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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.65 Ciudad de México ene./abr. 2021  Epub 05-Mayo-2025

 

Saberes y razones

Las dislocaciones de la Covid-19, viejas desigualdades y nuevas batallas

The dislocations of Covid-19, old inequalities and new battles

Federico Navarrete1 

1Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México fnl@unam.mx


Resumen:

Este artículo, escrito en junio de 2020, propone que la actual pandemia de coronavirus ha producido dislocaciones espectaculares, y al parecer profundas, en nuestros cronotopos modernos, es decir, las maneras como vivimos el tiempo y el espacio en la historia. Ha producido un quiebre abrupto en la continuidad temporal y ha puesto en entredicho el funcionamiento de aquellos espacios disciplinarios centralizados, que eran vitales para el capitalismo, y nuestra reproducción social. Al mismo tiempo, ha confirmado tendencias ya existentes, como la imbricación entre naturaleza y cultura, la politización de la ciencia y de la incertidumbre, el surgimiento de una sociedad global del riesgo. También ha confirmado las brutales desigualdades y racismos en las sociedades americanas. Esto nos coloca en una situación paradójica; mientras algunos pretenden “volver” a nuestra normalidad antigua, otros quieren imponer nuevas normalidades. Inspirados por las protestas encabezadas por los afroamericanos en Estados Unidos de América, podemos esperar que las voces de las mayorías marginadas y racializadas serán parte de esta lucha por la vida.

Palabras clave: Covid-19; futuro; espacio; desigualdad; racismo

Abstract:

This article, written in June 2020, argues that the current coronavirus disease pandemic has produced spectacular, and seemingly profound dislocations in our modern chronotopes, that is the way we live space and time in history. It has created an abrupt break in temporal continuity and has compromised the functioning of the centralized disciplinary spaces that were central to capitalism and our social reproduction. At the same time, it has continued already existing trends, such as the mingling of nature and culture, the politicization of science and of incertitude, the emergence of a global risk society. It has also been a confirmation of the brutal inequality and racism in the societies of the Americas. This places us in a paradoxical position, as some actors seek to “return” to the old normal, and some to impose a new normality. Inspired by the protests led by Afroamericans in the United States of America, we can hope that the voices of the racialized and marginalized majorities will take part in this vital struggle.

Keywords: Covid-19; future; space; inequality; racism

La pandemia de enfermedad por coronavirus 2019 (Covid-19), provocada por el virus SARS-CoV-2, ha irrumpido en nuestro escenario mundial, nacional, local y doméstico con una fuerza sorprendente y ha colocado a una proporción considerable de la humanidad en una situación de vulnerabilidad sin precedentes. En este artículo discutiré, de manera general y provisoria, desde luego, algunos de sus impactos sociales y humanos. Abordaré primero el problema epistemológico de la incertidumbre que nos plantea este fenómeno tan abrupto. Luego discutiré el concepto de riesgo y cómo se ha convertido en el centro de nuestras disputas políticas. Con estas herramientas conceptuales, exploraré el impacto de la pandemia en nuestros cronotopos modernos, es decir, en la manera en la que organizamos y vivimos nuestros tiempos y espacios mientras estamos en el mundo.

La incertidumbre

El SARS-CoV-2 y la enfermedad que provoca nos resultan desconocidos y esto da lugar a un grado de incertidumbre sin igual: no tenemos manera de saber cuál va a ser la evolución de la pandemia ni conocemos tampoco los efectos de la enfermedad en las diversas personas, lo que impide hacer pronósticos confiables de su posible desenlace. Al mismo tiempo, cada día se hace más evidente la falta de información precisa sobre la distribución de la enfermedad y sus alcances, así como su letalidad, entre los diferentes sectores de la población mundial. Por otro lado, carecemos por el momento de herramientas terapéuticas, como vacunas o medicinas, así como procedimientos clínicos claros para enfrentar este mal. En pocas palabras, la comunidad internacional, los gobiernos de cada nación, los científicos y las diversas comunidades nos enfrentamos a una amenaza patente sin información certera para enfrentarla con éxito. Por si esto fuera poco, nuestras acciones -o falta de ellas- han tenido un impacto notorio, pero que no podemos determinar, en la evolución misma de la pandemia, y ello añade un nuevo grado de incertidumbre: no podemos estar seguros de la adecuación ni del impacto de las medidas que hemos tomado o habremos de tomar.

