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Literatura mexicana

versión On-line ISSN 2448-8216versión impresa ISSN 0188-2546

Lit. mex vol.36 no.2 Ciudad de México jul./dic. 2025  Epub 06-Ene-2026

https://doi.org/10.19130/iifl.litmex/36.2.2025/001wx254107s64 

Artículos

La destrucción territorial de la Conquista y la modernización revolucionaria en El luto humano (1943) de José Revueltas

The Territorial Destruction of the Conquest and the Revolutionary Modernization in El luto humano (1943) by José Revueltas

aEl Colegio de México cmarango@colmex.mx


Resumen:

Mediante una lectura política de El luto humano de José Revueltas, el siguiente trabajo propone una lectura sobre la colonización del territorio mexicano iniciada por la Conquista y continuada por la modernidad agraria diseñada por la Revolución mexicana. A la luz de ensayos y apuntes autobiográficos del mismo autor, así como de perspectivas sociológicas de la época, la aproximación buscará indagar en cómo el territorio, desde tiempos de la Colonia, no es justamente repartido a quienes efectivamente lo trabajan. Esta distancia pone en conflicto la calidad ciudadana de la población indígena y campesina, en tanto que no es reconocida como un sujeto de derechos y, ni siquiera, como un miembro de la nación. Los aparatos estatales y económicos que posibilitan dicha anulación de su presencia se vuelven un obs táculo para que indígenas y campesinos puedan asirse a la tierra, de manera literal y metafórica.

Palabras clave: Conquista; modernización; infraestructura

Abstract:

Through a political reading of El luto humano by José Revueltas, this article proposes a reading of the colonization of Mexican territory initiated by the Conquest and continued by the agrarian modernity designed by the Mexican Revolution. Through the light of essays and autobiographical notes by the same author, as well as sociological perspectives of that period, my approach will reveal how the territory, since colonial times, is not fairly distributed among those who actually labour it. This distance jeopardizes the quality of citizenship of the indigenous and peasant population, since they are not recognized as subjects of law or even as members of the nation. The state and other economic apparatuses that cancel their pressence become an obstacle for indigenous people and peasants to hold onto the land, literally and metaphorically

Keywords: Conquest; Modernization; Infrastructure.

Quinto presagio funesto. Hirvió el agua: el viento la hizo alborotarse hirviendo. Como si hirviera en furia, como si en pedazos se rompiera al revolverse. Fue su impulso muy lejos, se levantó muy alto. Llegó a los fundamentos de las casas: y derruidas las casas, se anegaron en agua. Eso fue en la laguna que está junto a nosotros. Códice Florentino. Fray Bernardino de Sahagún

En El luto humano (1943), segunda novela de José Revueltas, una huelga fallida representa la indagación sobre dos momentos de destrucción social y territorial: la Conquista y las políticas agrarias de un Estado que se dice moderno. En el texto, símbolos cósmicos y políticos se engarzan tomando como punto de partida la degradación de un territorio, y éstos profundizan en una civilización cuyo desarrollo se ve interrumpido por dos momentos históricos que no son del todo disímiles. Tanto la llegada de los españoles como la instauración de una tecnología que supuestamente ayudaría a ciertos procesos de la jornada laboral campesina, traen consigo un potencial destructivo de proporciones apocalípticas.

No por ello El luto humano resuelve las consecuencias de los sucesos; no identifica reductivamente el origen de las crisis agrarias del siglo XX con la difícil aculturación de los pueblos originarios puesta en marcha desde la Colonia. Más bien, el autor plantea una tensión cuyo movimiento no termina, y que vuelve a la identidad de poblaciones específicas -indígenas y campesinas- un enigma dolorosamente inasible sobre el que se experimentan, violentamente, los ideales del progreso. Y, como propondré en las siguientes páginas, la prueba más contundente de esta pugna se da sobre el territorio en su dimensión física y social: la sequía, la hambruna y la desesperanza que puede asolar a una región es sembrada por iniciativas políticas sobre un terreno antes fértil. La evidencia de que ciertos idearios políticos fracasan se halla en la tierra y en el cuerpo de los trabajadores, momentáneamente transmutados en símbolos del progreso para después ser abandonados a una cruel violencia.

Otros trabajos han explorado las estrategias bajo las cuales El luto humano contiene una crítica a cómo se descomponen fácilmente los ideales con los que se pretendió organizar a México después de la Revolución. Claudia Montoya (2008) plantea que la novela de Revueltas constituye un antecedente a la obra ensayística de Samuel Ramos, Emilio Uranga, Leopoldo Zea y Octavio Paz, autores que buscaron sistematizar la identidad indígena y mexicana, así como pronunciarse ante el desencanto que sembró la Revolución mexicana en la conciencia intelectual. Por su parte, Mónica Quijano Velasco (2015) revisa la figura del bandido como un actor social que fue instrumentalizado para “sentar las bases de los estados nacionales”. En el bandido, “el monopolio del uso legítimo de la violencia” hace “visible la distopía producida por la pérdida de los ideales de uno de los principales movimientos sociopolíticos del Estado moderno mexicano: el de la Revolución mexicana” (1145). Asimismo, en una valiosa contextualización del campo filosófico y político en el que Revueltas se formó como activista y escritor, Stephanie Merrim (2016) propone una lectura de El luto humano como una de las primeras manifestaciones del existencialismo en México y Latinoamérica. Para la autora, Revueltas utiliza las herramientas del pesimismo filosófico para definir una identidad mexicana que mira su propia historia como si se tratara de un abismo ontológico.

Por supuesto, es ingente la bibliografía sobre El luto humano. Existe un consenso al que yo me adscribo de que Revueltas conjuntó mito y política para enunciar su propia perspectiva sobre la identidad mexicana. Pero, si tenemos en cuenta que uno de los hilos principales en la trama de la novela es cómo una región queda inundada ante el abandono de una infraestructura -la presa- y de unas autoridades que dejaron morir a una población campesina, ¿de qué manera el conocimiento de Revueltas sobre el pasado de México antes de la Revolución y sus propias ideas políticas nos ayudan a interpretar un texto fundamental de la narrativa mexicana? ¿Cómo es que los elementos culturales que formaron parte de la escritura de El luto humano dan estructura discursiva a la novela? José Manuel Mateo (2019) consigna que el autor, desde muy joven, estuvo interesado en “efectuar una revisión crítica de la historia de México”. Sin embargo, en Revueltas, la política es estilo literario, y la literatura es un dispositivo que se aproxima a realidades sumamente tangibles de la nación mexicana. Como plantea Mateo, todos estos elementos de la escritura revueltiana “forman parte de un mismo sistema o dispositivo literario”. En la misma medida, estoy de acuerdo con Evodio Escalante (2014) cuando recomienda que la obra de Revueltas requiere una aproximación de corte político y, partiendo de este método de lectura, afirmo que El luto humano, de cierta manera, está activando una tesis sobre el sitio de la ciudadanía indígena y campesina dentro del proyecto revolucionario de modernización y de un territorio que comenzaba a cimentarse a partir de políticas determinadas, a costa de las necesidades laborales de todo un sustrato social.

Teniendo presente lo anterior, las siguientes páginas tienen como objetivo desarrollar una lectura política de El luto humano, con el fin de proponer la idea de que México atravesó por dos conquistas, la colonia y la modernización capitalista. La principal superficie social que padeció estos procesos fue el territorio. En El luto humano, la tierra es arrebatada a quienes de hecho ya eran sus propietarios. Posteriormente, se volvió una promesa de estabilidad laboral estimulada por quienes obtuvieron el poder después del momento bélico de la Revolución. En el momento en que son cuestionados los fundamentos de dicha promesa, es de nuevo arrojada a un abismo donde no significa más que agrietamiento y polvo.

