En estos aciagos tiempos en los que hemos visto azorados el retorno de violentos fundamentalismos, enemigos acérrimos de la llamada ideología de género, el libro de Marialba Pastor me parece lectura imprescindible, pues ayuda a entender la manera en la que el cristianismo ha fundamentado -aunque también desenmascara a las otras dos religiones monoteístas- ese desprecio al otro, en el cual las mujeres y los indígenas siempre se han llevado la peor parte. Al desmenuzar la larguísima batalla que desde su nacimiento el cristianismo peleó para imponer su doctrina totalitaria y condenar la naturaleza pecaminosa de los hombres, podemos ver en acción la importancia que tuvo en la cimentación del patriarcado. A través de siete capítulos1 y un amplio aparato referencial, Marialba Pastor nos convida a emprender un viaje al pasado. Descubrir los fundamentos teológicos del cristianismo le permite explicar de manera puntual el bagaje cultural con el que los cronistas y evangelizadores de estas nuevas tierras interpretaron las culturas del mundo a las que se iban enfrentando. Pero, sobre todo, y eso es lo más difícil y loable de su intención, la autora muestra la manera en la que la memoria, ese dispositivo político de poder, fue manipulada por esos cronistas que imbuyeron estratégicamente en los indígenas una nueva e inaudita identidad prehispánica en estas tierras. A este proceso ella le llama inculturación de la fe, aunque ya desde 1970 Jaime Litvak King la había llamado aculturación retroactiva, es decir, la introducción poshispánica de elementos cristianos a las religiones prehispánicas.2
La de Marialba Pastor es una vertiente que desemboca en el cauce que Guy Rozat inauguró, también en aquella década de 1970, con su pionero Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la Conquista,3 y que los miembros del Seminario Repensar la Conquista han alimentado desde hace ya casi veinte años.
Si bien esas crónicas primigenias sirvieron para introyectar el cristianismo hacia el pasado indígena, a partir de la cual se creó una nueva memoria prehispánica, la historiografía nacionalista posrevolucionaria tuvo un papel igual de importante para fundar nuestra historia oficial, al apoyarse en aquélla. A esos fieros, salvajes y crueles prehispánicos, inferiores técnica y moralmente, llenos de miedos y supersticiones, convencidos de que los conquistadores eran hombres superiores, por lo cual les entregaron sin chistar su Imperio, se añadirá la visión conducida desde el Estado posrevolucionario. Será la antropología la que fundamente los nuevos mitos: la supuesta existencia de un poderoso Imperio, obviamente patriarcal y jerárquico, que sojuzgaba cruelmente a otras comunidades, a las cuales sumió en una tremenda crisis que provocó que los pueblos sometidos se unieran a los conquistadores y derrotaran a los aztecas. Es decir, los indígenas se conquistaron a sí mismos. Pero vayamos por partes.
Desde los albores del cristianismo, los Padres de la Iglesia trabajaron arduo para demostrar que las costumbres de los otros pueblos, a los que llamaron paganos, eran sacrílegas. La certeza que tenían de pertenecer a la verdadera y única religión, la de la salvación eterna, les otorgó la justificación para salir a conquistar/cristianizar a esos mundos paganos. En los dos primeros capítulos, Pastor explicita ese lento proceso de cristianización que fue transformando a las sociedades.
Para lograr su salvación, debían primero imponerles la noción de pecado, que desde entonces estuvo estrechamente relacionado con el placer sexual. El sexo, decía Santo Tomás, es lo que tienen los humanos en común con los animales. Los impíos, los paganos, los herejes, los que viven en la carnalidad y la fornicación, azuzados por el demonio, son los que cometen pecados nefandos, sacrilegios, incestos, adulterios. Arrancarlos de las garras demoniacas será entonces la tarea de los misioneros, en alianza con los conquistadores: cruz y espada unidas en esa batalla sacrosanta que fue la Conquista. Para lograr ese objetivo y justificar su acción salvadora, las figuras del pagano, el judío, el moro, los heréticos y las brujas, representados como lascivos pecadores, fueron parte del bagaje cultural difundido por la cristiandad en forma de tópicos. Éstos se aplicaron casi textualmente en las representaciones de las sociedades que encontraron en el Nuevo Mundo.
Desde la primera Cruzada fueron perseguidos y expulsados miles de judíos de las ciudades occidentales, acusados de colaborar con la diversidad de sectas cristianas no ortodoxas, como los sarracenos, valdenses y templarios. Las Diez Tribus Perdidas de Israel también portaron fuerzas demoniacas que conducirían a que los movimientos milenaristas practicantes de la doctrina del Anticristo emprendieran más matanzas de judíos y musulmanes. Siglos después, los cronistas creyeron que los indios eran descendientes de alguna de esas tribus.
