciones.14
La colonización rusa en América tuvo relevancia después de la segunda expedición de Bering y Chirikov desde Kamchatka, dando paso a que los emprendedores comerciantes siberianos y promyshlenniki (cazadores de animales con pieles) se dirigieran rápidamente a estas nuevas tierras con el fin de obtener una gran cantidad de pieles valiosas.
Siberia era apenas conocida por los rusos antes de mediados del siglo xvi, momento de las conquistas Iván iv Vasílievich (Ivan el Terrible), a pesar de que había habido una expedición bajo el reinado de Iván Vasílievich I en las partes noroccidentales de ese país, que llegó hasta el río Oby, consiguiendo someter a tribus tártaras y hacer prisioneros a algunos de sus jefes. Pero las incursiones de otras tribus impidieron cualquier tipo de establecimiento permanente del imperio ruso, desvaneciéndose con ello los éxitos de estas primeras conquistas. Tampoco fue relevante cualquier tipo de comunicación con Siberia en la historia rusa antes del reinado de Iván Vasílievich II; sin embargo, en este período, Siberia se convirtió de nuevo en un objeto de atención, mediante la labor del comerciante ruso Anika Strogonoff que había establecido algunas salinas en Solvytshegodskaia, una ciudad en el gobierno de Arcángel,15 lo que fomentó la presencia de mercaderes en la zona.16
La atracción de la colonización del continente americano por los rusos se manifiesta más por los intereses de grupos sociales -comerciantes que buscaban beneficios con las pieles- que por el gobierno, inmerso en conflictivos problemas políticos. Tras el reinado de Pedro I, Rusia acabó en una profunda crisis política, social y fiscal. Los altos impuestos causaron la hambruna de 1723-1726 y, tras la muerte de Pedro I, bajo la emperatriz Catalina I, se sostuvo un grupo de personas cercanas a este, encabezadas por el príncipe A. D. Menshikov que intentaban socavar el poder de ella. Sin embrago, la crisis patente por una disminución de los ingresos fiscales y la falta de fondos conllevó el desmantelamiento del programa de Pedro I: el ejército de oficiales se disolvió parcialmente, dado que no había dinero para mantenerlo, la recaudación de impuestos fue nuevamente confiada a los gobernadores y sus empleados que retenían para sí parte de la recaudación. Tras la muerte de Catalina I, bajo el reinado del joven zar Pedro II, llegó al poder el partido de los viejos boyardos de Moscú, encabezado por los príncipes Dolgoruky y Golitsyn, quienes defendían las antiguas tradiciones, como el uso de ropa rusa, o la desaprobación a la creación por Pedro I el Grande de San Petersburgo.17 Ruiz Rodríguez18 sostiene que el interés principal de la exploración y ocupación de las tierras de Siberia era el comercio de las pieles, cuyos principales beneficiarios inmediatos habrían de ser los cosacos, fundándose asentamientos como el de Turujansk (1607) o el de Yeniseysky (1619). Estas expediciones asentaron la frontera de Rusia hacia el este, pero quedaban por conquistar las tierras situadas al este de Kamchatka y algunas regiones al norte del Círculo Polar Ártico.
La California septentrional era poco conocida y estaba ocupada por la monarquía española a partir de mediados del siglo XVIII. La zona empezó a ser apetecible en esta segunda mitad de la centuria para dos potencias europeas, la inglesa y la rusa.19 El embajador español en la corte rusa, el marqués de Almodóvar, Pedro de Góngora y Luján, realizaría un informe, desde San Petersburgo, en octubre de 1761, referente a los avances en los descubrimientos rusos desde la península de Kamchatka, no porque fueran muy importantes, sino porque había que “temer” mayores progresos sobre el continente americano. El informe lo redacta a partir de publicaciones rusas, no traducidas a otros idiomas, unido a lo que pudo averiguar cautelosamente de algunos oficiales que pertenecieron a dichas expediciones.20 Según el marqués de Almodóvar, la conquista de la península la realiza Wolodimer Atlasow en 1700, agregándola al estado de Siberia y al imperio ruso.21 No es hasta febrero de 1725 cuando el zar Pedro el Grande encomienda a Ivan Ivanovich Bering,22 entre otros objetivos, que informe sobre los establecimientos de europeos en las costas de América, pero éste no consigue llegar al continente; será en otra expedición, la de 1740, cuando Bering tome contacto con las costas americanas en una latitud de 57,5 grados, es decir, en lo que actualmente es Canadá. Este territorio situado entre Alaska y Canadá era bastante desconocido para los europeos; según el marqués de Almodóvar “Hasta ahora los Rusos se puede decir que no han hecho sino ver las costas de la América, con todo no ha faltado entre ellos quien haya impreso que las tierras descubiertas por Beering y Tschirikow23 se podían llamar, con razón, la Nueva-Rusia, a imitación de la Nueva España, la Nueva Inglaterra, etc., porque aunque no han tomado posesión de ellas, son dueños de hacerlo siempre que se les antoge, y no hay Monarca en Europa que las posea, y pueda estorbárselo”.