Privilegiaré en mi lectura la presencia de personajes indígenas y campesinos en la obra, manteniendo en la discusión que para Revueltas ambas poblaciones significaban un problema entre clases sociales. Asimismo, comentaré cómo las estrategias estéticas del autor, donde el discurso de índole teórico y político entreteje la historia de la novela, concentran una cosmovisión política que Revueltas construye con el fin de nombrar la tensión milenaria y permanente que existe entre el pasado prehispánico y el supuesto triunfalismo de la institución revolucionaria. Encuentro que ahí se concentran dos formas de colonizar el territorio, de gestionar y de explotar la tierra.

Las lecturas de José Revueltas, así como sus apuntes autobiográficos, delinearán algunas de las perspectivas del novelista respecto a la historia de México y a la modernidad industrial revolucionaria. En una iluminadora investigación sobre los volúmenes que conformaron la biblioteca personal del autor, Brenda Melina Gil Cruz (2022) demostró que, en su acervo, Revueltas contaba con algunas de las producciones fundamentales de la crónica colonial, como la Historia general de las cosas de la Nueva España de fray Bernardino de Sahagún, la Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa y la Décima tercia relación de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Asimismo, otras publicaciones, de índole histórica y filosófica, indican el interés que Revueltas tuvo por la “cuestión indígena”: textos de Alfonso Caso, José Carlos Mariátegui y Gonzalo Aguirre Beltrán, referidos a la cosmogonía precolombina, la realidad de la ciudadanía indígena peruana o las luchas agrarias durante el virreinato mexicano señalan contundentemente una preocupación del escritor duranguense por reflexionar en torno al pasado mesoamericano. Esta utilísima investigación posiciona a El luto humano en una época en la que existía una “efervescencia de política marxista y de producciones literarias indigenistas en diversas zonas geográficas” (181). De igual manera, las relaciones entre las lecturas que Revueltas subrayó y de las que hizo notas al margen establecen un marco de pensamiento bajo el cual Revueltas concebía la dialéctica entre la historia y el mito: la crónica colonial, que recogió mitologías sobre el apocalipsis que trajo consigo la Conquista -Sahagún es un ejemplo contundente de ello- acompañó ensayos densamente teóricos sobre pugnas por la tierra o por el reconocimiento del indígena como sujeto de derecho. Además, como apuntaré más adelante, la lectura de Revueltas a los textos coloniales probablemente dio la pauta a la forma en que la voz narradora concibió el apocalipsis, el fin de los mundos espoleados por la Conquista y por la putrefacción de una promesa de justicia laboral y social.

Uno de los subrayados que hizo Revueltas a un ejemplar de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana afirma la postura materialista del duranguense respecto a la identidad indígena. Lejos de ser un mero sustrato mitológico o un dilema ontológico sobre el que se cimentan las naciones, los indígenas constituyen una problemática tangible que involucra a la construcción de los estados modernos1 y a las clases sociales y económicas que éstos legitiman:

La reivindicación del indígena carece de concreción histórica mientras se mantiene en un plano filosófico o cultural. Para adquirirla -esto es para adquirir realidad, corporeidad-, necesita convertirse en una reivindicación económica y política. El socialismo nos ha enseñado a plantear el problema indígena en nuevos términos. Hemos dejado de considerar abstractamente como problema étnico o moral para reconocerlo concretamente como problema social, económico y político. Y como lo hemos sentido, por primera vez, esclarecido y demarcado (Mariátegui ápud Gil: 195).2

Al tratarse de un problema histórico con consecuencias materiales, la visión no sólo debe atender al presente sino adentrarse en la historia profunda. En El luto humano se indaga sobre la pérdida cósmica de un orden que violentó la Conquista y la pérdida de la infraestructura modernizadora que ordenaría una civilización ya conquistada. Incluso, esta condición colonizadora bajo la que se desarrolló el país formó parte de las preocupaciones intelectuales de Revueltas. En sus ensayos, el novelista investigó cómo es que la sociedad indígena, muy a pesar del espíritu democrático y moderno que solventó los conflictos bélicos de la Independencia y de la Reforma, continuaba siendo relegada del proyecto de nación. Tal es el caso de “Crisis y destino de México”, respuesta a un texto de Daniel Cosío Villegas titulado “La crisis de México”. No es aquí el sitio para estudiar el escenario de la polémica que se dio entre el insigne historiador y Revueltas. Aquí, sólo enfatizaré, partiendo de un estudio ya hecho por José Manuel Mateo (2013) las ideas del novelista respecto a los procesos históricos que dieron forma a la nación.

En el caso de México, ¿existen suficientes herramientas para pensar “la nacionalidad como una configuración estable”? (Mateo 2013:34). Quienes detentan la idea de nación no buscan integrar a los agentes que tengan aspiraciones y necesidades distintas. Para Revueltas, las que han definido quiénes pueden participar en la construcción del país son las élites políticas e intelectuales; actores que también definen quiénes pueden poseer la tierra. La consecuencia es que cualquier carta de identidad le es negada a obreros, indígenas y campesinos. Por esto, no podemos pensar en la inexistencia de la dominación sobre estos sectores que deberían ser reconocidos como ciudadanos. Siguiendo el ensayo “Crisis y destino de México”, Mateo apunta lo siguiente:

La participación de sectores emergentes, como “los profesionistas liberales, los terratenientes cuyas tierras no permanecen ociosas y los artesanos en vías de desarrollo industrial”, van constituyendo la nacionalidad, pero se trata de una construcción identitaria de signo adverso. Es, en última instancia “una nacionalidad opresora dentro de su propio territorio”, pues las “grandes masas indígenas” quedan fuera del cuadro nacional (2013: 36).

La forma institucionalizada de concebir el territorio nacional busca anular, como lo hizo la Colonia, la presencia indígena, campesina y obrera. La tierra, entonces, no es más que una ganancia para la “aristocracia latifundista” (Mariátegui: 57) que invisibiliza trabajo y mano de obra, así como las formas con las que esa gran otredad ciudadana se relaciona con el sitio que habita. Para la voz narradora de El luto humano, no puede darse una resolución entre ambos polos por constituir momentos irreconciliables de la historia mexicana. No por ello este pesimismo político y existencial que se imprime en la novela impidió que Revueltas buscara incidir sobre la realidad con su escritura. Como participante de la huelga que fue ficcionalizada en su obra, Revueltas creó un dispositivo que medió entre las profundas inquietudes de los indígenas y campesinos y su propio proyecto estético. El luto humano es un constante choque entre lenguajes para entender el mundo. El orden primigenio eclosiona con la legislación moderna, la poesía con la intelectualización política, y el activismo con la literatura.

Extraigo los siguientes datos del libro Autobiografía del algodón (2020) de Cristina Rivera Garza: el 16 de marzo de 1934, José Revueltas llegó a Estación Camarón, donde se encontraba el Sistema de Riego N°4, enviado por el Partido Comunista de la Ciudad de México. El objetivo era presenciar y documentar lo que sería un movimiento verdaderamente obrero, conformado por cifras que variaban entre los cinco y quince mil trabajadores. Una vez verificada la realidad y las dimensiones del movimiento, Revueltas se sumó a las asambleas del Sindicato de Obreros Agrícolas de la Estación Camarón, lo que provocó su arresto en abril del mismo año, según aparece en los papeles que el propio sindicato envió al gobierno de Nuevo León para exigir la libertad de los camaradas.

