Introducción
A principios del siglo pasado en Uruguay hubo intensos debates públicos para delinear los principales rasgos de la modernidad. Las distintas voces del panorama político se enfrentaron para imponer sus visiones dejando, de paso, evidencia de las creencias compartidas. El debate sobre el papel de la mujer en la modernidad ocupó un espacio central en esas discusiones. González (1994) distingue lo que denominó como la “matriz inferiorizante del sexo femenino” que se articulaba alrededor de dos creencias: la maternidad como el destino natural y único de las mujeres, y la construcción de los cuerpos feminizados como inferiores. Esta matriz estuvo en los cimientos de la separación de la vida social entre la esfera pública y la privada en el país.
En el correr del siglo XX, la arquitectura social se transformó de manera paulatina. Entre 1970 y 1990, la estructura de la fuerza laboral cambió y la presencia de las mujeres se hizo más visible y legítima. La brecha de participación entre hombres y mujeres se redujo. En esas décadas, el crecimiento de la población económicamente activa se debió casi enteramente al aumento de la participación femenina en la fuerza laboral (Martínez, Miller y Saad, 2013: 25). Un rasgo revelador de este contingente fue que se trató sobre todo de mujeres casadas y/o con hijos (Aguirre, 2003: 822), algo inimaginable a principios de siglo. Para la década de los noventa, comenzaron a proliferar los hogares con más de un aportante económico, tanto en los estratos más bajos como en los más altos (Arriagada, 2001: 28-29). En los albores del siglo XXI, Uruguay ya era el país del Cono Sur con el mayor porcentaje de hogares biparentales con doble aportación económica (Aguirre, 2003: 824) y, desde 2010, este arreglo pasó a ser el modelo predominante en la sociedad (Katzkowicz et al., 2015).
Si embargo, la desigualdad de género persiste en forma de brechas, segregación y exclusión en el mercado laboral, así como en jornadas de trabajo extenuantes. La adquisición de nuevas expectativas en lo laboral convive con la persistente feminización de las actividades no remuneradas, evidenciada por las encuestas de uso de tiempo y diversos estudios sobre percepción (Batthyány, Genta y Perrotta, 2014). La sobrecarga en las mujeres se explica tanto por la distribución inequitativa de responsabilidades al interior de los hogares, como por una necesidad de colectivizar los cuidados y promover una organización social más equitativa, a un nivel estructural.
Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo y Trabajo No Remunerado (2022), las mujeres uruguayas dedican catorce horas más al trabajo no remunerado que sus contrapartes masculinas (Demirdjian, 2023). Por tanto, las mutaciones en la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo no derivaron en la erradicación de la división sexual del trabajo. Más bien, como señala Durán, “la pretensión de mantener la sociedad abierta a las mujeres en sus nuevos papeles sociales sin que por ello se descarguen de las funciones tradicionales, conduce directamente a la doble jornada” (Durán, 2000: 56).
Ansoleaga y Godoy (2013: 349) relacionan esto con la vigencia de la maternidad “como referente identitario femenino central” (una de las creencias de la “matriz inferiorizante”) en consonancia con una creciente valoración del trabajo remunerado en las trayectorias femeninas como medio para la realización personal. Este escenario da indicios de una exigencia cotidiana y extenuante de establecer prioridades acompañada de un constante sentimiento de culpa (López et al., 2009). Desde la psicología social se han estudiado los efectos negativos en la salud en forma de cansancio, ansiedad, depresión, baja autoestima y sentimientos de culpabilidad (Feldman et al., 2008; Gómez y Álvarez, 2011). En investigaciones revisadas se identificó la toma de distancia de las mujeres respecto al referente identitario de la maternidad (Covarrubias, 2012: 213). Se explica, quizá, por la diversificación de los mundos de vida social y la multiplicidad de roles que pueden ocupar las mujeres en la actualidad. El modelo de mujer = madre es relativizado por la coexistencia con otros modelos identitarios, como puede ser el que surge del ámbito laboral, pero también de otros (Gómez y Álvarez, 2011: 103). En este nuevo contexto, “el proyecto de vida de cada mujer se convierte en un proceso individual connotado desde su propia decisión y enmarcado en un carácter arriesgado y reflexivo” (Gómez y Álvarez, 2011: 105). La sobrecarga de trabajo en las mujeres se refleja en la difusión de discursos que idealizan al “yo que lo puede todo”, como la mujer multitasking. Al tejerse en las construcciones personales de identidad, estos discursos convierten al yo en una tecnología de producción subjetiva neoliberal (Cano, 2018) que camufla desigualdades estructurales y violencias sistemáticas como fracasos o desafíos personales.
El presente artículo busca indagar cómo se reconstruye la decisión de maternar en relatos de vida de mujeres profesionales en Montevideo. Se explora, desde el enfoque narrativo, qué tramas se tejen para dar sentido a la decisión de maternar o no maternar y cómo se relaciona la construcción de este deseo con la identificación respecto a narrativas culturales sobre la maternidad.
El enfoque narrativo, que se detalla en el siguiente apartado, tiene como principal implicación metodológica la necesidad de examinar reconstrucciones de relatos de vida. En este sentido, se hicieron entrevistas retrospectivas a profundidad a veintidós mujeres desde la salida del nivel de estudios básico hasta el momento de la entrevista, a finales de 2019. Las mujeres tenían edades de entre treinta y un y cuarenta y un años. El muestreo intencional buscó promover el equilibrio entre las entrevistadas con y sin hijos, y ampliar la variación de ocupaciones para evitar sesgos surgidos de trayectorias específicas a ciertas profesiones. La mayoría eran profesionales (con excepción de dos casos) y desarrollaban actividades remuneradas del tipo asalariadas. Respecto a la maternidad, once mujeres señalaron tener por lo menos un hijo, y las demás, no tener.
La estrategia de análisis de las transcripciones fue temática, lo que hizo posible organizar la información obtenida en referencia a la maternidad para identificar patrones y diferencias en las formas de organizar, de forma interpretativa, eventos de vida personales y narrativas culturales. Esto permitió reconstruir constelaciones denominadas en el enfoque narrativo como tramas (plots). El análisis permitió identificar un proceso de saturación de ciertas estructuras narrativas que se exponen en este escrito.
El artículo se compone de un apartado teórico-metodológico que expone los principales supuestos del estudio y destaca los posibles aportes del enfoque narrativo para los estudios de género. Los siguiente dos apartados buscan sistematizar los principales hallazgos en términos de tramas que surgen alrededor de la maternidad. Se concluye con un apartado de discusión.
