Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza, que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado. Y ahora cabe esperar que el otro de los dos “poderes celestiales”, el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace? (Freud, 1992: 140).1
Evento crítico y “descotidianización”
Este artículo es una cartografía incompleta, como suele pasar con el análisis de cuestiones que todavía se están desdoblando, con las prospecciones de situaciones movedizas y en constante cambio. Pero hay un sólido consenso acerca de que la pandemia de enfermedad por coronavirus 2019 (Covid-19) ha hecho al mundo parar de una manera sin precedentes en la historia humana. Los acontecimientos extraordinarios suelen ser de interés para las ciencias sociales, por diversos motivos. Tal vez el más relevante sea su capacidad de sacar a la luz relaciones estructurales, contradicciones, posibilidades de futuro y de cambios u osificación de la vida social, política y económica. Éste es uno de los temas que consideraré tras hacer el esfuerzo de comprender otra de las principales características de los acontecimientos extraordinarios: provocar rupturas de los ritmos cotidianos de reproducción social para situarnos en momentos liminales, es decir, de confusiones clasificatorias y comportamentales, entre un pasado de rutinas y, como ocurre en el caso que nos interesa, un presente y un futuro lleno de incertidumbres. También exploraré cómo las ciencias sociales reaccionaron a esta situación inusitada.
De hecho, considero que la pandemia de Covid-19 es un “evento crítico”, de acuerdo con la expresión creada por la antropóloga hindú Veena Das (1995) para designar hechos que suponen una ruptura en la continuidad temporal de la reproducción de la vida, la ausencia de sentidos adecuados para comprender la nueva situación y la necesidad de crear nuevos modelos interpretativos. Los eventos críticos tienen la capacidad de generar nuevas formas de acción y sentidos de lo político, y de transformar identidades (Vecchioli, 2000). Añadiría que también producen una intensa “descotidianización”.
Los agentes sociales se encuentran “descotidianizados” cuando no logran reproducir su cotidianidad, voluntaria o involuntariamente (Lins Ribeiro, 1989). La importancia de la cotidianidad en la vida social fue explorada por Anthony Giddens (1984), quien planteó que la “conciencia práctica” es una de las dimensiones fundamentales para la formación del sujeto humano. La conciencia práctica es el conocimiento tácito que todos adquirimos por medio de la repetición y la naturalización de comportamientos, interacciones, actividades, lugares y movimientos cotidianos. Así, dejamos de monitorearlos porque su familiaridad y previsibilidad son indicativas de que no representan peligro para nuestra “seguridad ontológica” -para Giddens, una dimensión del sujeto humano que significa, en pocas palabras, lo rutinario-. Las rupturas de lo cotidiano, la exposición del sujeto a lo imprevisible, implican la problematización de la conciencia práctica y abren un espacio diferente al de la vida social, subjetiva e incluso cerebral, toda vez que nuestros cerebros registran nuestros comportamientos rutinarios en caminos neuronales que tienden a estructurarse. La pérdida de la conciencia práctica produce un extrañamiento y una necesidad de restaurar la cotidianidad en pro de la previsibilidad y la disminución del gasto de energía que significa monitorear todo y a todos, todo el tiempo (Lins Ribeiro, 1989).2
“Descotidianización” del mundo
El periodo de aislamiento provocado por la pandemia ha significado una descotidianización masiva, sin precedentes a escala global. Muchos tuvieron que dejar de ir a sus lugares de trabajo, sus escuelas e iglesias; tuvieron que dejar de ver a sus amigos y familiares. El 24 de marzo de 2020, el periódico británico The Guardian informó que 1 700 millones de personas, cerca de un quinto de la población mundial, estaba encerrada en sus casas (Davidson, 2020). El 3 de abril, el canal de televisión Euronews presentó números aún más impresionantes: 3 900 millones de personas, la mitad de la humanidad, estaba sujeta a cuarentena (Sandford, 2020).
Como en todo proceso de descotidianización, los efectos del evento crítico se sintieron con mayor intensidad en sus primeros momentos, cuando nuestras conciencias prácticas se estaban reconstruyendo con la internalización de nuevas rutinas. Así, los acontecimientos se tornaron más visibles y llamaron la atención de los agentes sociales, que trataron de domesticar y naturalizar la nueva cotidianidad en espera de que advenga una “nueva normalidad”. De hecho, los eventos críticos y periodos de descotidianización problematizan la experiencia social, propician hallazgos y generan intuiciones e interpretaciones que suelen ser mezclas de lo viejo con lo nuevo. Pero, al contrario, también pueden propiciar crisis cognitivas.