Aunque el marqués de Almodóvar sospecha que se hubieran podido acercar a las misiones españolas en California, opina que no hay que temer de los avances rusos, ni tenerlos en consideración, basándose en la distancia que los separa de la corte en San Petersburgo, en los costes de las expediciones y en la poca rentabilidad que suponen, considerando que estas expediciones solo tienen interés científico, para el conocimiento de la geografía del planeta.
Unos años después, en 1764, el nuevo embajador, el vizconde de la Herrería, Álvaro de Navia Osorio y Bellet, modifica esa opinión sobre el escaso interés en la ocupación por los rusos de la parte septentrional de América. Ciertas compañías comerciales de pieles se habían interesado, especialmente, por las que ellos llamaban zorras negras, que estuvieron ocultando a los gobernadores de Siberia porque las vendían a China por muy buen precio.24 A partir de estas fechas es cuando se van a incrementar las incursiones rusas,25 a raíz de un creciente interés económico en el comercio de las pieles, más que en someter a poblaciones originarias para cobrar tributos.26 En 1767 el vizconde envía una carta cifrada al marqués de Grimaldi, perteneciente al Consejo de Estado, donde le expone claramente que, si bien hay un motivo comercial, el gobierno ruso ya tiene interés en ocupar territorio en el norte del continente americano, facilitado por “la incertidumbre del espacio que hay hasta la California, que es País reconocido que hay por aquella parte”. Los rusos habían conseguido crear una ruta por el norte del Pacífico para llegar al continente americano, pues “se asegura que lo han logrado, y que han llegado a tierra firme, sin determinar en qué grado”, pero en opinión del vizconde es para establecer nuevas rutas comerciales, sin embargo aconseja notificar al gobernador de California que observe las tentativas de los rusos en el continente americano, para que las frustre. El siguiente embajador, el conde de Lacy, en 1772 ya le deja bien claro al gobierno español las intenciones de la soberana rusa de extender sus posesiones por el continente americano.27 En otra carta cifrada, de 1773, el conde de Lacy añade otros intereses comerciales más a los que ya tienen los rusos en el norte del continente, aparte de las pieles de nutrias, castores, osos marinos, etc., están los altos árboles que son idóneos para la marina, el descubrimiento de metales, como el cobre, la caza de la ballena por su aceite, y la captura de ciertos peces que pueden vender a Japón y a China. Sin embargo, los primeros asentamientos rusos permanentes en América fueron fundados entre 1784 y 1786 por el comerciante G.I. Shelikhov, en la isla Kodiak, ubicada cerca de la costa sur de Alaska, y en la península de Kenai. En 1787 Shelikhov presentó una petición a las autoridades de la provincia de Irkutsk en la que solicitaba para su compañía una cierta cantidad de hombres exiliados de Siberia y que vivían en la ciudad provincial de Irkutsk, para desarrollar su plan comercial. Pero Catalina II se negó a conceder a Shelikhov y su socio I.L. Golikov los privilegios comerciales que solicitaban. Sin embargo, Shelikhov continuó con su plan de negocio en la colonización de la América rusa, persistiendo con nuevas solicitudes de ayuda a las autoridades siberianas, como el derecho a comprar siervos para su empresa con la finalidad de usarlos como marineros y para destinarlos a los diversos establecimientos que tenía proyectados.28 La expansión rusa hacia el este transformó a un principado predominantemente monoétnico (ruso) de Moscú en un imperio ruso multiétnico, debido