Experiencia e identidad: un rescate fenomenológico y narrativo para complejizar la concepción de agencia
En diálogo con los debates feministas entre posiciones materialistas y culturales, Lois McNay (2004) sostiene que, al estudiar la desigualdad de género, ambas dimensiones son inseparables. Propone centrar la atención ahí donde se revelan indisociables y sus imbricaciones se encarnan: la vida cotidiana. Por lo tanto, la experiencia se presenta como un medio clave para explorar. Empero, es un concepto polémico en los estudios feministas. Ha sido cuestionado por su excesivo subjetivismo. Se criticó al feminismo del standpoint theory, por su énfasis en la autoridad del discurso, que propició un empirismo descuidado con tendencia a universalizar experiencias y a contrabandear sesgos. A raíz de estas críticas, los estudios feministas posestructuralistas dejaron de lado la experiencia y la identidad, y mantuvieron un concepto restringido de subjetividad.
Al abandonar estos conceptos, la definición de agencia queda empobrecida, limitada a un atributo de la estructura que posibilita el cambio. Se omite la intencionalidad y reflexividad de las personas al interactuar con las estructuras (McNay, 2004). La autora rescata el concepto de agencia expuesto por Bourdieu en su obra En otras palabras (1990). Desde una aproximación fenomenológica del espacio social, propone una relación generativa entre las estructuras y los individuos. Las disposiciones se inscriben en los cuerpos al interactuar en diversos campos sociales, pero no son determinantes. Los procesos generativos implican una (re)producción creativa de las personas de las estructuras al traducir la abstracción de los mandatos a lo concreto de forma reflexiva e intencional.
Por lo tanto, se estudia la experiencia sin tomarla como una vía de acceso a la realidad, sino como un dispositivo interpretativo, situado, en el que bifurcan lo individual y las relaciones de poder más amplias mediadas por la agencia que ejerce la persona al construir sentidos. El género es, para McNay (2004), una relación social vivida, dinámica, que implica un actuar en el mundo que da permanentemente información a la persona sobre sí misma y lo social, y que deja un sedimento de cambios en las estructuras.
La agencia es vista como atributo de las personas que se expresa en la negociación que tienen los individuos con las estructuras simbólicas y materiales que los identifican con ciertos sujetos sociales. La palabra negociar subraya que las personas no surgen pasivamente de las estructuras, sino que utilizan estas narrativas culturales de manera reflexiva e intencional. Incluso ahí donde hay aparente conformismo con las normas, no hay un acomodamiento automático.
Esta forma de definir la agencia presupone una suerte de identidad, más bien definida como orientación. Cuando la persona busca dar sentido a la experiencia en el bullicio de doxas luchando por imponerse, necesita de un cierto marco para guiarse. Consciente de las polémicas que han envuelto este concepto en los estudios de género, McNay (1999) identifica que la concepción narrativa de la identidad, en específico la de Paul Ricoeur, ofrece una vía para salvar el concepto.
El enfoque narrativo, en su base ontológica, sostiene que la temporalidad objetiva es inaccesible, incluso para las personas que la viven. Tan solo a través de un acto interpretativo -la narración- el individuo puede construir el tiempo fenomenológico de la experiencia vivida. En el tiempo narrado bifurcan lo simbólico y lo material. Las estructuras materiales colisionan con las estructuras simbólicas que disciplinan o colorean la mirada personal, sin determinarla.
El enfoque narrativo supera el problema del cambio en la identidad. La visión narrativa permite mantener la unidad en el flujo, sin clausurar los cambios. Narrar es lo contrario a fotografiar. Paul Ricoeur (1992) explora el juego entre permanencia y cambio que definen la identidad con los conceptos de mismidad (idem) e ipseidad (ipse). El primero se refiere a la dimensión estática, atemporal, mientras que la ipseidad habla de su dinamismo. La identidad es la fusión de ambos conceptos, fuerzas de permanencia y cambio en tensión constante. A grandes rasgos, lo idem permite mantener un sentido del yo sin importar que tan indeterminado se presente. Por otro lado, lo ipse es el producto de la incesante reflexión sobre sí misma que hace la persona (pero también los colectivos) y sus refiguraciones narrativas (Néspolo, 2007).
McNay (1999) señala que el acto narrativo implica la creación de un orden de significados que da sentido a la variabilidad, las contradicciones y las discontinuidades. Al anclar el yo mantiene la ilusión de un solo sujeto más allá de los cambios que sostiene identificaciones a pesar de las incongruencias (1999: 321). La identidad narrativa permite entender las identidades como “durables, pero no inmutables”, señala McNay (1999: 321).
¿Cómo es que la maternidad, con sus cargas simbólicas y sus desventajas materiales, se introduce en las narraciones personales? Hay narrativas culturales, como la ecuación mujer = madre, que sirven de guía interpretativa para los individuos dentro de un grupo cultural. Narrar(se) no es un monólogo, es un diálogo. Hay esquemas narrativos, explícitos o implícitos que sintetizan los valores, creencias y experiencias de una colectividad. Las estructuras de género reproducen narrativas culturales que buscan sostener una cierta forma de relaciones de género. Las narrativas culturales compartidas cimentan tradiciones y valores culturales y tienen un fuerte componente afectivo y persuasivo (Skrynnikova, Astafurova y Sytina, 2017).
Se observa, en lo señalado en la introducción, que en la actualidad hay una tensión entre las narrativas culturales que identifican a la feminidad con la maternidad y las recién adquiridas expectativas de realización personal por vía del trabajo remunerado. Esto supone un espacio de reflexividad e intencionalidad amplio en la construcción de narrativas personales.
El juego entre la ipseidad y la mismidad explica en parte la permanencia de la ecuación “mujer = madre” (Tubert, 1996) a pesar de los importantes cambios en la sociedad. No solamente a nivel histórico, también en el tiempo biográfico, donde hay inestabilidades que desafían las ideas fijas de las narrativas culturales como es la “intermitencia de la autoconsciencia de género” (McNay, 1999: 324), que da cuenta del movimiento inagotable de entrada y salida del género cuando las personas se desplazan entre diversas prácticas y ámbitos que ponen el foco en diversos aspectos de las identidades, donde el género no es la única faceta que pesa. La identidad, en su dimensión idem, se define entonces como “la capacidad de sostener y reconciliar múltiples, e incluso contradictorios, significados” de sí mismo (McNay, 1999: 329). Esto se debe a la lógica que sigue una narrativa para crear sentidos, que no sigue una lógica causal, sino secuencial.
