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Alteridades

versión On-line ISSN 2448-850Xversión impresa ISSN 0188-7017

Alteridades vol.35 no.69 Ciudad de México ene./jun. 2025  Epub 25-Ago-2025

https://doi.org/10.24275/jpke3006 

Dossier

Violentómetro Arhikata. Una experiencia de antropología del diseño en comunidades purépecha de Michoacán*

Violentómetro Arhikata. An experience in design anthropology in Purépecha communities in Michoacán

Lenny Garcidueñas-Huerta1 

1Universidad Nacional Autónoma de México-Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad Morelia. Antigua Carretera a Pátzcuaro núm. 8701, col. Ex Hacienda de San José de la Huerta, 58190 Morelia, Michoacán, México <lenny@enesmorelia.unam.mx>.


Resumen.

Este artículo reflexiona sobre la relación entre el diseño y la antropología, así como sobre las contribuciones que la articulación de esta disciplina puede ofrecer en cuanto campo de investigación y práctica para la apertura de espacios de reconocimiento, inclusión y reconfiguración de identidades y derechos indígenas. Se presenta una experiencia práctica en el área del diseño de la comunicación visual que examina los dilemas éticos, los desafíos y los procesos de la investigación académica con los grupos indígenas. En el contexto de las luchas por el autogobierno y mediante el diálogo con mujeres purépecha en Michoacán, se analizan las aportaciones del codiseño desde una perspectiva intercultural, militante y de género. El artículo propone una reflexión epistémica sobre la posibilidad de realizar una etnografía desde un enfoque decolonial, a partir de la elaboración del Violentómetro Arhikata, un proyecto surgido del diseño colaborativo. Se destacan tanto el potencial como los límites de esta herramienta para visibilizar y prevenir la violencia contra las mujeres, problemática que las propias participantes identifican como prioritaria.

Palabras clave: metodologías colaborativas; codiseño; interculturalidad; etnografía; autogobierno indígena; mujeres purépecha; violencias machistas

Abstract.

This article aims to reflect on the relationship between design and anthropology, as well as the contributions that their articulation can offer as a field of research and practice to foster spaces for the recognition, inclusion, and reconfiguration of indigenous identities and rights. It presents a practical experience in the field of visual communication design that examines the ethical dilemmas, challenges, and processes involved in academic research with these communities. Within the context of struggles for self-governance and through dialogue with Purépecha women in Michoacán, the article analyzes the contributions of co-design from an intercultural, militant, and gender-based perspective. It offers an epistemic reflection on the potential of conducting ethnography from a decolonial approach through the de­ velopment of the Violentómetro Arhikata, a project born from collaborative design. The article highlights both the potential and the limitations of this tool in making violence against women visible and in contributing to its prevention -an issue identified by the participants themselves as a priority.

Keywords: collaborative methodologies; codesign; interculturality; ethnography; indigenous self-governance; Purépecha women; gender-based violence

Introducción

El análisis y la reflexión que aquí expongo forman parte de mi investigación doctoral en Arte y Diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuyo objetivo es elaborar una propuesta práctica que aporte a la antropología del diseño en el ámbito de las representaciones y las narrativas visuales en cuanto espacios de resistencia y reapropiación de identidades, que promuevan además el reconocimiento y la inclusión. La investigación recupera, en esencia, las experiencias de participación política de las mujeres purépecha en el autogobierno indígena en Michoacán. Asimismo, propone procesos de investigación colaborativa y militante1 que, por medio de la antropología del diseño, integre acciones concretas en respuesta a las necesidades planteadas por estas mujeres.

La antropología del diseño es una disciplina en construcción que se ha ido definiendo a partir de diferentes manifestaciones y experiencias. Aunque en las últimas décadas ha tenido un auge importante en el contexto mundial y se encuentra en expansión, se sabe muy poco sobre ella. Mercedes Martínez, antropóloga que ha orientado su investigación al quehacer etnográfico con artesanos indígenas en México, indagando sobre la relación entre antropología y diseño, considera que esta intersección tiene el potencial de enriquecer ambos campos e impulsar la construcción de un estilo distinto de conocimiento que permita establecer relaciones más horizontales entre colaboradores (Martínez 2022).

En mi investigación, la antropología del diseño se entiende como un campo de investigación y de práctica que facilita el trabajo conjunto entre academia y culturas indígenas -en este caso la cultura purépecha- y que posibilita la articulación de dimensiones estéticas, sociales y políticas.

Me interesa reflexionar y problematizar acerca de las alianzas y diálogos que requieren los procesos de producción para evitar las prácticas extractivistas y de apropiación cultural. Para abrir la discusión planteo las siguientes preguntas: qué papel juega la producción académica formal institucionalizada en las comunidades indígenas con las que trabajamos y cómo puede la antropología del diseño contribuir a los procesos de descolonización y despatriarcalización promoviendo rupturas con las estructuras de opresión, desigualdad y violencia que afectan a las mujeres. Cabe señalar que, aun cuando no existen respuestas definitivas a estas interrogantes, confío en que la experiencia que presento contribuya a la construcción de relaciones más horizontales y equitativas entre investigadores y comunidades, así como a la justicia epistémica desde una ética de la representación.

Este artículo se basa en un extenso trabajo etnográfico que realicé con mayor profundidad entre 2021 y 2023, principalmente con las mujeres electas como autoridades de los concejos comunales indígenas en las comunidades purépecha de San Felipe de los Herreros, Arantepacua, Angahuan, Cheranástico, La Cantera, Santa Fe de la Laguna, Janitzio y San Ángel Zurumucapio.

El estado de Michoacán concentra una gran cantidad de habitantes pertenecientes a distintas culturas indígenas entre las que destacan las poblaciones nahuas, mazahuas, otomíes y purépecha, siendo esta última la más extensa, con aproximadamente 128 000 personas hablantes de la lengua (INEGI 2020). En la actualidad, más de 30 comunidades de los pueblos indígenas antes mencionados están ejerciendo su derecho al autogobierno en el estado. Sin embargo, estas culturas y sus procesos autonómicos son en gran medida desconocidos por un amplio sector de la sociedad capitalina y nacional, y por las instituciones y sus funcionarios.

