1. Introducción
La democracia y el pluralismo están bajo ataque. Los dictadores se esfuerzan
por acabar con los últimos vestigios de la disidencia interna y extender
su influencia dañina a nuevos rincones del mundo. Al mismo tiempo,
muchos líderes libremente elegidos reducen drásticamente sus
preocupaciones a una interpretación ciega del interés nacional. De hecho,
tales líderes, incluidos los jefes ejecutivos de Estados Unidos e India,
las dos democracias más grandes del mundo, están cada vez más dispuestos a
romper las salvaguardas institucionales e ignorar los derechos de los críticos
y las minorías mientras persiguen sus agendas populistas.
Freedom House, marzo de 2020
Los antiguos griegos -y la teoría política normativa que siguió sus pasos- asociaban la tiranía directamente con la democracia, debido a la dificultad de contener las pasiones del pueblo llano. Frente a las tentaciones del soborno, el engaño y el libertinaje, las personas comunes tendían a intercambiar la libertad por comodidad, riqueza y placer hedonista. De ahí que los antiguos defendieran la necesidad de mantener algún tipo de control “superior”, de carácter aristocrático, que se resistiera al demiurgo democrático.1 En lugar de una expresión directa de la voluntad general, esta debía filtrarse mediante la representación indirecta provista por instituciones republicanas, lo cual permitiría ejercer un control “civil” sobre una plebe considerada voluble, ignorante y desposeída.
Ante el auge del populismo extremo tanto de derecha como de izquierda, esta corriente de teorización normativa -pesimista y brutalmente realista- representa un inquietante recordatorio de lo peor del pasado: desde el terror revolucionario de la Revolución francesa hasta Napoleón, el fascismo, el nazismo y el bolchevismo. También advierte sobre lo peor que aún podría estar por venir. No obstante, las limitaciones narrativas de esta antigua tradición amenazan con socavar su capacidad normativa revitalizante; su comprensión sociológica de la cultura y de las instituciones de la esfera civil es tan reducida que más que una teoría, funciona como una señal de alarma.
En la Europa moderna temprana, la teorización política adquirió una mayor complejidad. Bajo la influencia de pensadores como Maquiavelo y Montesquieu, los creadores de la Constitución estadounidense, obsesionados con Roma, idearon un conjunto de estructuras e instituciones empíricamente más viables para proteger su radical ejercicio de autogobierno, no solo frente al peligro externo de la monarquía, sino también ante la tiranía interna de la democracia. “El pueblo es turbulento y cambiante”, expresó con preocupación Alexander Hamilton durante un debate en la Convención Constitucional; “rara vez juzga o determina lo correcto”. Sin embargo, al diseñar la versión estadounidense del republicanismo, los fundadores constitucionales concedieron excesiva importancia a la separación de las instituciones de gobierno -sin tomar en cuenta la gama completa de instituciones comunicativas y reguladoras de la esfera civil- y a la supuesta credulidad emocional de las masas -sin considerar las reservas psíquicas ni la insistencia discursiva en la autonomía crítica(. Tampoco previeron lo que, con el tiempo, se convertiría en la amenaza más importante para la democracia moderna: el partido político.
Al no teorizar sobre la construcción de sentido en la esfera civil, los fundadores de los Estados Unidos no lograron comprender el papel central que desempeñan los partidos políticos en dicha configuración. A continuación, presentaré algunos pasos preliminares para abordar esta cuestión. Sostengo que el partido político es, simultáneamente, un canal para la construcción de sentido y un puente a través del cual la opinión pública elaborada da forma al poder del Estado.
El partido político es el vehículo institucional clave para la materialización ideológica de los sentidos simbólicos (Geertz, 1964; cf. Alexander & Taylor, 2024); es decir, para articular y concentrar el poder. Los partidos constituyen la base de una democracia próspera, al enriquecer y fortalecer la esfera civil en su relación con el Estado. No obstante, también pueden constituir el fundamento de la dictadura. Aunque surgidos de la esfera civil, los partidos políticos pueden volverse en su contra: pueden instrumentalizar el poder estatal para reintroducir la ideología partidista en la esfera civil, socavando su autonomía simbólica e impidiendo una movilización democrática abierta.
