La presente obra colectiva, publicada en la estupenda Sección de Obras de Historia del Fondo de Cultura Económica, consta de nueve contribuciones, diversas en cuanto a región, temporalidad y fuentes de información, y distintas por sus repercusiones o alcances historiográficos y metodológicos respecto al estudio de los olores, la experiencia olfativa y los paisajes olorosos a través de la historia milenaria de lo que hoy llamamos México. Del final del horizonte Formativo Tardío (ca. 100 d.n.e.) a las décadas del Milagro Mexicano del segundo tercio del siglo xx, y de las Tierras Altas y Bajas mayas al Centro de México, pasando por Veracruz y Acapulco, lo mismo que por pantanos, lagos o ríos azolvados y espacios fragantes como la ducha del hogar urbano moderno, en De olfato… puede encontrarse una serie interesantísima y altamente alentadora -en términos historiográficos- de aproximaciones arqueológicas, antropológicas, lingüísticas, sociohistóricas, culturales (todas interdisciplinarias) que ponen al olor y el olfato como centro de sus pesquisas y reflexiones, ya sea durante la época precolonial, el periodo novohispano, el Porfiriato o los años tempranos de vida posrevolucionaria.
Como tal, el libro, una “aventura olorosa”, a decir de las coordinadoras,1 es resultado del seminario “Los olores en la historia de México”, del Instituto de Investigaciones Históricas de la unam (2012-2014), así como del coloquio internacional “Olores y sensibilidad olfativa en la historia de México”, llevado a cabo en el Salón de Actos de dicha entidad académica, en Ciudad Universitaria, el 3 de noviembre de 2014.2 De esta suerte, tanto el proyecto de investigación colectiva y multidisciplinaria, como los resultados presentados en De olfato… dan cuenta de un esfuerzo conjunto por acercar al público lector a las dimensiones olfativas pretéritas y
[…] al componente sensorial de la historia de México, a la vez que promueve el trabajo histórico en este campo en expansión […] que brinda numerosas posibilidades de investigación a quien se entrega a la búsqueda de las huellas que dejaron los olores del pasado. (p. 15)
Si bien la historia de las percepciones olfativas y otras propuestas académicas en torno a categorías de análisis como el aire, el viento o los gases3 no son nuevas, ni en el quehacer histórico ni en la antropología o la sociología,4 puede decirse que la obra aquí reseñada cubre un vacío historiográfico y metodológico en el estudio sociohistórico de los olores y la sensibilidad olfativa en nuestro país, toda vez que cada uno de los acercamientos contenidos en ella se ocupan de proporcionar el andamiaje teórico esencial para el tratamiento de las dimensiones olfativas del pasado y el universo sensible de una época, así como de brindar el lenguaje olfativo de las herramientas y técnicas de trabajo proyectadas en algunos de los testimonios arqueológicos, escritos e iconográficos empleados para la exploración del mundo de los humos aromáticos, las fragancias y los hedores en Mesoamérica, los olores de los cuerpos femeninos y los puertos en la época novohispana, o la desodorización y represión olfativa en las eras moderna y contemporánea. Todas éstas, realidades odoríficas y ventanas privilegiadas -ora fragantes, ora pestilentes- para (re) pensar la historia de México.
