A poco más de un siglo tras su muerte, Max Weber nos sigue fascinando. Tal fascinación se expresa en las incontables presentaciones de su obra, en los renovados intentos por dar con su “cuestión central” y en una creciente bibliografía especializada que amenaza con volverse inmanejable. En medio de ese mar de tinta no es tarea fácil escribir algo original o presentar, al menos, lo ya conocido bajo una nueva luz. No obstante, en Max Weber: nación y alienación, Esteban Vernik ha logrado ambas cosas, y lo ha hecho gracias a dos acertadas decisiones: por un lado, la de incluir materiales poco o nada discutidos en la recepción weberiana, como son sus escritos sobre la antigüedad romana, la bolsa de valores o las comunidades étnicas, y por otro, al examinar las partes más difundidas de esa obra a partir de un doble lente analítico que tiene como foco las ideas de nación y alienación. Esta doble clave de lectura para nada es arbitraria; es desde la nación y sus intereses, no de los de una clase en particular, que Weber evalúa ya en sus primeras investigaciones la situación de los trabajadores agrícolas al este del Elba (1892) y en su lección inaugural de Friburgo (1895) la conveniencia o no de determinadas medidas de política económica. No hay que olvidar que originalmente la ciencia practicada por Weber era la Nationalökonomie, traducida a veces como “economía política”, pero que literalmente significa “economía nacional”. En lo que a la idea de alienación respecta, ésta se vincula de manera directa, aunque no exclusiva, con el tema del trabajo, sus condiciones y resultados, algo que también ocupa a Weber desde sus estudios tempranos sobre la antigüedad romana y hasta su famosa tesis sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905), donde destaca el peso de la idea de “profesión/vocación” (Beruf) en el desarrollo de una conducción de vida afín al capitalismo moderno. Es aquí, en este cosmos económico que con fuerza irresistible determina nuestras vidas, donde surge un tipo de ser humano que “en vez de trabajar para vivir, vive para trabajar” (p. 16):1 tal inversión del sentido del trabajo es expresión directa de la alienación en el capitalismo, tesis que Vernik estudia en Weber, pues está convencido de que su obra puede ser leída como una antropología filosófica de la modernidad. Este tipo de lectura, entre cuyos principales exponentes se encuentran Karl Löwith y Wilhelm Hennis, responde al interés del autor por incorporar puntos de vista que, hasta hace relativamente poco, fueron marginados en la recepción hispanoamericana de Weber. Y es que Vernik busca distanciarse de la influencia distorsionante que durante buena parte del siglo XX tuvo Talcott Parsons en dicha recepción, acercándose más bien a otras interpretaciones menos restrictivas, como las elaboradas por José Aricó, Michael Löwy o Bolívar Echeverría. En este sentido, Max Weber: nación y alienación puede ser leído como la continuación del anhelo ya expresado en El otro Weber: filosofías de la vida (1996), ya que aquí también busca indagar en otras facetas y dimensiones del complejo autor de Erfurt, aventurándose por caminos poco transitados de su laberíntico pensamiento.
El recorrido propuesto es uno tendencialmente cronológico, aunque articulado en torno a nudos problemáticos fundamentales. Divide las principales fases del pensamiento weberiano en siete, abarcando cada una de ellas un lapso de entre dos y cinco años. El itinerario arranca con las tempranas investigaciones de Weber sobre asuntos agrarios (1892-1894), luego pasa por sus trabajos sobre asuntos bursátiles (1895-1897), se interrumpe con su colapso nervioso (1898-1902), reinicia paulatinamente con su labor como editor en el Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik y la publicación allí de La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1903-1908), para continuar con sus esfuerzos por institucionalizar la Sociología y promover una ciencia libre de juicios de valor (1909-1913), se consume de lleno en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y finaliza con los escritos sobre la reorganización posbélica de Alemania y la muerte del autor (1918-1920).
Esta periodización orienta en buena medida el recorrido por la vida y obra de Weber, pero no estructura por completo el libro. Una razón muy comprensible para ello es que Vernik no se detiene en el colapso nervioso del autor, cuando a éste le era casi imposible cualquier tipo de actividad intelectual. Se trata de un tema que ha dado pie a múltiples especulaciones que Vernik prefiere evitar, concentrándose más bien en los problemas y puntos medulares del pensamiento weberiano.