En esto, se encuentra el añadido de que el mismo Revueltas leyó cómo al territorio lo poblaban signos adversos y contradictorios, recogiendo sus impresiones en los textos autobiográficos Las evocaciones requeridas (1987). En los apartados donde narra su paso por Nuevo León mediante cartas y apuntes literarios de los años 1932-1933, el mismo autor se pregunta si quienes están insertando las nuevas lógicas agrarias no son acaso una nueva máscara de los conquistadores coloniales: “¿Americanos de cabellos rubios, rudos sajones, osados colonizadores que invadieron el suelo, o el altivo español, brillante y audaz?” (1987: 63). Más adelante, reitera la existencia del territorio colonizado cuando menciona la inversión capitalista con la que se construirá la presa ficcionalizada en El luto humano: “No deja de ser curioso el ecléctico combinado que nos ofrecen la supervivencia colonial, respetada por puro acaso, [y] la filantropía de un millonario de provincia que favorece al pueblo con sus innumerables explotaciones” (65). La presa se postra sobre el territorio como un signo ominoso: “De esta manera, adherido al sabor feudal y mortecino del pueblo, se incuba el capitalismo moderno, amenazando la quietud, la calma, las tradiciones y las viejas costumbres del lugar” (65). Pero el signo de la huelga, vital y promisorio, se opone a lo que es la destrucción industrial del pueblo: “No hay descanso. Se nos avecinan cosas soberbias. Todo esto me hace estar encantado de haber nacido” [1934] (70).

Refiriéndose a El luto humano, José Manuel Mateo se ha aproximado a la tensión que existe entre una trama saturada de “malos presagios” (2022:116) y la huelga como un umbral que permitiría a la población del Sistema de Riego experimentar los ideales que constituyen una vida digna. Por su parte, las citas anteriores de los textos autobiográficos de Revueltas vuelven patente que para el autor la Colonia no había finalizado tras la Independencia. Por ello, mi propuesta de análisis se aproxima a que los indicios funestos y la organización indígena y campesina están mediados por el territorio. El autor discute cómo la tierra se gestiona y burocratiza a través de papeles y edictos, o da legitimidad a ciertas identidades sociales mientras que violenta otras con el afán de continuarlas explotando. En las páginas de El luto humano leemos un quiebre tanto epistémico como plenamente infraestructural: la descomposición paulatina de un Sistema de Riego que primero se nos presenta como un símbolo de los triunfos agrarios de la Revolución y, posteriormente, se convierte en un instrumento de opresión laboral que trae consigo la infertilidad de la tierra y la anulación de toda inserción social de los campesinos e indígenas.

Igualmente, El luto humano alberga una composición compleja, ya que la diégesis no está organizada exclusivamente en hechos narrativos e inserta, sobre todo en su capítulo final, una reflexión que se enuncia a la manera de un ensayo. Mi aproximación observará cómo esta cercanía entre una voz narradora que recopila sus ideas sobre la identidad nacional y un ethos situado en los pueblos originarios genera una tensión entre el progreso moderno y una cosmovisión primigenia. Ésta ha sido descartada por las labores civilizatorias de la Conquista española y del fuerte dominio que ejerce la modernidad revolucionaria. La tierra es la muestra contundente de cómo estos procesos significan una degradación política y de cómo sectores históricamente marginalizados no pueden asirse a ningún terreno, de manera literal y metafórica.

El marco de reflexión está activado por el desbordamiento de la presa que distribuye agua hacia el Sistema de Riego que cimenta la productividad de la comunidad campesina en la novela. Este diluvio secuestra a las cuatro familias que sobreviven al desgaste de una región que primero fue productiva y, después, paralizada por una prolongada huelga que exigía el cumplimiento de los más básicos derechos laborales. Al igual que el quinto presagio que los conquistados reportaron en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco a fray Bernardino de Sahagún, el agua del Sistema de Riego, antes un recurso económico, se transforma en un instrumento de muerte. El éxodo que emprenden Cecilia y Úrsulo, Adán y la Borrada, Calixto y la Calixta, Jerónimo Gutiérrez y Marcela, hacia un techo en el que los zopilotes o el agua terminarán por matarlos, afirma el discurso sobre la modernidad como una falla que puede equipararse a lo que acarreó la Conquista; esto es, la milenaria negación de ciudadanía a los indígenas y campesinos que poco a poco fue mestizándose en la población rural, dedicada al trabajo agrario. Por supuesto, el éxodo final también constituye una evidencia de cómo su abandono social tiene su reflejo consecuente en la inundación destructiva del territorio.

Observo en el texto que este sitio no redime una identidad que se enorgullece de permanecer ajena a una nación que se encontraba construyéndose institucionalmente tras el levantamiento revolucionario, así como tampoco su cosmovisión sobre la tierra ante las injusticias de la economía tecnologizada que se implementó gracias a la Reforma Agraria. Es decir, no leemos una colectividad indígena que identifique las injusticias y se organice según preceptos específicos de emancipación. Asimismo, tampoco vemos a la infraestructura como una fuerza opresora que triunfe, de manera sangrienta e irreparable, sobre aquel estrato ancestral de México. En Revueltas, la infraestructura representa una fuerza que arrasa sus propias promesas de progreso: el capitalismo moderno que altera la quietud con el fin de ofrecer prosperidad.

Probablemente, la tragedia en El luto humano es que la coexistencia de los instrumentos que se ponen en marcha para ayudar a los procesos de cultivo y la inclusión plena de los trabajadores agrarios en la economía revolucionaria signifique una ambigüedad irresoluble; un gran signo de interrogación que se coloca, como una fatalidad, sobre todo intento de modernidad y sobre todo reconocimiento que se le pueda dar a la población campesina e indígena de sus derechos. Incluso, la novela consigna que dicho Sistema de Riego diferenció a este estrato social según su capacidad adquisitiva para hacerse de la tierra. Algunos sí que fueron propietarios de una buena cantidad de hectáreas; otros, de extensiones menores de tierra; mientras que una inmensa mayoría, los jornaleros, eran los asalariados, ya que la poca extensión de tierra que podían poseer no era susceptible de cultivo y debían trabajar para otros. No fue un sector de la población el que fue asimilado de manera íntegra en una promesa de futuro, y dicha segmentación mantiene similitudes con el sistema de castas colonial. Aun cuando existan intenciones de la hegemonía política por hacer que la población indígena y campesina sean iguales, sus mismos sistemas de modernización acarrean diferenciaciones imposibles de resolver.

La voz narradora nos presenta a Adán, el asesino a sueldo que habita la comunidad innombrada, como un descendiente de “los animales mexicanos” primigenios; de una fauna que habitaba la tierra antes del diluvio que marcará el destino de los personajes; “de aquel pardo ixcuintle sin pelos y sin voz, con cuerpo de sombra, de humo; de la serpiente, de la culebra; de las iguanas tristísimas y pétreas” (Revueltas 2014:20). Posteriormente, Úrsulo salva a Adán de morir ahogado en un río ya crecido y se pregunta el porqué de sus actos, ya que Adán ha intentado matarlo repetidas veces antes de que ocurriera aquel diluvio. La respuesta, enunciada entre la perspectiva de la voz narradora y el monólogo interior del personaje, retoma la animalidad: “Ellos eran dos ixcuintles sin voz, sin pelo, pardos y solitarios, precortesianamente inmóviles, anteriores al Descubrimiento” (21). Aquí, puedo afirmar que el texto mismo marca la bisagra entre las formas de vida precolombinas y una agonía que será provocada por la falla del Sistema de Riego, señalada por el adjetivo precortesiano.