Los efectos de la pandemia en los sujetos se presentaron de diversas formas. Con un “enemigo invisible”, el miedo se instaló globalmente (Lins Ribeiro, 2020). Pasamos a vivir una diseminación ampliada del temor a la muerte, con una fuerte paranoia desestabilizante para algunos. La relación entre pureza y peligro se transformó; se presentó de forma generalizada y evidente en todas las sociedades. Se construyeron nuevos espacios liminales, nuevas fronteras entre la casa y la calle que necesitaban ser mantenidas por métodos sanitarios de purificación. Las técnicas corporales de higiene se intensificaron y se redefinieron los límites entre los cuerpos y las cosas. La nueva cotidianidad de la cuarentena incluyó métodos más eficaces para lavarse las manos y formas apropiadas de toser y estornudar; no tocarse el rostro; el uso del gel de alcohol -sus botellas se volvieron ubicuas-, y la necesidad de desinfectar profundamente los ambientes.
El “otro” desconocido, siempre una amenaza potencial para nuestra seguridad básica, ahora pasó a ser también un vector de contaminación. Dejamos de ser personas y nos transformamos en peligrosos contenedores de virus. Una macabra contabilidad de la muerte se instaló en todo el globo, así como en los ámbitos nacionales y locales, incrementando la paranoia y el poder del Estado y de la ciencia sobre los cuerpos de los ciudadanos. Funerales masivos, sin derecho a la expresión de duelo por parte de parientes y amigos, produjeron imágenes que hicieron recordar tragedias resultantes de megadesastres, masacres y guerras, cuando no hay tiempo para disponer de los cadáveres del modo apropiado. La presentación del yo -self- cambió para todos. Los peligrosos pasaron a ser los que no usan máscaras o tapabocas. Percibimos la importancia del rostro y de los labios para interpretar las expresiones de las personas: ¿cómo recibieron lo que dije?, ¿están serias o sonriendo? Pero el habla pasó a ser fuente de gotitas de saliva que dan fuerza letal a las palabras. Una fuerza física, no metafórica, que tampoco se relaciona con sus propiedades perlocucionarias o psicoanalíticas. La sociabilidad, disminuida de manera considerable por el aislamiento, demandó nuevas reglas de interacción. Ya no es posible saludar estrechando las manos ni mucho menos intercambiando besos, abrazos o cariños. Cuando mucho, un torpe toque de codos. “Su sana distancia”, o la equivocadamente llamada “distancia social”, se transformó en norma e hizo que nos sintamos cada vez más aislados y solos. La saludable empatía producida por el toque o el cariño desapareció o fue restringida. Ojalá los residuos de estos distanciamientos obligatorios no persistan en el mundo pospandemia.
Los espacios urbanos vacíos se tornaron nuevos indicadores del final del flâneur baudelairiano. Ya no era posible pasear por la ciudad, apreciar sus diversos ángulos y estéticas. Los trabajadores de los mercados informales, que típicamente se encuentran en las calles y plazas, fueron los más afectados por el cierre de los espacios públicos. El impacto económico de la cuarentena agravó el problema del desempleo. El hogar, antes símbolo máximo de la privacidad, del abrigo contra la interferencia del Estado y de los empleadores, se transformó en refugio antivirus, en escuela y lugar de trabajo, conectado a muchos otros, en red, por internet.
La crisis profundizó nuevos hibridismos cotidianos; además de romper rutinas, impuso nuevas demandas sobre los espacios y actores de la intimidad familiar. Entre ellos, uno de los más importantes fue la súbita emergencia, con toda su intensidad, del hogar-escuela y el hogar-oficina.3 Probablemente, el sector educacional ha sido uno de los más impactados por la pandemia. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 70% de la población mundial de estudiantes fue afectada por los cierres de las instituciones educativas (Unesco, 2020; Wikipedia, 2020). El hogar-escuela afectó a una enorme cantidad de personas en todo el mundo y reforzó el lugar primordial del espacio público virtual y la hegemonía del capitalismo electrónico-informático. Muchas escuelas y universidades optaron por utilizar las plataformas “gratuitas” ofrecidas por las grandes corporaciones del ciberespacio, en una demostración más de la eficacia de la economía de la carnada, esto es, de la forma de enganchar a los usuarios a los servicios de las grandes corporaciones de internet (Lins Ribeiro, 2018a).
Maestras con diferentes niveles de alfabetización digital tuvieron que adaptar su trabajo rápidamente a las dinámicas impuestas por las aplicaciones y por la enseñanza sin presencia real. Los límites de la educación digital salieron a flote. En los sistemas públicos, las profesoras se encontraron con el drama de la brecha digital, reproductora de desigualdades. En casa, las madres de familia, en particular las que tienen hijas e hijos pequeños, se transformaron en maestras. Muchas tuvieron que acumular esta nueva función sobre los trabajos que hacían a distancia y las tareas domésticas, como cuidar bebés y niños pequeños, cocinar y limpiar la casa. En el mundo académico, por ejemplo, esta nueva sobredemanda que recayó sobre las mujeres ha disminuido su capacidad de producción (Candido y Campos, 2020; Minello, 2020; Viglione, 2020), lo que ha significado una nueva fuente de estrés para las académicas, en especial para las que tienen hijos pequeños, y ha dado más visibilidad al problema de la desigualdad de género en las universidades y centros de investigación.