Aparte de la introducción y las conclusiones, el libro consta de siete capítulos. El primero se ocupa de las investigaciones tempranas sobre asuntos agrarios, particularmente la situación de los trabajadores agrícolas en la Prusia Oriental. La “polonización” de la fuerza de trabajo impulsada por los Junkers es un tema que preocupa al joven Weber, henchido de nacionalismo y para quien las implicaciones económicas y culturales de la contratación de mano de obra polaca, en vez de alemana, sólo pueden ser negativas. El segundo capítulo, sin duda de los más sugerentes, aborda los escritos de Weber relativos a la constitución y condición de las relaciones de trabajo (Arbeitsverfassung) en Argentina, que hasta ahora es un tema poco trabajado en la recepción internacional del autor y que bien merecía un análisis, particularmente por tratarse de las pocas ocasiones en las que el Universalgelehrter alemán centra su mirada en un país latinoamericano. Weber se interesa por la producción de trigo en Argentina, cuyas condiciones serían las de una fuerza de trabajo a la que considera seminómade y semisalvaje, y respecto de la cual el propietario del establecimiento rural quedaría exento de toda responsabilidad durante el periodo de no cosecha. Weber asume aquí una posición proteccionista frente a la importación de trigo procedente del país sudamericano, al tiempo que demanda modernizar la producción en los establecimientos agrícolas de los Junkers. En todo ello se entremezclan los análisis económicos del autor con sus sesgos eurocéntricos y con lo que puede leerse más como un prejuicio racista. El capítulo tercero aborda los trabajos de Weber sobre la bolsa. En ellos destaca el pretendido realismo político del autor, así como su ya mencionado nacionalismo, cargado, por cierto, de expresiones social-darwinistas, donde el mundo aparece como escenario de una eterna e inevitable lucha, misma que se libra a todo nivel: entre grupos, entre clases, entre etnias y, por supuesto, entre naciones. El cuarto capítulo expone las raíces, el método y la tesis central de La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905), el más famoso y discutido de los trabajos de Max Weber, pero Vernik invita a leerlo con otros lentes, poniendo énfasis en la alienación a que se ve sometido el sujeto del capitalismo moderno. En el capítulo quinto se enfoca en las categorías de clase, etnia y nación, y rastrea la significativa influencia que sobre Weber tuvo a este respecto el sociólogo afroamericano W. E. B. Du Bois (1868-1963); una influencia que se termina condensando en una concepción más culturalista de la idea de nación. El capítulo sexto se ocupa del papel público jugado por Weber en relación con la participación alemana en la Gran Guerra. Aquí, Vernik observa una recaída esencialista y de un imperialismo moderado en las ideas que sobre la nación tenía el autor, pero también muestra cómo su inicial euforia belicista cede el paso a una posición cada vez más crítica ante la conducción alemana de la guerra. Tras la derrota, Alemania se sume en un periodo de gran incertidumbre, vulnerabilidad y polarización, lo cual lo mueve a intensificar su participación política e intelectual. De ello trata el séptimo capítulo, de un Weber convertido en educador político de la nación, en particular de la juventud, a la que previene sobre las vanas ilusiones y los falsos profetas. Las consideraciones finales con las que cierra el libro toman como pretexto la lectura que de Weber hizo Karl Jaspers, para a partir de allí realizar un balance comparativo entre las dos ideas de nación presentes en su obra, a saber, una biologicista-esencialista y otra más bien culturalista-invencionista. Algo semejante sucede con la lectura de Max Weber propuesta por Karl Löwith, ya que partiendo de ella Vernik profundiza en la relación del autor con Karl Marx y Friedrich Nietzsche, pero también aprovecha para recuperar las imágenes de la alienación que -a su entender- atraviesan la obra weberiana.
