Introducción
El Foro Económico Mundial se define a sí mismo como una organización internacional que proporciona una plataforma global, imparcial, independiente y sin fines de lucro para una cooperación público-privada dotada de confianza y capaz de elaborar iniciativas para un progreso duradero en favor de un interés público global. Con la misión de mejorar el estado del mundo, se propone como un foro que fomenta el diálogo diverso y respetuoso entre líderes políticos, religiosos y sociales que tienen diferentes creencias y puntos de vista. Su sede central se encuentra en Ginebra y cuenta con oficinas regionales en Beijing, Nueva York, San Francisco y Tokio.
Su historia comienza en 1971, cuando Klaus Schwab, profesor de la Universidad de Ginebra, fundó el Foro Europeo de Gestión bajo el patrocinio de la Comisión Europea (CE) y de asociaciones industriales europeas que tenían un gran interés en reforzar su competitividad. Inicialmente, las reuniones se centraron en cómo las empresas europeas podían ponerse al día con las prácticas de gestión estadounidenses. El enfoque de gestión de las partes interesadas (que basa el éxito corporativo en tener en cuenta no sólo a los accionistas de la corporación, sino también a los empleados, los sindicatos, los gobiernos y las comunidades en que operan), hoy emblemático, comenzó a desarrollarse en estos primeros años. Pronto trasciende el ámbito europeo coordinando eventos de cooperación con los países árabes (1976), relacionándose con delegados chinos (1979), celebrando la primera reunión de “Líderes económicos mundiales” (1982) e incorporando a representantes de la Unión Soviética (1987) a su reunión anual. Entre otros hitos, en 1988 facilitó la firma de un acuerdo entre Turquía y Grecia para evitar la guerra y en 1992, con la intención de contribuir a terminar con el apartheid, reunió por primera vez a Nelson Mandela y al presidente sudafricano.1
Para expresar esa membresía global, en 1987 adopta el nombre de Foro Económico Mundial (FEM) y se plantea como una alternativa para mejorar la “gobernanza global” ante la lentitud e ineficacia de los organismos internacionales basados en los Estados, que excluyen las voces de las comunidades corporativas. Tras años de intensa actividad, que van desde los preparativos de encuentros diplomáticos entre países en conflicto hasta proporcionar el escenario para el Pacto Mundial de las Naciones Unidas,2 en 2015 es reconocido como organización internacional por el gobierno suizo.
Como es bastante conocido, se encuentra financiado por un núcleo selecto de socios compuesto por unas mil corporaciones transnacionales de gran escala, descritas como “líderes globales”. Algunos ejemplos: JPMorgan, Bank of America, HSBC, CITIC Group, Banco Santander, BBVA, Deutsche Goldman Sachs, Mastercard, Nasdaq, Visa (bancos y mercado de capitales); Amazon, Apple, OpenAI, C3.ai, Google, HP, Hitachi, Huawei Technologies, IBM, Intel, Lenovo, Meta, Microsoft, Salesforce (información, tecnología e inteligencia artificial); Black Rock, Bloomberg, Invesco (seguros y gestión de activos); Chevron, Exxon Mobil, Ecopetrol, Petrobras, Repsol, Shell (petróleo y gas); Nestlé, PespiCo, Syngenta Group y SC Johnson (agricultura, alimentos y bebidas); Voyager Space, Corporación América Internacional (industria aeroportuaria y exploración espacial); Huawei Technologies, NASDAQ, Ericsson (comunicación digital); AstraZeneca, Bayer, Johnson & Johnson, Moderna, Novartis, Pfizer, Roche (salud y atención sanitaria); Chanel, H&M, iFood, Ikea, L’Oreal, Louis Vuitton, Unilever, Walmart (minoristas, bienes de consumo y estilo de vida); HD Hyundai, Volvo Group, Volkswagen Group (cadenas de suministro y transporte).3
En su carácter de socias, las corporaciones no sólo participan de manera prominente en cada reunión anual de Davos, también intervienen en el diseño de los programas, la nominación de los panelistas y la confección de los informes (Rothkopf, 2008; Friesen, 2020) . Actualmente, el FEM está presidido por una Junta Directiva, ante la que responden los funcionarios ejecutivos y administrativos, formada por más de veinte miembros, entre los que prevalecen en número los representantes de corporaciones (Siemens, Grupo Banco Mundial, Salersforce, BlackRock, Nestlé, entre otras), secundados por los presidentes de organizaciones internacionales como la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Las reuniones anuales que organiza en la ciudad de Davos (Suiza), llevadas a cabo en medio de impresionantes dispositivos de seguridad y con una asistencia cuidadosamente seleccionada4 de directivos de las grandes corporaciones internacionales (muchas de ellas, socias del FEM), dirigentes políticos (incluidos presidentes y primeros ministros), funcionarios de alto rango de organismos internacionales, directores de fundaciones, consultores y periodistas, se han convertido en verdaderos centros de atracción para los medios de comunicación de todo el mundo, más allá de los especializados en economía.
Su edición 54 (enero de 2024) se realizó bajo el lema “Reconstruir la confianza” y contó con la presencia de más de 60 jefes de Estado, primeros ministros y secretarios de Estado, las presidentas del FMI, del BCE y de la CE, los presidentes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre otros, y por supuesto, con numerosos referentes del mundo corporativo.
Considerando la enorme atención que recibe el foro anual de Davos, que incluye desde voces críticas que lo definen como el encuentro de los amos del mundo para brindar por la injustica social hasta panegíricos sobre el carácter heroico de los líderes globales, resulta sorprendente, según advierten Graz (2003) , Ojala (2017) y Garsten y Sörbom (2018) , que el FEM haya pasado casi desapercibido para la academia como objeto de estudio. He aquí parte de la relevancia de un trabajo que se propone contribuir a saldar este déficit, que se hace mucho más notorio cuando se revisa la literatura latinoamericana.
Aunque escasas, las indagaciones existentes sirven de valiosos antecedentes y proporcionan elementos claves para avanzar en la conceptualización del FEM. Graz (2003) establece que el FEM constituye una forma de autoridad privada e informal en los asuntos internacionales que descansa principalmente en su capacidad para forjarse a sí mismo como un mito social que atrae a los líderes empresariales y políticos más poderosos del mundo a un espacio exclusivo y a salvo del mundo exterior, en el cual puede construir la conciencia de clase o el sentido de comunidad necesarios para una acción colectiva. Pigman (2007) observa que el FEM, aunque recibe críticas por promover negocios en un ámbito privado, se diferencia de la mayoría de los clubes privados de millonarios por su propuesta de gobernanza global y responsabilidad social corporativa, que lo convierten en una institución influyente y creíble.
En su libro, Ojala (2017) se interesa por indagar el FEM como una plataforma de comunicación de las élites corporativas y políticas transnacionales que contribuye a su formación y reproducción, tanto en un sentido objetivo (reforzando y legitimando su poder estructural en la economía política global), como subjetivo (alimentando su integración y conciencia grupal mediante la generación de espacios de negociación, la creación de significados y la construcción discursiva de una identidad colectiva en términos de agencia global). La forma neoliberal del internacionalismo que adoptan las élites globales —subraya este estudioso— no resulta de un consenso automático sino del trabajo comunicacional llevado adelante por foros transnacionales y medios de comunicación diseñados para el intercambio y la difusión de ideas entre ejecutivos de empresas, inversores, líderes políticos y altos funcionarios.
Garsten y Sörbom (2018 y 2021), a partir de una investigación etnográfica, entienden que el FEM ejerce una forma discreta o blanda de poder y control de la agenda global, guiada por los criterios de sus miembros y patrocinadores corporativos, sin control ni rendiciones de cuentas, apelando a una dinámica institucional poco transparente.5 McNeill (2023) también destaca que si bien el FEM es un actor influyente a nivel global, tanto por su poder de convocatoria como por sus grupos de expertos, tiene un estatus organizacional ambiguo y carece de responsabilidad por sus acciones. Friesen (2020) entiende que el poder del FEM en la escena global se deriva del compromiso y el estatus de sus miembros, y se pregunta si podrá sortear el peligro de una captura por parte de la “clase de Davos” para llegar a constituirse como un organismo con una misión propia.
