La imaginación autobiográfica. Las historias de vida como herramienta de investigación, de Carles Feixa, se divide en ocho capítulos de desigual extensión. Se trata de una colección de artículos, varios de ellos ya publicados, que en 2018 la editorial Gedisa compiló en este libro de la colección Biblioteca de educación. Herramientas universitarias. Reunir textos aparecidos en revistas de diferentes nacionalidades en un solo volumen, para su fácil consulta, fue el propósito último del autor. Aunque Feixa dirigió esta publicación a sus estudiantes, su obra es más que eso, es una guía para orientar a profesores e investigadores sobre cómo documentar historias de vida. Sus aportes a este tema, al que ha dedicado 30 años, se agrupan en tres vertientes complementarias: historias de vida coescritas con otros, historias de sus propios sujetos de investigación y los principios de su autoetnografía académica.
Feixa participa en todos los capítulos del libro. En los primeros cuatro aparece como único autor; del quinto al octavo firma en coautoría, indistintamente, con Mauricio Perondi, Guillermo Castro, Claudia Márquez, Alexandra Isaacs, Jorge Isaacs y Monserrat Iniesta. Cada uno de los ocho capítulos tiene una bibliografía particular y al final del libro se encuentra la bibliografía general “que reúne recursos bibliográficos complementarios sobre las historias de vida” (p. 125).
La imaginación autobiográfica, para empezar, busca trazar el camino que han recorrido las historias de vida; luego, observar cómo se alzan los andamios para construir una historia de vida particular; por último, desmontar los andamios y mostrar historias de vida elaboradas. De esta manera, el lector puede adentrarse en La imaginación autobiográfica mediante ejemplos concretos.
En una historia de vida es posible observar una historia social. Ése es el argumento central. La imaginación autobiográfica y la imaginación dialógica es la perspectiva desde la que se parte. Feixa toma de C. Wright Mills la tríada “biografía-historia-sociedad” para entender “mejor la estructura presente en cada historia individual” (p. 12). De Mijaíl Bakhtin adopta la idea -que Bakhtin aplicó a la novela, pero Feixa adapta a la biografía- de escuchar voces variadas para comprender el tiempo y el espacio al analizar el texto y su contexto. Rescato una de las interrogantes que engrosa el libro: ¿cómo producir conocimiento científico a partir de la subjetividad inherente a toda historia de vida?” (p. 93). En lo que sigue, mostraré pistas tomadas de La imaginación autobiográfica para contestar esta pregunta.
En el primer capítulo, titulado “La imaginación autobiográfica”, Feixa revisa el estado del arte de los textos autobiográficos. Identifica diez obras clásicas que han “producido discursos académicos sobre el cambio social” (p. 15). Cada uno de esos libros es ejemplo de un modelo de historia de vida. Al analizarlos, encuentra que uno de ellos corresponde a la historia de vida como memoria de los vencidos; otro, como crónica de éxodos; uno más, como biograma; otros, adicionales, como relato cruzado, novela, película, intercambio oral ritualizado, hagiografía contracultural o antibiografía, y por último, como modalidad dialógica.
No me detendré a particularizar los diez ejemplos, tomaré tan sólo dos de los argumentos que se esgrimen en su análisis: “la historia de vida como memoria de los vencidos” y la “historia de vida como antibiografía”. El primero se refiere al caso de Ishi, único sobreviviente de la tribu yahi en Estados Unidos. Ishi vivió sus últimos cinco años, entre 1911 y 1916, en el Museo de Antropología de la Universidad de California, en Berkeley, como “una pieza viva extraordinariamente valiosa” (p. 17). Alfred L. Kroeber y Theodora Kroeber, durante ese tiempo, conversaron con Ishi; este último rememoró su vida para los Kroeber. En 1961, Theodora Kroeber terminó su libro Ishi in Two Worlds. A Biography of the Last Wild Indian in North America, que publicó la Universidad de California. El antropólogo, nos dice Feixa, “‘reescribe en forma de ‘memoria’ los recuerdos que el informante le ha facilitado oralmente; el intercambio se produce en condiciones de extrema asimetría; se presta escasa atención a las formas orales del relato y nunca se explicitan las condiciones de recogida de los datos” (p. 18). Al escribir la historia de vida de Ishi como una especie de novela, Kroeber omitió explicar cuál fue la metodología que siguió para entrevistarlo, nos dice Feixa.
