La verdad es que creo que traigo la cabeza en otro lado, desde hace rato pienso en Raymundo y […] más allá de las clases, pienso en el cubículo que compartían; siempre me parecía extraño y curioso pensar en ambos como dos personas parecidas físicamente, aunque uno más alto que el otro (esa era la diferencia que en mi infancia más notaba…). Yo me recuerdo viendo en él una figura que sí era más amigo de mi papá o un profesor. Tengo claro también que no sería la persona que soy si no lo hubiera conocido. Raymundo me ayudó a saber qué tipo de cine y qué tipo de literatura me gustaba. Creo que no he dejado de ver el mundo con los lentes que me prestó en esa área de concentración. Muchas veces se preguntaba si valía la pena lo que hacía; al menos yo (y no creo ser el único) puedo decir que sí. El amigo de mi amigo es mi amigo; y Raymundo es el mejor amigo de mi mejor amigo (mi papá), entonces quizá, más que un profesor, Raymundo es también mi amigo.
Mensaje del 10 de enero de 2024 vía WhatsApp de Andrés Araujo Izquierdo
Nota final acerca de Raymundo Mier, mi amigo por 40 años. Para mí, que cumplí recientemente los 80, amigo durante la mitad de mi vida.
Esta nota trata de un vínculo, el cual, parafraseando a R. Mier, es el acto hacia el otro que da cuenta de los destinos de la afección recíproca y de los universos del deseo; un proceso que, en nuestro caso, comenzó en 1984 y terminó en 2024. Un vínculo que se vio atravesado por esas vicisitudes a las que Raymundo Mier denominó interacción, intercambio y solidaridad.
Un vínculo refrendado y fortalecido con un ritual semanal consistente en desayunar un día a la semana (miércoles, los primeros años; lunes, los siguientes) entre las 9 y las 11 de la mañana. Desayunar para conversar de todo y de nada a la vez. Hablar, callar, refrendar y reforzar el vínculo. De esta manera, Raymundo y yo establecimos, sin planearlo, una modalidad de relación que no sé cuándo reconocimos con el nombre de amistad. Una relación de amistad en la que los desayunos regulares fueron uno de los momentos privilegiados destinados al encuentro para el diálogo, que es también un modo de darse de la interacción, del intercambio y de la solidaridad como experiencias vinculares. Cito, a propósito de esta suerte de regulación de los encuentros, fundada por nosotros voluntariamente y sin que derivara de ninguna fuente externa, lo que Raymundo escribe: “el efecto restrictivo de la regulación se abre a la incertidumbre al ofrecerse siempre implícitamente como una promesa de continuidad, de homogeneidad del espectro de los vínculos, de la acción […] Toda regulación es promesa de su propia duración, de su perseverancia, de su repetición” (Mier, 2004, p. 137).
Como podemos apreciar, la historia de nuestro vínculo ha sido no sólo larga, sino también rica en experiencias que van de las complicidades a las discrepancias, de las semejanzas a las diferencias, de las certezas a la incertidumbre y la duda, de las identidades cristalizadas a las identificaciones temporales: de la interacción al intercambio, y de éste a la solidaridad.
En cuanto al intercambio, nos dice Raymundo que se trata de una
condición que revela las fuerzas creadoras, imperativas, conjuntivas y diferenciadoras del vínculo, la capacidad de éste, tanto para la preservación como para la disrupción, la instauración y la transformación de los marcos de la experiencia; en el don (como condición del intercambio) atestiguamos la creación y ratificación simultáneas de atributos de identidad […] firmeza de los compromisos […] consolidación de lazos afectivos y exigencia incesante de la afección recíproca (Mier, 2004, p. 146).