a la conquista de Siberia, un vasto territorio que lo convirtió en uno de los estados más grandes del mundo conllevando un incremento de su diversidad étnica, cultural, religiosa, social y económica, provocando que su estructura estatal interna fuera más compleja. El gobierno ruso utilizó diversos argumentos para justificar su poder sobre el extenso territorio siberiano, desde que Siberia pertenecía al monarca ruso de acuerdo con el “plan divino” para expandir el reino ortodoxo ruso y el poder del “verdadero zar de los zares”, hasta incluso que los pueblos siberianos habían dado y confirmado su consentimiento (expresado a través del pago de impuestos y de la presentación y confirmación del juramento de fidelidad) para ser súbditos eternos del monarca ruso, quien se dignó aceptarlos y mantenerlos en su ciudadanía.29
LA POLÍTICA DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA ANTE LOS AVANCES RUSOS EN LA AMÉRICA SEPTENTRIONAL
Expediciones y presidios
Los avances de los rusos en la costa de la América septentrional a mediados del siglo XVIII, a diferencia de los avances de los ingleses o franceses que eran terrestres, fueron el detonante para que la monarquía española se interesase por conocer y controlar el territorio situado al norte de la baja California. Una de las primeras acciones, muy estudiada por los historiadores,30 fue la realización de expediciones navales para explorar un territorio prácticamente desconocido, algunas de ellas enmarcadas como expediciones científicas (entre 1735 y 1800 se calcula que la monarquía española, en su extenso territorio, realizó cerca de sesenta expediciones). Como señala Terrazas y Basanate,31 las actuales fronteras de la América septentrional tienen sus antecedentes en la rivalidad de cuatro potencias europeas: Gran Bretaña, España, Francia y Rusia. Ante el avance de los asentamientos rusos la corona española decidió poblar el territorio situado al norte de la California dominada, por lo que Terrazas y Basanate sostienen que todo el proyecto de colonización con colonos leales, y la legislación emanada, fue concebido como una estrategia de defensa. La expedición de Fernando Rivera y Moncada, por vía terrestre, iniciada en 1769, fue una de las primeras exploraciones importantes, alcanzando las actuales San Diego y Monterrey.32
Aunque hubo expediciones de reconocimiento que iniciaron la exploración cartográfica de la costa californiana, como la de Sebastián Vizcaino en 1602, que anotó la bahía de Monterrey, no fue hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando sobresalen dos personalidades con un destacado protagonismo en la colonización de la América septentrional: el mallorquín Fray Junípero Serra, responsable de la labor apostólica, y el leridano Gaspar de Portolá, comandante de las tropas militares. La expedición de Gaspar de Portola asentó el presidio o misión de Monterrey bajo la advocación de San Carlos.33 Según Nieto Codina,34 las fechas 1774, 1775 y 1779 fueron claves en el reconocimiento geográfico de California, con una abundante recopilación de información geográfica y el levantamiento de mapas, además de dejar testimonios de la ocupación por la Corona española mediante la plantación de cruces en tierra firme que daban fe de la llegada de los misioneros y servían de referencia a los futuros colonos. Fray Junípero Serra, nombrado presidente de las misiones de Monterrey, relata las excelencias tanto en el aumento de los indios cristianizados como en la buena productividad de la tierra y la crianza del ganado,35 lo que contrasta con otros informes que indican falta de avituallamiento.
