A finales de 2023, la Comisión Nacional de Búsqueda registró más de 113 mil casos de personas que siguen desaparecidas y no localizadas en México. Ante la ineficiencia e impunidad de las diferentes instancias de gobierno, desde hace tres sexenios se han conformado diversos colectivos de familiares de desaparecidos para buscarlos en fosas clandestinas. ¿Qué particularidades estético-políticas revisten estas búsquedas?, ¿qué tipos de conocimientos y saberes producen?, ¿qué escenarios generan?, ¿de qué manera puede la investigación académica -tan alejada de una realidad tan dolorosa- dar cuenta de su significado cultural? Éstas son algunas de las interrogantes que el libro de Ileana Diéguez Caballero, intitulado Cuerpos liminales. La performatividad de la búsqueda se propone responder.
Publicado en 2021 en Córdoba, Argentina, por el grupo Ediciones DocumentA/ Escénicas, este volumen viene a unirse a aquellos que, desde la historia, la sociología, la antropología forense y los estudios sobre la memoria, ya conforman un corpus importante, aunque sin duda insuficiente, sobre el problema de la desaparición forzada en nuestro país. En este libro, elaborado desde la perspectiva del llamado “giro afectivo”, que desde la década de 1990 ha permitido a la teoría social y a la filosofía pensar la experiencia contemporánea dentro del ámbito de los afectos y las emociones, Ileana Diéguez dibuja una escritura impulsada por la urgencia de acompañar las búsquedas de los colectivos de buscadoras, rastreadoras y buscadores, quienes, movidos por el dolor, la indignación y el deseo de encontrar a sus familiares, han producido también una episteme que viene a nutrir disciplinas como la antropología, la estética, la filosofía y la teoría de la imagen. Así, pensadores como Victor Turner, Gilles Deleuze, Georges Didi-Huberman, Eyal Weizman, Aby Warburg, Giorgio Agamben, Georges Bataille o Silvia Rivera Cusicanqui dialogan con los saberes que salen de los cuerpos de las buscadoras y los buscadores.
Esos saberes son materializaciones afectivas entretejidas con la experiencia de los encuentros con vivos y desaparecidos, y son saberes situados, es decir, generados por los afectos vinculados con las historias sociales específicas de la violencia económica y política de México. Diéguez estima que la idea de liminalidad permite imaginar el cuerpo como tejido de presencias y ausencias, “como potencia que siempre expresa una situación relacional, un tejido de vínculos con otras y otros, con presencias y ausencias, con materialidades y espectralidades, con afectos que nos movilizan y nos aproximan” (p. 17). Así, la singularidad de estos saberes reside en que introducen al cuerpo en la experiencia, revalorando la percepción como forma legítima de conocimiento y retando las posibilidades del lenguaje, aspectos presentes en la argumentación que articula Cuerpos liminales.
Profusamente acompañado por imágenes en color y blanco y negro, el libro tiene como propósito reflexionar sobre las diferentes figuras generadas por la búsqueda de personas desaparecidas y con ese propósito se organiza en diez partes, que abarcan desde el origen de la búsqueda hasta los rituales memoriales para recordar a los desaparecidos. El recorrido da inicio en el segundo apartado del libro, intitulado “La performatividad de la falta”, en el que Diéguez postula que si bien la representación visual puede ser explicada a partir de la falta, como en el caso de la doncella de Corinto que dibujó la sombra del rostro de su amado antes de que éste partiera a la guerra, en el caso de la desaparición forzada, las imágenes aparecen como imposibles porque la desaparición acusa una “siniestra invisibilidad, una falta prolongada de la presencia” (p. 30), dejando a los vivos afectados por el dolor, la falta, la indignación y el deseo de encontrar a sus seres queridos. Diéguez sostiene, por tanto, que esa imposibilidad da lugar a una experiencia somática: la de la búsqueda. Y esa búsqueda ha de realizarse en la tierra, donde se encuentran las fosas clandestinas de las que brotan los restos de los muertos, “como deseando hablar a los vivos” (p. 38).
Saber y poder se entrelazan en las actividades de búsqueda, pues los colectivos de búsqueda, conformados en su mayoría por mujeres y organizados en communitas espontáneas, abren la tierra para recuperar cuerpos y regresarlos a los familiares, desafían a la autoridad y desarrollan un conocimiento antipatriarcal. En este sentido, la idea de communitas, tomada de Victor Turner, se refiere al desafío que para los poderes representan estos colectivos, que aportan experiencias, informaciones y datos precisos para que las autoridades correspondientes realicen los procesos de identificación y entreguen los cuerpos a sus familias.
De acuerdo con la idea de Eyal Weizman de arquitectura forense, Diéguez aborda el significado del encuentro de restos materiales y la construcción de escenarios forenses por parte de las buscadoras y los buscadores enfatizando la dimensión performativa y pública de sacar de la clandestinidad los restos de las personas desaparecidas. Para Diéguez, las fosas clandestinas son “sensores políticos” que contienen información sobre lo que se ha hecho a miles de personas, “registran la barbarie de los necropoderes en México” (p. 83).
De manera importante, la autora se detiene en aquellas estrategias de los buscadores y las buscadoras que se sitúan en los umbrales de lo visible y lo invisible, lo racional y lo irracional, lo subjetivo y lo objetivo, como consultar curanderos y espiritistas, recurrir al uso de péndulos para orientar la búsqueda, convocar a los muertos que pudieran estar en los terrenos rastreados, pedir señales a las fuerzas de la naturaleza. En fin, espacios umbrátiles como los que se establecen entre lo vivo y lo muerto, entre la realidad y la imaginación y donde se hace posible la manifestación de lo extraordinario: la presencia de espectros que guían la búsqueda, porque ahí son ellos, los muertos, quienes buscan a los vivos, porque desean ser hallados por sus familiares.
En el apartado “Pietás caminantes / cuerpos expandidos”, Diéguez nos muestra diversas imágenes de las madres buscadoras vinculándolas con la imagen de la Piedad (Pietà), sin duda el arquetipo del sufrimiento materno en la cultura occidental. Los gestos registrados en las fotografías de María Herrera, Mirna Nereida Medina, Lucía Baca, Alfonso Moreno y Leticia Hidalgo, entre otros familiares, son interpretados a partir de ese arquetipo al que Diéguez distancia de la esfera religiosa y ubica en el de la politicidad creada a partir de vínculos afectivos.
En el apartado “Cuerpos liminales” se detiene en las acciones llevadas a cabo por Lukas Avendaño en la búsqueda de su hermano Bruno, un integrante de la Armada de México, desparecido en 2018. Desde ese año, Lukas buscó a su hermano portando su foto en el pecho y realizando diversas caminatas ataviado con el traje de luto que usan las mujeres del istmo de Tehuantepec. A pesar de que el cuerpo sin vida de Bruno le fue entregado a su familia, Lukas continúa con sus acciones públicas, en las que invita a quien quiera acompañarlo a ocupar la silla vacía en la que debería estar su hermano muerto. El carácter liminal de las acciones que en recuerdo de los desaparecidos llevan a cabo sus familiares en el espacio público, y que tienen lugar en fechas “que marcan situaciones de umbrales, de liminalidad, de transición entre los mundos de los presentes y los ausentes” (p. 154), se explica junto con diversas acciones y proyectos artísticos realizados en la misma dirección, y en los que opera un activismo afectivo que Diéguez define como una manera de implicarse en el acompañamiento a los y las buscadoras y que ubica como “prácticas est/éticas políticas, liminales” (p. 171), es decir, que se ubican en la intersección entre arte y política, pero que van más allá de esa intersección en la medida en que “La liminalidad se constituye como situación vital, necesaria y asumida” (p. 181). En efecto, ese posicionamiento constituye la conexión “con otras fuerzas vitales, afectivas, para rehabilitar nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo” (p. 181). Así, la búsqueda de los desaparecidos y la imaginación que convoca, son prácticas de “reXistencia”. Con esta palabra la autora resignifica el término resistencia para incluir la presencia que persiste, “la supervivencia y huella de una vida en otra” (p. 195).
Al final del libro, y a manera de conclusión, Diéguez propone “re/imaginar la investigación académica como una práctica de inmersión térrea […] mirando la tierra que extraemos, que es también la que nos sostiene” (p. 197). Afirma, en consecuencia, que la búsqueda de personas desaparecidas y el trabajo de investigación guardan similitudes: indagan en las sombras, operan a partir de la excavación, “cavar en la tierra y desenterrar son modos de recordar, revolviendo capas de nuestra circunstancia vital” (p. 198), para recuperar lo que sólo puede ser conocido como “aparición” y “videncia” por medio de la imaginación.
Del 27 de octubre de 2022 al 4 de marzo de 2023 se presentó en la Galería Metropolitana de la UAM la muestra “Performatividades de la búsqueda”, dedicada a todas las familias que buscan a sus desaparecidas y desaparecidos. La exposición fue una iniciativa coordinada por Diéguez y contó con la participación de familiares de desaparecidos, artistas y miembros de la comunidad académica, y junto con el libro aquí reseñado materializó los esfuerzos enfocados a introducir la desaparición forzada en México como un problema de emergencia nacional.










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