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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.41 no.114 Ciudad de México jul./dic. 2026  Epub 07-Ago-2026

https://doi.org/10.24275/ctvv6740 

Artículos de investigación

¿Por qué no han existido grandes mujeres sociólogas? Linda Nochlin y el reto feminista a las condiciones de producción intelectual

Why Have There Not Been Any Great Women Sociologists? Linda Nochlin and the Feminist Challenge to the Conditions of Intellectual Production

* Investigadora en la Dirección de Estudios Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo electrónico: <claudia_rivera@ inah.gob.mx>.

** Investigador del Instituto de Investigaciones Sobre la Universidad y la Educación, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo electrónico: <hectorvera@ unam.mx>.


RESUMEN

En este artículo retomamos, para los debates sobre la reconfiguración del canon sociológico, las críticas que la feminista Linda Nochlin hizo sobre la ausencia de grandes mujeres artistas, quien señaló los límites del “rescate” de artistas olvidadas, poniendo énfasis en el estudio de las desigualdades institucionales. Siguiendo ese modelo, analizamos dispositivos de canonización y estimamos que la representación de las mujeres en el canon sociológico no supera el 20 por ciento. Para explicar ese techo analizamos recuentos autobiográficos de sociólogas para identificar los obstáculos que han truncado sus trayectorias: despidos injustificados, trabajos para los que están sobrecualificadas, encasillamiento en tareas poco prestigiosas, restricciones de movilidad, espacios segregados y negación de crédito intelectual. Finalmente, señalamos cinco peligros que acechan en los debates sobre el canon: guetización, tokenismo, narrativa de la genialidad, mistificación de lo femenino y sobrecompensación defensiva.

PALABRAS CLAVE: sociología; canon; mujeres; feminismo; exclusión

ABSTRACT

To join into the debate about the reconfiguration of the sociological canon, in this article, the authors look at the critique feminist Linda Nochlin presented about the lack of great women artists; she points to the limits of the recovery of forgotten artists, emphasizing the study of institutional inequalities. In this same vein, they analyze the frameworks of canonization, proposing that the representation of women in the sociological canon comes to no more than 20 percent. To explain that ceiling, they analyze women sociologists’ autobiographical accounts to identify the obstacles that have cut short their careers: unjustified firings, jobs they were overqualified for, being slotted into non-prestigious tasks, mobility restrictions, segregated spaces, and the denial of intellectual credit. Finally, they point to five dangers in the debates about the canon: ghettoization, tokenism, the narrative of genius, the mystification of the feminine, and defensive over-compensation.

KEY WORDS: sociology; canon; women; feminism; exclusion

Introducción

La reflexión sobre los cánones culturales atraviesa por un periodo de intenso movimiento, lo cual abre múltiples posibilidades de exploración y reconfiguración; sin embargo, también existen complicaciones sustanciales. Ya sea desde la izquierda o la derecha se presentan posturas que complican las reflexiones profundas y documentadas. Desde la izquierda, hay quienes consideran que la tradición occidental (“los hombres blancos muertos”) debe ser no sólo reevaluada sino desechada en partes importantes (Hammersley, 2025). Colonialismo y racismo se consideran no como una parte de las sociedades europeas y sus respectivos discursos sociológicos, sino su elemento definitorio; se toma a la parte por el todo. La desventaja social es transmutada en virtud epistemológica y superioridad moral. Desde la derecha los ataques no son menos virulentos, ya que en su forma más sofisticada se dice que la reformulación del canon occidental, por parte de la “escuela del resentimiento”, implica una degradación de los estándares intelectuales con los que se evalúa una obra (Bloom, 1995). En sus expresiones más crudas y directas, se implementan políticas contrarias a la diversidad (Bader, 2024), a la vez que se promueve un restablecimiento de la “cultura humanística clásica”, como un intento para regresar a una visión occidental y cristiana en la educación (Green, 2024).

En sociología, un flanco importante dentro de estos debates ha sido la reevaluación de las aportaciones hechas por mujeres al canon disciplinar. Por un lado, se han releído las obras canónicas poniendo énfasis en lo que dicen sobre los problemas de género (Reinharz, 1989; Baehr, 2002: 136-142). Por otro lado, se están articulando nuevas formas de contar la historia de la disciplina, con miras a incorporar la obra de sociólogas dentro del corpus de textos que se consideran indispensables en la formación sociológica (Sabido, 2025; Aldana, 2020). Las consecuencias y resultados de este trabajo son todavía inciertas, pero lo que está en juego es suficientemente importante como para requerir la participación en el debate de segmentos amplios de la comunidad sociológica y no actuar como si se tratara de un problema que sólo les concierne a las sociólogas feministas.

En este artículo: 1) calculamos, grosso modo, en qué grado han sido incluidas las mujeres en los dispositivos de canonización de la sociología; 2) recuperamos los argumentos de la historiadora feminista del arte Linda Lochlin, para obtener un modelo analítico que arroje luz sobre las causas de la marginación de las sociólogas; 3) señalamos los límites de las propuestas centradas en el “rescate” de autoras clásicas; 4) analizamos recuentos autobiográficos de sociólogas para identificar obstáculos comunes que han truncado la trayectoria profesional de mujeres en la sociología, y 5) señalamos algunos de los peligros que acechan a varias posturas en los debates sobre la reformulación del canon.

¡El sonoro rugir del canon!

Un canon, si en efecto funciona como tal, tiene la apariencia de ser evidente e imperecedero. Sin embargo, el cuerpo de obras y autores, que son considerados “ejemplares” por una comunidad de pensamiento, es mutable y dinámico.

Cualquier canon es selectivo. Su formación implica destacar algunas obras y, necesariamente, dejar otras en segundo plano. Si en una disciplina sólo existiera un puñado de obras destacables, constituir un canon sería sencillo, pero las disciplinas acumulan en su haber muchas obras de gran calidad, más de las podrían reducirse a un número manejable. Canonizar no sólo es encumbrar, sino relegar.

El canon es injusto, porque es mayor el número de obras meritorias que el espacio disponible en los currículums universitarios y en la memoria operativa de la comunidad sociológica. Muchas obras merecedoras de atención -que le pueden decir algo relevante a los lectores contemporáneos- permanecerán desconocidas para la mayoría de los sociólogos. Esto implica que muchos de los actuales intentos por expandir el canon e incluir las obras de mujeres, minorías étnicas y pensadores fuera de la esfera noratlántica están destinados a no prosperar. No porque falten obras de valor, sino porque, aunque relegáramos todas las obras actualmente canonizadas, seguiría siendo indispensable escoger (y segregar) entre un cúmulo de otras obras meritorias.

Un canon no se limita a un catálogo de nombres y textos. En el fondo, un canon se confirma pragmáticamente. En la actualidad podemos conversar con cualquier sociólogo, de cualquier parte del mundo, y asumir que ideas como “carisma”, “efervescencia” o “fetichización” podrán ser entendidas por nuestro interlocutor sin explicaciones adicionales. En otras palabras, asumimos que esos términos forman parte de nuestro banco común de conocimientos. Un canon exitosamente reformado tendría que alcanzar ese mismo estatus de conocimiento compartido y dado por supuesto.

Por estos motivos, las luchas para transformar o mantener el canon son álgidas. Están en juego la identidad de la disciplina, sus asunciones básicas y sus figuras de autoridad. La actual disputa por incluir a más mujeres en el canon no se limita a un esfuerzo de “visibilidad”; se encuentran en disputa la legitimidad y pertinencia de un conjunto de ideas y prácticas que han organizado a la sociología en su forma actual.

