INTRODUCCIÓN
Oí hablar por primera vez de José Joaquín Izquierdo Raudón cuando me ocupaba de la figura de Isaac Costero, médico patólogo y refugiado de la Guerra Civil española en México. Cuenta Isaac Costero (1903-1979) que, hacia 1940, Izquierdo era, como él, profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y, a pesar de su bien cimentada fama de gran fisiólogo, contaba con muy pocos alumnos, pues “tenía la manía de reprobar”.1 Esta referencia me atrajo, debido a mi interés de vieja data acerca de la biografía en la historia, así que me propuse averiguar quién era Izquierdo y si había concedido alguna entrevista o escrito alguna autobiografía, y de esta manera fui a dar con Desde un alto en el camino. Visión y examen retrospectivos, publicado en 1966.2 Libro sorprendente tanto en su factura como en su contenido, Izquierdo lo escribe ya retirado de la vida universitaria, porque sus colegas y amigos le han insistido en que, si “para poder trazar la historia de las ideas en que se ha inspirado la práctica médica, tan fundamental como imprescindible es conocer qué factores antagónicos y qué líneas de pensamiento han entrado en conflicto en las diferentes etapas de la profesión, él, por haber participado en uno de tales conflictos, obligado estaba a relatar cuantas acciones y reacciones con dicho conflicto se relacionaran”.3
Esto lo lleva a confeccionar, más que unas memorias en el estilo convencional, un ensayo de historia de la ciencia, parsimonioso e impecablemente documentado; escrito en tercera persona, como si el autor no hablara de sí mismo, al principio me resultó desconcertante. Se trata de un recuento de ochenta años de vida, donde desfilan incontables instituciones y personas, académicos e intelectuales mexicanos y extranjeros, sobre todo de los campos de la medicina, la fisiología y la historia. Como historiador de la medicina, Izquierdo puede aplicar y explicar el método que utilizó; en este libro, como en los anteriores “lo biográfico sirve tan solo de hilo conductor para ligar y dar sentido de experiencia vivida a los diferentes cuadros de esta historia”.4 Frecuenté a partir de entonces las obras de Izquierdo, hasta que cayó en mis manos un estudio histórico donde se le relacionaba con el tema de la eugenesia en el México posrevolucionario5 y decidí investigar de qué modo había ocurrido esa vinculación.
Durante los años de ebullición política y social que siguieron a la Revolución de 1910, dos corrientes de pensamiento, eugenesia e indigenismo, se traslaparon continuamente, debido a que compartieron objetivos y protagonistas.6 La eugenesia (palabra de origen griego que significa “buen origen”) fue un movimiento social y científico originado en Europa en la segunda mitad del siglo xix, que involucró a muchos de los más importantes médicos, biólogos e investigadores en el campo de la herencia.7 Se proponía alcanzar el perfeccionamiento de la especie humana. En México, tomó carta de naturalización hacia 1920, momento en el que los primeros gobiernos posrevolucionarios se fijaron como meta la reconstrucción nacional y la entrada del país a la “modernidad”. Fue un movimiento impulsado en su mayoría por médicos, aunque en su propagación contribuyeron algunos profesionales de las ciencias sociales; entre los más notables, el antropólogo Manuel Gamio y el demógrafo Gilberto Loyo. Por otro lado, el indigenismo fue una corriente antropológica con raíces decimonónicas que propuso como solución al “problema indígena”8 la homogeneización racial de la población a través de la “integración” del indígena y del mestizaje. En su gestación, actuaron como protagonistas algunos de los más destacados promotores de la eugenesia, pero abarcó una más amplia gama de profesionistas provenientes de las disciplinas sociales: además de antropólogos y demógrafos, figuraron educadores, sociólogos y abogados criminalistas; junto a Gamio y Loyo, entre los más sobresalientes habría que agregar aquí a Moisés Sáenz, Lucio Mendieta y Núñez, Luis Garrido. Eugenesia e indigenismo coincidían en buscar el “mejoramiento de la población”, entendido como el combate a la pobreza, los vicios y el fanatismo religioso, pero también como un progresivo mestizaje de la población nacional con inmigrantes blancos, considerados de “raza superior”. La labor de reconstrucción nacional debía concretarse de forma prioritaria en los escenarios de la salud y la educación: medidas de higiene para prevenir las enfermedades venéreas, campañas contra el alcoholismo y la prostitución, cuidados apropiados para la madre y el niño.
Desde un alto en el camino, el libro autobiográfico de Izquierdo, me servirá como telón de fondo para indagar sobre su postura frente a estos temas cruciales. Otros escritos suyos, así como documentos procedentes de su archivo, me permitirán contrastar sus opiniones al respecto en dos momentos de su vida, a través de sus relaciones con el antropólogo mexicano Manuel Gamio y el fisiólogo y antropólogo chileno Alejandro Lipschütz. El objetivo es explorar el papel que desempeñó nuestro científico y humanista dentro de la corriente eugenésica, en una primera etapa, y su posterior deriva hacia el indigenismo. Asimismo, intento aportar un grano de arena en la tarea de reconstruir las redes que conformaban la comunidad científica durante esas décadas, en particular las que involucraban a médicos y antropólogos, dos de los sectores protagónicos dentro de esas corrientes de pensamiento.
La primera parte de este artículo se sitúa a inicios de la década de 1920, cuando Izquierdo manifiesta de manera clara y directa su postura acerca del estado “decadente” de la “raza indígena” en México, en el estudio que Gamio le solicita para la obra La población del Valle de Teotihuacán; al momento de publicarse ésta, en 1922, Izquierdo ha participado ya, por invitación del propio Gamio, como ponente en el Segundo Congreso Internacional de Eugenesia. Como delegado de la Academia Nacional de Medicina, acude en 1923 al Segundo Congreso Mexicano del Niño, para exponer la necesidad de poner en marcha en México medidas eugenésicas, tanto las relacionadas con la higiene y la puericultura, como aquellas encaminadas al “mejoramiento de la raza” por vías extremas (por ejemplo, la esterilización de los criminales o el fomento de una “buena inmigración”).