Es cierto que en el sector educacional ya existía la educación a distancia, diferente de la docencia en línea que se empezó a practicar durante la pandemia. Además de los problemas pedagógicos que la clase virtual significa (Strassler, 2020), la sustitución del trabajo presencial por el trabajo en línea en las universidades también se ha relacionado con la precarización neoliberal de la enseñanza superior. De acuerdo con Mariya Ivancheva (2020), tales prácticas refuerzan divisiones de clase y raciales, y dependen del trabajo precario que hace en el Sur, en su mayoría, un ejército de reserva barato, formado por mujeres y por académicos.
El significado del cierre de las escuelas, del encierro en el hogar-escuela y de la pérdida prolongada de la sociabilidad de los niños, adolescentes y jóvenes con sus pares todavía tendrá que ser evaluado, no sólo en términos educativos sino también psicológicos y nutricionales -en especial, entre los niños que dependen de la alimentación proveída por la escuela-.
El hogar-oficina ya era una realidad para las personas vinculadas a ciertas tendencias de la economía digital, como el crowdsourcing (Bueno, 2018); pero también experimentó una explosión con la reclusión obligatoria provocada por la pandemia,4 que lo convirtió en una novedad o en una experiencia mucho más intensa. La poco conocida centralidad de la práctica laboral en el hogar descotidianizó la vida doméstica, generó tensiones y conflictos marcados por diferencias de género y etarias, algunos de los cuales ya fueron considerados anteriormente. En la opinión de Ruy Braga Neto, en entrevista para Outras Mídias:
El ambiente doméstico no está -[…] ni debe ser- estructurado para favorecer la productividad del trabajo. En general, los trabajadores y los profesionales no están preparados para trabajar en casa al lado de las actividades más tradicionales del hogar. Esto debe causar innumerables problemas relacionados con el sufrimiento psíquico del trabajador y, consecuentemente, con la caída de la productividad del trabajo (IHU, 2020).
El evento crítico también generó una mutación más de la extrema derecha contemporánea, los llamados negacionistas, que tiñeron el extrañamiento ya típico del periodo de cuarentena con excentricidades religiosas y políticas. Por lo general, ellos creen mágicamente que sus vidas van a ser defendidas por alguna entidad sobrenatural, como Jesús, o por un líder político que les salvará de una conspiración de los poderosos. El periódico El País señaló la existencia de “una robusta red de grupos ultraconservadores” pro Donald Trump en Estados Unidos, con fuerte apoyo económico, muy activa en las redes sociales y que apoya a quienes participan en las protestas contra las medidas de confinamiento. Una de las personas entrevistadas por el periodista Pablo Guimón, autor de la nota, afirmó lo siguiente:

Consuelo Pagaza ( Comerciantes atienden a sus clientes detrás de un plástico protector para evitar contagios, Ciudad de México.
No creo que el virus sea tan peligroso como dicen. Hay mucha gente con una agenda oculta. Personas que creen en el socialismo, ambientalistas que quieren cerrar el país porque creen erróneamente que las emisiones de carbono son un problema […]. Satanás está por detrás de todo ello porque quiere un gobierno mundial (Guimón, 2020).
El antropólogo estadunidense Hugh Gusterson (2020) nos recuerda que desde Bronislaw Malinowski, al principio del siglo XX, los antropólogos saben que las personas recurren a la magia cuando se sienten impotentes. Por ello, es predecible que durante la pandemia, cuando todas las interacciones humanas son potencialmente fatales, aumente la influencia de la magia y de las teorías de conspiración. Gusterson ilustra su argumento con ejemplos en Sri Lanka, Filipinas, Francia, Irán y Estados Unidos. En este último país, predicadores evangélicos exploraron el “repertorio cristiano de milagros”, y de esta manera pusieron la vida de muchos fieles en riesgo. Estas representaciones se funden también con una ideología nacionalista, que alaba el “excepcionalismo” estadounidense, y se suman al precepto de que a las personas buenas no les pasan “cosas malas” (Gusterson, 2020). De hecho, en este periodo liminal, la ausencia del miedo a la muerte en grupos específicos hizo que, en varios países, las ideologías de ultraderecha llegaran a un límite y aparecieran como mesiánicas y sacrificiales.
¿Qué revela la pandemia de Covid-19?
Exploraré a continuación algunas de las cuestiones estructurales que el evento crítico ha traído a la luz. Empezaré por considerar la interconexión global. Hoy queda fuera de toda duda que el achicamiento del mundo producido por la compresión del espacio-tiempo (Harvey, 1989) es un fenómeno capilar que liga todos los lugares del mundo con sus idiosincrasias culturales, sociales, políticas, ambientales y epidemiológicas, formando una malla planetaria. Si lleváramos el proceso de propagación del coronavirus al paroxismo, podríamos llegar a decir que todos los individuos del mundo estamos conectados. El consumo de un animal exótico por una o unas pocas personas en una ciudad china ha originado una pandemia que ha puesto a todo el mundo en un estado crítico inusitado. Esto nos lleva a recordar la máxima del pensamiento ambientalista de la década de 1990: piense globalmente, actúe localmente. La máxima enfatiza el hecho de que todos somos individualmente responsables por la suerte del planeta y dondequiera que actuemos hay que considerar las posibles repercusiones de nuestros actos.