Y, respecto de la solidaridad como experiencia vincular, cuya característica preeminente es la gratuidad, Raymundo escribe (y yo subrayo) algo que no quisiera pasar por alto, dada la fuerza con la que lo expresa y, en consecuencia, el efecto que produce en mis intentos de reconocer la naturaleza de nuestra amistad, de querer nombrarla recuperando la escritura de un artículo que trata de la génesis de la acción social. Elijo y retomo, para dar cuenta de lo anterior, los siguientes fragmentos:
es posible pensar la solidaridad en un régimen situado en los límites de la experiencia del intercambio, en una zona de lo inadmisible […] más bien su aparición como mero acontecimiento: en el ámbito de la gratuidad, la generosidad, la hospitalidad, la gestación de la disponibilidad ante el acontecimiento, la apertura del vínculo y su duración al devenir; a lo intempestivo. La solidaridad quedaría en un dominio cercano a las secuelas de la anomia [¿ajeno al campo normativo?, me pregunto yo…]. Momento donde el vínculo exige un esfuerzo radical de creación sin otra finalidad que la posibilidad de experimentar el vínculo mismo como potencia de realización del deseo […] así la solidaridad se inscribiría en un dominio que desborda la polaridad expresa de interacción e intercambio […] de formaciones estereotipadas y de creación de identidades singulares [¿cristalizadas?, me vuelvo a preguntar…]. La experiencia de solidaridad está enteramente apuntalada sobre otra experiencia, la que surge en el sujeto de la invención dialógica de sus propios vínculos. Es un momento en un proceso de recreación incesante del vínculo. Supone un fundamento ético enteramente modelado sobre la experiencia de la finitud, sobre las afecciones de la presencia y la desaparición, sobre la calidad del duelo y de la espera, sobre la experiencia de la fragilidad […] involucra de manera dominante la fuerza de afección suscitada por los signos, las ausencias, los imperativos, los tiempos y los ritmos. Es la forma misma de una disponibilidad abierta, una espera sin objeto, una pura apertura al advenimiento surgido del vínculo y de su duración y su calidad punzante. La solidaridad se revela como una experiencia que incorpora en el vínculo imágenes y calidades afectivas, primordiales e irreductibles, desplegadas en la invención metafórica y narrativa propia de la alianza, al margen de las vicisitudes y accidentes de la identidad, en un vínculo enteramente dominado con una ética intima que desmiente, refunda y desplaza los imperativos de los hábitos impersonales, los códigos institucionales y las convenciones deslegitimadoras de lo social (Mier, 2004, pp. 147-148).
De lo escrito por Raymundo y seleccionado por mí para dar lugar a esta larga cita, he subrayado aquello que me interpela y me afecta singularmente en estos tiempos en los que su muerte puso punto final a los 40 años de vida de nuestro vínculo; ese que hizo posible una amistad que devino vínculo vivo, abierto al tiempo, al ritmo y a las transformaciones esperadas e inesperadas.
Con esta misma lógica con la que decidí escribir esta nota final con la que se cierra un libro-homenaje que reúne algunos de los textos escritos por Raymundo Mier —lógica en la que procuro articular lo que Raymundo escribió entonces con lo que yo pienso ahora después de su muerte y, siento, acerca de él como amigo y como autor, como cómplice de no pocos proyectos y no menos batallas tanto al interior de la UAM como fuera de ella en distintos frentes—, regreso a uno de los fragmentos que alude a la invención metafórica y narrativa con la que el autor de un ensayo sobre los vínculos y sus vicisitudes da cuenta del desarrollo del lenguaje (oral y/o escrito) con el que intenta abordar la experiencia que incorpora en el vínculo imágenes y calidades afectivas primordiales e irreductibles.
Para dar cuenta de esta modalidad expresiva, añado a las citas anteriores algunos fragmentos de dos de los escritos que, en mi opinión, apuntan al lenguaje poético tan caro para nuestro fecundo escritor, quien logró mostrarlo a través de una amplísima gama de piezas gráficas que abarcaron los más diversos géneros de estas formas de ser de la escritura.