En la segunda parte, el artículo estudia la década de 1930. Sin referirse ya a la eugenesia de manera explícita, dos artículos publicados en 1937 hacen patente la adhesión de Izquierdo al indigenismo y lo muestran partidario de reformas sociales que beneficien a las “masas populares”. Entre ambos momentos pasaron tres lustros en los que, a la par de su labor científica, ha desarrollado una intensa investigación humanística, encaminada a la confección de sus obras históricas; además, ha entablado relación con otros antropólogos e historiadores de la medicina. Pero también está de por medio el hecho de que, iniciada la Segunda Guerra Mundial y difundidas las atrocidades a las que había conducido en Europa el impulso nazi por la supremacía de la “raza aria”, la eugenesia ha quedado moral y científicamente descalificada.
EUGENESIA Y SALUD PÚBLICA
Médico poblano, José Joaquín Izquierdo tiene ascendientes de origen español por el lado paterno, e inglés por el materno; ambas, ramas establecidas en México desde el siglo xviii. Como hijo primogénito, su educación se ve favorecida por la dedicación de su madre y por una economía familiar que le permite empezar desde muy joven a formar una riquísima biblioteca. Pero su padre, regidor del Ayuntamiento de Puebla durante el breve gobierno maderista, muere en 1913, dejando a la familia en la ruina y bajo la responsabilidad de Izquierdo, precisamente cuando éste concluye su carrera en el Colegio del Estado. Se ve así empujado a emigrar con su madre y hermanos a la Ciudad de México, donde inicia su desempeño profesional en 1917. Viene recomendado por autoridades civiles y universitarias a Manuel Aguirre Berlanga, ministro del gobierno carrancista, quien lo pone al frente de la Escuela de Ciegos. Por mediación de Alfonso L. Herrera, director de Estudios Biológicos, se acerca al círculo médico del Hospital General. Es nombrado ayudante de la cátedra de Fisiología, con Fernando Ocaranza (1876-1965), en la Escuela Nacional de Medicina de la unam, y después en la Escuela Médico Militar. Ya incorporado al Hospital General, ocupa además diversos cargos en el Departamento de Salubridad Pública. En marzo de 1921, se le designa jefe de la sección de Biología del Instituto de Higiene; en febrero de 1923, queda a cargo de la sección de Vacuna del mismo Instituto hasta 1925, y, por último, es delegado sanitario en Tacubaya durante 1926. Así, pues, a lo largo de diez años, se desenvuelve en el campo de la salud pública, investigando, atendiendo pacientes y publicando:9 sobre paludismo, ceguera, mortalidad infantil, sarampión y tifo, influenza y lepra, fiebre amarilla y peste bubónica, preparación de la vacuna antivariolosa. Es acogido como miembro de la Sociedad Científica Antonio Alzate, de la Academia Nacional de Medicina y de la Sociedad Mexicana de Biología, entre otras agrupaciones. Durante este lapso de intensa actividad, una preocupación básica de Izquierdo es la subsistencia propia y de su familia, lo que le impone aplazar la formación a la que aspira en el campo de la investigación básica en fisiología.
En tales circunstancias, Izquierdo entabla relación con Manuel Gamio, si bien, es probable que se conocieran con anterioridad, pues tenían en común, al menos, su pertenencia a la Sociedad Alzate. En enero de 1920, Gamio le escribe para agradecerle que aceptara colaborar dentro de la obra La población del Valle de Teotihuacán, que coordina desde la Dirección de Antropología de la Secretaría de Agricultura y Fomento. Le comunica que ya se está editando “la publicación correspondiente, pero las investigaciones relativas al estado y desarrollo físico que actualmente presenta dicha población no se ha[n] efectuado en totalidad, pues sólo se cuenta con las características antropométricas y faltan las constantes fisiológicas, las características patológicas y las características de ambiente en que se desarrolla dicha población”.10
Lo primero que aquí se nos revela es que, para estas fechas, la obra monumental se daba prácticamente por terminada, pero en el último instante su director repara en que falta tratar algunos asuntos que no pueden omitirse.11 Gamio, después de encomiar su “reconocida competencia en las citadas investigaciones”, le señala que ha dado instrucciones para que reciba un pago por su colaboración, amén de la subvención de los gastos que conllevara. Izquierdo no podía dejar de corresponder a la deferencia,12 al provenir de un funcionario de alto rango, hombre diez años mayor que él y con quien conservaría un trato cordial por el resto de su vida. Sobre todo, no podía, seguramente, darse el lujo de rechazar un ingreso que, por razones de su penuria económica familiar, mucho necesitaba en esos momentos, y acepta hacerse cargo de la investigación cuyos resultados plasmará en el “Estudio fisiológico del indígena adulto del Valle de Teotihuacán”.13
Con ayuda de José Bulnes y José E. González -estudiantes de medicina-, Izquierdo selecciona a 75 habitantes de la zona, de los que sólo anota que son “individuos entregados cotidianamente a trabajos corporales y que viven en el campo”. De esta muestra, obtiene talla, peso, temperatura, pulso, tensión arterial, capacidad respiratoria y fuerza muscular. En 29, lleva a cabo observaciones hematológicas, y de 30 obtiene datos urológicos. Por último, para un grupo más reducido, formado por “veinticinco14 jornaleros de los que están al servicio de la Dirección de Antropología en las obras del campamento arqueológico”, tipifica la naturaleza y cantidad de los alimentos que consumen y la aportación calórica correspondiente. La mayor de sus limitaciones, declara, es que no cuenta con un laboratorio que le permita utilizar métodos más modernos y precisos, así que se conforma con adaptar uno de los procedimientos estadísticos de uso en Europa, que en su versión original resultaría inaplicable a la población indígena de Teotihuacán. Otras dificultades de orden metodológico se presentan a cada paso; señala, por ejemplo, que “no está todavía demostrado que haya equivalencia entre el valor de los alimentos en calorías y su valor fisiológico”, y que no existen datos sobre la proporción que se aprovecha de los “alimentos nacionales” (maíz, frijol, chile y pulque), que, por obvias razones, los autores extranjeros no mencionan en sus tablas, de modo que cuenta sólo con cálculos aproximados. Procede comparando sus resultados con los obtenidos por otros investigadores mexicanos y extranjeros,15 para llegar a tres conclusiones: primera, que la alimentación del indígena teotihuacano contiene el número de calorías que necesita de acuerdo con sus características físicas y con el clima en el que vive; segunda, que, salvo un ligero exceso de carbohidratos, su contenido tiene las proporciones correctas de nutrientes, y, tercera, que el aporte vitamínico, aunque “casi exclusivamente de origen vegetal”, es el apropiado.