Un concepto central del enfoque narrativo es el de tramas (plots). Son el sentido que resulta de la negociación reflexiva e intencional de la persona en las redes de interlocución culturales. Desde la sociolingüística, Labov y Waletzky (1967) definen la narración como la construcción de una secuencia de eventos con el objetivo de producir un sentido (make a point) (Polletta et al., 2011: 111) expresado en forma de trama. La secuencia no se entiende en sentido lineal, sino para subrayar la importancia de la conexión simbólica entre eventos, imágenes, fantasías, experiencias ajenas, etcétera. Aquí se propone que es más esclarecedor pensarlo como un tejido, más que una secuencia.
Las tramas encarnan el significado de la historia que se cuenta. “Toda historia tiene, en cierta medida, una moraleja” (Squire, 2013: 49, traducción propia). Ésta puede ser explícita o implícita, detallada o difusa, puede apelar a un sentido común compartido con el destinatario o ser más explicativa en caso de percibir una distancia cultural. El papel del destinatario es muy importante. En el caso de este estudio, el estatus de extranjería de la entrevistadora sirvió para obtener un tono más explicativo.
Reconstruir una trama no busca develar por qué o cómo ocurrieron “realmente” los eventos, sino el acto interpretativo mismo. La construcción de sentido a través de tramas puede ser o no lineal, hacer referencia a narraciones de otras personas e, incluso, a eventos ficticios (fantasías, proyecciones, etcétera). También puede expresar ambivalencias, sentidos encontrados y contarse de manera distinta, en diferentes contextos. En este flujo reflejan la naturaleza cambiante del individuo en su recorrido por tiempos y espacios socialmente construidos. Además, en las tramas se expresa la dimensión generativa de la imbricación entre individuo y estructuras: se construyen conocimiento y morales, y se cimentan tradiciones y valores culturales en un continuo “balance entre la innovación y la sedimentación” (Squire, 2013: 49).
Arqueologías temporales del deseo de (no) maternar
Cada entrevista1 tuvo un contexto específico, pero se pueden señalar algunos elementos generales. Como se mencionó anteriormente, las tramas se construyen en consideración del destinatario, por lo que algunas anotaciones son importantes. Al no tener ninguna relación personal con las entrevistadas, ellas solamente tenían algunos conocimientos generales sobre mí: que yo era extranjera y que no tenía hijos en el momento del trabajo de campo. En términos positivos, la distancia cultural promovió una mayor tendencia a explicar. Ocurrió algo parecido en el caso de las mujeres con hijos, que explicaron más su experiencia al reconocerme como alguien que no había vivido lo mismo. Por el lado negativo, implicó cierta desconfianza inicial. Se buscó romper el hielo con la pregunta: ¿a qué te dedicas? Este disparador permitió acceder a la reconstrucción de la vida laboral, la dimensión más pública de la vida, y para la que había más apertura para hablar. Conforme avanzó la charla, ya creado un ambiente de mayor confianza, fue posible tocar temas personales como la maternidad. Cuando el trayecto laboral se hubo agotado empezaron a surgir referencias a eventos de la vida en el ámbito familiar, por ejemplo, al estar en un cierto momento laboral, la entrevistada indicaba que ahí se casó o nació su primer hijo. A partir de eso, se indagó sobre cómo se dio el evento mencionado. En el caso de las mujeres sin hijos, el tema surgió al hablar de eventos relacionados con la vida en pareja. En esos marcos, se inquirió sobre sus vivencias respecto a la maternidad, sus posturas y sus proyecciones a futuro.
En lo que se refiere a la maternidad, el análisis hizo posible identificar patrones en lo que se refiere al tejido narrativo del evento. En primer lugar, esto se observó en la dimensión temporal. Al reconstruir la decisión de tener hijos o negociar con narrativas culturales sobre maternidad, las narraciones tendieron a hacer saltos temporales, hacia al pasado y al futuro. A esto se denomina aquí arqueología temporal del deseo materno.
Negociar el deseo en la reconstrucción del pasado
En lo que se refiere al pasado, en varias narraciones se observó un rescate de vivencias de la infancia y juventud con el objetivo de construir evidencia de un deseo “primigenio” (o de una ausencia de deseo inicial), identificándose o no con la figura de la niña que juega con muñecas, una figura recurrente, que podría dar cuenta de una cierta adherencia al concepto de instinto materno.
La identificación, o no, con esta figura no deriva forzosamente en el resultado esperado. En algunos casos, se utiliza para dar cuenta del proceso de toma de distancia con esas ideas: “me parece que era mucho menos mío el deseo que una cosa como impuesta”.2 En casos en que sí derivó en tener hijos, se utilizó para construir una defensa de un deseo “real”, personal, en contraposición a algo impuesto y no individualizado: “es verdad que hay una imposición social muy fuerte […] que la mujer tiene que tener hijos […] pienso que algo de eso hay en mi querer, pero a la vez hay como un deseo interior, recuerdo de chica jugar a ser mamá”. También se utilizó con la intención de sostener la unidad identitaria (idem) a pesar de las intermitencias: “siempre quise tener hijos, sí se me complicaba un poco el cuándo”.
Otra sombra del pasado en varias entrevistas fue la reflexión sobre la familia en la que se habían criado. En estos casos, la familia es el estandarte de narrativas “tradicionales” sobre maternidad y el curso de vida esperado, respecto a las cuales las narradoras se identifican o se distancian: “vengo de una familia de tradición católica entonces, antes, era la típica gurisa de estudio, estudio, estudio, termino mi carrera, conozco a alguien, me caso, tengo hijos y esa va a ser toda mi vida”. Los distanciamientos generalmente son explicados con puntos de giro en la trayectoria, como viajar al extranjero, salir de la ciudad de origen, pero también hay casos en los que surge por haber visto otras identidades posibles: “en mi familia, […] las mujeres siempre son madres […] todas son paridoras […] yo siempre vi ese modelo de madre […] no la recuerdo feliz ni haciendo absolutamente nada por ella [refiriéndose a su madre] […] en contraposición veía esta tía […] sin hijos […] decía fui a una excursión allí, salí a bailar […] y yo quería eso y no quería lo otro”.
Negociar el deseo respecto al futuro
Haciendo eco de las estructuras no lineales de las tramas, el futuro también se tejió a la narrativa. Por ejemplo, con la figura del “reloj biológico”, aunque esta preocupación fue matizada de forma recurrente con referencias a los avances de la medicina de fertilidad o a otras vías para maternar: “si se me pasa el tiempo, como me dicen, ´pero, ¿el reloj biológico?´, digo yo que sé, veré otra forma de tener hijos […] adoptaré uno”.