En línea con el análisis de Ojala (2017) que destaca el papel relevante del FEM como nodo ideológico de las élites corporativas y políticas transnacionales, este artículo tiene el objetivo de identificar el cuerpo de representaciones que elabora y pone en circulación sobre la globalización neoliberal, sus cambios, continuidades y principales tendencias, desde 2008 hasta el presente.6
Para alcanzar ese objetivo, se emplea una estrategia de investigación basada en fuentes escritas de género documental, cuyo corpus está formado por los 13 reportes anuales del FEM disponibles completos en formato digital (desde 2008 hasta la fecha, con algunas interrupciones); el libro institucional sobre los hitos más relevantes de su historia, publicado en 2019; los libros, artículos y conferencias de su fundador, portavoz y presidente ejecutivo durante más de 50 años, Klaus Schawb; y una selección de comunicados, informes y artículos del sitio web institucional especialmente relevante por su temática. El modo de análisis de esos archivos no ha consistido en desentrañar en ellos un supuesto sentido latente, sino que han sido tratados como vías de acceso al cuerpo de representaciones que produce el FEM sobre la globalización neoliberal y los conflictos políticos, económicos e ideológicos que lo interpelan, en el lapso mencionado.
El estudio se nutre de tres coordenadas teóricas principales: 1) Los procesos de construcción de sentidos e identificaciones —siempre inestables y riesgosos— no son espontáneos, tienen como condición la existencia de instituciones (públicas o privadas), esto es, el reconocimiento en los ritos y creencias de tal o cual marco institucional (Balibar, 2005; Althusser, 2015; Pfeifer, 2019). 2) La mundialización, esto es, la extensión e intensificación de la interdependencia efectiva entre las instituciones, los grupos y los individuos, y entre los procesos (correlaciones de fuerza, circulaciones, convenios políticos, contratos jurídicos, circuitos de información, normas de conducta, etc.), moviliza un proceso de construcción/reconstrucción de las instituciones posnacionales y convierte en hegemónico el modo de producción de subjetividades que gira en torno del mercado globalizado (Balibar, 2005; Pfeifer, 2019). 3) Las instituciones transnacionales de élite materializan y reproducen esa hegemonía normalizadora, pero lejos de actuar como meras cajas de resonancia, generan en su interior prácticas e imaginarios con una impronta propia. Desde esta perspectiva, el FEM puede entenderse como una institución-taller que, por un lado, condensa y reproduce referencias simbólicas hegemónicas, pero que, por otro, genera una narrativa propia, marcada por torsiones, significados y articulaciones singulares. Esta dinámica —entre reproducción y producción— hace que la metáfora del taller, entendido como espacio de transformación y reparación, resulte especialmente adecuada para caracterizarlo.
La pregunta que guía la investigación es: ¿cuáles son las representaciones que ocupan el centro de la escena en la estrategia del FEM de un capitalismo de todas las partes interesadas, desde la gran crisis financiera de 2008 hasta nuestros días? Particularmente, ¿qué elementos de la narrativa neoliberal reproduce y potencia?, ¿qué inflexiones, mutaciones o figuras contradictorias introduce respecto de ella? Y también, ¿qué cambios y continuidades registra esa producción ideológica en los últimos quince años y bajo el impacto de qué procesos?
En el primer apartado, se retoman las indagaciones que permiten abordar el FEM como parte de un sistema de instituciones transnacionales de élite y se define su especificidad en este conjunto. En el segundo apartado, se identifican los sentidos o representaciones que suscita la globalización neoliberal en el FEM a lo largo del lapso 2008-2024, reconociéndose continuidades, cortes e innovaciones. Finalmente, en las conclusiones se destacan los hallazgos más relevantes y se propone una línea de análisis que distingue en esa madeja de referencias simbólicas e interpelaciones una tendencia dominante (rentabilidad, productividad, apertura de mercados, integración económica global y primacía de los mercados financieros) y una tendencia subordinada (sostenibilidad ambiental, bienestar social, regulación estatal para controlar los aspectos nocivos de la expansión capitalista). Y se revela cómo estas tendencias, reconfiguradas y articuladas en el FEM, confluyen en la narrativa de un neoliberalismo equitativo e inclusivo, altamente tecnologizado y liderado por fuerzas corporativas globales.
Además de la mencionada escasez de investigaciones, seleccionar al FEM como objeto de estudio se justifica por su propia relevancia. Si como explica Calhoun (2002) , la esfera pública en lugar de propiciar formas democráticas para el debate entre ciudadanos políticos iguales fortalece a las élites transnacionales, que dotadas de recursos materiales y simbólicos se muestran capaces de desplegarse en una red global, el FEM, como organizador de la reunión más grande, visible y publicitada de las élites corporativas y políticas, muestra tener un rol estratégico en dicha esfera. Rol que se tornaría más significativo de comprobarse la conjetura de van der Pijl (2023) , según la cual el FEM, sobre todo desde su alianza con la ONU, está pasando de ser un nodo de planificación y asesoramiento de élite a una institución que interviene directamente, esto es, sin atender a marcos estatales, en el curso de los acontecimientos a escala mundial.
El FEM en la red transnacional de foros de élite
Gran parte de los análisis sobre la formación de un mercado global de capitales con predominio de las finanzas y las tecnologías de punta no sólo insiste en la importancia del poder militar como garantía de la movilidad de los capitales y como fuerza disciplinaria global, también ha subrayado el rol de primer orden del sistema formado por las organizaciones interestatales (el FMI, el Banco Mundial, el Banco de Pagos Internacionales, la ONU, etc.), y los organismos transnacionales privados, como el grupo Bilderberg y la Comisión Trilateral, en la cohesión, relativa e inestable, de los intereses contradictorios que surgen de la expansión del capital y en la redefinición de los límites de lo posible en el orden mundial (Gill, 1994 y 2008; van der Pijl, 1998 y 2015; Robinson y Harris, 2000; Robinson, 2013; Harvey, 2007; Sassen, 2003 y 2012; Laval y Dardot, 2013; Amin, 2004, 2010, 2016 y 2020; Jessop, 2017; entre otros).
Como efecto de la extensión e intensificación de la globalización de la producción, el comercio y la inversión, las últimas décadas han visto un aumento en la interacción internacional entre las élites empresariales y políticas (Ojala, 2017) . El análisis de la inserción de directivos de grandes corporaciones en los comités de los organismos transnacionales de planificación de políticas muestra que en los últimos años del siglo XX comienza a tomar forma, para consolidarse en las décadas siguientes, una densa red global de interconexión corporativa con epicentro en el Atlántico Norte (Carroll, 2010) . Esta red corporativa global de políticas neoliberales, en la que el FEM conforma una terminal importante,7 actúa como vehículo de la forma neoliberal de la globalización y como fuerza impulsora de una comunidad corporativa transnacional. En este contexto, los foros de élite adquieren protagonismo no sólo como espacios de socialización que moldean la comprensión que tienen de sí mismas las élites políticas y empresariales sino también como potenciales agencias de planificación colectiva orientadas a producir principios organizativos para dirigir la economía política global (Mitzen, 2011) .
Con la formación de la Comisión Trilateral y el Foro Económico Mundial, precisa Robinson (2013) , empieza a tomar forma una élite transnacional que desarrolla redes de alcance mundial para coordinar políticas y establecer las condiciones de la globalización. Y propone el concepto de “aparatos de Estados transnacionales” no para referirse a un gobierno mundial sino como categoría analítica que designa las redes laxas de instituciones transnacionales interestatales y privadas que se despliegan junto a los aparatos represivos e ideológicos de los Estados centrales y periféricos para garantizar las condiciones políticas de la reproducción del capital financiero y tecnológico móvil (Robinson, 2020).