Tales resultados, con ser avanzados para su tiempo,16 no convencieron al propio Izquierdo, que se vio en la necesidad de invocar las limitaciones del conocimiento científico y echar mano de suposiciones: faltan en la alimentación indígena “los llamados ‘alimentos tónicos’”, que probablemente aportan al organismo “algo todavía no aislado por la Química”; “el pulque tiene cierta acción tónica […] pero quizá la suplencia sea sólo parcial”. Es evidente que parte de un principio a todas luces inamovible con el que cierra su estudio: tal vez de las deficiencias en la alimentación resulte “esa menor energía física y psíquica del indígena, esa tristeza que algunos han llamado de las razas que desaparecen, esa apatía”. No importa si esas deficiencias son reales o imaginarias, porque en realidad no admite que el problema sea la alimentación, sino otro de mayor envergadura: “los cortos estudios fisiológicos que hemos llevado a cabo, nos enseñan que se trata de una raza en degeneración”, para más adelante especificar, como conclusión general de su estudio, cuál es la índole de esa “degeneración”:
[…] lo exiguo de la talla y el peso; la reducción del número de glóbulos rojos […]; su menor energía muscular, y, finalmente, la comprobación de que sus necesidades energéticas resultan inferiores a las de las razas europeas y muy semejantes a las de los egipcios, los habitantes del Congo y los abisinios, nos permiten emitir la opinión de que los indígenas que actualmente habitan el Valle de Teotihuacán pertenecen a una raza en decadencia fisiológica.17
El lector se pregunta cómo unos “cortos estudios” habrían dado pie a una afirmación de tan grande alcance, si, como es probable, Izquierdo sabía por entonces lo que anotaría en su autobiografía muchos años después: que la Dirección de Antropología había considerado a los indígenas del Valle de Teotihuacán “como pobladores típicos de la Altiplanicie Central” mexicana. Hombre de una “honestidad brutal”,18 que se comprometía a conciencia con las empresas que aceptaba, sólo queda suponer que, colocado por las circunstancias entre científicos sociales inclinados a la eugenesia y al indigenismo, el investigador acucioso y exigente deja a un lado sus resultados y se suma al consenso ya expresado por los colaboradores de la magna obra antropológica. La influencia que sobre su parecer ejerció el consenso del grupo, y particularmente su coordinador Gamio -reconocido hasta hoy como líder intelectual del equipo-, no debe ocultarnos la probable existencia en Izquierdo de un prejuicio racial que excediera su racionalidad científica y le hiciera caer en contradicción. Años después, en breve alusión a esta colaboración con Gamio, apuntaría lacónicamente que, “aparte de una diversidad de datos de interés para los antropólogos”, había expresado la opinión de que “el indígena teotihuacano estaba adaptado defectuosamente a la altitud”.19 Ésta había sido, en efecto, una de las conclusiones parciales de su estudio, la propiamente suya quizá, pero no la de mayor trascendencia. Cuando alude en retrospectiva a sus colaboraciones en el campo de la eugenesia durante la década de 1920, es parco e inexacto. Pareciera que, a la distancia de más de treinta años, no les concede importancia o que no es consciente de los alcances de sus afirmaciones de entonces.
A finales de 1920, Manuel Gamio le escribe nuevamente a Izquierdo, para decirle que el Comité Eugenético del National Research Council le ha enviado desde Washington, Estados Unidos, una invitación para representar a México en el Segundo Congreso Internacional de Eugenesia. El congreso se realizará en Nueva York en septiembre de 1921, y el primer compromiso de Gamio es proporcionar al comité organizador los nombres de personas que en México se interesen por la eugenesia. Considerando que “sería deseable que tanto los elementos oficiales como los particulares, especialmente el cuerpo médico, preste su culta colaboración para contribuir al éxito del citado Congreso”,20 Gamio le pide a Izquierdo que pase a su oficina para cambiar impresiones sobre el asunto.21 Es muy probable que Izquierdo haya acudido a este llamado y que la conversación girara en torno a sus sistemáticas pesquisas acerca de la historia de su familia, porque, si bien no hay datos que permitan afirmar con certeza que Izquierdo haya estado presente en ese congreso, el hecho es que su nombre y su ponencia figuran en el programa.22 Se trata, en efecto, de la reconstrucción de su genealogía familiar, un trabajo que en México sería publicado en 192223 y, en ese mismo año, reseñado por The New York Genealogical and Biographical Record,24 para luego quedar incorporado en la compilación de los Scientific Papers que apareció dos años después del congreso; el de Izquierdo, incluido en el primer volumen de la compilación, figura como el único trabajo publicado en español,25 pues el del otro participante latinoamericano, el cubano Domingo Ramos, aparece en inglés.
El interés de Izquierdo por reconstruir su historia familiar era ya antiguo en ese momento: “Después de largas y pacientes investigaciones he logrado llegar a reunir una serie de datos relativos a mis antecesores”.26 Sabemos de su convicción acerca de la importancia de la biografía para la comprensión de la obra de los hombres y de su significado social. Así lo expresa en 1945, en carta a la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica, para solicitar su admisión como miembro: “Interesado, desde hace más de veinticinco años, en la Genealogía y en la Heráldica, como ramas importantes de las Ciencias Históricas”.27 No obstante, como veremos a continuación, a principios de la década de 1920 no tenía inconveniente en que la investigación de los datos biográficos, “a más del interés histórico que creo encontrarle”, pudiera utilizarse con fines eugenésicos.