En 1774, estando Fernando Rivera en Monterrey, el virrey de México, Antonio María de Bucareli, relata las penurias que estaban sufriendo las misiones recién creadas, solo paliadas con la llegada de la fragata Nueva España y del paquebote Príncipe, naves expedicionarias, con nuevos alimentos, algo esencial para permitir el asentamiento de estas nuevas misiones.36 Era imprescindible que desde San Blas llegasen los productos y alimentos en buenas condiciones a los presidios y a las misiones, ya que a veces se mojaban y se pudrían. La ocupación del territorio por la monarquía española tenía un interés político muy diferente al que estaba llevando la monarquía rusa. A los españoles les interesaba el asentamiento de poblaciones hispanas (generalmente mediante el establecimiento de presidios), la creación de misiones para aculturizar a las poblaciones originarias a las creencias y costumbres españolas, y el establecimiento de unas colonias que facilitasen el tráfico marítimo español (“a cuyo favor navegasen libres las citadas naves, y en un contratiempo tuviesen seguro puerto donde repararse”), mientras que el interés inicial de los rusos era el asentamiento de colonias para el comercio. Para Bucareli, el asentamiento de Monterrey, si bien era idóneo por su situación geográfica para el arribo de embarcaciones, se veía poco viable en cuanto asentamiento “por la falta de agua dulce, y la de proporciones para siembras y fábrica de casas, por este motivo propone el nuevo Comandante trasladar el presidio a las orillas del rio Monterrey”, así como veía imprescindible establecer dos misiones en el presidio de San Francisco. Por vía terrestre el capitán Juan Bautista de Anza lleva una expedición con misioneros desde la misión de San Gabriel hasta el presidio de San Ignacio de Tubac. En 1775, José de Gálvez, que había sido visitador de Nueva España, impulsando expediciones desde el puerto de San Blas en 1769, y realizando campañas militares contra los pueblos originarios,37 y por tanto buen conocedor de la situación sociopolítica de la América septentrional, opinaba que, para afianzar el asentamiento español, era primordial “unir las conquistas de Sonora y Californias por los ríos Xila y Colorado, y aumentar por ese medio las misiones entre la numerosa y pacífica gentilidad que se ha explorado”, así como “… que de la Sonora y la antigua California se provean de ganados las misiones y presidios de la nueva, y que en ella y en los países intermedios que ha reconocido D. Juan Baptista de Ansa se aumente quanto sea posible el número de reducciones para la conversión de los gentiles, y unir ambas conquistas por los ríos Xila y Colorado”.38
Las expediciones y exploraciones españolas, con asentamientos, llegaron hasta Nootka, en un periodo en el que los ingleses también estaban interesados por esta zona. España no supo defender este asentamiento ante la presión de los ingleses y de los rusos.39 En base a la Convención de 28 de octubre de 1790, celebrada entre las cortes española e inglesa, los territorios ocupados por los ingleses los conservarían ellos mismos, mientras que los españoles mantendrían sus territorios ocupados.40 En 1792 el virrey, conde de Revilla Gigedo, basándose en ese acuerdo, ordena a Francisco de la Bodega y Quadra que conserve el establecimiento de Nootka “ya sea en el mismo paraje donde se halla situado, o ya retirándolo a otro que ofrezca las comodidades y seguridades necesarias en la banda sur, y a competente distancia del que se les ceda a los ingleses”.41 El 29 de enero de 1794 una orden de la corte española manda que se desocupe militarmente el puerto de Nootka, tras un acuerdo de España con los ingleses, de manera que quedaba abierta la libre entrada al puerto para las dos naciones, pero con la prohibición de formar un asentamiento.42 Finalmente, la ocupación inglesa preocupó más al gobierno español que la ocupación rusa.