¿A qué olían el ritual mortuorio de los ajawo’ob mayas del Clásico, los establecimientos portuarios novohispanos o el aliento de los capitalinos a principios del siglo pasado?, ¿de qué manera se concebían y percibían las emanaciones, efluvios, fragancias, hedores y aromas en el pasado lejano o cercano?, y, por supuesto, ¿cómo y en qué medida se (re) construyen las dimensiones odoríficas y las experiencias y sensibilidades olfativas como elementos de análisis histórico? A diferencia del testimonio escrito y el resto material, “muchos de los olores del pasado no han dejado más que sutiles e indirectas alusiones a su presencia e importancia para las sociedades pretéritas”, razón por la cual se antoja complejo, cuando menos, intentar husmear en “los antiguos sistemas de olores, así como sus usos y significados”(p. 13). Siendo el olfato y los estímulos olfativos parte fundamental de la vida e historia humanas,
[...] no sólo el paisaje oloroso en que se desenvuelve cada sociedad es específico de su tiempo, sino que los olores y la sensibilidad olfativa dan pauta a construcciones sociales y culturales que se definen constantemente en función del contexto histórico; de allí que sean objetos de estudio para los historiadores. (p. 12)
En este orden de ideas, y ya teniendo en cuenta la inefable fugacidad de la huella odorífera y las sensaciones olfativas en la historia (y el lenguaje y el pensamiento),5 la extrema delicadeza de algunos aromas o la penetrante hediondez de ciertas emanaciones, además de la relegación, en tiempos modernos, del olfato como sentido respecto a la vista y el oído6 y el vasto proyecto de desodorización emprendido por las culturas occidentales y occidentalizadas durante las últimas centurias,7 los nueve estudios que integran De olfato… parten del supuesto ostensible de que en épocas pasadas los ambientes humanos eran mucho más ricos y profusos en olores que en la actualidad, y que dicho conjunto etéreo se encontró revestido, lo mismo que atravesado -como hoy día-, por una serie de valores culturales, sociales, psicológicos, simbólicos y fisiológicos atribuidos por los diversos grupos humanos8 en la historia de México (y el mundo) a las atmósferas olorosas, las prácticas olfatorias y las memorias olfativas, todas éstas, cambiantes a través del tiempo y a lo largo y ancho del espacio mesoamericano, novohispano y mexicano.
Así, los primeros tres capítulos están dedicados a los entornos olorosos que envolvían la vida cotidiana y ritual de las sociedades maya y náhuatl del precontacto con el mundo europeo.9 En el primero de ellos, María Luisa Vázquez de Ágredos Pascual y Vera Tiesler dan a conocer la identificación de fragancias arqueológicas en contextos funerarios del área maya, lo cual se sustenta en el análisis arqueométrico de una pequeña muestra de restos carbonizados de maderas aromáticas de distintas especies arbóreas que aparecieron “en contextos funerarios de individuos de distinta edad, género […] y categoría social” de Tak’alik Ab’aj (entierro 1), Río Azul (tumba 19), Calakmul(cámara funeraria de la estructura iii-9) y Palenque (sepulcro de la Reina Roja, templo xi-ii-Sub). En estos sitios se han reconocido “resinas de tipo pinácea (pino) y burserácea (copal)”, así como la goma de acacia (Acacia farnesiana) usada como excipiente aromático: “evidencias […] que dan cuenta de la importancia que tuvo el perfume [de éstas y otras esencias] como parte del ritual mortuorio de los antiguos mayas” (pp. 25 y 33-34).
El segundo estudio del libro, de Stephen D. Houston y Sarah Newman, versa sobre algunos de los buenos y malos olores entre los mayas durante el periodo Clásico, mundo de enorme impacto olfativo y bosques tropicales densos y cálidos, entre los cuales era posible percibir lo mismo el aroma delicado y narcótico de flores como el xpuhuk o pericón (Tagetes lucida), que olores nocivos de residuos en descomposición y bestias fétidas como el pecarí y el ciervo, mamíferos que emanan un intenso olor glandular (pp. 62-63). Se sabe de estos hedores, fragancias y algunos otros humos aromáticos y emanaciones naturales de la flora y la fauna en el Mayab, así como de algunos de sus valores, significados, prácticas y experiencias olfativas asociadas por una cantidad de testimonios que van de la imaginería gráfica pintada por los ajtz’ihbo’ob en numerosas escenas palaciegas o míticas en los vasos cerámicos,10 al lenguaje olfativo expresado por las numerosas lenguas mayances cuyo léxico se encuentra contenido en los diccionarios coloniales. Tales testimonios nos recuerdan que el entorno maya selvático era un universo pletórico de sensaciones, como los olores: “aspecto omnipresente” y envolvente de la vida cotidiana que constituyó “una fuente constante de placer e incomodidad, de belleza y repulsión, [o] de humor y […] vergüenza” (p. 72).
