El eje de análisis principal de los cuatro trabajos que conforman este dossier es recuperar las principales características de los procesos socioeconómicos y territoriales que se generan en las ciudades latinoamericanas, los cuales han acrecentado las profundas desigualdades urbanas en el siglo XXI. En todos ellos se analizan actores sociales locales y procesos originales, con distintas ciudades de Latinoamérica como referentes urbanos, y se presenta un conjunto de hallazgos que enriquecen la comprensión de las llamadas “desigualdades urbanas”.1 En particular, se confrontan las profundas transformaciones del espacio urbano, en el marco de las políticas económicas neoliberales adoptadas por diferentes ámbitos de gobierno, y las formas de lucha y resistencia, que desde una resignificación y apelación colectiva al derecho a la ciudad plantean la posibilidad de impulsar un modelo de ciudad económica, social, ambiental y culturalmente sustentable.
En el primero de estos artículos, titulado “Encuentros a través del espacio y categorías: ¿trabajadoras domésticas como hilo conector en la ciudad segregada?”, se abordan las prácticas de trabajo de las empleadas domésticas, así como los encuentros y viajes que realizan a diario en una ciudad segregada, como es el caso de Bogotá. Friederike Fleischer analiza las conexiones e intercambios que tienen lugar en estos movimientos diarios y examina las relaciones e interacciones que las empleadas domésticas generan al desplazarse de sus lugares de residencia a sus lugares de trabajo. Introduce también un componente original en el análisis de la movilidad: el trayecto del viaje. Este elemento permite comprender las consecuencias sociales de la segregación y la exclusión desde una perspectiva diferente: las resistencias de las mujeres en estas prácticas cotidianas. Otra de sus aportaciones es que contribuye con una temática original a los debates sobre las desigualdades urbanas y el derecho a la ciudad, al considerar que estos viajes diarios a través del paisaje urbano pueden concebirse como hilos que conectan la ciudad segregada. De acuerdo con Fleischer, las empleadas domésticas llevan una vida muy independiente y autosuficiente, pero ello está relacionado con su falta de tiempo, con los procesos de segregación social y residencial, y con una falta de confianza en los extraños, incluidos sus vecinos y empleadores. Todo ello limita aún más sus encuentros con los otros, lo que se ve reforzado por una tendencia generalizada a distanciarse -distinguirse- social, moral y económicamente de los demás residentes. La conclusión es que, en el contexto local, los micropúblicos adquieren un papel importante porque propician encuentros potencialmente transformativos para las empleadas domésticas en Bogotá.
En la misma línea de análisis, Yutzil Tania Cadena Pedraza, en “Precariedad laboral, género y desigualdades urbanas en la Ciudad de México”, aborda los vínculos entre las desigualdades sociales y urbanas en el contexto de precariedad que prevalece en el mercado de trabajo de las clases populares de la Ciudad de México. Estos procesos están mediados por relaciones de poder que permiten diferenciar, clasificar, valorizar y jerarquizar simbólicamente lo social. El análisis pretende explicar cómo viven algunas mujeres su cotidianidad, sus condiciones y necesidades, de las que surgen diferentes formas de desigualdad social y urbana. A partir del trabajo femenino en el comercio ambulante -en particular, de “la preparación de alimentos y otros servicios que se ofrecen en la vía pública, en industrias caseras y artesanales” (p. 35)-, se ponen en evidencia las limitaciones de la población ocupada en un trabajo no protegido, que se realiza en unidades económicas formales pero sin recibir beneficios laborales y de seguridad social. El comercio informal ha existido históricamente en la Ciudad de México como una forma de trabajo propia de sectores sociales desfavorecidos y marginados, sobre todo indígenas y mestizos. Las representaciones sociales que se han construido a su alrededor han repercutido en la estigmatización del trabajo de las mujeres del estudio y también en el diseño de políticas laborales y urbanas. En este sentido, el espacio público no se considera un lugar de trabajo digno y es allí donde la relación entre el derecho al trabajo y el derecho a la ciudad se expresa de manera conflictiva respecto de los usos y formas de apropiación del espacio urbano doméstico, público o virtual. A partir de estos procesos identitarios se identificaron diferentes contextos socioespaciales en los cuales las mujeres se ubican y desde los cuales “expresan sus necesidades, deseos y motivaciones para trabajar en [el] comercio informal” (p. 38). Pero en la actualidad estos contextos tienen un nuevo rasgo, ya que el tipo de comercio informal que se practica comienza en el espacio virtual, en grupos de intercambios por Facebook, lo cual imprime nuevas connotaciones a las prácticas laborales. A pesar de ello, el intercambio concluye en el espacio público de la ciudad, como lugar de encuentro socialmente diverso y diferenciado en el que se expresa la condición sociocultural y política de la vida urbana. Por ello, el espacio público es un concepto fundamental, no sólo para entender el orden urbano, sino el social, porque se relaciona con la forma en la que “las personas habitan, usan y tienen acceso a bienes y recursos, y a la ciudad misma” (p. 49). Además, esta forma de comprender la precarización del trabajo desde lo laboral y lo urbano pone énfasis en las malas condiciones de trabajo que las personas deben soportar, condiciones que impiden el reconocimiento y legitimación social de su trabajo. La principal aportación de esta investigación son sus reflexiones sobre la estrecha relación que existe entre las condiciones y desigualdades socioeconómicas y urbanas respecto de la construcción de la identidad de género de las mujeres y las formas de trabajo, y sobre los conflictos por los usos y formas de apropiación socioespacial en torno al trabajo informal.
