Durante su estancia en el Instituto Hispánico de Madrid en 1951, Rosario Castellanos le escribe a Ricardo Guerra: “Si ahora escribiera unas confesiones, serían como las de Rousseau y no como las de san Agustín, unas confesiones empecinadas, no arrepentidas” (17). Sin embargo, la correspondencia publicada con el título de Cartas a Ricardo (1994) cobra el doble cariz de unas confesiones empecinadas y arrepentidas. Porque la edición no incluye las respuestas del destinatario, siempre insuficientes al gusto de la escritora, el epistolario se abulta bajo el sello del soliloquio, que no dista mucho del género de la confesión, de acuerdo con María Zambrano.
Del legado conjunto de las Cartas y de la obra de Rosario Castellanos se desprenden tres figuras tutelares en la vida de la chiapaneca: Gabriela Mistral, santa Teresa de Ávila y Simone de Beauvoir. La sola vecindad de los tres nombres deja entrever la tensión entre los modelos y, por ende, la dificultad de concluir la integración de los distintos “conatos de ser” en disputa. Aunque Ricardo Guerra aparezca decididamente como la piedra de toque del edificio epistolar, casi se antojaría que él no es más que un remate ideal en la coronación del castillo que tiene en mente la escritora, en consonancia con la búsqueda de santa Teresa y como recordatorio de un chiste que circulaba en la época: en lugar de un castillo, Ricardo Guerra se había granjeado una Castellanos. En efecto, conforme a la ley stendhaliana según la cual las pasiones más perfectas son las que no se consuman, el amor de Rosario Castellanos por Ricardo Guerra alcanza sus cimas de devoción en la distancia y la imposibilidad de la convivencia. Se casan en 1958 y el matrimonio dura 13 años.
En 1967, a la luz de un claro en el bosque de las complicaciones sentimentales, Rosario Castellanos le asegura a Ricardo Guerra.
En el prólogo a las Cartas, Elena Poniatowska sostiene que el cerebro de Rosario Castellanos “está dividido en dos lóbulos frontales y en realidad está habitado por dos propósitos: uno para escribir, otro para sufrir. Aparentemente no se mezclan. Rosario puede pasar de la más pavorosa escena de celos a su mesa de trabajo. Y no se desfoga en el papel. Escribe. No se vuelca en catarsis psicoanalítica. Hace abstracción, traza sus signos, al descifrarse descifra al mundo” (17).
De los dos grandes períodos que cubren las Cartas, el primero (1950-1952) es sin duda el más interesante porque corresponde a sus años de formación, deslumbrados por el descubrimiento del mundo y del amor. Sobre este último, se trasluce que, con Ricardo Guerra por primera y probablemente única vez, Rosario Castellanos descubrió el sexo: “…antes tenía una curiosidad tan horrible que uno de los pensamientos que me obsesionaban, en abstracto siempre, era el del sexo” (76), le asegura recién subida al barco que la conducirá a España, y también, años después, desde Wisconsin: “La única manera [de remediar mis celos] sería compartir, alguna vez, el mundo sexual. Porque con esto de la frigidez yo sigo fuera, quedo al margen, no entiendo, no puedo entrar y me duele mucho este aislamiento. Que nadie más que yo puedo romper, por otra parte” (200). Cuando Ricardo Guerra le insinúa la posibilidad de conseguirse un amante, ella responde: “Soy un ser asexuado que cree, nada más, y con cierta ferocidad y encarnizamiento, en su vocación. Y que esa vocación no es maternal ni amorosa sino desconsoladoramente literaria” (177).
Ricardo Guerra era, en México, uno de los campeones del existencialismo y, por convicción filosófica o exceso de testosterona, partidario activo de las “relaciones contingentes” que tanto turbaban a Rosario Castellanos. En los ensayos dedicados a Simone de Beauvoir, la pluma de la poeta se deja embriagar por una ideología que en vida la hace tambalear hasta el punto de la depresión. En pocas palabras, en vida no puede sostener lo que la pluma asevera. Quisiera emular a la francesa en la aceptación de las contingencias amorosas, pero no se permite ejercer la libertad que equilibraría el fiel de la pareja.
