Luz Elena Galván Lafarga (1949-2019) se desarrolló académicamente en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Dedicó su vida a la investigación y la enseñanza de la historia de la educación, campo que promovió y orientó hacia la educación informal de los maestros normalistas, porque pensaba que la capacitación y actualización constante de los docentes era fundamental, sobre todo para los del nivel básico, pues así mejorarían su actuación profesional frente a los niños, a quienes consideraba el futuro de nuestro país.
Presentación
En la celebración de la I Cátedra de Estudios Interdisciplinarios de la Educación “Dra. Luz Elena Galván y Lafarga”1, que se llevó a cabo el 22 de enero de 2020 en el CIESAS, me correspondió el honor de hablar de nuestra querida colega, maestra y amiga. Debo aclarar que voy a permitirme la licencia de referirme a la doctora Luz Elena Galván Lafarga como Luz Elena o Luze, como le decíamos los miembros del Seminario de Historia de la Educación; creo que ella así lo preferiría, pues a pesar de su formación y disciplina de trabajo, así como de los aportes de su investigación y producción científica que la llevaron a alcanzar el nivel III en el Sistema Nacional de Investigadores, nunca perdió su sencillez, carisma y amabilidad.
Dividí la plática en tres partes: en primer lugar, hice una semblanza de su vida académica; en segundo lugar, presenté lo que creo que fue su obra más emblemática, tarea difícil por el volumen y trascendencia de su obra escrita; en tercer lugar, expliqué sus aportes al campo de la investigación histórica. He mantenido el formato para esta versión escrita.
Gracias al artículo “Cómo aprendí el ‘oficio’ para llegar a ser investigadora del CIESAS, 1974-2013” (Galván, 2014), pude enriquecer la presentación más allá de los recuerdos personales.
Semblanza
Luz Elena Galván Lafarga nació el 22 de enero de 1949. A decir de ella misma, se interesó por la historia cuando cursó esta materia mientras estudiaba la preparatoria, donde tuvo como maestras a Norma de los Ríos y Cecilia Greaves. Luz Elena afirmaba que “la forma como nos enseñaban la historia, tanto universal como de México, me emocionaba mucho” (2014: 45). Al terminar su educación preparatoria, decidió ir a Inglaterra por dos años para estudiar inglés.
En ese país, sus compañeros de curso europeos y latinoamericanos le preguntaban por el Museo Nacional de Antropología, que se había inaugurado en 1964, y ella comentó que se “avergonzaba al no tener una respuesta clara sobre los tesoros que guardaba ese museo” (2014: 45). De tal forma que, a su regreso a México, tomó la decisión de conocerlo a fondo. Tomó el curso para ser guía del Museo Nacional de Antropología, y de la mano de Eduardo Matos y Román Piña, se dedicó a conocer más de cerca la historia y la antropología, e incluso dudaba acerca de cuál de las dos sería su elección profesional.
Como ella misma afirmaba, en 1970 el pasado le atrajo más que el presente y se decidió por el estudio de la historia. De esa forma, ingresó a la Universidad Iberoamericana (UIA) para cursar esa disciplina, de la que egresó como licenciada en historia en 1975, con la tesis: El proyecto de educación pública de José Vasconcelos (Galván, 1982a). Ella misma reconocía que la guía teórica y metodológica de su tesis había sido el positivismo, pues ésta fue la formación que recibió como estudiante.
Al mismo tiempo que cursaba la licenciatura, en febrero de 1973 ingresó al Seminario de Historia de la Educación que organizó Enrique Florescano en el Departamento de Investigaciones Históricas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En septiembre de ese año, Guillermo de la Peña sustituyó a Florescano en la coordinación del seminario. Al año siguiente, se creó el Centro de Investigaciones Superiores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (CISINAH), antecedente del CIESAS, bajo la dirección de Ángel Palerm. Entonces, Palerm propuso a De la Peña organizar un seminario de antropología de la educación. Este último invitó a los integrantes del Seminario de Historia de la Educación a trasladarse al CISINAH. Al referirse a esta etapa, Luz Elena comentó que eso “representaba un nuevo reto [que la] separaría de la Historia para volver a [acercarse] a la Antropología” (2014: 46).