El otro frente para afianzar la conquista española de nuevos territorios era el establecimiento de presidios como forma de proteger la frontera, al mismo tiempo que hacer frente al peligro de las tribus nómadas que provocaban el desasosiego de la población novohispana.43 En 1768 el virrey marqués de Croix envía al mariscal de campo, el marqués de Rubí, a reconocer los presidios en el confín del virreinato de México y que estudie la vía de establecer “una línea continuada de mar a mar, por la más breve distancia posible, con segura comunicación en toda esta”,44 como forma de mejorar el sistema de defensa contra los enemigos. En 1774, Melchor de Peramas, secretario de cámara del virrey, opinaba sobre los presidios más cercanos a la ciudad de México: “No puede haver prueba más constante de lo acosados y castigados que se hallan los enemigos en las Fronteras de Nueva Vizcaya, Texas y Coahuila que la tranquila paz que unas y otras Provincias respiran por la vigilancia con que la tropa cuida de impedirles las irrupciones y daños a que estaban acostumbrados. Y si esto sucede ahora que los presidios necesitan la de sus respectivas dotaciones para defender su proprio inmediato terreno y abrigar la Fábrica material de recintos, cuya mayor fatiga y atención es la del día, parece verosímil que desembarazados de ella puedan hacerse progresos ofensivos, que no solo afianzen la seguridad de los pueblos y vecindades de aquellas provincias…”.45
Un reglamento de 1773, realizado para el gobierno del puerto de San Blas y el establecimiento de nuevos presidios en California, había creado el oficio de factor, el cual fue ocupado por primera vez por Juan José de Echeveste, que residiría en México, y cuya función era remitir los géneros y materiales necesarios para la subsistencia de dichos presidios. Este sistema a veces no funcionaba correctamente. Un informe del virrey, el conde de Revilla Gigedo, de 1790, señalaba cómo se desatendía el suministro por dedicarse estos factores más a sus negocios particulares que al oficio real, llegándose a detectar graves carencias de suministros en los años 1781 y 1788, o produciéndose un incremento de precios excesivo, penurias que sufrieron los presidios de Loreto, San Diego, Santa Bárbara, Monterrey y San Francisco.46 En 1795 hay un proyecto, a iniciativa del virrey de México, de fortificar los presidios de la alta California, con la provisión de un destacamento de artillería de dieciocho hombres (entre ellos un sargento y tres cabos), un ingeniero, un armero, y los cañones y la pólvora necesarios “para el buen servicio de dos pequeñas baterías, colocadas a las bocas de los puertos de San Francisco y Monterrey, y la que ha de ponerse en San Diego, como puntos esenciales para impedir el arribo de enemigos”.47
Preocupación por el imperio ruso
La visión que tenía el gobierno español sobre Rusia queda parcialmente reflejada en la “Memoria sobre el estado actual de Rusia”,48 de 1783, donde se describe su forma de gobierno, su estructura social y su fuerza militar. Sobre la fuerza naval se opinaba que “no hay entre toda la oficialidad de mar un General Ruso conceptuado de medianamente instruido en el arte naval, confesándote con bastante sinceridad que todos los sucesos de su flota se han debido a oficiales extranjeros empleados en ella, y particularmente a los ingleses, pero durante la última guerra y después de la paz ha habido veinte y un tenientes, nueve capitanes y tres almirantes todos extranjeros que han dejado este servicio no pudiendo aguantar los desayres y maltrato que han recibido en el…”.49
En 1773 el virrey de México, Antonio María de Bucareli, transmite a la corte una cierta preocupación por unos posibles asentamientos de los rusos en el norte del continente. Conocedor de los avances realizados por Bering y de los contactos con los pueblos originarios del continente americano, pero con ausencia de asentamientos e incluso de trato comercial con ellos, Bucareli considera que los rusos, en un futuro, se pueden interesar por el continente, aunque piensa que cualquier establecimiento de los rusos en este, o de otra potencia extranjera, debe “precaverse, no por que a el Rey le haga falta extensión de Terreno, quando tiene en sus Dominios conocidos, mucho más de lo que se puede poblar en siglos, sino es por evitar las consecuencias, que atrahería a tener otros vecinos que los indios. Que a los rusos les sea posible, aunque difícil el establecimiento, no es dudable; que sea perjudicial, si lo consiguen, a los Dominios del Rey, lo persuade la Razón; que menos difícil que a los rusos el emprehenderlo, puede ser a el Rey el estorbarlo, aunque a mucha costa de su herario…”.50 Resumiendo, aunque al monarca español no le hace falta conquistar más territorio, sería mejor tener como vecinos a los pueblos originarios, que no dan problemas, que a la potencia extranjera del imperio ruso.