El siguiente escrito fue presentado para la revista Tramas en 2023, para un volumen publicado este año 2025. Este artículo lleva por título “Escrituras de la ausencia”; entre las ironías que la vida nos tiene deparadas, ésta no me parece menor cuando nos percatamos de estar ante un artículo que sale a la luz cuando su autor ya no está presente entre nosotros los vivos. En los hechos formales, se trata de un artículo póstumo cuyo título parece anunciar la ausencia de su autor, pero, junto con esto, al leer esta densa y rica pieza de escritura experimentamos (al menos así me sucedió a mí y a otros colegas) una suerte de sentimiento que nos conecta con una intuición premonitoria de un autor que, como Raymundo Mier, busca la verdad en el lenguaje, asumiendo, en toda la extensión posible de la palabra (si esta figura es válida), la finitud de todo lo existente como es la muerte para todo lo que vive.
Así, Raymundo titula la primera parte de su artículo: “Palabra, escritura y ausencia”, y nos dice que
la escritura emerge de la experiencia de la desaparición: de los otros, de sí mismo, de la condición efímera y de la extinción del acto del lenguaje, asumido así de manera irreductible, como un devenir significación desde la huella la desaparición. La escritura, edificada sobre la certeza de la evanescencia del lenguaje, remite a una trama de desapariciones. Quien escribe señala su propia desaparición al transformarse en una voz engendrada por el texto, una emanación de la potencia constructiva del texto. Un panorama de huellas que emana de la propia escritura. Lo que queda de quien escribe en la letra impresa es solo una incierta resonancia de un testimonio reflexivo sin origen: “existió alguien que escribió”. Las palabras mismas —lo escrito— asumen la resonancia de esa afirmación indiferente […] los sentidos de lo escrito ofrecen el perfil enigmático de una sombra errante. El lenguaje pierde en la escritura el arraigo en el diálogo de las presencias atadas por el juego del lenguaje. El devenir ausente que impregna la palabra escrita se funda, y acaso se amortigua, se atenúa, incluso se disipa con las imaginaciones de una identidad que no puede si no emerger de una conjugación de vacíos (Mier, 2025, énfasis original).
Y así, Raymundo continúa su escritura destinada a lectores indeterminados. “Cualquiera puede ser el lector de un texto escrito, los sentidos de lo escrito ofrecen el sentido enigmático de una sombra errante” (Mier, 2025).
Sin embargo, se escribe esperando la lectura de alguien, de uno cualquiera, sin reconocer que ese uno es indiferente para quien escribe. Aun así, se escribe como “posibilidad de asumir el fundamento inaccesible de la ausencia”, dice Mier, y más adelante añade, cuando cita a Blanchot para abordar la muerte como trayecto hacia el sentido, que “el hombre es a partir de su muerte, se vincula integrante con ella mediante un lazo del que él mismo es el juez. Él construye su muerte, se hace mortal y al hacerlo se da el poder de hacer y otorgar a lo que hace su sentido y su verdad” (Blanchot, citado en Mier, 2025).
En la última parte de este artículo póstumo, bajo el título de la “Escritura del duelo”, Raymundo Mier escribió (o dijo por escrito), con una fuerza, profundidad y contundencia singulares, uno de los textos que más me han afectado, dadas las circunstancias dolorosas de quienes experimentamos la pesadumbre de su muerte. Por ello, además de recomendar una lectura atenta y pausada del artículo en su totalidad, selecciono, para incluir en esta nota, como lo he venido haciendo hasta ahora, unos cuantos fragmentos cuya capacidad expresiva invita a evocar el modo oral del decir contundente tan propio de Raymundo Mier, al grado de invitar a los lectores a leer estas partes en voz alta.
La escritura del duelo no puede sino apelar a la simplicidad de las palabras […] las palabras ante la exigencia de nombrar lo ausente reclaman ese apego a la nominación, despliegan una extraña fuerza […] que conjuga la percepción y la memoria fundidas en un acto de instauración de una imagen, de una identidad. Pero esa simplicidad de las palabras destinadas a nombrar lo ausente toman también su fuerza de la virulencia del acontecer: la extinción, la desaparición, la ausencia (Mier, 2025).
Aquí, Raymundo hace hablar a Roland Barthes, de quien dice que usa esas palabras simples escribiendo en su “Diario de duelo” la siguiente imagen: “No es una falta eso que lastima el corazón del amor (no la puedo describir como algo que falta porque mi vida no se ha desorganizado), sino una herida” (Barthes, citado en Mier, 2025).
