Introducción
Históricamente, el territorio y la pertenencia al Estado-nación laico estuvieron sujetos por el sistema de gobierno, y la identidad devino principalmente en ciudadanía nacional. Sin embargo, desde 2014 y más claramente desde 2021, se observan transformaciones ligadas a la migración de gran escala que ha llegado a Santiago, mayoritariamente de origen venezolano. Las difíciles condiciones en que se han insertado los migrantes han generado ciudadanías de facto que tienden a sorprender a los chilenos y a su imaginario de pertenencia vecinal. El Estado neoliberal, en donde priman los intereses individuales en una lógica de mercado, y el aumento de la inseguridad pública, con el crecimiento de discursos de desconfianza y de amigo-enemigo, han desencadenado un conjunto de prácticas cotidianas a partir de redes sociales entre migrantes o mixtas, incluyendo a extranjeros y chilenos. Observamos una paulatina desciudadanización de los sujetos migrantes en la medida en que los temores de los chilenos han gatillado un aumento de la preocupación del Estado por la seguridad nacional (entre los años 2018 y 2024).
Desde 2019 se les aplica una visa consular de turismo simple a los venezolanos, restringiéndoles el ingreso regular. Asimismo, se ha generado un lenguaje cada vez más beligerante de los medios de comunicación tradicionales y de muchos políticos, de derecha y de izquierda, que tiende a asociar con “ilegales”, “bandas”, “delincuencia” y “crímenes” a los migrantes latinoamericanos y del Caribe que habitan hoy en la metrópoli, creando un clima de sospecha, estereotipos y estigmas (Goffman, 2006) sobre quienes son también sus vecinos en la escala local. Estamos ante el clásico actuar de los grupos establecidos frente a los recién llegados (Elías y Scotson, 2016; Enzensberger, 2016).
Pese a estos obstáculos del Chile postpandemia y sus efectos en la búsqueda de bienestar, los migrantes venezolanos tienden a preferir las condiciones capitalistas que han conocido en este “país andino”, que retornar a una Venezuela que ha convertido a sus ciudadanos en “individuos dependientes de los designios del papá-Estado, una de las más graves secuelas de que el gobierno esté en manos de caudillos” (Chirinos, 2017, p. 54).
Por otra parte, en Chile los migrantes se han encontrado con un “Estado competitivo” que, sumado a las demandas por mayor seguridad, genera presiones por reducir los derechos, “garantías” y “privilegios” de los migrantes, debilitando su necesaria relación con el Estado chileno. Estas barreras a la integración social y la ciudadanía formal chilena han hecho que poco a poco los migrantes vayan reaccionando y aumentando sus vínculos internos, cohesión social y redes densas entre connacionales, pasando de la escala barrial a tener un protagonismo que se requiere investigar, considerando las apropiaciones, los apoyos mutuos y los desencuentros.
Hoy, de los cuatro colectivos extranjeros más grandes en Chile, tres son de países no fronterizos. La población más importante es la venezolana, representando el 38% del total migrante; sigue la peruana, luego la colombiana y, en cuarto lugar, la haitiana. Esta “nueva migración”, de 1 918 583 personas, representa el 8.8% del total de la población del país (Sermig, 2025). Tales realidades han hecho cuestionarse a los venezolanos (principalmente procedentes de Maracaibo, Caracas y San Cristóbal) si deben permanecer en Chile, o bien, reemigrar a un país con mejores condiciones político- jurídicas y socioculturales. También han provocado el aumento del peso de la sociedad civil como mediadora con el Estado y el mercado laboral, produciéndose un giro en el significado de la ciudadanía, especialmente la local. Las condiciones chilenas de los últimos seis años han puesto en jaque la pertenencia ciudadana de los migrantes, reanudándose poco a poco el vínculo entre vecino y ciudadano a partir del domicilio. Cada día más la ciudadanía se vive socialmente, residiendo en las identidades transfronterizas y locales, con una especial relevancia de las actividades comerciales, religiosas, deportivas y artístico-culturales.
Este escenario chileno, en que el Estado y su burocracia no han cumplido con proteger a los habitantes de los vaivenes del mercado, así como las históricas desigualdades del sistema de clases, acumulando derechos parciales y contingentes, ha implicado una desestabilización de la ciudadanía para los migrantes, generando poco a poco respuestas a las barreras político-legales y socioculturales.
