Desde hace algunos años se comenzó a emplear la noción de “juvenicidio” como un término apremiante en los estudios de la juventud, ¿por qué la emergencia de este concepto?, ¿a qué realidades refiere y en qué posturas epistemológicas se posiciona? Trazos de sangre y fuego. Bionecropolítica y juvenicidio en América Latina es un ensayo que argumenta la necesidad de poner en evidencia el conjunto de procesos de precarización, vulnerabilidad y muerte en uno de los principales sectores de la sociedad: el de los hombres y mujeres jóvenes.
Con este libro, José Manuel Valenzuela Arce da continuidad a los planteamientos que ha desarrollado a lo largo de su experiencia como investigador y analista de las culturas juveniles en los procesos del capitalismo contemporáneo y las necropolíticas. Los sustentos a partir de los cuales propone los conceptos de bionecropolítica y juvenicidio se despliegan en un fino entramado de miradas teóricas, cifras, datos, historias duras y testimonios, dispuestos en una introducción, tres capítulos y un cierre. El texto está disponible tanto en versión impresa como digital.
La intención del autor es franca. Con el concepto de juvenicidio pretende alcanzar cuatro objetivos: destacar la vasta precarización y muerte de jóvenes a causa de las estrategias necropolíticas; visibilizar las adscripciones y repertorios identitarios que propician su asesinato; desarrollar propuestas académicas y políticas que frenen la masacre de jóvenes, e identificar las causas y a los responsables de tanta muerte.
La argumentación comienza con la caracterización del contexto del capitalismo tardío, en el que las promesas de la modernización sobre el progreso social no sólo no se cumplieron, sino que terminaron con el asentamiento de los problemas económicos en crisis recurrentes que intensificaron la vulnerabilidad social. En diversos países de Latinoamérica esto empeoró con las políticas prohibicionistas ligadas al cultivo, tráfico y consumo de drogas que detonaron la indefensión de la población por el incremento de escenarios de miedo, violencia, muerte y suplicio público.
Valenzuela aclara que estas prácticas no son nuevas, sino que se registran desde el origen del capitalismo. En este sentido, recupera el planteamiento que hiciera Carlos Marx sobre la violencia contenida en la expropiación de la fuerza de trabajo y los medios de producción en la economía industrial y esclavista; señala que de esta manera el capitalismo viene chorreando sangre y lodo, y dicha expropiación ha quedado inscrita en la historia con trazos de sangre y fuego.
El uso de la violencia se incorporó a las estrategias para la colonización y conquista de los pueblos de Latinoamérica por medio del sometimiento, la tortura, guerras y matanzas. En la actualidad, estas prácticas y dispositivos han derivado en escenarios impensables e inigualables de crueldad, ya que la violencia de Estado se amalgama con el crimen organizado en una complicidad simbiótica. Como consecuencia, el suplicio público del siglo XVIII reaparece como elemento cotidiano en espacios públicos y se extiende de manera ilimitada en videos difundidos a través de internet, lo que deriva en suplicio virtual; todo ello a manera de mensajes de reafirmación de poder y superioridad con la finalidad de amedrentar y retraer la acción.
El texto muestra la brutalidad del capitalismo gore o la modernidad cruel mediante cifras de personas desaparecidas, fosas clandestinas, periodistas asesinados, y desaparición forzada y muerte de estudiantes en México, así como por medio de historias de personas supliciadas, de violencia contra mujeres cuyo rostro ha sido desfigurado con ácido, y narrativas y testimonios de sobrevivientes, como el de Uriel Alonso, quien vivió los crímenes ejercidos contra los estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos en Ayotzinapa. Asimismo, expone formas en las que la violencia se interioriza en las nuevas generaciones de latinoamericanos, como, por ejemplo, los niños sicarios que adoptan el narcomundo como proyecto de vida.
Todas éstas son escenas naturalizadas en el entorno de agresión descontrolada que se vive en los países del subcontinente, y la mirada analítica de Valenzuela las ordena para destacar la diversidad de violencias que afectan directamente a las juventudes, enfocándose principalmente en la que se genera a partir de las instituciones, por medio de la estigmatización y criminalización de las identidades precarizadas, proscritas y estereotipadas, entendidas como estrategias de poder de la biopolítica para controlar el cuerpo de los hombres y mujeres jóvenes. A ello se suma la violencia contra los movimientos sociales antisistema, las generadas por adscripciones étnico-nacionales, la violencia barrial o pandilleril, la violencia pragmática derivada de las lógicas del consumismo y la ritual ligada a códigos culturales.