2. El circuito del sentido
Como explicó Durkheim (1963 [1912]), los sentidos sociales emergen de la representación colectiva. A grandes rasgos, lo que el fundador de la sociología cultural francesa tenía en mente eran conceptos abstractos como “el individuo”. Sin embargo, enfatizó que las representaciones colectivas pueden adquirir fuerza cuando remiten también a sustancias materiales concretas: objetos inanimados o humanos que existen ontológicamente fuera de la subjetividad individual. Estos objetos externos pueden ser un tótem aborigen, como un cuervo; una bandera contemporánea, como la francesa; o un orador elocuente cuya poderosa perorata logra captar la atención de una multitud (Durkheim, 1963 [1912], pp. 190-241).
En esta transformación del sentido en materialidad (Alexander, 2008), Durkheim llegó, sin proponérselo, a una conclusión no solo teóricamente significativa, sino también potencialmente peligrosa, al menos desde la perspectiva de la teoría democrática. ¿Qué implica que una persona o cosa pueda llegar a representar un sentido colectivo?2 Cuando los individuos asocian objetos con el proceso de representación colectiva, no solo experimentan una mayor claridad existencial respecto a los significados de la vida social, sino que desarrollan, al mismo tiempo, una lealtad hacia el objeto totémico que los encarna materialmente: una persona, una bandera, o incluso una institución como un partido político. En la medida en que las ideas se convierten en cosas, los “significados” materiales se transforman a su vez en significantes: códigos y referentes intensamente entrelazados que exigen veneración, idealización y deferencia sagradas, y que estructuran un antagonismo igualmente intenso frente a los significantes sagrados -y sus correspondientes significados materiales- del bando opuesto.
Consideremos, por un momento, la representación colectiva del «socialismo». Surgió como una respuesta humanista a la sociedad industrial primitiva: un símbolo utópico destinado a aliviar las nuevas y profundas formas de sufrimiento material y espiritual que experimentaba un proletariado empobrecido y alienado.3 Sin embargo, pronto el socialismo se asoció con el pensamiento de una figura concreta: Karl Marx, y en particular con El manifiesto comunista, el tratado que él y Friedrich Engels redactaron en 1848 para un grupo de trabajadores alemanes exiliados y resentidos. Impulsados por esta referencia de valor añadido -la materialidad significada-, en 1864 Marx y Engels colaboraron en la organización de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida como la Primera Internacional. A partir de entonces, el partido -una institución dirigida por hombres de carne y hueso- se convirtió en el portador material de la representación colectiva del socialismo. Un sentido social concebido para condensar, narrar y simbolizar el alivio del sufrimiento humano pasó a estar asociado con el destino de un grupo social realmente existente, cuyo número de miembros había crecido rápidamente hasta alcanzar los 800 mil, gobernado por una estructura de mando centralizada y envuelto en luchas por el poder económico y político.
3. El circuito de los grupos
El grupo es un fenómeno social sui géneris cuya naturaleza no suele ser objeto de interés para los sociólogos, sino más bien para la psicología social. En lugar de tematizar el grupo, los sociólogos lo han conceptualizado principalmente como un contenedor neutral de diversas formas de sentimiento social: grupos primarios y secundarios, grupos de pares, pandillas, sectas religiosas, sindicatos y partidos políticos. En contraste, desde la perspectiva de disciplinas más orientadas al individuo y sensibles a las emociones, el concepto de grupo ha sido objeto de una deconstrucción analítica continua, y a veces incluso virulenta.
Durante el fin de siècle, la obra The Crowd de Gustav Le Bon (2002 [1895]) equiparó la existencia del grupo con emociones de masas fluidas que anulan la racionalidad y la autonomía. “Las masas no tienen jamás sed de verdades”, afirmó Le Bon; “quien sabe ilusionarlas se convierte fácilmente en su amo; el que intenta desilusionarlas es siempre su víctima”. A raíz del desencanto provocado por la Gran Guerra, el psicólogo social estadounidense William McDougall (1920) elaboró estas ideas en The Group Mind. Sigmund Freud (1922) se adentró en la estructura de los llamados grupos «artificiales», como la Iglesia y el ejército, y argumentó que su existencia dependía de motivaciones regresivas, primitivas y en gran medida inconscientes: deferencia basada en el miedo hacia líderes-padre y fantasías sumisas de amor materno.