Siguiendo a Gill (1994 y 2008), puede utilizarse el término “élites globales” para hacer referencia al conjunto de intelectuales y directivos que ocupa posiciones estratégicas en la producción, las cadenas de suministro, las estructuras comerciales y financieras del capital transnacional, y a los cuadros de dirigentes y funcionarios civiles y militares de agencias nacionales y transnacionales. Situadas en la intersección entre los aspectos territoriales y globalizadores del orden mundial, estas élites concilian las contradicciones entre dichos aspectos mediante un proceso de síntesis política, conforme a la ideología neoliberal.
La literatura académica sobre “gobernanza global” a través de instituciones de élite o clubes, como también se las denomina, incluye un conjunto nutrido de abordajes, emplazado en perspectivas y disciplinas diversas (relaciones internacionales, diplomacia, economía política internacional, ecología política, etc.). Cabe mencionar aquí el estudio de Graz (2019) sobre la autoridad híbrida y descentralizada que ejercen las élites económicas a través de los consorcios privados que fijan estándares, protocolos y certificaciones técnicos para acceder a los mercados globales de logística, industria tecnológica y servicios; sin mandato democrático formal, erosionando la soberanía regulatoria de los Estados y reforzando las asimetrías económicas y geopolíticas. También los análisis sobre la influencia en la gobernanza global de redes selectas y personalidades destacadas, como el conocido y controvertido libro de Rothkopf (2008) , cuyo argumento central es que por encima de los gobiernos y las instituciones tradicionales existe una “superclase” (compuesta por un puñado de directivos de multinacionales, líderes políticos, banqueros, militares de alto rango, magnates de medios y de las tecnologías, entre otros), que decide los asuntos cruciales del orden mundial, exacerbando las desigualdades y poniendo en riesgo las democracias; el estudio de Cooper (2014) que analiza el nexo entre los clubes tradicionales y la diplomacia, mostrando cómo algunos expresidentes (Clinton y Blair, por ejemplo) utilizan tácticas no estatales (poder en red desde abajo, cabildeo y autoorganización) combinadas con mecanismos de acceso privilegiado al sistema estatal para convertirse en emprendedores transnacionales; y el trabajo de Hägel (2020) sobre los multimillonarios como actores transnacionales que moldean la política global a través de redes exclusivas (clubes, think-tanks, cumbres), filantropía estratégica (fundaciones, donaciones políticas), inversiones en medios de comunicación y creación de fondos para organismos internacionales, dando lugar a una privatización de la gobernanza, en desmedro de los procesos democráticos de toma de decisiones. Importa mencionar también los abordajes de los clubes virtuales de élite y sus redes digitales, como el llevado a cabo por Shin (2023) con el objeto de revelar cómo las “cripto-élites”, integradas por inversores billonarios, utilizan clubes criptográficos exclusivos para influir en el mercado y evadir regulaciones.
En cuanto a la caracterización del FEM, es importante observar que si bien la selectividad forma parte de su poder de seducción, como subrayan Garsten y Sörbom (2018 y 2021), también es cierto que su propuesta de gobernanza global y su esfuerzo por construir una agenda económica y geopolítica lo diferencia de las conferencias de clubes empresariales que tiene una naturaleza exclusivamente vinculada a los negocios, un carácter hermético y un halo de secretismo (Pigman, 2007) .8 Otros foros que tienen también esta capacidad de conectar élites empresariales y políticas en torno de una cosmovisión global de futuro son la Cumbre de Soluciones Globales, cuya misión expresa consiste en abordar los principales desafíos políticos que enfrentan los países que integran el Grupo de los Veinte (G20) y el Grupo de los Siete (G7) y proponer recomendaciones políticas basadas en expertos; la Iniciativa Global Clinton, que tiene como meta expresa influir en la agenda de desarrollo internacional y hacer frente a los mayores desafíos globales mediante la colaboración y el compromiso con la acción; y el Foro para la Gobernanza Global, que tiene como propósito impulsar una reforma de las Naciones Unidas que permita afrontar los problemas globales a partir de opiniones de académicos, expertos y exfuncionarios; y el Club de Madrid, el foro más grande del mundo de ex presidentes y primeros ministros democráticos, cuya meta oficial es fortalecer la práctica democrática inclusiva a nivel global.
Otros elementos clave para definir el FEM incluyen la ausencia de un mecanismo formal y abierto de toma de decisiones, un aspecto que numerosos observadores y analistas señalan como signo de opacidad institucional, y su falta de mandato legal, lo que le impide dotar de carácter vinculante a sus recomendaciones en el ámbito internacional. Estas limitaciones explican por qué su legitimidad y su capacidad para incidir de manera significativa en los procesos políticos y económicos mundiales están sometidos a discusión.
Friesen (2020) entiende que la falta de autoridad formal del FEM no ha impedido ni entorpecido sus proyectos ambiciosos e innovadores para influir en la política mundial. Sus directivos han comprendido, observando la experiencia de organizaciones de la sociedad civil sobre los derechos humanos y el cambio climático, que el poder no deriva únicamente de procesos de legitimación basados en los Estados. Según esta académica, las fuentes de prestigio del FEM se fundamentan en los siguientes pilares: sus vínculos estratégicos con organismos internacionales como la ONU y el FMI; el peso económico y el estatus de sus socios corporativos en el mercado global; el reconocimiento oficial como organización internacional por parte del gobierno suizo; y la valoración positiva que las redes empresariales otorgan a sus análisis y producción de datos. En consecuencia, reflexiona, aunque el Foro enfrenta desafíos en lo tocante al poder institucional y sustantivo que ejerce en el escenario mundial, su contribución es innegable en dos sentidos: por un lado, fomenta entre las élites globales una comprensión integral de la naturaleza del capitalismo, por el otro, refuerza su identidad como miembros orgullosos y concienzudos de una comunidad global.
Al carecer de procedimientos formales para convertir sus conclusiones en mandatos vinculantes, los debates de Davos ejercen —según Ojala (2017) — una influencia de naturaleza indirecta, relacionada con el establecimiento de la agenda de los problemas globales que merecen atención y con la construcción de una comprensión común de esos problemas entre los participantes. El impacto del Foro se materializa —explica este investigador— cuando los inversores globales, los ejecutivos corporativos y los dirigentes de instituciones públicas aplican las perspectivas desarrolladas en Davos para dotar de sentido las dinámicas políticas y de mercado. Y se amplifica por la cobertura mediática global del evento, que difunde los temas abordados y los enfoques para tratarlos en audiencias más amplias.
Garsten y Sörbom (2021) identifican al Foro Económico Mundial como el principal espacio de encuentro para los líderes globales, pese a su cuestionada legitimidad política. En un escenario de estancamiento de los procesos convencionales de formulación de políticas internacionales y de creciente escepticismo sobre su eficacia, el FEM proporciona, según aseguran, una plataforma alternativa que invita a los líderes mundiales a poner en marcha formas de poder discreto o sutil, que, al operar al margen de los controles democráticos, resultan particularmente efectivos.
Un elemento definitorio del FEM radica en que articula de manera exitosa un modelo de financiamiento concentrado en un selecto grupo de megacorporaciones con una red multidisciplinaria integrada por expertos económicos, grupos de planificación estratégica y equipos de investigación de diversas áreas del conocimiento (Carroll, 2010) . Con la intención expresa de aportar a los debates sobre políticas globales, el FEM se ha esforzado, sobre todo en la última década, por incrementar sus dispositivos dedicados a tareas de investigación, desarrollo de conocimientos y bases de datos. A la fecha, ha publicado más de un centenar de informes y documentos técnicos, algunos de gran impacto, como el Informe Anual de Competitividad Global y el Informe Anual de Riesgos. También se ha esmerado en crear “plataformas de colaboración”, inspiradas en la consigna de que todas las partes interesadas de la sociedad global pueden encontrar soluciones comunes a los problemas del mundo. Actualmente, esas plataformas están organizadas en diez Centros: Centro de fabricación avanzada y cadenas de suministro, Centro de Ciberseguridad, Centro de Energía y Materiales, Centro de sistemas financieros y monetarios, Centro de salud y atención sanitaria, Centro para la naturaleza y el clima, Centro de Regiones, Comercio y Geopolítica, Centro para la Cuarta Revolución Industrial, Centro de la Nueva Economía y Sociedad y Centro de Transformación Urbana. En los cuales participan de manera preponderante las corporaciones asociadas y secundariamente organismos gubernamentales, instituciones académicas y organizaciones internacionales invitadas.