Ya desde la década de 1990, un grupo de filósofos y estudiosos de la ciencia encabezado por Silvio Funtowicz y Jerome R. Ravetz (1993) acuñó el concepto de “ciencia posnormal” para referirse al tipo de conocimiento, y sobre todo de prácticas científicas, que debía abordar los grandes “nuevos” problemas que enfrentaban las sociedades humanas, como el cambio climático y las posibles pandemias emergentes. Argumentaban que estos fenómenos tienen una escala y una complejidad inusitadas, con dimensiones sistémicas planetarias y sociales que desafían la práctica científica tradicional, acostumbrada a dividir los problemas en problemas más pequeños, que pueden ser aislados, explicados y manipulados de manera relativamente autónoma. Además, estos nuevos fenómenos a gran escala involucran las acciones humanas de una manera íntima, de modo que no pueden ser observados “desde afuera”, como solía concebir la ciencia su relación con la realidad. Por el contrario, el propio conocimiento científico, así como las acciones derivadas de él, deben entenderse como parte del fenómeno mismo, pues tienen una influencia significativa en su desarrollo. Por último, estos fenómenos globales se caracterizan por sus altos grados de incertidumbre, porque nuestro conocimiento de ellos es inevitablemente limitado y debe basarse en métodos inferenciales, como los modelos matemáticos y las simulaciones de computadora; además, sus dinámicas propias son alimentadas por mecanismos caóticos, recursivos y emergentes que dificultan nuestro acercamiento. La incertidumbre es aún mayor por el hecho de que las acciones humanas son una parte determinante del proceso y lo modifican de maneras impredecibles. Por ello, Funtowicz y Ravetz (1993), así como Bruno Latour (2004), en su clásico libro Politics of Nature, propusieron que la ciencia posnormal debía incorporar diversos grupos sociales y de interesados en el problema -stakeholders- en la producción de su conocimiento, así como a los actores no humanos que forman parte integral de estos grupos. Por otro lado, la ciencia posnormal debía medir el valor de sus productos científicos, no sólo por su capacidad de reflejar y explicar la realidad externa, sino también por su incidencia, su adecuación y su aceptación social (Funtowicz, 1990). Además, tanto los científicos como los grupos sociales involucrados debían desarrollar acuerdos para identificar, evaluar y manejar los altos grados de incertidumbre.

No cabe duda, a mi juicio, que la pandemia de Covid-19 nos enfrenta a un desafío científico y social que reúne todas estas características “posnormales”, como lo hace desde hace tres décadas el tema del cambio climático. En este sentido, pese a su escala y velocidad de propagación excepcionales, no es un problema enteramente desconocido. Diversos estudiosos, entre los que destaca Latour (2020), han enfatizado la analogía entre estos dos fenómenos y han argumentado que la humanidad debe abordarlos de manera conjunta, o al menos desarrollar nuevos tipos de conocimiento, acuerdos y prácticas que sirvan para atender a ambos. Estamos frente a una combinación inédita de ciencia y política, naturaleza y sociedad, que demanda nuevas formas de generar conocimiento y construir acuerdos sociales.

Las propuestas de la ciencia posnormal también nos sirven para comprender una de las características más desconcertantes de la pandemia actual: la extrema politización de la incertidumbre. Funtowicz (1990) subrayaba la importancia de encontrar maneras razonables de identificar, valorar y enfrentar las fallas en nuestro conocimiento y las incertidumbres respecto a su evolución, que incluyen siempre la variable fundamental de las acciones humanas. Sólo así se podía dar pleno valor a los conocimientos científicos e implementar acciones políticas, sociales y científicas para enfrentar de manera adecuada los problemas globales.

Desde enero, en efecto, las principales áreas de desconocimiento e incertidumbre alrededor del origen, naturaleza y alcances del virus y su enfermedad han sido identificadas por los científicos, por los diferentes actores gubernamentales y por la prensa. Sin embargo, lejos de dar pie a un debate racional y constructivo sobre la mejor manera de resolverlas, estas incógnitas han sido manipuladas con fines claramente instrumentales por los actores políticos para descalificar a sus rivales, exculpar las fallas en las propias actuaciones y deslegitimar las estrategias de la oposición política. El estruendoso duelo entre diferentes datos, verdades alternativas y modelos contradictorios no es novedoso en sí mismo, pues ya aquejaba la discusión en torno al cambio climático; pero en la contingencia de la Covid-19 ha tomado un carácter realmente epidémico, que contribuye a la reacción ineficiente de muchos gobiernos, y por lo tanto, a la acelerada expansión de la enfermedad y el agravamiento de sus consecuencias sociales y humanas.

Prometeo Lucero ( Víctimas de la violencia marchan durante la Caminata por la Paz, el 26 de enero de 2020.

Un efecto notorio de esta politización extrema es la irrelevancia a la que ha sido relegada en Estados Unidos la institución pública técnica encargada de enfermedades emergentes, los Centers for Disease Control and Prevention. En epidemias anteriores, en los escenarios prospectivos para epidemias futuras, así como en incontables películas, esta prestigiosa agencia del gobierno era clave para el desarrollo de políticas basadas en la ciencia para enfrentar este tipo de peligros. En esta pandemia, en cambio, ha sido silenciada a tal grado que no ha podido ayudar a una gestión organizada de la emergencia ni a un manejo científico y racional de la incertidumbre. Es tal el grado de politización de la información en nuestro mundo, el mundo de la “posverdad”, que incluso ha conducido a la neutralización de las capacidades tecnocráticas del Estado en esa nación, basadas antaño en ideas de verdad y de consensos científicos compartidos.

La sociedad del riesgo

En su libro, ya clásico, La sociedad del riesgo mundial, Ulrich Beck (2008) anticipó que nuestras sociedades contemporáneas se definirían cada vez más por la manera en la que gestionaban los riesgos enfrentados por sus poblaciones: riesgos económicos, sociales, ambientales, epidémicos, naturales. Los grupos privilegiados pueden reducir su exposición a estos peligros con mecanismos y herramientas de protección propios, y porque gozan también de una mayor protección estatal. En cambio, los grupos marginales carecen de los mismos recursos y quedan más expuestos. La mayor vulnerabilidad a la criminalidad, la contaminación, los desastres naturales y las crisis económicas acentúa, a su vez, la marginalidad de estos grupos y genera una creciente indefensión. Como ha mostrado Mbembe (2003) en su análisis de la necropolítica contemporánea, el racismo y otras formas de discriminación contribuyen a esta desigualdad, pues naturalizan la vulnerabilidad, la muerte de las mujeres, los grupos racializados, los extranjeros... Desde sus diferentes perspectivas, tanto Mbembe como Beck muestran cómo en el mundo actual la política se trata cada vez menos de repartir beneficios, riqueza, crecimiento, bienes, prosperidad; y cada vez más de cómo repartir riesgos, vulnerabilidad y muerte entre la población.