Entre 1921 y 1923, tuvieron lugar dos Congresos Mexicanos del Niño, en cuyas secciones de eugenesia tomaron parte algunos de los médicos por entonces más connotados; todos eran funcionarios de los sectores de salud o educación pública, al tiempo que profesores de las principales escuelas de medicina y miembros de las más importantes sociedades científicas nacionales. Uno de sus principales objetivos era definir las políticas que debía adoptar el Estado respecto a la infancia.28 La “Sección de Eugenia” del Primer Congreso fue presidida por Ángel Brioso Vasconcelos y participaron en forma destacada Isidro Espinosa de los Reyes, Antonio F. Alonso, Isaac Ochoterena, Eliseo Ramírez y Francisco Castillo Nájera, además de la escritora y periodista Esperanza Velázquez Bringas. Si bien ahí se expresó la necesidad de que el sistema de salud pública proporcionara cuidados a la madre y al niño, hubo también posturas que se caracterizaron por su racismo y sus propuestas extremistas, “voces vitriólicas”29 pidiendo castrar a los “degenerados” y restringir el ingreso al país de individuos negros y amarillos. José Joaquín Izquierdo interviene en este Primer Congreso, pero no dentro de la Sección de Eugenia sino en la de Pediatría Médica y en la de Higiene.30 En ellas, expone algunos de sus ya mencionados estudios sobre salud pública (epidemiología del sarampión y oftalmía del recién nacido).31
Al Segundo Congreso, en enero de 1923, Izquierdo acude como delegado de la Academia Nacional de Medicina, para presentar la ponencia “Necesidad de que en México emprenda el Estado estudios de eugenesia”.32 En ese momento, como funcionario público, docente y miembro de sociedades científicas, Izquierdo ha completado el perfil que caracteriza a los médicos eugenistas.33 Siguiendo la tónica de lo expresado en el Primer Congreso, su escrito contiene puntos de vista abiertamente clasistas y racistas: “La nueva ciencia de la Eugenesia […] tiene por fin supremo apartar de la humanidad las castas bajas y defectuosas y fomentar las uniones y el aumento de la fecundidad entre los individuos mejor dotados para el nacimiento”. Por tanto, es necesario
[…] que se determinen las características del indio, del criollo y del mestizo, y se precisen los resultados de sus uniones para exaltar las cualidades del mexicano y apartar sus defectos. De ahí también la trascendencia de que se estudien los resultados de las diversas migraciones, para fomentar […] la de aquellos cuyas buenas cualidades se transmitan a su descendencia. De ahí, finalmente, la importancia de tales estudios que justificarán la deportación de todos aquellos elementos nocivos para la raza.34
Izquierdo añade que estas labores deben encomendarse a “personal debidamente adiestrado […] pues fácilmente se comprende que no es posible improvisar investigadores para cualquier género de labor inquisitorial”. En consecuencia, sugiere crear una “oficina especial” dependiente del Departamento de Salubridad Pública y que cultive estrechas relaciones con “escuelas correccionales para delincuentes menores de edad, hospicios, hospitales y cárceles, lugares muy adecuados para recoger abundante material de observación y los datos de estadística sanitaria, así como los proporcionados por las sociedades biológicas, genealógicas y de biografía”. Dicha oficina también se ocuparía de estudiar cuestiones relativas al “mejoramiento de la raza, como la esterilización de los criminales, las bases de una buena inmigración, los medios de impedir el matrimonio o la fecundidad de los degenerados, etc., con la mira principalísima de originar legislaciones adecuadas”. Adicionalmente, deberá enfrentar dos grandes obstáculos “a la fecundidad de los bien dotados […]: la propaganda anticoncepcionista y las prácticas abortivas”.
Hombres eminentemente laicos y de mentalidad científica, tanto Izquierdo como Gamio mostraron un rechazo intenso -podríamos decir “religioso”,35 para resaltar la paradoja- hacia el aborto y la contracepción, prácticas que consideraban criminales en virtud de una moral cívica: quienes promueven el aborto, dice Izquierdo, son “asesinos de la patria”; por su parte, Gamio imagina que la renuncia a la maternidad es castigada con la locura.36 También debemos valorar la posibilidad de que, si bien ambos eran científicos, su temprana formación en el catolicismo hacía que no dejaran de ser a la vez creyentes. La mayoría de los eugenistas de este periodo también se opusieron al aborto y a las “prácticas neo-malthusianas”, pero un sector de ellos, básicamente femenino, contempló, dentro de su programa de fomento a la salud pública, que se impartiera educación sexual desde la enseñanza básica. La propuesta resultó inaceptable para laicos y católicos por igual. Quizás ésta sea una de las razones por las cuales Izquierdo y Gamio, conservadores en lo tocante al control de la reproducción, no pertenecieron a la Sociedad Mexicana de Eugenesia (sme) y Gamio sólo de manera esporádica publicó en su revista.
Reproducido diez años después en Eugenesia, revista de la sme,37 el ensayo presentado en este Segundo Congreso Mexicano del Niño le valió a Izquierdo ser considerado entre los precursores de la eugenesia en México.38 En su autobiografía, se referiría sucintamente a este episodio diciendo que, “invitado a participar en un congreso, hizo en él una moción para que en México empezara a hacerse estudios de genética humana, con base en los cuales pudiera ser promovido el mejoramiento de la gran familia mexicana”.39 Esta perspectiva biológica caracterizó a la década de 1920, periodo de ascenso de la eugenesia en México. Como Izquierdo, otros médicos expresaron su confianza en que los conocimientos sobre la herencia serían clave en la explicación de los grandes problemas sociales.