Según la posterior vertiente kleiniana del psicoanálisis, la “escisión” ocupa un lugar central en la vida grupal (Klein, 2002). Esta estructura psicodinámica, debilitante pero también protectora, permite mantener a raya un mal temido; sin embargo, lo hace a un alto costo psíquico, y conlleva además un efecto social indeseado: la escisión protege al soñador secreto de la duda y la autocrítica (cfr. Bion, 1968 [1961]; Segal, 1997).
Cuando teóricos sociales conservadores como Gaetano Mosca (1939 [1896]) desarrollaron sus concepciones antidemocráticas sobre la reproducción de las élites, lo hicieron atravesando el temido circuito de la teoría de grupos. De ahí se derivó directamente la idea de que la sociedad moderna estaba constituida por una masa simple de individuos desconectados. Desde Ortega y Gasset (1994 [1932]) hasta Hannah Arendt (1976 [1948]) y William Kornhauser (2017 [1959]), la “teoría de la sociedad de masas” reforzaba el antiguo temor republicano de que la democracia era insostenible.
Cuando Robert Michels, brillante discípulo italiano de Weber, examinó el Partido Socialdemócrata Alemán, se inscribió en esta misma tradición intelectual. En su obra maestra, Partidos políticos, Michels (1962 [1911]) afirmó haber demostrado una “ley de hierro de la oligarquía”, elaborando una teoría de notable perspicacia empírica, aunque decididamente pseudopsicológica, que ejerció una profunda influencia en el pensamiento sociológico sobre la política y las posibilidades democráticas hasta bien entrado el siglo XX, e incluso más allá. Científicos sociales sofisticados, al pasar por este circuito de teoría grupal, recurrieron a las ideas de Michels para explicar el fascismo, el estalinismo, el macartismo y el populismo (cfr. Canetti, 1984 [1960]).4
3.1. El partido: Los grupos constructores de sentido como canales del poder del Estado
A pesar de su pesimismo a menudo determinista, la teoría de grupos sigue siendo profundamente relevante si se aspira a desarrollar enfoques más sociológicos y menos reductivamente psicológicos para comprender la naturaleza de los partidos políticos. La sociología cultural contemporánea, por ejemplo, adoptaría un enfoque distinto -aunque no del todo ajeno- al vincular la deferencia y la lealtad amorosa con el poder de construcción de sentido de las representaciones colectivas que otorgan sentido a la vida grupal, obligando a los miembros del grupo a desplegar continuamente homologías que reiteran antinomias de odio y amor entre lo sagrado y lo profano. Los grupos partidistas están articulados en torno a ideologías binarias que identifican lo sagrado con sus propios ideales colectivos y lo profano con los ideales de los partidos que se les oponen. El problema es que los partidos políticos grandes y fuertes son necesarios si las estructuras de sentimiento que se arremolinan en las esferas civiles han de cristalizarse de tal modo que puedan transformar de manera efectiva la representación cultural en votos, de modo que los sentimientos civiles puedan quedar representados en el Estado.
Las elecciones son instituciones reguladoras clave de las esferas civiles, ya que establecen el vínculo entre los sentidos de la esfera civil y las políticas reformadoras y sancionadoras del gobierno. A su vez, los partidos políticos -surgidos en los Estados Unidos a comienzos del siglo XIX- son fundamentales para el funcionamiento de las elecciones, a pesar de los temores republicanos que los equiparaban con “facciones” anticiviles capaces de socavar la posibilidad misma de solidaridades más amplias y más cívicas. Incluso cuando las sociedades modernas comprometidas con la democracia se hicieron más grandes, diferenciadas y pluralistas, mantuvieron su adhesión a la idea unificadora de una esfera civil autogobernada. Sin el funcionamiento simplificador de los partidos políticos, ¿cómo podría un votante elegir entre una política y otra? Resultaba difícil incluso para los expertos adjudicar entre los efectos de distintas políticas, mucho más aún alcanzar acuerdos. En tanto representaciones colectivas materialmente incorporadas, los partidos simplifican y cristalizan ideologías, proporcionando shifters5 o conmutadores como “izquierda” y “derecha”, que vinculan de forma fluida el sentido simbólico con las políticas concretas.6 Los partidos son representaciones colectivas materializadas que generan shifters culturales, produciendo lealtad y deferencia hacia sí mismos, y hostilidad visceral hacia quienes quedan fuera.