Ellos, los que habitan esa tierra, son una entidad sumamente inestable tanto para la identidad mexicana nacionalista como para las aspiraciones oficialistas del desarrollo tecnológico. Igualmente, el agua es otro elemento constante que también expresa la idea de que aquel elemento natural se trata de una entidad que no pertenece ni a los hombres ni a las infraestructuras; al contrario, los habitantes de la región están a la merced de sus designios. Aquí, tres ejemplos: “Era como si el río fuese de tierra y los remos paletadas sobre el vacío de otra tierra, mortuoria y sin consuelo. Un río de tierra” (19); “Río traidor y avieso, cuyas fuentes eran inopinadas, pues secas la mayor parte del año y hasta en ocasiones durante más tiempo, se llenaba de pronto irrumpiendo con furia dentro del frágil cauce” (101); “Sin embargo, el río era un dios. Mal río, mal dios, con el agua pobre y enferma que descendía una vez por año” (190). La función del río es paradójica. Si el Sistema de Riego, una infraestructura que aseguraría la estabilidad laboral, contiene su propia putrefacción, el agua, dirigida a la fertilidad de la tierra, se convierte, como dice el texto con otra contradicción, en agua terrenal y mortuoria.

Pero ¿qué implica que esta poética se encuentre a la par de registros más cercanos a la teoría política? En la novela, se tienen a la mano descripciones de una economía agraria y de una psicología de los personajes principales, pero también la voz narradora se adentra en los orígenes históricos de la nación. Adán sabe que si la Borrada -quien, a su vez, es comparada con Malitzin, una pieza clave para la Conquista por su función como traductora de Hernán Cortés- tiene un hijo, “ese hijo se volvería la tierra misma resurrecta en lobo y otra vez con la serpiente viva, con la serpiente emperatriz” (145). Posteriormente, en letras cursivas, se narra qué ocurrió cuando Malitzin supo que estaba embarazada; una suerte de alegoría que mezcla la ficción de Revueltas con una cita directa de fray Bernardino de Sahagún: “… en ninguna manera podéis impedir mi ida, por fuerza tengo que irme -dijo Quetzalcóatl entonces, terminando-: vinieron a llamarme y llámame el sol…”(146). En la narración, la retirada de Quetzalcóatl es simultánea al nacimiento del hijo de Malitzin. Esto implica que los pueblos originarios reconocieran su propio desamparo: “Los pueblos todos, olmecas, tepanecas, xochimilcas, tarascos, mixtecos, zapotecos, inclinaron el rostro para que no les fuera visto, sepultándolo en la tierra. / Algo los abandonaba. La estrella última surcó el espacio, como sin dejar huella”(146). Todo un mosaico de poblaciones descifra un presagio de cómo perderán la tierra y su identidad.

La Conquista vuelve a emerger en el texto, pero para establecer una aproximación hacia aquella colectividad que es la población indígena y campesina, cuya representación en el imaginario colonial -y subsecuentemente en el del nacionalismo revolucionario- es inestable dentro de la realidad de México. Esta población no terminó de asimilarse a los códigos sociales impuestos por ninguno de los dos procesos sociales que dibujaron la estructura política del país. Así queda expuesto en el contundente ejemplo de cómo los indígenas conquistados insertaron físicamente en las estructuras de las iglesias una historia que no logró ser borrada, pero tampoco completamente visibilizada:

Los mismos hombres que construyeron teocalis macizos e incomprensibles, sangrientos tal vez, bárbaros, más tarde realizaron el prodigio de los soberanos, lineales, profundos templos católicos. Pero obsérvense en cualquier sitio, en Tlatelolco, en Puebla, en Guadalajara, en Oaxaca y hay ahí, entre sus piedras, trepando con lentitud extática, con ojos, una serpiente [Quetzalcóatl] tristísima de nostalgia, que deja su interrogación, el aire imposible que se pregunta dónde y en qué sitio (200- 201).

Los símbolos que funcionaron como una constatación de que se contaba con un territorio son arrojados a una incertidumbre que no encuentra su sitio físico. El ejemplo anterior es una de las tantas intervenciones de corte ensayístico que el narrador inserta en la construcción de la trama. El crítico Evodio Escalante consigna que esta combinación de registros que van de lo narrativo a lo ensayístico-teórico provocó que la recepción inicial de El luto humano3 considerara un defecto esta aparente inconsistencia. Sin embargo, el crítico plantea que

la disolución de límites precisos en materia de géneros literarios, así como las transformaciones recientes experimentadas por la novelística, indican que Revueltas, lejos de perder la noción de lo que estaba haciendo, se limitaba a incorporar dentro de sus textos novedades formales que sus quisquillosos críticos no eran capaces de encontrar (Escalante: 15).

Estoy de acuerdo con esta postura respecto a la novedad genérica de El luto humano, y observo que aquella novedad radica en la crítica que enuncia, mediante el registro ensayístico, a la infraestructura tecnológica; un obs táculo que impide la inserción de la población indígena y campesina; una segunda Conquista que la mantiene relegada, a la par de que continúa utilizándola como una justificación para toda empresa religiosa, política y laboral. En Revueltas, el pasado precolombino tiene dimensiones discursivas que se posicionan en el tiempo de la novela, las cuales desmontan los logros de la modernidad revolucionaria.

Para demostrar esta continuación de empresas colonizadoras, el narrador utiliza al territorio. El recuerdo de la Conquista está a la par de otra memoria mucho más inmediata, un suceso que transformó “un yermo deshabitado, solitario”, un “extenso latifundio” sobre el que la Revolución “realizaría su obra” (Revueltas 2014:189): la instalación del Sistema de Riego que traería bonanza sobre las tierras que habita una comunidad indígena y campesina, cuya agricultura dependía del crecimiento temporal de un río.

Además de una infraestructura que agilizaba los cultivos, el gobierno, “preocupado vivamente de imprimir a la reforma agraria un sentido moderno y avanzado”, también implementaba un sistema económico que consistía en “una agencia del banco agrícola”. Ésta trabajaba a un lado de “un alto organismo de la Secretaría de Agricultura”, cuya labor era refaccionar “a los colonos” para que éstos amortizaran “la refacción entregando al banco el producto de la tierra, el cual, en su mayor parte, se destinaba al mercado yanqui” -los “americanos de cabellos rubios” de los que habló Revueltas en sus bitácoras autobiográficas-.4 Esta supuesta manera de hacer eficientes los procesos agrarios le ayudaba al gobierno a establecer “con seria raigambre una mediana propiedad sólida y conservadora”, mitigando “los ímpetus extremistas de la revolución agraria” para que el poder apareciera “como un gobierno que no abandona sus principios y que aún es capaz de inscribir en sus banderas aquel vandálico lema de ‘Tierra y Libertad’” (153).

¿Hasta qué punto los ciudadanos que conseguirían un trabajo gracias a la tecnología del Sistema de Riego realmente formarían parte de aquella promesa de progreso? Además de otros sucesos de violencia que mermarían la economía y la cohesión de la comunidad indígena y campesina, como la Revolución Cristera, la tecnologización de la actividad agraria acarreó abusos hacia los indígenas, quienes tomaron “la justicia por su propia mano”, una acción que no está legitimada por los sistemas legales de la Revolución e, incluso, por quienes intentan que la huelga obtenga mejores condiciones para todos. Igualmente, la justicia por propia mano se explica por el hecho de que el Estado nacional no posee instituciones suficientemente sólidas como para ejercer la legalidad en todos los ámbitos, desatendiendo las regiones habitadas por estas poblaciones. El proyecto de nación es una ausencia para las poblaciones que habitaron los territorios antes de la llegada del Sistema de Riego. No por ello los efectos de la modernización industrial alteraron la productividad de los indígenas y campesinos. Por un lado, se encuentra un lenguaje “legal” que detentan quienes tienen o buscan obtener el poder político; por otro, la ira de quienes reconocen el abuso del que han sido víctimas, lo que hace que la organización de los campesinos se mantenga al margen de los marcos legales de un Estado cuya construcción, a pesar de encontrarse todavía en ciernes, cacarea sus logros.