En 1775 un informe privado del marqués de Grimaldi resume el interés comercial de los rusos en la América septentrional,51 ya que se desplazan desde el norte de California hasta los 67 grados de latitud. En 1763 se había constituido una compañía de comercio de Kamchatka e islas descubiertas, y aquello que en un futuro se descubriera, compuesta por veinte mercaderes rusos, con dos sedes, una en Kamchatka y otra en Ojotsk. Los principales comerciantes se llamaban Ribinskoi y Kracilnikof, de Moscú; Kaukaf, Lapin y Bourenief de la ciudad de Vólogda, y Chilof, de la ciudad de Oustioskof. Según el informe, la compañía había obtenido altos beneficios con el envío de siete embarcaciones a las costas de la América septentrional, sin que se interesasen por los asentamientos. Para la obtención de las pieles, en sus naves llevaban cazadores, que desembarcaban para realizar las capturas, y regresaban con el mismo buque a Kamchatka, obteniendo un beneficio en la inversión del 300 %. Para mantener este sistema comercial, las mercancías y utensilios necesarios los importaban de diferentes estados de Rusia, por lo que no les hacía falta disponer de asentamientos ni comerciar con las posesiones españolas. En una carta del marqués de Grimaldi al virrey de México, de 31 de abril de 1775, le sugiere que vayan expediciones al norte, donde hay un pueblo llamado “Tehutzchis” (Chukchi) al que “los rusos no han podido sujetar… Si alguno de nuestros navíos pudiese aproximarse a aquella costa, sus habitantes nos darían las luces que deseamos, pues siempre han recibido a los rusos con una conocida aversión”.52
En 1787 el oficial de la marina Esteban José Martínez informa al ministro español de la Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, de unas noticias recibidas por una expedición francesa, referentes a que los rusos ya se han establecido en lo que actualmente es el territorio de Alaska, y desde la isla de Onalaska “salen anualmente, a la Provincia de Alaska con dos goletas a cobrar de los indios el tributo que estos les pagan en pieles de nutria, dándoles su carta de pago, y al que no contribuie con dicho tribute le quitan la vida”,53 y le propone emprender una navegación hasta Alaska, que se halla a 1.200 leguas del puerto de San Blas, pues “el comercio de los rusos con los indios no es otro que el cambio de instrumentos de hierro por pieles de nutrias y otros animales …, que los rusos no tienen fuerzas considerables, y que era de sentir que sólo con las dos fragatas que yo mandaba eran suficientes, sin embargo de no llevarlas armadas en guerra, para desalojarlos de sus posesiones”. Estos hechos provocarían años después el conflicto diplomático entre España e Inglaterra,54 con la desocupación de Nootka, pero no un conflicto con Rusia.
LA POPULARIDAD DEL IMPERIO RUSO EN ESPAÑA
En la segunda mitad del siglo XVIII las ambiciones expansionistas del imperio ruso fueron foco de atención en la prensa española. En la Guerra de los Siete Años las victorias del Imperio Ruso sobre Prusia preocuparon a los países de la Europa Occidental. El fallecimiento de la emperatriz Isabel I de Rusia en enero de 1762 fue celebrado en España seguramente más por la tranquilidad de la ausencia de una regente temida que por su colaboración con los aliados contra Prusia. La monarquía española estableció el luto en la corte por un mes, en vez de las tres semanas habituales “para dar a entender el sentimiento que ha causado la pérdida de su buena amiga y aliada”, pero ante esta noticia oficial el periodista apostilla: “No sabemos a que partido inclinarnos oyendo las voces que corren tan opuestas. Por un lado, se asegura que la Rusia ha hecho un transporte bien grande de municiones de guerra y boca a su ejército; y por otra, que está tan adelantado el tratado de paz con Prusia, que se retirarán a la primavera próxima las tropas Rusianas”.55 La prensa española admiraba, por una parte, lo que consideraban avances en el progreso social del imperio ruso: “Desde luego se nos presenta la Rusia solicita y aplicada a dar al hombre el aprecio que merece, formando colonias, erigiendo poblaciones, llenando de racionales los desiertos, que solo servían de asilo a la voracidad de las fieras, y a la crueldad de los salteadores, facinerosos y asesinos; en fín, la vemos construir puertos, sostener y acreditar el comercio, la policía, las ciencias, las artes, y todo quanto puede conducir al mayor bien del hombre y a la gloria del Criador. Si estendemos la vista azia otras partes, observamos que, para buscar alivio a las necesidades comunes, se declara la más viva guerra a los desordenes de un excesivo luxo, a las afeminadas costumbres que deterioran la salud, a las violencias, injusticias, abusos, y a quantos enemigos tiene esta Sociedad…”.56
En 1774 la prensa española se hacia eco de los descubrimientos y avances de los rusos en la América Septentrional sin insinuar que pudiese haber un conflicto con la monarquía española:
“El Sr. de Stachlin, Consejero de Estado [del imperio Ruso], acaba de publicar una descripción y un mapa de muchas Islas situadas entre Asia y la América Septentrional, descubiertas tiempo há por los Rusos, que las nombraron Archipiélago del Norte; y al mismo tiempo ha presentado a la Academia Imperial los documentos originales que contienen la historia de dichos descubrimientos.