La perspectiva biológica acercó a los eugenistas mexicanos a la vertiente eugenecista original, de procedencia sajona, inspirada en el evolucionismo darwinista y basada en la teoría mendeliana. Postulaba “un concepto de herencia ‘dura’, impermeable al medio”, y buscaba el “perfeccionamiento racial”40 a través de impedir que los “degenerados” se reprodujeran, de ahí que se le denominara también negativa. Esta concepción de la eugenesia luchó por extender su influencia, pero habría encontrado una valla de contención en el temperamento latinoamericano, que se inclinó por una eugenesia blanda, de inspiración lamarckista, de acuerdo con la cual el medio social es capaz de modificar la herencia a través de las generaciones. Era, asimismo, positiva porque se preocupaba más por implantar medidas que favorecieran el buen desarrollo de los individuos que por eliminar a los “indeseables”.41
A finales de la década de 1920, una eugenesia “a la latina” empezó a abrirse paso. En 1927, el Primer Congreso Panamericano de Eugenesia y Homicultura rechazó por unanimidad el código propuesto por Charles Davenport y Harry Laughlin, en alianza con el cubano Domingo Ramos.42 Este código era un compendio de la eugenesia sajona, que daba por sentada la superioridad de la “raza” blanca, y prescribía el absoluto control estatal sobre la vida reproductiva de los individuos y sobre las políticas migratorias contrarias a los indeseables desde el punto de vista eugénico. Cuando se funda la Sociedad Mexicana de Eugenesia en 1931, el consenso de la comunidad médica mexicana se está reencauzando hacia una eugenesia positiva, orientada al fomento de la salud pública o medicina social, que se concebía como antirracista y que habría llevado a médicos como Izquierdo a desembocar en un pensamiento social en coincidencia con la antropología indigenista.
UNIVERSIDAD E INDIGENISMO
En 1927, Izquierdo se retira de la administración pública y emprende el viaje de estudios, largamente esperado, que lo llevará sucesivamente a Estados Unidos, Inglaterra y Alemania. Visita durante ese viaje algunos de los principales bastiones universitarios de la fisiología de su época, y, de esta manera, se especializa con W. B. Cannon, en Harvard; con J. Barcroft, E. D. Adrian y A. N. Drury, en Cambridge, y con E. H. Hering y E. Koch, en Colonia. Ha ido formulando su itinerario conforme avanza el viaje, porque no sabe cuánto tiempo gozará de las becas otorgadas por la Fundación Rockefeller y la Escuela Médico Militar. Cuando regresa a México, han transcurrido poco más de tres años. Reincorporado a la Facultad de Medicina en 1931, en adelante tendrá como meta principal reformar la enseñanza de la fisiología, paso indispensable para mejorar la enseñanza de la medicina, conforme al modelo que se practica en los países recorridos: mayor cantidad de tiempo dedicado a la observación y a la experimentación en el laboratorio, limitación del número de estudiantes en las aulas, profesores consagrados de tiempo completo a la enseñanza y a la investigación, laboratorios y bibliotecas adecuados. Se refiere, en breve, a una reforma científica, consistente en que la formación del médico se apoye en sólidas bases de física, química, biología y matemáticas, que lo capacite para “apreciar por sí mismo y con justeza los fenómenos del organismo, sano o enfermo”.43 La oposición que encuentra a su propuesta lo lleva a concluir que, más allá de rivalidades profesionales y de problemas burocráticos cotidianos, ésta tiene como verdadera causa el desconocimiento prevaleciente acerca del desarrollo de la fisiología a través del tiempo, y de ahí la necesidad de investigar y difundir la historia de la disciplina. Escribe entonces su primera obra histórica mayor, Balance cuatricentenario de la fisiología en México, como “primer alegato” en pro de la reforma científica:
[…] hacer crítica de las actividades de los hombres que habían contribuido a la obra del pasado, procurando valorarlas por comparación con las opiniones y tendencias que privaban en su tiempo o en el inmediato anterior […] no de otra manera podían llegar a apreciarse la contribución de cada uno; las bases sobre las cuales habían edificado sus pensamientos; las influencias que el tiempo y los otros hombres hubieran tenido para moldear su carácter, o contribuir al éxito o al fracaso de sus actividades, y el grado en que éstas hubieran podido ser una reacción encaminada a modificar las condiciones reinantes, a fomentar el progreso del conocimiento humano, y a reflejar y difundir los conocimientos avanzados de su tiempo.44
Congruente con esta convicción, se dedica a investigar intensamente sobre los temas de su interés y a recopilar la información necesaria para empezar a delinear los cuadros de la historia de la medicina que considera poco o mal trazados hasta ese momento. Harvey, iniciador del método experimental (1936), Bernard, creador de la medicina científica (1942), Raudón, cirujano poblano de 1810 (1949), Un veterano del ejército permanente (1951) y La primera casa de las ciencias en México: el Real Seminario de Minería (1792-1811) (1958) fueron algunas de sus obras históricas subsecuentes, cuyas vicisitudes de confección están aún por explorarse. Particularmente interesante resulta saber, por ejemplo, cómo Izquierdo -que a sí mismo se consideraba un “flaco latinista”- se allegó entre los clasicistas de la época la ayuda necesaria para presentar una digna traducción de De motu cordis, basado en la edición facsimilar que había conseguido a su paso por la Universidad de Cambridge, en 1928. O ahondar en la polémica que sostuvo con el historiador Manuel Carrera Stampa en torno al descubrimiento de los Aforismos de Hipócrates. Pero, por ahora, me ocuparé sólo de una obra capital para la historia de la medicina, Montaña y los orígenes del movimiento social y científico de México, donde Izquierdo reputa al médico Luis José Montaña como el “primer precursor y visionario de la investigación científica en México”.45
Llevado por su admiración hacia Montaña y siguiendo su método de historiar, Izquierdo emprende la reconstrucción de su trayectoria vital. Luis José Montaña “apareció el 20 de octubre de 1755 expuesto en el torno de la casa de cuna del Señor San Cristóbal, de Puebla, de padres desconocidos”, y, de no haber sido porque tuvo la suerte de encontrar a un protector y mecenas, nunca hubiera podido ingresar a la Universidad de Puebla para cursar la carrera de Medicina, ni menos llegar a formar parte del claustro universitario, debido a sus “orígenes oscuros”. La obra, publicada justo en los doscientos años del nacimiento de Montaña, inicia con la presentación de cifras de niños de padres conocidos y desconocidos en las ciudades de México y Puebla durante 1775, pues da por sentado que, “para comprender la organización y evolución de los grupos étnicos que integran los complejos espectros raciales característicos de nuestras repúblicas americanas”, es necesario comparar “las proporciones en que cada uno de dichos grupos acoge y da protección a sus hijos, o por el contrario, se desentiende de ellos, los repudia, y aun los abandona a la ruina”.46 Con anterioridad, Izquierdo había solicitado información sobre el asunto al Instituto Indigenista Interamericano, y es el propio Manuel Gamio quien, en marzo de 1952, le contesta que se han buscado “en la bibliografía indigenista […] datos referentes al posible abandono de los hijos por determinados grupos indígenas históricos o actuales, como práctica cultural específica”, y siente comunicarle que no se encontraron referencias concretas “sobre el particular”.47