Como veremos a lo largo de este análisis, la pandemia de Covid-19 ha acentuado esta desigualdad dramática de las sociedades contemporáneas. Por ello, no sorprende que la desigualdad de sus impactos y de los riesgos que acarrea se haya convertido en un tema álgido de la disputa científica y política.

La pandemia y la red global

Se puede decir que, en una paradoja trágica pero también predecible, la pandemia de Covid-19 es la realización última del proceso de integración económica, tecnológica y social que hemos llamado globalización. Ya en la década de 1990, el geógrafo brasileño Milton Santos (2000) señalaba que nuestro mundo contemporáneo se caracterizaba por una creciente integración y racionalización que se extendía por todo el planeta y estaba a punto de conseguir la transformación de casi todos los ambientes naturales en ambientes tecnificados y racionalizados, en función de la división del trabajo impuesta por el sistema capitalista mundial. Lo más probable es que la transmisión zoonótica del nuevo virus SARS-CoV-2 haya sido resultado de la perturbación de ecosistemas en China, como fenómenos equivalentes en África y Latinoamérica han producido otras transmisiones de enfermedades de animales a humanos. Dicha disrupción no es tanto un resultado de la conservación de costumbres “primitivas”, como algunos han definido el consumo de animales silvestres en China, sino que debe ser entendida como parte de los fenómenos globales, como la extensión depredadora de la frontera agrícola, la expansión del extractivismo en busca de recursos naturales escasos o la comercialización intensiva de especies raras.

Por otro lado, la rapidez con la que se propagó la epidemia, primero en China y luego en todo el mundo, se puede atribuir a la intensidad de los flujos que caracterizan el sistema global: movimientos masivos de personas por razones laborales, recreativas y familiares; movimientos de grandes volúmenes de mercancías, y flujos incesantes de capitales. El virus se aprovechó de la existencia de la densa red de transportes que conecta el mundo -aviones, trenes de alta velocidad-, por eso no sorprende que haya atacado en primera instancia a los miembros de la elite globalizada, esa pequeña minoría de seres humanos que utiliza de manera desproporcionada las redes de transporte y habita, como muchos de ellos presumen, en un hiperespacio global que anula las fronteras (Bauman, 2001). En enero, el virus brincó de congresos internacionales a estaciones de esquí, se subió a jets privados, llegó a sitios de vacaciones de lujo y eventos particulares con invitados internacionales. Pronto, sin embargo, siguió caminos menos privilegiados, pues se distribuyó también entre las comunidades diaspóricas de inmigrantes, ya sea legales o sin papeles, que ocupan una posición diametralmente opuesta a la de las elites en el orden global. En este contexto de flujos incesantes y vertiginosos, la dispersión planetaria de la pandemia era casi inevitable, por la misma razón por la que era inevitable que el proceso de extensión de esta red hasta los últimos ecosistemas relativamente inalterados del planeta produciría, tarde o temprano, una epidemia de este tipo. En otras palabras, la pandemia de 2020 es el ejemplo más dramático de cómo hemos hecho desaparecer las diferencias entre naturaleza y cultura, entre lo humano y lo no humano (Latour, 1993).

A su vez, la reacción de los Estados-nación ante esta nueva enfermedad también estuvo determinada por la tecnificación y densificación de las redes de intercambio analizada por Santos (2000). Cuando, en febrero, el gobierno de la República Popular China implementó las medidas de confinamiento masivo de la población de Hunan, y luego de la mayor parte de su territorio, la reacción internacional fue de sorpresa, por la magnitud y profundidad de estas restricciones, que impedían el movimiento de las personas y paralizaban la actividad económica. Esto era algo sin precedente en el mundo contemporáneo. Sin embargo, unos cuantos meses después casi todos los países del mundo las han replicado de una manera u otra, pues era la única forma de detener el crecimiento acelerado de la epidemia y la resultante saturación de los hospitales. No obstante, es importante reflexionar acerca de que esta solución sólo fue posible debido a la existencia de las densas redes de comunicación digital y distribución a distancia, así como de la creciente digitalización del comercio y las actividades laborales. Medidas de este género hubieran sido inviables hace apenas dos décadas, pues hubieran provocado el colapso de las redes de distribución de productos de primera necesidad y la paralización de la inmensa mayoría de las actividades productivas y educativas; hubieran puesto en riesgo la supervivencia misma de la sociedad. Lo más sorprendente de 2020 es que una medida tan radical como el confinamiento generalizado no haya tenido efectos inmediatos tan drásticos, aunque sí tendrá costos económicos inmensos.

En este sentido, observamos un efecto contradictorio en la relación entre el nuevo virus y la red global tecnificada. Por un lado, la epidemia y las medidas de contención amenazan elementos clave del funcionamiento de la economía capitalista y ponen en entredicho la continuidad y el funcionamiento de espacios esenciales para la reproducción del orden social. Por el otro, han acelerado de manera vertiginosa el desarrollo de la red digital y el proceso de sustitución de flujos materiales y desplazamientos humanos por la circulación de datos electrónicos.

