SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número73Zirión Qujano, A. (2024). Sobre el colorido de la vida y la fenomenología de lo inefable. SB Editorial. 300 pp. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Tópicos (México)

versión impresa ISSN 0188-6649

Tópicos (México)  no.73 México sep./dic. 2025  Epub 10-Nov-2025

https://doi.org/10.21555/top.v730.3430 

Reseñas críticas

Martín Navarro, A. (2024). El viaje solitario. La filosofía y la búsqueda de la naturaleza perdida. Editorial Renacimiento. 208 pp.

Andrés Ortigosa1 

1Universidad de Sevilla, aortigosa@us.es

Martín Navarro, A.. 2024. El viaje solitario. La filosofía y la búsqueda de la naturaleza perdida. Editorial Renacimiento, 208p.


¿Qué significa viajar cuando todo lugar podemos verlo con un clic en unos segundos? ¿Para qué perder el tiempo en aviones, trenes o autobuses cuando uno puede ver lo mismo en un documental en plataformas virtuales sin largas colas de espera? ¿Para qué viaja el ser humano en el siglo XXI? Estas dudas no son las principales del libro, pero compendian el sentido de El viaje solitario.

El nuevo libro de Alejandro Martín Navarro, profesor del Departamento de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Sevilla, es una prometedora reflexión para el presente siglo sobre el sentido del viaje y el retorno. El perfil del autor es el del humanista entregado, pues no solo se dedica a la erudición filosófica, sino que también es poeta de reconocido prestigio, habiendo sido galardonado a nivel nacional. Que una persona en la que se aúnan la precisión filosófica y la imaginería poética escriba un ensayo no es cosa menor: la promesa de cuanto podemos esperar de un poeta y filósofo simultáneamente se materializa en este ensayo.

El viaje solitario comienza con un prólogo a cargo de Francisco Rodríguez Valls, catedrático de Antropología Filosófica. En este prólogo uno encuentra bien encuadrado el libro de Martín Navarro, pues detrás de sus líneas no solo hay una filosofía del viaje y del retorno a la naturaleza perdida del ser humano, sino que hay una pequeña antropología. El sentido del viaje en el ser humano es más amplio que el mero ir de un lugar a otro: va más allá de la foto al monumento y del selfi, pues también se dan experiencias únicas, como sentimientos de difícil descripción al contemplar lo infinito e, incluso, viajes interiores hacia nuestra mismidad. Como comenta Rodríguez Valls, autor hace esto “sacando brillo y renovando las palabras de tal forma que las historias siempre parezcan nuevas” (p. 11).

El libro trata temáticas sobre el viaje en cada capítulo, pero lo hace de manera unitaria, pues unos capítulos resuenan en otros, a veces explícitamente, otras implícitamente. Si cada capítulo fuese un instrumento, estos diez capítulos harían sonar una armonía conjunta. Igual que cuanto más se escucha una misma canción, mejor detecta el oído sonidos que antes no había percibido, en esta armonía, cuanto más se lee el libro, mejor se comprenden las conexiones.

El primer capítulo comienza con la impactante imagen del Himalaya y comenta cómo con el paso de los años se ha convertido en una atracción turística. ¿Qué queda de ese viaje en el que uno se experimenta como uno con la naturaleza? ¿Qué hay del reto y de la aventura? Actualmente, poco o nada. Pero quizá todavía se pueda repensar el viaje. Volverlo más primigenio. Este primer capítulo sitúa al lector en la dirección hacia la que va a mirar el autor, que consiste en cómo considerar al ser humano como ser consciente de experimentar el instante. Esto es un rasgo plenamente antropológico. A través de la metáfora de la montaña en Así habló Zaratustra -obra de la cual, por cierto, Martín Navarro fue el traductor- se van componiendo imágenes, proponiendo ideas y esbozando reflexiones acerca del ser humano. Destaca que la montaña es la metáfora de la unión del ser humano con la naturaleza, de volver a conectar con aquello nostálgico que ya parece olvidado. Aunque el autor no lo diga, este capítulo tiene unos tintes propios del Romanticismo evidentes para cualquier lector.

El segundo capítulo trata sobre el sentido de lo originario en la vida humana. Para ello invoca a grandes pensadores, como Aristóteles, y también a otros grandes clásicos de la literatura, como Asimov o Bradbury. Concebir qué y cómo es el mundo infinito es concebir los límites del ser humano y de su poder. ¿Cuál es el sueño humano? Superar cualquier limitación, ese “viaje imposible hacia lo alto, potencialmente infinito y que se adentra en lo que durante siglos ha sido la morada de los dioses” (p. 59). Esto es una idea capital que se mantiene siempre en cada uno de los capítulos siguientes: es su trasfondo y todo parte de aquí. Este capítulo, no obstante, quizá podría haber sido más claro si adelantase su tema, pues a veces el lector puede observar que el autor discurre hasta que el capítulo está cerrando, que es cuando se comprende mejor la temática que, dicho sea de paso, no es original de Martín Navarro -cosa que tampoco propone, por lo que se le exime de responsabilidad-, sino de Nietzsche.