Si bien los teólogos tuvieron que reconocer que los indígenas eran hombres y, por lo tanto, criaturas divinas, su existencia les planteó muchos cuestionamientos y propició enconados debates teológicos y jurídicos, que Marialba Pastor analiza puntualmente en los capítulos tercero y cuarto. Saber si podrían ser cristianizados dependía de su naturaleza. De ella resultaría la mejor manera de lograr su sometimiento, si debían ser libres o esclavos. También, aclarar las cuestiones morales que levantó su repartimiento para llevar a cabo la colonización. Además, estaban convencidos de que, cuando la cristiandad fue ganando terreno en Europa, los demonios habían tenido que huir para refugiarse en estas tierras, en donde atraparían a los indígenas con sus engaños y seducciones, y que si los naturales incurrían en tantos pecados era porque no se les había revelado aún la verdad.
AMÉRICA ERA EL IMPERIO DEL DEMONIO
Desde los primeros viajes de Colón, los occidentales se vieron confrontados a esos cuerpos desnudos, escarificados, moldeados, pintados, a esas costumbres completamente diferentes que sólo podían interpretar a través de sus propios conocimientos y representaciones. Así, la mentalidad cristiana, con sus mitos y fábulas difundidas desde Marco Polo por la literatura medieval, los bestiarios, los libros de caballería, etcétera, se refuncionalizó. Por ello, los relatos de lo descubierto hacían una descripción de ciudades indígenas similares a las medievales, con sus castillos y mezquitas con paredes de oro y plata, además de ríos maravillosos. También, dieron cuenta de su “encuentro” con viejos monstruos y personajes fabulosos, como esas amazonas descritas por Cortés en sus Cartas las cuales poblaban una isla en la que, cuando parían, sólo guardaban a las hembras y echaban fuera a los varones. Asimismo, hablaron del supuesto Imperio azteca, con su emperador Moctezuma rodeado de su corte y su nobleza, con una estructura social, monogámica y patriarcal idéntica a la hispana.
A los teólogos y juristas tampoco les interesó nunca precisar o describir realmente las religiones de estos pueblos ni penetrar en la significación de sus ritos, menos aun entender las relaciones sociales o sexuales. Por el contrario, sólo constatan la influencia demoniaca, la carencia de matrimonios monogámicos, las idolatrías, los cruentos sacrificios humanos, así como los numerosos pecados contranatura descritos por Cortés y repetidos sucesivamente por los demás cronistas para justificar su presencia en estas tierras.
La política eclesiástica y monárquica para la conquista y colonización de América tuvo que adecuar los fundamentos teológicos y canónicos de las enseñanzas de Tomás de Aquino para interpretar el comportamiento y entender los errores de los amerindios. En la escuela de Salamanca, se enfrentaron las dos visiones sobre el futuro de los indios: la del grupo de Ginés de Sepúlveda, quien pensaba que debía imponérseles el cristianismo por la fuerza, en una guerra justa que los sujetaría a los conquistadores, y la de Las Casas, quien pretendía que fueran las órdenes religiosas las que fungieran como padres de los indígenas, para adoctrinarlos y lograr una conversión firme y voluntaria. El “protector de los indios” sostenía que entre los naturales existía una sociedad civil, tal como Aristóteles la entendía, y que su elevado sentido religioso los preparaba para adoptar el cristianismo con devoción: sus costumbres sacrificiales y caníbales eran su manera de sacralizar la vida.
El cronista de Indias Fernández de Oviedo, concordando con Ginés de Sepúlveda, profundizó en lo pecaminoso de estos idólatras, apoyado en lo escrito por Cortés. Con la pretensión de continuar con la Historia natural de Plinio el Viejo, la de Oviedo es una mezcla de todo tipo de escritos griegos, latinos, pasajes bíblicos, crónicas medievales y relatos “renacentistas” que testimonian las atrocidades que aquí se cometían. La manera en la que comían carne humana y bebían sangre demostraba que la naturaleza americana era monstruosa, por lo cual concluía que nunca podrían cristianizarse. Las Casas acusó a Oviedo de contar mentiras y de no describir la realidad de América. Otra fracción del clero lo acusó de graves errores teológicos, por lo que la segunda parte de su obra fue prohibida.