También forman parte de su organigrama institucional diversas áreas de planificación de programas y eventos sobre temáticas específicas de las que resultan, entre otras, las Reuniones de Impacto en el Desarrollo Sostenible, las Reuniones de Estrategia de la Industria, la Cumbre de Crecimiento, el Consejo Empresarial Internacional, la Alianza Global para la Facilitación del Comercio, el Foro de Amigos del Área de Libre Comercio Continental Africana, la Red de Aceleradores, el Consorcio Global de Paridad, la Alianza EDISON, la Aldea de Colaboración Global y el Centro de Tecnología Confiable.
Atendiendo a su creciente diversificación, Ojala (2017) entiende que la noción de red de planificación de políticas puede aplicarse al FEM porque no se limita a contribuir en la tarea de superar divisiones intercapitalistas para crear una comunidad de intereses, sino que también trabaja activamente para garantizar que la economía política global sea un campo fluido y estable para las mayores potencias, las empresas globales y las finanzas transnacionales.
Sin que haya implicado poner en riesgo la dominancia norteamericana y europea, el FEM ha incorporado de manera progresiva a su red institucional y a su lista de socios-financistas, representantes de empresas transnacionales de otras geografías, como puede observarse en sus reportes anuales y otros documentos oficiales. Además, organiza reuniones regionales en Asia Oriental, América Latina, África y Oriente Medio, así como conferencias sobre temas específicos. Una de ellas es la “Reunión Anual de los Nuevos Campeones” o “Davos de verano”, que celebró por decimocuarta vez en 2024, en Tianjin, República Popular de China, congregando a “(…) más de 1500 líderes mundiales del sector empresarial, gubernamental, de la sociedad civil y de las organizaciones internacionales, así como a innovadores y académicos, en un momento crucial para la recuperación económica mundial” (weforum.org, 2023). Otro buen ejemplo es la Reunión Especial “Colaboración Global, Crecimiento y Energía para el Desarrollo”, que en abril de 2024 se realizó en Riad, Arabia Saudita, con la participación de ministros, altos funcionarios y empresarios de más de 90 países.
En un artículo reciente, mencionado en la introducción, van der Pijl (2023) afirma que los organismos transnacionales han evolucionado desde una “gobernanza indirecta” a una “directa” sobre los Estados constituyentes. Como efecto de un proceso de transferencia que ha durado más de cien años y ha pasado casi desapercibido, la llamada “gobernanza global”—asegura este especialista— se encuentra en manos de grupos de planificación privados que representan a las corporaciones.
Si desde los años noventa hasta 2022 parecía que el sistema del Atlántico Norte había logrado verdaderamente una “gobernanza global” para el capital transnacional, esa posibilidad llegó a su fin con la guerra en Ucrania. Los Estados que componen los BRICS,9 ciertamente ponen en riesgo la unipolaridad, pero carecen de la columna vertebral unificada y flexible que las estructuras de planificación privada permiten al universo neoliberal anglófono responder a su crisis a través de una ingeniería social y política gradual. Queda por ver, apunta, cómo responderán los BRICS, si contenderán con Estados Unidos y con los grupos privados de planificación, o si serán plenamente cooptados para engrosar el consenso global (van der Pijl, 2023) .
Las instituciones globales de élite, creadas en respuesta a la deriva mundial hacia la izquierda de los años setenta, se propusieron en los últimos años —añade— disciplinar e imponer su orientación política a organizaciones formales como la Secretaría de la ONU, la OMS o la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Como resultado, las organizaciones internacionales formadas por los Estados y sus secretarías, los grupos de planificación transnacionales privados y las empresas están convergiendo en una plataforma común para la “gobernanza global”. Y en este proceso el FEM es el ejemplo más destacado de un grupo de planificación transnacional que está girando hacia la “gobernanza directa” (van der Pijl, 2023) .
Aunque la tesis de van der Pijl pueda parecer excesiva, la firma en junio de 2019 de un memorándum de entendimiento entre el FEM y la ONU, en virtud del cual se comprometen a acelerar la implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, llevado adelante sin solicitar la aprobación o la supervisión de los propios Estados Miembros de la ONU, expresa sin duda un paso significativo, aunque no el primero,10 hacia una plataforma común de “gobernanza global”. Entre otras cuestiones, el acuerdo establece la cooperación en los ámbitos de la educación, el cambio climático, la salud y la financiación, la intervención del secretario general de la ONU en las reuniones anuales del FEM, la participación de los responsables de los principales organismos de la ONU en las reuniones regionales del FEM y formas de divulgación conjuntas.
Si bien la cooperación con otras organizaciones internacionales, incluidas muchas agencias de la ONU, es una constante en la trayectoria del FEM, Gleckman (2019) , entre otros analistas, entiende que este memorándum es bisagra, “(…) porque establece un hogar institucional para las grandes empresas multinacionales dentro de las Naciones Unidas”, la mayor organización intergubernamental existente. No es casual que complementariamente a la reunión de la Asamblea General de la ONU realizada en Nueva York para analizar la marcha de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el FEM convocara a “líderes cuidadosamente seleccionados” del mundo empresario y político, de organizaciones internacionales y de la sociedad civil a su propio evento, denominado “Las Reuniones de Impacto sobre el Desarrollo Sostenible” (weforum.org, 2024c).
“Una nueva narrativa de la globalización”: la apuesta ideológica del FEM
Diferentes análisis coinciden en destacar que si en los ochenta y principios de los noventa, a tono con las propuestas de Hayek y Friedman, que habían creado la famosa Sociedad Mont Pèlerin en 1947, el FEM se constituyó en paradigma neoliberal, defendiendo la desregulación del mercado para los capitales, la eliminación de la protección social estatal y la privatización de los bienes públicos; desde mediados de los noventa, comenzó a descuidar esa agenda alineada con el Consenso de Washington, para entronar los tópicos de la responsabilidad social empresarial y la responsabilidad global (Carroll, 2010; Sassen, 2012; Friesen, 2020; Ojala, 2017; van del Pijl, 2023).
La celebración del primer Foro Social Mundial (FSM) en Porto Alegre Brasil en enero de 2001, crítico del neoliberalismo y organizado en oposición a la élite representada en el foro de Davos, es tramitada por el FEM, efectivamente, mediante la lógica de la responsabilidad corporativa global. En lugar de ignorar a su adversario declarado, aumentó la cantidad de organizaciones no gubernamentales invitadas a participar de los paneles sobre temas como el cambio climático y el desarrollo sustentable, y otorgó más espacio a los dirigentes políticos y expertos que se expresaban sobre las condiciones desfavorables del comercio mundial para los países periféricos (Ojalá, 2017). “La organización del Foro Abierto reflejó el deseo de construir un ‘puente viviente’ que conectara la Reunión Anual principal con organizaciones no gubernamentales (ONG) críticas y la comunidad local, haciendo que la misión del Foro Económico Mundial fuera más accesible y transparente” (World Economic Forum, 2019a: 222).