El tercer capítulo trata sobre la navegación marítima y la cartografía. Hay un tema principal, pero al paso no dejan de surgir grandes reflexiones que quedan sugeridas, aunque el tema sea evidente. De hecho, la fortaleza de este capítulo es aquello que sale al paso, que es una reflexión fundamental que continúa con el capítulo anterior sobre los límites del ser humano, pero ya no intelectuales, sino terrestres. Por eso cada viaje comentado por el autor es una manera de concebir qué y cómo es el mundo y, en consecuencia, cuáles son los límites de lo humano, pues en nuestro interior siempre hay un impulso hacia lo infinito, hacia aquello que no tenga limitación. Y para eso lo primero es saber la limitación de nuestro espacio Zuhandenheit, que es el mundo. Pero en el conocimiento de la limitación hay un ejercicio infinito, por lo que resulta que “la travesía del espíritu humano no conoce final” (p. 75). Quizá este capítulo podría haberse visto más enriquecido si se hubiera añadido el tercer programa transhumanista, que literalmente consiste en la colonización de otros planetas -cuestión de actualidad y que es extraño que no aparezca-.

El cuarto capítulo trata sobre el viaje interior. Lo primero que se aborda es la mística, desde san Agustín a santa Teresa, pero especialmente se detiene en Ibn Arabi, cuyo proceso de metanoia explica. Esta parte de la obra tiene un toque narrativo brillante que hace que en pocas páginas sintamos empatía por Ibn Arabi. Finalmente, Martín Navarro explica las últimas etapas del viaje místico: caridad, confianza, abandono y humildad. Esto lo lleva a una paradoja vital: “mientras más nos buscamos a nosotros mismos, más perdidos estamos; que, cuando nos olvidamos de nosotros, encontramos un universo; que salimos de viaje para encontrar lo que, en el fondo, olvidado dentro de nosotros, ya teníamos” (pp. 98-99). Este capítulo es una maravillosa introducción tanto a la filosofía como a la mística de la que cualquier lector podrá verse enriquecido.

El quinto capítulo trata sobre perderse en caminos de bosque, real y metafóricamente. Para ello se centra principalmente, aunque no solo, en Jünger, al cual describe como un genio. Dice que “los genios son esos hombres que nos enseñan a hablar de nuevo” (p. 104). Pues bien, “caminar” en un bosque es imposible. En los bosques no se camina: se vaga. Al vagar por los bosques, los vemos en su esplendor; es un momento de reconexión con nosotros mismos. También es una metáfora en contra de la permanencia. Cuando uno camina por las calles de la ciudad con sus farolas iluminadas yendo de un lado a otro, siempre tiene la sensación de seguridad y permanencia. Sin embargo, al moverse por un bosque, todo es discontinuo, desordenado e impredecible, pero no por ello deja de ser hermoso. Tras abordar a Heidegger, como era natural, termina con el tema de la naturaleza, lo que le sirve de engarce con su siguiente capítulo. Este capítulo es interesante, pero la idea de trasfondo olvida que lo importante es cuando, por azar, uno encuentra claros de bosque. En los claros de bosque, la metáfora del autor no se mantiene, pues son la continuidad de la discontinuidad del bosque. Allí no hay nada impredecible, sino que todo está al alcance de nuestra contemplación. Los claros de bosque nos proporcionan una visión privilegiada, un balón de oxígeno. Quizá se pueda decir así: los claros de bosque son a los bosques lo que los oasis a los desiertos. Para hablar con totalidad del desierto no podemos omitir la importancia de los oasis, y creo que algo parecido ocurre con los claros de bosque que, aunque mencionados, no son un recurso agotado.

El sexto capítulo trata sobre la experiencia de la naturaleza. En la naturaleza uno puede experimentar la comunión con lo sagrado. Así lo entendieron el Romanticismo y otras tantas corrientes filosóficas, que enfrentaron esta experiencia a la mecanización del mundo. Desde hace siglos, las sociedades tecnológicas son de extremado orden y, sobre todo, mecánicas. Sociedades “maquinísticas”, frías y veloces. Todo es inmediato. La reconexión con lo sagrado es una experiencia originaria que hemos perdido con el paso del tiempo. Sin embargo, “la meta de la filosofía es recordar la conciencia de la libertad y, por tanto, denunciar este estado de cosas” (p. 129). Esta vuelta al hen kai pan ha quedado desubicada, perdida, pero quizá sea posible el retorno a ella. Este capítulo, aunque atrevido, es posiblemente uno de los mejores del libro, no solo por la urgencia de volver a reconectar con lo sagrado en nuestra actualidad, sino por atreverse a presentar la dimensión sagrada del ser humano en su origen.