En el segundo ejemplo se muestra la historia como antibiografía. Feixa analiza el libro de Ignasi Terradas, Eliza Kendall: reflexiones sobre una antibiografía, publicado por la Universidad Autónoma de Barcelona en 1992. De acuerdo con Feixa, Terradas reconstruyó el caso de Eliza Kendall por medio de notas de prensa de la época. Este autor define la antibiografía como “la parte de vacío o negación biográfica” que puede revelar “aspectos importantes del trato que una civilización tiene con las personas concretas” (p. 44). En la antibiografía, continúa, lo marginal se convierte en el centro y lo central en los márgenes: “no son las personas reales las que aparecen como una nota al pie para determinar un […] sistema socioeconómico, sino que es este sistema el que aparece como una nota al pie para iluminar la vida de una persona” (p. 45).
En La imaginación autobiográfica se incluyen modelos para rescatar la historia de vida del propio investigador, como la autoetnografía. Pensemos, con Feixa, que la historia de vida también “es una manera de entender la etnografía de manera reflexiva”, porque conocer al “otro” o conocerse a uno mismo es posible mediante “un diálogo constante entre el informante, el etnógrafo y el mundo cultural en el que se produce el encuentro etnográfico” (p. 156). Las “historias de vida no son una fuente dada, sino construida”; una historia de vida se forma en el “transcurso de la investigación” y requiere, según Feixa, “un proceso interactivo” en “relación dialéctica entre varios agentes”; de esta forma, se vinculan “informante-investigador, oralidad-escritura, narración-acción, sincronía-diacronía, memoria-historia” (p. 55).
Los conceptos de tiempo y espacio son cruciales al estudiar las historias de vida. El tiempo, en una historia de vida, se subdivide en al menos tres ritmos: el tiempo del calendario, el tiempo de las instituciones y el tiempo biográfico. La memoria, respecto al espacio, se enmarca en aspectos “locales, paisajes, territorios físicos o sociales concretos” (p. 99). El espacio, en la historia de vida, está determinado por el sujeto, y puede ser físico o social. El espacio se analiza por medio de contrarios: “espacio privado versus espacio público, espacio estatal versus espacio civil, espacio institucional versus espacio de ocio” (p. 103). Respecto de esa concordancia entre el tiempo y el espacio en una historia de vida, en especial en las historias de los jóvenes, Feixa utiliza el término cronotopo, que alude al tiempo y el espacio. Retoma este concepto de Bakhtin, quien a su vez lo rescató de la física y lo aplicó a la literatura.
El tiempo y el espacio en una historia de vida “estructuran los referentes simbólicos de cada cultura y orientan a los individuos en su biografía” (p. 103). La entrevista es central para la historia de vida. Feixa muestra al lector cómo entrevista a sus informantes: la entrevista, para él, “no es una técnica neutra para recoger información; es un intercambio humano entre dos personas en el que interviene la comunicación, la reciprocidad e incluso la afectividad” (p. 59). El investigador elige a los informantes de acuerdo con el “criterio de significación sociocultural”, el cual permite conocer, mediante las “biografías singulares”, otros “contextos históricos, sociales y culturales” (p. 57).
Transcribir las entrevistas, interpretarlas, y finalmente, restituirlas a los informantes, forma parte de la construcción de una historia de vida. Al contrario de lo que pensamos, transcribir no es recorrer un “camino mecánico”, sino que significa “alejarse de la forma con el fin de respetar el fondo. Si lo esencial es rescatar un testimonio -y no tanto reproducir sonidos-, la fuente a la que hay que ser fieles es la persona que habla, no la cinta donde está grabada su voz” (p. 63). El relato oral de los entrevistados se puede o se debe complementar con documentos escritos, oficiales y personales; también con álbumes de fotografías, como lo muestra Feixa al referirse a las historias de jóvenes en Cataluña. La definición clásica de historia de vida incluye fuentes primarias y narración biográfica; en contraste, el relato de vida consiste en las narraciones que “se centran en un trozo de la vida de la persona de acuerdo con fines específicos del investigador” (p. 134).