Las principales preguntas que aquí nos planteamos son: ¿cuáles son las principales prácticas de los venezolanos para mejorar su calidad de vida en Chile y proyectarse al futuro?, ¿cómo asumen las problemáticas locales (comunales, barriales)?, ¿es reconocido o tolerado este accionar migrante por los vecinos chilenos? Por dichas cuestiones, en el presente artículo el objetivo es analizar cómo, desde la localización de los migrantes en un barrio central de Santiago, se ha activado una lógica organizacional que tiende a mejorar la posición en los vínculos personales a través de redes sociales abiertas, horizontales y verticales.
Esta concentración residencial venezolana, desde la cual se busca concretar la aspiración de incorporarse a la sociedad chilena -aunque sea temporalmente, mientras se imaginan otros horizontes a nivel global-, genera una proximidad del “otro” que tiende a posicionar a los vecinos chilenos, adoptando una actitud de mixofobia o de mixofilia (Bauman, 2011), de rechazo o atracción al intercambio social con los extraños, o bien, de modo más neutro y cordial (Cortina, 2007).
En las próximas páginas nos focalizamos en la comprensión de esta emergente ciudadanía local venezolana en el caso del barrio Santa Isabel - Matta Norte, pues en este territorio céntrico y de estrato socioeconómico medio, que ha sido calificado como “barrio transitorio”, se ha gestado un enclave étnico durante la última década.
Marco de referencia: migración sur-sur, ciudadanía flexible y vida barrial urbana
Durante la modernidad, la nacionalización del territorio y la lealtad individual produjeron la circunscripción del espacio geográfico en un sistema institucional interestatal, en donde la identidad se transformó en ciudadanía nacional. Sin embargo, durante la modernidad tardía, algunos fenómenos han desestabilizado este ordenamiento en la actual etapa globalizadora del “capitalismo mundial integrado” (Guattari, 2016), como la aparición de plataformas y redes electrónicas que generan múltiples cambios en las relaciones formales e informales entre el Estado nacional y el ciudadano.
El auge de la sociedad civil, las ONG y las organizaciones de defensa de los derechos humanos han adquirido protagonismo en el orden privado de la economía mundial. Junto a la política formal, se han reactivado antiguas formas de política informal o etnopolítica como prácticas emergentes de pueblos históricamente oprimidos y silenciados. Con el resurgir de estos sujetos políticos, de origen indígena, afrodescendiente o de colectivos migrantes transfronterizos, se presencian nuevas espacialidades desde donde éstos residen y se organizan en pro de sus derechos. Al respecto, Sassen (2013, p. 369) ha sostenido que “a través del inmigrante como sujeto, se filtra una gama de dinámicas políticas mucho mayor de lo que puede sugerir su estatus legal”, revelando que la “ciudadanía constituye un contrato incompletamente teorizado [...] pero es en ese carácter incompleto donde reside la posibilidad de dar cabida a condiciones nuevas” (Sassen, 2010, pp. 402-403).
En la era del capitalismo tardío prima el “régimen de acumulación flexible” en los sistemas de producción, los mercados de trabajo y el consumo (Harvey, 1990). Al respecto, Ong ha propuesto el concepto de ciudadanía flexible para dar cuenta de que, con la globalización, tanto individuos como gobiernos desarrollan nociones de ciudadanía como estrategias para acumular capital y poder, advirtiendo que las personas acumulan derechos parciales:
La expresión “ciudadanía flexible” refiere a las lógicas culturales de acumulación, movimiento y desplazamiento de capital que inducen a los sujetos a responder de manera fluida y oportunista a cambiantes condiciones político-económicas. En su misión de acumular capital y prestigio social en la arena global, los sujetos profundizan y son regulados por prácticas que favorecen la flexibilidad, la movilidad y el reposicionamiento en relación con mercados, gobiernos y regímenes culturales. Estas lógicas y prácticas son producidas en el interior de estructuras particulares de significado sobre la familia, el género, la nacionalidad, la movilidad de clase y el poder social [Ong, 2012, pp. 5-6].
Luego de un tiempo viviendo en un país receptor, los migrantes tienden a asentarse en determinadas comunas y barrios, generando interacciones vecinales, comerciales y religiosas inter e intraétnicas, a veces transnacionales, gestando una forma de economía política desde el vecindario. A partir de la organización social, y en la medida en que haya confianza y cohesión interna en un colectivo migrante, con el paso de los años se puede formar una comunidad de comunidades, desde emprendimientos económicos, pertenencias espirituales y participación en clubes deportivos o artísticos,1 creciendo la reciprocidad y el capital social, y gestando una ciudadanía local (Isin, 2000; Magnusson, 2000). Para los chilenos, esta presencia de desconocidos puede generar predisposiciones de mixofobia -temor a mezclarse con alguien diferente- o mixofilia -deseo de compartir los espacios públicos con los “otros”- (Bauman, 2011), así como de cordialidad (Cortina, 2007).