Esta transformación, que se antoja mucho más que temporal, aparece de manera muy clara en dos imágenes emblemáticas de nuestra vida bajo la pandemia: por un lado, los medios electrónicos publican fotografías de aeropuertos y estaciones de trenes casi abandonados, u ocupados muy por debajo de su capacidad, como símbolo de una desaceleración sin precedentes de los flujos de transporte fundamentales para la economía capitalista global; por el otro, tenemos una auténtica explosión de los eventos privados y públicos, políticos y académicos, por medio de los sistemas de conferencias remotas, de modo que los mosaicos de rostros comunicados por internet se han convertido en una realidad cotidiana e incluso en nuestra nueva forma predominante de interacción social.

Prometeo Lucero ( Barrendero de la Ciudad de México realiza su labor en la avenida Reforma, 19 de octubre de 2020.

En los primeros tiempos de la pandemia, muchos observadores compartimos la impresión de que el mundo se había detenido; de que esta crisis sanitaria había logrado parar en seco la maquinaria de acumulación y tecnificación, de incorporación incesante de personas y seres, de degradación permanente de ecosistemas y formas de vida. Era algo que anteriormente parecía incapaz de aquietamiento. Pero en muchos sentidos ha sido así, como lo discutiremos más adelante. Al mismo tiempo, se hace evidente que la crisis ha desatado procesos de aceleración en otros ámbitos y en el futuro nos enfrentaremos a una realidad aún más escindida, entre los espacios altamente tecnificados y funcionales del nuevo contexto y los espacios que hayan quedado rezagados por diversas razones. Las aceleradas transformaciones impuestas por la Covid-19 profundizarán y transformarán la brecha digital - digital divide- que ya afectaba a todas las sociedades del mundo: la distinción entre los grupos que tienen acceso a las tecnologías de información y comunicación, y se benefician de ellas o las padecen, y los grupos que no tienen acceso a ellas y sufren una marginación creciente respecto de cierto número de actividades y oportunidades. En suma, la Covid-19 parece haber intensificado las contradicciones que ya existían en nuestra vida social, al provocar dislocaciones más dramáticas. A continuación exploraremos estas dislocaciones en sus dimensiones temporales y espaciales.

Dislocaciones temporales

Al discutir las dislocaciones que ha provocado la pandemia de Covid-19 debemos tener en cuenta que la evolución de esta enfermedad novedosa, así como sus impactos en la economía, la sociedad y las formas de gobierno, no deja de sorprendernos semana a semana, de modo que cualquier afirmación o evaluación al respecto corre el riesgo de hacerse obsoleta en unos cuantos días. Más allá de esta salvedad, parece cada vez más claro que los efectos de esta pandemia se distribuyen de manera profundamente desigual, siguiendo las bien acendradas líneas de injusticia social y racismo que dividen a nuestras sociedades. Al mismo tiempo, en el desarrollo de la pandemia y de sus consecuencias se puede reconocer una compleja interacción entre lo global, lo nacional y lo local. El primer nivel explica la sorprendente unidad de muchos de sus impactos a lo largo y ancho del mundo; el segundo determina sus particularidades en cada Estado-nación; el tercero, las características que adquiere en localidades más específicas. Santos (2000) ha mostrado que estos niveles se articulan de manera compleja, de acuerdo con lógicas diversas. A su vez, David Harvey (2006a) ha explorado la manera en la que estas diferencias producen la desigualdad geográfica y económica bajo el capitalismo, y también bajo la pandemia, como veremos en su oportunidad.

Las dislocaciones temporales

Los impactos de la pandemia de Covid-19 se sintieron de manera singularmente rápida y dramática en todo el mundo. La emergencia de un virus desconocido, su veloz expansión de país a país y la creciente evidencia de su virulencia y letalidad han significado un choque epidemiológico tan súbito como brutal. La ausencia de inmunidad frente a este nuevo patógeno colocó a toda la humanidad en una situación de vulnerabilidad sin precedentes. El impacto epidemiológico ha sido mucho más rápido que el de otros patógenos, como el VIH-Sida, que tardó mucho más en ser reconocido y en expandirse. La Covid-19 ha alcanzado en poco tiempo una escala planetaria, en contraste con el ébola y el SARS-CoV, debido a que tiene una tasa de contagio mayor. Además, parece ser una enfermedad más impredecible, virulenta y letal que las influenzas estacionales con las que se le comparó en un primer momento. Por estas razones, en principio, amenaza a todos los sectores de la sociedad, aunque cada vez resulta más claro que su incidencia, y sobre todo su gravedad, son profundamente desiguales.

Esta epidemia marcó un rompimiento radical en el tiempo. Separó de manera tajante el mundo antes del virus-con su movimiento incesante de personas en los ámbitos locales, nacionales y global, con la inercia vertiginosa de sus relaciones económicas y sociales, marcadas por una expansión y aceleración incesantes; y el mundo con el virus, en el que esta aceleración parece haberse detenido y los movimientos se han suspendido o se han hecho mucho más difíciles. Este rompimiento marcó la diferencia entre dos momentos en el tiempo, al separar el presente de antes y el presente de hoy, y relegar a un pasado irrecuperable, al menos por ahora, muchas de las acciones cotidianas y predecibles que solíamos llevar a cabo. En este sentido, podríamos proponer que la pandemia de Covid-19 ha hecho inviable el régimen de historicidad presentista que imperaba en Occidente desde el fin de la Guerra Fría, según la influyente interpretación de François Hartog (2003: 216).