En la Casa Chata, sede del CISINAH ubicada en Tlalpan, al sur de la Ciudad de México, trabajó en un proyecto interdisciplinario entre antropólogos, sociólogos e historiadores, en el que cada miembro del seminario tenía un tema de investigación diferente. Esta interacción con colegas de distintas disciplinas, que investigaban temas del presente, la puso en contacto con diferentes teorías y metodologías, además de la positivista. No obstante, ella defendió su identidad de historiadora. Para reafirmarse, se acercó a la Escuela de los Annales, leyó a autores como Marc Bloch, Lucien Febvre, Fernand Braudel, Jacques Le Goff y Marc Ferro, entre otros, de tal manera que descubrió otra forma de abordaje e interpretación de las fuentes, lo que la llevó a incorporar la historia social a sus estudios y descubrir un nuevo eje de investigación: los actores sociales, y en este caso, los actores sociales de la educación y el magisterio urbano, rural e indígena. Es decir, como ella los definía: “las maestras y [los] maestros de ayer en su vida cotidiana” (Galván, 2014: 48).

Mauricio García ( Luz Elena Galván con sus dos hijas, Mónica y Ana Paula, y su nieto Sebastián, marzo de 2012.
Bajo este nuevo eje de investigación, en 1982 concluyó sus estudios de maestría en historia en la UIA con la defensa de la tesis que llevó por título La palabra mazahua. (Documentos municipales para la historia de la educación indígena) (Galván, 1982b). Este estudio se inscribió en un proyecto colectivo de investigación sobre la educación indígena en el que de nuevo se integraron sociólogos, antropólogos y lingüistas, como Beatriz Calvo, Teresa Carbó, Víctor Franco y José Antonio Flores, coordinados por María Eugenia Vargas. Su proyecto individual giró en torno al magisterio de la región mazahua en el periodo 1927-1972, lo que la llevó a incorporar a la fuente documental la fuente oral, además de explorar la historia regional.
Entre 1983 y 1988 llevó a cabo otro proyecto de investigación, también sobre el magisterio y la vida cotidiana, pero ahora incursionó en el pasado decimonónico mexicano. Gracias a la correspondencia de maestras y maestros que se conserva en la Colección Porfirio Díaz de la UIA, pudo reconstruir la situación social y económica de estos actores sociales. El resultado fue su tesis doctoral en historia, en esa misma institución, denominada: Soledad compartida: una historia de maestros, 1908-1910, publicada por el CIESAS en 1991. El texto tuvo tal éxito que fue reeditado en 2010 con un prólogo de Pablo Latapí.
El mismo año en el que se doctoró, Luz Elena congregó a un grupo de investigadoras de la educación del presente y el pasado para dar vida al Seminario de Investigación Educativa, en el cual se intercambiaban puntos de vista y se discutían los avances individuales de sus investigaciones en la materia. En 1992 me integré al Seminario, en el que ya participaba un buen número de historiadores, profesores y amigos del Seminario de Historia de la Educación. En ese momento se habían incorporado colegas de otras instituciones, como el Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México, el Departamento de Investigación Educativa del Instituto Politécnico Nacional y del que hoy es el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad de Guadalajara, la Universidad Iberoamericana, la Universidad Autónoma del Estado de México y el Colegio Mexiquense, y por supuesto, la Universidad Autónoma Metropolitana,2 entre otras. Debo aclarar que a algunos de ellos ya los conocía, gracias a que en esos tiempos trabajaba en el Archivo Histórico de la Secretaría de Educación Pública. Como puede observarse, el Seminario de Historia de la Educación tenía impacto en distintas entidades del país y paulatinamente conformaría una red de historiadores de la educación de alcance nacional.