En “El parque donde está prohibido bailar: la competencia por el espacio público en Lima”, Mirtha Lorena del Castillo introduce uno de los temas más relevantes de los estudios urbanos actuales: los procesos de gentrificación, pero no desde la perspectiva de la expulsión y sustitución de población, sino desde el interés por capturar y resignificar el espacio público que protagonizan aquellos grupos sociales con mayor poder adquisitivo, al desplazar a los grupos originales. De esta forma, se contribuye a aumentar las desigualdades urbanas generadas por las luchas entre los nuevos residentes, con mayor nivel socioeconómico, y los residentes tradicionales, con menores ingresos, por el control del espacio público en las áreas centrales de Lima. La investigación urbana en Latinoamérica ya ha destacado la necesidad de disociar las preconcepciones de la gentrificación basadas únicamente en los precedentes de las ciudades del Norte global, para crear nuevos desarrollos conceptuales que incluyan escenarios de los países del Sur global. En esta ruta, los espacios públicos se apropian de manera desigual y conflictiva por medio de la resignificación que realizan los grupos sociales con ingresos medios y altos, con diferentes perspectivas y estilos de vida. Del Castillo afirma que el Parque Castilla, uno de los más grandes de las áreas centrales de Lima, tradicionalmente habitado por sectores medios y medios-bajos, se vio transformado con la construcción de condominios de lujo a su alrededor. La llegada de nuevos residentes con mayor poder adquisitivo llevó a que este espacio se compartiera de manera conflictiva con los residentes tradicionales, lo que pone al descubierto las grandes desigualdades socioeconómicas, culturales y urbanas que existen en la ciudad. Más aún, la apropiación de los principales espacios públicos se convierte en un acto político que exige la búsqueda de un uso más democrático del espacio urbano a partir de la recuperación de la noción de derecho a la ciudad. Lo cierto es que el caso de Lima revela que las dinámicas del espacio público están condicionadas por los procesos de gentrificación impulsados por el sector inmobiliario y muestra cómo las autoridades locales diseñan políticas públicas que benefician la apropiación específica del espacio urbano por parte de algunos grupos sociales en detrimento de otros, lo cual acrecienta las desigualdades urbanas.
Finalmente, en “Políticas urbanísticas y culturales en las desigualdades de los centros Patrimonio de la Humanidad. El caso de San Miguel de Allende, México”, David Navarrete Escobedo analiza el contraste entre la forma en la que se construye el discurso y la forma en la que se practican las políticas culturales en los centros históricos con reconocimiento patrimonial, y explora la manera en la que las políticas culturales, al integrarse a las estrategias de desarrollo urbano, se pueden convertir en catalizadores de desigualdades sociales, económicas y espaciales propias de los centros históricos.
A partir del caso de San Miguel de Allende en México, Navarrete Escobedo estudia los procesos de proyección internacional de mercantilización de la cultura y su vínculo con el desarrollo turístico, ambos basados en el argumento de la multiculturalidad. Esta forma expositiva le permite hacer un balance de la realidad de las políticas culturales y urbanísticas, al reinterpretar los contenidos de desigualdad urbana desde la perspectiva de los derechos culturales y el derecho a la ciudad. Una de las ideas centrales de este estudio es que las políticas culturales de corte neoliberal aplicadas en las ciudades latinoamericanas son una especie de comercialización del multiculturalismo, y aunque las políticas culturales del ámbito local pretenden atender problemas de la ciudad como el “rescate” de centros históricos, la mejora de estos espacios públicos, el despoblamiento y la movilidad, el verdadero efecto esperado es promover un desarrollo económico basado en una oferta cultural dirigida a las poblaciones de más alto poder adquisitivo, en particular a los turistas, y en el caso de este estudio, a las clases altas y expatriados estadounidenses. Más aún, en estas políticas culturales neoliberales el patrimonio histórico es el principal detonante para atraer turismo, generar divisas y atender el desarrollo simbólico de la sociedad. Navarrete Escobedo concluye que dichas políticas han incorporado un discurso multiculturalista para validarse social y políticamente a partir de nociones clave, como diversidad, identidad, diferencia y reconocimiento entre culturas. Pero también en ese discurso se anula el conflicto y se elimina la responsabilidad del Estado para atender las necesidades culturales del conjunto de la sociedad, lo que pone en evidencia que a las desigualdades estructurales y territoriales se suman las desigualdades culturales que caracterizan a las ciudades latinoamericanas. En el caso de San Miguel de Allende, la política cultural sirve como herramienta para acentuar las desigualdades preexistentes en términos del no reconocimiento de los derechos culturales de ciertas minorías, como las clases indígenas y populares.
En síntesis, en estos cuatro trabajos se aborda la cuestión de las desigualdades urbanas en sus intersecciones con las desigualdades socioeconómicas, de género y culturales, al analizar el espacio público en el que se expresan, abrir nuevas interrogantes y construir estrategias metodológicas innovadoras, que contribuyen en forma significativa a comprender uno de los fenómenos más importantes y preocupantes que caracteriza a las ciudades del siglo XXI.










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