La presencia en la reunión anual de Davos de 2003 del presidente brasileño Lula da Silva, impulsor del Foro Social Mundial y defensor de un programa industrialista, soberano y con justicia social, sirvió de piedra de toque para que el FEM alegara por una “globalización inclusiva”. Tras reconocer la brecha de desarrollo y bienestar entre los países y al interior de cada sociedad nacional que ha generado la apertura de los mercados, aboga por una globalización justa, cuyos beneficios lleguen a todos los rincones del mundo. Por loable que sea, ningún programa de políticas sociales para reducir la pobreza puede funcionar —argumenta— si no tiene en cuenta que necesita financiación, y que ésta depende del crecimiento económico y de los flujos de inversión. Para el FEM, no se trata de poner en duda la globalización como corazón del crecimiento económico global, sino, por el contrario, de redoblar los esfuerzos para lograr una mayor apertura y una más sólida integración económica global (World Economic Forum, 2019a: 220-222).
Junto a la pobreza, comenzaron también a ser identificados como problemas globales que merecen la atención del FEM otros problemas sociales, como las enfermedades endémicas, la seguridad alimentaria, la provisión de agua potable y el cambio climático. A diferencia de la filantropía, que anclada en el activismo empresarial pretende establecer una conducta moral de ayuda a los pobres del mundo (por ejemplo, las fundaciones de Soros y de Bill y Melinda Gates) (Ojala, 2017) , el enfoque de la responsabilidad corporativa pretende cambiar la forma en que las empresas operan en sus transacciones diarias a la hora de abordar problemas ambientales, laborales y de derechos humanos. Reiteradamente, Schwab convoca a los “líderes globales” a asumir una posición de compromiso con la bandera de “mejorar el estado del mundo” (World Economic Forum, 2019a: 135-226).
Desde 2014, por lo menos, el FEM incorpora a sus diagnósticos sobre la realidad global datos del informe sobre desigualdad global que, en enero de cada año, con la clara intención de coincidir con la reunión de Davos, da a conocer Oxfam, un movimiento global por la justicia social formado por miles de organizaciones localizadas en cerca de 70 países (Oxfam, 2024). En 2024, aludiendo a la importancia global que tiene dicho informe, el FEM recupera algunas de sus estadísticas, por ejemplo, que desde 2020 el 60% de las personas en el mundo se ha vuelto más pobre mientras que la riqueza conjunta de los cinco hombres más ricos del mundo se ha más que duplicado; que la riqueza se concentra en 60% en los países desarrollados del hemisferio norte; que 1% de las personas más ricas del mundo posee 43% de todos los activos financieros globales; que sólo 0,4% de las empresas más grandes e influyentes del mundo se comprometen a pagar a su personal un salario digno; que la pandemia marcó el mayor aumento de la desigualdad de ingresos entre países en tres décadas (weforum.org, 2024a). Pero si publica cifras impactantes, deja de lado los análisis que ofrece el informe sobre las causas de la desigualdad racializada, feminizada y concentrada en los países periféricos, que atribuye sin rodeos al poder empresarial concentrado en monopolios que para enriquecerse se sirve de la opresión de los trabajadores, la evasión de impuestos, la privatización de servicios sociales básicos y el impulso del colapso climático (Oxfam, 2024).
Tras reconocer que la crisis de 2007-2008 fue la más grave desde la gran depresión, Schwab (2008) la presenta como una oportunidad para un cambio positivo. Según su mirada, el sistema internacional, creado a mediados del siglo XX y basado en instituciones y acuerdos multilaterales, carece de autoridad para abordar los desafíos de un sistema financiero global desbocado. La ausencia de funciones regulatorias ha fomentado el abuso por parte de muchos actores globales, en detrimento de las economías nacionales y de la gente común, por lo que es urgente un equilibrio entre regulación y dinamismo empresarial. También alerta contra la “perversión del espíritu profesional de la gestión” que conlleva la abusiva búsqueda de beneficios a corto plazo y reclama un ethos de los líderes empresariales que priorice la búsqueda de beneficios a largo plazo, con competitividad y sostenibilidad. Para que la crisis tenga un carácter transformador, asegura, se precisa de una verdadera asociación global, auspiciada por el FEM, que permita superar el impacto negativo de los instrumentos financieros y avanzar en los retos globales del cambio climático y la lucha contra la pobreza.
Tanto los discursos de apertura de su fundador y presidente ejecutivo en las reuniones de Davos de los años siguientes como los comunicados institucionales siguieron girando en torno de la crisis económica como una oportunidad para recuperar la confianza, reestructurar la economía mundial y reformar las instituciones globales para prevenir otra gran perturbación económica. También insistieron en la posición única del FEM como institución capaz de acercar los sectores público y privado para una alianza de largo plazo (World Economic Forum, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2015 y 2016). Ante el peligro de una pérdida de confianza de las futuras generaciones en las élites políticas y económicas, Schwab (2012: 147) cree necesaria y urgente (…) una transformación global, que debe comenzar por restablecer un sentido global de responsabilidad social”.
En las últimas décadas, como forma de metabolizar los cambios en el orden económico mundial que amenazan la movilidad del capital y el libre comercio, el FEM fortalece su llamado a formar una élite cada vez más integrada globalmente en torno del propósito de la extensión de las relaciones de mercado a cada región del mundo. En sus foros, reuniones e informes, los “mercados emergentes” y las “economías en desarrollo” son representados como motores de crecimiento, y sus referentes empresariales y políticos como parte de una comunidad global, encontrándose los “líderes” de los países que integran los BRICS entre sus más destacados invitados, entrevistados y oradores.
Un buen ejemplo reside en la calculada estrategia persuasiva del FEM frente a China. No sólo las delegaciones chinas están invitadas desde 1979 a la reunión anual de Davos, sino que la Reunión de los Nuevos Campeones, que congrega desde 2007 a las “empresas de rápido crecimiento”, a los “pioneros tecnológicos” y a los “jóvenes líderes globales”, tuvo su primera edición en Dalian, China, con una participación de más de 40% de empresas asiáticas (World Economic Forum, 2019a: 249); ciudad que, desde entonces, ha sido sede en una decena de ocasiones más. Luego del viaje especial de Schwab a China para invitarlo especialmente, en 2017el presidente Xi Jinping asistió al Foro de Davos (World Economic Forum, 2018: 35). Desde entonces, las empresas chinas representadas en el Foro han aumentado aproximadamente 30% año tras año (World Economic Forum, 2023: 45). La introducción de “economías emergentes” como China e India en la comunidad internacional, se vanagloria Schwab, es uno de los mayores méritos del Foro (World Economic Forum, 2019a: 5). No se trata de un tema menor cuando actualmente se discute si se asiste a un proceso de transición desde un orden unipolar con hegemonía de Estados Unidos y sus aliados a uno bipolar o multipolar impulsado por el ascenso de China como nuevo centro que interviene en el mercado mundial en alianza estratégica con los otros países que integran el grupo de los BRICS.
Como efecto palpable de la crisis financiera 2007-2008, el FEM reconoce en su producción ideológica las deficiencias del sistema financiero y pone en valor a los Estados como garantes y supervisores últimos de los mercados financieros. Sin dejar de destacar el papel de los bancos y de los inversores como principales impulsores de la economía global y piedra angular de toda la actividad económica y del crecimiento a largo plazo, adopta una vez más la táctica de abogar por una práctica empresarial más responsable. En sintonía, se ocupa de generar espacios, como la Iniciativa Global Challenge (weforum.org, 2014), en los que convoca a la comunidad corporativa transnacional a construir un sistema financiero global más eficiente y equitativo. Actualmente, con el mismo objetivo, pero con mayor peso en su trama institucional, funciona el ya mencionado Centro de Sistemas Financieros y Monetarios, que reúne más de 250 socios y cuenta con más de 16 iniciativas, entre ellas, una sobre el futuro de los mercados de capitales interesada en promover la inversión responsable en todo el ecosistema (weforum.org, 2024b).