Después de esta cita, Raymundo, tocado por esta imagen, la refuerza añadiendo:
La desaparición del objeto amoroso hiere. Es una ablación, una laceración, pero también un tajo. Es que ese no ser del otro disloca con una intención incalificable el trayecto del devenir propio […] es el abismarse en el no ser que al mismo tiempo devasta lo que pertenece a su mismo entorno de sentido. Este dislocamiento del devenir no da lugar al reconocimiento. Suscita una aprehensión pasiva, sugiere Blanchot, es una herida indeleble pero que escapa a la percepción, penetra en el espesor de la experiencia (Mier, 2025).
Sigamos a Raymundo, leámoslo en voz alta, prestándole la voz cuando dice:
La fuerza de las palabras simples deriva acaso de la torsión metafórica que experimentan: Metáfora sin metáfora: la herida de la que habla Barthes no puede remitirse a una imagen, a una figura, no está en el lugar de la palabra, no remite a un quebrantamiento tangible. Mas bien a la incidencia perturbadora y paralizante del dolor […] desgarramiento de la epidermis del sentido […] punzar de lo inabarcable en la esfera de lo admisible, en los márgenes de la efusión figurativa (Mier, 2025).
Y así continúa esta escritura que, como nos advierte Raymundo, ha derivado en una torsión metafórica: un intento de encontrar en los márgenes de la efusión figurativa esa metáfora sin metáfora; esa parálisis ante la evocación del dolor que nos duele al no poder nombrarlo.
Hasta aquí dejo el texto en el que Raymundo escribió sobre la ausencia, citando el párrafo con el que nuestro escritor da por terminado lo que, desde mi perspectiva de lector y amigo, fue una de sus experiencias vitales más importantes, que, al afectarnos intensamente, nos abre a vivir la lectura también como una experiencia de vida.
Cabe añadir que este último párrafo incorpora al desastre del que habla Blanchot como una experiencia aun peor que la de la pérdida. Dice Raymundo:
si bien la pérdida puede ser en sí misma una experiencia devastadora, la naturaleza del desastre asume y excede la pérdida. Aparece como un acontecer carente de fisonomía en la medida en que escapa al pensamiento y a toda experiencia posible. Supone un desvanecimiento o una oscuridad suplementaria. El desastre supone la persistencia de esa opacidad radical, de esa luz extinta. Una forma paradójica de la presencia, vaciada de toda identidad, inasequible, tocada por un extrañamiento incurable (Mier, 2025).
Después de leer para escribir aquí este brutal fragmento, y antes de poner punto final a esta nota, debo llamar la atención de los lectores para presentarles la obra poética que Raymundo compiló y publicó en 2019 en el marco de los 45 años de vida de la UAM, obra que tituló Tetraedro/Caleidoscopio (1977-2015). Recomiendo a quienes quieran saber más de esta obra poética que, además de leerla (en voz alta), busquen en el boletín 642 del 9 de diciembre de 2019 una presentación de la misma, y vean el video difundido por la UAM y producido en la FIL del 6 de diciembre del mismo año.
Con esta sugerencia de lectura y con un fragmento del poema “Amistad”, cierro esta breve nota luctuosa que habla con y de Raymundo Mier, y deja que sea él quien hable desde la ausencia de algunos de sus innumerables y significativos escritos.
Amistad
Labramos en la piel el insomnio
de ciudades indistintas
Compartimos el brote de la furia
tallamos la insinuación de los incendios
en la estridencia del sueño
Es el tiempo de los hombres dobles
engendramos los litorales de palabras
con la garantía del viento
Tintas de tierra
arcanos grabados en los trazos de salitre
jeroglíficos arrancados a la germinación del derrumbe
Todo esto y más compartimos, amigo querido, hasta el momento de brindar con mezcal en la víspera misma de tu muerte.
Adiós y hasta siempre, Raymundo.










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