Otra preocupación que exhibe el peso del futuro en la interpretación de la decisión de maternar es la vejez: “te imaginas de joven sin hijos, pero capaz que imaginarte de viejo sin hijos es como algo como un poco más complicado”. Otro ejemplo: “vengo con un chip de cuando éramos más chicos de que si no tengo hijos y toda la gente a mi alrededor sí, después quedo sola”.
El enfoque constructivista de las etapas de vida propone que el curso de vida no es una estructura puramente biológica, sino que está recubierta de significados sociales ligados a contextos históricos, sociales y culturales específicos. Holstein y Gubrium señalan que “los significados atribuidos a la edad y las etapas de vida se modifican y se ajustan a las definiciones sociales de las situaciones” (2007: 4). En este sentido, se puede aventurar la hipótesis de que esta preocupación emerge de la forma actual en que la sociedad organiza los cuidados. Hay una tendencia en las políticas de cuidados a entender como responsabilidad familiar todo un continente de actividades esenciales para la reproducción de la vida, incluidos los cuidados a las personas adultas dependientes, que conlleva la feminización de los cuidados y desventajas múltiples según niveles de recursos entre familias. Esto abre un cuestionamiento sobre qué efectos tendría, en el deseo de maternar, una organización que distribuyera los cuidados de manera más equitativa entre diversos actores: Estado, mercado, comunidad, familia.
Como conclusión, se identifica que lo observado hace eco de lo señalado en la revisión de literatura. Hay evidencia de la permanencia de la maternidad como referente identitario de las mujeres (Ansoleaga y Godoy, 2013), pero se encuentra en tensión con lo mencionado por Gómez y Álvarez (2011: 105) sobre la diversificación de referentes identitarios posible. Entonces se construyen tejidos narrativos sobre la maternidad con idas y vueltas, con argumentos contradictorios y dudas. Llama la atención la búsqueda por defender la “autenticidad” del deseo de maternar, más allá de la imposición social y la narrativa de la ecuación mujer = madre. Se observó de forma recurrente la negociación por identificar el deseo de maternar como propio y no impuesto: “cuestionarte quién, en realidad, querés ser vos y dejar de lado lo que traemos”.
Narrativas sobre maternidad, ¿qué tramas surgen?
Cada una de las narrativas estudiadas negocia distinto con la maternidad. Más allá de si la persona es o no es madre, los relatos dialogan con las narrativas culturales de maternidad en formas únicas y personales. Sin embargo, con el fin de organizar esta diversidad, en este apartado se explora una serie de patrones de tejido (en contraposición a secuencias, por su implícita linealidad) alrededor de la maternidad, así como tramas o sentidos que surgieron de esas estructuras narrativas. Esta sistematización tuvo como objetivo complejizar el conocimiento que se tiene del proceso de decidir tener hijos o de las negociaciones identitarias con las narrativas culturales que reproducen la ecuación mujer = madre. No se buscó, por lo tanto, reconstruir el evento de decisión en sí mismo, sino cómo lo interpretan las narradoras. De esta manera, se exploró el uso intencional y reflexivo de las narrativas culturales sobre maternidad.
Las tablas 1 y 2 ordenan las narrativas (tejidos como esquemas abstractos de los relatos) y tramas surgidas en asociación a cada una de éstas. No hay una frontera rigurosa. Se encontró que, en la reconstrucción de la decisión de maternar, pueden usarse distintas tramas, por ejemplo, diciendo que era el momento adecuado, pero también señalando que había una condición médica que hizo que la decisión fuera en ese momento. Las tablas plasman bosquejos de tramas, aunque cada una fuera coloreada con matices únicos en cada caso.
Tabla 1 Narrativas y tramas en narrativas sobre maternidad de mujeres con hijos
| Narrativas | Tramas |
|---|---|
| Simpre quise ser madre y al consolidar la pareja, tuvimos hijos. | Era el momento adecuado. |
| Por una condición medica , me preocupaba que se fuera a complicar mas adelante y era el momento adecuado | |
| Nunca quise ser madre , pero al consolidar la pareja, tuvimos hijos | Era el deseo de mi pareja y era el momento adecuado |
| Me sentí menos egoísta, maduré | |
| Mi deseo de ser madre cambo en el tiempo, pero al final tuvimos hijos | Me di cuenta de que hay diferentes formas de encarar la maternidad, que no necesariamente tengo que renunciar a cosas que me gustan |
| Siempre quise ser madre, no fue un embarazo planeado, pero decidí continuarlo | Pase la noche pensando los pros y los contras al final peso la postura de mi madre frente al aborto, el que siempre desee tener hijos y que mi nivel de formación y perspectivas de trabajo estaban asegurados. |
| Nunca quise ser madre, no fue un embarazo planeado, pero decidí continuarlo | Fue una experiencia difícil, mi pareja encaro. Tenia la idea de la familia y lo tuve que hacer yo sola aprendí a ser multitask y hoy en día estoy contenta con mi vida |
Fuente: Elaboración propia a partir del análisis de las entrevistas.
Tabla 2 Narrativas y tramas en narrativas de mujeres sin hijos
| Narrativas | Tramas |
|---|---|
| Estamos planeando tener familia pronto pero tengo mis dudas. | Es el momento adecuado, aunque soy consciente de las desventajas que tramará para mi y me preocupan. |
| Siempre quise ser madre, pero no se ha dado | No se ha podido dar, por no haber encontrado aun una pareja estable. |
| Siempre quise ser madre, ahora no lo tengo tan claro | Después de una ruptura dolorosa, me cuestiono que es lo que realmente deseo frente a las cosas que siento impuestas, como la maternidad. |
| Siempre quise ser madre y podría buscar serlo sin estar en pareja | Despues de una ruptura desconozco, me cuestiono que es lo que realmente deseo frente a las cosas que siento impuestas, como la aternidad. |
| Si se da bien, si no también | Veo cosas positivas en ambas trayectorias |
| Nunca quise ser madre y el dia de hoy no deseo ser madre | No me veo como madre |
Fuente: Elaboración propia a partir del análisis de las entrevistas.
Algo que surgió de forma recurrente en las entrevistas fueron las vivencias relativas a la pareja en el cruce con la maternidad, algo que se explorará más adelante. Por otro lado, un eje diferenciador entre las entrevistas fue si el primer embarazo ocurrió de forma planificada o no. En dos casos se encontró que las entrevistadas tuvieron un embarazo no planeado. El proceso de decisión, por lo tanto, se vio claramente modificado por esto.