Aunque a los olores generados por el medio ambiente y la actividad humana de los antiguos nahuas del Centro de México “hace mucho que se los llevó el viento”, y pese a que resulte difícil conocer a bien los paisajes olorosos de los antiguos mexicanos y, más en general, de los pueblos prehispánicos de Mesoamérica, como bien reconoce la autora de la tercera aproximación a los estímulos y experiencias olfativas de tradición indígena (p. 115), es posible, a través de una lectura cuidadosa de los textos etnohistóricos y un análisis minucioso de las fuentes iconográficas, “reconstruir el paisaje oloroso [y sensible] de cada una de las numerosas fiestas religiosas que celebraban los nahuas” en vísperas del sitio y toma de Tenochtitlan (p. 51). Como tal, la atmósfera ritual que respiraban los mexica -y otros grupos indígenas-11 era resultado de múltiples olores producidos por la combustión y uso de materias odoríferas, tales como el copalli, el hule, el tabaco y el yauhtli o pericón (pp. 96-104); humos aromáticos de flores, plantas y resinas arbóreas que “servían como adornos u ofrendas [que] contribuían al entorno de cada fiesta” del calendario solar y el paisaje sensible de la ritualidad náhuatl precristiana, caracterizada por los ritos y el ofrecimiento de dones convocantes de varios sentidos -y dimensiones cosmológicas- a una vez.
Tras este primer panorama histórico de larga duración acerca de algunas de las realidades odoríficas y las experiencias olfativas en el México antiguo, y luego de asomar apenas las narices a las ofrendas aromáticas, los entornos olorosos del cotidiano o el ritual, y el significado sagrado de las fragancias entre dos sociedades amerindias, en el aporte de Martín F. Ríos Saloma, se proyectan cuestiones tales como: ¿cuáles fueron los paisajes olorosos que los soldados castellanos percibieron durante la conquista de MéxicoTenochtitlan?, y ¿cuáles fueron los olores que percibieron los grupos indígenas en el momento de la invasión española? Esto, con el fin de imaginar la atmósfera olfativa en la que se vieron inmersas las huestes cortesianas a partir de 1519, así como indagar en la “confrontación aromática entre el pueblo mexica y los soldados castellanos”: “dos culturas olfativas puestas en contacto a partir del siglo xvi” (pp. 143, 136). Para ello, se sigue el rastro del “relato olfativo” contenido en las cartas de relación de Hernán Cortés y la historia de Bernal Díaz del Castillo, y se analiza la percepción olfatoria en los testimonios indígenas de la Conquista, para poner de manifiesto que es posible detectar una sensibilidad olfativa en esta historiografía, y que “la comprensión profunda del fenómeno de interacción cultural que se desarrolló […] entre europeos y mesoamericanos demanda el estudio de las percepciones sensitivas de unos y otros” (p. 145).
En los siguientes dos capítulos, se estudian el olor y las emanaciones sociales en la cultura novohispana de los siglos xvi y xvii, así como los olores en los principales puertos del virreinato hacia 1700. Estela Roselló Soberón, partiendo de la historia sobre los sentidos y la percepción social de éstos, nos muestra una serie de perfumes, bálsamos y aceites que “dan cuenta de la importancia atribuida a la experiencia olfativa por la religiosidad barroca” en la Nueva España, el “exuberante paisaje olfativo” y el universo de aromas disímiles de los cuerpos humanos (pp. 151-152), en particular, los de las mujeres, durante los dos primeros siglos del régimen colonial.
Sector diverso, plural y poco homogéneo, las féminas “olieron a cosas muy distintas entre sí” y “sus aromas, perfumes, tufos y emanaciones posiblemente variaron mucho de acuerdo con diversos factores” socioeconómicos, hídricos, profilácticos, etcétera; asimismo, “vivieron una experiencia olfativa, real tangible y personal”, como puede colegirse de la lectura de manuales y recetarios médicos: “fuentes muy atractivas para reconstruir la dimensión olfativa de la intimidad femenina en esta época” (pp. 157-158).