El mundo de las interconexiones, un tema clásico del análisis de la globalización (Wolf, 1982), no es sólo una metáfora del capital financiero o de las compañías interesadas en la diseminación de internet; es una realidad de la condición de la especie humana globalizada, en la cual los virus y bacterias se difunden a una velocidad tan grande que ponen en riesgo la propia existencia del Homo sapiens como especie. Frente a los peligros de la actual movilidad exacerbada, la respuesta fue controlar la circulación de personas y buscar la solución para la pandemia en el aislamiento. Al mismo tiempo, se vio que es posible hacer cambios radicales en las actividades humanas en el planeta cuando un miedo global se instala (Lins Ribeiro, 2020).
Las interconexiones ambientales, que siempre existieron pero ahora son más intensas, han mostrado que hay agentes y agencias más responsables por los efectos destructivos de las interconexiones globales complejas. De hecho, la crisis de la pandemia expuso la gravedad de la crisis ambiental global contemporánea. Ya vivíamos bajo el signo de las distopías ambientales que apuntan a las actividades humanas como una amenaza para la vida en la Tierra. El calentamiento global se transmutó en Antropoceno, un rótulo que para muchos es insatisfactorio porque parece atribuir a todos la misma responsabilidad por la destrucción ambiental. Por ello, también se usa el término Capitaloceno, para llamar la atención sobre la verdadera agencia de la catástrofe anunciada, el capital y los capitalistas, en especial en sus encarnaciones pos-Revolución industrial (Haraway, 2015; Moore, 2015). La necesidad expansiva constante del capital, cada vez más compleja e intensa, ha sido históricamente el factor primordial de la destrucción de la naturaleza, de pueblos y culturas originarias. Ahora, el desastre ambiental causado por la intrusión y la presión humana en hábitats previamente fuera del alcance e inafectados, está generando nuevas zoonosis, y nuevos virus pasan a usar seres humanos como hospederos para su proliferación y propagación (Carrington, 2020).
El impacto global de la pandemia también expuso de manera aguda las desigualdades y diferencias preexistentes. Consideraré algunos ejemplos indicativos de que la Covid-19 no puede tenerse por una amenaza igualitaria y universal. En los diferentes escenarios nacionales y locales, las estructuras de la desigualdad y las diferencias hicieron que las consecuencias funestas del virus se repartieran de manera desproporcional. Las diferencias etarias fueron de las primeras en emerger. Como afirma Mirian Goldenberg, en una entrevista para O Globo, los más viejos se convirtieron en un grupo de riesgo; conllevando la “viejofobia” con “discursos sórdidos, repletos de estigmas, preconceptos y violencias contra los más grandes” (BBC, 2020). Las diferencias de clase se impusieron igualmente. Los muy ricos escaparon hacia santuarios o al océano en sus yates. Las clases medias se encerraron en sus casas y empezaron el home office y el homeschooling -nótense los términos en inglés-. La vulnerabilidad de los pobres se reveló en las favelas de Río de Janeiro, en las villas de Buenos Aires, en la situación que viven los refugiados sirios y los migrantes en Tijuana y en Suiza. También en India, donde millones de trabajadores migrantes, súbitamente desempleados por el encierro, caminaron cientos de kilómetros de vuelta a sus casas -algunos fallecieron en el intento-. En el área metropolitana de São Paulo, 66% de los muertos ganaban menos de tres salarios mínimos (Assis y Moreno, 2020). La brecha digital volvió a ser un asunto obligatorio, sobre todo, como vimos, cuando los sistemas educacionales públicos se propusieron migrar masivamente al espacio público virtual. Las diferencias de género también salieron al aire. La violencia doméstica aumentó en forma significativa en diversos países, y ha mostrado, una vez más, las consecuencias dañinas del machismo y la dominación patriarcal. Mujeres, niñas y niños quedaron prisioneros de hombres brutales,5 y ya mencioné la sobreexplotación del trabajo femenino. Pero género y clase también se intersecan. Como ejemplifican las situaciones vividas en India,6 donde las trabajadoras domésticas han disminuido el impacto del lockdown sobre las mujeres de clase media. En un sentido análogo, en la Amazonia brasileña, el estado de Pará decretó que las trabajadoras domésticas constituían un servicio esencial, lo que dio lugar a controversias en Brasil (Azevedo, Sóter y Rezende, 2020).
El coronavirus dejó claro que las desigualdades estructuradas por la segmentación étnica, que también se intersecan con las de clase, fueron otro factor en la contaminación desigual y la propagación de conflictos. Algunos ejemplos: en Nueva York, los latinos y afroamericanos han representado el número más grande de muertos; en India, musulmanes fueron atacados y acusados de diseminar el virus; en Sudáfrica, la crisis provocada por la diseminación del virus mostró la continuidad de la desigualdad entre blancos y negros; en China, en ciudades como Guangzhou, que tiene enclaves africanos, migrantes negros se transformaron en blancos de la xenofobia (Frayer, 2020; Associated Press, 2020; Lam, 2020). A esto hay que agregar el escenario dramático de la contaminación proporcionalmente mayor de las poblaciones originarias en las Américas y el retorno del racismo contra los gitanos (News Front, 2020; Azevedo y Matache, 2020).