En un momento de la novela, los indígenas que llegaron a la región para trabajar son disputados por el orador de la huelga y un “enganchador de esquiroles”, quien los emborracha para que no hagan caso de la petición por detener sus labores y exigir mayor igualdad salarial. “¿No les han quitado la tierra? ¿La de sus padres y la de sus abuelos? ¿No son ustedes víctimas también?” (185). El huelguista, claramente, está haciendo referencia al despojo de la Conquista, el cual vuelve a repetirse en la negativa a entregarles tanto sus salarios como la propiedad prometida.5 La pequeña multitud indígena está fulminada por el alcohol y por un rencor que pareciera ser milenario. “-Queremos trabajar con estas manos -dijo mostrando las manos abiertas- y ustedes no nos dejan” (186), se escucha la voz de un indio viejo que se refiere a la huelga y al impedimento que ésta representa para que puedan continuar sus jornadas. El orador les pregunta cuál sería el monto de su pago, por lo que averiguan que su trabajo sería remunerado solamente con 50 centavos, gracias a un atrevimiento cínico de parte del enganchador de esquiroles. A la turba indígena se le disipa la alcoholización y, organizados por un discurso que dejaba oír, entre el español y otra lengua, “términos castellanos [como] virgen, centavos, Dios, huelga, señor” (187), acorralan al enganchador y le informan que van a matarlo. La reacción de los huelguistas es reveladora. Ellos mismos intentan que el orden prevalezca y autorizan que los indígenas simplemente lo golpeen. Pero la furia no puede ser contenida:

Rostros, puños, voces, ojos, dientes, cabezas, palabras, brazos, pómulos, mentones, gritos, pechos, eso era la multitud. Silencio, rabia, amargura, anhelo, furia, rencor, justicia, respiración, fisiología. Un mar humano. Hombres hechos de olas sucesivas, rocosas, con peces, con monstruos. Las miradas como escamas uníanse al aire, como escamas gigantescas, al aire redondo, esférico, de piedra, escamas con saliva, cuchillos, al aire enfangando (188).

Sobre las maneras de proceder de una comunidad indígena para resarcir sus derechos se antepone el relato de una bonanza económica. Gracias a esto, se permitió por un breve periodo que operara sin reparos la productividad de la zona y que, además, incluyera brevemente al indio y al campesino como un representante del progreso. Sin embargo, la infraestructura es fijada por la voz narradora como aquel instrumento que trajo el caos a una cosmovisión territorial previa a la organización agraria y política de la revolución.

La voz narradora rememora el movimiento de “ingenieros, contratistas, albañiles, mecánicos, carpinteros” que pobló “todo de un rumor intenso, vital, como si no fuera una presa sino una estatua, algo nada más bello, que esculpieran para adorno del paisaje gris” (195). Este aire de progreso que trajo la presa no rompe con el pasado colonial de la nación, sino que lo reviste con otro discurso en el que aparece una metamorfosis históricamente reconocible. Sucede que, en El luto humano, la leemos como un síntoma de que vienen tiempos mejores para las actividades agrarias. A la manera de los murales del arte mexicano posrevolucionario, se pinta el siguiente retrato: “El antiguo, ancestral campesino, manejando hoy una revolvedora de cemento, en contacto firme, estrecho, con esa materia novísima y esbelta, era como un dios joven bajo el varonil traje de mezclilla” (196).

Aquí puede exponerse el cuestionamiento de si el lector se encuentra ante una polarización de dos ámbitos de la vida nacional: el de la necesidad del avance tecnológico y el de la presencia, siempre inasible, de la población indígena y campesina. Considero que, más bien, los lenguajes que interpretan la realidad y las acciones políticas que buscan incidir sobre ella se encuentran en una vorágine irresoluble. Lejos de establecer “bandos”, Revueltas se sumerge en una circunstancia histórica que continúa vigente.

Entre las herramientas políticas de la huelga y de los intereses de quienes buscan la derrota del movimiento agrario del Sistema de Riego, se encuentran las maneras de una comunidad indígena que quiere hacer justicia. De los vientos de avance y de igualdad económica que trae consigo la infraestructura para el riego, surge la derrota de la modernidad que experimentan los personajes de manera corpórea en una inundación. Por ello, no identifico un maniqueísmo que haga simpatizar al lector con los afectados por la situación -asesinos a sueldo, mujeres sometidas, campesinos alcohólicos- en la misma medida en la que desconfíe, con una profundidad de proporciones cósmicas, de la abundancia prometida por el Estado. Mi posición es que el entendimiento político de la novela es mucho más dinámico: la tecnologización agraria está imbricada en los procesos históricos de un territorio que fue doblemente conquistado.

El diálogo entre la trama y las referencias al pasado colonial de México es una constante que no puede pasarse por alto, sobre todo cuando se trata de un autor que sistematizó sus ideales políticos en su narrativa y en sus ensayos. La idea principal de este trabajo es que la irresuelta y contradictoria relación entre la Conquista y la modernidad revolucionaria enuncia una crítica a la difícil representación del supuesto “sustrato” indígena, sobre todo en lo que concierne a los discursos triunfalistas del agrarismo. En El luto humano, la tierra vuelve a ser robada, la mano de obra vuelve a ser objeto de violencia, el “ancestral” indígena y campesino muere aho gado: el progreso es una suerte de segunda Conquista que, desde la llegada de Cortés, separa a la ciudadanía indígena de un proyecto de nación, aun cuando en la época se consideraba que los indígenas lograrían superar sus desventajas económicas asimilándose a los sistemas productivos.7

En más de una ocasión, he insistido en el término cosmovisión para pensar tanto en la poética como en la ideología revueltiana. Entiendo por cosmovisión una forma de organizar el mundo. En el caso de Revueltas, se trata de enunciar un entendimiento respecto al pasado y al futuro de la nación. Revueltas se aproximó a la descripción de los sistemas que ordenaron al país para discernir qué tensiones se albergaron en su interior y, a la postre, qué es lo que hace que sean infraestructuras fallidas que sumirían a México en una miseria mucho mayor que en la que se encontraba. Como lo plantea Carlos Monsiváis, “sus personajes -presos políticos, campesinos, militantes obcecados o arrepentidos, hampones, prostitutas, maestros perseguidos por una turba fanática- viven en los círculos tormentosos y atormentados de un país cuyo gran movimiento revolucionario desemboca en la sociedad bajo el capitalismo salvaje” (275).

En El luto humano, la referencialidad histórica se asimila dentro de la literatura con el fin de enunciar un discurso que, con vuelos metodológicos, construye una tesis sobre la historia colonial del país. Pasamos del movimiento social de la Revolución a la vorágine de la modernización capitalista; del discurso heroico que espoleó la construcción bélica de una nación, a la muerte que cubre toda una tierra, ya asediada por la sequía y el abandono. En Revueltas, la palabra es una forma de materializar una realidad histórica y social: una cosmovisión.

Para Evodio Escalante, el autor capta “no un reflejo mecánico, directo de la realidad, sino su movimiento interno” (18). El mismo Revueltas, en el prólogo a la segunda edición de su novela Los muros de agua, publicada en 1961, declara su postura respecto a la narrativa como una alternativa para captar la realidad no por la vía mimética, sino por la observación de sus movimientos internos. El acomodo de la realidad responde más a la intelección que al recogimiento de datos informativos que sean nombrados en función de una diégesis narrativa:

Dejarse la realidad que la seleccionemos, ¿qué significa esto? Significa que la realidad tiene un movimiento interno, que no es ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata, donde todo parece tirar en mil direcciones a la vez. Tenemos entonces que saber cuál es la dirección fundamental, a qué puntos se dirige, y tal dirección será, así, el verdadero movimiento de la realidad, aquel con el que debe coincidir la obra literaria (Revueltas ápud Escalante: 20).