En este Seminario, Luz Elena practicaba una política de puertas abiertas: los requisitos informales para ingresar eran estar interesado en la historia de la educación, hacer investigación en el campo y asistir, con toda puntualidad, cada primer martes del mes a comentar y discutir textos o avances de investigación de los colegas que lo integraban.
En 1994, nuestra colega se interesó por la educación no formal e incorporó nuevos actores sociales a sus intereses: las niñas y los niños. Así, se dedicó a estudiar la infancia del periodo 1870-1940, que pudo reconstruir y analizar por medio de la prensa infantil y educativa, fotografías y libros escolares, además de los infaltables documentos de archivo.
Para entonces ya había creado redes con académicos de distintas entidades e instituciones del país, y en 1997 empezó a tejer redes internacionales, al participar en la International Standing Conference for the History of Education, mejor conocida como ISCHE, en la que se mantuvo activa hasta 2017 y logró, con el apoyo del CIESAS y el Colegio de San Luis, que dicha Conferencia se llevara a cabo en la ciudad de San Luis Potosí en 2011, mediante redes que incrementó con su participación en el Congreso Iberoamericano de Historia de la Educación Latinoamericana.
En 2003 incursionó en otra línea temática: la historia de la cultura escrita, género que le permitió consultar nuevas fuentes y encontrar otros actores sociales. Aquí, mi atención se dirige a una reflexión importante que hizo Luz Elena sobre su proyecto de investigación en ese año:
Mi proyecto de investigación, que yo considero como un proyecto de vida, se dividió en tres grandes líneas: a) la historia del magisterio decimonónico, por medio de diversos proyectos en donde he buscado la vida cotidiana de maestras y maestros de ayer; b) la historia de la infancia del siglo XIX mediante el proyecto titulado “Las niñas, los niños y sus lecturas en el siglo XIX”, el cual tiene varios subproyectos, y c) la enseñanza de la historia, iniciada en 1990 como asesora de Mireya Lamoneda (Galván, 2014: 48-49).
Desarrolló estos proyectos de una forma u otra en el Seminario de Historia de la Educación, que coordinó por 30 años, de 1998 a 2018. En su curriculum vitae enlistó 25 proyectos de investigación que llevó a cabo desde 1974 hasta 2018; todos ellos materializados en aproximadamente 150 publicaciones, entre libros, capítulos de libros y artículos científicos, así como artículos de divulgación y difusión.
La mayoría de los que nos reunimos en el CIESAS el día de la Cátedra nombrada en su honor conocía a Luze y sabía que era una investigadora muy inquieta, que además de coordinar el Seminario de Historia de la Educación dirigió varios proyectos, como el Diccionario de historia de la educación en México (Galván et al., 2002), que recibió apoyo económico del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en 1998-2001; o bien el proyecto “Manuales escolares mexicanos, siglos XVIII-XX”, en colaboración con el Proyecto Internacional de Manuales Escolares de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en Madrid, España, en 2003-2008. A estas actividades debemos sumar que fue socia fundadora del Consejo Mexicano de Investigación Educativa y representante de los intereses de los historiadores de la educación en esa institución. Asimismo, fue socia fundadora y la primera presidenta de la Sociedad Mexicana de Historia de la Educación.
Por si fuera poco, también se desempeñó como docente desde 1975, en los niveles de licenciatura y posgrado. Comenzó sus actividades como maestra en el Departamento de Historia de su alma mater, la UIA; después impartió cursos en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en el CIESAS, en el Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México y en la Universidad Pedagógica Nacional. En estas instituciones, además de los cursos sobre técnicas de investigación histórica e historia de la educación y los seminarios de especialización y de investigación, coordinó trabajos de campo y dirigió aproximadamente 30 tesis de licenciatura y posgrado.