El autogobierno indígena en Michoacán no implica la independencia del Estado, sino una relación distinta en un marco de legalidad y de respeto mutuo para proteger su cultura, formas de organización y de vida comunitaria. El autogobierno se efectúa mediante la integración de concejos comunales indígenas, sus miembros son elegidos en asamblea por los propios habitantes y uno de los requisitos para su conformación es la paridad de género. Con anterioridad, la participación política de las mujeres reconocidas con cargos como autoridades era casi nula, por lo que su lugar como concejeras no es algo que les haya sido otorgado, sino que ha conllevado una constante lucha por hacer valer su palabra.

Las mujeres son uno de los sectores más vulnerables de la población indígena. Sólo unas pocas pueden superar los obstáculos que les impiden ejercer con libertad sus derechos y tomar decisiones respecto a las causas y el destino de su existencia. A lo largo de su vida enfrentan múltiples formas de discriminación y marginación por su condición de ser mujeres y ser indígenas, en ocasiones también por ser pobres (Velázquez 2019, 256). A pesar de esta desventaja, que se traduce en desigualdad y opresión, históricamente las purépecha han participado en la vida comunal y han estado presentes en la organización política y social (Huacuz 2018). Hoy en día, algunas de ellas, en particular las jóvenes, están tomando acciones contra el machismo y la violencia de género. No obstante, es importante mencionar que los proyectos sociopolíticos de las “mujeres indígenas” no son homogéneos ni responden a una única identidad basada en etnicidad, género o clase. En este sentido, Aura Estela Cumes critica la esencialización y homogeneización de las identidades indígenas como formas de dominación colonial, y subraya la relevancia de reconocer las particularidades: “Ver a las mujeres indígenas como una masa sin individualidades ha sido la tradición del pensamiento colonizador” (Cumes 2012, 4).

Por otra parte, sin ignorar que hay mujeres indígenas que justifican la violencia machista en virtud de que algunas no cumplen el rol de esposas-madres, también existen muchas que no han permanecido inmóviles y han impulsado estrategias para contener y enfrentar la violencia, desde acciones cotidianas hasta iniciativas colectivas. Una de estas acciones da origen a este artículo: el Violentómetro Arhikata,2 titulado en español Formas inaceptables de la violencia en comunidades purépecha”. Se trata de un material de comunicación visual desarrollado como parte de un trabajo colaborativo y militante en el que participé en el marco del proyecto de ciencia de frontera Caleidoscopio,3 auspiciado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) -hoy Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt)- que busca generar conocimiento sobre las innovaciones políticas y jurídicas de comunidades indígenas con autogobierno.

En concreto el Violentómetro Arhikata se elaboró de manera colectiva, integrando las demandas de las comuneras con la participación de académicas, estudiantes y mujeres purépecha que en su mayoría son autoridades de algunos concejos comunales indígenas de Michoacán. En este sentido, dicho material gráfico se opone a las visiones centradas en la actividad individual del diseñador, evitando que únicamente quienes dominan la tecnología y los medios de producción tengan acceso a representar su propia visión del mundo. En los siguientes apartados expongo la gestación y desarrollo del proyecto, así como los dilemas éticos que conllevó su producción.

Aproximaciones a la experiencia de la violencia machista en contextos de autogobierno purépecha desde la antropología del diseño

Aunque mi trabajo con comunidades rurales e indígenas comenzó en 2009 y tuvo como resultado distintas publicaciones que se crearon de manera colectiva con comunidades nahuas y purépecha,4 en un principio mi proceso creativo se basó en la intuición y en un limitado conocimiento antropológico. Sin embargo, mi labor siempre se sustentó en una responsabilidad social del diseño, entendido éste como una práctica de representación visual que, con base en Alejandro Tapia (2011), incide en la construcción de identidades individuales y colectivas y que repercute en nuestros sistemas de valores, creencias y en la vida democrática.

Fue así que en 2016 inicié una colaboración activa y sostenida con el Colectivo Emancipaciones5 -agrupación de abogados, antropólogos e historiadores que han acompañado política y jurídicamente múltiples luchas por el autogobierno indígena en Michoacán- lo que posibilitó tener un involucramiento directo y prolongado por más tiempo con las comunidades que se encontraban en estos procesos, permitiéndome establecer vínculos relevantes y conocer de modo cercano a las personas y sus realidades (Garcidueñas 2024, 192). Tras haber desarrollado diversos materiales gráficos -carteles, ilustraciones, infografías y postales- en conjunto con académicos y algunas de las autoridades de los concejos comunales indígenas, en 2021 mi interés se centró en la participación política de las mujeres purépecha en el autogobierno. Mi relación con ellas se hizo más significativa mediante mi colaboración en foros, eventos académicos, asambleas, festividades, peregrinaciones y encuentros informales, consolidando relaciones de confianza, amistad y aprendizaje mutuo que facilitaron no sólo comprender sus dinámicas socioculturales, sino también fortalecer vínculos. Ese mismo año inicié mi investigación doctoral, precisamente con esta temática.

Incorporé a mi proyecto doctoral enfoques decoloniales, que posibilitaron identificar fisuras y omisiones que, además de revelar ausencias o desigualdades en la representación de las culturas indígenas, también ofrecieron mecanismos para construir conocimientos de forma inclusiva, reconociendo nuevas formas de conocimiento que surgieron del encuentro entre distintas percepciones, experiencias y cosmovisiones. El estudio tomó como referencia las herramientas teóricas y metodológicas de la investigación acción participativa (IAP) (Fals Borda 2008), las epistemologías del Sur (Santos 2019) y la propuesta de la investigación militante desarrollada desde el Colectivo Emancipaciones y el Laboratorio de Antropología Jurídica y del Estado de la UNAM.

El enfoque decolonial me permitió establecer un marco teórico clave para abrir espacios de codiseño tendientes a cuestionar la supremacía del conocimiento occidental. En este sentido, resulta útil la advertencia del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda que nos recuerda que las personas comunes tienen derecho a comprender mejor sus propias condiciones de vida para poder defender sus intereses, frente a aquellas clases sociales que históricamente han monopolizado el conocimiento, los recursos, las técnicas y el poder. Al respecto dice: “Debemos prestar a la producción del conocimiento tanta o más atención que a la producción material. Así podríamos inclinar la balanza en pro de la justicia para los grupos desprotegidos de la sociedad” (Fals Borda 2008, 78).