Con datos obtenidos de registros parroquiales, Izquierdo logra apuntar algunos problemas que, debido a su limitado muestreo, deja a la consideración de los estudiosos de las ciencias sociales. Por ejemplo, se sorprende ante
[…] el hondo contraste encontrado entre los grupos español y mestizo, que se desentendían del 30 por ciento de sus hijos, y los grupos de color, que prácticamente no renunciaban a ninguno de ellos […] Habrá que averiguar si lo comprobado en Puebla, en 1755, con relación a indios, pardos, negros y chinos, corresponde a características del ambiente social de la época, o si no pasa de ser un hallazgo meramente accidental, o simplemente atribuible a que dadas las condiciones de servidumbre y aun de esclavitud en que vivían, sus hijos forzosamente quedaban registrados como de padres conocidos.48
Indica que los hijos naturales son aquellos en los que sólo se registra a la madre, quien de esta forma “quedaba expuesta a la vergüenza pública, en tanto que el honor del padre quedaba salvaguardado”. Explica, asimismo, que el calificativo expuesto únicamente debía aplicarse a los niños que, como Montaña, llevaran encima su nombre escrito en un papel, pero además fueran colocados en sitios donde pudieran ser recogidos casi de inmediato; aquellos que eran dejados en lugares donde su rescate resultaba improbable, “tales como un basurero, la casa de comedias, una zanja y aun el cementerio”, debían denominarse abandonados. Así documentado, Izquierdo presenta en la Academia Mexicana de la Historia su ensayo “Orígenes y primeros estudios de don Luis José Montaña, gran médico del periodo colonial”,49 un avance del volumen que dará a la luz en 1955. En suma, hacia finales de la década de 1930, Izquierdo parece haber rebasado el prejuicio de que sólo los “bien nacidos”, es decir, la élite social y económica, tengan alguna clase de “derecho natural” a la vida, fundado en sus características genéticas. Cuando menos, ha adquirido la certeza de que la investigación histórica abarca, necesariamente, a todos los grupos sociales, incluidos los pobres, los enfermos, los “decadentes” en general. Tales cambios en sus concepciones podrían tener que ver con la adopción de cierta perspectiva historiográfica, pero también con el reconocimiento del papel que desempeñan la familia y la educación en la formación del individuo.
En 1937, ante el Primer Congreso de Universitarios Mexicanos, en la Universidad de Puebla, Izquierdo expresa algunas ideas que reflejan su postura sobre asuntos sociales y políticos, y, desde luego, sobre el papel de la universidad durante el gobierno cardenista. En esta presentación, que su autor consideró un “segundo alegato” en favor de la doble reforma universitaria,50 empieza recapitulando a vuelo de pájaro sobre la evolución de la universidad, desde la escolástica y la teología de la época medieval hasta el siglo xix, cuando surge un nuevo espíritu de investigación que sentará las bases de la ciencia observacional y experimental. Todavía un siglo atrás, afirma, las universidades “consideraban que la instrucción pertenecía por derecho exclusivo a las clases burguesas y se desatendían de todo contacto con la masa popular, a la que más bien trataban de imponer principios y normas directivas exclusivamente en el interés de las otras clases sociales”. Por tanto, hicieron del cultivo de la ciencia un fin en sí mismo, manteniéndose completamente ajenas a los problemas de la vida real. Una verdadera “reforma social” en la universidad significaría “abandonar su espíritu de clase y procurar que sus funciones educativas, otrora patrimonio exclusivo de las minorías dirigentes, dominadoras y exclusivistas, quedasen ahora al alcance de todos los ciudadanos”.51 Pero, contra lo que podría pensarse, con estas palabras no se refiere a ensanchar el acceso a la educación superior, sino que, imbuido del espíritu del momento, en su discurso sobre la misión de la Universidad resuenan ecos del pensamiento indigenista. Llevar los beneficios de la educación a obreros y campesinos significa que los estudiantes universitarios “estén dispuestos a constituirse en confidentes que recojan sus anhelos y esperanzas, los aconsejen para resolver sus problemas; los enseñen a precaverse de las enfermedades; les den consejos técnicos para mejorar sus métodos de trabajo”; todo ello, con un lenguaje acorde con su capacidad y en armonía con su mentalidad. Es por estos medios como la Universidad contribuirá “a la obra eminentemente patriótica de acrecentar las aptitudes de los hombres para el trabajo y la producción de la riqueza, bases de las que dependen el bienestar, la independencia económica y el poderío que puede llegar a adquirir nuestro país”.52
Una discusión que caracteriza a este periodo tiene que ver con el papel de la investigación dentro de las instituciones de educación. En 1938, Izquierdo empieza a impartir el curso de Farmacodinamia en la Escuela de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional, pero tres años después se retiró, cuando José Gómez Robleda, encargado de investigación científica dentro de la sep, declara que es la Universidad la responsable de formar profesionistas; el Politécnico debe abocarse a preparar técnicos que apliquen la ciencia, “aun ignorando los conocimientos teóricos en que se basa su actuación”. Izquierdo, que conocía por propia experiencia la situación prevaleciente en ambas instituciones, señala la gran paradoja: sumida en una compleja problemática, la enseñanza de la medicina en la Universidad se halla restringida a “lo que fuera de aplicación concreta e inmediata para el ejercicio de la profesión […] en cambio, en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, si era cierto que se hacían diversas carreras fundamentalmente destinadas a resolver problemas netamente prácticos, se procuraba asentarlas sobre bases científicas adecuadas”. Y a esto último él había contribuido.53
Aunque en forma esporádica, Izquierdo mantiene contacto con Gamio, quien a partir de 1942 queda a cargo del recién creado Instituto Indigenista Interamericano. En noviembre de ese año, evocando la colaboración de su “muy estimado y fino amigo” en la obra sobre la población de Teotihuacán, Gamio le escribe para comunicarle que ese Instituto a su cargo “está elaborando varios proyectos relativos a la mejoría de la alimentación en varios países del continente, por considerar que las deficiencias biológicas que presentan los grupos indígenas, son en gran parte debido a la dieta incompleta que ingieren” y solicita su opinión respecto al proyecto presentado por un médico, Pablo Arturo Suárez, de Ecuador.54 Izquierdo desaprueba el proyecto, argumentando que las personas responsables carecen de conocimientos suficientes sobre los fenómenos de la biología humana, problema que sólo podrá resolverse cuando la Universidad sea capaz de preparar a los maestros idóneos. Sin embargo, espera que “no por ello se retardarán las felices acciones que ese benemérito Instituto se proponga desarrollar desde luego en bien del mejoramiento económico y social de los grupos indígenas del Continente Americano”.55 El pequeño intercambio epistolar, que no sería el último, se prolonga hasta febrero de 1943 y deja ver la confianza que Gamio seguía teniendo en su antiguo colaborador. La respuesta de Izquierdo, aunque trasluce la ardua lucha que se libra por elevar el nivel educativo en el ámbito médico universitario, admite que la situación de los grupos indígenas demanda soluciones inaplazables en un tema tan apremiante como el de la alimentación.