Cada uno de los capítulos combina el análisis de las ideas con el de sus condiciones de producción, tanto a nivel histórico como biográfico. Weber estaba profundamente implicado en los asuntos de su nación y época, y muchos de los problemas científicos que se planteó estaban -como él mismo decía, citando a Rickert- “relacionados con valores”, vinculados con aquello que desde su punto de vista particular consideraba importante de investigar. Por ello, tanto su producción científica como sus intervenciones políticas deben contextualizarse adecuadamente para ser comprendidas a cabalidad. Así lo hace Vernik, evitando, con cautela, la trampa de reducir su pensamiento a un mero reflejo de las condiciones externas o a una simple expresión de las necesidades internas. En más de un sentido y en más de una ocasión Weber se distanció e incluso se enfrentó a las opiniones más difundidas de su medio. Era parte de esa capacidad tan cara a él de, en caso necesario, “nadar contra corriente”. Esto no significa que su pensamiento careciera de condicionamientos o que tuviese un acceso directo y privilegiado a la realidad. Vernik muestra cómo también estaba imbuido de ideales y supuestos, algunos de ellos hoy poco defendibles, así como de auténticos prejuicios y sesgos, incluido cierto etnocentrismo y el uso de un vocabulario teñido en algún momento de expresiones social-darwinistas. Vernik no oculta estos elementos con tal de presentar a un Weber más amable, pero tampoco los menciona por mero morbo o afán de condena. Los somete, en cambio, a una crítica guiada por los estrictos parámetros del propio ideal weberiano, a saber, los de una ciencia fundada ante todo en hechos y sus derivaciones lógicas. Entonces, su crítica es respetuosa e informada. Busca ser objetiva y justa, en la medida en la que da cuenta de la “evolución” del pensamiento de Weber -si se me permite el uso de tan problemático término-. Poco a poco, Weber va dejando atrás algunos de sus sesgos y prejuicios, si bien el camino no es unidireccional o de no retorno. A veces, aquellos reaparecen bajo determinadas circunstancias, tal como sucedió con su chauvinismo y su imperialismo cuando apenas estalló la guerra.
Por otra parte, la aludida contextualización no se limita a trazar las coordenadas básicas y los grandes acontecimientos que, en general, marcaron la vida de Max Weber. Antes que un vago panorama del tipo “autor y mundo”, Vernik afina el lente para observar eso que los alemanes llaman Mesoebene, ese nivel intermedio compuesto por instituciones y organizaciones en las que Weber participó activamente (Asociación de Política Social, Liga Pangermánica, Asociación Social Nacional, Sociedad Alemana de Sociología), o aquellas otras que más bien adversó (Sociedad para la Cultura Ética). El libro también lo pone en diálogo con distintos autores, tanto coetáneos suyos (Durkheim, Simmel, Troeltsch, Tönnies, Lukács, James, Du Bois), como otros más o menos anteriores (Marx, Nietzsche, Renan). Asimismo, intenta conectar algunas de las ideas discutidas con sus desarrollos posteriores y más actuales; por ejemplo, señala el resurgimiento del nacionalismo y el vocabulario social-darwinista en Alemania, ilustrándolo con el sonado caso del economista y político socialdemócrata Thilo Sarrazin, pero también se sirve del desencantado realismo weberiano, en especial el de sus trabajos sobre asuntos bursátiles, para poner en su justo sitio la relación entre países económicamente dependientes, como Argentina, y los grandes acreedores u organismos financieros internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial). Sobre la deuda externa y la insolvencia de Argentina, lapidariamente Vernik señala que, fuera de toda “cultura ética”, aquellos organismos son tan poco “instituciones benéficas” como podrían serlo los fusiles y los cañones... (p. 112). En suma, esta obra invita a pensar la realidad actual con ayuda de algunas claves weberianas, pero también llama a tomarse en serio el diagnóstico del autor sobre la modernidad capitalista y burocratizada, un diagnóstico en cuyo centro Vernik ubica el tema de la alienación. Que sea éste su foco de atención deriva en buena medida de la ya mencionada lectura antropológico-filosófica asumida por el autor. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿Es realmente “alienación” lo que en la obra de Weber encontramos?, a lo que Vernik aporta buenos indicios que apuntan a una respuesta positiva. Sin embargo, algo no termina de encajar.