Una de las actividades que ella apreció mucho fue la de evaluadora y dictaminadora de proyectos y programas educativos, así como de los sistemas de becas para alumnos de nivel medio superior, pues ello le permitía estar actualizada y conocer la situación presente de la sociedad mexicana: familias, jóvenes, niños y escuelas en distintas regiones del país.
Obra emblemática
Presentar la obra emblemática de Luz Elena es una tarea un tanto difícil, pues entre sus libros se citan 31 obras individuales y colectivas. Lo que presentaré ahora son las que, en mi opinión, son las más representativas o las que para mí fueron las más significativas.
La primera obra que conocí de ella fue Los maestros y la educación pública en México: un estudio histórico. En esta publicación se integraron sus tesis de licenciatura y maestría, así como otra pequeña investigación sobre el magisterio indígena. Este texto fue publicado en 1985 por el CIESAS.
No obstante, creo que la Bibliografía comentada sobre la historia de la educación en México, que publicó en coautoría con Guillermo de la Peña en 1978, fue un libro importante porque por primera vez se hizo un balance de la historiografía de la educación que mostró los avances y límites que se habían constatado en la materia. Además, sembró una semilla que después el Consejo Mexicano de Investigación Educativa continuó, al realizar los estados del conocimiento no sólo en materia de historia de la educación, sino en general en investigación educativa, estudios que se han publicado cada diez años a partir de 1992.
Otra de sus obras que me parece significativa es Soledad compartida: una historia de maestros, 1908-1910 (1985). Este libro es interesante porque Luz Elena incursionó en una fuente que no había sido consultada por los historiadores: la correspondencia que las maestras y maestros enviaron a Porfirio Díaz en los dos últimos años de su mandato. Con esos materiales pudo reconstruir y analizar la situación social y material del magisterio porfiriano en distintas partes del país, pues la correspondencia llegaba de diferentes lugares. Ello le permitió adentrarse en la vida cotidiana de esos actores sociales que tanto apreciaba; además, fue un texto muy exitoso, que como ya he dicho, en 2010 fue reeditado por el CIESAS con un prólogo de Pablo Latapí.
En 1998, en una de las sesiones del Seminario de Historia de la Educación, Luze propuso hacer un texto que sirviera a jóvenes historiadores, estudiantes o normalistas interesados en iniciarse en el campo de la indagación del pasado educativo. El objetivo fue la formación de una base de datos en historia de la educación en México que contuviera artículos, términos, biografías de diversos personajes -pedagogos e historiadores de la educación de los siglos XIX y XX-, una bibliografía comentada y una propuesta para el acercamiento a la lectura de fotografías históricas.
De esta manera, empezamos a trabajar en lo que denominamos un diccionario de historia de la educación. Pronto nos percatamos de que un documento de tal naturaleza sería muy voluminoso, y por lo mismo, muy costoso. Si queríamos que tuviera una amplia difusión, sobre todo entre estudiantes universitarios y normalistas, teníamos que buscar otro formato de presentación. A Luz Elena se le ocurrió que las universidades y normales tenían computadoras al servicio de los alumnos en las que había lectores de disco compacto (CD), y propuso entonces que se le diera un formato electrónico, porque sería más económico.
El resultado fue por demás interesante porque, en primer lugar, recibimos apoyo económico del Conacyt, y en segundo, la Dirección General de Cómputo Académico de la UNAM nos ofreció apoyo técnico y logramos un acuerdo en el que esta Dirección imprimiría en CD nuestro diccionario, además de ponerlo en línea.