La relación del descubrimiento de Archipiélago del Norte, que los Rusos han dado a luz en su Kalendario Geográfico del presente año 1774, contiene particularidades dignas de llegar a noticia del público. Copiaremos aquí parte de ella, dexando lo restante para el Mercurio próximo.
«Los Rusos han descubierto tierras nuevas y muchas Islas habitadas, situadas hacia el Norte, y desconocidas, según se cree, hasta los años de 1764, 65, 66 y 67, en cuyo tiempo los Franceses e Ingleses hicieron el descubrimiento de otras Islas y tierras en el Mar del Sur. Parece que en ciertos tiempos se excita un deseo universal en diversas Naciones de tentar nuevos descubrimientos. Así podría pensar qualquiera que hiciese reflexión sobre que la mitad de nuestro globo, quiero decir América, fue en los tiempos pasados de los Españoles, poco después que los Portugueses y Holandeses estaban proyectando hacer navegaciones desde Europa a las Indias Orientales»”57
En 1777 el conflicto entre Rusia y la denominada Puerta Otomana, como se referían al Imperio Otomano, sobre el dominio de Crimea, en el cual los tártaros de Crimea aceptaron la protección del Imperio Ruso, la prensa advertía que le “parece incompatible con la independencia de estos [los tártaros de Crimea], pues un protector tan poderoso es amo siempre en el país que protege”.58
En 1785 la expedición de José Billings, uno de los oficiales del Capitán Cook al servicio de Catalina II, enviado a la Siberia oriental para determinar el curso del río Kolimá, debía desplazarse hasta la ciudad de Ojotsk “con el fin de completar la carta de las Islas tributarias de Rusia, y visitará las radas y ensenadas de América, a donde los navíos de Okhork van a comprar las pieles, etc.”,59 sin considerar, el redactor de la noticia, de que esto pudiera ser un motivo de preocupación sobre un posible conflicto entre la potencia rusa y la española.
En 1786 Eduardo Malo de Luque publica la Historia política de los establecimientos ultramarinos de las naciones europeas, con algunas valoraciones sobre las conquistas y expediciones en la América Septentrional. Hay una acusación de la prensa inglesa realizada a los españoles sobre no difundir los avances en los descubrimientos, a lo que Malo responde: “Lo cierto es que los nombres de Asunción, de Quirós, de Eceta, de Bucareli, de Pérez, de Bodega, de Maurelle, de Santa Bárbara, de Guadalupe, de los Remedios, de San Carlos, etc., quedan confundidos, y desaparecen en los mapas de esto viajeros posteriores a los nuestros. Nos acusan los mismos Ingleses de que no se manifiesten las operaciones de nuestros navegantes, y no se imite la franqueza que han adoptado otras Naciones. No hay duda que pueda ser esta compatible con una prudente reserva; y la acusación parecerá justa a quien no sepa que semejante omisión no es hija del misterio y de la desconfianza; pues tiempo hace están desterradas semejantes ideas del sistema Español, sino efecto de un connaturalizado desaliño…”.60 Malo ve los descubrimientos rusos en América como un avance científico: “El quadro que acabamos de presentar de los viajes y descubrimientos Rusos, reconocidos y rectificados por los Ingleses, manifiestan en sus varias perspectivas todo quanto conduce al más obvio conocimiento de las relaciones que entre sí tienen; y de la ilustración que comunican a la Náutica, a la Geografía, a la Física, a la Moral, y al Comercio…Aquellas costas occidentales de América, que componen con tan varias líneas continuadas casi dos mil leguas, desde la punta Sudoueste de la California o Cabo de San Lucas a los 22 grados de latitud, hasta la punta más Septentrional del continente o Cabo Helado a los 70 grados de la misma latitud, hacen fixar la atención sobre el inmenso territorio de esta gran parte del continente Americano, antes desconocido y manantial de tantas fábulas; y al presente objeto de nuevas especulaciones”.61
