Nora Rabotnikof murió el 10 de marzo de 2025. Cuando una tiene que escribir algo sobre una intelectual destacada, que es a la vez querida y apreciada, se presentan dos opciones: hacer un recuento de sus logros académicos o referir, sobre todo, anécdotas que muestren su carácter y su personalidad.
Nora era lo que en México llamamos una “argenmex”, que son quienes habiendo nacido y crecido en Argentina tuvimos que salir, por razones políticas, de nuestro país de origen y fuimos generosamente acogidos por México a finales de la década de los años setenta e inicios de los ochenta. En el caso de Nora, después de haber pasado por la cárcel de la dictadura, en la que compartió encierro con muchas otras mujeres militantes, llevó con ella, embarazada de su hija Paula, a su hijo Emiliano, prácticamente siendo un bebé.
Salió de Argentina con rumbo a Perú, donde en 1985 se graduó como maestra en Sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú, con la tesis titulada “Max Weber: desencanto, política y democracia”; luego recaló en México y obtuvo el título de doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con la tesis “El espacio público: caracterizaciones y perspectivas”.
Trabajó en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, y luego en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, en el que desarrolló gran parte de su obra y forjó amistades duraderas.
Conocí a Nora en la Universidad de Buenos Aires, a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Ella estudiaba Filosofía y yo Sociología. Nos unió la militancia común en un organismo estudiantil que luego se integró y transformó en una organización política de carácter nacional. En esos inicios de nuestra amistad, mis sentimientos hacia ella eran ambivalentes: admiración por su inteligencia a la vez que envidia por su belleza. Esos profundos ojos de un raro tono de azul, su elegancia, su estilo, fueron características que perduraron a través del tiempo. Sin embargo, mis sentimientos fueron cambiando: la envidia desapareció y la admiración por su capacidad de análisis de situaciones y crisis políticas fue creciendo, a la par que el regocijo por su agudo sentido del humor que con una frase, e incluso una sola palabra, podía poner una nota especial a algún comentario. A eso se sumó el afecto, la amistad y la estrecha comunicación.
Compartíamos el gusto por el cine, los libros, el chocolate y el dulce de leche. Podíamos pasarnos horas comentando los aspectos relevantes de obras que habían ganado premios sin merecerlos o que, aun mereciéndolos, nunca habían sido reconocidas.
Nora era una intelectual brillante, erudita, destacada, sus textos y pláticas siempre fueron esclarecedores, sabía ver cosas que estaban ocultas o tan sólo entredichas en la obra de filósofos, sociólogos e historiadores. Su pensamiento crítico y agudo hizo que tanto colegas como alumnas y alumnos se sintieran agradecidos por su generosidad al compartir sus ideas.
Le preocupaba lo público, sus significados cambiantes, su vinculación con la política y la sociedad civil. Su libro En busca de un lugar común: el espacio público en la teoría política contemporánea, publicado por la UNAM, en 2005, analiza con profundidad estos temas y ha sido lectura obligada, y gozosa, para muchos.
También se dedicó a explorar las relaciones entre el tiempo y la memoria; el tiempo y la política; los conflictos en las democracias; las conmemoraciones; los problemas de género, y el populismo. En incontables ocasiones, sus amigas y amigos, sus colegas y sus alumnas y alumnos nos beneficiamos de su agudeza crítica que, sin embargo, nunca fue demoledora cuando comentaba nuestros trabajos. Siempre nos aportó sugerencias brillantes, perspectivas originales y, sobre todo, una infinita voluntad de compartir su amplio conocimiento. Especialmente, recuerdo las pláticas que sostuvimos sobre el populismo latinoamericano, las dificultades para definirlo y diferenciarlo, así como las comparaciones con los de otras latitudes.
Nora recibió premios y reconocimientos. Uno muy importante, afectivamente para ella, fue el premio Raíces otorgado por el gobierno argentino en 2021, por su colaboración, a través de cursos, seminarios y proyectos, en el fortalecimiento del Sistema Nacional Argentino de Ciencia, Tecnología e Innovación. También colaboró con numerosas instituciones académicas, tanto en México como en varios países de América Latina, y en todas ellas dejó un recuerdo imborrable, por su afabilidad, su compromiso y su ética de trabajo.
Sus aportaciones a la revista Sociológica (México) fueron en forma de artículos, evaluación de textos y, sobre todo, por la discusión entre pares de temas políticos fundamentales.
Sus últimos años estuvieron marcados por el paulatino encierro físico, que no mental, derivado de su enfermedad pulmonar obstructiva crónica. La recuerdo fumando incansablemente, durante muchos años, un cigarrillo tras otro, lo que a la postre limitó sus movimientos.
Como persona, amiga, colega, pensadora aguda y crítica, generosa, todas y todos los que la conocimos la vamos a extrañar y siempre la llevaremos con nosotros, con agradecimiento por la oportunidad de haberla conocido.










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