El producto fue un documento innovador, no sólo en el campo de la historia de la educación, sino de la historia en México en general, y nos puso a la vanguardia de la disciplina. Era la primera vez que un proyecto histórico se publicaba en ese formato. ElDiccionario de historia de la educación en México (2002) cuenta con una sección de biografías, una bibliografía comentada, términos utilizados en ese momento en la historia de la educación y sus definiciones. Además, tiene un buscador para encontrar actores sociales, términos y textos. Incluimos una cantidad importante de artículos -31, para ser exactos- escritos por historiadores de distintas instituciones de investigación y educación superior del país, con diferentes temas de la historia de la educación en México desde el siglo XVIII hasta el XX, y un ensayo para la interpretación de fotografías educativas. De este modo, ofrecíamos un panorama, lo más amplio posible, de temas y problemas de la historia de la educación en ese momento, con la finalidad de invitar a la discusión a otros colegas o de ayudar a los jóvenes historiadores a acercarse a nuestro campo. Hoy en día, se agotaron los ejemplares en CD, incluso los de la segunda edición de 2003, y por el cambio tecnológico ya no se leen en la mayoría de las computadoras actuales, pero la publicación se puede encontrar para consulta en internet.
Otro texto por demás interesante fue La formación de una conciencia histórica. Enseñanza de la historia en México (2006). Recuerdo que en una sesión del Seminario, a principios de 2005, Luz Elena nos comentó que Gisela von Wobeser, presidenta de la Academia Mexicana de la Historia, la había invitado a ella y a los miembros del Seminario de Historia de la Educación a participar en un evento sobre la enseñanza de la historia en México. Con entusiasmo, respondimos a la invitación bajo la batuta de nuestra coordinadora. No es por presumir, pero el coloquio resultó exitoso, tanto así que nuestra colega Wobeser propuso la publicación de un libro y que nuestras ponencias se convirtieran en artículos. Así fue cómo, bajo la coordinación de Luze, se publicó ese texto, en el que se hace un recorrido de la enseñanza de la historia desde la educación preescolar hasta la superior.
La preocupación por la historia del magisterio, y por las maestras en específico, culminó en 2008 con la publicación de Entre imaginarios y utopías: historias de maestras, que coordinó en conjunto con Oresta López Pérez. El libro fue coeditado por el CIESAS, El Colegio de San Luis y el Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM. Una vez más, quedó plasmada la visión de Luz Elena sobre la vida cotidiana y la situación material de las maestras a lo largo de la historia mexicana.
A principios de 2003, nos sugirió que incursionáramos en la historia de la lectura y la cultura escrita. Cada miembro del Seminario eligió un manual o texto escolar para describir y analizar, y fue así como surgió el libro Lecturas y lectores en la historia de México, publicado por el CIESAS, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y El Colegio de Michoacán en 2004, en una coordinación conjunta con Carmen Castañeda García y Lucía Martínez Moctezuma. En 2006, nos propuso que participáramos en el proyecto “Manuales y libros de texto en México, siglos XVIII, XIX y XX”, de tal forma que ahora elegimos una disciplina escolar: historia, geografía, dibujo, civismo o física, entre otras. Buscamos los textos que se utilizaron en México en distintos niveles educativos y ello dio como resultado el libro Las disciplinas escolares y sus libros (2010), coordinado por Luz Elena y Lucía Martínez Moctezuma.
A partir de 2007, nos invitó a participar en una investigación conjunta con los colegas belgas Frank Simon y Marc Depaepe, entre otros. Al año siguiente, ella y Simon organizaron el simposio “Memorias colectivas de maestras belgas y mexicanas: siglos XIX y XX”, en el XV Congreso de Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamerica- nos, celebrado en Leiden, Holanda. Éste fue un ejercicio muy interesante de historia de la educación comparada, que nos permitió analizar similitudes y diferencias en la vida cotidiana y el quehacer educativo, así como la situación política y material de las maestras en las dos naciones. Como lo explicó la propia Luz Elena: “después de diversas reuniones y razonamientos descubrimos la proximidad de nuestras investigaciones, tanto desde el punto de vista teórico como metodológico, acercamientos que nos han unido por medio de la historia social y cultural, y en especial la de la cultura escrita”. De este trabajo conjunto nació el libro Poder, fe y pedagogía: historias de maestras mexicanas y belgas, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa en 2014, coordinado por la propia Luz Elena, Frank y un servidor.