La conceptualización de nuestro presente pos-Covid-19 como una interrupción busca salvar este rompimiento; lo que ofrece es volver al pasado, restaurar los ritmos, flujos y movimientos de la red global anteriores a la epidemia. Los lemas banales acuñados por los políticos hablan siempre de una vuelta atrás: “volver a la normalidad” -back to normal-, “regresar a la grandeza” -transition back into greatness-, cuando hace tan sólo unos meses siempre hablaban de ir hacia adelante, de avanzar hacia el futuro (Gumbrecht, 2014). Ésta ya es una alteración significativa en nuestro cronotopo histórico -la forma como concebimos el tiempo y el espacio en relación con el devenir humano- pues pone al revés la configuración temporal progresista que imperaba hasta ahora, configuración que concebía el tiempo y la historia como un avance constante, e imposible de detener, hacia el futuro (Navarrete, 2004).

Por otro lado, la vuelta al pasado es ilusoria. Casi todos los actores políticos, pero también los actores sociales, están tomando medidas oportunistas o estratégicas para modificar las direcciones y formas de los flujos y relaciones que operaban antes de la Covid-19. Entre las iniciativas estatales se cuentan tanto las restricciones al movimiento de personas a través de sus fronteras, impuestas por los gobiernos autoritarios en Estados Unidos y otros países, como los nuevos mecanismos de monitoreo de los movimientos individuales y colectivos por medio de los teléfonos celulares, aplicados en China, Taiwán, Corea y Singapur, entre otros. El estallido del descontento de los afroamericanos y el auge del movimiento antirracista a principios de junio de 2020 en Estados Unidos debe comprenderse como una iniciativa para que el presente, después de la pandemia de Covid-19, no reproduzca las violencias racistas que caracterizaban al presente anterior; y al mismo tiempo, como una reacción inmediata a la brutal desigualdad racial que la pandemia ha puesto de relieve, pues la Covid-19 mata a los afroamericanos en una proporción doble o triple respecto a otros grupos de la población estadounidense, según revelan diversos estudios preliminares (Millet et al., 2020).

La utilización del término “nueva normalidad” para referirse a la pretendida restauración del pasado inmediato, enfatiza en sí mismo la dificultad de adaptar espacios y prácticas sociales a la nueva realidad, y marca el rompimiento con el presente anterior, que se ha vuelto inalcanzable. En este sentido, parece referirse a una nueva manera de normar, regular y obligar la convivencia social y la vida económica e institucional, mediante la imposición de restricciones, la multiplicación de labores y la desigualdad de riesgos frente al contagio.

Las dislocaciones espaciales

El impacto de la pandemia de Covid-19 se ha sentido de manera particularmente fuerte y visible en las relaciones espaciales que constituían la red global capitalista hasta la crisis actual (Harvey, 2006b). Como ya hemos mencionado, en el ámbito global se ha interrumpido la mayor parte del tránsito de personas, tanto de los miembros de las elites globalizadas como de los trabajadores migrantes, documentados e indocumentados. Estos dos tipos de tránsito constituyen engranes fundamentales del sistema, desde posiciones radicalmente opuestas. El comercio de bienes no se ha interrumpido de la misma manera, pero ha caído debido a dificultades logísticas e impedimentos físicos. En junio de 2020, buena parte de las fronteras internacionales se ha cerrado, incluso en Europa, donde el libre tránsito entre países ya era una realidad establecida y al parecer irreversible. El gobierno de Estados Unidos ha aprovechado la circunstancia para restringir los flujos de inmigración legal y para expulsar a un gran número de inmigrantes indocumentados. En el contexto actual resulta difícil predecir cuándo se volverán a abrir las fronteras y hasta qué grado, y también si volverá permitirse el movimiento libre -o clandestino- de personas, fundamental para la vida económica y social de tantas regiones del mundo. En el ámbito nacional, las medidas de confinamiento han restringido también el libre movimiento entre regiones y provincias; y en el local, en muchos casos, se han tomado medidas coercitivas para impedir la circulación de personas en los espacios públicos. En Estados Unidos, además, estas medidas se han implementado de acuerdo con una lógica racista, pues han recaído de manera más violenta y persecutoria sobre los afroamericanos y otras minorías.

El resultado es que buena parte de la infraestructura de transporte aéreo y terrestre que las sociedades modernas han expandido y modernizado de manera tan consistente, y a costos económicos y ambientales tan altos, se encuentra paralizada u operando a una proporción muy baja de su capacidad habitual. No en balde las fotos que muestran vacíos y detenidos estos espacios altamente funcionales, antes atestados y siempre ritmados por una temporalidad acelerada, se han convertido en un icono de la parálisis que define la actual situación, que si bien es transitoria, pues es de esperarse que se reanuden de manera gradual los desplazamientos que regían nuestra vida cotidiana, social y económica, apunta, sin embargo, a un impacto mayor de la epidemia en la organización espacial de la vida social.

Desde hace más de dos siglos, el orden capitalista emergente y las instituciones estatales modernas han funcionado con base en el diseño, la construcción y la utilización de espacios públicos y privados de grandes dimensiones, regulados con precisión, organizados de acuerdo con reglas temporales muy estrictas y atravesados por prácticas disciplinarias y de poder. En ellos se concentraban grandes cantidades de personas que cumplían funciones sociales fundamentales para la reproducción social: trabajadores físicos e intelectuales, consumidores y usuarios de transporte, estudiantes y oficinistas, enfermos, presidiarios, ancianos, etc. Las fábricas y oficinas, las escuelas y universidades, los hospitales y asilos, los centros comerciales y restaurantes, los sistemas de transporte colectivo, incluso los cuarteles, prisiones y campos de concentración funcionaban por medio de la densificación de los cuerpos para poder regular espacial y temporalmente su movimiento y su actividad. La eficiencia económica y la necesidad de control recomendaba que estos espacios reunieran la mayor cantidad de personas posible. Ya fuera que estuvieran construidos para proteger y dar satisfacción a los consumidores ricos, para organizar la producción industrial en un esquema fordista, para educar a las elites del futuro o a la masa de población en universidades o escuelas, para exterminar a una población racializada o para confinar a los delincuentes, todos estos espacios requerían que los cuerpos circularan con la mayor cercanía posible para funcionar en forma adecuada.