No obstante, el elemento más determinante para concretar mi interés y elaborar mi proyecto doctoral fue mi involucramiento con mujeres de las comunidades purépecha que estaban participando en procesos de autogobierno. Esta interacción fue tomando un carácter cada vez más estrecho, al grado de que pude saber más sobre sus demandas y aspiraciones como autoridad y también aspectos de su esfera privada. Este acercamiento estuvo mediado primero por proyectos de investigación e incidencia en donde las herramientas metodológicas de la antropología fueron determinantes, tales como la entrevista etnográfica y la observación participante (Guber 2002). La recopilación de materiales audiovisuales que resultó de este trabajo de campo con mujeres purépecha hizo posible documentar referentes culturales, simbólicos y políticos que sustentaron nuevos conocimientos para la conformación de otras representaciones y narrativas visuales acerca de sus experiencias y luchas (Zirión 2015).

Aunado a lo anterior, entre 2021 y 2022 colaboré con las doctoras Erika Bárcena (Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM) y Lucero Ibarra (Centro de Investigación y Docencia Económicas); así como con Guadalupe Jiménez (Lupita), exintegrante del Concejo Comunal Indígena de Arantepacua (2018-2020), en un proyecto que buscaba profundizar el conocimiento sobre la vida, dinámicas, percepciones y desafíos que enfrentaban las mujeres que eran autoridades en las comunidades con autogobierno. En total realicé siete entrevistas etnográficas y un número indeterminado de conversaciones informales con otras mujeres de esas comunidades purépecha, para complementar y articular los testimonios de las autoridades.

El diseño de las entrevistas realizado en colaboración con mis colegas del proyecto nos abrió la puerta a reflexionar colectivamente para contrastar nuestros marcos de referencia, así como identificar y ahondar en nuevas cuestiones, categorías y temas. Por su parte, la aplicación de estas entrevistas a mujeres purépecha me permitió reconocer cómo diversas formas de violencia patriarcal atraviesan, de principio a fin, su participación en el autogobierno indígena, afectando de manera significativa su desempeño. A este respecto, una de las demandas sustantivas de las mujeres que integran estos concejos comunales fue el reconocimiento de su participación política y la eliminación de dinámicas patriarcales para poder consolidar la autonomía comunitaria. También destacaron la urgencia de combatir la violencia de género, sobre todo en relaciones de pareja, que afecta a la mayoría de las mujeres desde edades tempranas.

La segunda etapa de esta investigación contempló visitas continuas y estancias prolongadas en algunas comunidades. Esto propició una mayor cercanía y pláticas en las cuales observé que había una mejor disposición y libertad para compartir e intercambiar historias y experiencias. Conversar mientras participaba en las actividades cotidianas -como lavar los platos, preparar corundas,6 peinar a una niña, alimentar a los pollos, regar las plantas o vestirme con su ropa para asistir de rollo7 a una fiesta- relegó a otro plano la rigidez y distancia que da el formato de preguntas y respuestas. A lo largo de mi investigación, estos escenarios han favorecido un diálogo más horizontal y un ambiente de respeto, empatía, confianza y sentido del humor. Los cuidados y afectos compartidos han reconfigurado mi lugar de enunciación, tema que retomaré más adelante.

Durante una de mis estancias en la comunidad de Cheranástico, a principios de 2022, visité a Lourdes Bautista (Lulú), con quien ya tenía una relación de amistad. Ella había sido iniciadora de la lucha en su comunidad para exigir su derecho al autogobierno. En ese momento Lulú tenía 43 años, vivía en pareja con el padre de su hijo. Había aprendido español en su adolescencia por necesidad y, desde los 17 años, se dedicaba a defender los derechos de mujeres, especialmente madres solteras o aquéllas en situaciones de vulnerabilidad. Fue elegida consejera del Desarrollo Integral para la Familia (DIF), en el primer concejo comunal indígena (2019-2021). Lulú me compartió la historia de tres mujeres de la comunidad que, antes de la pandemia por Covid-19, se suicidaron tras haber sido víctimas de violencia por parte de sus esposos y, en algunos casos, también por parte de sus suegras y cuñadas. Durante la pandemia, se intensificaron los casos de violencia intrafamiliar y las agresiones hacia las mujeres. Uno de los acontecimientos que más me impactó fue el de otra mujer de mi edad que intentó suicidarse. Ella me contó que tenía tres hijas, trabajaba como jornalera seis horas diarias, más cuatro de camino, su esposo era alcohólico y la golpeaba. El dolor, la desesperación y el miedo la estaban consumiendo y de no haber sido por Lulú, quien la encontró y la puso fuera de peligro, se hubiera quitado la vida. También, viajamos a la comunidad de Quinceo, donde Lulú se reunía con frecuencia con un grupo de mujeres en condiciones de vulnerabilidad y pobreza, casi todas tenían un marido en Estados Unidos y muchos hijos. De la voz de estas mujeres y de otras que se fueron cruzando en mi camino conocí múltiples historias de abuso y maltrato. Supe que, muchas veces, conservar a su marido y familia implicaba aguantar golpes, humillaciones, infidelidades, aislamiento, indiferencia y agravios verbales y físicos que les habían hecho perder su libertad, un hijo o una parte de su cuerpo.

Todos esos hallazgos coinciden con lo que nos han mostrado las investigaciones de Malely Linares Sánchez e Inmaculada Postigo Gómez (2024) y Verónica Velázquez (2019) sobre las mujeres purépecha en contextos de violencia machista. Entre las más graves están el despojo de la tierra y los recursos económicos, la violencia sexual, la explotación laboral y la exclusión política. Además, enfatizan la violencia extrema contra las defensoras del territorio, quienes son perseguidas y asesinadas por oponerse a proyectos extractivistas y estructuras de poder que amenazan sus comunidades y sus vidas. Linares Sánchez y Postigo Gómez (2024), con base en la Encuesta Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (2012), también señalan los matrimonios forzados y la restricción en el acceso a la educación.