El antiintelectualismo y el aumento de las posiciones anticiencia y pro ignorancia habían avanzado bastante en el mundo antes del coronavirus, ampliando los contextos propicios al crecimiento de interpretaciones mágicas. Pero, con el comienzo de la pandemia, este escenario se reorganizó parcialmente y presenciamos, aunque algunas veces de manera contradictoria y conflictiva, como en Estados Unidos y Brasil, un cierto retorno a la autoridad de la ciencia como discurso interpretativo y modo de intervención en la realidad. En muchos Estados-nación, la ciencia fue la base de las políticas públicas que inauguraron una biopolítica masiva sin precedentes, que incluyó desde la cuarentena voluntaria hasta el toque de queda, así como el control de las fronteras y de nudos de la compresión espacio-temporal, como los aeropuertos. De todas maneras, y difícilmente podría ser diferente, las respuestas a la pandemia luego fueron politizadas y constituyen un interesante universo para el estudio de cómo fluyen los modelos a escala global y de cómo son “indigenizados” en distintos contextos nacionales, caracterizados por diferentes economías, culturas, elites políticas y capacidades interpretativas de sus comunidades epistémicas. La politización idiosincrática de la crisis está bien ilustrada por la polémica sobre el uso de la hidroxicloroquina como medicamento para curar la Covid-19 en Estados Unidos y Brasil (Cancian, 2020).
En el extremo radical de las posiciones anticientíficas se encuentran los negacionistas, personas que niegan la propia existencia de la pandemia y la clasifican como una conspiración del Estado contra sus libertades o un juego entre superpotencias por la hegemonía global. El otro lado de esta posición puede ser ejemplificado por el gobierno de Argentina, que ha pautado su actuación en los análisis científicos argentinos e internacionales. Las ciencias sociales participaron en este esfuerzo con el objetivo de comprender “la respuesta de los diversos sectores sociales” a los primeros días del confinamiento; el documento resultante sirvió de base para las políticas públicas que se implementaron (Conicet, 2020).
Además de mostrar el biopoder de los Estados contemporáneos sobre sus ciudadanos, la pandemia reveló los límites del neoliberalismo y la necesidad de reforzar los sistemas públicos estatales, en especial los de salud pública. Si potencialmente el virus puede contaminar a todos, la salud pública se torna un interés colectivo y no sólo de aquellos que de ella dependen. Además, la pandemia también afectó de manera diferenciada a personas con distintos grados de educación, lo que llama la atención sobre la necesidad de reforzar los sistemas públicos de enseñanza. Por un lado, la educación se correlaciona con el poder económico y político; por el otro, también con la capacidad de entender y responder a las advertencias de los científicos. La importancia de las inversiones del Estado en áreas de interés colectivo es clara. En la práctica, con el fantasma de una profunda recesión pospandémica, el papel del Estado se afirma como organizador de la economía para defender el interés colectivo, o al contrario, para rescatar empresas y bancos.
Este evento crítico de 2020 es el primero que vivimos en línea, con lo que se refuerza la tendencia a la profundización de la hegemonía del capitalismo electrónico-informático, no sólo en el ámbito económico (Lins Ribeiro, 2018a). Estar “solos juntos” (Turkle, 2011) es ahora más evidente que nunca, con impactos en la salud mental, la vida urbana y el espacio público real todavía difíciles de anticipar en todo su alcance (Low y Smart, 2020). Con la agorafobia -el miedo a los lugares públicos-, el espacio público virtual se impuso como forma preferida de interacción y comunicación, al expandir en mucho la cantidad de horas de copresencia electrónica para todos, incluyendo a los niños y a los más grandes. Con la agonía inducida del espacio público real, ahora visto como fuente de polución y peligro, la supuesta tecnolimpieza estéril del espacio público virtual domina.
El vaciamiento del espacio público real tiene consecuencias importantes que fueron reforzadas por la cuarentena.7 Hay que considerar algunos macrocambios en marcha. Por un lado, las nociones actuales de privacidad y política están marcadas por la distinción entre lo público y lo privado, por aquello que se imagina que se puede hacer en uno u otro espacio y por las demarcaciones de los límites del alcance del control del Estado sobre sus ciudadanos. Pero la privacidad en el espacio público virtual es una ilusión. Por otro lado, elecciones recientes, como las de Donald Trump en 2016 y Jair Bolsonaro en 2018, mostraron el peso de la manipulación de informaciones, desde las noticias falsas -fake news- producidas por personas o robots, hasta los métodos estadísticos utilizados para el análisis de perfiles sociales, culturales y políticos en internet. De manera más pragmática, la huida hacia el espacio público virtual provocada por la pandemia ha impedido o dificultado protestas en el espacio público real. Gobiernos conservadores han sacado provecho del fin de las manifestaciones callejeras. En Latinoamérica, los movimientos que empezaron en Chile en octubre de 2019 son el caso más evidente del cese de las manifestaciones multitudinarias. A pesar de los problemas enfrentados por el espacio público real, no es posible afirmar que su importancia política haya desaparecido, como lo prueban las grandes manifestaciones en Estados Unidos y en varios otros países en contra de la ejecución de George Floyd, un afroamericano cruelmente asesinado por un policía blanco en Minneapolis, el 25 de mayo de 2020.
Para terminar esta sección mencionaré otro importante cambio estructural en curso, que el evento crítico trajo a la superficie. Se trata de la consolidación de China como poder imperial(ista). La tendencia en esta dirección no es nueva y es notoria cuando se trata de la fuerza económica del gigante asiático. Los conflictos comerciales entre Estados Unidos y China son un índice del problema, desde la perspectiva estadounidense. De hecho, estamos atestiguando un cambio radical en el sistema mundial, con la probable llegada de China al centro del sistema. La pandemia provocó la escasez de suministros médicos y equipos de protección en el mercado, revelando la dependencia, incluso de varios países poderosos, vis-à-vis la industria china. La urgencia de comprar tapabocas y ventiladores pulmonares hechos en China, por ejemplo, motivó el malestar internacional cuando Estados Unidos interceptó cargas de aviones destinados a otros países. Un ministro alemán llegó a decir que Estados Unidos practicaba una “piratería moderna” (Jeffery, 2020). En esta coyuntura, China ha mostrado que también posee “poder suave” -soft power- global.
Utopías y distopías, (re)interpretaciones en las ciencias sociales y más allá
El periodo de descotidianización al que fuimos sometidos ha impactado a los practicantes de ciencias sociales de diversas maneras. Después de un primer momento de perplejidad, las actividades presenciales fueron sustituidas por las virtuales y empezó una gran oferta de (re)interpretaciones sobre lo que la Covid-19 significaba social, política y económicamente. Asimismo, han proliferado interpretaciones sobre el mundo pospandémico. Una vez más, el espacio público virtual reafirmó su importancia y se llenó de textos, juntas, congresos, conferencias magistrales y debates -muchos denominados con el neologismo anglófono webinar, seminario en línea-. También demostró su papel imprescindible como fuente de datos en la contemporaneidad, como bien lo comprueba la cantidad de enlaces citados en este artículo.
Lo que sigue está lejos de ser una compilación exhaustiva de lo que se ha escrito y dicho -proponerse algo así sería un objetivo imposible-; por el contrario, es más bien un paso en mi cartografía incompleta, un bosquejo de algunas regularidades a partir de un número limitado de ejemplos.
El mundo institucional de las ciencias sociales se presentó como nudo comunicativo y organizador de la diseminación de las (re)interpretaciones, a veces con el propósito político y estratégico de hacer notar la relevancia de las disciplinas que representan, de cara a una circunstancia en la que la importancia de la biología, la química, la medicina y las matemáticas, por ejemplo, se impuso de sobra. Pero a pesar de los varios ejemplos de publicaciones en periódicos y de la participación de antropólogos, politólogos y sociólogos en entrevistas en varios medios, el esfuerzo parece haber quedado restringido a los públicos internos de las organizaciones. El Consejo Mundial de Asociaciones Antropológicas ha organizado una serie de webinars sobre la Covid-19, con la participación de antropólogos de diversos países (WAU, 2020). En Francia, la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS, por sus siglas en francés) creó un Carnet de l’EHESS sobre el tema en su página web (EHESS, 2020). En Brasil, la Asociación Nacional de Posgrados e Investigación en Ciencias Sociales, en consorcio con otras asociaciones, como las de antropología, ciencia política y sociología, ha publicado un Boletim Cientistas Sociais e o Corona Vírus para “seguir dando visibilidad a lo que producimos y también afirmar la relevancia de estas ciencias para enfrentar la crisis que estamos atravesando” (Anpocs, 2020). En Estados Unidos, la Asociación Americana de Antropología, reconociendo que “el conocimiento antropológico es ahora más necesario que nunca”, abrió una nueva sección en su página web, Pandemic Insights, con textos, y puso a disposición un enlace para varias conferencias grabadas en YouTube (AAA, 2020). Muchas revistas han propuesto números especiales sobre la pandemia. La revista Social Anthropology/Antropologie Sociale, de la Asociación Europea de Antropología (EASA, 2020), es un ejemplo, y la revista Desacatos, otro.
Además de hacer evaluaciones sobre el periodo de confinamiento y sus significados para la vida humana, los científicos sociales también han planteado dilemas y oportunidades que se abren para sus disciplinas y para la sociedad. La presidente del Consejo de Investigación en Ciencias Sociales en Nueva York, Alondra Nelson, para empezar un foro virtual de ensayos sobre la Covid-19 y las ciencias sociales, escribió un texto visionario y utópico. Según Nelson, estamos frente a una oportunidad para...
repensar nuestras ideas sobre sociedad, y por lo tanto, las suposiciones, métodos y teorías predominantes de las ciencias sociales […]. Los hechos probados y la evidencia contundente que surgieron de los productores de conocimiento y que alguna vez fueron utilizados como lastre, ahora, en tiempos de desorientación social, están sujetos a pruebas de fuego ideológicas o son ignorados (Nelson, 2020).
Mientras se pregunta cuál será la teoría sobre sociedad predominante después de la pandemia, hace una apelación para que las descripciones de las grandes desigualdades sean seguidas por “prescripciones para el cambio”, y enfatiza el papel de las ciencias sociales en el “apoyo a nuevas formas de solidaridad que se requieren en este momento” (Nelson, 2020). Su texto trae la noción de “humanidad compartida” como una precondición del bien común.
Las luchas por el sentido del futuro son fundamentales para el porvenir de las ciencias sociales y humanas en el ámbito global, y constituyen un campo interpretativo y de poder en disputa (Lins Ribeiro, 2019). En el presente, a pesar de los límites obvios de sus promesas salvadoras, prevalecen las utopías del capital, que se inclinan por las soluciones tecnocientíficas -por medio del capitalismo electrónico-informático, la robotización, la inteligencia artificial y la biotecnología, por ejemplo- para las dificultades que la humanidad enfrenta. No importan, en general, sus impactos sociales, ambientales o sobre lo que significa ser humano. En contraposición, en gran parte apoyadas por el campo académico progresista, están las distopías que, basadas en investigaciones científicas, apuntan a un destino sombrío, resultante del calentamiento global y la destrucción ambiental en curso, en el Antropoceno. La posibilidad de desaparición de la especie se contempla en estas vertientes.
En sintonía con las dinámicas de (re)interpretación típicas de los eventos críticos, en la cuarentena aparecieron postulaciones utópicas y distópicas sobre “el día siguiente” del trauma colectivo global. Las más visibles fueron hechas por intelectuales públicos de gran reputación internacional. Varios de los artículos más leídos fueron publicados en español, en un libro digital que fue todo un éxito, Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemia, compilado por Néstor Borri (2020), en un proyecto promovido por Pablo Amadeo, profesor de comunicación de la Universidad Nacional de La Plata, quien fundó “una propuesta editorial” denominada ASPO (Aislamiento Social Preventivo Obligatorio), cuya existencia se restringe a la duración de la contingencia sanitaria (Viramontes, 2020). Se establecieron así dos tendencias claras: a) el futuro será algún tipo de actualización -aggiornamento- peor que la vida anterior; b) el futuro puede ser mejor que el pasado. Aquí, dos filósofos destacaron: Giorgio Agamben, para quien la Covid-19 era de hecho una oportunidad para que los Estados controlaran más a la sociedad, y Slavoj Žižek, quien planteó que el virus es una señal de que el capitalismo es insostenible y puede ayudar a reinventar la cooperación global (Borri, 2020). Como afirmó Alejandro Galliano: “pese a las polémicas, las interpretaciones desaforadas de Agamben y Žižek marcaron las dos rutas que tomarían todas las interpretaciones posteriores de la Covid-19: o como una excusa para vigilar y castigar, o como una oportunidad para resetear al capitalismo financiero hacia un sistema mejor” (Galiano, 2020).
La pregunta sobre qué hacer con la economía y la política ha sido un eje importante del debate. Algunos, como Bruno Latour, subrayaron que la pandemia había demostrado que la posibilidad de parar el mundo, disminuyendo la contaminación, era real; por lo tanto, limitar los efectos del calentamiento global de forma organizada era difícil pero posible ( Van Overstraeten, 2020). El reconocimiento de que las pandemias serán cada vez más frecuentes, por la aparición de nuevas zoonosis causadas por la destrucción ambiental acelerada, reintrodujo nociones como decrecimiento -degrowth-, que de hecho tienen una historia detrás. Este debate recuerda los de la década de 1970, patrocinados por el Club de Roma, sobre los límites al crecimiento, una crítica evidente a las concepciones de economía y desarrollo basadas en el crecimiento infinito como dogma. Las reformas a la concepción de desarrollo enfocadas en el debate sobre las contradicciones entre el aumento constante de la actividad económica y los límites de los ecosistemas llevaron a la elaboración de la noción de desarrollo sustentable hacia finales de la década de 1980. Ojalá el decrecimiento pudiera volverse una ideología/utopía con impacto en sistemas políticos y económicos multilaterales, transnacionales y nacionales. Pero, como nos enseñó el análisis de la formulación del desarrollo sustentable en una coyuntura política más favorable que la actual (Lins Ribeiro, 1991), no se puede esperar mucho de planteamientos reformistas si no cambian los intereses de las grandes firmas capitalistas ni la planificación estratégica de países hegemónicos en el sistema mundial. De todas las maneras, es posible que en el mundo poscoronavirus el ambientalismo global regrese con más fuerza; tendencia que ya se hacía sentir en 2019, con millones de personas protestando contra el cambio climático en las calles de varios países (BBC News, 2019).
Economía y biopolítica se cruzaron crudamente cuando elites políticas y tecnocráticas levantaron el falso dilema entre preservar la economía o la vida de las personas. Ésta parece ser una característica intrínseca de los tipos de eventos críticos que estamos analizando: “las emergencias […] implican verdaderas crisis cognitivas, cambios radicales en las formas de conceptualizar la realidad, en general, y la llamada ‘economía real’, en particular” (Neiburg, 2020). Para Federico Neiburg, esto es algo comprobable por la casi desaparición de los indicadores de riesgo o de inflación en los medios, que han sido sustituidos por números de muertos: “las vidas en riesgo inminente y en una temporalidad indefinida por la dinámica del virus y la depresión afirman la perversa metonimia entre economía, medicina y guerra” (Neiburg, 2020).
Asimismo, la expectativa de la profundización de la recesión del capitalismo global y de los conflictos económicos y políticos entre los dos grandes superpoderes contemporáneos, China y Estados Unidos, potenció incertidumbres ya presentes. Interpretaciones sobre la eficiencia de los regímenes políticos democráticos -supuestamente occidentales- y los autoritarios -caracterizados por China- en la administración de la crisis pandémica resonaron en visiones con antiguos tonos racistas y prejuicios ideológicos. ¿Sería el comunismo chino más eficiente que el capitalismo occidental, liberal y democrático? ¿Cuáles son los efectos, sobre regímenes democráticos ya fragilizados, de transferir a los Estados el poder de eliminar los espacios públicos? O aun, ¿serían las democracias incapaces de lidiar con estos tipos de crisis?
Cuando nos volvemos al plano de la política internacional, surgen llamados a respuestas multilaterales para solucionar problemas transnacionales. La Organización de las Naciones Unidas (ONU, 2020), por ejemplo, organizó el 28 de mayo, con el liderazgo de los primeros ministros de Canadá y Jamaica, y de su secretario general, un evento virtual “de alto nivel” sobre financiamiento y desarrollo en la era de la Covid-19, con la participación de más de 50 países y muchos jefes de Estado. Por otro lado, también se plantea, como lo hizo Muhammad Yunus, el ganador del premio Nobel de la Paz 2006, que estamos viviendo un “tribalismo”, con cada país preocupándose por protegerse a sí mismo (Chade, 2020; Alconada, 2020).
Frente a la naturaleza de algunas especulaciones y previsiones, Sergio Visacovsky llamó la atención sobre la necesidad de evitar desmesuras y “trazar una línea de separación entre […] intervenciones proféticas y la investigación social de carácter empírica, orientada por problemas y consciente de sus límites y posibilidades” (Visacovsky, 2020). De todas maneras, la volatilidad, las paradojas y las incertidumbres típicas de los eventos críticos no podrían dejar de afectar también a las ciencias sociales.
¿Terminará el capitalismo o la experiencia del Homo sapiens en el planeta?
La “nueva normalidad”, expresión que esconde mal las intenciones de los poderes hegemónicos, anuncia el final del evento crítico y del periodo de descotidianización, así como el deseo de reinstaurar una nueva cotidianidad. En la transición a este periodo idílico siguen las tensiones entre lo viejo y lo nuevo, entre las utopías y distopías, entre lo que se reveló de las estructuras de poder y desigualdad y los conflictos de interpretaciones anclados en diferentes posiciones de sujeto. Todos aspiran a una rutina idealizada y a salir de la liminalidad. Pero el coronavirus es un mutante que no acata las pretensiones humanas. Lo cierto es que se quedará entre nosotros, no se sabe a qué costo.
Un respetado virólogo canadiense, William Haseltine, retomó el tema de la imposibilidad de controlar la naturaleza y afirmó que, si seguimos en el mismo sendero de la destrucción ambiental, es posible que un brote de influenza mate a uno o 2 000 millones de personas en el futuro (Nikiforuk, 2020). ¿Previsión apocalíptica? No. La salida está en el cambio de los comportamientos y en el fin del capitalismo neoliberal destructivo: “la humanidad está librando una guerra contra el planeta. Triste observación. Es el fruto envenenado de su historia, el rescate a pagar por un éxito evolutivo sin precedentes. Hay que ser consciente de ello. Y decretar la paz. Urgentemente” (Testot, 2018: 447). Esto escribió Laurent Testot al concluir un sugerente libro sobre la historia de los cataclismos ambientales experimentados por la humanidad y sus consecuencias.
Sin embargo, no podemos contar con la razón o con la compasión de elites que egoístamente creen que, si es necesario, pueden escaparse a Marte o a poderosos bunkers en zonas aisladas. En el epígrafe de este artículo, Freud afirmaba en 1930 que el dominio humano sobre las fuerzas de la naturaleza haría posible el exterminio hasta de la última persona. Más de noventa años después vemos que las agresiones contra la naturaleza pueden tener el mismo efecto. El planeta ya existió sin Homo sapiens y podrá existir de nuevo sin esta especie predadora. Como Freud, tampoco podemos prever el desenlace. Las incertidumbres son muchas y sólo cambios radicales permitirán realmente enfrentarlas.










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