Su repulsión hacia la vida sexual parece haberla atado duraderamente a Ricardo Guerra por dos razones encontradas: porque él parece ser el único hombre que rompió el círculo maldito, y también porque, al asumir ella una fidelidad inquebrantable pese a las complicaciones de la relación, se resguardaba del riesgo de vivir otras experiencias sexuales. En resumen, esta fidelidad, incomprensible y hasta incongruente para el lector de las Cartas, quizá deba verse como un salvavidas al que aferrarse en el oscuro océano de la sexualidad. Asimismo, constituye una paradoja bastante apretada en la vida de una de las más destacadas promotoras de la liberación femenina en México.
Una presencia tutelar recorre la correspondencia y la obra poética de Rosario Castellanos: me refiero a Gabriela Mistral. Ya desde los primeros meses en Madrid, la chiapaneca anuncia su deseo de visitar a la chilena en Italia. Nada dice de la poesía de Gabriela Mistral, aunque, sin duda, es un modelo que la estimula y quisiera emular. Más bien, en ese momento, le atrae la vida errabunda de la chilena. Y, después de un pequeño periplo por Alemania y Francia, Rosario Castellanos le asegura a Ricardo Guerra: “Yo creo que ahora ya nunca sabré estarme quieta en mi casa, que siempre querré estar caminando, yéndome a alguna parte, y analizando esto me doy cuenta de que lo que busco a través de esto no es tanto aprender cosas ni mirar gentes y paisajes nuevos sino olvidar que existo” (100).
Al final de su estancia en España, Rosario Castellanos cumple su deseo de conocer a Gabriel Mistral, a quien alcanza en Nápoles: “Pues está aquí Gabriel Mistral y nos pasamos escuchándola todo el día. Yo estoy feliz de ver hasta qué grado, en teoría, coincido con la suya” (165), apunta escuetamente para Ricardo Guerra. Es muy lamentable que no le refiera la sustancia de las conversaciones o, mejor dicho, la lección poética que le propinara la chilena quien, en ese entonces, le duplicaba la edad y le aventajaba con una obra ya coronada con el Nobel (1945). En cambio, en la obra de teatro Tablero de damas (1952) probablemente quedó registrado un reflejo de las palabras de Gabriela Mistral sobre la poesía o, más interesante aún, las que la joven Rosario Castellanos quiere atribuirle.
En su camino de perfección, Rosario Castellanos dispone de un arma que a menudo aparece en las Cartas y en los mejores momentos de su obra: el humor. Una cualidad escasa entre las santas y las poetas. No es la alegría de santa Teresa, ni la exaltación enrarecida de Gabriela Mistral: es una acidez que desacraliza y desactiva los remolinos del alma, aun cuando confiesa caer a cada rato en los abismos cotidianos: “En mis peores momentos soy así: teatral, pero del mal teatro, de ese que tiende al tango. Y en mis mejores… pues realmente no hay mejores momentos” (119). Es una ironía autoflagelante que quizá fue su manera de fustigarse con los cilicios de la pluma para merecer una vocación vital y poética. Raramente es malévola con los demás, prueba de que el humor es un arma que reserva a sus propios flancos. Por ejemplo, así se burla de Salvador Elizondo: “El Chato Elizondo fue de oyente a una de mis clases y despotricó contra Cortázar, después de lo cual admitió que jamás había leído una página suya” (285). Rosario Castellanos se ríe de la mujer que es, a la que observa obsesivamente como cuando se diseca al otro que repudiamos porque se parece demasiado a nosotros. Siempre será provechoso leer estas Cartas que son unas confesiones parciales, entre empecinadas y arrepentidas, o, mejor dicho, un Informe contra sí misma.




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