Una trama repetida, a la que hicieron referencia incluso algunas de las mujeres sin hijos, es aquella en la que la decisión ocurre o tendría que ocurrir en el marco de un momento percibido como adecuado. La “adecuación” del momento se construye en la narrativa hilando diversos ámbitos de vida: laboral, familiar, educativo, salud, principalmente. La siguiente figura sintetiza las dimensiones usadas para dar cuenta de la “adecuación” del momento.

Fuente: Elaboración propia.
Figura 1 Dimensionesque se consideran en la construcción del momento adecuado
En cuanto al curso de vida, hay una noción de la existencia de un curso de vida normativo o esperado: “estudio, termino mi carrera, conozco a alguien, me caso, tengo hijos y esa va a ser toda mi vida”; “estudiás, te vas a vivir en pareja, empezás a trabajar y tenés hijos. Como las etapas de la vida que te vienen como marcadas”, aunque se enumere con ciertas diferencias. En varios casos hay una toma de distancia respecto a lo normativo, surge de nuevo la negociación entre lo real (entendido como aquello que nace de un proyecto personal) y lo impuesto. La idea de curso de vida da cuenta de una noción cultural sobre las etapas de vida con la que dialogan varias narrativas, que se expresa en ideas como “haber hecho todo lo que tenía que hacer” o, en otros casos, “tener aún muchas cosas por hacer”. En esos pasos marcados, el tener hijos se presenta como un desenlace, el fin de algo que es nebuloso y la clausura de posibilidades.
La narrativa cultural de curso de vida se teje con otros objetivos menos tradicionales, que dan cuenta de la multiplicación de ámbitos de vida, como viajar: “recién estaba empezando a trabajar, no había viajado nunca, nunca había salido del país, ni siquiera conocía Buenos Aires, ¡qué voy a ser madre!”. El viajar es un referente identitario (“me siento una viajera”) que se presenta como incompatible con la maternidad. Es parte de “esas cosas” que hay que hacer antes de los hijos. De manera creciente, dentro de ciertos estratos sociales, la práctica de viajar deviene en un rito de pasaje a la adultez, una forma de posponer otros hitos de adultez, así como un quiebre ritual para marcar un cambio de vida o trayectoria (White y White, 2004). La innovación se sedimenta también en las narrativas culturales sobre cursos de vida.
En cuanto a la dimensión laboral y económica del momento adecuado, en general, se refiere a tener un trabajo estable y haber finalizado los estudios. En términos económicos, se reflexiona sobre la situación de la vivienda, por ejemplo, y las perspectivas. La situación de la pareja también es importante; generalmente, estas reflexiones se enuncian en plural: “nos fuimos de viaje como cuatro meses y cuando volvimos era ¿y ahora qué hacemos? habrá que tener [hijos] […] es el mejor momento por la edad, ya hicimos todo lo que teníamos que hacer, viajamos, ya compramos la casa”.
Repta en ese plural la consciencia de la violencia de pareja que se contrarresta con el énfasis en la necesidad de las mujeres de conseguir la independencia económica: “tenemos mucho el chip de todo lo que les ha pasado a nuestras antecesoras que no tendría que haber pasado, esta cuestión de que después, [con] sus maridos, no funcionaba y terminaban con tres hijos y en el horno”.
La situación laboral y económica pesa en la formulación de una identificación con la maternidad. Es interesante explorar esto en los casos de mujeres que vivieron embarazos no planeados. En los dos casos estudiados se encontraron ciertos paralelismos y marcadas diferencias. En uno de ellos, la narradora, a quien llamamos Ilana, se encontraba realizando un posgrado en el extranjero, tenía una beca, pero no un empleo con prestaciones, aunque su familia contaba con recursos para apoyarla. En el otro caso, Beatriz no llegó a concluir sus estudios de liceo, tenía trabajos administrativos y, en ese momento, estaba desempleada. Ambas deciden llevar adelante el embarazo.
Ilana desarrolla extensamente la reflexión que derivó en continuar con el embarazo. Era consciente de la legalidad del aborto en el país y señala haberlo considerado, a pesar de que le pesara la postura de su familia respecto a la práctica: “si yo interrumpo y mi madre se entera, casi que me deshereda”. Aunque la postura de su madre tiene un peso importante en su decisión, es tan solo uno de los múltiples hilos que teje:
En ese momento, tenía veintiséis años, y pensé: la maestría la puedo terminar antes, vuelvo al Uruguay con una maestría abajo del brazo. No tengo quince años, ya hice toda mi carrera, entonces, dije: oportunidades de conseguir trabajo tengo, y dije ¿por qué no? […]yo no sé si después voy a conocer al amor de mi vida y voy a tener el plan ese que se espera de una mujer, capaz que no te pasa o capaz que te pasan otras cosas, entonces […] ¿por qué no?
En este extracto, Ilana no integra la postura de su familia al diálogo interno para tomar la decisión, lo que implica una toma de distancia. En su interpretación de su decisión, la dimensión de mayor peso fueron las perspectivas laborales y el haber terminado los estudios. Menciona también su edad, en referencia tanto a haber pasado un cierto umbral de adultez en que el embarazo no planeado no tiene las mismas connotaciones negativas (como a los quince años) y también una velada referencia al reloj biológico y la incertidumbre sobre el “plan que se espera de una mujer”.
Su estancia en el extranjero, señaló anteriormente, significó una ruptura con una idea normativa del curso de vida. Da a entender que su quiebre con la narrativa cultural fue aceptar la posibilidad de convertirse en madre (“la tenía súper clara, yo sabía que quería ser madre y que quería tener hijos”) sin estar en pareja. Ella cuenta que el padre de su hija era una persona que conoció en el extranjero y con el que no tenía una relación cercana. Cuando le avisó, él dijo que no podría ayudarla y ella le respondió que no importaba. Este episodio no tiene mucha importancia en el conjunto de la narrativa.
En este caso, la dimensión económica tiene un peso importante para tomar la decisión. Esto no quiere decir que no reconozca las limitaciones que esa decisión tuvo para su desarrollo laboral, pero la disponibilidad de recursos económicos hace posible la percepción de agencia que es de forma explícita la moraleja de su narrativa:
Tener independencia económica es fundamental, hacerme cargo de mis decisiones y poder tener la libertad para decidir qué hacer, cuándo hacerlo, cómo hacer lo que quiero hacer […] que implica obligaciones ¿no? implica tener cierta seguridad laboral, tener un ingreso que te permita costearte la vida y […] saber que, cuando te viene una decisión así cabrona como la de vas a tener una hija, crecer también es eso, es decir sí e ir para adelante con lo que haya que ir.