Sin embargo, si los partidos se cuentan entre las instituciones reguladoras necesarias de las esferas civiles democráticas, los antagonismos ideológicos intensamente divisorios que inspiran también los convierten en los actores más frágiles. Cuando un partido político respeta las reglas democráticas, obtiene apoyo masivo en una elección política y sitúa a sus miembros y afiliados ideológicos en posiciones clave dentro del Estado, queda expuesto a peligrosas oportunidades de deformación democrática. Los partidos en el poder pueden verse tentados a desafiar las capacidades civiles de otras instituciones reguladoras, por ejemplo, al cuestionar las obligaciones universales que el “cargo” impone a quienes detentan el poder, comprometiéndolos a ejercer la autoridad de manera desinteresada en nombre, no de sí mismos, sino de la esfera civil (Alexander, 2023). Los partidos en el poder también pueden caer en la tentación de desafiar el Estado de derecho: las normas civiles universales, basadas en precedentes, que los jueces y abogados interpretan y reformulan. Los partidos actúan como puentes entre la esfera civil y el Estado, pero a veces levantan el puente tras de sí al ascender a posiciones de poder estatal. Se aferran a la poderosa ideología que les permitió alcanzar el poder, y creen fervientemente que las políticas sociales derivadas de esa ideología constituyen la única guía válida para el Estado. En su camino hacia el poder estatal, los partidos cristalizan la construcción de sentido en la esfera civil y luchan por ganar elecciones con el objetivo de institucionalizar su propia refracción de la opinión civil-pública en forma de políticas estatales. No sorprende, entonces, que los partidos exitosos a menudo confundan la lealtad institucional con la lealtad a su propia interpretación de la opinión civil.
Es fundamental conceptualizar los vínculos entre el partido político y la esfera civil de una manera compleja y matizada, que permita visualizar una gama de resultados que se extienden entre la democracia y la dictadura. Una simple tabla de doble entrada revela cuatro posibilidades ideales-típicas (véase abajo). En teoría, estas posibilidades difieren de forma marcada; empíricamente, presentan límites difusos que se entrelazan entre sí.
Los partidos flexibles pueden entenderse como microcosmos de la esfera civil (Slater, 1966). No sostienen oligarquías autorreproductivas ni ideologías rígidas; se ajustan a la tarea de mantener la solidaridad civil, independientemente de si ganan o pierden elecciones; sostienen un animismo político sin caer en el antagonismo (Mouffe, 2000); y aspiran a derrotar a sus adversarios, pero no a eliminarlos. En lugar de buscar la toma del poder del Estado, los partidos flexibles lo orientan para que sirva a la inclinación ideológica de su propio campo. Ante interpretaciones comunicativas cambiantes, presiones electorales y sanciones legales, los partidos flexibles están dispuestos a modificar sus ideologías y plataformas programáticas. Sus miembros se reúnen a la luz del día; los debates partidarios son cubiertos e interpretados por periodistas independientes y puestos a prueba mediante encuestas de opinión pública; sus políticas están abiertas al cuestionamiento por parte de otras asociaciones civiles. Las ambiciones del partido son transparentes y accesibles a la esfera civil; sus debates se rigen por normas “constitucionales” y se llevan a cabo conforme a civilidades interaccionales elaboradas, como las inscritas en el Robert’s Rules of Order; las contiendas por el liderazgo partidario son seguidas con interés (e influenciadas) por públicos no partidarios, y los ganadores son elegidos mediante el voto libre y justo de los miembros del partido.