En el último curso impartido en la Universidad de Frankfurt, durante el ya mítico semestre de verano de 1968, Theodor W. Adorno advierte a sus estudiantes que, en lo sucesivo, prescindirá por completo del concepto de “alienación” sobre el que dice haber decretado “una suerte de prohibición”.2 La razón que da para desligarse de ese término utilizado ad nauseam, es que traslada a un plano espiritual (sentimiento de extrañamiento) un fenómeno cuyo fundamento debe buscarse más bien en las relaciones materiales. El propio Karl Marx, cuyos Manuscritos económico-filosóficos de 1844 abundaban en el uso del término “alienación” (Entfremdung), termina casi por abandonarlo en su obra madura, sustituyéndolo por expresiones como fetichismo de la mercancía o cosificación (Verdinglichung). La idea no desaparece, pero sí sufre un intento de cientifización, de superación -por así decir- de su original carácter hegeliano. Si ambos autores, por mencionar sólo a estos dos, desistieron en algún momento de hablar de “alienación”, lo cierto en el caso de Weber es que nunca llegó siquiera a utilizar dicho vocablo. He aquí un punto sobre el que conviene haber reparado. Weber, el amigo de los conceptos claros y precisos, tenía sumo cuidado a la hora de seleccionar los términos que empleaba.3 Si decidió excluir ese término de su vasto aparato conceptual, algún motivo debió de tener para ello. Ahora bien, ¿se reduce todo esto a un mero asunto de vocabulario? De ninguna manera, lo que aquí está en juego es el sentido y las implicaciones teóricas del concepto.
Así, Vernik destaca dos sentidos en los que Weber parece aproximarse al núcleo eidético de dicho concepto. Primero, la alienación como inversión entre medios y fines. Ésta asume en el diagnóstico weberiano una doble expresión: por un lado, la de una humanidad moderna que -como ya se mencionó- “en vez de trabajar para vivir, vive para trabajar” (p. 16); y por otro, la de una burocracia que pasa de vector fundamental de la racionalización occidental a convertirse en inflexible “carcasa de la servidumbre” (Gehäuse der Hörigkeit). En ambos casos se trata de una interpretación que está en deuda con la obra de Simmel y sus análisis del dinero y la cultura moderna (pp. 119, 139, 151).
En segundo lugar, la alienación aparece también como pérdida de la espontaneidad humana (pp. 126 y ss.). Ésta constituye, en efecto, una dimensión fundamental de la racionalización del modo de conducción de vida o -como prefiere llamarle Vernik- “régimen de vida” (Lebensführung). El protestantismo ascético, particularmente el calvinismo del siglo XVII y sus derivados, no sólo llevó a sus últimas consecuencias el “desencantamiento del mundo”, sino que además constituyó un importante impulso para la creación de una humanidad moderna, cuyo día a día se vio cada vez más reglamentado y controlado. Esta Berufsmenschentum se alejó paulatinamente no sólo de la relativa anarquía en que -con excepción de los monjes- podía transcurrir la vida de un ser humano en la Edad Media, sino que también -en la lectura que hace Vernik de Weber- supuso el alejamiento de un presunto estado natural (status naturalis), el abandono de un despreocupado goce de la existencia.
Este último es un problemático corolario de la lectura antropológico-filosófica de Weber, cuyo origen podría hallarse en la insuficiente distinción entre las creencias que sobre ese status naturalis tenían los diversos movimientos religiosos analizados y la interpretación sociológica que de ellos quiso realizar el autor.
¿Acaso en Weber hay algo así como una “naturaleza humana” que se pierda o, cuando menos, se vea distorsionada por el complejo y en modo alguno unidireccional avance de la racionalización moderna, incluido su tipo de capitalismo? Tengo mis dudas, no porque dicho proceso carezca de importantes efectos, sino porque hoy resulta difícil sostener la existencia de una naturaleza humana en sentido fuerte. Por ello, a pesar de toda mi simpatía por interpretaciones como las elaboradas por Löwith y Hennis, se me dificulta seguir a Vernik hasta el punto de considerar que “puede leerse La ética protestante... como si fuera un tratado de Rousseau o de Hobbes sobre el estado de la naturaleza humana y su enajenación” (p. 127).
Desde inicios del presente siglo, la filósofa Rahel Jaeggi ha venido insistiendo en la necesidad de recuperar el concepto de “alienación”, pero eliminando toda referencia a una supuesta naturaleza humana. En diálogo, sobre todo, con la tradición hegeliano-marxista, procura evitar los riesgos planteados por la ahistoricidad y la esencialización de la condición humana.4 Si esto mismo puede hacerse también con Weber es asunto que considero abierto a la discusión.
En todo caso, lo que sí resulta indiscutible es que para ésta y muchas otras cuestiones importantes será lectura obligatoria Max Weber: nación y alienación, un trabajo tan minucioso como original y estimulante.










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