En el ensayo literario se aprecia alguna opinión crítica o negativa hacia el gobierno del imperio ruso. Manuel Trincado en su obra Compendio histórico, geográfico y genealógico de los Soberanos de la Europa, de 1769, señala que “el Gobierno de Moscovia es Monárquico, y pica en Despótico. Nadie puede salir de Moscovia sin permiso del Czar, ni aun puede el hijo recibir la herencia de su padre sin consentimiento del Emperador. Condena a muerte a los más grandes Príncipes sin hacerles proceso. Todos los Grandes Señores acompañan al Czar hasta en las jornadas, para asegurarse así su fidelidad”.62 Pero también hay opiniones positivas de los avances en la sociedad, la cultura y las ciencias rusas. En 1778 Lorenzo Hervás en su Historia de la vida del hombre señala que “los rusos hasta el siglo presente han dexado a los extranjeros casi todo el cuidado de historiar sus conquistas y hazañas; y habiendo ya logrado establecer uno de los Imperios mayores del mundo, piensan en formar historia completa y general de su nación, conquistas y dominios”.63 El padre Cayetano de Santo Domingo, en su obra divulgativa Geografía general con el uso del globo y de los mapas, de 1793, explica que el Imperio Ruso “tiene ese nombre desde el año 21 de este siglo en que tomó el título de Emperador Pedro el Grande su soberano que antes era Czar, o Duque de Moscovia una de sus Provincias, después de haber aumentado con otros dominios, fundado de planta la ciudad de Petesburgo en la Ingra, Provincia tomada a los Suecos, donde colocó su Corte; introducido en sus gentes al estudio de las Ciencias, y el uso de las Artes, de que antes carecían enteramente. Este estado abraza ahora más terreno que ningún otro de la Europa por la gran parte que tiene en la Asia contigua”.64 Sobre un comercio poco ecuánime y abusivo Miguel Dámaso Generés opina en sus Reflexiones políticas y económicas sobre la población, agricultura, artes, fábricas y comercio del Reyno de Aragón, de 1793, que “de un modo semejante al que observaron los Indios de la América en su descubrimiento y conquista con los Españoles, que cambiaban el oro y plata, y demás preciosidades de su País, por bugerías de ningún valor, y el que han observado en nuestros días los naturales de Kamschatka, y en especial los otros establecimientos Rusos de la América Septentrional, dando por las mismas bagatelas sus ricas pieles, con las quales ganan los Rusos é Ingleses el ochocientos por uno, transportándolas al Imperio de la China”.65 Sebastián de Jesús Nazareno en su obra Carácter español, de 1795, señala que sobre algunas civilizaciones “veremos a los Romanos guerreros, a los Griegos sabios, a los Chinos industriosos, a los Ingleses comerciantes, a los Rusos serviles…”.66 La Real Academia Española, en su obra Colección de las obras de Eloqüencia, de 1799, admira “Quando Pedro el grande dio a la Europa el nuevo espectáculo de que los rusos eran hombres, animaba a aquellos racionales, que acababa de formar, demostrándoles que las ciencias habían dado vuelta al globo; pero todas sus especulaciones hubieran sido inútiles sin su exemplo, y sus vasallos no hubieran aprendido las maniobras de Marte ni las de Neptuno, si él no se hubiera constituido soldado y marinero”.67
CONCLUSIÓN
Rusia no es considerada por el gobierno de la monarquía española, en el siglo XVIII, como un peligro militar que pudiese perjudicar a las posesiones españolas en la América septentrional. Las observaciones de los políticos y marineros españoles aciertan en afirmar que Rusia no suponía un riesgo que implicase una pérdida del territorio conquistado, como mucho podría ser un vecino potente bélicamente frente a la tranquilidad de los pueblos originarios. El interés de los rusos era de tipo comercial, para conseguir las pieles que tan buenos beneficios reportaban a los comerciantes rusos, quienes no residían, ni mucho menos, en la península de Kamchatka, desde donde hacían las incursiones al territorio americano. Por tanto, los rusos no disponían de una fuerza militar para defender sus débiles establecimientos. Serán otras potencias europeas, Francia e Inglaterra, las que con su fuerza bélica sí se disputarán la posesión norte de la América septentrional.
La opinión publica de los españoles, reflejada en la prensa especializada en noticias internacionales o en autores de ensayos literarios, no transmite la preocupación del gobierno de la monarquía por el avance de los rusos en la América septentrional. La población española recibe información generalmente positiva del imperio ruso que consigue conquistas territoriales en América y en Asia, y avances en la cultura y la ciencia, y vive ajena a la preocupación política del gobierno español.










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