Por todas estas razones, puede interpretarse que la flexibilidad de los partidos contribuye a los valores y prácticas de la esfera civil. Sin embargo, también se ha interpretado en ocasiones que dicha flexibilidad obstaculiza la eficacia del partido, al inhibir su capacidad de representación y movilización -es decir, de obtener votos y transformar ideologías en poder estatal-. La presión por mejorar en estas actividades puede llevar a los partidos a volverse más rígidos. Un partido organizado de manera más estricta se vuelve más eficaz en términos organizativos y más nítido ideológicamente, y, por lo tanto, quizá, más capaz de motivar a los votantes.
Los partidos pueden volverse más rígidos si contratan personal de tiempo completo con dedicación exclusiva, si organizan grupos juveniles partidistas y desarrollan trayectorias profesionales para que los jóvenes militantes se conviertan en dirigentes adultos del partido. Estos movimientos hacia la rigidez orientan a los partidos “hacia abajo”, aunque no necesariamente “hacia la derecha”, es decir, en una dirección más personalista, jerárquica y potencialmente anticivil. Los partidos profesionalizados con estructuras organizativas estrictas que desempeñan un papel destacado en la política electoral europea -como los partidos Conservador y Laborista en el Reino Unido, o los Demócrata Cristianos, Verdes y Socialdemócratas en Alemania- ciertamente desmienten esa asociación.
Sin embargo, es el desafío de la efectividad -mejorar la capacidad de trasladar al Estado una porción del sentimiento civil ideológicamente significativo- lo que a menudo desencadena no solo la rigidización, sino también la personalización y la verticalización de los partidos políticos. En la medida en que sus organizadores perciben que la mera existencia del partido está amenazada por rumores infundados, juicios legales punitivos o una autoridad estatal violenta y conspirativa, tenderán a volverse más reservados, menos abiertos al escrutinio civil, más jerárquicos e incluso violentos, y comenzarán a conducirse con un estilo más militar que civil. Este tipo de temores y exigencias de eficiencia fue lo que detonó la creación, de alcance histórico mundial, del Partido Bolchevique en 1903, cuando Vladimir Lenin rompió con los mencheviques, a quienes acusó de determinismo económico pasivo y vulnerabilidad organizativa. Frente al compromiso menchevique con un partido más flexible y de membresía amplia, Lenin (2020 [1902]) insistió en que solo un partido muy centralizado y más reducido, compuesto por revolucionarios profesionales, sería capaz de enfrentar y derrotar al Estado zarista. La creación de esta nueva clase de “arma organizativa” (Selznick, 1952) fue lo que permitió a Lenin tomar el poder estatal apenas quince años después, y el impacto global de la Revolución rusa otorgó un prestigio extraordinario al modelo de partido vertical y, con frecuencia, agresivamente antidemocrático que había diseñado. Al emular de cerca el modelo ruso, los fascistas de Mussolini y los nazis de Hitler lograron desencadenar revoluciones de derecha antidemocráticas que replicaban la de Lenin, eliminando físicamente a sus opositores y creando Estados policiales.7 En lugar de cristalizar la opinión pública de un modo que permitiera la entrada civil al Estado, aquel a quien Antonio Gramsci denominó el “príncipe moderno” (en un guiño irónico a Maquiavelo) desplegó el poder estatal para inyectar hipodérmicamente la ideología marxista-leninista en el interior de la esfera civil. ¿De qué otro modo habría de curar a las masas de la falsa conciencia y moldearlas según la noción que el partido tiene de su mejor versión? Si bien estos partidos de vanguardia se presentan como representantes de la voluntad del pueblo, suprimen la autonomía de las instituciones comunicativas que permitirían su interpretación crítica; reprimen las asociaciones civiles que podrían impugnarla; socavan los mecanismos de agregación de encuestas desinteresadas que registran la opinión social, y manipulan los procesos electorales que permitirían el ingreso al Estado de partidos rivales y de sus respectivas ideologías.