El último texto que me parece importante en la obra de Luz Elena se titula Derecho a la educación (2016), editado por la Secretaría de Gobernación, la Secretaría de Cultura, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Éste es un texto en el que incursiona en el tema del derecho educativo y muestra cómo se conformó en México, en un proceso de largo aliento, la idea del derecho a la educación.
Aportes académicos
Los aportes académicos de sus investigaciones fueron muchos y variados. Desde sus primeros estudios se enfocó en la historia de la educación. Se interesó, en especial, por el magisterio, la infancia y los libros de texto, en un arco temporal aproximado de 1870 a 1940.
De manera específica, se centró en la historia social de la educación por medio de cuatro ejes analíticos: la vida cotidiana, la educación no formal, la historia de la lectura y la cultura escrita, y la enseñanza de la historia. Propuso estos temas en el Seminario de Historia de la Educación del CIESAS y gustosamente los aceptamos y desarrollamos con ella, y de ello resultaron varias publicaciones, como ya hemos visto. La mayoría de estos temas eran innovadores y han inspirado a estudiantes e investigadores jóvenes a seguir esas teorías y metodologías en sus estudios.
Una contribución significativa a la disciplina fue la relación que pudo mantener entre el presente y el pasado, entre la historia y la interdisciplina, pues comprendió muy bien que el historiador no puede navegar solo por los mares de la historia, sino que tiene que ir bien dotado de las herramientas que le dan disciplinas como la antropología, la sociología o la literatura. Además, sin mencionarlo, fue una impulsora de lo que hoy denominamos la historia reciente o la historia inmediata.
Un aporte importante de nuestra querida colega fue el trabajo en equipo, gracias a su habilidad para organizar proyectos colectivos de investigación desde su trinchera en el CIESAS y su disposición para aceptar a miembros jóvenes que se incorporaron a esos proyectos colectivos, además de inducirnos a que esos proyectos culminaran en productos escritos, es decir, en libros, para que los resultados de nuestras investigaciones individuales y colectivas pudieran ser conocidos.
Descubrir cuál fue el motivo de sus investigaciones en historia social de la educación, para mí, ha sido importante. Dejaré que ella responda las preguntas sobre para qué y para quién escribía sus historias:
Mi principal interés es el darle a conocer al magisterio de hoy lo que era el magisterio de ayer. Mostrarles cómo se formaban las maestras y maestros, con una preparación muy buena que les permitía ser autores de los libros que se utilizaban en las aulas ya que no existía el libro de texto único que se maneja actualmente en las aulas. Deseo transmitirles cómo se trataba de un gremio comprometido con su labor en las escuelas, con sus niñas y niños, a quienes no sólo instruían en diversos saberes sino que educaban en todo el sentido de la palabra, enseñándoles los valores que permitirían que esos pequeños fueran los ciudadanos del día de mañana, respetando a sus mayores así como a sus compañeros y a ellos mismos, y conviviendo en un México mucho más amable y cordial que en el que nos ha tocado vivir. Escribo para el magisterio, para despertar sus conciencias que hace varias décadas han estado dormidas. Escribo para decirles que no pueden seguir siendo parte de una burocracia, un número más, sino que tienen en sus manos lo más hermoso que existe en nuestro país: la educación de nuestras niñas y niños quienes esperan lograr, por medio de su aprendizaje, un futuro mejor que el que ahora tienen. Por y para ello escribo, para el magisterio, ya que estoy segura de que debe existir un cambio en nuestro país, y ese cambio se logrará con la educación que imparta un magisterio consciente de su gran responsabilidad, comprometido y mucho mejor preparado […]. En muchas ocasiones me han acusado de ser una “romántica”, sin embargo, eso ya no me importa, yo creo en el magisterio y en que por medio de una mejor formación académica, y de lecturas que los lleven a conocer quiénes eran las maestras y los maestros de ayer, lograrán sembrar los valores que hoy día hemos perdido en nuestro querido México (Galván, 2014: 50-51).










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