Los recursos económicos son, en esta narrativa, lo que le permiten apropiarse del qué y del cuándo de la maternidad, aunque no fuera un embarazo planeado. La certidumbre dada por su nivel formativo y sus perspectivas laborales le dan seguridad. Asegurarse de tener trabajo y un cierto nivel de ingreso son descritos como responsabilidades del individuo.
Por otro lado, Beatriz no se explaya tanto en el proceso de decisión, aunque sí la describe como tal, dando cuenta de la posibilidad implícita de interrumpir el embarazo. Señala: “ahí era tomar la decisión de qué iba a hacer. Yo dije que no, que iba a seguir adelante”. La narrativa refiere un momento duro en su vida. La maternidad no fue la decisión difícil, sino las experiencias en torno a ella como separarse de su pareja o tener una situación económica precaria. “Fue muy complicado por la instancia por la que pasé, porque no era lo que uno sueña […] No fue una buena experiencia esos meses de convivencia. Nos peleamos mucho. Hasta los siete meses no pasé un embarazo muy lindo. Tuve que tomar la decisión de que yo no podía seguir así, porque no era yo sola, tenía una nena adentro”.
En varios momentos del relato señala que la situación no era “ideal” o “lo que uno sueña”, y en uno explica un poco más: “imagínate que vos escuchas una familia. Y yo estaba sola”. Surge, en su narrativa, un diálogo con una narrativa normativa de transitar a la adultez: tener hijos en el marco de una pareja consolidada. El incumplimiento con esa narrativa hace surgir un sentimiento de vulnerabilidad. Se observan las intertextualidades afectivas de las narrativas culturales. Beatriz señala sentirse sola en repetidas ocasiones a pesar del apoyo de su familia y de haber vivido varios años con su hermana, porque no era lo ideal.
Por otro lado, la dimensión económica es un factor que potencia esa dimensión afectiva negativa. Beatriz cuenta:
En mi embarazo no tenía ingreso […] sí o sí tenía que conseguirme un trabajo porque tampoco me podían mantener [sus padres] […] estaba desesperada por conseguirme un trabajo […] como que se me vino todo junto y estaba sola. […] Y a los veinte días tuve que salir a trabajar […] Porque yo les decía. Siempre digo lo mismo a todo el mundo. Ay me emociona, perdón [la voz se entrecorta]. Lo peor que fue sacarle la teta a mi hija. Eso fue como, en el sentido que tuve que salir a trabajar para [se interrumpe por sollozos] […] Tampoco lo planteé [pedir la licencia maternal]. Estaba bloqueada. No podía pedirles nada. Hoy en día, después con los años, lo aprendí. Me di cuenta de que a través de la ley podría haberlo pedido. Podría haber sido de otra forma. Pero, en ese momento, me sentía presionada y sentía que no podía pedirle nada a la persona que me estaba dando trabajo. Estaba ciega […] Si bien tenía apoyo [de padres y hermanas] era difícil porque recién había parido una nena, un bebé. Y eso. Era sacarle la teta a mi hija en el período donde más me necesitaba. Fue muy difícil. Ay perdón. [llora] Es que lo sigo contando. Creo que por vida lo voy a seguir contando.
La extensión de la cita se justifica por la necesidad de trasmitir de manera clara cómo Beatriz experimentó, y aún siente con emoción viva, su paso a la maternidad. La dimensión económica implicó para ella un incremento de la sensación de vulnerabilidad y la llevó a sentirse paralizada para exigir los derechos que le correspondían. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el puerperio es el periodo de cuarenta días posterior al parto en el que se viven cambios psicológicos y fisiológicos, el cuerpo se prepara para la lactancia y la mujer requiere de una atención especial (D´Oliveira y Bove, 2019). La ley en Uruguay contempla tres meses de licencia por maternidad, además de facilidades para la lactancia.
Las decisiones que se toman en el marco de un escenario de escasez de recursos no se transforman en la narrativa en decisiones personales. En “proyectos”, sorpresivos, pero rápidamente integrados a la trama personal, como en el caso de Ilana. Se traducen en decisiones vividas como obligadas, difíciles, que no reflejan lo que la narradora quiso que fuera su historia según una narrativa ideal. El doloroso quiebre de que la historia no refleje quién se espera ser y cómo eso puede ser experimentado como una limitación de la agencia, con impotencia.
Esto no quiere decir que la entrevistada no utilice este evento para sostener una imagen positiva de sí misma en la actualidad, y cierra su relato con la frase: “Soy una laburante más. Madre de tiempo completo. Pero no me arrepiento de las etapas que pasé, de todas las cosas que pasé para verme hoy como adulta […] estoy orgullosa de la persona que soy”. Su orgullo surge de ver a su hija, de la vida que logra sostener para las dos, de la autonomía. La percepción de agencia surge de la capacidad de respuesta a lo que no pudo controlar, más que de la percepción de haber tenido control sobre los eventos, como en el caso de Ilana.3 En estos casos, la dimensión económica y laboral trastoca la trama que interpreta la maternidad y su propia identificación con ella, dándole quizá más peso en la identidad personal. Resulta también interesante el sentido que introduce en su construcción identitaria la contraposición de las frases “Soy una laburante más. Madre de tiempo completo” que sugiere una escisión identitaria marcada por una paradoja temporal que introduce el conflicto entre ámbitos.
La última dimensión que tuvo peso en la decisión de maternar o en la proyección de tal decisión (en el caso de las mujeres sin hijos) es la pareja. Es quizá este ámbito el que se presentó de manera más recurrente en las entrevistas y vale la pena explorarlo a detalle. Para sistematizar, se hace hincapié en dos fórmulas en que la pareja se hizo presente en la decisión de tener descendencia.
En primer lugar, en referencia a un curso de vida normativo, la consolidación de la pareja como un paso normativamente anterior a la decisión de tener hijos. Es interesante que, en varias de las entrevistas, se observó la necesidad emergente de posicionarse frente a la posibilidad de tener hijos sin estar en pareja, haciendo referencias a diálogos o experiencias con otras mujeres en sus vidas. Algunas de las narradoras, no la mayoría, señalaron que sería algo que se podrían imaginar haciendo: “si quiero ser madre no necesito porque bancarme a alguien que no quiera estar”. Otras señalaron que no lo harían: “La maternidad nunca fue un eje, viste que hay gente que dice: ´quiero ser madre no me importa si es sola´, y para mí fue una construcción de un deseo con otro”.