Asimismo, la realidad no pretende ser redimida mediante una fórmula política que celebre, o bien la emancipación campesina o, al contrario, la modernización estatal. En consonancia con Monsiváis, Escalante precisa cuál es la perspectiva narrativa de Revueltas: “lo que está en cuestión es el destino del hombre dentro del capitalismo, y todavía más, dentro de la opresión”, ya sea que provenga de la economía, el Estado, la religión o la sociedad. “Es en las novelas donde la maquinaria capitalista de Revueltas aparece en toda su desnudez y capacidad destructiva” (23).

No hay signo más contundente de la voracidad capitalista que una in fraestructura como lo fue el Sistema de Riego, que gestiona recursos naturales y mano de obra para el beneficio de un discurso estatal. Además, cabe mencionar que la población indígena y campesina sólo fue contemplada, en este proyecto, como mano de obra. Esta denuncia de la destrucción capitalista pronunciada en El luto humano tuvo muy de cerca a la Conquista española, en tanto procesos de agrietamiento territorial: ambas misiones civilizatorias trajeron consigo el desgaste del campo. Los procesos económicos de la modernidad revolucionaria y la Conquista “salvaron” a la ciudadanía marginada insertándola en la explotación de la tierra bajo condiciones de esclavitud.

Para ahondar en ello, utilizo la idea de la presencia indígena descoyuntada, propuesta por Mariana Botey, la cual traslado también a la participación campesina en El luto humano. Esta aproximación no busca resolver la presencia indígena bajo una asimilación que, aunque conflictiva, pudo cohesionar una sociedad entre los aparatos políticos de la Colonia y sus prácticas culturales e identitarias. Hay que decir que los afanes de resolución entre dos identidades políticas que, a prori, se consideran opuestas -la formación de un Estado y una población que, históricamente, ha sido vista como algo ajeno al progreso- simplifican las representaciones de la ciudadanía indígena y, usualmente, las pone en función de una unidad nacional. Es la misma idea que trabaja Revueltas en su ensayo “Crisis y destino de México”: la nación no es más que un gran vacío para los estratos rurales del país, una ausencia cuyos sistemas no responden a sus demandas.

El programa crítico de Botey trata de “rastrear [la presencia de lo indígena] dentro del sistema del Estado colonial y nacional como una fuerza subterránea bajo el disfraz del reprimido” (65). En esta línea de pensamiento, se puede hacer “una atenta lectura crítica de sus formas de inscripción: los mecanismos de borradura por medio de los cuales esta subjetividad subalterna es constantemente reinscrita en el discurso hegemónico” (56). La historiadora señala que la presencia de lo indígena en estos discursos y, subsecuentemente, en los sucesos históricos que los fundamentan -llámese Conquista o institucionalización revolucionaria-, es una constante presencia que no es del todo codificada, un dilema de traducción siempre enigmático. El sincretismo sería la utopía, pero la realidad es que el devenir histórico de la ciudadanía indígena y campesina termina encarnando un espectro del pasado que interviene, siempre, los signos, las leyes y los sucesos históricos del nacionalismo revolucionario. Esto mismo puede ser un punto de entrada a las complejas negociaciones y gestiones del territorio. Qué es lo que se apropian las instituciones y qué dejan fuera en lo que respecta a la explotación y la productividad agraria son las preguntas más incisivas que plantea El luto humano.

En la novela, se encuentra un episodio que deja entrever la complejidad de los códigos sociales, la casi imposibilidad de que exista una mediación entre la política mexicana y la presencia extraña de la población indígena y campesina. Para Adán -antes campesino y después asesino a sueldo al servicio de diversas “causas” políticas-, la Revolución carecía de ímpetus épicos, de una noción espiritual o histórica de que aquel suceso estaba construyendo una nación con todas sus instituciones. Su participación en el levantamiento revolucionario “era correr por el monte sin sentido”, pisotear un territorio donde “el odio demanda también su establecimiento” (Revueltas 2014:180). Para la voz narradora, los hechos violentos de la Revolución, aquellos que involucraron a las poblaciones que nunca detentarían el poder institucional, desataron una imagen del “hombre como un animal oscuro cuyo goce simple se compone de la desolación y el caos” (180).

Adán, nombre del primer hombre moldeado por Dios, en la novela ocupa un sitio en la sociedad que se encuentra legitimado por su conocimiento de las armas y por acatar órdenes políticas que siempre implican el asesinato. En un momento, se encuentra con la población indígena, quien ya identifica en él una potencial amenaza. Enviado por el gobierno, entrega un documento oficial “en la ranchería”, lugar donde se guardaban con “supersticioso respeto unos grandes [papeles], amarillentos [que], a fuerza de elegancia y hermosura, no se podían leer”. Sin embargo, pese a que no pueden comprenderse a cabalidad, los papeles cuidados en este asentamiento indígena son por demás importantes. Para ellos, lo único comprensible era la fecha de 1658. “Los indígenas conocían los papeles con el nombre de ‘la propiedad’ y quizá fuesen los títulos expedidos por los españoles después de que se suprimieron las encomiendas” (143). Aun cuando ellos sabían que el poder de un papel les aseguraba un precario lugar físico, también sabían que la aparición de la palabra enviada por el gobierno moderno acarreaba nuevas crueldades para su territorio:

De los papeles oficiales podía esperarse todo: el bien y el mal, aunque casi siempre el mal. En tiempos de la leva [revolucionaria], por ejemplo, un grupo de soldados al mando de un jefe llegaba hasta el pueblo. A continuación el jefe leía un papel del gobierno y en seguida se llevaban a los hombres, como animales, para la guerra (143).

Después de estas vejaciones, la voz narradora interpreta la supuesta “servidumbre” y “pasividad” de los indígenas como un hartazgo milenario: “no tenían ya capacidad alguna para rebelarse, pues se sentían cansados de tanta lucha como en otros tiempos sostuvieron” (144). La Revolución, como el ingreso de México a la modernidad, supuso una continuidad de los procesos de conquista, encarnados por los “papeles”; a saber, las legislaciones, la organización militar, la institucionalización y la misma propiedad privada, que poco tiene que ver con las gestiones comunales de la tierra. Como aquí se ha intentado demostrar, lo mismo ocurrió con el funcionamiento del Sistema de Riego. Esta infraestructura acarrea que los ámbitos de la democratización nacional y la población indígena y campesina se vuelvan mutuamente excluyentes.

En su libro Autobiografía del algodón, Cristina Rivera Garza cuenta que el Sistema de Riego N°4 acrecentó de manera significativa la economía del país y de la región del norte. Ubicado en Nuevo León, esta infraestructura hidráulica, conocida en la década de los treinta como Estación Camarón, representó una nueva fuente de trabajo para quienes se dedicaban a la mina carbonera. Incluso, en sus inmediaciones, fue formándose una ciudad obrera llamada Anáhuac, cuyos servicios incluían viviendas y una estación del tren. Como reporta Rivera Garza, este asentamiento fue diseñado por el ingeniero Jorge J. Pedrero y supervisado por Alfredo B. Colín, quien era el encargado del Sistema de Riego. Aquello fue “una ciudad creada para satisfacer, o acallar, las crecientes y cada vez más organizadas demandas de tierra en la región” (32).