En la región latinoamericana y del Caribe se tienden a revitalizar las identidades, hibridizándose entre lo global y lo local, así como entre lo culto, lo masivo y lo popular (García Canclini, 1990), a partir del entrecruzamiento, yuxtaposición y sedimentación de temporalidades; de los símbolos y objetos de colectivos nacionales, indígenas, afrodescendientes y migrantes sur-sur, junto con la centralidad de sus luchas en el proceso de constitución de los Estados latinoamericanos y de la idea de ciudadanía; del hispanismo colonial católico; de las acciones políticas, educativas y comunicacionales modernas; así como del crecimiento de los grupos evangélicos. El estudio de los espacios de mediación (el barrio, la familia, la escuela, la iglesia) permite entender que las identidades colectivas se construyen a partir de una tensa imbricación con lo masivo, produciéndose una “revoltura de pueblo y masa en lo urbano” (Martín Barbero, 1991, p. 209), generándose dinámicas de heterogeneidad y segmentación, de descentramiento cultural, en el marco de las relaciones asimétricas características de los estados nacionales, poniéndose en juego la tolerancia y el reconocimiento (Taylor, 1993).
La multiplicación de sujetos políticos informales muestra la posibilidad de que los sectores excluidos del poder estatal y económico creen estrategias, tácticas de lucha y alianzas con contrapoderes o micropolíticas locales (De Certeau, 2000; Lechner, 2006), mientras esperan respuestas desde las instituciones gubernamentales y empresariales. Los migrantes también están atentos a nuevas posibilidades en otros países, siendo dinámico el ciclo migratorio (emigración, establecimiento, posible retorno, o reemigración), especialmente cuando se trata de movimientos mixtos que incluyen migrantes económicos, refugiados y otros desplazamientos motivados tanto por necesidades económicas como de protección, como en el caso venezolano (Gissi et al., 2024). Gran parte de estas acciones se hacen visibles en el espacio metropolitano, en el entramado de la vida cotidiana y la política local, en donde se establecen en ciertos territorios, pero también circulan a través de las distintas zonas de la ciudad conociendo oportunidades de trabajo y accediendo a los servicios públicos, para lograr así, poco a poco, una ciudadanía urbana (Donzelot, 2012).
Se visibilizan constantemente nuevas y extrañas formas de sociabilidad y sensibilidad, y con ello, objetos, símbolos (incluyendo banderas de la patria de origen) y prácticas, con una tolerancia relativa desde los vecinos chilenos, las inmobiliarias y los municipios: “Las líneas de fuga convergen con las líneas objetivas de desterritorialización del sistema, creando una aspiración irreversible a nuevos espacios de libertad” (Guattari, 2016, p. 51). En el día a día de la vida barrial pluralizada, los habitantes tienden a escuchar nuevas expresiones y acentos, y descubren novedosos rostros, cuerpos y apariencias, generándose distintos acontecimientos en la convivencia local, que suelen hacer que tanto los habitantes chilenos como los migrantes diaspóricos repiensen el sentido de las experiencias, trazándose fronteras y muros. Así comparten sitios y generan reflexiones conjuntas en torno al derecho a la ciudad, el acceso a los recursos y las posibles transformaciones que se puedan llevar a cabo (Lefebvre, 2017; Harvey, 2014). Esta proximidad genera vínculos cara a cara, contactos y roces, tensionando las subjetividades, las instituciones y las formas instituyentes (Castro-Serrano, 2018).
Cuando los migrantes se disponen a establecerse en el país de destino, a domiciliarse y avecindarse, nos enfrentamos a la discusión sobre la ciudadanía más allá de los principios de ius solis e ius sanguinis (derecho de suelo y de sangre), hacia el principio de ius domicili (derecho de domicilio) (Balibar, 2013; Sennett, 2019), pudiendo los migrantes superar el desarraigo mediante el arraigo en la reagrupación territorial o en la formación de una familia binacional (Louidor, 2016), como también realizando ahorros e inversiones de largo plazo y adquiriendo la nacionalidad por residencia, imaginando su futuro en el país de recepción. Todo esto teniendo en cuenta las nuevas condiciones estatales, así como las barreras que la sociedad local impone a unos y a otros. Dicho fenómeno se ha denominado migración de largo plazo, ya que los sujetos proyectan vivir indefinidamente en el lugar de destino, lo que tiende a expresarse en la solicitud de Permisos de Residencia Definitiva. Una forma de configuración migrante son los enclaves étnicos (Portes, 2012) en los que un grupo etnonacional se concentra en un territorio residencial, destacando la presencia de empresas étnicas en las que los establecidos suelen emplear a trabajadores del mismo colectivo, tendiendo a generarse mecanismos de movilidad socioeconómica ascendente.