Por su parte, el acercamiento de Guadalupe Pinzón Ríos a los olores y la percepción olfativa que existieron en los principales puertos novohispanos, a través de la revisión de las descripciones hechas por viajeros en los espacios costeros hispánicos y otros registros de las autoridades portuarias virreinales hacia la segunda mitad del siglo xviii, permite conocer el modo en el que se dio el proceso de transformación de la conceptualización que se tenía de los malos olores -pestes, efluvios, fetidez, tufos, pestilencias- en los establecimientos portuarios novohispanos, así como la clasificación de este tipo de hedores o miasmas, “con la intención de detectar aquellos considerados dañinos para tratar de combatirlos” y eventualmente erradicarlos (pp. 170-171).12 En esta línea de pensamiento, la autora revisa cómo las prácticas sanitarias implementadas en Veracruz y Acapulco pusieron cada vez más atención a los miasmas existentes en ellos: “emanaciones o exhalaciones que constituyen las impurezas que corrompen la atmósfera, detectables por su mal olor y porque producen enfermedades” (p. 172). Ello estuvo motivado por una suerte de impulso higienista reformador, así como por los intereses mercantiles en juego, por supuesto, y el deseo de hacer permanentemente habitables los entornos costeros (p. 185).13
En el tenor de estas transformaciones higienistas de las eras moderna y contemporánea en México (y el mundo occidental u occidentalizado) se insertan las siguientes contribuciones de Sergio Miranda Pacheco, Omar Olivares y Susana Sosenski, las cuales retoman, además del olor y cierto tipo de experiencias sensoriales olfativas, aspectos de la historia urbano-ambiental, la historia de los objetos y la cultura material, la historia de la publicidad14 y los discursos acerca del olor en la centuria decimonónica, el Porfiriato y los primeros gobiernos posrevolucionarios. Con referencia a la dinámica generada en la capital hacia el último tercio de siglo XIX, periodo en el que se concentra Miranda Pacheco,, se tiene que las presiones en el espacio geográfico de la ciudad y Valle de México y la densificación de las localidades urbanas (pp. 199-200) desataron la intensificación de ciertos olores considerados malos (cadáveres animales y humanos, deshechos, defecatorios) y experiencias olfatorias no precisamente gozosas en las cuales decidieron intervenir las autoridades de la modernidad porfiriana con el fin de controlar estas emanaciones en cuerpos de agua estancados y azolvados (p. 204) y otras “topografías de singular pestilencia”: origen de “olores mefíticos” y tolvaneras, pestes, enfermedades y problemas sanitarios, además de otras precariedades medioambientales.
En el penúltimo estudio de los olores de la antología, se discute la incorporación de la ducha o la regadera a la vida urbana: “dispositivo tecnológico” que a finales del siglo xix “modificó la forma de realizar el aseo corporal y su relación con las valoraciones en torno al olor y el olfato presentes en la época” (p. 251). A la par de la actitud general finisecular de prescribir “lo oloroso” y otras emanaciones sociales,15 la innovación que implicó el “baño de regadera osciló entre la acción terapéutica y las angustias profilácticas de la higiene” (p. 258); fue sólo más tarde cuando “la ducha adquirió significados políticos y culturales […] de los cuales se apropiaron los usuarios cuando el baño se hizo cotidiano”, momento en el que la experiencia olfativa y los placeres aromáticos -frescos, herbales o florales- del “regaderazo” terminaron por proscribir de los hogares y espacios urbanos y las ciudades modernas los olores del cuerpo humano (p. 277). De esta suerte, el “imaginario del baño” y la ducha como “dispositivo de una nueva ingeniería social” se representaron, indefectiblemente, en los discursos higienistas en boga, las notas de viaje y un sinfín de anuncios en la prensa, vehículos todos (unos más útiles que otros) de la implantación del baño diario como la “herramienta adecuada para cumplir con el ideal de desodorizar a la población” capitalina de principios de siglo (p. 268).
Finalmente, la aproximación que cierra la antología sigue la pista al olor del aliento en la publicidad de la prensa desde 1920 hasta 1950. Como asienta la autora de esta contribución a la “aventura olorosa” por la historia de México, el sentido del olfato, además de formidable fenómeno químico-fisiológico, “es una importante construcción social y cultural, que se redefine constantemente en función del contexto histórico” (p. 289). En el caso de las prácticas olfatorias y su representación en el imaginario gráfico, tal como las delinea Sosenski, se tiene que, tras echarse a andar “una suerte de represión olfativa” hacia el siglo XVIII, la experiencia odorífera humana y los milenarios y formidables olores corporales naturales -tenidos por desagradables, asquerosos o contagiosos- se vieron transformados, que no sustituidos ipso facto, por la aparición de los olores manufacturados en líquidos, pomadas y ungüentos; aromas y fragancias artificiales portadoras, a su vez, de indicadores de ideales de higiene, belleza o distinción promovidos a través de anuncios (pp. 289-290). En este sentido, ésta es una historia de cómo la publicidad en la prensa escrita de la época contribuyó a generar nuevos hábitos en torno a un aliento “fresco, puro y perfumado” y la salud bucal y dental entre la población, en la primera etapa posrevolucionaria (pp. 291 y 295-298), a la vez que se construía una nueva sensibilidad olfativa homogeneizante de alcances transnacionales, en la que la halitosis, los dientes manchados y las caries no tenían cabida entre personas modernas y sonrientes (pp. 294 y 305).
En apretada síntesis, incompleta, si así se desea, pero igualmente procurando que quien leyere esta reseña descubra por cuenta propia las dimensiones olfativas de la profunda y honda historia de lo que hoy es México, así como las fuentes, las metodologías de estudio y los retos en la comprensión de las prácticas, experiencias, valores, sensaciones y emociones vinculadas con los diversos tipos de olores del pasado,16 cabe concluir que De olfato. Aproximaciones a los olores en la historia de México, en términos históricos e historiográficos, pero también olfativos, resulta un estimulante conjunto de acercamientos al estudio arqueológico, antropológico, lingüístico y sociohistórico de los olores y el universo sensible olfatorio de eso que llamamos historia mexicana. Desentrañar el significado de los olores de las cosas, como subrama del conocimiento histórico de inspiración psicosocial y cultural de la escuela francesa de Annales, y, en particular, de la historia de las sensibilidades y las mentalidades, nos “permite ampliar el campo de interpretación y crítica de la disciplina histórica, hasta ahora predominantemente textual” (p. 252). Esta corriente historiográfica sensitiva de una tradición casi centenaria posibilita, de una u otra manera, la reconstrucción de los antiguos sistemas de olores y sus significados (p. 13), el repertorio de olores, aromas o emanaciones del pasado, y las prácticas y percepciones del olor; todo ello, con el fin de atisbar, en el panorama olfativo completo de una época y el universo sensible de las percepciones, emociones y recuerdos de las realidades pretéritas: dimensiones y paisajes olorosos que, a través de la lectura de esta obra colectiva sustancial, comienzan a emerger -cual humo aromático de copal, en forma de miasma pestilente o de un envase plástico-, lo mismo de la antigüedad, que de la Colonia o la vida nacional.
Desde el entarimado teórico y metodológico de la historia, como ciencia social interdisciplinaria y como suma total de las experiencias humanas, y desde la plataforma posmoderna de la nueva historia cultural, aunque no por ello lejos, en ninguna manera, de la historia social, de las ideas, de las instituciones y de la política “clásicas” que se procuraron entre los estudiosos mexicanos del pasado durante la primera fase de profesionalización del quehacer histórico en nuestro país,17De olfato… -obra sintomática acaso de una nueva etapa historiográfica en México- ofrece una experiencia lectora sensitiva llena de memorias olfativas, en la que se entreveran paisajes olorosos de suntuosa delicadeza ritual y hedores de la más pura, absoluta y natural hediondez, lo mismo que experiencias deleitosas o sensaciones pútridas, muchas de ellas, todavía reconocibles en la realidad odorífera y la memoria social olfativa del pueblo mexicano. Destapemos, pues, las narices de la indagación histórica a los olores (y sus significados, valores y prácticas asociados) del pasado; abramos también las ventanas de la investigación socioantropológica a nuevos y fascinantes objetos de estudio: queda mucho aún por oler, probar, escuchar, ver y sentir.










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