Debe señalarse que este fenómeno no es exclusivo de las comunidades indígenas en México, país donde cada día son asesinadas en promedio diez mujeres. Frente a este panorama tan adverso, algunas mujeres purépecha sienten la responsabilidad de transformar esta realidad, con la esperanza de que sus hijas no enfrenten las mismas circunstancias. Por ello, además de liderar proyectos de autogobierno, seguridad, obra pública, educación y salud, estas mujeres, han puesto en marcha diversas acciones con perspectiva de género que promuevan el acceso a la justicia y a la participación política y económica, y han diseñado estrategias comunitarias para enfrentar y eliminar distintas formas de violencia y discriminación (Huacuz 2018). Las entrevistas y conversaciones también confirmaron lo documentado durante mi participación como moderadora en la Mesa Participación Política de las Mujeres, en el primer encuentro por el autogobierno Ikarani,8 que se realizó en Angahuan, en noviembre de 2021. En este espacio, ellas denunciaron las violencias que enfrentaron desde su infancia hasta la edad adulta por el hecho de ser mujeres. Muchas compartieron cómo ahora, siendo autoridades en los concejos comunales indígenas, padecen discriminación, exclusión y rechazo, tanto dentro de sus comunidades como en instancias estatales. En ocasiones estas conductas son reforzadas por los esposos, padres o hermanos, haciendo evidente que la igualdad de género no puede lograrse únicamente a través de disposiciones legales. La mesa fungió como un espacio de denuncia y reflexión donde se reconocieron como portadoras de un legado y fortalecieron sus voces colectivas.

En particular llamó mi atención la maestra Leticia Bravo, concejera tesorera del primer Concejo Indígena de Angahuan, quien, durante el discurso inaugural, habló sobre lo que significa ser mujer de una comunidad originaria y ser representante de un concejo comunal:

Nosotros tenemos usos y costumbres que a veces no nos han dejado hacer valer, sobre todo a las mujeres, lo que significa que las mujeres debemos de ser un ejemplo a seguir y abrir camino para las nuevas generaciones que vienen. Yo de antemano felicito a todas las mujeres, en especial a las que están aquí, son mujeres extraordinarias guerreras, que saben que tienen un largo camino por trazar para los descendientes que viene atrás. Porque bien sabemos, que antes no había, como dicen por ahí, la paridad de género, simplemente desde la familia hemos recibido diferentes tipos de maltratos que afectan la autoestima. Entonces qué bueno que ustedes mujeres son emprendedoras, luchadoras, espero ver más mujeres por aquí, pero también igual los compañeros que hoy nos visitan, que sean portadores de que las mujeres también podemos trabajar en equipo, y sobre todo para el bien de nuestras comunidades, que siempre hemos sido marginadas […]

Por lo que estoy aquí ahora es porque pasé por un proceso muy difícil. Cuando me golpeaban yo acudía con las autoridades para que hicieran justicia, alguien que le pusiera un alto al que me maltrataba, y como no lo había. De hecho, el que era jefe de tenencia era amigo de parranda del que me golpeaba. Entonces ¿cómo iba a haber justicia? ¿cómo iban a poner un alto ahí? Entonces, yo dije, algún día tienen que cambiar esto. Pero para que cambie esto tiene que empezar una mujer a estar en el puesto, pues, para que no se repitan esos patrones, para que mis hijas no vivan lo mismo que yo.

Incluí este testimonio porque representa lo que he escuchado en múltiples foros públicos, en las asambleas9 de mujeres y en conversaciones privadas. Son las voces de las mujeres que son parte del autogobierno, al igual que otras mujeres de su comunidad, quienes están cuestionando la desigualdad y el sistema patriarcal que las oprime. Durante mi investigación pude conocer que muchas de ellas, antes o después, o al mismo tiempo, son maestras de prescolar y primaria; algunas son madres, campesinas, jornaleras en los campos de berris y aguacate, cocineras, artesanas, maestras de zumba, personal de limpieza, y otras cuantas son profesionistas con algún cargo en instituciones públicas o privadas. Casi todas ellas han manifestado que ocupar estos espacios, pese a las dificultades que ello supone, significa la posibilidad de pasar de ser víctimas a ser agentes con capacidad de denunciar y castigar las injusticias y abusos, con la esperanza de que las futuras generaciones de mujeres continúen luchando por sus derechos, “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Reunión con Lulú y las mujeres de la comunidad de Quinceo, Michoacán. Julio de 2022.

Foto 1 

Uno de los retos más importantes en este estudio ha sido establecer mi lugar de enunciación, que permita realizar una intervención generando alianzas solidarias y reconociendo las implicaciones que otorga el ser una investigadora no indígena, que pertenece a la academia, con un género, una biografía, una historia y una perspectiva política propia (Hale 2008; Ribeiro 2023). El antropólogo Charles Hale ha planteado la importancia de la práctica de una investigación descolonizada como única vía para generar conocimiento de valor para los involucrados. Para ello, dice, es necesario reconocer que todas las formas de ser y de producir conocimiento están situadas en un contexto social, cultural, temporal y corporal que define privilegios y relaciones de poder desde los cuales hablamos. Propone establecer un diálogo que no busque borrar las diferencias entre el investigador indígena y el no indígena, sino integrar dos visiones complementarias que enriquezcan y transformen nuestra percepción, cuestionen y resignifiquen el valor científico y social del conocimiento (Hale 2008, 300). Esto es lo que en su libro Lugar de enunciación Djamila Ribeiro presenta como el derecho a expresarse desde una postura ética (Ribeiro 2023). Para un mejor entendimiento, ella pone como ejemplo una de las afirmaciones más comunes en cuanto a los debates sobre el racismo: “Si no eres negro, no tienes lugar de enunciación para hablar de racismo”. Djamila señala que esta forma de aplicar el concepto es una trampa, “pues le quitaba al sujeto situado en una posición social privilegiada la responsabilidad de reflexionar y tomar posición sobre la opresión que le beneficiaba a costa de la opresión del Otro” (Ribeiro 2023, 28).

Estas ideas me llevaron a pensar cómo, aunque todas las mujeres hemos vivido algún episodio de violencia, no todas lo enfrentamos de la misma forma; nuestro origen, edad, clase social y orientación sexual determinan la condición de nuestra opresión. Esto es lo que Mara Viveros (2016) llama interseccionalidad. El enfoque interseccional examina cómo las distintas identidades, desigualdades y violencias se entrelazan y se influyen mutuamente en la condición determinada de una persona (Viveros 2016). La interseccionalidad en esta investigación abre la posibilidad de generar nuevas formas de comprensión e interpretación para identificar el posicionamiento estructural de grupos vulnerables, pero también de transformación social.