El séptimo capítulo es acerca de la belleza y lo sublime, de aquello que de un golpe comprendemos como superior a nosotros. La belleza nos enseña también un ideal: el de continuar creciendo, expandiendo nuestro interior -o superando nuestros límites, para decirlo con los capítulos anteriores-. De hecho, es esta habilidad humana la que nos lleva no solo a la capacidad estética, sino también a la ética, sin necesidad de sentir una mutilación desde nuestra razón a nuestros deseos e impulsos. Martín Navarro lo dice así: “Lo mismo sucede con el bien: podemos aprender a valorarlo tanto, podemos sentir intensamente el placer de vencer nuestros impulsos primarios, y entonces actuar sintiendo verdaderamente la emoción del bien” (p. 149). La admiración de lo que es superior a nosotros mismos es, al final, la apertura a la experiencia humana más trascendente. De hecho, aunque no lo diga el autor, es un rasgo distintivo del ser humano que funciona como motor de la historia.

En el octavo capítulo se aborda la espeleología, y no solo como tema real, que también, sino como metáfora del entrar en uno mismo para concebir y luego volver a salir. Este viaje significa un incremento en nuestra emancipación, la cual, por cierto, proviene de la conciencia de la libertad típicamente humana. En ella se experimenta la limitación humana que nos hace ver que todavía nada es perfecto ni absoluto. Por eso la filosofía comienza con la experiencia de nuestra limitación: si el pensamiento es emancipación, entonces el comienzo del pensamiento no está ya emancipado, sino en proceso de emancipación. Y tendemos de manera casi natural a la emancipación porque “la esencia del hombre es la libertad” (p. 166). Este capítulo funciona de manera atractiva como introducción al problema de la libertad.

El noveno capítulo puede parecer repentino porque el autor comienza hablando de la gimnasia, la actividad física y el deporte. Sin embargo, es la salida al exterior de la caverna de Platón, la cual se produce cuando los ideales superiores a nosotros se encarnan en nuestro mundo, es decir, cuando son la expresión de lo infinito en lo finito. Martín Navarro pone varios ejemplos de ello en el capítulo: ni el Doríforo de Policleto ni el Discóbolo de Mirón son unos hombres, sino “el Hombre como tal” (p. 174). Aunque no lo parezca, estas ideas guardan aquí relación gracias a Ortega y Gasset, quien, en El origen deportivo del estado, defendió que los primeros Estados surgen gracias al deporte. Eso significa que todo lo creativo en el ser humano surge de su libertad. Es más, Ortega y Gasset considera que en el deporte se reflejan la generosidad, la creatividad y la fuerza. El juego, como acto máximamente creativo, es una expresión material de nuestra autonomía y libertad. Representa la victoria de la autonomía contra lo heterónomo, de la libertad contra el mecanismo porque, como digo, no es solo gimnasia o ejercicio: Martín Navarro ve ahí el ejemplo perfecto de la libertad. “Así es como la naturaleza, a través del juego y del deporte, nos enseña a restaurar en nosotros el anhelo de una humanidad triunfante” (p. 185). Podemos añadir a lo que comenta el autor que esto es un regreso al tema de la superación, pero ya no con la experiencia del mundo natural, sino con el cultural.

El último capítulo trata sobre el concepto de la nostalgia, que por etimología es el dolor (algos) del regreso (nostos). Aunque también podría ser el dolor de lo que se cosecha (otro sentido de nostos). Este segundo significado de nostos permite aquí un juego etimológico delicioso a Martín Navarro: la nostalgia por lo perdido, que buscamos en los viajes exteriores e interiores, no es solo dolor (algos) ante la pérdida de la experiencia originaria de la infinitud: gracias a esta nostalgia, esas experiencias nos hacen buena cosecha (nostos), es decir, nos cultivan. Esto es, “el único regreso verdadero es aquel que conduce a la fuerza germinal de la existencia” (p. 189). Para ello es necesario experimentar la soledad, fortificar nuestros muros para poder abrirnos a los otros. Al final, nuestro viaje “atraviesa desiertos y abismos, vence tempestades y montañas solitarias, se adentra en bosques y lugares recónditos” (p. 194). Pero estas imágenes no hablan del exterior. Somos nosotros mismos nuestro propio viaje solitario. Críticamente, se puede comentar que la experiencia del viaje solitario es planteada por Martín Navarro como una especie de iniciación filosófica. Sin embargo, creo que la filosofía no puede ser viaje solitario, sino diálogo, por lo que hay siempre una exigencia del otro. La nostalgia no es solo por la naturaleza y la experiencia perdida de lo sagrado, pues sería una nostalgia egoísta; también hay una nostalgia del otro que originó la filosofía.

Este es un buen libro de filosofía. Como introducción a ella es deliciosa, y para los que llevamos ya algunos años dedicados a ella, hay ideas frescas que merecen ser pensadas. Incluso temas “clásicos” de la filosofía, como el camino de bosque heideggeriano, la montaña nietzscheana, etc., son representados de manera novedosa. El mérito de Martín Navarro es indudable. Lograr el equilibrio en un libro para que pueda ser leído como una introducción a la filosofía -por ende, algo germinal- y, a la vez, como un texto de profundidad para lectores más experimentados -por ello, fruto maduro- es algo complejo. Yo llevaba sin ver algo así desde los mitos de Platón.

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons