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Sociológica (México)

versión On-line ISSN 2007-8358versión impresa ISSN 0187-0173

Sociológica (Méx.) vol.28 no.80 México sep./dic. 2013

 

Artículos

 

La historiografía de la sociología en México: balances y una propuesta de interpretación desde la historia conceptual

 

Historiography of Sociology in Mexico: Balance Sheets and a Proposal for Interpretation from the Point of View of Conceptual History

 

Laura Angélica Moya López1 y Margarita Olvera Serrano2

 

1 Socióloga mexicana. Profesora-investigadora del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco. Correo electrónico: laml@gmail.com

2 Socióloga mexicana. Profesora-investigadora del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco. Correo electrónico: habril9@prodigy.net.mx

 

Fecha de recepción: 10/08/13
Fecha de aceptación: 21/11/13

 

Resumen

El artículo tiene como objetivo demostrar que la historiografía de la sociología en México acumulada en los últimos ochenta años constituye un patrimonio de conocimiento sobre la experiencia de los antecesores. Mostraremos que este legado historiográfico puede ser analizado bajo nuevas preguntas, a partir de la historia conceptual, y desde esta perspectiva presentamos algunos elementos metodológicos para el análisis conceptual en la sociología, clave en la configuración identitaria de la disciplina.

Palabras clave: historia conceptual, historia de la sociología, espacio de experiencia, horizonte de expectativa, patrimonio de conocimiento.

 

Abstract

The aim of this article is to show that the historiography of sociology in Mexico accumulated over the last 80 years is a legacy of knowledge about the experience of those who came before. The authors show that it can be analyzed by answering new questions using conceptual history. From that perspective, they present methodological elements for the conceptual analysis of sociology, key to the configuration of the discipline’s identity.

Key words: conceptual history, history of sociology, space of experience, horizon of expectation, legacy of knowledge.

 

Introducción

Los antecedentes de la historia efectual3 (Gadamer, 1987: 372) en la escritura de la historia de la sociología en México como disciplina institucionalizada datan de hace casi ochenta años. Dicha historia se ha construido de manera discontinua a partir de las aportaciones que integrantes de distintas generaciones de sociólogos han descrito, con propósitos prácticos y cognitivos diversos, analizado y resignificado la experiencia y los procesos ligados al desarrollo de la sociología como disciplina y profesión. Una mirada retrospectiva que intente hacer contemporáneo ese legado puede percatarse de que la historia de la sociología en México, como campo de investigación, no ha sido un espacio homogéneo, cultivado de forma sostenida, sino generalmente una línea de indagación cuya posibilidad y sentido se derivaron, con mucha frecuencia, de ocasiones conmemorativas de corte institucional, en las que algunos sociólogos sumaron a sus vetas de investigación y/o preocupaciones disciplinarias regulares la reflexión episódica sobre el pasado-presente de esta ciencia en nuestras coordenadas locales. Sólo a partir de los años noventa puede observarse en este campo una producción más o menos sostenida, reconocida institucionalmente, cada vez más especializada y diversificada teórica y procedimentalmente.

Tal conocimiento sobre el pasado disciplinar, acumulado lenta e intermitentemente, ha sido una de las condiciones de posibilidad de la existencia de la investigación empírica de la historia de la sociología en México como un espacio cognitivo por derecho propio. En otros términos: las aportaciones contemporáneas a esta historia efectual forman parte de una cadena intergeneracional de transmisión intelectual que es posible entender a partir de los horizontes hermenéuticos implicados en las tendencias del registro escriturario de aquélla. No sobra señalar que los desplazamientos experimentados por estos horizontes deben comprenderse en íntima relación con las posibilidades teóricas, empíricas y prácticas que a cada generación de interesados en tales cuestiones les ha abierto el tipo específico de tensión entre el espacio de experiencia de los antecesores, las exigencias de sus respectivos presentes y las expectativas de futuro derivadas de ello. En este sentido, el objetivo del presente trabajo es doble: hacer una lectura contemporánea de la historiografía de la sociología en México, orientada a mostrar que el conocimiento acumulado en ella, y la forma como articula un saber sobre distintos estratos de la experiencia acumulada por los antecesores, es un sólido punto de partida para plantear preguntas y registros de investigación más acotados, los cuales pueden ser procesados a partir de la perspectiva de la historia conceptual ligada a Reinhart Koselleck.

En el primer apartado haremos un esbozo panorámico de la historiografía de la sociología en México. El propósito es delimitar las coordenadas espacio-temporales de las escrituras más representativas; identificar los principales puntos de inflexión que es posible observar en ellas y plantear algunos elementos centrales del horizonte hermenéutico desde el cual fueron elaboradas, del tipo de articulación con la experiencia de los antecesores que involucran. Asimismo, se analizarán algunas orientaciones prácticas y conceptuales que las presidieron. Se plantean, además, algunos registros empíricos específicos (todos ellos ligados al problema de la temporalidad histórica) que han acercado a la historiografía de la sociología a la posibilidad de abrirse a la historia conceptual.

En segundo término mostraremos que este campo de investigación, al tener como eje la forma como los conceptos articulan lingüísticamente la experiencia y las expectativas de las comunidades y los grupos, es una herramienta privilegiada para la investigación del pasado-presente de una disciplina que, como la sociología, ha otorgado tanta importancia desde sus etapas fundacionales a la elaboración de lenguajes conceptuales en tanto señales de identidad frente a otras ciencias. Este segundo objetivo de investigación permite plantear nuevas preguntas sobre la historia de la sociología, relativas al procesamiento, moldeo y enunciación de las experiencias generacionales en conceptos. También permite abordar las capas de significado subsumidas en ellos, las re-enunciaciones y los abandonos de ciertos términos, su eventual incorporación al lenguaje ordinario y la forma como las vivencias enmarcadas en la historia social y cultural de una época se acompañan todo el tiempo de la historicidad de sus categorías. Finalmente, realizamos un balance en donde mostramos los puentes que se pueden tender entre la historia conceptual y la investigación de la historia de la sociología en México, y algunos de los retos que se presentan en su escritura.

  

Las tendencias en la escritura de la historia de la sociología en México. Un trazo general

La primera aportación a la escritura de la historia de la sociología como disciplina en México se debe a Lucio Mendieta y Núñez, en 1939. Se trata de una nota que publicó en el primer número de la Revista Mexicana de Sociología (RMS), fundada por él y, en consecuencia, producto de un innegable interés práctico-político más que cognitivo. Para entender esta afirmación basta atender la íntima relación que existe entre el horizonte procesual posrevolucionario y el papel de las incipientes ciencias sociales en los proyectos locales de modernización derivados de él. Mendieta narra desde una posición en el tiempo en la que no existe distancia significativa entre los acontecimientos, la experiencia que refiere y el momento en el que les da forma escrita. En ese año el líder fundador fue nombrado director del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la Universidad Nacional, el cual se había fundado en 1930. Bajo su gestión el Instituto se convirtió en un espacio en el que se realizaron las primeras investigaciones empíricas con las que contó la sociología en México4 (Arguedas y Loyo, 1975). Mendieta y Núñez escribió un breve balance de esta disciplina con una clara orientación de futuro: se posiciona frente a los antecesores reconociendo el legado acumulado y de ahí estructura un plan de desarrollo institucional que pudiese darle a la sociología el estatus de ciencia independiente, capaz de generar saberes empíricos útiles para la sociedad posrevolucionaria. Con ello se convirtió en el líder de una incipiente comunidad de practicantes provenientes del influyente gremio de los abogados. La investigación de los problemas locales; la recepción y unificación de las teorías y métodos procedentes de Estados Unidos y del positivismo francés; la formación de los cuerpos de un conocimiento empírico propio que orientara la política se presentaron como los ejes del horizonte que esbozó Lucio Mendieta para la sociología en México.5 El escrito de 1939 es uno de los primeros eslabones del registro escriturario del recorrido de la sociología en nuestro país y una clara muestra del tipo de experiencias y expectativas que lo nutrieron. Entre ellas destaca la urgencia por realizar el programa social derivado de la Constitución de 1917, por medio de un conocimiento que debería ser aportado por la sociología, junto con la economía y con la antropología.

Otra de las contribuciones importantes al conocimiento del pasado disciplinar apareció en los años cuarenta. Se trata del libro de Alfredo Poviña (1941), Historia de la sociología latinoamericana;6 en esta obra el autor se dio a la tarea de elaborar una presentación general de la recepción de la sociología positivista como el punto de origen del cultivo de la disciplina a escala regional, a partir de la observación y la descripción de la experiencia acumulada en el pasado reciente de América Latina. El valor de la obra radicó en constituir uno de los primeros trazos panorámicos del itinerario inicial de la recepción de las aportaciones de Augusto Comte, por lo que puede entenderse que forma parte de la construcción de un esbozo de tradición sociológica regional identificable con toda claridad e intención con el patrimonio de conocimiento de la sociología francesa positivista.7 En este registro se encuentra también Carlos Echánove Trujillo, autor de La sociología en Hispanoamérica, publicado en 1953. La relevancia de estas obras consiste en que se trata de los dos primeros libros –no ensayos ni notas– que se proponen rastrear la historia de la sociología desde una perspectiva regional, lo cual muestra que los esfuerzos desplegados en México no fueron un caso aislado, sino que formaron parte de una tendencia a nivel latinoamericano.

Mendieta, Echánove y Poviña compartieron, además de su filiación positivista y de responder a intereses práctico-políticos ligados a la modernización, un rasgo muy relevante: fueron productos de una generación ligada a la abogacía, caracterizada por la doble adscripción que representaba ser simultáneamente líderes fundadores, promotores y/o integrantes de las redes internacionales de practicantes de la sociología de esos años, por una parte; y por otra, los encargados de efectuar los primeros balances y registros escriturarios del itinerario de la disciplina. Son, dicho esquemáticamente, líderes relevantes y cuasi observadores, por lo que la estructura 8 narrativa de sus textos involucró una resignificación de las experiencias pasadas y propias, orientadas a justificar su trabajo fundacional y la pertinencia de sus instituciones, prácticas y saberes, más que a analizarlos.9 El horizonte interpretativo de sus escritos es la experiencia del tiempo en la modernidad de los años cuarenta y cincuenta, cuando existió la convicción de que lo que para los países más avanzados era ya experiencia pasada y presente, para los nuestros sería el futuro inmediato. En esta tarea la sociología cobraba un enorme valor discursivo como medio para justificar y acelerar dichos cambios.10

Este periodo inicial de escrituras cierra con un ensayo de Pablo González Casanova de 1966, ya como director del IIS y de la RMS, en el que se deslindó del legado anterior; iniciando así una nueva etapa de la sociología en la que se trazó un horizonte distinto al planteado por Mendieta y Núñez en 1939.11 Como este último, González Casanova también se encontró ante la necesidad, sí cognitiva, pero por otro lado práctico-política, de posicionarse frente a lo hecho por sus antecesores. La principal diferencia entre uno y otro deslinde es que Mendieta reconoció el legado recibido y se identificó con las expectativas del periodo posrevolucionario, mientras que González Casanova asumió que había que partir prácticamente de cero y dejar en definitiva la influencia de los abogados y de la escuela estructural-funcionalista para dar paso a una sociología crítica (Farfán, 1994), la cual pensó tenía el potencial para dar lugar a un saber capaz de orientar la búsqueda de un orden social e institucional más justo, menos inequitativo. Con base en esta convicción procedió a un rediseño del IIS y la RMS.

En los años siguientes no existieron aportaciones significativas a la escritura de la historia de la sociología en México. Dicha ausencia se explica, al menos parcialmente, porque los años sesenta fueron intensos y en ellos la formación académica, las posturas políticas e ideológicas, la gradual introducción de las vertientes marxistas, la presión práctica de las coyunturas, entre otros factores, concentraron la atención de la comunidad de practicantes de la sociología; pero sobre todo por la convicción de que lo construido por los antecesores no tenía significación para las necesidades y requerimientos de ese tiempo: no se reconoció en el pasado disciplinar nada digno de ser estudiado y transmitido. Las conocidas dimensiones ideológicas implicadas en las orientaciones funcionalistas de la sociología practicada por la comunidad encabezada por Lucio Mendieta y su incompatibilidad de fondo con las del discurso de González Casanova condicionaron un periodo de silencio y abandono del interés por el examen del espacio de experiencia que precedió a la generación de sociólogos formados desde la segunda mitad de los años sesenta. En este contexto destaca como una excepción el libro de Moisés González Navarro, Sociología e historia en México (1970), en el que se da a la tarea de analizar el legado de algunos de los antecesores más relevantes del periodo preinstitucional de la sociología, como Barreda, Justo Sierra, Parra, Molina Enríquez, Gamio y Caso. Se trata de un conjunto de ensayos que, a pesar de su brevedad, cumplen con la función de rescatar del olvido a las figuras señeras de la sociología en México, con el fin de dejar abierta la posibilidad de la transmisión de su legado a una nueva generación de sociólogos, historiadores y otros científicos sociales, así como de fijar nuevamente los orígenes de la sociología en el país. Desde nuestro punto de vista, este trabajo inaugura una etapa en la historiografía de la sociología en México, cuya característica principal es que existe una distancia temporal que permite a los estudiosos y observadores la libertad de plantearse diversos recortes, escalas, problemas y preguntas de investigación sin, necesariamente, tomar en cuenta como un primer criterio la presión práctica o institucional que sí tuvieron los primeros escritos a los que nos hemos referido. Esto se explica, al menos en parte, porque la consolidación institucional de la disciplina era, más que un proyecto, una realidad en marcha.

Hacia finales de los años setenta tuvieron lugar los primeros esfuerzos colectivos de reconstrucción de la historia de las ciencias sociales en México, y se atendió el itinerario institucional de la disciplina en los cuarenta años anteriores como un espacio de experiencia significativo (El Colegio de México, 1979). Se inicia un nuevo ciclo con la publicación de Las humanidades en México, libro cuyo capítulo sobre la sociología corrió a cargo de Ledda Arguedas y Aurora Loyo (1975), un año antes de cumplirse veinticinco años de existencia de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales (ENCPyS) de la Universidad Nacional. Las autoras comenzaron la reconstrucción a partir del eje de la institucionalización y de la identificación expresa sobre la carencia de estudios en torno al pasado de esta ciencia en México como un problema sociológico. Se plantearon la necesidad de investigarlo a profundidad y, eventualmente, de elaborar un estudio sobre la experiencia anterior. En esta misma lógica, en 1979, el IIS de la UNAM publicó Sociología y ciencia política en México como resultado de una reflexión condicionada por el ciclo en el que se celebraban los cuarenta años de existencia del IIS. La principal aportación de estas obras radicó en que, a pesar de ser conmemorativas, el análisis –efectuado también por Arguedas y Loyo– articuló tanto el reconocimiento de lo construido como un mínimo de distancia analítica y crítica. El resultado fue un balance que al mismo tiempo era un registro escriturario en el que selectivamente se da cuenta del itinerario y de los principales puntos de inflexión de la sociología en México, esbozando así algunas de las líneas de reconstrucción que se seguirían desde principios de los años noventa: instituciones, debates, desplazamientos y corrientes teóricas, la relación entre el desarrollo disciplinar y las presiones del campo de la política, entre otros temas. Esta etapa se cerró con un número de la revista Estudios Sociológicos de El Colegio de México dedicado a la investigación y la docencia de los primeros diez años del Centro de Estudios Sociológicos (CES). En su colaboración sobre la historia del centro, Claudio Stern (1984) llevó a cabo un recuento de las condiciones12 bajo las cuales surgió este espacio de investigación, sus propósitos, su relevancia para la disciplina y la obra producida hasta ese momento.

Un lustro después –precisamente al cumplirse cincuenta años de la fundación del IIS– la RMS dedicó su primer número de 1989 a la recolocación de su pasado, visto a través de los escritos sobre la teoría y los métodos sociológicos, los indios, América Latina, la demografía, el trabajo, el poder y la ecología. Sara Sefchovich (1989) publicó un largo artículo en el que profundiza en las vetas de investigación esbozadas por Arguedas y Loyo, ofreciendo un panorama denso del pasado disciplinar que se convirtió en un punto de referencia central de las contribuciones posteriores. Los trabajos publicados entre 1975 y 1989 fueron resultado de los esfuerzos de una generación de investigadores formados en un contexto intelectual de mayor complejidad y diversificación teórica, de consolidación institucional de la sociología y de reducción de las presiones extradisciplinarias. Ellos tuvieron condiciones para abordar el pasado disciplinar con herramientas conceptuales más refinadas y con cierta distancia crítica, sin disolver por ello los legados recibidos.

Ya en los años noventa se publicó un conjunto amplio de trabajos que ha sido el punto de partida de una historiografía de la historia de la disciplina en México, que se caracteriza por ser producto ya no sólo de individuos sino de seminarios y proyectos de investigación específicos en los que participaron distintas instituciones a iniciativa de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Muchos de los recortes y escalas de observación de estas publicaciones estuvieron influenciados por el ascenso de la filosofía pospositivista de la ciencia y fueron posibles en un horizonte disciplinar caracterizado por la diversificación teórica y la especialización. Se indagó sobre la recepción de los clásicos, los procesos de institucionalización, la crisis de paradigmas, las perspectivas y el estado de la investigación sociológica, la metateoría y su utilidad para la investigación de la historia de la sociología a escala local, la sociología contemporánea en México, las revistas especializadas, los temas y los conceptos, las tradiciones y las comunidades intelectuales, entre las líneas de investigación más importantes (Castañeda, 1990; Leal y Fernández, 1994; Andrade, Giménez et al., 1995; Andrade, 1998; Moya, 2003; Castañeda, 2004; Olvera, 2004; Andrade y Camero, 2008). Se estudió aquí la historia de la disciplina en México más allá de las coyunturas conmemorativas13 (Minello, 1993), es decir, como vetas de investigación reconocidas institucionalmente que han derivado –de forma irregular pero sostenida en el tiempo– en la publicación de trabajos que profundizan el análisis del pasado-presente de la sociología. Visto diacrónicamente, este conjunto de aportaciones ha sido posible contra el fondo de una base de escritos comunes generada desde los años treinta en una cadena intergeneracional que permite plantear nuevas preguntas, identificar problemas empíricos, ahondar en determinados registros y la apertura a nuevas orientaciones.

En tal sentido, en los últimos diez años ha surgido otra orientación en este campo, que se desprende tanto de la experiencia acumulada como de un desplazamiento de los horizontes intelectuales de las comunidades de conocimiento a niveles global y local. Dicho desplazamiento está atravesado por la profundización de los procesos de especialización de la investigación, por la variedad de las perspectivas posibles para seleccionar escalas de observación, el incremento de los intercambios cognitivos entre disciplinas, así como por una experiencia de la temporalidad histórica en la que la distancia entre el pasado y el futuro se acrecienta por la aceleración de los cambios, dificultando así la orientación de las acciones y los proyectos en el presente. Ante este escenario, se han sumado a las perspectivas de análisis acumuladas en la escritura de la historia de la sociología en México otras que entrecruzan los insumos de la historia y de la historiografía, particularmente en lo relativo a la historia y el cambio conceptuales14 (Zabludovsky, 2003 y 2007; Moya, 2012; Olvera, 2013). Nos interesa tematizar aquí la perspectiva de la historia conceptual y algunos de los elementos de teoría de la historia que le subyacen, particularmente porque permiten ver en el conocimiento sobre el pasado disciplinar local otras dimensiones e identificar en su universo escriturario preguntas de corte teórico y empírico que no están tematizadas en él, tales como los olvidos, las interrupciones en las cadenas de transmisión intergeneracional, la hermenéutica de la recepción, las narrativas de logro implicadas en la rememoración biográfica e institucional, entre otras cuestiones centrales.

La apertura a estas orientaciones se ha decantado en el trato rutinario con la base empírica utilizada en la escritura de la historia de la sociología y ha implicado una recolocación de la experiencia acumulada por la cadena de los antecesores, los contemporáneos y los sucesores en este campo, a la luz de nuevos registros de observación. Su revisión y las narraciones elaboradas han permitido la identificación de cuatro áreas problemáticas: 1) las periodizaciones que se utilizan para demarcar y fijar las diversas etapas de la historia de la sociología, así como los criterios que median en la delimitación temporal y la fijación de los orígenes; 2) los signos de la experiencia pasada contenidos en la materialidad de las fuentes (libros, revistas, notas, listas bibliográficas, reseñas, documentos, cartas, etcétera); 3) el trato con las rememoraciones orales de integrantes de las primeras generaciones de sociólogos profesionales y su tendencia a lo que podríamos llamar "mejorar el pasado", así como las recolocaciones contenidas en las publicaciones conmemorativas de orden institucional; y 4) el uso recurrente de lo que podríamos llamar hiperconceptos determinados en ciertas etapas del desarrollo de la disciplina en México, seguido de su sustitución por otros, generalmente sin discusión o análisis de por medio. Enseguida reseñamos sucintamente la relevancia que estas cuestiones tienen para la investigación de la historia de la sociología y por qué su procesamiento implica la combinación de sus acervos de conocimiento con los provenientes de la historia, la teoría de la historia y la historiografía. Específicamente nos referimos a la perspectiva de la historia conceptual y al potencial que contiene para la investigación de las dimensiones señaladas, bajo el entendido de que en este trabajo centraremos nuestra atención en la cuarta área.

En cuanto a las periodizaciones, el problema empírico observado ha sido cómo efectuar el establecimiento de las coordenadas espacio-temporales de la investigación en un horizonte pospositivista en el que ya no son admisibles los supuestos de que hay un ordenamiento de los acontecimientos en sí mismos, y que, por lo tanto, su secuencia es fijada linealmente a partir del tiempo objetivo de los calendarios. En este sentido, comúnmente se asume que existe un contexto como algo externo a la experiencia y a los acontecimientos pasados. La teoría de la historia y de la historiografía posibilitan el entendimiento de que la periodización no es un dato, ni parte del contexto, sino una operación del investigador efectuada en función de preguntas e intereses de investigación que se articulan en un espacio de tensión entre el presente, el pasado y el futuro. Asimismo, se comprende que el contexto no es un conjunto de datos duros sino una construcción intelectual que, sin embargo, se mueve dentro de los límites de lo que la base empírica permite decir del pasado.15 En otras palabras: el contexto no son los antecedentes del objeto, ni su época, ni el conjunto de los procesos sociohistóricos ligados a él, sino una elaboración intelectual orientada a explicar y comprender la intersubjetividad que a lo largo del tiempo entrelaza a los antecesores, los contemporáneos y los sucesores, partiendo de preguntas significativas para el presente. La periodización es una operación de segundo orden efectuada en función de preguntas de investigación.

El segundo campo problemático observado fue el de la temporalidad histórica. En la base empírica de la investigación del pasado disciplinar es frecuente encontrar materiales que, tras periodos de lecturas recurrentes, muestran décadas sin haber sido leídos; otros que no tienen un solo sello bibliotecario; algunos más registrados bibliográficamente que están perdidos; programas y planes de estudios que por testimonio oral sabemos que fueron físicamente desechados; documentos y archivos pendientes de clasificación; etcétera. Es posible ver aquí señales del olvido, del uso de teorías y conceptos que más tarde se abandonan, de ausencias de transmisión, de arcos temporales amplios en los que los legados textuales de la disciplina han carecido de recepción efectiva, vacíos y otros problemas relevantes.

El tercer plano problemático es el de las rememoraciones biográficas e institucionales. Los escritos y los testimonios orales relativos al pasado disciplinar tienen en común que involucran una narrativa que encadena pasado, presente y futuro de forma tal que el recuerdo personal mejora lo ocurrido y le imprime un telos, una coherencia y un tipo de unicidad que produce un efecto de sentido específico: pareciera que no hay tensión entre la experiencia pasada y las expectativas de futuro que presidieron sus proyectos y acciones en sus presentes respectivos y los efectos a los que dieron lugar. En la historiografía de la sociología en México no existe un examen del valor cognitivo del testimonio biográfico, ni una ponderación de la inmunidad epistemológica que implícitamente reclaman los recuerdos personales.16

Las memorias institucionales comparten con las biográficas la pretensión de ser el registro de lo que en verdad sucedió y se realizan, generalmente, bajo la modalidad de la conmemoración de determinadas fechas, consideradas como hitos en los que tiene lugar la introducción de innovaciones cruciales para las comunidades involucradas. En ellas se actualiza y reconoce la experiencia pasada, se racionalizan las iniciativas del presente y se delinean las expectativas del futuro para las generaciones contemporáneas y por venir, legitimando así los esfuerzos diacrónicos de las instituciones sociológicas.

La cuarta dimensión problemática identificada en el análisis de las fuentes, a la luz de la historiografía y la teoría de la historia, es de particular importancia. Un periodo que abarca cinco o seis décadas permite observar el uso recurrente de determinados conceptos en ciertas etapas del desarrollo de la sociología, seguido de abandonos, cambios, olvidos y sustituciones que han dado lugar a nuevas orientaciones, discursos, prácticas, proyectos y expectativas que es necesario desentrañar para explicar y comprender el pasado de la disciplina, así como para descifrar la forma como en estos giros han podido observarse distintas experiencias y acontecimientos histórico-sociales con sus respectivos ordenamientos lingüísticos. Los casos más notorios son los de conceptos como raza, nación, patria, progreso, modernización, agrupamiento social; desarrollo, cambio social, estructura social; imperialismo, colonialismo, clase social, explotación, liberación, centro-periferia, dependencia; crisis, democracia, movimientos sociales, pluralismo, sujeto, acción, modernidad, posmodernidad, marginalidad, identidades, etcétera.17

Como ya se señaló, el procesamiento de las dimensiones mencionadas implica problemas tanto procedimentales como teóricos que hacen pertinente la vinculación de los acervos de conocimiento de la sociología con los de la historia, la historiografía y la teoría de la historia, con el fin de aportar un saber sobre el pasado de nuestra ciencia que integre el conocimiento de la experiencia, la interpretación y un mínimo de capacidad de orientación (Rüsen, 2000). En este sentido la historia conceptual abona a la investigación de algunos de estos problemas, en particular los referidos a los patrimonios de conceptos que se transmiten generacionalmente y que son el eje de de la identidad de la sociología.

 

El modelo de historia conceptual de Reinhart Koselleck 

Heredera de una larga tradición historiográfica, la historia conceptual surge como un campo de investigación en 1967, cuando en Alemania se revivió la tradición sobre el estudio de la historia de las ideas, entonces encabezada por Erich Rothacker, Hans Georg Gadamer y Joachim Ritter, en las páginas de Archiv fur Begriffsgerschichte. La historia conceptual, a pesar de tener claras conexiones con la historia de las ideas, con la historia de la filosofía y con el pensamiento político y social, ha planteado problemas y métodos distintivos, que pueden aportar nuevas perspectivas para la escritura de historias de la sociología, y en particular de sus conceptos fundamentales.18 La historia conceptual surgió a partir del estudio que historiadores alemanes especializados en la época medieval realizaron en su crítica de fuentes textuales, en aras por recuperar los conceptos originales de esa época, su secuencia temporal y los significados perdidos. Estos autores, cercanos en varios sentidos a la perspectiva contextualista, se preocuparon por recuperar los usos lingüísticos de épocas específicas y las prácticas sociales que los acompañaban, frente a las distorsiones producidas por la aplicación de categorías ajenas a las coordenadas espacio-temporales.19 Sin embargo, tal vertiente historiográfica se distanció de la comprensión del contexto, largamente perdurable en las ciencias sociales y la historia. Nos referimos a aquellas interpretaciones en las que el contexto es considerado como algo externo al actor, dado a priori, siendo el concepto su expresión más visible e incluso su simple reflejo (White, 1999). El contextualismo en este sentido produce, en consecuencia, una representación realista, factual, del entorno o del pasado, bajo el efecto mímesis, como si los conceptos fueran sólo palabras.20

Distante de esta modalidad de la construcción de la explicación histórica, la historia conceptual retomó algunos elementos del contextualismo radical de la Escuela de Cambridge; por ejemplo, la relevancia, la semántica histórica y la filosofía del lenguaje. Quentin Skinner señaló que para comprender en términos históricos un acto de habla –un texto o un concepto–, no era suficiente entender lo que él mismo afirmaba (su sentido locutivo, lo que se dice), sino que era necesario situar su contenido proposicional en la trama de las relaciones lingüísticas en las que se ubicaba, y su fuerza ilocutiva; es decir, qué hacía este concepto al afirmar lo que decía, en el momento en que lo hizo. Eso significa –según Skinner– que es indispensable comprender al contexto en sí, como una condición semántica de producción de un texto dado, y evitar las proyecciones anacrónicas del presente sobre el pasado (Dosee, 2002). Frente al predominio de la Escuela de Cambridge, la historia conceptual fue definida bajo un orden de problemas que dejó de reducir la historia real a la historia del lenguaje, a pesar de la importancia que sus autores más distintivos le reconocen a esta última.

Los editores de Basic Concepts in History, entre los que figuran Otto Brunner, Werner Conze y, en particular, Reinhart Koselleck, desarrollaron una historia conceptual que puso énfasis en la investigación de los conceptos políticos y sociales de la Europa de habla germana, entre 1750 y 1850 (Palti, 2002: 24). Rechazaron cualquier reduccionismo en la relación entre los conceptos y las estructuras, propia de la historiografía alemana anterior a 1945, y optaron por una relación compleja y de tensión entre ambas (Richter,1986). En los ocho volúmenes de Basic Concepts in History, a lo largo de más de 6,700 páginas y de más de 20 años de profusa investigación, se analizaron diversos tipos de categorías.21 Este enorme proyecto, que reunió a una gran variedad de autores, se vio acompañado por la publicación en 1967 de un texto seminal de Koselleck, quien incluyó en el Archivo para una historia conceptual el ensayo titulado "Líneas directrices para el léxico de conceptos político sociales de la época moderna". El Diccionario y este artículo tuvieron como su hipótesis más importante considerar que los conceptos políticos y sociales de la lengua germana se transformaron durante el periodo que Koselleck llama "Satterlzeit", entre 1750 y 1850. La investigación desde la historia conceptual permitía realizar el seguimiento del advenimiento, la percepción y los efectos de la modernidad en la Europa de habla alemana (Koselleck: 2011: 9-10).

La modernidad en Alemania comprendida en este periodo había sido una época de tránsito entre la organización social tradicional y la emergente, lo cual suponía una experiencia del tiempo distinta e implicaba otra forma de enlazar pasado, presente y futuro. En esta etapa habían surgido novedosas referencias o contenidos para palabras antiguas y nuevas denominaciones mediadas por las expectativas (inciertas) sobre el futuro. Para Koselleck, una de las características fundamentales de la modernidad radicó en concebirla como un tiempo nuevo a partir de que las expectativas se alejaron cada vez más de las experiencias acumuladas. La contrapartida de este escenario fue la correspondencia que en las sociedades tradicionales existía entre el espacio de experiencia y el horizonte de expectativas, lo que significaba que el futuro era prácticamente deducible a partir del pasado. De esta forma, las experiencias de las generaciones precedentes nutrían las expectativas de las siguientes, y el futuro se encontraba anclado en el pasado. En la modernidad, la idea de progreso logró disociar estos horizontes temporales, generando con ello una reducción del potencial orientador de la experiencia anterior para la formulación de iniciativas, proyectos y expectativas en las nuevas coordenadas. Las categorías antropológicas de espacio de experiencia y horizonte de expectativas se convirtieron en uno de los recursos más útiles para explicar la historicidad de los conceptos y los sustratos de experiencia de la temporalidad que les subyacen.

La elaboración del Diccionario consistió en una amplia investigación que registró cómo con el advenimiento de la modernidad se formularon conceptos que encerraban un menor contenido experiencial 22 y se privilegió la dimensión del futuro esperanzador. Este fue el caso de diversas categorías colectivas y de movimiento para activar y organizar a las masas, como lo fueron el liberalismo, el socialismo y el conservadurismo.23 En síntesis, Koselleck denominó historia conceptual a la articulación del método especializado de la crítica de fuentes que encierran términos sociales y políticamente relevantes, el cual requiere de la clarificación histórica de los conceptos. Se trata de analizar algunos conceptos sociológicos desde la metodología de la historia conceptual, en el entendido de que se escribe historia y no una sociología del conocimiento; es decir, se narra con base en una teoría de la temporalidad histórica que no reduce la explicación ni a la lingüística, ni al reduccionismo contextualista. El método histórico crítico fundamental para la escritura de la historia conceptual, permite analizar el conjunto de experiencias que fueron registradas a través de conceptos y que a su vez contribuyeron a enunciar y moldear en su momento estas experiencias. A ello se refiere Koselleck cuando señala que los conceptos son índices y factores de la experiencia histórico-social.

La historia conceptual, entendida así, es un tipo de escritura de la historia en el que si bien logra establecerse una distinción entre conceptos y palabras, tiene como punto de partida el amplio rango de significados que estas últimas contienen, hasta convertirse en condensaciones de experiencia acumuladas, teorías y corrientes de pensamiento que concentran estratos diferenciados de temporalidades históricas y cuyo signo distintivo, a diferencia de las palabras, es justamente su ambigüedad. Mientras que el significado de las palabras está íntimamente ligado al contexto en el que se gestan, la especificidad de los conceptos es que son ambiguos y pueden estar sujetos en el largo plazo a su re-significación.

Se analizan conceptos básicos, no entendidos como key words, sino como categorías ampliamente compartidas que articularon e hicieron comprensibles las experiencias de actores sociales de muy diverso signo. Fue además la propia naturaleza de las fuentes consultadas la que permitió a la historia conceptual identificar con toda claridad qué categorías estaban sujetas a ser analizadas, en su calidad de conceptos. Tales fuentes eran de tres tipos: obras de autores representativos o "clásicos" entre 1750 y 1850, ya fueran abogados, filósofos, historiadores, teólogos, poetas o filósofos políticos; materiales claramente vinculados a la vida cotidiana, como los diarios, las cartas y algunas otras fuentes secundarias; y, por último, diccionarios, léxicos, enciclopedias. Este tipo de textos son el registro de la autocomprensión de una generación particular, realizado en primer término por académicos, luego por un tipo de lector intencionado en un lenguaje disciplinar especializado y, finalmente, por un público mucho más amplio. El trabajo consistía en observar la formación de los conceptos y su impacto, así como la retroalimentación o la ausencia de vasos comunicantes entre estos registros (Koselleck, 2012: 22-24.). La historia conceptual permitió analizar también los propósitos con los que un concepto había sido usado: ¿el hablante se incluía o se excluía al utilizarlo?; ¿hacia quién o quiénes estaba dirigido?; y ligado a ello, ¿cómo identificar su contraconcepto?; ¿qué terminología fue de uso exclusivo de un estrato social específico?, por ejemplo, la correspondiente a los miembros de un Estado, clase social, de ciertas sociedades, iglesias, sectas, etcétera; ¿cómo "migraban" en su caso los conceptos y se democratizaban, politizaban, y se convertían en el lenguaje de un proyecto o una ideología? La modalidad de investigación histórica propuesta por la historia conceptual requiere, en consecuencia, un tratamiento de tipo diacrónico que permita realizar el registro y que traduzca cómo las categorías y sus significados se remueven de sus contextos originales; se recolocan en periodos sucesivos con nuevas capas de experiencia de la temporalidad histórica y de contenidos epocales; cómo en su caso estas capas se mantienen neutras, conservando en buena medida su significado original, independientemente del contexto, o bien, se desvanecen y caen en desuso (Koselleck: 2012: 16-17.). La dimensión diacrónica que articula la historia social y el lenguaje muestra la persistencia social y la acumulación de nuevas capas de sentido en la larga duración. Sólo así puede conocerse la disparidad entre los recuentos cronológicos de significados y descubrimientos más sistemáticos que son el eje articulador de la historia conceptual24

En este sentido es posible afirmar que los volúmenes reunidos en Basic Concepts in History. A Dictionary on Historical Principles of Political and Social Language in Germany, contienen también una perspectiva sincrónica, pero no son una historia del lenguaje como parte de la historia social, sino el estudio de textos y conceptos que forman parte de la comunidad lingüística en la que se inscriben. En este sentido, Koselleck propuso analizar la situación del autor, los destinatarios de los textos y los conceptos; sus circunstancias históricas y políticas; así como los usos lingüísticos del autor, de sus contemporáneos y de la generación que le precedió. Sus métodos provienen de la historia de la terminología filosófica, de la filología histórica, de la semasiología (diversos significantes para un concepto dado), y de la onomasiología (diferentes formas de nombrar el mismo fenómeno). Es un tipo de escritura histórica que pretende indagar cómo se forman los conceptos, su empleo y sus cambios. Profundamente vinculada a la historia social, articula todo el tiempo una dimensión de carácter sincrónico y, en particular, diacrónico, que posibilita rastrear la concentración de significados, las acumulaciones de sentido, las re-enunciaciones, los anacronismos y el surgimiento de neologismos en procesos históricos de larga duración.25

En la escritura de la historia conceptual también propuso un tipo de observación de segundo orden, pues su objetivo consistía en analizar los cambios y las estructuras de repetición en el significado de los conceptos y su capacidad de enunciación, en el entendido de que toda transformación conceptual ocurre teniendo como trasfondo estructuras de repetición socio-históricas sin las cuales el cambio mismo sería imposible.26 Su campo de conocimiento no es el de los acontecimientos históricos como procesos únicos e irrepetibles, sino el de los procesos de enunciación de los mismos y la tensión, en el largo plazo, entre los estratos de significado acumulados y los cambios que los conceptos sufren. Por su parte, Koselleck propuso asumir que los conceptos no sólo registran ciertos procesos o conductas constantes en la realidad histórico-social, sino que también le dan forma a las persistentes transformaciones económico-sociales y políticas. De ahí que los conceptos sean a la vez considerados como causas y efectos de dichos procesos.

La vinculación entre historia social e historia conceptual, permite ubicar otros dos elementos que pueden resultar fructíferos para el rastreo histórico de los cambios conceptuales en la sociología: la distinción entre las palabras y los conceptos, y la comprensión de la experiencia de la temporalidad histórica, concebidos como el ámbito en el que hunden sus raíces los estratos de significado de los conceptos. Koselleck estableció una clara distinción entre las palabras y los conceptos que parece evidente, pero que no lo es. Si bien ambos pueden tener diversos significados, el de una palabra corresponde al contexto o situación a la que alude, mientras que los conceptos son profundamente ambiguos. Una palabra se convierte en concepto en el momento en que logra aglutinar la pluralidad de experiencias históricas y diversos estratos de significado, tanto teóricos como históricos. El concepto no sólo las define y estructura sino que incluye su más amplia variedad semántica. Los conceptos son concentrados de numerosos contenidos significativos que se adhieren a la palabra, procediendo de una realidad histórica que no es sólo la del contexto inmediato. Mientras que los significados de las palabras pueden ser establecidos con exactitud mediante definiciones, los conceptos sólo pueden ser interpretados, pues van más allá de sus funciones denotativas. En consecuencia, los conceptos son ambiguos y encierran una multiplicidad de significados, lo que implica la posibilidad siempre abierta para que las palabras se conviertan en conceptos. Sin embargo, dado que el concepto no es sólo indicador sino factor de la experiencia, y no necesariamente queda absorbido totalmente por las situaciones en las que se gesta o resignifica, puede también incluir excedentes de significado que no necesariamente evocan literalmente a las circunstancias (Koselleck, 2012).

El planteamiento anterior permite abordar, así sea de forma sucinta, la tensión constante entre concepto y realidad; proyecto y resultados; experiencia del pasado y horizonte futuro. Puede ser mejor comprendido si recordamos que para Koselleck en estos desfases caben cuatro formas posibles de relación entre el concepto y la situación histórica: ambos pueden mantener cierta correspondencia; en segundo término, puede darse el caso en que ambos se transformen simultáneamente; en tercer lugar, los conceptos cambian pero no la realidad histórica, de tal forma que ésta resulta conceptuada de una forma nueva; y finalmente, la realidad cambia, mientras que los conceptos permanecen estables sin capturar una nueva experiencia. Los dos últimos casos son representativos de una falta de sincronicidad entre lenguaje y realidad, entre conceptos e historia; un desfase notorio entre ambos. Si los conceptos y la realidad cambian a velocidades distintas –afirma Koselleck–, a veces es la conceptualización (conceptuación) de la realidad la que va por delante de ésta y en otras ocasiones es la realidad la que va delante de la conceptualización.

 

Conclusión

¿Qué puede aportar la historia conceptual a la investigación de la historia de la sociología? La historia conceptual es un método y un campo de investigación histórica que permite indagar cómo se producen en la sociología las transformaciones en los significados de ciertos términos a lo largo del tiempo, así como su dimensión semántica en los contextos socio-históricos en los que se gestan. Rastrea los procesos de re-enunciación de conceptos, en un sentido diacrónico, y demarca la experiencia de la temporalidad histórica que les subyace. También permite explicar su alcance social y tematiza la capacidad de enunciación de la experiencia, las expectativas y la vinculación de los grupos sociales. Es decir, analiza el cambio estructural del cual el concepto es no sólo un indicador sino un factor en su configuración. En el campo de la historia de la sociología, la historia conceptual impide cualquier reduccionismo entre un concepto y su contexto, o bien, entre aquél y su expresión lingüística. En este sentido, la historia conceptual permite a la historia de la sociología comprender que si bien el discurso hablado o el texto escrito y el suceso que tiene lugar no pueden separarse in acto y sólo pueden diferenciarse analíticamente, el acto (acontecimiento, experiencia, proceso) sólo puede ser expresado lingüísticamente. La razón es que sólo experimentamos lo acontecido oralmente mediante un texto, de ahí que el lenguaje sea un factor primario para el recuerdo y su re-enunciación. Son justamente estos desfases los que permiten indagar sobre las experiencias enunciadas, y en este caso la forma en que los conceptos sociológicos las han moldeado y enunciado.

La historia conceptual posibilita en la historia de la sociología una escritura sincrónica y diacrónica de sus categorías en distintas etapas de su itinerario como disciplina, permitiéndole diferenciar las capas de significado y los estratos de tiempo subsumidos en un solo término; por ejemplo, Estado, progreso, desarrollo, modernización, crisis, sociedad, globalización, como categorías cruciales en la perspectiva sociológica mexicana del siglo XX y lo que va del XXI. Asimismo, ofrece elementos para rastrear cómo el uso de determinadas categorías orientó iniciativas, proyectos, prácticas, el establecimiento de límites normativos e identidades, expectativas institucionales y algunos de sus efectos a lo largo del tiempo. La historia conceptual trabaja con textos y en esa medida es un análisis postevento ya enunciado o repetidamente expuesto en diferentes momentos históricos. La historia de la sociología muestra que las estructuras de repetición de los conceptos y la historia social no cambian al mismo tiempo. Esta perspectiva le permite apreciar a los sociólogos que los conceptos que articulan sus investigaciones no sólo son acumulaciones de experiencia, sino que pueden anticipar contenidos y excedentes de significado todavía por realizar en el futuro. La comprensión de estos desfases temporales constituirán el corazón del análisis de la conceptuación sociológica y de sus cambios, como sucedió con los conceptos de movimiento e innovación del siglo XIX propios de las grandes ideologías políticas: el liberalismo, el socialismo y el anarquismo, entre otros. En consecuencia, la historia conceptual posibilita la revisión de las fuentes para la investigación de la historia disciplinar bajo otras coordenadas de lectura, las cuales suponen no sólo estos desfases entre conceptos y realidad, sino otros relativos a los flujos y migraciones de los términos en escenarios sociales de diverso signo: los de la opinión pública en la vida ordinaria; la de los mismos conceptos en el mundo especializado, fragmentado y diferenciado de los expertos; y los propios de las obras dominantes de una época.

Por otra parte, la historia conceptual plantea para la historia de la sociología cómo las experiencias históricas (de esperanza; de frustración de proyectos; de sufrimiento; en épocas de estabilidad o conflicto en instituciones o grupos de interés; en proyectos fallidos o ampliamente orientados a la transformación en el futuro) forman parte del lenguaje vivo de una época sólo después de que han sido elaborados en conceptos. De ahí que para la historia conceptual la conciencia de la temporalidad histórica y el conocimiento sean expresables en el lenguaje de los conceptos, como afirmó Koselleck. Sin estos últimos no pueden existir ni la experiencia ni el conocimiento históricos (Koselleck 2011: 30).

Las coordenadas intelectuales presentadas hasta aquí permiten comprender que la historia conceptual le aporta a la escritura de una historia de la sociología una teoría de la historia que abre el paso al análisis de la experiencia de la temporalidad histórica. Ésta no sólo se refiere a la secuencia cronológica de las transformaciones de un concepto en su contenido semántico a lo largo del tiempo, sino también a la comprensión de un concepto a partir de su historicidad. Bajo este término, Koselleck articuló dos categorías antropológicas que permiten analizar cómo a todo concepto le subyacen estratos no sólo de significados sino de temporalidades que se expresan como espacio de experiencia y horizonte de expectativas. El primero se refiere a la forma en que todo ser humano, o comunidad, expresa su vivencia de la temporalidad en los conceptos y cómo éstos se traducen en formas particulares de recordar el pasado, sus legados y sus experiencias, resignificados en el presente. La categoría de espacio de experiencia permite mostrar, además, patrones de repetición y recurrencia en la experiencia y su enunciación. Estas categorías posibilitan una clara diferenciación conceptual, así como en función del tipo de experiencia de la temporalidad a la que se refieran. El horizonte de expectativas alude al conjunto de posibilidades, proyectos abiertos a un tiempo por venir y que orientan las reflexiones de los actores sociales en su presente histórico. La historicidad de los conceptos hace referencia a la tensión entre los horizontes temporales en el momento en que un término es analizado. Lo anterior puede llevar al análisis de la perdurabilidad del significado de un término, o bien, a su escasa modificación, lo que se traduce en conceptos de registro de experiencias.

Por otra parte, aquellos conceptos de movimiento que prevalecieron en la primera modernidad y en los que dominó el horizonte de expectativas compensaban la deficiencia de experiencia mediante el planteamiento de una agenda abierta al futuro y con un contenido normativo deseable. Éste fue el caso de conceptos como el de Estado, que encerró tanto componentes de acción como de esperanza. Se trata de conceptos generadores de experiencias, dadas sus pretensiones normativas, con objetivos morales y jurídicos que sólo se cumplirían en el futuro. Algo semejante ocurrió en el campo de la sociología en México en distintas etapas de su desarrollo; por ejemplo, con los conceptos de "modernización" y "desarrollo" entre los años cuarenta y sesenta.

Comprender la experiencia de la temporalidad histórica permite analizar, finalmente, una tercera modalidad de conceptos, los de expectativa, que suponen además innovación, con un fuerte potencial de movimiento y de modificación temporal con independencia del contenido de la realidad (Koselleck, 2012: 37). Estos aspectos de la teoría de la historia y la historia conceptual permiten advertir en la sociología que toda escritura de su historia implica la construcción de una narración que no se traduce en una reconstrucción cronológica de semántica histórica, sino en la formulación de un relato que siempre se escribe en el presente, bajo un régimen de historicidad específico, donde lo que verdaderamente se entreteje, además de los significados, son experiencias diversas sobre nuestra vivencia presente del tiempo histórico, el de las generaciones pasadas y una concepción abierta o estrecha sobre el futuro.

Podemos afirmar que la historia conceptual abre un campo de investigación sobre la autocomprensión de las generaciones, las experiencias vividas, enunciadas, moldeadas en sus contextos, y transmitidas o no a lo largo de los años. Permite, en otras palabras, observar las interrupciones, migraciones y los flujos de los conceptos entre estratos y escenarios sociales y las consecuentes resignificaciones que dan forma lingüística a esa experiencia.

 

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Notas

3 Nos referimos con este término, acuñado por Hans G. Gadamer, a la conciencia de la posición hermenéutica del intérprete frente a lo interpretado. Esta conciencia supone coordenadas espacio-temporales que delimitan las posibilidades de ver. A la noción le es inherente la de horizonte, entendido como "el ángulo de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde determinado punto" (Gadamer, 1987: 372). En el campo de un universo textual historiográfico la historia efectual designa también los diversos estratos de conocimiento acumulados a lo largo del tiempo en una cadena que articula recepciones, lecturas, escrituras, recolocaciones, omisiones, rechazos, así como el campo de tensión entre distintos tiempos, espacios, actores y proyectos.

4 Como fue señalado desde 1975 por Ledda Arguedas y Aurora Loyo, el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional no contó, en sus primeros nueve años, con condiciones para funcionar como un real espacio de investigación (Arguedas y Loyo, 1975).

5 Casi diez años después, con motivo de la publicación del volumen XV de la Revista Mexicana de Sociología, Mendieta publicó un escrito en el que evaluó los avances de este proyecto (Mendieta, 1947). A él se sumarían muchos otros en los años posteriores, entre los que destacan los publicados en 1955 y 1965.

6 Editado por El Colegio de México, con prólogo de José Medina Echavarría.

7 En el espacio dedicado a México centra su atención precisamente en las contribuciones de los personajes que se dieron a la tarea de hacer una recepción y/o crítica sistemática del positivismo en México, como Barreda, Parra, Aragón, Chávez y Antonio Caso, hasta llegar a los aportes que desde la cátedra hacían en ese momento Mendieta y Núñez, Medina Echavarría y Recaséns Siches, entre otros.

8 Estos escritos no fueron los únicos dedicados al tema durante esos años. Autores extranjeros relevantes publicaron ensayos sobre la sociología en México; sin embargo, se trata de descripciones sumarias que reiteran lo planteado por Mendieta, Echánove y Poviña.

9 Esta doble posición condiciona también el último escrito de Lucio Mendieta sobre la historia de la sociología en México. A pesar de haber sido publicado a mediados de los años sesenta, muestra estas marcas e incluso las profundiza, puesto que fue elaborado como un balance institucional y, al mismo tiempo, como la narración retroactiva de una trayectoria intelectual de cinco lustros que llegaba a su fin, poco antes de ser sustituido por Pablo González Casanova en la dirección del IIS y de la Revista Mexicana de Sociología (RMS) (Mendieta, 1965).

10 Un elemento central para tal propósito fue la lenta adquisición de un primer lenguaje conceptual propio de la sociología, tarea que consumió la mayor parte de los esfuerzos de esta generación, junto con los dedicados a describir, explicar y tratar de resolver los problemas de relevancia político-práctica.

11 Debe recordarse que González Casanova sucede a Lucio Mendieta y Núñez en la dirección del IIS y de la RMS, tras haber dirigido durante dos periodos consecutivos la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, lapso en el que modificó drásticamente los primeros planes y programas de estudio que tuvo esta institución y que fueron elaborados por Mendieta y sus colaboradores. Con ello, González Casanova abrió la puerta a otra generación de profesores provenientes de la antropología, la historia, la economía y la filosofía. Este cambio puede entenderse –con Koselleck– como un síntoma y un factor de las experiencias y acontecimientos histórico-sociales involucrados en aquellas coordenadas espacio-temporales.

12 Los orígenes del CES se fijan en las coyunturas del horizonte temporal que va de los años treinta a los cincuenta, precisamente con la fundación de las primeras instituciones sociológicas en México.

13 Sin que por ello la veta de la memoria institucional deje de hacer aportaciones a la historiografía de la sociología. Por ejemplo, en 1993 la revista Estudios Sociológicos publicó otro número conmemorativo en el que Nelson Minello entrevistó a los tres antecesores reconocidos del CES: Rodolfo Stavenhagen, José Luis Reyna y Claudio Stern. En otras colaboraciones retomó el tema de la fundación y se actualizó el registro de los egresados, los temas, la obra producida, etcétera (Minello, 1993).

14 Esta orientación ha dado ya sus primeros resultados.

15 Con esto nos referimos a que las "fuentes", historiográficamente hablando, no dicen por sí solas lo que queremos saber del pasado, pero sí imponen un límite a lo que es posible decir de él. Por ejemplo, podemos discutir la significación que tuvo para la sociología en México el haberse desprendido de la jurisprudencia y de la economía, pero no el hecho de que estas disciplinas fueron, indudablemente, sus antecesoras.

16 Sobre este aspecto de la memoria véase Sarló (2007). Este problema se refiere al hecho de que el que da testimonio de un acontecimiento o experiencia asocia a éste un reclamo de verdad que se hace descansar en el haberlo vivido, experimentado. El observador, que se mueve en el campo del ordenamiento de segundo grado (Schutz, 1972) y no en el de primer grado del mundo vital, debe ponderar el testimonio con fuentes, documentos, textos de diverso signo y, sobre todo, tener en cuenta que la memoria biográfica reinterpreta lo ocurrido cada vez que vuelve sobre un recuerdo, transformándolo sin que el actor se percate de ello.

17 En estos conjuntos de conceptos existe una diversidad de escalas y registros cuyo alcance y potencial orientador habría que ponderar en una jerarquía en la que, en primer lugar, se ubicarían lo que llamamos hipercategorías sociológicas que, simultáneamente, son conceptos de movimiento y expectativa, como el progreso, la modernización, el desarrollo, la crisis, etcétera. En otro plano se encuentran conceptos más acotados como la explotación, la marginalidad y la clase social, entre otros.

18 La historia conceptual en Alemania se vio precedida por el predominio de la tradición historicista en la escritura de la historia de las ideas, precedida por Friedrich Meinecke, cuya clara conexión entre historia y vida, entre política y expresión literaria y artística, inspiró el romanticismo unificador de 1871. Fue hasta 1945 cuando se produjo una revisión de esta corriente historiográfica, que derivó en una expansión de las modalidades de escritura histórica, bajo la influencia de la teoría crítica, la filosofía de la ciencia y la historiografía marxista (Rüsen,1984).

19 Richter ofrece en este artículo (Richter, 1986: 247-248) un panorama muy completo sobre cada una de las obras que mejor ilustran el desarrollo de la historia conceptual en Alemania. Son: Basic Concepts in History. A Dictionary on Historical Principles of Political and Social Language in Germany, 1972; A Dictionary of Philosophy on Historical Principles, 1967; y A Handbook of Basic Political and Social Concepts in France, 1680-1820, 1982.

20 Esta dimensión contextualista pierde de vista la distinción analítica ampliamente discutida en la teoría de la historia, en el marco del giro lingüístico, entre events, que se refiere a los hechos, a lo que tuvo lugar, a los sucesos y los datos, y facts, que tiene su pertinencia en la construcción y la descripción lingüística de éstos. Esta vertiente discursiva dejó de lado, en el marco de la teoría de la historia, las contribuciones de la teoría de los tropos de Hayden White, las reflexiones de Ricoeur sobre la experiencia de la temporalidad humana y la narratividad, o la profunda reflexión de Reinhart Koselleck sobre la historia social y la historia conceptual.

21 Destacan en el Diccionario nueve tipos de conceptos: políticos, como república, democracia, monarquía, dictadura; términos abstractos, entre otros poder, representación, partido, parlamentarismo; conceptos sociales, como sociedad civil, comunidad, asociación, familia, campesino; conceptos relativos a las ideologías, como socialismo, conservadurismo, liberalismo, fascismo, imperialismo, marxismo; conceptos filosóficos, entre los que se encuentran ley natural, derecho natural, materialismo-idealismo; otros de orden legal, como justicia, libertad, derechos. También fueron analizados conceptos históricos, como progreso, crisis, criticismo, historia, filosofía de la historia; conceptos económicos, entre otros trabajo, trabajador, capital, capitalismo, propiedad; y conceptos de política internacional, como guerra, paz, neutralidad, balance de poder e internacionalismo (Richter, 1986: 614).

22 Los conceptos que tienen mayor expectativa de futuro contienen menor índice de experiencia y viceversa. Existen conceptos modernos que ganaron índice de experiencia y perdieron densidad en términos de expectativas; por ejemplo, revolución y fascismo. Los "ismos" –liberalismo, socialismo, comunismo–, por el contrario, fueron amplios en expectativas y cortos en experiencia.

23 Por ejemplo, el concepto de "revolución", cuyo significado original –proveniente de la astronomía y luego trasladado al campo de la política– se refería al posible retorno de los acontecimientos, se reformuló en la modernidad como categoría política de acción; o bien, el concepto de "burgués" que se refería en 1700 al habitante de la ciudad, en 1800 pasó a significar "ciudadano del Estado", y para 1900 un burgués era alguien perteneciente a la clase ociosa (Koselleck, 2002 y 2011).

24 La confluencia entre historia de los conceptos e historia social fue el punto de partida para la conformación de un grupo de especialistas en el Centro para la investigación interdisciplinaria, a partir de 1975. Indudablemente, uno de los temas centrales en la reflexión ha sido la relación entre lingüística e historia. Koselleck reunió en su obra Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, en 1979 (Koselleck, 1993), los artículos sustantivos sobre esta problemática y el vínculo entre historia conceptual e historia social.

25 En los prefacios del tercer (1982) y sexto volúmenes (1990) de Basic Concepts in History, Koselleck reconoce a Otto Brunner y a Werner Conze su profundo conocimiento sobre la historia social y la ineludible yuxtaposición existente entre ésta y la historia conceptual. Sin embargo, Koselleck insistió en que por razones metodológicas era necesario mantener la distinción entre factores históricos e historia del lenguaje, de tal forma que un concepto no quedara reducido a ser un reflejo de la historia real, o bien sólo el resultado de una historia sobre cómo el lenguaje utilizó ciertos términos políticos y sociales. En consecuencia, la historia conceptual no era una historia de problemas reales, ni tampoco una historia del pensamiento o de las ideas (Koselleck, 2011: 29).

26 Esta idea es compatible con la afirmación de las hermenéuticas despsicologizadas de Ricoeur y Gadamer, quienes señalan –en contextos de discusión diferentes– que nadie innova a partir de cero y que grupos, individuos y tradiciones se mueven en el espacio de tensión definido por la posición de partida que tienen: son herederos de algo que les precede y que es resultado de la sedimentación de múltiples experiencias y tiempos.

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