Los partidos políticos verticales exigen sumisión -“Creer, Obedecer, Combatir” era el credo fascista- no solo de sus propios miembros, sino también de los funcionarios que ejercen el poder en nombre del Estado. Con el tiempo, estas organizaciones verticales producen un culto a la personalidad: un vehículo performativo seudocarismático para ejercer una autoridad dictatorial.8 Los partidos rígidos tienden a volverse autorreferenciales, concentrando sus representaciones colectivas en un tótem: una figura única de liderazgo, como Mao; un grupo reducido del núcleo interno del partido, como el Comité Permanente del Partido Comunista Chino; o un pequeño recetario ideológico, como el Libro Rojo. Decididos a gobernar en nombre del “pueblo” mitologizado, subordinan la esfera civil a su voluntad. Impulsados por una ideología ferviente que exige un control vertical cada vez mayor, Pol Pot y su partido, el Khmer Rouge, asesinaron a cientos de miles de sus opositores políticos, ordenaron la evacuación de las ciudades camboyanas y generaron condiciones de hambruna que provocaron la muerte de una cuarta parte de la población de Camboya. Stalin creó el Gulag y mató de hambre a millones de campesinos ucranianos que los ideólogos bolcheviques clasificaron como kulaks corruptos y egoístas.
Entre la dictadura partidista rígida y los partidos políticos organizados de manera más flexible, que sirven a la esfera civil, existe una gama de partidos de masas semiautoritarios -como el Bharatiya Janata Party (BJP) de Narendra Modi, Rusia Unida de Vladimir Putin y el Adalet ve Kalkınma Partisi (AKP) de Recep Erdoğan- que fomentan el servilismo y hoy en día ponen en peligro a las democracias del mundo.
Por supuesto, hay ocasiones en que el movimiento se produce en sentido contrario, y los partidos rígidos enfrentan presiones para flexibilizarse. En este caso, la presión no surge de la necesidad de un mayor control o eficacia, sino de la necesidad de responder con mayor apertura a las voces y movimientos de la esfera civil. Durante 150 años, los partidos políticos en Estados Unidos estuvieron bajo el control de élites de clase alta que se ocultaban en los proverbiales “salones llenos de humo”. En 1968, las prolongadas candidaturas antiguerra de Eugene McCarthy y Robert Kennedy convencieron al presidente Lyndon Johnson de no postularse a la reelección. En lugar de asumir el clima antiguerra de la esfera civil estadounidense, las élites del Partido Demócrata, reunidas en la Convención Nacional de Chicago, eligieron directamente como candidato a Hubert Humphrey, el vicepresidente pro guerra de Johnson. Al no lograr canalizar el entusiasmo antiguerra entre los votantes demócratas, Humphrey fue derrotado en las elecciones generales, que dieron la victoria al republicano Richard Nixon. Esta derrota detonó la creación de una comisión de reforma del Partido Demócrata, que garantizó que los futuros candidatos serían elegidos mediante elecciones primarias estatales, y no a puerta cerrada.
Esa flexibilización permitió que candidatos externos con poca experiencia y escaso reconocimiento político previo, como Barack Obama y Donald Trump, obtuvieran la nominación y ganaran elecciones gracias a su extraordinario poder escénico (Alexander, 2010; Alexander & Jaworsky, 2014).9 Puesto que el presidente Obama ancló su identidad política a las tradiciones democráticas y solidarias de los Estados Unidos, durante sus ocho años en el poder el Partido Demócrata flexibilizado permaneció dentro del cuadrante superior izquierdo, del lado de la esfera civil. Los cuatro años de Trump en el poder produjeron un resultado muy distinto. Magnate inmobiliario, encolerizado por la reacción y desvinculado de la esfera civil, condujo al Partido Republicano flexibilizado hacia el cuadrante superior derecho, del lado personal y vertical. A pesar de su derrota ante Joe Biden en 2020, Trump ha seguido imponiendo su voluntad al Partido Republicano. La consecuencia, en palabras de la revista liberal británica The Economist, es que el partido se ha estado “alejando” de la democracia (The Economist, 2022).
Nada podría demostrar con mayor claridad la centralidad de los partidos políticos en la regulación democrática y, al mismo tiempo, lo vulnerables que son ante los intentos de líderes autoritarios por socavarla. Al observar cómo los republicanos abandonan la democracia, The Economist hizo un llamado a la reforma democrática del partido, reconociendo a la vez que “la renovación será imposible mientras el Sr. Trump siga siendo el líder del Partido Republicano”, y añadió: “esa es otra manera de decir que el rumbo del partido está ligado al destino de un solo hombre” (The Economist, 2022).
Exactamente.










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