Dispositivos de canonización y el techo del 20 por ciento

La poca o nula inclusión de mujeres o de textos escritos por ellas en el canon sociológico se puede documentar observando los varios dispositivos de canonización, como los libros de texto de teoría sociológica, los recuentos de “grandes obras” y “grandes sociólogos”, recuentos bibliométricos de los textos más citados, encuestas de asociaciones profesionales, y colecciones editoriales de biografías o antologías de los autores “clásicos”.

Para tener una idea más precisa del grado en que se ha excluido (o incluido) el trabajo de las mujeres en el canon sociológico, hemos cuantificado la proporción entre hombres y mujeres en dispositivos de canonización de varios idiomas, poniendo énfasis a los realizados en las últimas tres décadas. Lo que encontramos es que 20 por ciento -o, en los mejores casos, un margen apenas superior- representa hasta hoy el techo de inclusión de mujeres en las listas que destacan lo “mejor” de la disciplina. El proverbial techo de cristal de las mujeres en el canon sociológico está actualmente en esa franja del 20 por ciento (es decir, en el mejor de los casos, sólo una de cada cinco personas nombradas en los dispositivos de canonización son mujeres), quienes están marcadamente subrepresentadas en el canon; por otro lado, ese porcentaje representa una mejora respecto de versiones previas del canon (hechas durante los dos primeros tercios del siglo XX), donde ellas eran esencialmente invisibles. Veamos esto con más detalle.

Si concentramos nuestra atención en colecciones de libros pensadas para rescatar y destacar el trabajo de figuras señeras de la sociología, encontramos un predominio prácticamente exclusivo de los hombres. Considérese, por ejemplo, la serie de seis monografías titulada Los grandes sociólogos, que publicó el Fondo de Cultura Económica en la década de 1940, donde los seleccionados fueron Charles Fourier, Auguste Comte, Herbert Spencer, Émile Durkheim, Leopoldo von Wiese, Franz Oppenheimer, Thorstein Veblen y Vilfredo Pareto. O la prestigiosa y más duradera colección “Heritage of sociology”, de la University of Chicago Press, dirigida durante mucho tiempo por Morris Janowitz, que ha publicado antologías por autor, todos ellos hombres (36 en total). A algunos (como Robert Park, Ernest W. Burgess y Talcott Parsons) “Heritage of sociology” les ha dedicado más de un título. También han rescatado a pensadores no explícitamente sociólogos (como Martin Buber y Kenneth Burke), pero hasta la fecha no se ha incluido un solo libro de alguna mujer.

Las encuestas entre profesionales de la sociología han sido otro de los caminos para formar y reificar el canon. Por ejemplo, en su último congreso mundial del siglo pasado, la Asociación Internacional de Sociología (ISA), realizó una encuesta para crear una lista de los “Libros del siglo XX” (ISA, 1997). Participaron en ella 16 por ciento de los asistentes del congreso (455 de 2785); de los cuales 126 eran mujeres (27 por ciento de los votantes). La lista ha tenido visibles efectos de canonización y ha sido ampliamente discutida. En los 100 primeros lugares de la encuesta están los libros que recibieron al menos cuatro votos (en el primer lugar aparece Economía y sociedad, de Max Weber, que recibió 95 votos). Cinco autoras enlistaron los únicos seis libros escritos por mujeres que aparecen en el top 100: Rosabeth Moss Kanter (Men and Women of the Corporation, siete votos), Hannah Arendt (Los orígenes del totalitarismo, cinco votos, y La condición humana, cuatro votos), Maria Mies (Patriarcado y acumulación a escala mundial, cinco votos), Simone de Beauvoir (El segundo sexo, cuatro votos) y Ruth Benedict (El hombre y la cultura, cuatro votos).1 Si consideramos los 978 libros que fueron mencionados por quienes respondieron la encuesta (de los cuales 704 recibieron un solo voto), encontramos que sólo 71 libros (7.2 por ciento) son de mujeres (14 de los cuales fueron en coautoría con hombres). Observando en particular por quién votaron las sociólogas que respondieron la encuesta, encontramos que los autores más votados por ellas todos fueron hombres: Max Weber, Charles Wright Mills, Anthony Giddens, Erving Goffman, Peter Berger, Pierre Bourdieu, Thomas Luckmann, Norbert Elias y Émile Durkheim.2

Veamos otras listas de “grandes” libros de sociología, pero ahora las realizadas ad hoc por especialistas que hacen balances de la historia de la disciplina. En el año 2000, en Alemania apreció Hauptwerke der soziologie, de Dirk Kaesler y Ludgera Vogt (se trata de uno de los pocos dispositivos de canonización donde una mujer es coautora). El libro reseña 107 obras publicadas a lo largo de un siglo y medio: desde 1852 (Karl Marx, El dieciocho Brumario) hasta 1997 (Niklas Luhmann, La sociedad de la sociedad). En total incluyeron sólo ocho libros escritos por mujeres (7 por ciento), de los cuales sólo tres son autoras únicas (Hannah Arendt, La condición humana; Mary Douglas, Cómo piensan las instituciones, y Margaret Archer, Culture and Agency); en los otros cinco títulos las mujeres son coautoras junto con hombres (Robert y Helen Merrell Lynd, Middletown y Middletown in Transition; Marie Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel, Die Arbeitslosen von Marienthal; Theodor Adorno, Else Frenkel-Brunswik, Daniel Levinson y Nevitt Sanford, La personalidad autoritaria; y Robert Bellah, Richard Madsen, William Sullivan, Ann Swidler y Steven Tipton, Hábitos del corazón).

En 2007 John Scott publicó dos libros de “sociólogos clave”, 50 de teóricos “formativos” (Scott, 2007a) y otros 50 de teóricos contemporáneos (Scott, 2007b). La primera cincuentena incluye a cuatro mujeres: Jane Addams, Helen Bosanquet, Harriet Martineau y Beatrice Webb. La segunda tanda incluye a otras diez: Simone de Beauvoir, Judith Butler, Mary Douglas, Shulamith Firestone, Donna Haraway, Melanie Klein, Viola Klein, Ann Oakley, Dorothy Smith y Gayatri Spivak. Juntando ambas listas, las mujeres representan el 14 por ciento de las cien figuras elegidas por Scott.

En 2017 se publicó, en Francia, Por las ciencias sociales: 101 libros, dirigido por Cyril Lemieux (2024). Es una selección más reciente y concentrada en un periodo de tiempo más breve: desde 1947 (Adorno y Horkheimer, Dialéctica de la ilustración) hasta 2016 (Michel Aglietta, La monnaie: entre dettes et souveraineté). El equipo multidisciplinario, coordinado por Lemieux, escogió 11 libros escritos por mujeres (10.8 por ciento del total): diez son autoras únicas o coautoras con otras mujeres (Margaret Mead, Masculino y femenino; Arendt, Los orígenes del totalitarismo; Douglas, Pureza y peligro; Françoise Héritier, L’exercice de la parenté; Marilyn Strathern, El género del don; Leonore Davidoff y Catherine Hall, Fortunas familiares; Donna Haraway, Primate Visions; Judith Butler, El género en disputa; Nicole Loraux, La ciudad dividida; y Anna Lowenhaupt Tsing, La seta del fin del mundo); el caso restante es una coautoría hombre-mujer (Luc Boltanski y Eve Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo).

Veamos ahora los recuentos de artículos más citados. Healy (2014) realizó una lista por década en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. No se trata de una selección de lo que él considera los más importantes, sino de un simple recuentro bibliométrico centrado en 14 revistas de sociología en inglés. De los 60 artículos más citados (diez por cada década, de los años 50 a los 2000), únicamente tres fueron escritos sólo por mujeres (Ellen Idler y Yael Benyamini, “Self-Rated Health and Mortality”; Ann Swidler, “Culture in Action: Symbols and Strategies”; Joan Acker, “Hierarchies, Jobs, Bodies: A Theory of Gendered Organizations”), mientras que otros diez tienen al menos una coautora que colaboró con hombres. En total son 13 artículos donde participó al menos una mujer (21 por ciento del total).

En su libro Star Sociologists: Anatomy of a Disciplinary Elte,Korom (2023: 79-83) realizó un análisis de citas más comprensivo, con resultados más desfavorecedores para las mujeres. Seleccionó revistas que representan una sociología nacional o una subespecialidad. De éstas, 20 son publicadas por una asociación nacional o incluyen artículos en idiomas nacionales; otras 22 revistas representan sociologías especializadas (cultura, trabajo, etcétera). En total, Korom analizó 82,045 artículos para crear una tabla de “Autores más citados en 42 revistas de sociología”. De los 70 autores que integran la tabla, sólo seis (8.5 por ciento) son mujeres: Raewyn Connell (lugar 20), Michèle Lamont (39), Theda Skocpol (42), Arlie Hochschild (44), Paula England (61) y Barbara Reskin (66).

Korom (2023: 219-220) también presenta un ranking de “Sociólogos comparables en prestigio a los economistas ganadores del premio Nobel”. El top 10 de dicho ranking incluye, en orden descendente, a Pierre Bourdieu, Erving Goffman, Talcott Parsons, Anthony Giddens, Robert K. Merton, Michel Foucault, Peter Blau, Anselm Strauss, James Coleman y Peter Berger. Y de las 51 personas que conforman la tabla, sólo una es mujer: Arlie Hochschild, quien ocupa el lugar 29.

Terminemos nuestro recorrido por los dispositivos de canonización diciendo algo sobre los libros de texto. Probablemente, el manual de teoría social en español más utilizado para la enseñanza de pregrado sea La teoría sociológica, de Timasheff (1961). Aunque hoy en día se trata de un libro desactualizado, y que en inglés sólo conoció un par de ediciones de los años cincuenta y sesenta, la traducción al castellano ha sido ampliamente utilizada. De 1961 a la fecha la obra ha tenido 25 reimpresiones, algunas con tirajes de más de tres mil ejemplares; es decir, han circulado aproximadamente 75 mil copias, un número increíble para un libro de sociología en español. Pues bien, en las 397 páginas del recorrido histórico de Nicholas Timasheff (desde Auguste Comte hasta George C. Homans), no sobresale la figura de ninguna socióloga. Y lo mismo sucede con otros libros de texto clásicos, como Las etapas del pensamiento sociológico, de Raymond Aron; La formación del pensamiento sociológico, de Robert Nisbet; Maestros del pensamiento sociológico, de Lewis Coser, y Las teorías sociológicas desde la Segunda Guerra Mundial, de Jeffrey Alexander.

Libros de texto de teoría sociológica recientes, y explícitamente más abiertos a la idea de ampliar y reformar el canon, sí incorporan a mujeres, como la antología Social Theory: The Multicultural, Global, and Classic Teadings, editada por Charles Lemert (2013), que en su quinta edición incluyó a 115 personas, entre las cuales 25 son mujeres (que van desde Jane Addams hasta Raewyn Connell), lo que representa el 22 por ciento. También podemos considerar ejercicios que se han propuesto llamar la atención sobre obras poco conocidas, como el realizado por Andrew Abbott (bajo el seudónimo de Barbara Celarent) en Varieties of Social Imagination, donde encontramos que en un recuento de 36 pensadores aparecen seis mujeres (16 por ciento): Frances Donovan, Mariama Bâ, Pandita Ramabai Sarasvati, Ellen Hellman, Heleieth Saffioti y Raden Adjeng Kartini (Celarent, 2017). Así, incluso en dispositivos de canonización que encarnan un ethos de inclusión y diversidad, encontramos que el techo de 20 por ciento se mantiene firme.

Si consideramos los nombres de mujeres que aparecen en más de uno de estos dispositivos (lo cual indicaría una presencia más sólida en el canon sociológico), encontramos que muchas de ellas no eran estrictamente sociólogas -es decir, no se consideraban a sí mismas sociólogas, no estudiaron sociología en la universidad, no trabajaron en un departamento de sociología, ni publicaban en revistas de la disciplina-. Así, entre las contadas mujeres que aparecen en más de una lista, algunas eran antropólogas (como Mead y Douglas) o filósofas (como Arendt). Entre las pocas pensadoras claramente identificables como sociólogas que destacan en más de un dispositivo de canonización están Arlie Hochschild, Raewyn Connell y Ann Swidler.

Ante este dato cabe preguntarse si la sociología ha excluido a las mujeres en mayor grado que otras ciencias sociales. Al respecto, es difícil dar una respuesta definitiva. Si comparamos a la sociología con la antropología, el psicoanálisis, la pedagogía o la filosofía, diríamos que sí, pues en sociología no hay ninguna mujer a la que se le haya concedido el estatus que Ruth Benedict, Melanie Klein, Maria Montessori o Simone de Beauvoir tienen en sus respectivos campos. No obstante, si observamos a la economía, la historia, la lingüística o la ciencia política, encontramos una situación casi idéntica a la de la sociología.

Ahora que tenemos una idea más precisa del grado de exclusión de las mujeres en el canon sociológico, cabe plantearse la pregunta clave: ¿por qué hay tan pocas mujeres en el canon sociológico?, y para responderla deseamos seguir los pasos de la historiadora del arte Linda Nochlin.

Linda Nochlin y el reto feminista a las condiciones de producción intelectual

En 1971, Linda Nochlin publicó “Why Have There Been No Great Women Artists?” (2007; 2021), que desde el feminismo realizó una crítica demoledora a la disciplina de la historia del arte. Ella desarmó muchas de las mixtificaciones alrededor de la figura de los “genios” y de las supuestas cualidades “femeninas” en la plástica hecha por mujeres; puso sobre la mesa la importancia de las condiciones institucionales -en vez de las habilidades “innatas”- para entender la exclusión de las mujeres en el arte.

Centrándose en las artes pláticas, Nochlin planteó la provocadora y controvertida pregunta: “¿por qué no han existido grandes artistas mujeres?”, y descalificó, de entrada, las posturas naturalistas y esencialistas que afirman que hombres y mujeres poseen distintos talentos y habilidades, y que esa discrepancia -originada en diferencias biológicas- explica la ausencia de mujeres en los puestos socialmente más prestigiosos. Aunque esta postura seguramente cuenta hoy con pocos seguidores abiertos, no era tan marginal cuando Nochlin publicó su artículo; libros que partían de la postura biologicista, como La inevitabilidad del patriarcado, del antropólogo Steven Goldberg (1976), fueron publicados casi al mismo tiempo que su artículo.

En segundo lugar, entabló un debate crítico con la forma en la que las feministas han abordado el problema de la ausencia de grandes mujeres artistas. En sus palabras, las feministas “se tragaron el anzuelo”, e intentaron mostrar que sí había grandes mujeres artistas, evocando ejemplos de pintoras insuficientemente apreciadas o rehabilitando “carreras interesantes y productivas, aunque modestas, para ‘redescubrir’ a olvidadas pintoras de flores” (Nochlin, 2021: 24).

De manera contraintuitiva, Nochlin aseguró que para la postura feminista era necesario aceptar que no habían existido grandes mujeres artistas: “El hecho es que, hasta donde sabemos, no han existido mujeres artistas extraordinarias, aunque ha habido muchas artistas buenas e interesantes que no han sido apreciadas ni investigadas suficientemente. Tampoco se ha dado ningún gran pianista de jazz lituano ni un gran tenista esquimal, por más que lo hubiéramos deseado. Que tal sea el caso resulta lamentable, pero cualquier manipulación de la evidencia crítica o histórica no va a alterar esa situación. Tampoco las acusaciones de las prepotentes distorsiones masculinas de la historia. No existen los equivalentes femeninos de Miguel Ángel o Rembrandt, de Delacroix o Cézanne, de Picasso o Matisse” (Nochlin, 2021: 28).

Nochlin tomó esta postura para articular una posición intelectual y política. En su opinión, si en efecto hubiera un número considerable de grandes mujeres artistas “ocultas”, entonces, “¿por qué luchan las feministas? Si es un hecho que, en las artes, las mujeres han logrado el mismo nivel que los hombres, entonces el statu quo está bien como está” (Nochlin, 2021: 30).

Sin embargo, asegura que el statu quo no está bien. El meollo del problema no es la capacidad de las mujeres para crear obras cumbre (capacidad que Nochlin no pone en duda), sino las desiguales para acceder a las condiciones para producir gran arte (Nochlin, 2021: 34). Esas condiciones son principalmente institucionales y públicas -más que individuales o privadas- y de ellas depende el éxito o el fracaso: acceso a educación especializada, entrenamiento intenso en técnicas específicas, financiamiento, tiempo disponible para la inmersión total en el oficio, etcétera. La ausencia de grandes mujeres artistas se debe a que les han bloqueado el acceso a esos recursos necesarios para alcanzar la excelencia, más allá de su “talento” o “genio” personal (Nochlin, 2021: 80). Durante siglos las mujeres quedaron relegadas a un “amateuris-mo, modesto, eficiente y autodenigrante”, que socialmente era considerado un “logro adecuado” para ellas (Nochlin, 2021: 55). Privadas de estímulos, de facilidades institucionales y de recompensas, concluye que es notable que un cierto porcentaje de mujeres haya perseverado y buscado una profesión en las artes.

Además de las condiciones institucionales, las mujeres artistas usualmente reciben poca o ninguna ayuda para desarrollar importantes condiciones subjetivas. El trabajo artístico más elevado e innovador, dice Nochlin, demanda confianza interna total, autodeterminación estética, devoción a la producción profesional de arte y absorción en las ideas y destrezas por su valor en sí. Las mujeres artistas, a diferencia de muchos hombres, deben lidiar con la desconfianza y la falta de reforzamiento. Para cualquier persona, aun bajo condicines óptimas, los grandes logros son raros y difíciles, pero son aún más raros “si mientras se trabaja se debe luchar contra los demonios internos de la duda, la culpa y el monstruo externo del ridículo y el estímulo condescendiente” (Nochlin, 2021: 80).

Nochlin concluye su artículo con una crítica a la autocomplacencia y un llamado a realizar reformas institucionales: “Lo importante es que las mujeres se enfrenten a la realidad de su historia y a su situación presente, sin crear excusas o regodeándose en la mediocridad. Las desventajas, ciertamente, pudieran ser una excusa. Sin embargo, no son una posición intelectual. […] Al tiempo que destruyen falsas conciencias, pueden tomar parte en la creación de instituciones en las que el pensamiento claro, y la verdadera grandeza, sean retos abiertos para cualquier hombre o mujer con el valor necesario para asumir los riesgos necesarios y dar el salto hacia lo desconocido” (Nochlin, 2021: 81).

Es interesante preguntarse qué concluiría Nochlin si en su ensayo se hubiera concentrado en alguna otra rama artística en lugar de la pintura. De observar la música clásica, la dirección de cine o la arquitectura, seguramente las conclusiones serían similares, pero de haber puesto su atención en ramas como la literatura, la danza o la fotografía, probablemente se habría visto obligada a modificar parcialmente su postura:

Emily Dickinson, Anna Pavlova, Lola Álvarez Bravo y varias más son consideradas puntos cimeros en esas artes. Esto no invalida lo dicho por Nochlin, ni sugiere que en la literatura, la danza y la fotografía no haya obstáculos pronunciados para el desenvolvimiento de las mujeres. Lo que sí indica es que las dinámicas específicas de cada área pueden acentuar o mitigar las desigualdades de género en el desarrollo de la excelencia profesional, algo que también debemos considerar para las distintas ciencias sociales.

¿Por qué no han existido grandes mujeres sociólogas?

Al hablar de la falta de mujeres en el canon, lo primero que se debe desechar es la noción de que éstas no son capaces de crear obras del calibre de aquellas escritas por los así llamados “padres fundadores” o “grandes maestros” de la disciplina: Alexis de Tocqueville, Vilfredo Pareto, Harold Garfinkel, etcétera. Pero si son capaces, ¿por qué no están en el canon? La respuesta más común hoy en día es que algunas sociólogas sí han creado obras de ese calibre, pero su contribución ha sido olvidada o deliberadamente borrada. Sin embargo, a pesar de que esa política de borradura histórica existió y ha sido documentada (Gage, 1883; Lengermann y Niebrugge-Brantley, 1998; Del Pino Espejo e Illescas Estévez, 2024), existe otra respuesta posible, la cual sería pensar que lo que dijo Nochlin sobre la historia de la pintura aplica, mutatis mutandis, para la historia de la sociología: si no han existido mujeres pintoras cuya obra esté al nivel de Leonardo da Vinci o Rembrandt, tampoco habría obras de sociólogas equiparables con las de Antonio Gramsci, Erving Goffman o Pierre Bourdieu. Esto se debería no a un asunto de capacidad personal, sino al desigual acceso a las condiciones subjetivas, materiales e institucionales necesarias para crear gran sociología. Si ese fuera el caso, la tarea central debería ser el análisis de esas condiciones, más que “rescatar” sociólogas olvidadas (labor valiosa, pero limitada).

La primera respuesta (i.e., hay obras mayores escritas por mujeres pero que han sido borradas de la historia) supone - como señala Nochlin- que el principal problema no es que se prive a las mujeres de las condiciones para hacer gran sociología (prueba de ello es que han escrito ese tipo de obras). Entonces, el problema crucial sería curar la amnesia, rescatar esos trabajos del olvido, contar la historia desde otro ángulo. Su argumento es que esto es no ser fieles con la realidad y, también, un tropezón político para la causa de las mujeres.

Si optamos por la segunda posible respuesta (i.e., no han existido grandes mujeres sociólogas), entonces se está haciendo una crítica más severa sobre el predominio patriarcal en la disciplina, pues indicaría que las condiciones para alcanzar la excelencia sociológica han estado vetadas sistemática y duraderamente para las mujeres. Así, si asumimos que Charlotte Perkins Gilman, Jane Addams o Harriet Martineau tuvieron logros que no desmerecen con los de Georg Simmel o Émile Durkheim, entonces estamos asumiendo que si bien la disciplina les ha puesto obstáculos a las mujeres, éstos han sido manifiestamente superables.

Lo que sostiene Nochlin para la historia de la pintura (al menos hasta la década de 1970), es que los obstáculos para las mujeres eran, de hecho, insuperables. La exclusión de gozar de una situación vital e institucional conducente a la más alta excelencia había sido permanente. Algunas mujeres de gran talento, con mucho esfuerzo, crearon obras meritorias, pero les cerraron la puerta de los pisos más altos. Si algo análogo ha pasado en sociología, entonces los problemas de exclusión en la disciplina son más profundos y remediarlos requiere de cambios más sustanciales que “sólo” recuperar a las “fundadoras.”

No es nuestro objetivo decantarnos aquí por ninguna de estas dos opciones, pero consideramos que sería productivo para la sociología debatirlas ambas. En lo que sigue, emulamos el trabajo de Nochlin y analizaremos, observando trayectorias concretas de varias sociólogas, cuáles son las condiciones institucionales que han estado cerradas para su avance profesional.

Obstáculos: grandes y pequeños

Con fines ilustrativos -sin pretensiones de exhaustividad o representatividad-, analizamos entrevistas y escritos autobiográficos de quince sociólogas, para observar en sus propias narrativas cómo el hecho de ser mujer modificó su trayectoria intelectual y profesional. Los testimonios están tomados de sociólogas que estudiaron y trabajaron en Estados Unidos, principalmente durante los últimos dos tercios del siglo XX. Si analizáramos otras generaciones y países seguramente encontraríamos grados y formas distintas de exclusión, pero fue entre las sociólogas estadounidenses donde encontramos un número importante de testimonios disponibles. Nos interesa observar no sólo los grandes problemas que tuvieron que sortear, sino la multitud de pequeños obstáculos que progresivamente fueron desalentando o descarrilando carreras que hubieran podido ser más sobresalientes.

En los recuentos que analizamos, encontramos tres formas en las que ser mujer afectó (o no) su trayectoria. En algunos casos, la condición de género fue omitida; si su posición de mujer afectó su carrera, esto simplemente no fue resaltado (e.g., Geer, 1967). Un segundo tipo es cuando el ámbito sociológico se presentó como un espacio comparativamente liberador, con más oportunidades para el desarrollo de las propias habilidades. Por ejemplo, Eiko Ikegami (2007) cuenta cómo buscó un doctorado en sociología y una carrera académica en Estados Unidos para escapar de los limitados prospectos profesionales que en Japón tenían las mujeres de su generación, dónde las jóvenes con estudios universitarios típicamente terminaban en puestos sin posibilidades de ascenso y siempre subordinadas a un jefe varón. El tercer tipo, el más común, fue encontrar descripciones donde la condición de mujer significó encontrar múltiples barreras.

Desde la institucionalización académica de la sociología, una de las condiciones estructurales más importantes para realizar una carrera con dedicación permanente en la innovación de ideas ha sido obtener una plaza definitiva en una universidad de investigación. Desde el primer tercio del siglo XX, las carreras destacadas al margen de las universidades (o en las que sólo priorizan la docencia) han sido la excepción.

Entre 1969 y 1993, varias sociólogas adscritas a las universidades más prestigiosas de Estados Unidos entablaron batallas administrativas y legales para obtener contrataciones definitivas como profesoras de tiempo completo. Esto significó pasar años en litigios o atravesando situaciones emocionales agotadoras que las pusieron al borde de la pérdida de sentido en su vida profesional.

En invierno de 1969, la Universidad de Chicago no renovó el contrato a Marlene Dixon, profesora sin definitividad que ocupaba su puesto desde hacía tres años. Su despido desató manifestaciones por parte de estudiantes que leyeron ese hecho como un acto de discriminación de género y política. Las autoridades universitarias decidieron expulsar a varios de los alumnos que mantuvieron su protesta por meses y no recontrataron a Dixon. Aunque ella optó por no continuar su carrera en las universidades, su caso dejó en evidencia la poca presencia femenina en los puestos académicos. Jo Freeman (1969), estudiante de posgrado en Chicago cuando ocurrió el despido de Dixon, escribió “Woman on the Social Science Faculties since 1892”, donde expuso la poca presencia de mujeres en los departamentos de sociología, economía, antropología, historia, ciencia política y psicología de la Universidad de Chicago.

A principios de los años ochenta, Theda Skocpol denunció que la Universidad de Harvard le había negado la definitividad (tenure) por discriminación de género. En sus palabras: “En 1980-[19]81, después de dos años cada vez más tensos como la única mujer que quedaba en el departamento de sociología […] consideré -en mi opinión y la de muchas otras personas-haber ‘merecido’ la definitividad en Harvard, la cual me negaron sin darme una explicación que me pareciera creíble, salvo las que yo consideraba eran reacciones contra mí por ser una mujer ambiciosa. Presenté una protesta, la primera queja interna que se había presentado en Harvard sobre definitividad y discriminación de género” (Skocpol, 1988: 638).

Durante su trabajo en Harvard, previo a poder solicitar definitividad, Skocpol tuvo un desempeño del más alto nivel. En esos años publicó Los estados y las revoluciones sociales, un libro que se convirtió rápidamente en un clásico de sociología histórica y ciencia política, que obtuvo los premios “C. Wright Mills” de la Society for the Study of Social Problems (1979) y “Distinguished Contribution to Scholarship” de la American Sociological Association (1980). Sus credenciales eran impecables y, aun así, le negaron la definitividad. Su denuncia inició un proceso de revisión interna en la universidad que se prolongó por varios años (durante los cuales Skocpol tuvo que mudarse de universidad y ciudad), tras el cual un comité determinó que su acusación estaba justificada, por lo que le ofrecieron una plaza en el departamento de sociología y se convirtió en la primera socióloga con definitividad en Harvard. Otras sociólogas cuyas carreras también lucían prometedoras, no corrieron con la misma suerte.

Casi al mismo tiempo que Skocpol denunció a Harvard, Janet Lever comenzó un proceso similar contra la Universidad de Northwestern, donde trabajó de 1975 a 1981. El litigió tomó años y terminó en la Suprema Corte, en 1993, con un fallo en su contra. Para Lever los costos por haber denunciado a Northwestern fueron tremendos en términos personales y profesionales: trabajó como profesora temporal en la Universidad de California durante varios años y su carrera tomó rumbos insospechados, como convertirse en conductora de un programa sobre sexualidad en el canal de paga de Playboy.

Finalmente, Lever obtuvo su definitividad en la Universidad Estatal de California-Los Ángeles, en 1993. Ese puesto, a diferencia de las condiciones en Northwestern, implicaba una alta carga de trabajo docente y enseñarle a estudiantes que habían llegado a la universidad tras muchos sacrificios y con una formación deficiente (Lever, 1995).

Otro caso fue promovido por un grupo de sociólogas conocidas como “Las once de Cornell”, quienes entablaron una demanda colectiva (class action) contra la Universidad de Cornell por discriminación de género al no haber obtenido la definitividad. Por cuestiones jurídicas, de las once sólo cinco pudieron formalizar la demanda. Entre ellas estaba Judy Long, doctora en sociología por la Universidad de Chicago y ex alumna de Marlene Dixon (Long, 1995), decidió demandar varios años después de haber perdido su puesto en Cornell, ocurrido en 1974. El juicio contra Cornell inició en 1980 y tomó algunos años, pero la universidad decidió indemnizar a las demandantes. A la postre, Long consiguió un trabajo fijo en la Universidad de Syracuse, donde llegó a convertirse en profesora emérita (Cook, 1980).

Aunque los casos de Skocpol y Long tuvieron finales relativamente felices, la norma para varias generaciones de sociólogas fue abandonar sus aspiraciones académicas o tener que llevarlas a cabo en instituciones donde era casi imposible realizar investigación. Entre los testimonios de sociólogas que hicieron sus trayectorias a mediados del siglo XX, se pueden ver algunas de las condiciones estructurales que les imposibilitaron alcanzar la altura que su habilidad hubiera permitido en mejores circunstancias. Muchas, por ejemplo, tuvieron que realizar sus carreras en escuelas conocidas como community colleges (instituciones de educación superior donde se estudia por dos años para obtener un título técnico o un “grado asociado”), donde la actividad medular es la docencia y el día a día transcurre en las aulas y atendiendo estudiantes (i.e., las labores “rutinizadas y rutinizantes”). La investigación no es una actividad esperada o alentada en ese trabajo. Algunas sociólogas no deseaban enseñar ahí, pero eso fue lo único que sus trayectorias les permitió conseguir. Varias decidieron elegir esos puestos pensando en la cercanía que tenían con su hogar. Sin embargo, esos lugares de trabajo, contiguos a los suburbios, suelen ocupar los rangos más bajos en la jerarquía dentro del sistema universitario. Beth Hess, por ejemplo, describió así su situación: “La desventaja de trabajar en un community college es que profesionalmente significa el beso de la muerte. Pocas instituciones con pretensiones de grandeza académica contratan a alguien procedente de los lugares más bajos. En las pocas ocasiones en que me han ofrecido aplicar por un puesto [en otra universidad], el proceso se ha interrumpido abruptamente en el primer nivel administrativo por encima del departamento. En otros casos, me he retirado de la competencia por mi reticencia por los traslados o por la imposibilidad de mudar a mi familia” (Hess, 1995: 43).

Las consecuencias de ese camino institucional -forzado por las demandas familiares- tenían ramificaciones adicionales. Hess cuenta, “como yo lo veía, había dos caminos disponibles para alcanzar la visibilidad académica: escribir libros de texto y participar activamente en organizaciones profesionales” (Hess, 1995: 43). Y, en efecto, escribió libros de texto sobre gerontología e introducción a la sociología. Sin embargo, así como trabajar en un community college es un “beso de muerte”, para obtener una contratación posterior en una institución de élite, concentrarse en escribir libros de texto y materiales didácticos (sin publicar artículos en revistas prestigiosas o monografías en editoriales académicas) sitúa a la persona en las secciones más bajas del “orden de las virtudes intelectuales”, pues esos materiales representan lo que se considera “formas inferiores” que se limitan a la simple “reproducción académica” -lejos del prestigio que acarrean las grandes investigaciones empíricas o las elaboraciones teóricas- (Bourdieu, 2013: 79).

De manera mucho más frecuente que a los hombres, a las sociólogas la relación entre familia y profesión se les presenta como disyuntiva, como algo que desune: familia o profesión. Como sostiene Nochlin, los hombres han gozado de “tener sexo y familia, además de la realización de su propia excelencia y talentos” (Nochlin, 2021: 56). Muchas mujeres talentosas, en cambio, no han podido tener ambas cosas a la vez. Algunas han tenido que escoger entre un éxito pagado al precio de la soledad o tener sexo y compañía a cambio de renunciar a una profesión; otras han roto con la heteronorma (Cook, 1977). En ocasiones esa disyuntiva se impone con el tremendo peso de la “naturalidad”, de lo no-cuestionado, que tienen los roles de género. Y cuando éstos no son vividos como un destino inescapable sino como una opción, implican decisiones atormentantes: retrasar por más de una década los estudios de posgrado, rechazar empleos prometedores por la imposibilidad de mudar a toda su familia a otra ciudad, resignarse a hacer trabajos para los que están sobrecalificadas, no tener hijos aunque sean deseados, etcétera. Ya vimos como para Theda Skocpol obtener la definitividad significó pasar por años de demandas y, aunque ganó su litigio, esto fue a costa de sacrificios personales. Ella ha confesado que decidió retrasar su maternidad hasta después de obtener la definitividad, pero esto significó renunciar al tipo de familia que hubiera deseado: “A veces pienso que hubiera sido bonito tener dos hijos en lugar de uno. Eso hubiera sido posible si hubiéramos empezado antes” (Bangs, 1995).

La vereda de las mujeres hacia la cima de la sociología no sólo ha estado minada con estos grandes obstáculos que no aparecen en el camino de los hombres; ellas también han tenido que sortear un sinfín de pequeños escollos. Éstos, aunque también importantes, se han estudiado menos y son poco visibles. Es importante mencionarlos porque, como sostiene Nochlin, las habilidades y la inteligencia de las personas altamente creativas e innovadoras -aunque parecen ser innatasse establecen minuciosamente y mediante pequeños pasos, en ambientes que favorecen la capacidad de objetivar los pensamientos y sentimientos privados en obras donde se materializan los códigos y estándares sociales de expresión. Aprender a manipular esos códigos es la clave de la creatividad, pero lograrlo requiere entrenamientos exhaustivos y dedicación exclusiva. Si ciertos grupos sociales están subrepresentados en la cúspide de las altas esferas culturales, es porque el ambiente institucional les presenta obstáculos - grandes y pequeños- que les niegan el aprendizaje y la dedicación que separan a los “maestros” de los meros “amateurs”. Nochlin describe las insospechadas, pero profundas, consecuencias en el entrenamiento de las mujeres pintoras, a las que por moralidad les negaban practicar una de las facetas críticas en la formación de los artistas plásticos: la pintura de desnudos con modelos en vivo. Como se consideraba indecente que una mujer estuviera en presencia de personas sin ropa, en las academias se les relegaba a pintar flores o animales. Esto les impedía perfeccionarse en fomas de pintura que hasta inicios del siglo XX fueron las más prestigiosas, como la recreación de mitos clásicos, donde la representación del cuerpo humano es crucial. Si llevamos esta idea al ámbito de la sociología, ¿qué encontramos?, ¿qué pequeños, pero cruciales, obstáculos aparecen en la trayectoria de las mujeres que hace más escarpada su trayectoria hacia la cima?

Nochlin señaló que entre las condiciones necesarias para la producción artística que estaban obstruidas para las mujeres, se encontraba “viajar libre y extensamente” (Nochlin, 2021: 54). Mientras los hombres tenían una movilidad más franca -lo que les permitía participar en mayor número de círculos intelectuales o establecer contacto con mecenas potenciales- las mujeres estaban atadas a un lugar o sólo podían trasladarse acompañadas. Las ciencias sociales han visto situaciones parecidas. Un caso célebre es el de la antropóloga física Jane Goodall, quien revolucionó el campo de la primatología. A inicios de su carrera, en los años sesenta, cuando iba a realizar sus primeros estudios en Tanzania, tuvo que ir acompañada de su madre, pues las autoridades británicas no le permitían vivir allí sola (Castro, 2024). Si su madre no hubiera tenido la posibilidad o disposición de acompañarla, habrían perdido descubrimientos cruciales. En la actualidad, sigue siendo común encontrarse con familias que no les permiten a sus hijas asistir a prácticas de campo durante sus estudios universitarios, plantando así, sobre ellas, obstáculos que no tienen los hombres.

Además de las limitaciones de movilidad, muchas mujeres se encontraron con la agreste realidad de moverse en espacios completamente masculinizados. La socióloga rural Linda Lobao cuenta que cuando empezó su trabajo en Ohio State University, “era la única mujer en un departamento de 40 hombres, la mayoría de ellos economistas agrícolas” (Lobao, 2016: 114). En esos ambientes masculinizados, el abuso sexual fue una de las situaciones que aparecen repetidamente en los testimonios: reuniones donde los comentarios, chistes y comportamientos sexistas se toleraban abiertamente (Prather, 1995: 77); fiestas en las que “el alcohol disolvía la apariencia civilizada de los hombres” (Keller, 1995: 165) y profesores que “casualmente se restregaban contra ti en su oficina” (Hall, 1995: 208).

Otro problema era la segregación de género en múltiples espacios públicos. Veamos este testimonio sobre la Universidad de Yale a fines de los años sesenta: “Al principio nos sentíamos como niñas en dulcería, pero pronto nos vimos abrumadas por la ‘masculinidad’ [maleness] de Yale. Nos trataban como ‘visitantes’ a las que les permitían entrar en el sistema social. […] Por si acaso se nos escapaba algún recordatorio de que las mujeres no eran bienvenidas, las puertas de Mory’s, el famoso restaurante-club de Yale, estaban cerradas para las mujeres” (Lever, 1995: 90). Además, no había baños para mujeres en el edificio de sociología ni ginecólogos entre el personal de salud para el alumnado.

Estas situaciones no eran aisladas. En 1972, durante el congreso anual de la American Sociological Association (ASA), miembros de la oganización Sociologists for Women in Society y la National Organization for Women realizaron una protesta, permaneciendo sentados durante varios días frente al comedor de uno de los hoteles sede del congreso que estaba reservado para hombres. La manifestación denunciaba la exclusión de ese espacio como símbolo de la marginación general de las mujeres en las actividades de la ASA (Ferree, Khan y Morimoto, 2007: 442; Roby, 1992: 24).

Excluir a las mujeres de bares y restaurantes no sólo era abiertamente sexista, sino que sus consecuencias ulteriores eran múltiples. Las universidades y los congresos académicos no sólo funcionan en sus actividades formales: clases, conferencias, mesas redondas, comités, etcétera. Igual de importantes son las interacciones informales donde circula información y se forman alianzas; interacciones que se realizan precisamente en espacios como bares y restaurantes. A las mujeres no sólo se les impedía beber cerveza después de una jornada académica; eran, sobre todo, excluidas de la posibilidad de forjar y explotar la fuerza de los “vínculos débiles”. La segregación de género en los espacios universitarios también se daba dentro de las instalaciones destinadas al aprendizaje. Hess (1995) contaba que la biblioteca de Harvard sólo tenía baños para hombres. En una época donde no había cámaras digitales ni fotocopiadoras, pasar horas dentro de la biblioteca era la única manera posible de estudiar adecuadamente; ese tiempo, para las mujeres, tenía que ser interrumpido de manera más molesta y prolongada (Hall, 1995: 207).

Por si todo esto fuera poco, las dinámicas de exclusión llegan a ser tan omnímodas que aun cuando se intenta trabajar en condiciones de igualdad, el crédito de los trabajos colaborativos comúnmente le es atribuido a los hombres (Mukerji, 1996: 262). Por ejemplo, Harriet Zuckerman cuenta que ella y Robert Merton colaboraron en varios artículos, pero éstos se citan regularmente como “Merton y Zuckerman”, a pesar de que se publicaron como “Zuckerman y Merton”.3

Estos testimonios -y muchos otros- evidencian que la “acumulación de desventajas”, para usar un término acuñado por la propia Zuckerman (1998), se concentra en el lado femenino de la balanza. Para las sociólogas han sido más escasos y difíciles de conseguir los recursos subjetivos y objetivos necesarios para ensanchar y explotar las habilidades personales: la validación social, las recompensas emocionales, las expectativas de autorrealización, los estímulos intelectuales, los recursos económicos y las condiciones laborales propicias.

Conclusión: peligros en la reconfiguración del canon

A partir de nuestro análisis, a la luz del trabajo de Nochlin, de las discusiones sobre el canon sociológico, identificamos cinco peligros que es importante visibilizar, con la esperanza de exorcizarlos.

Peligro de la guetización. Reflexionando sobre la transformación del canon literario estadounidense y las posturas tomadas al respecto por algunos críticos afroamericanos, Cornell West advertía sobre lo infructífero de crear una canon específicamente afroamericano, separado de la tradición mainstream, pues terminaría siendo un tiro por la culata: “estos autores”, decía, “son agrupados arbitrariamente con otros escritores negros, o asociados a un tema concreto de la historia intelectual afroamericana, lo que oculta su profundidad literaria y acentúa sus aspectos menos importantes” (West, 1993: 40-41 énfasis añadido). Estas advertencias deben considerarse a la hora de evaluar las estrategias para modificar el canon sociológico. Agrupar a las mujeres en un cajón independiente -crear un gueto femenino-, puede opacar su profundidad y acentuar sus ideas menos importantes.

Si llegara a institucionalizarse el dictar cursos donde sólo se incluya la producción de mujeres, con el fin de hacerlas “más visibles”, se correrá el riesgo de cercenar su trabajo de su contexto de producción y hacerlo incomprensible en lo que tiene de original o problemático. Charlotte Perkins Gilman y Rosa Luxemburgo fueron contemporáneas, pero si las leyéramos sólo en relación con otras mujeres poco entenderíamos de cada una. Los aportes de Luxemburgo sólo se pueden apreciar a la luz de sus debates con marxistas y socialistas de su época, como Karl Kautsky y Eduard Bernstein. Igualmente, si deseamos comprender la asociación de Gilman con la eugenesia, es necesario asomarse a su contexto intelectual. Las sociólogas no vivieron y pensaron en un mundo habitado sólo por mujeres. Si las arrancamos artificialmente de su medio social para enclaustrarlas en un convento sociológico no le hacemos ningún favor a sus ideas ni a su legado.

Evitar la guetización ayudará a que los descubrimientos e innovaciones de las sociólogas se incorporen a la corriente general de la actividad sociológica. Sus teorías, métodos e investigaciones tienen algo que decir a todas las personas interesadas en sociología, no hacen trabajo que sea sólo relevante para otras mujeres.

Peligro del tokenismo. En su llamado a reformar la historia del arte, Nochlin alude a “la demanda de las mujeres por la igualdad real, en lugar de una igualdad simbólica [token equality]” (Nochlin, 2021: 80). Como otras personas de su generación, advertía los peligros del tokenismo: la inclusión de unos cuantos miembros de un grupo marginado para crear la apariencia de diversidad e inclusividad. En la rehechura del canon sociológico comienzan a verse rasgos de esto, como nuevos programas de clase o libros de texto que son iguales a los anteriores, pero incluyen, digamos, un segmento sobre Addams y otro sobre W. E. B. Du Bois para no ser acusados de exclusión.

Una socióloga, Rosabeth Moss Kanter (1977), fue una de las primeras en teorizar sobre las consecuencias negativas de esas inclusiones meramente simbólicas. Entre otras cosas, cuando miembros de un grupo marginado son incluidos sólo como un token, éstos captan una parte desproporcionada de la atención -lo que produce presiones de rendimiento-y sus atributos se distorsionan para ajustarse a las generalizaciones preexistentes sobre su grupo -lo que refuerza las fronteras intergrupales-. Sería un acto de humor macabro que Kanter -o cualquier otra socióloga- se convirtiera en un token dentro del canon de la sociología misma.

Peligro de remplazar la narrativa de los grandes hombres por una narrativa de las grandes mujeres. No es productivo sustituir el mito de los “grandes sociólogos” con el mito de las “grandes sociólogas”. Hay que oponerse a la glorificación de la imagen romántica y elitista del individuo creador, sea hombre o mujer. Como afirma Nochlin, “la respuesta del por qué no han existido grandes artistas mujeres no reside en la naturaleza del genio individual o en su falta, pero sí en las instituciones sociales y en lo que éstas prohíben o fomentan en diversas clases o grupos” (Nochlin, 2021: 42). No hay genios individuales. La genialidad no es un poder atemporal y misterioso. El talento individual no es independiente de las condiciones “externas”. La producción científica y artística, su naturaleza y calidad, lo mismo que el desarrollo de sus creadores, son elementos integrantes de una estructura social y están mediados por instituciones sociales (Nochlin, 2021: 34).