Su recomendación es que el investigador, durante el proceso de la pesquisa, interprete los datos para permitir que en el texto “las voces de los testigos” sean “las que [conduzcan] al lector” (p. 66). Esos testigos guardan su identidad tras un seudónimo. Mejor usar un seudónimo que utilizar siglas, según Feixa, porque el nombre del entrevistado, aunque ficticio, acerca al lector a la historia. O al pasado. Ese pasado que rememoran los entrevistados no necesariamente tiene que ser el pasado real. Lo que interesa al antropólogo o el historiador es “la visión que las personas conservan” del pasado, esos testimonios son subjetivos, lo sabemos, porque el recuerdo se construye “a base de censuras, silencios, olvidos, errores, deformaciones, exageraciones y deseos” (p. 68).
Porque me interesa en lo personal la historia de vida como autoetnografía, me referiré en extenso al capítulo siete, “Las historias de vida como autoetnografía: la antropología y yo”. En este capítulo el lector se topa con la historia de vida de Feixa narrada a partir de su currículum. Como académicos -me incluyo- nuestro vitae muestra nuestros logros o retrocesos. Feixa ejemplifica con su caso particular cómo el currículum dialoga con nuestra “propia memoria e identidad”, con “los hechos objetivados en documentos” y “con lo que ‘los otros’ han escrito o dicho sobre uno mismo” (p. 157). Para concursar por una plaza como catedrático de antropología social, Feixa entregó a la Universitat de Lleida, en 2011, dos versiones de su currículum: una en formato rígido o numérico, otra que enfatizaba los motivos para solicitar la plaza. Una tercera versión del vitae de Feixa, muy conocida en el ámbito académico aunque pocas veces puesta por escrito, es la que narra “una vida académica a partir de lo que otros dicen” (p. 158):
Se trata de una narración formulada con base en la colección de informes oficiales u oficiosos, juicios de valor y juicios apócrifos, declaraciones públicas y rumores, silencios y omisiones de aquellos actores que han [desempeñado] un papel (evaluador) clave en la conformación de una carrera académica. La deconstrucción narrativa como metaproducto de su análisis constituiría lo que particularmente sugiero denominar como el “currículum antibiográfico” (p. 158).
La historia de vida de un académico se construye con el quehacer propio del investigador, pero también con los juicios, positivos y negativos, de evaluadores conocidos y anónimos. Un currículum autoetnográfico, nos dice Feixa, es aquel en el que el estudioso reflexiona sobre su trayectoria al relacionarla con el “contexto intelectual y social”; uno antibiográfico -que la mayoría de los científicos sociales evita reconstruir- es el que narra fracasos y dificultades académicas. Ambas versiones del currículum se escriben en primera persona. Aunque parezca innecesario decirlo, una de las facultades de muchos académicos consiste en esconderse, al narrar su vitae en tono impersonal o en tercera persona del plural.
Cierro esta reseña reconociendo que La imaginación autobiográfica va de más a menos. Al principio aparecen los capítulos con más peso: la historiografía del tema y la metodología más reciente para elaborar historias de vida. Por esto, juzgo que no necesariamente el lector debe empezar su lectura en el primer capítulo, sino que puede avanzar según los temas del índice que le atraigan, porque los artículos originales, convertidos en capítulos de esta obra, son autocontenidos. Carles Feixa nos indica con su propia historia de vida académica cómo reconstruir historias de vida, es cierto. Pero de paso nos alerta acerca de cómo, desde el anonimato y sin nosotros imaginarlo -para nuestro bien o para nuestro mal-, otros construyen continuamente nuestro currículum antibiográfico.










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