En Vigilar y castigar, Michel Foucault (1984) hizo una brillante arqueología de la constitución de estos espacios disciplinarios y la manera como han normado nuestros cuerpos y mentes, al acostumbrarnos a trabajar, aprender, comprar, transportarnos y satisfacer nuestros deseos siempre en relación con las complejas infraestructuras arquitectónicas, tecnológicas y de vigilancia que regulan nuestra vida social; siempre obedeciendo -o violando- reglas y protocolos, horarios y barreras para la utilización de nuestros espacios compartidos. La naturaleza de estos espacios podía variar. Como toda nuestra sociedad, los espacios disciplinarios estaban profundamente estratificados y durante mucho tiempo, incluso en el presente, segregados u organizados de acuerdo con criterios racistas. Por ejemplo, en Estados Unidos, Ruth Wilson Gilmore (2007) ha puesto en claro cómo los afroamericanos han sido sometidos a diversos regímenes disciplinarios en espacios como las plantaciones industriales, bajo el esclavismo tardío; las prisiones y los grupos de trabajo forzoso encadenados -chain gangs-, bajo las leyes Jim Crow; hasta el actual régimen de segregación residencial, criminalización, violencia policial y encarcelamiento masivo.

El SARS-CoV-2 ha aprovechado esta cercanía corporal para propagarse y ha colonizado de una manera u otra estos espacios. Ha sido particularmente contagioso y letal en aquellas instituciones en las que se confinaba a las personas contra su voluntad o por razones médicas. Las muertes masivas en las casas de ancianos en Europa y Estados Unidos lo comprueban, al igual que el impacto de la epidemia en las hacinadas residencias de inmigrantes en Singapur. Es alarmante que tengamos tan poca información sobre el desarrollo de la Covid-19 en las poblaciones carcelarias, en particular en Rusia, Estados Unidos y Brasil, países que han recluido a proporciones de su población cada vez más altas, y en muchas ocasiones, de manera racializada. Los brotes de Covid-19 en los mataderos industriales son otro ejemplo del peligro que implican las aglomeraciones asociadas a la organización industrial fordista.

De manera menos cruenta, pero no menos eficaz, el SARS-CoV-2 ha forzado la clausura temporal de la mayoría de los espacios disciplinarios, desde los teatros hasta las iglesias, desde las universidades hasta los centros comerciales, desde las escuelas hasta los gimnasios, desde los “antros” -clubes nocturnos, discotecas, bares- hasta los parlamentos. Por ello, resulta claro que en el futuro tendrán que reorganizarse de manera radical, para reducir y regular el flujo de su concurrencia de acuerdo con reglas cronotópicas aún más estrictas, y sobre todo, más excluyentes. Estas alteraciones no sólo pondrán en riesgo su funcionamiento económico, que se basa en la densificación, sino también su funcionamiento social, en especial si tomamos en cuenta que estos espacios no sólo cumplen los objetivos oficiales para los que fueron diseñados, sino también muchos otros, que surgen de la convivencia cercana de los participantes. Por ejemplo, las escuelas y universidades tendrán que reducir sus actividades presenciales para limitar el flujo de estudiantes, y mantendrán buena parte de sus actividades en línea. Más allá de que las expectativas y los resultados académicos de los estudiantes y profesores tendrán que modificarse en este contexto, ¿cómo se recuperará la socialización entre los alumnos y la creación de redes de amistad y solidaridad entre ellos? ¿Cómo se organizaron los movimientos estudiantiles que habían cobrado tanta fuerza en los últimos tiempos? Los retos enfrentados por iglesias, universidades, oficinas, fábricas, sistemas de transporte colectivo, centros comerciales, lugares de entretenimiento y otros muchos serán inmensos y requerirán incontables ajustes. La reducción de la densidad e intensidad de uso de los espacios afectará su funcionamiento práctico y pondrá en riesgo su viabilidad económica; también se modificará su relación con el entorno social. Es probable que al seguir los nuevos criterios sanitarios y económicos se acentúen sus dimensiones discriminatorias, y en muchos casos, se vuelvan más excluyentes. Por otro lado, las protestas contra el racismo de junio de 2020, que han emergido con tanta fuerza, son una señal de que los afroamericanos en Estados Unidos, así como los grupos racializados y marginalizados en otros países, no quieren que los nuevos espacios pos-Covid-19 reproduzcan la “vieja normalidad” de segregación y violencia que caracterizaba a los espacios sociales anteriormente. Por ello, se puede anticipar que muchos de los ensayos de reconfiguración serán conflictivos, pues deberán atender, además, demandas de justicia y de eliminación de la discriminación, en condiciones de disminución de la actividad económica y bajo restricciones sanitarias.