En los informes y documentos oficiales del FEM rara vez son mencionados los máximos exponentes de la doctrina neoliberal, Friedrich von Hayek y Milton Friedman, en cambio, sí aparecen de manera constante referencias a los Estados como actores claves del “diálogo entre partes interesadas”. En oposición a la idea de una libertad de mercado sin restricciones, un principio ideológico central del Foro es que los problemas globales no pueden ser enfrentados ni por las empresas ni por el Estado, ni por las organizaciones de la sociedad civil por su propia cuenta. Sólo un diálogo de las partes interesadas, con la coordinación del FEM, autoproclamada como la única institución capaz de trascender las barreras entre política y economía, puede encontrar soluciones a nivel global.
Ciertamente, si en sus primeras décadas se concibe a sí mismo como una plataforma de convocatoria, desde 2015 el FEM pretende ser reconocido como la principal asociación mundial para la cooperación público-privada. Desde esta vocación ambiciosa, no duda en intervenir en el campo contradictorio de las ideologías reclamando una “nueva narrativa de la globalización”. Se justifica esta vez la extensión de la cita:
El mundo se encuentra en una encrucijada histórica. El extremismo de mercado, a menudo etiquetado como neoliberalismo, que ha formado las políticas nacionales y globales durante las últimas tres décadas se ha convertido en un combustible tóxico para el motor del crecimiento global. También ha generado efectos secundarios contaminantes que ya no son tolerados por grandes porciones de la sociedad.
La globalización impulsada por el mercado ha levantado a más de mil millones de personas de la pobreza y ha sido un impulsor global de mejores niveles de vida. En su forma actual, sin embargo, ya no es apta para el contexto actual ni para el futuro cercano.
(…) La legitimidad de una economía global puramente impulsada por el mercado se vio socavada por un número creciente de desafíos sistémicos, tales como:
- la transición de un mundo unipolar a un mundo multipolar y, en consecuencia, a un mundo con conceptos sociales que desafían el pensamiento “occidental”;
- poder de mercado, prácticas corruptas y prácticas financieras especulativas que distorsionan la equidad de los mercados y el proceso de creación de valor real a largo plazo;
- transformación de los procesos de producción, haciendo hincapié en la automatización, el capital y la innovación sobre el trabajo manual, y pronto el intelectual;
- la grave amenaza a la preservación y regeneración del medio ambiente, causada por el uso excesivo y la erosión de los recursos naturales.
(…) A pesar de que el Foro Económico Mundial hizo hincapié en la importancia de la responsabilidad social en sus programas en Davos y en todo el mundo, estas advertencias no se tomaron suficientemente en serio. Hoy nos enfrentamos a una reacción contra ese sistema y las élites que se consideran sus beneficiarios unilaterales. El peligro de este contragolpe es que pasa por alto el hecho de que la búsqueda de la innovación y la competitividad sigue siendo el principal motor del desarrollo económico y, en última instancia, del progreso social. No es el sistema basado en el mercado mismo el que es el problema, sino su implementación. Es la falta de principios adecuados y dignos de confianza para mantener en su interior un contrato social indispensable para una sociedad justa, próspera y sana (…)” (Schwab, 2017) .
A partir de comprender la crisis de la forma extrema del neoliberalismo como una oportunidad, el FEM identifica en los años siguientes como los grandes desafíos a enfrentar en las primeras décadas del siglo XXI, además del cambio climático y la desconfianza en la globalización neoliberal, la cuarta revolución industrial y la inteligencia artificial.11 Innovaciones que pueden conducir, según su visión, a una globalización inclusiva y sostenible, si hay un diálogo estratégico entre las partes interesadas sobre la “gobernanza” de las nuevas tecnologías, o, por el contrario, a un mundo despótico sin autonomía ciudadana.
Schwab (2019) distingue tres modelos de capitalismo: 1) el “capitalismo de accionistas”, guiado por un enfoque centrado en las ganancias, según los principios de Milton Friedman y la Escuela de Chicago, actualmente dominante a nivel mundial; 2) el “capitalismo de Estado”, que confía al gobierno la dirección de la economía y prevalece en China y otros “mercados emergentes”; y 3) el “capitalismo de todas las partes interesadas”, propuesto desde hace décadas por el FEM, basado en posicionar a las corporaciones privadas como “fideicomisarias de la sociedad”. Si bien en su apogeo, el capitalismo accionario condujo a la prosperidad, abriendo mercados y creando empleos, las presiones de la economía financiera por lograr resultados en el corto plazo y el enfoque basado exclusivamente en el lucro hicieron que se “desconectara de la economía real” hasta tornarse insostenible. Hay que reemplazarlo —según plantea— por un capitalismo en el que las grandes corporaciones, junto con los gobiernos y las organizaciones multilaterales respondan a los desafíos sociales y ambientales.
Con la meta de que ese capitalismo de partes interesadas se transforme en el nuevo modelo dominante, el laboratorio del FEM elabora el Manifiesto de Davos (2019), en el que insta a las empresas a pagar una carga justa de impuestos, mostrar tolerancia cero a la corrupción, defender los derechos humanos en todas sus cadenas de suministro globales, mantener el ecosistema digital confiable, mejorar las condiciones laborales de sus empleados, apoyar las comunidades en que trabaja y buscar retornos sostenibles para los accionistas que no sacrifiquen el futuro por el presente.
Schwab y Malleret (2020) entienden que el ascenso del nacionalismo y el crecimiento de China, de India y de otras economías, ha remodelado la estructura de poder global de una manera tan significativa que parece inevitable “cierta desglobalización”, y que no tiene sentido intentar restablecer la “hiperglobalización”, porque ha perdido todo su capital político y social. Lo que sí es posible —aducen— es limitar los efectos negativos de una caída libre o una salida apresurada de la globalización (guerras comerciales y monetarias, estragos sociales, nacionalismos étnicos, etc.) gestionando globalmente de manera eficaz una forma más inclusiva, equitativa y sostenible. Para lograrlo, hace falta una “gran reconstrucción” de la cooperación global, que no puede consistir en adaptar las instituciones existentes (construidas después de la Segunda Guerra Mundial para dar forma al sistema de comercio global e interacción financiera que requería el multilateralismo abierto), porque han quedado obsoletas (World Economic Forum, 2020: 6).
El “gran reinicio” que formulan como respuesta a la crisis del coronavirus Schwab y Malleret (2020) , adoptado en las comunicaciones oficiales del Foro, contiene un llamado a un futuro global más equitativo y respetuoso con la naturaleza, que priorice una economía verde y el bienestar colectivo por encima del mero crecimiento del producto interno bruto (PBI). Un futuro —escriben— que convierta la distancia entre los líderes y el resto de las personas en una conexión profunda y en el que las tecnologías no polaricen, sino que ayuden en la convivencia. A las sociedades de capital de riesgo y a las empresas tecnológicas, les advierten que deben comenzar a incluir, como no lo han hecho hasta ahora, las cuestiones relativas a riesgos sociales y ambientales en sus criterios de inversión.
En esta estrategia que aboga por una globalización equitativa, Schwab y Malleret (2020: 34) decretan “la sentencia de muerte del neoliberalismo”, entendido como un cuerpo de ideas políticas que favorece la competencia sobre la solidaridad, la destrucción creativa por encima de la intervención gubernamental y el crecimiento económico del PBI) sobre el bienestar social. El “fetichismo de mercado” ya no da respuestas adecuadas. No es casual que Estados Unidos y Reino Unido, que adoptaron con mayor fervor las políticas neoliberales, se encuentren entre los países que sufrieron más bajas durante la pandemia. Esta última ha mostrado que los gobiernos son importantes y poderosos, no sólo para ayudar a las empresas en riesgo, sino también para proporcionar buenos servicios de salud, burocracias competentes y finanzas sólidas. El mundo actual requiere dos fuerzas concomitantes: el abandono de las políticas neoliberales extremas y una redistribución masiva de los ricos a los pobres, del capital al trabajo, a partir de un papel mayor de los gobiernos (Schwab y Malleret, 2020: 37).