Producto de su esfuerzo sistemático en favor de la comunicación entre científicos fue el contacto que Izquierdo estableció con otro notable antropólogo indigenista de la época, Alejandro Lipschütz (1883-1980).56 De origen judío, nacido en Letonia, Lipschütz era un científico dedicado inicialmente a la medicina experimental. En 1926, la Universidad de Concepción, en Chile, lo había invitado a dirigir el Departamento de Fisiología de su Facultad de Medicina, y por esta vía llegó a sus manos, a principios de 1937, un folleto que recogía el discurso pronunciado por Izquierdo con ocasión de la apertura de los trabajos del laboratorio de Fisiología de la Escuela Médico Militar de México, por él tan anhelado. Tal era la coincidencia de opiniones en torno al tema de la enseñanza y la investigación en fisiología, que Lipschütz, sin conocerlo, le escribió para felicitarlo por el curso programado: “probablemente el más disciplinado que existe en el Continente Centro y Sudamericano. No es sólo una obra nacional mexicana, sino una obra hispanoamericana”.57 Dio principio así una amistad que duraría hasta la muerte de Izquierdo.
En el curso de ese mismo año, Lipschütz se pronuncia por un “antirracismo militante”, en momentos de apogeo de la eugenesia en Chile, e inicia su acercamiento al indigenismo.58 Es probable que por entonces Izquierdo le haya dado a conocer su postura en torno al cometido social de la universidad, lo que movería a Lipschütz a pedirle que reseñara su primera obra sobre el tema indigenista, Indoamericanismo y raza india.59 La reseña lleva por título “El problema fundamental de los países hispanoamericanos”.60 En ella, Izquierdo se revela al tanto de las investigaciones en antropología social y física, al igual que de los descubrimientos recientes de la genética, los cuales indican que la especie humana, “a pesar de su polimorfismo físico y cultural, forma una entidad biológica bastante uniforme desde los puntos de vista evolutivo, biológico y cultural”. Alejado ya por completo de sus ideas respecto a la “decadencia fisiológica” del indio, piensa, como Lipschütz, que ha sido la secular dominación y destrucción de su cultura tradicional, y no una pretendida degeneración biológica, lo que ha llevado a los grupos indígenas, tanto de México como de Chile, a su triste condición actual; que el argumento de la superioridad de una “raza” blanca europea sólo ha sido una estrategia para defender sus intereses de grupo. La reivindicación económica, cultural y social del indio permitirá que se integre realmente a la vida nacional y contribuya al progreso; éste tendrá que cimentarse sobre ambas tradiciones culturales, la india y la española; sólo entonces “el proceso formativo iniciado por los países hispanoamericanos, a raíz de la Conquista, alcanzará su madurez”.61 Tal discurso sugiere que Izquierdo se halla impregnado del pensamiento indigenista y convencido de que, desde la academia, “forja patria” a la manera de Gamio, al sostener la necesidad de sacar al indio del atraso.
La militancia de Lipschütz en la defensa del indio lo lleva a dar a la luz, en 1944, una nueva versión de su Indoamericanismo, corregida y aumentada a obra monumental, que sería objeto de una nueva reseña, esta vez de Gonzalo Aguirre Beltrán.62 El discurso de Aguirre Beltrán muestra hasta qué punto estaban presentes los planteamientos eugenistas en América Latina y cómo se habían traslapado con la discusión sobre las razas:63 la “pseudociencia fascista”, afirma Aguirre, “falseando los postulados de la Antropología y de la Genética, construyó ese sistema político, esa religión podríamos decir, que hoy es comúnmente conocida por Racismo y Eugenesia”. Cuenta a Lipschütz entre aquellos científicos honrados que han abandonado sus tareas de laboratorio para dedicar tiempo a combatir esas teorías, estableciendo con claridad la frontera entre lo puramente biológico y lo cultural, “línea de separación que tan a menudo se olvida y que, sin duda, es motivo fundamental de los errores que cometen a menudo nuestros sociólogos”. Pero critica agriamente que, en un intento de transacción que atribuye a posibles lazos de amistad con los eugenistas chilenos, asevere que la eugenesia “ignora el hecho de que la degeneración física, en la inmensa mayoría de los casos, no alcanza el genotipo, sino al fenotipo” y proponga por tanto sustituir a la “eugenesia genotípica” por una “eugenesia fenotípica”; por esa vía, afirma Aguirre, la eugenesia desaparecería para transformarse ni más ni menos que en la medicina social. Por último, coincide con Lipschütz en que la inmigración blanca no representa la solución de los problemas sociales en Latinoamérica.64
Sin duda alguna, Izquierdo tuvo en sus manos la segunda edición de Indoamericanismo, pues en 1941 había conocido personalmente a Lipschütz en su visita a la Ciudad de México y sostenían intercambio epistolar. Sabiendo de su asiduidad en el tratamiento de los problemas a los que dedicaba su atención, Izquierdo también conocería la reseña de Aguirre Beltrán y habrá estado al tanto de la polémica.