Esta contextualización histórico-social es el sustento del concepto de juvenicidio que Valenzuela propuso en 2012, a partir del feminicidio ejercido contra las víctimas de Ciudad Juárez, México, y los miles de muertes y desapariciones ocurridas en la guerra contra el crimen organizado, declarada por el gobierno mexicano en 2006 y mantenida por más de una década. En ambos casos, los jóvenes han sido las víctimas principales.
Sin embargo, el juvenicidio no define únicamente el asesinato de jóvenes, sino que alude también a la precarización sistémica de sus condiciones de vida, la denigración de sus identidades, su “desciudadanización” y criminalización. Asimismo, el texto introduce la expresión iuvenis sacer -joven santo- para señalar la reducción de los jóvenes a posiciones de vida nudas o vidas sacrificables como consecuencia de los diferentes procesos de desacreditación social, económica, jurídica y política.
Puede entenderse que el concepto refiere al conjunto de estrategias de la necropolítica, que empobrece, precariza y vuelve vulnerable la vida de los jóvenes hasta que termina por colocarlos en espacios que el autor ha denominado “necrozonas” o zonas de riesgo y muerte. No obstante, se advierte que las condiciones de indefensión son heterogéneas, ya que se configuran a partir de repertorios identitarios de clase social, género, etnia, raza y postura política y religiosa, así como de adscripciones a ciertos estilos juveniles. Dentro de esta diversidad, el iuvenis sacer haría referencia a las vidas nudas que habitan en las necrozonas, con un alto riesgo de morir de forma artera, como ocurre en los espacios del crimen organizado y el narcomundo.
En el lado opuesto se ubican los grupos enriquecidos por sus privilegios, concesiones, corrupción e impunidad, en los que emergen estilos juveniles con ínfulas clasistas; jóvenes a quienes se les ha denominado “mirreyes” -de “mi rey”-, en el sentido de nobleza decadente. A éstos se les caracteriza como personas con liquidez económica o aspiraciones clasistas, que desprecian a los pobres por ser incultos, nacos, proles, chairos, cholos o losers -perdedores-; tienden al mal gusto, el exceso y la presunción, y utilizan expresiones avenidas al high kitsch y la narcoestética. Aquí, el libro da cuenta de los papis, pirruris, “jaitones”, fufurufos, yuppies y “lobukis”, entre otras figuras del mirreynato.
La descripción de estos estilos juveniles contrasta con las escenas desgarradoras expuestas con anterioridad y permite entender otras dinámicas que participan del juvenicidio a partir de la configuración de identidades que establecen marcas de distinción social. Son estéticas de inclusión y exclusión simbólica y cultural, signos de clase y poder.
Habría que leer el libro para observar la articulación del pensamiento de Valenzuela con los planteamientos de Michel Foucault, Achille Mbembe, Roberto Esposito, Agnes Heller y Fehér Ferenc, ya que el autor explica cómo las adscripciones juveniles se sujetan a relaciones de desigualdad procedentes de las necropolíticas ejercidas por el capitalismo neoliberal y la presencia de poder coloniales en Latinoamérica.
El concepto de biopolítica tiene un valor importante cuando se considera la centralidad del cuerpo en los dispositivos y prácticas institucionales que se ejercen sobre las poblaciones en el ámbito de la salud pública, y se convierten en mecanismos de control de los individuos por medio de la disciplina del cuerpo. En el neoliberalismo, estas estrategias se han transformado en necropolíticas desde el momento en que incluyen elementos de intimidación, martirio, terror y muerte en las dinámicas de sujeción del cuerpo, de ahí que Valenzuela hable de bionecropolítica. El texto señala las condiciones de vida que predominan en un gran porcentaje de habitantes del mundo y atentan contra quienes el poder neoliberal señala como enemigos o monstruos sociales -por ejemplo, pobres, indios, lesbianas, gays, no personas y jóvenes-.
El investigador reconoce el potencial interpretativo de las aportaciones de Foucault y Mbembe sobre la biopolítica y necropolítica; sin embargo, argumenta que son insuficientes porque tienen la limitante de la unidireccionalidad de las políticas y refieren poco a las resistencias generadas frente a la necropolítica. Asimismo, las prácticas institucionalizadas de la biopolítica se ejercen dentro de campos en los que también emergen resistencias y otras significaciones mediadas por el cuerpo.