Los líderes globales —declara Schwab— se enfrentan a un mundo cada vez más multipolar, con actores estatales y no estatales, con valores y sistemas en competencia. “Navegar por esta creciente incertidumbre y equilibrar los imperativos nacionales y las necesidades de nuestro futuro global común se encuentran entre los dilemas más desafiantes que enfrentan los líderes en la actualidad” (World Economic Forum, 2023: 3). La polarización y la sensación de incertidumbre que viven las sociedades, el rediseño de las cadenas de suministro mundiales, las crisis geopolíticas, el cambio climático, la inflación persistente y la corrosión de los logros anteriores en materia de desarrollo y niveles de vida, son otro desafío enorme que los líderes globales deben enfrentar en sus causas profundas sin dejar de “lidiar con los efectos inmediatos de dicha división y angustia”. El camino para hacerlo es equilibrar las respuestas a corto plazo con el pensamiento a largo plazo, la innovación y el pensamiento de frontera, y una mayor cooperación entre los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil (World Economic Forum, 2023: 3).
En lo relativo a los dispositivos institucionales que encarnan y propagan las representaciones que hemos revisado, especial atención merece su red de “comunidades”. El FEM reconoce como un momento importante de su propia historia haber decidido aumentar su poder de impacto mediante lo que llama una “comunidad de comunidades”, esto es, una red de plataformas interconectadas que proporcionara formas estructuradas y eficientes de impulsar liderazgos “desde dentro de los sistemas que dan forma a los problemas” (World Economic Forum, 2019b: 5). La Comunidad de Jóvenes Líderes Globales, creada en 2004, por ejemplo, cuenta hoy con una membresía de más de 1400 miembros de 120 nacionalidades, organiza su propio foro y envía una delegación a la reunión de Davos.12 La incubación de “comunidades”, esto es, de espacios de discusión abiertos a personas y organizaciones que están interesadas, aunque no provengan de las categorías corporativas y dirigenciales, en aportar a la resolución de problemas mundiales, es significativa dentro de la estrategia de persuasión del FEM porque promete, como observan Garsten y Sörbom (2021) , pertenencia subjetiva a una “nobleza global emergente”.
Al mismo tiempo, y esto también es importante, las posiciones del FEM sobre la globalización neoliberal (entre otros tópicos) no sólo son reproducidas por medios de comunicación con llegada masiva (algunos de cuyos consorcios, por ejemplo, Bloomberg y The New York Company, integran su lista de socios), sino de manera sistemática por su propio Grupo de Comunicaciones Globales (World Economic Forum, 2023), encargado de “(…) a compartir ideas y amplificar soluciones para una audiencia global a través de sus expertos narradores, editores y creadores de contenido” (World Economic Forum, 2023: 42).
En un momento caracterizado por la convergencia tecnológica y productiva entre el sector audiovisual, la gráfica, las telecomunicaciones e internet (Becerra, 2014) , ese Grupo desarrolla contenido escrito, de audio y visual, así como producción en vivo, para difundir eventos, artículos de opinión, entrevistas, informes, discursos, documentales, etc. Al respecto, algunos datos reveladores: la Reunión Anual 2023 atrajo una audiencia de 2,5 millones de personas y más de 34 millones de vistas en las redes sociales; la página web cuenta con más de 10000 artículos de opinión y análisis, videos, podcasts y boletines informativos; el podcast Radio Davos logró 1 millón de descargas; en las redes de LinkedIn, Instagram, TikTok, Facebook y Twitter, en conjunto, tiene casi 30 millones de seguidores (World Economic Forum, 2023: 42).
Conclusiones
Buena parte de la literatura, de una u otra manera, entiende que el FEM es una institución que a lo largo de su historia (en sus estatutos, rituales, discursos, informes, etc.) materializa elementos ideológicos constitutivos del globalismo neoliberal, al tiempo que contribuye en su reproducción. A lo largo de este artículo, complejizando esos aportes y resaltando el papel de mediación institucional propio del FEM, se mostró que no lo hace de manera pasiva sino introduciendo algunas representaciones contradictorias con ese núcleo ideológico y ajustando otras, para hacer frente a los desafíos que provienen tanto de los movimientos tectónicos del capitalismo mundializado como de las contiendas contra la globalización neoliberal occidental.
Los cuadros técnicos e intelectuales de las grandes corporaciones tienen un peso decisivo en los Centros del Foro dedicados a investigación, desarrollo de saberes y bases de datos, lo cual les permite fijar su punto de vista ideológico sobre proyectos relativos a educación, brecha de género, transición energética, transformación industrial, formación de la fuerza laboral, riesgos globales, futuro de los mercados de capitales, gobernanza de las tecnologías, planificación de escenarios, etcétera.
A la hora de estudiar el repertorio ideológico moldeado por el FEM, según el recorrido realizado, no sorprende que contenga insistentes interpelaciones a una subjetividad globalista, llamados a ocupar posiciones de sujeto como “empresas globales líderes”, “líderes comunitarios globales”, “emprendedores globales”, “innovadores globales”, etc. Menos evidentes son los giros y las tendencias que un análisis atento puede detectar en el cuerpo de sentidos que produce y circula sobre la globalización neoliberal entre 2008 y el presente.
La competencia y el espíritu emprendedor y de innovación como fuerzas propulsoras del desarrollo económico y, en consecuencia, del progreso social; la apertura de los mercados y la integración económica global como motores del crecimiento económico mundial; la prosperidad individual y colectiva, en todos los rincones del mundo, como efecto del crecimiento económico sostenido; líderes y élites empresariales capaces de ver más allá que el resto de los sujetos económicos; marcos regulatorios que protejan las transacciones y garanticen los derechos de propiedad: tales son los postulados que conforman la tendencia dominante de la producción ideológica analizada, en torno de la cual los elementos de la tendencia dominada se articulan y significan.
La globalización neoliberal del capital es representada, por supuesto, como fuente de ganancias para las empresas, pero también, con insistencia, como un proyecto histórico que augura crecimiento económico y bienestar general expansivos. Como hacedoras de este proyecto, las corporaciones transnacionales y las élites globales pueden entonces reconocerse a sí mismas no sólo como exitosas en el mundo de los negocios, sino también como fuerzas liberadoras que tienen la misión de hacer del planeta un lugar mejor. Extender las relaciones de mercado a cada rincón del mundo implica también para el FEM formar una élite cada vez más integrada globalmente, que incluya en sus filas no sólo a los “líderes” económicos y políticos del Atlántico Norte sino también a los que provienen de las “economías emergentes”, especialmente, China e India. Para remar contra la tendencia a la fragmentación global, que mira con gran preocupación, interpela de manera constante, activando y aceitando dispositivos sofisticados, a los directores corporativos y a los altos dirigentes políticos “no occidentales” con la intención abierta de lograr un consenso sobre la globalización, no de cualquier tipo, sino uno liderado por las élites del Atlántico Norte y bajo sus auspicios, como la institución transnacional de cooperación público-privada más capacitada para proporcionar —según su propio autorretrato simbólico— una “dirección intelectual y una visión estratégica globales” (World Economic Forum, 2012: 3; 2023: 7).
Sin renunciar a ese núcleo ideológico, paulatinamente, el FEM comienza a cuestionar la forma irrestricta adoptada por la movilidad de los capitales y a criticar los excesos y la falta de responsabilidad corporativa en su implementación; también a consolidar el tópico del desarrollo social con perspectiva de género y a incorporar la pobreza como un problema que debe comprometer a las élites globales. Estos elementos, según el análisis presentado, forman parte de la tendencia secundaria de su práctica ideológica, no sólo porque reaccionan a sucesos interpretados como amenazantes que vinieron a montarse sobre elementos ideológicos básicos, también porque sus sentidos se encuentran subordinados a la tendencia ideológica dominante.