Lo cierto es que, al acercarse el final del siglo xx y apagarse la “euforia revolucionaria”,65 quedó al descubierto que la vía integracionista como salida al “problema indígena” ocultaba un fuerte ingrediente de racismo. Entre otras razones, porque, al tiempo que negaba la inferioridad biológica del indio frente al blanco, encomiaba la superioridad cultural de los mestizos, “esas élites [las había definido Izquierdo] de las que dependen la gloria y la pujanza de los pueblos, ya que además de producir la vida intelectual de las naciones, son las más capacitadas para estudiar la utilización industrial y la transformación de sus recursos naturales, base de su riqueza material y de su independencia económica”.66
Aunque insalvable, la contradicción únicamente se haría visible desde la perspectiva del fin de siglo: el pretendido antirracismo indigenista no era, a fin de cuentas, sino otra forma de eugenesia, al postular que, si bien debido a causas sociales (segregación y pobreza), el indio se encontraba en un estado de atraso y el mestizaje era el medio ideal para fomentar el mejoramiento, no sólo de su cultura sino de su “patrimonio genético”, “[e]n vez de eliminarlo definitivamente, se [le] diluiría [...] en el mestizo, quintaesencia del mexicano”.67
Por otra parte, la exaltación del mestizo acerca a Izquierdo a las ideas vasconcelistas sobre la “raza cósmica”.68 Situado en el continente que denomina Iberoamérica, Vasconcelos glorifica al mundo latino, mestizo, y denosta al sajón, defensor de la pureza racial, en una especie de “racismo al revés”. Se erige en profeta que anticipa el surgimiento, en un futuro ignoto, de la “quinta raza”, la raza perfecta, “capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal”, compendio de lo mejor de las cuatro históricas: blanca, negra, amarilla y mestiza. Quiere distanciarse del eugenismo fundado en “datos científicos incompletos y falsos”, que además es producto sajón: “Los hebreos fundaron la creencia de su superioridad en oráculos y promesas divinas. Los ingleses radican la suya en observaciones relativas a los animales domésticos”. Asegura que el mestizo y el indio, e incluso el negro, “superan al blanco en una infinidad de capacidades propiamente espirituales”. Pero al mismo tiempo declara que “las razas inferiores, al educarse, se harían menos prolíficas, y los mejores especímenes irán ascendiendo en una escala de mejoramiento étnico”. En tanto iberoamericanista, Vasconcelos cae de nuevo en el racismo al que todo impulso nacionalista parece conducir.69 En su postura frente al papel social de la universidad, Izquierdo comparte con Vasconcelos tanto su pasión en favor del mestizaje, como sus contradicciones en torno a la cuestión racial. El mestizo es visto así como una raza superior, llamada a encabezar la gran obra del progreso.
REFLEXIONES FINALES
En el escenario de la posrevolución, la comunidad científica no quedó al margen de la efervescencia política y social que vivía el país. Como resultado de la influencia que ejercieron la eugenesia y el indigenismo en el pensamiento médico de la época, los profesionales de la medicina coincidieron a menudo con los de las ciencias sociales. No puede afirmarse, sin embargo, que el vínculo aquí descrito entre el médico Izquierdo y el antropólogo Gamio sea paradigmático en el contexto mexicano. A diferencia de Gamio, cuya vida y obra en los campos mencionados se halla ampliamente documentada, el estudio de Izquierdo se ha llevado a cabo sólo recientemente y es, hasta hoy, un personaje poco conocido y, por lo tanto, mal comprendido, mientras no se le sitúe en el contexto político y social en el que vivió.70 A esta labor pretendo coadyuvar, postulando que su participación dentro del movimiento eugenésico a principios de la década de 1920 fue limitada, debido, en parte, a la mediación de Gamio y como funcionario del sector de salud, y, en parte, a título individual.
Quizá como resultado de su inclinación lamarckista, en México y en Latinoamérica la eugenesia se apartó paulatinamente del extremismo racista que la había singularizado en Europa y Estados Unidos, y hacia finales de la década de 1920 había creado una forma particular, a la que se le ha denominado latina, que la identificó cada vez más con la medicina social. Esto habría motivado que algunos médicos, particularmente del campo de la salud pública, se aproximaran al pensamiento indigenista, que continuó vigente hasta el fin del siglo xx. Esta fue, al menos, la trayectoria que siguió José Joaquín Izquierdo entre 1920 y 1937 dentro del medio universitario. Empeñado en la batalla por elevar la calidad de la enseñanza y la investigación médicas, cultivó la historia de la ciencia porque consideró un imperativo explicar a sus contemporáneos el momento por el que pasaba la fisiología. Por la vía de la investigación humanística, revaloró el papel de la familia y de la educación en la formación del individuo, y comprendió que los factores en juego para transformar el papel social de la universidad rebasaban el ámbito académico. Dos grandes problemas que avizoraron Izquierdo y otros universitarios de su época fueron el del acceso a la educación superior y la masificación de la Universidad, que, aunados al de la necesidad de recibir la ayuda del Estado para el cumplimiento de sus tareas, constituyen hasta la actualidad piedras de toque de la educación universitaria.
Pero Izquierdo formuló para sí un esquema de pensamiento en el que se conjuntaba su aspiración a una nación moderna y laica, con el papel de guía que la élite mestiza ilustrada debía desempeñar para conducir hacia el progreso a la gran masa de la población. Temas pendientes son el vínculo que habría establecido con su contemporáneo José Vasconcelos, y cómo ambos tomaron parte en el debate acerca de la educación superior, que progresivamente se fue situando dentro de otro más amplio, el de los derechos sociales. Al respecto, sería muy productivo explorar también, por ejemplo, sobre su larga amistad con el biólogo Enrique Beltrán, quien junto con Gamio participó en la formulación del plan de gobierno cardenista. En suma, es necesario ahondar no sólo en torno a las controversias científicas en las que Izquierdo tomó parte, sino sobre su actuación en otros terrenos de su vida pública y privada, para entender mejor las intrincadas relaciones entre los miembros de la comunidad académica e intelectual de su tiempo.










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