Hay un diálogo con la posibilidad de tener hijos sin estar en pareja, lo que supone una ruptura con la narrativa cultural y de curso de vida que hacía hegemónica la ecuación “madre = esposa” y da indicios de un proceso de innovación y sedimentación de las narrativas culturales tendiente a desnormativizar el estar en pareja en la decisión de tener hijos.
No obstante, esto se contradice con la otra forma en que pesa la pareja en la decisión de tener hijos, que es la referencia recurrente a que es una “decisión de pareja”. Al hablar de esto, se acude ampliamente a la primera persona del plural, que en la narrativa transmite una idea de armonía y consenso, a pesar de que en varias historias se hace alusión a tensiones.
En varias narrativas se encuentra que la decisión de tener hijos surge directamente del deseo del cónyuge: “no tenía instinto, cero instinto maternal, nada, cero, no lo tenía tan claro, F. [pareja] sí recontra quería”. Incluso en casos en donde la mujer no tiene hijos, ni está en pareja, se puede ver esta consideración: “hoy en realidad creo que influiría mucho la pareja, si mi pareja tiene un deseo muy importante […] lo repienso, pero si no, no”.
Este cambio de postura en respuesta al deseo de la pareja se hace presente en historias de mujeres que refirieron no haber sido “la niña que juega con muñecas” y no haber deseado tener hijos a lo largo de su vida.
Me sentía bien en pareja y me empecé a dar cuenta de que podía tener las capacidades de cuidar a alguien […] no me sentí más egoísta, porque fíjate [en referencia al inicio de su narrativa] que siempre hablé de yo: yo quiero terminar la carrera, yo quiero trabajar, como que eso se movió, como que me sentí que ¡listo! llegué a lo que quería hacer, dadas las condiciones, y ahí como que me permití no ser tan robot, capaz que es la cosa, me liberé.
Esta narrativa es interesante pues describe las expectativas del mundo laboral como algo que “apresaba” su instinto materno, más adelante reflexiona: “estoy sorprendida porque es verdad eso del instinto, porque me nació”. Reproduce la narrativa cultural sobre el instinto materno y las ideas biologicistas que subyacen la ecuación “mujer = madre” y propone una vía para salvar la ilusión: el deseo estaba escondido por el egoísmo de la construcción de una carrera. Los valores de las expectativas laborales se identifican como egoístas y racionales, algo que te hace un “robot”. Esta contraposición entre la racionalidad (mundo laboral) y la emotividad (esfera privada), que es un binarismo que sostiene la división sexual del trabajo, se vio en otras entrevistas también, por ejemplo: “A su vez que soy re Susanita4, soy re racional. Hay gente que capaz que es mucho más sentimental y lo siente a flor de piel desde que nacen. A mí, me costó [sentir el ´instinto´ maternal e identificarse como madre]”.
Así, una vez que sintió su pareja consolidada, la narradora da cuenta de que le fue posible desprenderse de ese “egoísmo” inicial y se permitió conectar con algo que sintió surgir naturalmente, el deseo de cuidar a otros. En esta narrativa se puede ver cómo se logran reproducir las estructuras de género en medio de las contradicciones que surgen del lugar que ocupa la mujer en la actualidad. Aquí, la reflexividad y la intencionalidad se utilizan con este fin. Incluso, más adelante, señala:
Para mí no es un trabajo, ellas [sus hijas] se ve que las maestras les están metiendo conceptos, [un día] mi esposo se iba a trabajar y la chiquita le dice: “papá, te vas a trabajar y mamá se queda”, y le dijo a la otra: “porque cuidarnos a nosotros también es un trabajo” y yo no lo siento como un trabajo. Hay veces que estás cansado, pero yo no lo siento como un trabajo, es como que se lo merecen, te nace.
Aquí se observa un diálogo con los temas actuales que surgen periódicamente en el debate público, sobre todo alrededor del sistema de cuidado y las políticas vigentes que buscan promover un cambio cultural hacia una mayor corresponsabilidad en los cuidados. Para esta narradora, la cadena de binarismos que sirven de correlato a la división sexual del trabajo implicaría una extrapolación de las relaciones “quid pro quo” que se ejercen en lo laboral a lo familiar:
Tabla 3
| Esfera publica | Esfera privada |
| Masculinizada | Feminizada |
| Racionalidad y egoísmo | Sensibilidad y cuidado |
| Relaciones quid pro quo | Relaciones afectivas |
Recordando la cita de Durán (2000) en la introducción, acerca de los riesgos de pretender cargar con nuevas expectativas a mujeres sin descargarlas de sus funciones tradicionales, parece en este ejemplo que es también riesgoso buscar un cambio sin cuestionar las lógicas relacionales que subyacen a las estructuras simbólicas de la división sexual del trabajo.
Para evitar resistencias, habría también que hacer un esfuerzo de reversión de sentidos, en el que el mundo laboral, el trabajo, no esté revestido por la negación de la interdependencia que nos define como seres humanos y que condiciona la existencia y supervivencia humana. Habría quizá que plantearse también una señalización del carácter generizado de las estructuras imperantes del mundo laboral y la necesidad de introducir el reconocimiento de la interdependencia en espacios laborales donde reina casi incontestado el delirio del ser humano autopoiético.
En la segunda ola del feminismo hubo un fuerte cuestionamiento a la “mística femenina” que rechazaba que la domesticidad fuera la única vía de realización para las mujeres. Los esfuerzos de cambio cultural se han centrado en responder a esto y en la búsqueda por reconocer el trabajo no remunerado, ese continente de esfuerzos y riquezas, como un trabajo gratuito y explotado.
Sin embargo, ha habido un impulso menor para denunciar el carácter generizado del mercado laboral. Moen y Roehling (2005) denominan la “mística de la carrera” a una cierta organización del trabajo remunerado con exigencias de tiempo completo y de dedicación intensiva que responde a las circunstancias del hombre/proveedor. Estas estructuras dan por cubiertas las labores de sostenimiento de la vida. La “mística de la carrera”, como sistema de expectativas sobre lo que significa una carrera “exitosa”, supone un subtexto afectivo, como se observó en la trenza de binarismos tejidos en la narrativa que nos ocupa. Relaciones definidas por el quid pro quo, que omiten la interdependencia humana y sostienen una ilusión de autonomía individual artificial.