Ante la aglutinación de diversas luchas antiglobalización, el FEM reacciona interpelando a los “líderes” globales a reconocer el avance de la desigualdad en el mundo como falla (no querida) de la globalización neoliberal, que puede ser subsanada mediante prácticas de responsabilidad social destinadas a producir sujetos económicos que puedan mirar por encima de la voracidad inmediata de ganancias para atender problemas como la brecha de género y los derechos laborales, entre otros. Mediante una operación de reconocimiento/desconocimiento, nombra la desigualdad global, incluso la cada vez más notoria concentración de la riqueza en pocas manos, la incorpora a sus cadenas de sentidos, pero guarda silencio sobre las formas de explotación y desposesión capitalista que la reproducen de manera ampliada e involucran de lleno a sus bases corporativas.
Pero no se limita a esa denegación del antagonismo capital/trabajo, común a los más variados mecanismos de interpelación en el campo de la hegemonía del mercado global financiero, también postula que las corporaciones “líderes”, dotadas de un espíritu constructivo y una mirada inteligente, pueden asumir la dirección intelectual y moral necesaria para un crecimiento inclusivo. Esta perspectiva con la que pretende persuadir a los círculos corporativos quizás pueda leerse como un intento del FEM de organizar política e ideológicamente a las fracciones hegemónicas del capital global en torno del objetivo de no socavar sin retorno la naturaleza y la reproducción de la fuerza de trabajo de las que depende en última instancia su proceso de valorización. Lo mismo puede decirse de sus intervenciones a favor de los esfuerzos estatales por sostener los sistemas de salud y educación, por ejemplo, durante la pandemia: ya que se trata de espacios públicos esenciales para la reproducción social, conviene atemperar o frenar su privatización, aunque esto choque con la avaricia inmediata de los inversores enfocados en las transacciones financieras o en la acumulación por desposesión.
El lenguaje que emplea el FEM para referirse a sus espacios de diseño de políticas (comunidades, foros abiertos) y el uso con pretensión convocante que hace del término “ciudadanía corporativa global” (que busca interpelar no sólo al gran capital sino a todo emprendedor o innovador social que pretenda sumarse al enfoque de partes interesadas), tienen el sentido de ampliar, bajo la modalidad de una sutura imaginaria, el sentimiento de pertenencia a las élites del corazón del capital global, independientemente de la propiedad o del lugar ocupado en la estructura social por los sujetos. Además, articula el modelo del individuo como empresario de sí mismo, innovador y productivo, que está en el corazón de la construcción de sujetos propia del neoliberalismo (Brown, 2016) , con las ideas de pertenencia comunitaria y apoyo institucional, incorporando así a su tendencia ideológica principal elementos provenientes de los imaginarios críticos del individualismo neoliberal.
En síntesis, la estrategia de un capitalismo de todas las partes interesadas tiene como eje ideológico que es posible alinear los postulados de rentabilidad capitalista y crecimiento económico (tendencia dominante) con los de sostenibilidad social y ambiental (tendencia dominada). Las representaciones que giran en torno de esa última tendencia no constituyen solamente una gestualidad destinada a mejorar la imagen de las corporaciones. En los centros y otras instancias estas representaciones y sus mecanismos de interpelación, desde 2008 y con más énfasis después de la pandemia, cumplen el papel de justificar los planes de “gobernanza” y los proyectos de regulación normativa global, como los relativos a las tecnologías emergentes o a la transición energética verde, por tomar sólo dos ejemplos.
La expansión tecnológica de las grandes corporaciones más que representar un proyecto económico adquiere en el taller ideológico del FEM el temple de una cruzada para evitar las crisis humanitarias, frenar el cambio climático, mejorar la atención sanitaria, la conectividad y, en general, la vida cotidiana de millones de personas. De este modo, por un lado, interpone a los procesos de desposesión que implica la producción de minerales y otras materias primas en la periferia, y a las formas de trabajo precarizado, esclavo, infantil y feminizado que implican,13 el mantra de que no hay alternativa al progreso proporcionado por los gigantes tecnológicos; por el otro, se sirve de elementos ideológicos provenientes de las luchas ecologistas y de defensa de los derechos humanos, entre otras, para revestir esas megacorporaciones de las cualidades del compromiso con el futuro del planeta y la solidaridad con los que menos tienen.
Frente al postulado de la doctrina neoliberal que aboga por un orden espontáneo de los mercados, sin la innecesaria y perjudicial intervención estatal, a partir de la crisis de 2008 el FEM dota de sentido las regulaciones estatales como garantía de estabilidad financiera y reivindica un equilibrio entre regulación y dinámica empresarial. Pero lo hace representando a los bancos y a los inversores como tractores imprescindibles de la economía global. Primacía de los mercados financieros, cuya élite debe ser más responsable y comprometida con su rol de piedra angular del crecimiento a largo plazo (tendencia dominante), complementada con una regulación estatal que los llame al orden y los sostenga en épocas de crisis (tendencia dominada).
Asumiendo el descrédito de la forma adoptada por el neoliberalismo en las últimas décadas (agresiva, extremista de mercado, con efectos sociales y ambientales nocivos, especulativa, voraz, cortoplacista, conducida por élites irresponsables y egoístas), el FEM apuesta, en concierto con otras instituciones aliadas, por una forma de globalización inclusiva y sostenible, pero que no abandone las metas de la apertura de mercados, el fortalecimiento del comercio mundial y el crecimiento económico. Si las amenazas del multilateralismo y la fragmentación desbocada hacen imposible volver a la época dorada de la globalización, hay que dotar a la globalización de una nueva forma y narrativa, dicen sus intelectuales. Una globalización ya no basada en el fetichismo de mercado y en el puro lucro, sino una globalización en la que las grandes corporaciones junto a los gobiernos y las organizaciones transnacionales se hagan cargo de los retos de la desigualdad, el uso de las tecnologías y el cambio climático. Una globalización en la que los sectores productivos ganen terreno y tengan cabida las políticas industriales de fortalecimiento de la competitividad.14
No se trata para el Foro y sus cuadros dirigenciales, técnicos e intelectuales (principalmente, provenientes de redes corporativas transnacionales) de tirar la globalización neoliberal por la borda, como algunas expresiones aisladas o fuera de contexto parecen sugerir. Por el contrario, se ofrece como una plataforma global única que puede lograr el diálogo que es necesario para que siga siendo una fuerza positiva. ¿Cómo? Entrando en un nivel más alto de globalización, una “globalización 4.0” que aproveche la tecnología y responda a los principios de sostenibilidad del planeta y de la vida humana y respete la diversidad de enfoques que tienen los países para administrar sus economías. Queda pendiente para futuras investigaciones analizar el impacto concreto de este programa ideológico en las políticas públicas y las estrategias corporativas.
En el campo de las ideologías, esa estrategia pugna con otras opciones tentadoras para los grandes monopolios financieros y tecnológicos en las condiciones objetivas y subjetivas de la coyuntura actual, que algunas tesis describen como una crisis neoliberal terminal, otras como un interregno incierto y abierto, y otras como una incipiente nueva fase con más intervención estatal, un resurgimiento de los intereses del capital productivo y una fragmentación parcial del capital global.
Versus las posiciones nacionalistas, proteccionistas, antimigratorias y críticas de la transición verde, encarnadas en fuerzas políticas con fuerte peso electoral, tanto en Estados Unidos como en Europa, el FEM sostiene que “el mundo no necesita menos sino más globalización” y que para lograrlo es preciso enfrentar el colapso de la confianza en las élites económicas y en los gobiernos (World Economic Forum, 2019a: 369-372). Y contra las posturas, que también integran el espectro de las extremas derechas, que realzan el heroísmo empresarial egoísta y la libertad de los mercados, rechazan la justicia social, culpan a las izquierdas de la inmigración ilegal y la disminución de las tasas de natalidad, combaten lo que llaman las ideologías de género y del cambio climático, el virus estatista y la demagogia de los políticos (defendidas desde hace algunos años, por ejemplo, por Elon Musk,15 que apoya a Bolsonaro en Brasil y a Milei en Argentina), el FEM enarbola como estrategia una globalización con ropaje inclusivo, multicultural y ambientalista conducida por las élites corporativas, militares, políticas y burocráticas de los epicentros del capitalismo mundial.










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