Pronto el relato hegemónico insistió en que los indios comían carne humana y eran sodomitas. Se afirmó y difundió el ya conocido estereotipo del pagano, del hereje, así como el de la bruja, con sus misas negras, sus sacrificios, los banquetes de niños en fiestas orgiásticas. Al mismo tiempo los padres Olmos y Sahagún escribieron sus crónicas en las que reproducen todas esas imágenes bíblicas y sermones de los evangelizadores de musulmanes y judíos en España, salpicándolos de colores locales para ser más efectivos. Para que los indios miraran con pavor todo lo que era lujuria, adulterio y concupiscencia, Olmos justificó, por ejemplo, las casas de “alegradoras”, repletas de mujeres perversas, indispensables para que el vicio no se extendiera a las mujeres de buen corazón y los hombres no se hicieran sodomitas, tal como era vista la prostitución en el Occidente medieval.4
La segunda mitad del siglo xvi evidenció lo infructuoso del trabajo misional, al mismo tiempo que las epidemias y la violencia colonial provocaron una hecatombe demográfica, en la que desaparecieron 7 de cada 10 indígenas. Los acuerdos del Concilio de Trento pretendieron unificar los principios católicos, detener herejías, pero, sobre todo, impedir nuevas rupturas como la protestante. La Suma teológica de Tomás de Aquino fue la obra de autoridad en el mundo católico, la que garantizaba la ortodoxia. El capítulo quinto trata sobre el papel que la Revelación tuvo en todos los discursos emitidos en ese tiempo. El conocimiento de la fe verdadera y quienes po seyeran la gracia para reconocerla sacarían de las tinieblas a los paganos -egipcios, judíos, griegos, romanos, celtas, todos los pueblos antiguos que compartían con los indios americanos el mismo fondo- y los introducirían a la Historia Universal.
Todos los textos producidos entonces fueron estrictamente censurados por las autoridades, quienes controlaron la “verdad de América”. Por supuesto, esa verdad no podía encontrarse en la realidad, sino en el corpus de fuentes de autoridad: la verdad era lo fundado en principios naturalmente conocidos. Todos los escritos debían contribuir a la vida ejemplar, con formulaciones ya conocidas. Los relatos debían contener enseñanzas edificantes, en función de lo aprendido, puesto que el comportamiento humano es uno y se repite en todos los pueblos. Así, cada autor, a su manera, imita y cita a las fuentes autorizadas e incluye asuntos y variaciones sobre los mismos temas.
Miran al pasado prehispánico desde la perspectiva medieval del tiempo, que corresponde a una idea teleológica: el fin de los tiempos. Los hechos existen en función de la salvación de la humanidad. Por eso, las obras de Olmos, Motolinía, Sahagún, Las Casas, Mendieta y Durán no tuvieron la intención de conocer el verdadero pasado americano, si lo estaban destruyendo, sino, más bien, la de servir como textos para la educación de predicadores, neófitos y sacerdotes, además de que, después de ser escritos, fueron censurados, enmendados, reescritos por muchas otras manos. La mayoría de las crónicas emplearon la retórica panegírica sustentada en las dicotomías, en forma de diálogos, para persuadir mejor. Borrando las ambivalencias y recurriendo a los clichés, desde los cánones de la exégesis bíblica, más que del mundo americano, dan cuenta de lo que era entonces un discurso para un español del siglo XVI.
Los cronistas debían identificar las manifestaciones de cristiandad en esas conductas paganas, para adaptar en sus dioses y costumbres los elementos que pudieran proporcionar un nuevo sentido a los ritos. Marialba Pastor llama a este proceso inculturación de la fe, el cual es descrito en el sexto capítulo. Motolinía transforma el pasado prehispánico en antecedente del cristianismo, al enfatizar las similitudes que tenía con el mundo romano. Quetzalcóatl, premonición de Jesucristo y el monoteísmo, es el ejemplo perfecto. Lo mismo afirmó de ese dios Las Casas: parece haber un acuerdo entre cronistas para que fuera un sustituto digno de Cristo.
Marialba Pastor desmenuza la multitud de lugares comunes y párrafos completos e idénticos entre una crónica y otra. Olmos fue el primero -aunque sus textos se perdieran- en identificar que el demonio había dejado aquí una especie de bautismo, circuncisión, confesión, matrimonio y comunión, tal como lo describirá prolijamente Sahagún. Mendieta también interpreta el mundo indígena como preparación del cristiano. Todos los dioses prehispánicos contienen elementos cristianos y su descripción evidencia los conflictos que tuvieron los peninsulares para situar a los indios: unos creyeron que sus ceremonias eran de moros; otros, que de judíos. Sin embargo, lo más común fue pensar que todos ellos eran gentiles. Durán, por ejemplo, aseguraba que, por sus ceremonias, ritos y supersticiones, agüeros e hipocresías, los indios eran naturalmente judíos y gente hebrea. Estaba seguro de que provenían de aquellas Diez Tribus Perdidas de Israel.
Lo que se pretendía, concluye Pastor en su último capítulo, era desacralizar la religión indígena, convirtiéndola en idolatría. Limpiar el mundo prehispánico, no sólo para inculturar en él al catolicismo e incluirlo en la Historia Universal, la de la Revelación, sino también para elaborar una historia oficial del pasado indígena que borrara su densidad cultural y sirviera para controlar la reproducción social de la nueva colonia. Los vencedores reelaboraron el pasado de los vencidos y nos lo legaron como la verdadera historia prehispánica. El nacionalismo nunca cuestionó esa versión.










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