En las sociedades del tercer mundo, por si fuera poco, estas instituciones formales y lugares de diversión estaban acompañadas, rodeadas y complementadas por un enjambre de actividades y espacios informales, como el comercio callejero. Sin duda, será todo un desafío tratar de recuperar de manera sostenible y segura este complejo tejido espacial y social, tan importante como el formal, debido a que incorpora grandes cantidades de personas y tiene muchas funciones complementarias a las de los espacios formales. Se pueden anticipar situaciones en las que estas actividades complementarias no se regularán ni normalizarán, sino que se designarán como una amenaza epidemiológica y se buscará su supresión por medio de una represión activa.

Prometeo Lucero ( Ahorradores defraudados por el Banco Ahorro Famsa se manifiestan, Ciudad de México, 20 de octubre de 2020.

Existe la esperanza de que, en un futuro no muy lejano, con el desarrollo de vacunas y tratamientos contra el SARS-CoV-2, junto con la inmunización de una mayor parte de la población, se reduzca la amenaza de contagio y estos espacios racionalizados y disciplinarios puedan regresar a su funcionamiento “normal” anterior. Sin embargo, todo depende, en primer lugar, de la extensión de este periodo anormal. Cabe suponer que mientras más se prolongue, más profundos serán los cambios que producirá y más difícil o indeseable será deshacerlos posteriormente. Pero aun si resultara breve, al grado de que pudiera considerarse una pausa, este periodo especial habrá desatado transformaciones y acelerado transiciones irreversibles.

En estos meses ha quedado cada vez más claro que, al tiempo que ha provocado una abrupta interrupción de las prácticas y del funcionamiento de los espacios organizados alrededor de la concentración corporal, la pandemia de Covid-19 ha acelerado de manera notable las prácticas y los espacios organizados alrededor de la comunicación digital y la dispersión física de las personas, al favorecer las actividades a distancia. No sólo los salones de clase y las reuniones sociales han sido sustituidos por plataformas de videoconferencias, también el comercio en línea ha ganado presencia frente a las viejas formas de venta -por ejemplo, la entrega de comida a domicilio ha sustituido las ventas en restaurantes-; y el trabajo en casa ha remplazado el trabajo en la oficina en muchos ramos. Desde antes de la pandemia, varias de estas actividades ya estaban en proceso de dejar atrás sus espacios físicos tradicionales, pero esto se ha precipitado y será difícil revertirlo, sobre todo si la reanudación de las actividades en los espacios tradicionales se dificulta y se retrasa.

El auge de las actividades remotas vía digital implica una reorganización profunda de los espacios sociales. En primer lugar, establece una segregación permanente entre dos tipos de espacios y dos tipos de actores humanos. Por un lado, designa a los hogares como espacios seguros de trabajo, donde se realizan las actividades económicas de mayor valor agregado y prestigio, y las funciones de reproducción física y social de las familias; por el otro, crea otros espacios externos de distribución y logística, mucho menos seguros, que permiten que funcionen los primeros. Se crea así una nueva división espacial del trabajo y una repartición desigual del riesgo entre los trabajadores relativamente privilegiados, que pueden realizar sus funciones en lugares cerrados y seguros, y los trabajadores no privilegiados, que han sido designados “esenciales” y deben correr los riesgos de transitar por el espacio público. Latour (2020) ha señalado que en Francia y otros países europeos esta segregación ha hecho más visibles que nunca las diferencias de clase, y estas diferencias, además, están profundamente racializadas.

Es probable que las movilizaciones de junio contra el racismo y la violencia policial en Estados Unidos y otros países tengan que ver con esta nueva división espacial del trabajo y el riesgo. El lema de la movilización: “I can’t breathe” -no puedo respirar-, que reproduce las trágicas palabras de George Floyd antes de caer víctima de un linchamiento policiaco, describe muy bien la situación de los grupos racializados y pobres en Estados Unidos y Latinoamérica. Estos grupos no pueden respirar porque el coronavirus los afecta y mata a tasas mucho mayores que a los grupos blancos y privilegiados. No pueden respirar porque los espacios domésticos en los que podrían refugiarse son insalubres y hacinados; porque viven en zonas con mayor contaminación ambiental, que aumenta el riesgo epidemiológico. No pueden respirar porque muchos han perdido sus trabajos y cuentan con pocos o nulos apoyos sociales, que en Estados Unidos están vedados a los inmigrantes indocumentados y sus familias, aun cuando sean ciudadanos. Por eso tienen que salir a buscar trabajo, o como George Floyd, intentar canjear sus vales de comida -food stamps-, lo que los expone a la violencia policial y al peligro de contagio. Otros son los trabajadores esenciales, que no se pueden dar el lujo o no tienen permiso de guarecerse, pues la primacía de su función social subordina su propia seguridad individual.

Para los que ocupan los espacios de aislamiento, la nueva configuración espacial implica una redefinición radical del ámbito doméstico. En los últimos años este espacio había perdido muchas de sus funciones sociales y se había convertido fundamentalmente en un lugar de consumo y descanso, pues las funciones sociales se realizaban en espacios públicos y colectivos. El ámbito doméstico era el sitio en el que se llevaban a cabo las tareas de cuidado indispensables para la reproducción física de las familias, y estas tareas mantenían una estricta división por género. Las del hogar eran generalmente invisibles y no remuneradas, o delegadas a empleados domésticos. Ahora este espacio muestra un alto grado de compresión, pues debe cumplir la mayor parte de las funciones realizadas por las instituciones disciplinarias puestas en pausa: escuelas, oficinas, tiendas, teatros, restaurantes, etc. Esta compresión espacial y funcional se refleja en una compresión equivalente de los papeles sociales, pues las mujeres y los hombres en aislamiento deben cumplir, o al menos complementar, las funciones que antes cumplía una gran variedad de especialistas en espacios muy diversos: proveedores de cuidado, maestros de primaria, administradores de oficina, cocineros, proveedores de servicios, etc. Como se ha observado, la cuarentena multiplica las demandas de trabajo profesional, educativo y doméstico, en particular para las mujeres. También ha exacerbado los conflictos de género en torno a la división del trabajo. Esto permite anticipar que el nuevo espacio doméstico, comprimido y transformado en un espacio profesional, escolar y recreativo, y en el sitio clave para la reproducción social, se convertirá en teatro de disputas familiares y sociales. Las unidades familiares deberán negociar en su interior múltiples demandas, algunas de ellas incompatibles e imposibles de conciliar, puesto que provienen de aquellas instituciones sociales clave que los hogares requieren para reproducirse y dependen del trabajo no siempre remunerado de sus miembros.