Retomando el tema de las parejas, resultó interesante pensar en cómo la construcción del tener hijos como una decisión de pareja se teje en las narrativas con reflexiones sobre las inequidades en la repartición de tareas de cuidados. Así como con el reconocimiento de las mayores desventajas que supone para ellas, como mujeres, en lo laboral y la consciencia de una mayor facilidad de las contrapartes masculinas por desatender o desentenderse de las nuevas responsabilidades que surgen al tener hijos, como se ve en este extracto ilustrativo: “Me parece que las mujeres ponemos tanto en la decisión de tener un hijo que vos tenés que preguntarte siempre, aunque tengas pareja y estés casada y seas la esposa más feliz del mundo, tenés que cuestionarte si vos tendrías ese mismo hijo sola, porque hoy lo tenés con una persona y mañana, no”.
Resultaría interesante explorar en futuras investigaciones cómo las contrapartes masculinas reconstruyen esos hitos en sus vidas, ¿cómo narran los hombres la decisión de ser padres?, ¿pesan en sus historias las construcciones normativas de curso de vida, el deseo de la pareja? Sin duda, se abren interrogaciones para examinar en análisis posteriores.
Otra experiencia que se puede indagar es cómo se reconstruye el no tener hijos. Ninguna entrevistada sin hijos señaló estar cerrada a la posibilidad de tener hijos en un futuro, aunque muestran actitudes de mayor o menor cuestionamiento sobre su deseo. Se expresan preocupaciones sobre el maternar: “estar embarazada ya implica que toda mi vida, todo mi cuerpo, todo mi ser, pase a ser de otra persona prácticamente”. Hay una representación del tener hijos como una pérdida identitaria y material, se enumeran renuncias en términos de comodidad, de desarrollo laboral, de posibilidades de viajar, entre otras. Sobre estas reflexiones repta la sospecha o la preocupación por ser egoísta: “va a sonar un poco egoísta, pero empecé a pensar en lo que yo quiero”. Sería interesante explorar la percepción de egoísmo en relatos de vida tanto de varones como de mujeres.
Discusión final
¿Qué se puede sacar en claro de este recorrido? Antes que nada, la investigación buscó recuperar la complejidad de negociaciones que surgen frente a la aparente vigencia de la maternidad como referente identitario de las personas feminizadas y la adquisición de nuevas expectativas en cuanto a su desempeño en actividades remuneradas. Podemos observar un flujo continuo de innovación, reflexividad e intencionalidad en el uso de las narrativas culturales alrededor de la maternidad, que se tejen y se destejen con nuevas narrativas.
Resultó un hallazgo interesante la especie de “arqueología” del deseo de maternar que se encontró en las narrativas. La recuperación de la infancia en busca de pruebas de un deseo (o ausencia de deseo) “primigenio” con la figura de la niña que juega con muñecas, una figura recurrente, que simboliza quizá el instinto materno. Esta identificación inicial no determina el desarrollo de las narrativas, a veces se utiliza para dar cuenta de la toma de distancia con esas ideas iniciales. En casos en que el deseo derivó en tener hijos, resultó interesante identificar su uso intencional para defender la autenticidad del deseo, lo propio en contraposición a lo impuesto. Esta arqueología del deseo sostiene la unidad identitaria (idem), a pesar de las contradicciones, intermitencias y dudas (ipseidad). Esta figura recurrente (lo real y lo impuesto del deseo) da cuenta de una innovación de la narrativa cultural de la maternidad que busca adecuarla a los mandatos de individualización. Se identifica que la disponibilidad de recursos asociados a la adultez (independencia económica y credenciales educativas, principalmente) parecería ser clave para la negociación de la individualización del deseo de maternar.
Se identificó la difusión de una narrativa de curso de vida normativo o esperado, aunque la enumeración de eventos presenta variaciones. Las narrativas de curso de vida con las que dialogan podrían explicar la recurrente mención de la idea de haber “hecho todo lo que tenía que hacer”. En esos pasos marcados, el evento de tener hijos se presenta como un desenlace, una clausura identitaria. La narrativa normativa de curso de vida se teje con objetivos menos tradicionales. El viajar se presenta como un referente identitario. De manera creciente, dentro de ciertos estratos sociales, la práctica de viajar deviene en un rito de pasaje a la adultez, una forma de posponer otros hitos de adultez. Al tejer este objetivo en la “guía” de eventos esperados se perciben indicios de una innovación que se va sedimentando en las construcciones sociales sobre la adultez.
Se observan evidencias de innovación también en la negociación con la posibilidad de tener hijos sin estar en pareja, que supone una ruptura con la narrativa cultural de curso de vida que hacía hegemónica la ecuación “madre = esposa”.
En términos generales, se identificó que, más allá de las fórmulas: “yo siempre/nunca quise tener hijos” que sostienen la ilusión de una identificación permanente con la maternidad, en las narraciones se presentan idas y vueltas, se describen evaluaciones situadas sobre la idoneidad de ciertos momentos; se exponen ideas contradictorias, dudas y tomas de distancia con esas identificaciones. Nos damos cuenta de que, más que una identificación fija, el deseo de maternar es una orientación que no determina el actuar de las narradoras, ni la trama de sus historias.
En cuanto a la decisión de tener hijos, resulta un aporte de este artículo la reconstrucción, en términos de tejido, de la interpretación que hacen las narradoras de ese momento clave. Los tejidos y sus tramas permiten sentir la textura del deseo (o no) de maternar. En esa fusión de cambio y permanencia, ese deseo que se piensa atemporal se presenta intermitente según las situaciones en las que surgen. Se expresa ambigüedad respecto a la maternidad, satisfacción trenzada a la preocupación por el creciente conocimiento sobre las desventajas que supone en cuanto a las expectativas de desarrollo laboral y económico, y también en cuanto a la repartición inequitativa de responsabilidades entre parejas. Una tensión que queda en evidencia en esta cita de una narradora que desea ser madre: “tenés que ser un poquito anormal para ser madre, no anormal, inconsciente”.
Estas son narrativas fronterizas que se construyen en el territorio negado de la imbricación entre esferas pública y privada. Siguen narrando ahí donde se quedan sin aliento los discursos neoliberales que esperan esconder las huellas de la interdependencia en sus mundos asépticos de individuos aislados en competencia. Estas identidades tropiezan continuamente con las ruinas bien mantenidas de la modernidad de principios de siglo, exigen respuestas y cambios, y se fatigan fabricando soluciones situadas, prácticas y simbólicas en jornadas extenuantes para problemas que conciernen a toda la sociedad, incluso a aquellos que habitan la certidumbre del privilegio.










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