Esta infraestructura llegó a una tierra donde la difícil presencia indígena fue ineludible. El Sistema de Riego N°4 distribuiría el agua hacia campos de algodón, una nueva industria de exportación que llevaría materia prima a Estados Unidos y que fue alentada durante el régimen de Pascual Ortiz Rubio. A decir de Rivera Garza, el levantamiento del Sistema de Riego N°4 se dio en una tierra que albergaba una historia relacionada con la Colonia, en la que “las naciones coahuiltecas se opusieron con armas y dientes al dominio español”. Fue, además, sitio de tránsito para “los apaches, los comanches, los mezcaleros” y un lugar donde “los mascogos y los seminoles negros [buscaron] refugio contra la esclavitud” (36). Décadas después de la Conquista, arribaron a la región

ingenieros gringos, contratados por la J. G. White Engineering Corporation, pero nunca sin ese regimiento de trabajadores de la construcción que, a juzgar por las imágenes [que registraron toda la inauguración del Sistema de Riego N°4], fueron sobre todo indios. Indios del norte. Indios con el paliacate amarrado alrededor de la frente. Indios con pelo largo. Indios y mestizos de generaciones recientes. Todos miran a la cámara desde 1927, cuando iniciaron los trabajos. Y desde 1930, cuando su inauguración (37).

Las labores serían tan exitosas al grado de que el algodón sería llamado “el oro blanco”. Las cosechas se registrarían en toneladas y las divisas en millones de pesos y dólares. Sin embargo, la máquina se detendría por la desigualdad y la injusticia.

En 1934, Revueltas arribaría a Estación Camarón para cumplir las funciones de un testigo externo que le reportaría al Partido Comunista las implicaciones del movimiento obrero de la presa. Cuando el escritor llegó, la huelga ya había iniciado, aquella “huelga que paralizó el Sistema de Riego” y que es mencionada en la novela no mediante el vigor de la organización política sino como un paraje desgastado:

En un instante todo estuvo muerto y las camisas, que fueron limpias alguna vez, los sábados por la tarde y todo el día domingo, se tornaron cenicientas, mugrosas, mientras los ojos se hundían en lo profundo del cráneo como llamas dentro de una cueva. Todas las compuertas se hallaban escoltadas por grupos de trabajadores y en la presa vigilaba más de un centenar de huelguistas (Revueltas 2014:182).

La complicación de las negociaciones, el aplazamiento a toda resolución del conflicto por parte de las autoridades y la necesidad de seguir trabajando de algunos miembros de la comunidad campesina, quienes abandonaron Estación Camarón en busca de otras oportunidades de ingreso, provocaron que la resistencia de los huelguistas trajera consigo la falta de mantenimiento del sistema hidráulico.

En 1935, debido al aumento de agua en el Río Bravo, cuyo cauce era distribuido hacia el Sistema de Riego N°4, el 15 de junio Estación Camarón fue arrasada por un inusitado diluvio en el desierto. Sindicatos, habitantes de las cercanías y el gobierno del Estado enviaron productos de auxilio y dinero para los “centenares de agricultores y jornaleros [que estaban] en la más completa indigencia” (Rivera Garza: 72). “La inundación primero y la sequía después”, nos dice Rivera Garza, “no hicieron más que subrayar una creciente animosidad entre los colonos y la gerencia del Sistema de Riego N°4”, así como entre aquella jerarquía de propietarios que distinguía a “los colonos” de “los aparceros” (74). La sequía “se encontró con una región en crisis tanto de producción agrícola como de organización social” (75). Para Rivera Garza, fue la escritura de Revueltas la que entró “en unas vidas que, de otra manera, se habrían perdido como se perdió después el algodón” (22). De manera oficial, lo único que se registraba era el triunfo económico de las cosechas, mas no la huelga.

Evidentemente, la presencia de Revueltas en la huelga fue temporal. La novela El luto humano es una mediación entre un producto artístico y un movimiento obrero que buscó que una infraestructura, además de extraer la mano de obra campesina, también cumpliera a cabalidad otros objetivos de la modernidad revolucionaria, como la democracia, la libertad y la propiedad de la tierra para quien la trabaja. De ahí que Revueltas sea un testigo ambiguo del Sistema de Riego N°4. Si bien fue un activista que, incluso, consideraba que la actividad intelectual era equiparable a su participación en movimientos políticos, también fue un autor que privilegió la manufactura artística de la novela por sobre los tonos panfletarios de una narrativa que no trascendería ningún plano estético. Como un sujeto externo a la colectividad que vivía de la tierra, Revueltas representó desde esa distancia a la población indígena y campesina, pero, al contrario de otras visiones artísticas de la época, no impuso un juicio, sino que construyó una cosmovisión mucha más compleja.

Hasta aquí he revisado cómo diversos aparatos políticos e intelectuales han referido la presencia de la población indígena y campesina como una mera representación que justifica las empresas del progreso a través de una sola organización social y territorial. La presencia agraria es continuamente subsumida dentro del discurso hegemónico y se instrumentaliza para fines que son, incluso, ajenos a las verdaderas necesidades de esta ciudadanía. Sin embargo, Revueltas reconoció la presencia descoyuntada de lo indígena y lo campesino, siempre volátil y extraña para quienes viven en el país México y no en el territorio multicultural de antes de la Conquista y mucho tiempo después de que ésta ocurriera. Ajeno a la supuesta obligación arrogada por ciertos intelectuales de su época de dar vías para entender, bajo una sola perspectiva, las complejidades de la nación, Revueltas se posicionó en las escrituras dispares de la narrativa poética y del ensayo político, en una tensión cuya imposible síntesis no puede abarcar los procesos milenarios de conquista territorial e ideológica. En El luto humano, Revueltas legó una imagen crítica de la modernidad revolucionaria como un segundo dispositivo de conquista colonizadora: el campo se inunda sin que las promesas se cumplan.

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1En el caso de las políticas agrarias de México después de la Revolución, por supuesto que también se planteó quiénes merecían la tierra y formar parte de la estructura económica capitalista. En su obra Los grandes problemas nacionales (1909), el sociólogo Andrés Molina Enríquez examina las posibilidades de que el indio posea la tierra: “Dada la estrecha relación que existe en todos los pueblos de la tierra, entre las condiciones de producción de los elementos que proveen del carbono necesario para la combustión vital a todas las unidades de esos pueblos, y el grado de desarrollo que éstos logran alcanzar, resulta claro que a medida que los pueblos van avanzando, van haciendo más firmes, más precisas y más complicadas sus relaciones con el terreno que ocupan; van echando, digámoslo así, más y más dilatadas y más profundas raíces en ese territorio, y va siendo por lo mismo, más difícil desprenderlos de esas raíces y desalojarlos. Los apaches en nuestro país, sin ocupación determinada territorial, sin fijeza alguna sobre el territorio que ocupan, fácilmente pueden ser expulsados del lugar en que se encuentra: basta para ello el envío de algunos soldados” (Molina Enríquez: 47). Poseer el territorio significa ser más civilizado, una idea que, como veremos, trajo consigo la Conquista y que fue continuada por la administración revolucionaria.

2El enfoque marxista del peruano hace que la cuestión étnica se entienda como un problema social, económico y político, de acuerdo a los fundamentos del materialismo histórico. El costo de la Conquista fue la muerte para la población indígena: “La práctica de exterminio de la población indígena y de destrucción de sus instituciones —en contraste muchas veces con las leyes y providencias de la metrópoli— empobrecía y desangraba al fabuloso país ganado por los conquistadores para el Rey de España, en una medida que éstos no eran capaces de apreciar. Formulando un principio de la economía de su época, un estadista sudamericano del siglo xix debía decir más tarde, impresionado por el espectáculo de un continente semidesierto: ‘Gobernar es poblar’. El colonizador español, infinitamente lejano de este criterio, implantó en Perú un régimen de despoblación” (Mariátegui: 44). ¿Acaso esto no es semejante a la circunstancia por la que atraviesa la comunidad algodonera de El luto humano? La presa que llega a su territorio es un dispositivo de explotación que imposibilita la adquisición de la tierra y, posteriormente, provoca el éxodo de sus habitantes que dejan tras de sí una tierra im productiva que, de un inicio, nunca les pudo pertenecer.