Algunos de los vicios de la mitificación de los “genios” pueden verse en los recuentos históricos o libros de texto donde se encierra a todas las mujeres bajo el rubro de “teorías feministas” -como si la única virtud destacable de las aportaciones de las mujeres sea hablar de la situación de la mujer y como si todo lo que ellas investigan pudiera encasillarse dentro de la etiqueta “feminismo”-. Además, es frecuente que estas “teorías feministas” sean presentadas en bloque, sin destacar de manera prominente, con capítulos o apartados puntuales, a ninguna teórica en particular. Tómese como ejemplo el popular libro de texto de Ritzer, Teoría sociológica contemporánea (1993), que utiliza a Ralf Darendorf como personificación de la teoría del conflicto, a Niklas Luhmann como personificación de la teoría general de sistemas, etcétera; pero en el capítulo sobre “Teoría feminista contemporánea” no se individualiza a ninguna figura particular en un apartado específico.4 Utilizar un nombre propio como avatar de toda una teoría es ya una errónea glorificación de la imagen del genio solitario; además, ese mito del genio aparece como una prerrogativa masculina. Si acaso se desea continuar contando la historia de la disciplina mediante los “grandes hombres”, debería otorgárseles a las mujeres el mismo privilegio. Pero aún más recomendable será que dejemos de contar la historia desde las grandes figuras y pongamos el énfasis en grupos y corrientes.

Presentar a algunos sociólogos como dioses-padre que engendraron disciplinas con la misma facilidad con que Zeus engendraba semidioses, es antisociológico. Se trata de una mitificación en el seno de una empresa científica que se autodefine como “cazadora de mitos”. Lo que llamamos “genialidad” es, por un lado, una fusión entre habilidades creativas individuales y códigos de expresión socialmente determinados (Elias, 1998: 67-74); y por otro, es una capacidad para ensamblar o redirigir redes sociales imprimiéndoles una huella particular (Latour, 1995: 85-103). Encumbrar en la historia de la sociología a un grupo de diosas-madre también implica la misma negación de la red de símbolos y relaciones socialmente necesarias para la creación y manipulación de nuevas ideas.

Peligro del doble estándar y de la “mística femenina”. En su crítica (desde dentro del feminismo) a algunas feministas, Nochlin advertía sobre el riesgo de promover la idea de que “existe un tipo diferente de ‘grandeza’ que el que existe en el arte de los hombres, postulando la existencia de un estilo femenino, distintivo y reconocible” (Nochlin, 2021: 26). En vez de eso, Nochlin asume que debemos operar con estándares de calidad compartidos, rechazando así un relativismo condescendiente (no casualmente habla de defender la “verdadera grandeza” y de no “regodearse en la mediocridad”). Por otra parte, e igualmente importante, afirma que no hay cualidades comunes ni intrínsecas de la “feminidad” y del arte hecho por mujeres; la delicadeza y la finura, por ejemplo, no son distintivos del trabajo de las artistas.

Evitar esas esencializaciones es crucial a la hora de evaluar las contribuciones de las sociólogas al legado de la disciplina. Glorificar ciertos temas, métodos y formas de escritura como más “femeninos” no sólo es contraproducente para alcanzar una integración efectiva, también oscurece los aportes que muchas han realizado. Caer, por ejemplo, en la creencia de que la sociología aplicada, el estudio de la vida cotidiana, los métodos cualitativos, las exploraciones narrativas, etcétera, congenian más con la posición de las mujeres es -irónicamente- una forma de borrar contribuciones de numerosas sociólogas. Por ejemplo, los trabajos publicados por mujeres en las primeras décadas del American Journal of Sociology tendían a ser más cuantitativos y a emplear técnicas estadísticas con mayor frecuencia que los publicados por hombres (Phelan, 1989: 82); sus contribuciones, en este sentido, eran innovadoras y ayudaron a abrir brecha en lo que luego fueron las formas predominantes de hacer sociología.

Ciertamente, sociólogas de las primeras generaciones, como Gilman (El tapiz amarillo), exploraron su sensibilidad sociológica mediante la escritura de novelas, pero también sociólogos consagrados han explorado la literatura con ese fin, tanto en la narrativa como en la poesía; por ejemplo, Steven Lukes (El viaje del profesor Caritat); Randall Collins (El caso del anillo de los filósofos); Orlando Patterson (The Children of Sisyphus); Gilberto Freire (Talvez Poesia); Norbert Elias (Los der Menschen), etcétera.

Peligro de la sobrecompensación defensiva y la ansiedad de inferioridad. Cuando un grupo social marginado es reiteradamente definido por los grupos dominantes como inferior y carente de realizaciones positivas, es común que reaccione con una sobrecompensación defensiva. Cuando esto sucede, los marginados exhiben con orgullo lo que consideran sus “proezas”, aunque sean logros modestos si se les compara con estándares más amplios. “La autoglorificación, que se encuentra en cierto grado en todos los grupos, se convierte con frecuencia en una contrareacción al rebajamiento persistente desde afuera” (Merton, 1992: 515). Se trata de una postura comprensible, pero puede estar “plagada de dudas y ansiedades de inferioridad [inferiority anxieties]” (West, 1993: 40). Después de soportar décadas de ninguneo y sobajamiento, resultará tentador (consciente o inconscientemente) no sólo afirmar y dejar constancia de los logros de las mujeres, sino exagerarlos. Como los otros peligros que hemos señalado, es una tentación que sería mejor evitar.

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1 Cuando hay traducciones al castellano disponibles, mencionamos los títulos en español; en los demás casos empleamos los títulos en su idioma original.

2Un dato de interés sobre la encuesta de ISA, a la luz de las relecturas contemporáneas del canon: de las sociólogas de la segunda mitad del siglo XIX y principios de XX que están siendo revisitadas actualmente (Charlotte Perkins Gilman, Harriet Martineau, Marianne Weber, etcétera), la única que fue mencionada por quienes respondieron la encuesta fue Jane Addams, cuyo libro Twenty Years at Hull-House recibió un voto, lo mismo que el trabajo de Mary Jo Deegan, Jane Addams and the Men of the Chicago School. El caso de Adams es interesante, porque además de ser una destacada socióloga y trabajadora social, fue la primera socióloga en ganar el premio Nobel de la Paz (1931). De hecho, todas las personas vinculadas con la sociología que han ganado ese premio han sido mujeres: Emily Greene Balch (1946) y Alva Myrdal (quien recibió el premio en 1982 junto al mexicano Alfonso García Robles).

3Entrevista realizada por Héctor Vera a Harriet Zuckerman publicada en este número de Sociológica México.

4Ese capítulo fue, además, el único que no escribió Ritzer personalmente: en el índice del libro aparecen como autoras Patricia Lengermann y Jill Nlebrugge-Brantley. Ritzer, que se sintió capaz de sintetizar la teoría social occidental desde la revolución industrial hasta finales del siglo XX, no tuvo la paciencia o el deseo de estudiar suficiente teoría feminista para escribir él mismo un capítulo en su libro.

Recibido: 03 de Septiembre de 2025; Aprobado: 11 de Diciembre de 2025

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