El codiseño del Violentómetro Arhikata: una interpretación colectiva de la violencia contra las mujeres en comunidades purépecha

La violencia contra las mujeres dentro y fuera de las comunidades purépecha atraviesa su vida de diferentes formas, dependiendo de la edad y el mandato social que estén desempeñando y que las coloca en el rol de mujeres solteras, hijas, madres o esposas. Una de las manifestaciones más peligrosas se da en las relaciones de pareja. Según un informe de ONU Mujeres, para el año 2023, cada día 140 mujeres y niñas son asesinadas por su pareja o un miembro de su familia, lo que significa un feminicidio cada diez minutos en el mundo (Lecumberri 2024).

Presentación del Violentómetro Arhikata, en el 2ª Ikarani. Encuentros por el Autogobierno, Angahuan, 2023. Foto: Xiomara Arroyo.

Foto 2 

Las mujeres purépecha, en diferentes ocasiones, vincularon la violencia machista al aumento en el consumo de alcohol y drogas como el fentanilo, opiáceo que perjudica tanto a hombres como a mujeres y que tiene una mayor incidencia en la población más joven. Este fenómeno se ha agravado debido a la presencia del crimen organizado dentro de sus comunidades. La impunidad y la inacción de las autoridades ante extorsiones, secuestros y otras violaciones es lo que ha impulsado a estos pueblos purépecha a exigir el derecho al autogobierno como medida para proteger su autonomía y garantizar su supervivencia.

¿De qué manera puede el diseño de materiales gráficos -como carteles o infografías- transformar nuestra percepción y conducta hacia la violencia contra las mujeres? ¿Cómo incorporar una perspectiva de género en el diseño sin imponer una visión única del mundo y lograr la eliminación de la violencia contra las mujeres? Estas preguntas me llevaron a analizar diversos materiales gráficos creados con este propósito. Recordé entonces una iniciativa pionera desarrollada por la Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género del Instituto Politécnico Nacional (IPN) en la Ciudad de México en 2009, cuando la doctora Martha Alicia Tronco Rosas impulsó la creación del Violentómetro. Este proyecto surgió como una investigación que involucró a su audiencia desde el inicio, mediante la aplicación de encuestas a estudiantes universitarios. El Violentómetro fue concebido como una herramienta visual para identificar y visibilizar comportamientos que van desde actitudes “inofensivas” en apariencia, hasta formas graves de agresión que las y los jóvenes podrían enfrentar en relaciones de pareja. Su diseño en formato de cartel ha sido ampliamente difundido por el IPN en múltiples versiones, y ha sido replicado por otras instituciones nacionales e internacionales.

Sin importar las adaptaciones realizadas en sus diferentes versiones, el Violentómetro ha cumplido con su objetivo principal: visibilizar y prevenir la violencia de género, demostrando el potencial del diseño gráfico como agente de cambio social. En uno de nuestros encuentros con las mujeres con las que trabajaba surgió la idea de adaptarlo culturalmente al purépecha, integrando referentes simbólicos y contextuales mediante metodologías participativas de codiseño.

A partir de esta idea armamos un pequeño equipo con Lupita y con Lulú, quienes habían acompañado y asesorado los procesos y reflexiones de este estudio desde el inicio. La lengua materna de ambas es el purépecha y aportaron su experiencia al haber trabajado con mujeres como parte de sus funciones cuando fueron consejeras del DIF. Lupita nombró al instrumento Violentómetro Arhikata, que se refiere a “El Violentómetro nuestro”. Tan pronto comenzamos a explorar su traducción, identificamos la dificultad de adaptar ciertas nociones sociales y culturales que nos permitieran contextualizar más allá de una simple traducción literal; así como los retos lingüísticos que implica un idioma como el purépecha para el que no existe una gramática uniforme. Por eso decidimos integrar un equipo de investigación que incluyó a mujeres purépecha de distintas comunidades, académicos y estudiantes. El coordinador del proyecto Caleidoscopio, Orlando Aragón, arropó esta iniciativa y nos ofreció el espacio del Laboratorio de Antropología Jurídica y del Estado, del que es responsable. El laboratorio está ubicado en el edificio de investigación en la Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Morelia de la UNAM (ENES Morelia), lugar donde realizamos siete reuniones que iniciaron en noviembre de 2022 y terminaron en marzo de 2023.

Invitamos a colaborar a algunas de las concejeras que pertenecían al Frente por la Autonomía de Concejos y Comunidades Indígenas (FACCI)10 y que abiertamente se habían posicionado en la lucha por la eliminación de la violencia en sus comunidades. Por cuestiones de tiempo, distancia y recursos económicos no todas pudieron asistir. Cabe señalar que los traslados, que para algunas suponían más de tres horas, fueron financiados por sus concejos. Las concejeras que se sumaron al equipo estaban entre los 30 y los 50 años de edad y no pertenecían a ningún colectivo feminista. No todas asistieron a las mismas reuniones, pero siempre hubo representación y participación activa. Las concejeras participantes fueron: Margarita Morales (Santa Fe de la Laguna), Guillermina Ascencio y María de Lourdes Ventura (La Cantera), Marlene Flores y Lucila Guzmán (Janitzio); Viridiana Salvador y Teresa Gómez (San Felipe de los Herreros); Leticia Bravo (Angahuan). Además, fue de gran valor la participación de Tsitsiki Hernández (Turícuaro), abogada y lingüista, hablante de la lengua purépecha y promotora de los derechos de las mujeres. Por parte del proyecto Caleidoscopio se integraron los profesores Orlando Aragón, Nallely Torres y los estudiantes de la ENES Morelia: Andrea Castro, Clarisa Galindo Robles, Erika Trejo y Marco Sánchez. Lupita y yo coordinamos el proyecto; Lupita como responsable de la traducción e interpretación y yo del diseño gráfico y estrategias de difusión.

Presentación del Violentómetro en asamblea del FACCI. Morelia, enero de 2023.

Foto 3 

Las reuniones sucedieron con la participación de todas y juntas íbamos definiendo las dinámicas del trabajo colectivo. El espacio del laboratorio facilitó un acomodo similar al de las asambleas comunitarias, con las mesas dispuestas en el perímetro rectangular. En todas las sesiones escucharnos fue tan importante como hablar. Durante las sesiones nos dirigimos unas a otras por nuestro nombre, procurando evitar jerarquías, sin importar los grados académicos, el puesto como autoridad en los concejos y la edad. En este contexto, compartimos emociones, nos conmovimos, nos indignamos y también nos reímos. De manera simultánea fuimos tejiendo nuevas narrativas y concebimos otras formas de nombrar y de sentir.

Aquí resulta pertinente introducir al diseñador italiano Ezio Manzini, reconocido por su enfoque en el diseño para la innovación social. Manzini realiza una crítica que considero especialmente relevante: denuncia tanto a una cultura del diseño social marcada por el solucionismo que, según él, se centra en ofrecer soluciones unitarias, precisas y computables, como al participacionismo, que representa una forma de afonía cultural, donde los expertos en diseño son inducidos a abstenerse de expresar opiniones críticas. Ambos enfoques, en su afán por evitar debates sobre poder y jerarquías, terminan por limitar la capacidad de los académicos para participar en discusiones significativas (Manzini 2018, 28). Por ello, la relación que construimos se basó en principios de corresponsabilidad y sororidad, como pilares de la generación de conocimiento.

Presentamos la propuesta del Violentómetro Arhikata en una de las asambleas del FACCI, a la que asistieron más de 80 personas. Con votación a mano alzada se acordó que se diseñara el instrumento en lengua purépecha y algunos hombres incluso nos explicaron por qué era tan importante llevarlo a cabo. A su vez, mediante su lenguaje corporal, pudimos notar un rechazo total de muchos, aunque no lo verbalizaron.

En las siguientes reuniones del equipo de trabajo analizamos con detalle la propuesta del Violentómetro del ipn en la que se basó este proyecto, y que de modo gráfico representa las manifestaciones de violencia mediante una regla de medir. Este diseño jerarquiza las expresiones de violencia desde las menos graves hasta las más extremas. La primera, situada en la parte inferior, corresponde a las “bromas hirientes”, considerada una forma en apariencia inofensiva de violencia psicológica. En contraste, en la parte superior se encontró el nivel más grave: el asesinato o feminicidio, la expresión máxima de violencia de género. Este ejercicio nos dio pie reflexionar sobre cómo estas conductas, aunque distintas en su gravedad, están interrelacionadas, y cómo la violencia puede escalar, sin que ello implique un orden, es decir que, por ejemplo, puede brincar de la tercera a la última. Además, hicimos patente que no todas las formas de violencia iban a caber en esta interpretación y traducción, pero que, justamente a través del diálogo, definiríamos algunas de las más comunes.

El proceso de interpretación y traducción del Violentómetro reveló múltiples subjetividades, puso en evidencia experiencias y percepciones diversas sobre las manifestaciones de la violencia y nos condujo a adoptar una perspectiva intercultural que permitió reconocer y cuestionar las condiciones de marginación y discriminación social, política y económica que enfrentan las mujeres purépecha. Según el antropólogo Gunter Dietz, la interculturalidad es un recurso crítico de antidiscriminación que, mediante el diálogo y la interacción, posibilita la transformación de desigualdades históricamente arraigadas, al valorar las diferencias culturales y promover la negociación de conflictos (Dietz 2017).

Este enfoque facilitó identificar que, paradójicamente, los usos y costumbres que garantizan el derecho al autogobierno, en ocasiones también perpetúan la violación de derechos, en especial de las mujeres. Algunas concejeras señalaron que, además, prácticas como el chisme, el escrutinio público y los juicios severos, ejercidos sobre todo por otras mujeres, refuerzan una cultura de control sobre sus cuerpos y decisiones. Tsitsiki Hernández destacó que, en muchos casos, la estructura familiar purépecha se sostiene sobre dinámicas de maltrato y sometimiento hacia las mujeres, una afirmación que fue corroborada por otras participantes.

El proceso de reinterpretación colectiva consistió en nombrar primero las circunstancias en las que ellas identificaban manifestaciones de la violencia y describirlas en español, para luego llevarlas a la lengua purépecha. Mencionaré algunas de las adaptaciones que fueron cruciales para referir al instrumento a su contexto sociocultural. Por ejemplo, el regaño como una medida de subordinación. Esta manifestación de la violencia ocupa el quinto lugar en la versión purépecha y no aparece en la original. Es común que a las mujeres se les infantilice, tratándolas como menores de edad o como personas incapaces de tomar decisiones por sí mismas. Al regañarlas, se les despoja de su agencia y autoridad, reforzando la idea de que deben ser constantemente corregidas, controladas o dirigidas por figuras de poder, a menudo masculinas.

Otra de las variantes se dio en las manifestaciones relacionadas con la violencia digital. En el Violentómetro del IPN fueron incorporadas en una edición más reciente “asechar o vigilar en redes sociales (stalkear)”, la “sextorsión”, que consiste en amenazar o negociar sobre el uso de imágenes íntimas en redes sociales y “difundir contenido íntimo sin consentimiento en medios digitales”. Esta violencia digital está tipificada como delito por la “Ley Olimpia” y representa una grave amenaza. Pero muchos de estos temas son tabúes en las comunidades y nadie habla de ello. Sin embargo, a través de diversos testimonios supimos que era una práctica común. Una de las compañeras compartió cómo, en su pueblo, varios hombres elaboraron un archivo en formato pdf que circulaban entre ellos. Dicho archivo contenía fotos de contenido sexual que algunas mujeres les habían enviado, en un contexto de confianza y confidencialidad.

Sobre la importancia de la lengua para describir la realidad de las comunidades, Tsitsiki Hernández señaló que, por ejemplo, la palabra “descalificar”/“menospreciar” nántirkuni kámani, literalmente sería “traerla así nomás” como si no tuviera valor. También aludió a otra palabra, irhíts’ïkuni como traducción de “chantajear”, y que en términos literales sería “enredar la cabeza”. Esta última generó una discusión, pues en otras variantes, como en la de La Cantera, su significado es ‘poner algo en la cabeza’ y se usa también para referir a dar un consejo. Así fuimos descubriendo pequeñas diferencias que cambiaban el sentido de las palabras. Por eso decidimos incluir cuatro variantes de la lengua purépecha. Éstas correspondieron a Santa Fe de la Laguna, La Cantera, Turícuaro y Arantepacua. De igual modo realizamos una versión en español, pues muchas de las comunidades han perdido el uso de la lengua.

Aunque la reflexión y el análisis sobre el papel del diseño y la comunicación visual atravesó todas las etapas del desarrollo del Violentómetro Arhikata y merece un análisis más profundo, a continuación destaco con brevedad algunas propuestas de diseño que surgieron y evolucionaron mediante un proceso continuo de bocetos, revisiones y retroalimentación en cada reunión. Estas propuestas buscaron hacer más comprensible y digerible la narrativa vertical de un fenómeno tan doloroso como es el feminicidio. Cabe mencionar que en ocasiones resultó emocionalmente desgarrador escuchar distintos acontecimientos que habían ocurrido en el pasado reciente. Hicimos conciencia de que, para alguien que estuviera inmersa en una situación de violencia, enfrentarse a este material podría ser complejo. Por ello, tuvimos especial cuidado en elaborar propuestas que abordaran el tema de forma amable y respetuosa. Diseñamos elementos visuales y narrativos que facilitaran la comprensión, priorizando un enfoque empático y accesible y procurando evitar un lenguaje revictimizante o agresivo.

Figura 1 Primera versión del Violentómetro Arhikata y Violentómetro del IPN 

En la primera etapa del diseño colaboró Andrea Castro, estudiante de la licenciatura en Arte y Diseño, quien sugirió incorporar emojis como recurso visual para transmitir emociones de forma inmediata. Andrea planteó integrar elementos distintivos de la indumentaria purépecha a las caritas con gestos. Sin embargo, al presentar esta alternativa al equipo de trabajo, se coincidió en que algunos de estos rasgos reforzaban estereotipos, por lo que optamos por intervenir los emojis con distintos tonos de color piel para reflejar inclusión e interculturalidad. Cabe destacar que hubo un arduo proceso de ensayo y error, pues no siempre resultaron acertadas nuestras decisiones.

Dado que el Violentómetro ilustra una progresión de las manifestaciones de violencia, comenzamos con un emoji de ojos con corazones y un gesto de sonrojo, representando el enamoramiento inicial que dificulta reconocer la violencia. Después, añadimos expresiones de duda, tristeza, malestar, miedo y, por último, gestos más dramáticos. Estas imágenes se integraron en un diseño de recuadros que cambiaban de manera gradual de tonos rosados a rojos, reforzando visualmente la progresión de la violencia y su gravedad.

La primera versión del Violentómetro Arhikata se presentó como prueba piloto en febrero de 2023 durante una asamblea del facci, donde se distribuyeron carteles para que fueran llevados a las comunidades. En marzo de ese año tuvo una segunda presentación en la ENES Morelia, con una amplia participación de estudiantes, académicas y mujeres de las comunidades. En este evento recibimos valiosa retroalimentación, en particular de algunas concejeras que ya habían utilizado el instrumento en sus localidades.

Uno de los comentarios más relevantes fue que los colores claros y los emojis con gestos de enamoramiento que se habían aplicado daban la impresión equivocada de que las situaciones de violencia descritas hasta el indicador número quince o cercano a él eran tolerables. Este grave malentendido quizá está relacionado con la elección de colores en otras versiones de violentómetros, como el del IPN, que cambió en una de sus ediciones el fondo a tonos azules y violetas. Comprendimos que el uso del esquema de colores tipo semáforo podría interpretarse de forma errónea proyectando la idea de que las formas de violencia son aceptables hasta alcanzar la zona amarilla. Sin embargo, el propósito del instrumento es destacar que todas las manifestaciones de violencia, sin importar su intensidad, representan un peligro para la vida.

Figura 2 Cartel del Violentómetro Arhikata, en su versión purépecha y español 

Como estrategia de difusión desarrollamos varias imágenes que ilustré de manera digital y que correspondieron a mujeres y niñas purépecha con vestimenta tradicional y con ropa urbana. Las imprimimos como calcomanías y en cada presentación regalamos distintos diseños que fueron apropiados y resignificados por sus usuarios al ser pegados en libretas, computadoras, objetos personales y en algunos espacios públicos. Este hecho puso de manifiesto el potencial de la imagen en cuanto herramienta de comunicación intercultural cuando se realiza considerando las percepciones y conocimientos de quienes se retratan y cómo puede promover procesos de autorrepresentación y retroalimentación, al tiempo que evita la instrumentalización de las personas (Zirión 2015, 61).

En agosto del mismo año, lanzamos una segunda edición del Violentómetro Arhikata con cambios significativos en el diseño. Ajustamos los colores para enfatizar que ninguna forma de violencia debe ser permitida, ya que todas son manifestaciones de maltrato y pueden escalar. También modificamos los emojis para eliminar expresiones de alegría y reforzar la gravedad del tema. En el título añadimos la frase “Formas de violencia inaceptables”, subrayando la trascendencia de no normalizar ninguna de estas conductas. Incluimos además un mensaje clave: “Ser víctima de violencia no es tu culpa y no es motivo para sentir vergüenza”, dado que varios testimonios mencionaban cómo se revictimizaba a las mujeres haciéndolas sentir responsables por lo ocurrido.

La nueva versión del Violentómetro Arhikata se presentó en el 2º Ikarani, Encuentros por la Autonomía en Angahuan, donde 500 carteles fueron distribuidos de manera gratuita. Otros 100 ejemplares se han entregado en algunas comunidades con al apoyo de distintos concejos comunales indígenas. Cabe mencionar que las impresiones estuvieron financiadas por el proyecto Caleidoscopio y el material se puede descargar en: caleidoscopiomexico.com.

Conclusiones

El Violentómetro Arhikata se ha difundido ampliamente de manera gratuita en entornos académicos y comunales, consolidándose como una herramienta viva y adaptativa, que promueve espacios de reflexión y debate. En la presentación del Violentómetro Arhikata, llevado a cabo en la ENES Morelia en marzo de 2023, la maestra Margarita Morales, concejera presidenta de Santa Fe de la Laguna expresó lo siguiente:

Es un instrumento que va a ayudar a las comunidades, tanto a hombres como a mujeres a clarificar el grado de violencia que se encuentra en una relación de pareja. Muchas veces esta violencia está disfrazada de romance “no te quejes si es que yo te quiero así” y van los golpes. O está oculta porque a veces a las mujeres nos da vergüenza contar que somos maltratadas, violentadas, humilladas, discriminadas por el esposo, por el novio o por la pareja. Nos da vergüenza contar que nuestra autoestima está siendo sobajada. Éste es un tema bastante doloroso del que no se habla y esta herramienta es como una vista de lo que sucede en las comunidades. Sin embargo, las mujeres no somos débiles, por algunos usos y costumbres hemos aceptado esta situación, pero ya está cambiando, algunas mujeres purépechas tenemos la misión de cambiarlo, tenemos nuestra fuerza, Juchari Uinapekua.

Si bien se ha destacado el potencial de este instrumento para concientizar y prevenir distintas formas de violencias machistas, en ocasiones también ha generado tensiones y resistencias en el interior de las comunidades y de los propios concejos comunales. Recuerdo, por ejemplo, una asamblea convocada por el FACCI, donde presentamos el material y notamos el poco interés de los hombres por acercarse a conocerlo. Algo similar ocurrió durante el 2º Ikarani, donde la participación masculina fue escasa.

Ilustración de Lenny Garcidueñas, 2021.

Figura 3 Mujeres purépecha en el autogobierno 

Una de las limitaciones del Violentómetro Arhikata es que parece estar dirigido exclusivamente a las mujeres y no plantea nuevas formas de masculinidades no violentas. De igual modo, reconocimos la dificultad de cuestionar algunos roles asignados históricamente y que por los usos y costumbres están arraigados y normalizados en extremo. También identificamos dificultades para difundir el material, una de éstas fue el temor de algunas mujeres a sufrir represalias en el hogar, en las asambleas o en la comunidad, lo cual ha complicado la distribución de los carteles en ciertas localidades.

Entre los pendientes para avanzar en la erradicación de la violencia destaca la necesidad de diseñar materiales que ofrezcan información clara sobre cómo y dónde denunciar, así como las instancias a las que puede acudirse para recibir atención. En buena medida es una tarea que también está pendiente en los concejos comunales indígenas; si bien ha habido esfuerzos significativos por parte de algunas concejeras, hace falta adecuar instituciones en el autogobierno que faciliten el acceso para recibir atención psicológica y asesoramiento legal.

Así pues, aunque el proceso de codiseño implicó importantes desafíos para generar acuerdos y negociaciones, se desmontaron prejuicios en ambos sentidos y reconocimos marcos referenciales acerca de normas, prácticas y valores particulares. Los resultados permitieron ampliar los alcances de mi quehacer como diseñadora y a la vez generaron nuevos aprendizajes también para ellas. Juntas identificamos que narrar sus experiencias desde su propia lengua le dio fuerza a sus palabras y conocimos diversas formas de nombrar y sentir las violencias.

A su vez, advertimos que la representación visual de las mujeres purépecha no debe pensarse como algo homogéneo. No todas las mujeres portan la vestimenta tradicional de manera cotidiana, no todas son jóvenes ni poseen las mismas características físicas, por eso, para ilustrar los carteles, se incluyeron mujeres con identidades particulares.

En este sentido, uno de los hallazgos más significativos de esta experiencia de codiseño fue constatar que, al favorecer el diálogo intercultural y situar a las personas, sus vivencias y contextos en el centro, es posible articular acciones que impulsen lo que Arturo Escobar (2017) considera otra imaginación del diseño como herramienta clave de emancipación para la construcción de mundos más justos, plurales y sostenibles.

Por último, quiero subrayar la necesidad de articular acciones entre comunidades, academia, sociedad e instancias de gobierno que permitan crear una agenda de trabajo conjunto mediante la integración de equipos multidisciplinarios.

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*Este artículo se hizo bajo el auspicio del Proyecto de Ciencia de Frontera 682301 “Caleidoscopio. Innovaciones políticas y jurídicas de las comunidades indígenas que ejercen autogobierno para la transformación intercultural del Estado mexicano”, financiado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.

1 La investigación militante en este estudio coincide con la del antropólogo Orlando Aragón, quien considera que ésta “comparte la suerte del proceso o movimiento, lucha o grupo con el que se colabora y se distingue del resto del conocimiento científico porque se arriesga a intervenir en campos complejos, heterogéneos y contradictorios” (Aragón Andrade 2019, 38).

2 El instrumento toma como referencia el Violentómetro diseñado por la Unidad de Gestión con Perspectiva de Género del Instituto Politécnico Nacional. Más información puede encontrarse en: https://www.ipn.mx/genero/materiales/violentometro.html.

5 El Colectivo Emancipaciones está integrado por un grupo de académicos comprometidos con movimientos sociales. El caso más relevante que han llevado es el de Cherán, primer municipio indígena en México en ejercer su derecho a la libre determinación (en 2011). Véase: https://colectivoemancipaciones.org.

6 Tamales de masa de maíz de origen purépecha que se caracterizan por su forma triangular.

7 Se llama rollo al traje de las mujeres purépecha. Consta de una camisa llamada huanengo, falda plisada, delantal, cintas o fajas y rebozo, todas las piezas incluyen algún trabajo de bordado a mano con adornos de flores o animales.

8 Con el propósito de articular una agenda de trabajo conjunto, el evento reunió alrededor de 150 personas provenientes de diversos pueblos indígenas de México que participan en procesos autonómicos.

9 A mediados de 2022, me integré a una serie de asambleas de mujeres en Morelia, organizadas por el Frente por la Autonomía de Concejos y Comunidades Indígenas (FACCI) y el Colectivo Emancipaciones, con el objetivo de sumar acciones y construir una agenda común de trabajo en materia de género.

10 El FACCI, es resultado de un proceso de articulación de esfuerzos y aprendizajes entre las autoridades comunales y el Colectivo Emancipaciones. Busca ejercer su derecho a la autonomía y autogobierno de las comunidades y pueblos indígenas. Al día de hoy, reúne alrededor de doce comunidades indígenas que ejercen el autogobierno en Michoacán.

Recibido: 24 de Enero de 2025; Aprobado: 27 de Marzo de 2025

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