3 En una nota publicada en el mismo año de aparición que El luto humano, José Luis Martínez comentó lo siguiente: “Y, por otra parte, en las mismas profundizaciones analíticas, en los soliloquios y, sobre todo, en las divagaciones que desliza el novelista, apenas ocultando su propia personalidad, su lenguaje, a fuerza de complejo y lírico, a fuerza de denso y apasionado, tórnase oscuro, informe y, lo que es más importante, poco eficaz y comprensible para sus lectores. Es probable que la causa de estas limitaciones sea que el novelista no ha aprendido del todo a prescindir de sí mismo como tono en el dibujo de sus personajes. Ello le hace cometer ciertas aberraciones en los diálogos o en las divagaciones que carga a algunas de sus criaturas, porque, habiéndolas anunciado como miserables casi y muy primitivas, les hace decir conceptos que quizá sólo podrían ocurrírsele al propio novelista” (Martínez ápud Olea Franco: 217).

4 En ese mismo viaje hacia el norte del país, Revueltas captura la forma en la que la economía estadounidense modificó el paisaje: “La carretera internacional de México a Laredo ha tenido también su influencia. Las orillas que toca del pueblito se han convertido poco a poco en turísticos sitios de estaciones de gasolina, diner-rooms, bars y anuncios de hoteles regiomontanos vertidos al inglés, para uso de los viajeros yankis venidos del ‘otro lado’” (1987: 65).

5 Aunque esta propiedad estaba diferenciada según la capacidad de deuda que los colonos pudieran obtener. A decir de la novela, “la sociedad del Sistema de Riego se dividía muy simplemente en grandes colonos, propietarios de un centenar o más hectáreas; medianos colonos, poseedores de más de cincuenta hectáreas; colonos pobres o pequeños colonos dueños de quince o menos hectáreas, y jornaleros asalariados que servían a todos los demás por un salario de treinta, cuarenta, cincuenta y hasta setenta y cinco centavos por día” (153-154). Esto es muy semejante al esquema de propiedad sistematizado por Andrés Molina Enríquez. Para el sociólogo, México no contaba con “sociedades en que exista real y verdaderamente, como rasgo característico, el crédito territorial ni menos sociedades en que exista la titulación territorial fiduciaria, o sea la titulación que refiriéndose a la propiedad territorial, no conceda a los tenedores de títulos otros derechos que los relativos al valor limitado en efectivo que ellos representen”. Esta falta de papeles que autoricen la posesión de la tierra desconoce que, para un grueso de la población, no era necesaria su organización burocrática. Esta tensión simbólica entre la legitimación gubernamental y dinámicas colectivas de gestión territorial es tratada en la novela. Molina Enríquez detalla de la siguiente manera las posesiones de tierra más “avanzadas”, contrastándolas con las formas de explotación “primitivas”: “Tenemos, pues, en nuestro país, grupos de propiedad individual, que son los criollos señores, los criollos nuevos y algunos mestizos; grupos de propiedad comunal, que son los mestizos rancheros y los indígenas agricultores de propiedad titulada; y grupos de posesión comunal con posesión individual, de posesión comunal sin posesión individual, de ocupación común limitada, de ocupación común no definida, sedentarios movibles, y nómadas, todos ellos indígenas” (132-132). Cabe preguntarse si el reparto agrario de la Revolución realmente modificó este esquema.

6 Las ideas del México posrevolucionario también permearon las perspectivas de escritores que fueron contemporáneos a Revueltas. El Estado estaba ahí para salvar a los indios de una miseria que les era inherente; para entender su historia y sus “costumbres” con el fin de que se volvieran un objeto codificado por gobiernos, historiadores, intelectuales y etnólogos. El indígena permanece como ese gran otro, una ciudadanía que continúa siendo vista en México como un fantasma que no permite que el pasado se supere para que el tiempo avance hacia un futuro tecnocrático. En el prólogo de Carlos Fuentes a una antología de 1989 del monumental trabajo Los indios de México de Fernando Benítez, el novelista mexicano, preocupado también en su propia narrativa por cuestiones de la historia mexicana, alaba la visión de Benítez porque sabe que sus labores antropológicas ―y no la sola presencia de poblaciones multiculturales― son portadoras “de una conciencia cultural pluralista. Sabe que México no puede ser sólo una de sus partes, sino todas ellas, aunque algunas, como estas zonas indígenas, se estén muriendo poco a poco, víctimas del abuso, la injusticia, la soledad, la miseria, el alcohol… ¿Cómo mantener los valores de estas culturas, salvándolas, a la vez, de la injusticia? ¿Pueden mantenerse estos valores lado a lado con los del progreso? ¿Vale la pena mantenerlos, si su condición es la miseria? ¿Puede observarse la coexistencia de los valores primitivos con condiciones modernas de salud, trabajo y protección?” (Fuentes ápud Benítez: 14). El mismo Benítez se hace una pregunta similar cuando habla sobre la labor de la ciencia etnológica en las regiones huicholas: “No le es posible [al etnólogo] además permanecer sentado tomando notas sobre un mecanismo religioso o un arte simbólico, a sabiendas de que ese mecanismo y ese arte constituyen dos elementos de una explotación generalizada, y el problema se complica porque el enajenamiento de una población tan numerosa afecta de manera considerable la economía y el progreso de toda la nación” (27). De hecho, en un estudio, Rafael Olea Franco trae a colación una aguda crítica de Revueltas a la actitud del circuito intelectual posrevolucionario: “Creo que si, por un lado El luto humano representa el fracaso de las ineficientes y corruptas políticas implementadas en el campo mexicano por los gobiernos posrevolucionarios, por otro también sirve para que el autor lance (en el último capítulo) un ataque directo contra un sector de la intelectualidad mexicana supuestamente identificado con una ideología de izquierda” (206). Olea Franco se refiere al siguiente fragmento de la novela: “El gobierno no ocultó jamás el júbilo que le causaba el experimento [del Sistema de Riego], y los intelectuales revolucionarios de la época redactaron profundos artículos y tesis nutridas de hondos pensamientos para comunicar al mundo la buena nueva del ‘socialismo mexicano’. Resulta por demás añadir que el gobierno, por su parte, costeó la ‘obra personal’ de los dichos intelectuales, quienes junto al ensayo ‘político’ —hacia el que tenían, en el fondo, un gran desprecio— editaban lujosas plaquettes con sus versos y fugas literarias” (Revueltas 2014: 154).

Recibido: 11 de Marzo de 2024; Aprobado: 11 de Julio de 2024

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Christian Mendoza Egresado de la Carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación son la representación de la violencia en la literatura, las relaciones discursivas entre literatura y modernidad, así como la literatura mexicana del siglo XIX y XX. Publicó “Las contradicciones de la modernidad: dos cuentos de Manuel Gutiérrez Nájera” en el libro colectivo Los discursos de la modernización. Literatura Mexicana entre dos siglos (1882-1922), coordinado por Fernando Morales Orozco (UNAM, 2018) y colaboró en el libro Antología del cuento modernista y decadentista (1877-1912), editado por Marco Antonio Campos y Luz América Viveros Anaya (UNAM, 2022). Actualmente, cursa el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México.

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