Los espacios digitales

Los espacios de comunicación e intercambio digitalizados, que ya ganaban creciente importancia y peso en la vida social desde antes de la pandemia de Covid-19, se han colocado ahora en el centro de la convivencia y la economía. Han sustituido, con mayor o menor éxito, y con menos o más fricciones, un número creciente de espacios físicos, educativos, laborales, comerciales y recreativos. El cambio, en términos de nuestras experiencias espaciales, es profundo, incluso revolucionario: en vez de que nuestros cuerpos se desplacen para encontrarse con otros cuerpos en los espacios disciplinarios, ahora una buena porción de la población permanece quieta y las redes digitales, sobre todo internet, les permiten interactuar con otras personas igualmente recluidas.

Para analizar esta abrupta transición es imperativo reconocer, en primer lugar, que las redes digitales son también espacios físicos, es decir, infraestructuras técnicas instaladas y centralizadas. Como los espacios disciplinarios anteriores, su organización obedece a los intereses verticales de las grandes corporaciones e instituciones estatales. Funcionan también por medio de una muy desigual división del trabajo en sitios físicos muy diversos: desde espacios corporativos en los cuales los trabajadores intelectuales que las diseñan reciben la mayor cantidad del valor agregado y generan grandes ingresos, hasta las enormes granjas de servidores, que consumen tanta energía como pequeñas ciudades, y los campos de trabajo digital, en los que prisioneros chinos o empleados precarizados en Bangladesh realizan los trabajos manuales de la red; desde el diseño de los juegos para acumular puntos en línea, destinados a los jugadores más ricos, o la redacción de reseñas imaginarias de restaurantes, hasta los centros de monitoreo masivo que se encargan de la vigilancia de estos espacios de acuerdo con las prioridades corporativas y estatales. Los algoritmos digitales que rigen nuestra vida en forma creciente, es decir, esos seres secretos e infecciosos como el SARS-CoV-2, deben buena parte de su fuerza al trabajo de incontables personas.

En este sentido, la transición que estamos experimentando no es entre un espacio físico y uno virtual; la diferencia reside en la manera en la que se articulan los cuerpos y la infraestructura. Por ello, pasar de espacios menos regulados a más regulados tampoco constituye necesariamente una pérdida de libertad. No hay que olvidar que los grandes espacios institucionales de la modernidad también eran ámbitos con una fuerte carga disciplinaria y de vigilancia, y ya desde hace tiempo habían establecido una consonancia con los espacios de vigilancia y control digital, de modo que los límites entre unos y otros eran cada vez más difíciles de establecer.

Tampoco me parece que se trate de un enfrentamiento entre las democracias occidentales, más apegadas a la libertad individual, y los Estados asiáticos, más tecnocráticos y autoritarios, como ha propuesto Byung-Chul Han (2020). Tanto los países occidentales como los asiáticos llevan décadas de vigilar a sus poblaciones por medios digitales, o al menos de hacerlo con las poblaciones de otras naciones.

Prometeo Lucero ( Personas participan en una protesta en el zócalo de la Ciudad de México, 21 de octubre de 2020.

Esto no significa negar que la reacción a la pandemia de Covid-19, las dislocaciones económicas provocadas por ella y los conflictos en los espacios públicos y domésticos apuntan a una aceleración y expansión de la vigilancia individualizada y colectiva, así como del control ejercido por el Estado y las corporaciones. En este caso, la justificación es la seguridad frente a la epidemia, un imperativo sin duda considerable. No obstante, el punto consiste en determinar a qué intereses servirá y qué tan eficaz resultará para proteger a la población marginada y racializada, que ya se enfrenta a los mayores riesgos. Sin duda, esto se perfila como una de las grandes disputas entre los Estados-nación para los años entrantes.

Por otro lado, la batalla no será entre el Estado y algunos intelectuales europeos en posiciones de privilegio, quienes, como Giorgio Agamben (2020), han alzado la voz para lamentar la pérdida de libertades y denunciar el surgimiento de un nuevo orden de vigilancia. Estos argumentos, más allá de su verdad subjetiva, no reconocen que buena parte de las mujeres y los hombres racializados y precarizados en sus propios países ya vivía, desde hace tiempo, bajo la tiranía de regímenes de exclusión, vigilancia y violencia. La lucha se dará en la calle, en los espacios de riesgo, y correrá a cargo de estas mayorías marginadas y expuestas ahora al riesgo incrementado del contagio y la muerte. Desde la perspectiva de junio de 2020, todo parece indicar que estas mayorías no se quedarán calladas.

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Recibido: 01 de Julio de 2020; Aprobado: 10 de Agosto de 2020

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