Lo que Valenzuela plantea es una organización interrelacional de conceptos basada en una noción amplia del concepto de biocultura, con el cual se refiere a “las relaciones de poder conformadas desde la centralidad de la disputa sobre y desde el cuerpo” (p. 102). La biocultura se refiere a las diferentes formas de significar el cuerpo, es decir, a la corporalidad y la vida en su sentido más amplio, y por lo tanto, abarca conceptualmente a la biopolítica como disposiciones de control y estrategias punitivas relativas al cuerpo, pero también a las “biorresistencias”, entendidas como “formas de vivir y significar el cuerpo “en clara resistencia, disputa o desafío a las disposiciones biopolíticas” (p. 104). En tanto que la biopolítica conduce al homo sacer, la biorresistencia convoca significados contrahegemónicos.
Sin embargo, no todas las significaciones se producen en la disputa entre biopolítica y biorresistencias; por ello, Valenzuela propone el concepto de “bioproxemia” para referirse a la relación cuerpo-espacio o territorio corporal desde la perspectiva simbólica, en la que el cuerpo se representa a manera de discurso, como ocurre en el caso de los cuerpos muralizados.
Asimismo, propone dos dimensiones. La primera consiste en entender el cuerpo como dispositivo emocional, ya que la sociedad actual impone la exaltación de emociones: por una parte, de deseos, por medio del consumo y la publicidad; y por la otra, de frustración, por la imposibilidad de satisfacerlos, o incluso de terror, en escenarios de violencia e intimidación. Al mismo tiempo, reconoce las cargas emocionales contenidas en los movimientos sociales y proyectos alternativos, en los que las juventudes tienen un papel preponderante. La segunda dimensión describe la construcción de cuerpos “bioteratos”, como extremo de la bioproxemia y las interacciones sociales en las que se ubican el rechazo y la exclusión; los bioteratos son creaciones basadas en pautas simbólicas en relación con lo normal y lo anormal, son cuerpos monstrificados por la visión dominante.
Dicha construcción conceptual no disiente de las aportaciones de Foucault y de Mbembe, sino que emerge en una perspectiva distinta y en realidades histórico-sociales particulares de Latinoamérica, en las que los hombres y mujeres jóvenes se han convertido en las principales víctimas de la pobreza, las violencias y los asesinatos. El concepto de juvenicidio cobra sentido al posicionar la corporeidad como elemento central, ya que finalmente las estrategias de la bionecropolítica y la construcción de cuerpos bioteratos conducen a la precarización de la vida de los jóvenes, de sus identidades y ciudadanías, y a la aniquilación de sus cuerpos. Valenzuela las define como estrategias de dominación de la vida y la muerte de millones de personas a lo largo de Latinoamérica.
Sin embargo, no se queda en el señalamiento de los dispositivos que quebrantan a las juventudes, sino que reconoce también las diversas capacidades de los jóvenes para hacerles frente y elevar horizontes de vida a pesar de las condiciones adversas. En la última parte del libro plantea la construcción de libertades a partir de anhelos que se concretan mediante la praxis y las luchas cotidianas, la intersubjetividad y la colectividad, ligadas a tiempos y espacios específicos, en el sentido que ofrece el materialismo cultural.
Esto permite pensar en otros mundos posibles dentro de los escenarios del neoliberalismo en Latinoamérica. Aunque el autor no profundiza en esta ocasión en la diversidad de expresiones y movimientos juveniles, hace mención de la Primavera Árabe, los indignados del 15-M, Occupy Wall Street, los dreamers, #YoSoy132, la Mesa Amplia Nacional Estudiantil colombiana, el movimiento estudiantil chileno, la revuelta brasileña, y la lucha estudiantil y popular en Nicaragua.
Trazos de sangre y fuego... no sólo expone las raíces y los alcances del juvenicidio como concepto emergente, también constituye un discurso crítico y una voz de alerta sobre un conjunto de políticas de Estado que han instalado como natural la precarización y el asesinato irracional de jóvenes en Latinoamérica. Su muerte es el hecho más visible de un problema mayor, que no sólo tiene que ver con la juventud, y cuyas repercusiones lesionarán a los diversos sectores sociales de todo el continente americano.










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