Aproximación metodológica: pensar la convivencia desde un territorio céntrico
El enfoque de esta investigación es cualitativo, pues su propósito es indagar los procesos individuales, organizacionales y colectivos de la migración transnacional de origen venezolano residente en Santiago de Chile, considerando que la región metropolitana concentra el 59.6% del total de migrantes del país (Sermig, 2025). El estudio es comprensivo (Schütz, 1993), y toma en cuenta las dimensiones cognitiva, emocional y conductual. Entendemos que los discursos y las prácticas son producto de un ida y vuelta entre lo social y los actores, así como entre la sociedad y lo comunitario, las personas y las organizaciones. Nos posicionamos desde el relacionalismo metodológico (Bourdieu y Wacquant, 2012; De Certeau, 2000), implicando una aproximación cercana a los sujetos en búsqueda de la lógica del entretejido social, por medio de una etnografía basada en observación con participación, registro y entrevistas en profundidad. Este enfoque permite comprender tanto el espacio percibido (objetos y prácticas), como el concebido (imaginarios) y el vivido (experiencias biográficas, corporales y emotivas, actuales y virtuales), de acuerdo con lo sostenido por Soja (2008) sobre la trialéctica del espacio urbano y los sentidos emergentes en la interacción cotidiana.
El trabajo de campo se realizó en los años 2023 y 2024 en Santiago Centro, comuna2 en la que se están desarrollando nuevas formas de segregación y mezcla social. En particular, en el presente texto nos focalizamos en el barrio Santa Isabel - Matta Norte, que ha sido reconocido como un “barrio transitorio” y de estrato socioeconómico medio3 (Contreras Gatica, 2016; Lawner, 2018; Señoret y Link, 2019; Ramírez, 2024). El polígono considerado quedó definido por las avenidas Bustamante al oriente, Matta al sur, Santa Rosa al poniente, y Curicó al norte. Al delimitar el estudio en un territorio local, no concebimos el concepto de cultura homogénea como si hubiese una conexión natural entre el territorio y la sociedad, como se podría pensar desde el nacionalismo metodológico y el culturalismo antropológico.
En una metrópoli como Santiago, el contenido (cultural) ha trascendido el continente (espacial), presentándose discontinuidad y fragmentación desde lo local, siendo difusos los límites de cada barrio (Besserer, 2016). La conjunción barrio-transnacionalidad (venezolana, colombiana, peruana, entre otros orígenes) hace aparecer desde abajo prácticas heterogéneas cada vez más visibles, aunque usualmente poco valoradas por los ciudadanos chilenos y las instituciones gubernamentales. La convergencia de personas migrantes de distintas ascendencias distribuidas de manera dispar en localidades específicas (Padilla, Azevedo y Olmos, 2014) implica que la densidad y la diversidad de las aglomeraciones pueden ser significativas. Por tanto, realizamos la investigación desde una perspectiva situada, identificando las distintas formas de convivencia y ciudadanía social migrante.
A partir del análisis de 20 entrevistas en profundidad (con consentimiento informado)4 a mujeres y hombres migrantes venezolanos que participan en agrupaciones migrantes (formales e informales), así como a un dirigente venezolano y vecino del barrio Santa Isabel - Matta Norte (Andrés, 39 años, quien resultó un interlocutor clave durante el proceso del trabajo de campo), y conversaciones con dirigentes vecinales (todas mujeres) y vecinos chilenos, revelamos a través de sus discursos sus definiciones de la situación y lógicas institucionales.
Se realizó un muestreo teórico e intencional, seleccionando a sujetos que residieran al menos hace cuatro años en Chile, tiempo mínimo biográfico para evaluar su participación social. Doce mujeres y ocho hombres entre los 30 y los 66 años, dos con doble nacionalidad (venezolana y colombiana), dos que entraron por pasos no habilitados y están expectantes de que el empadronamiento biométrico sea la puerta de entrada a su regularización, mientras que seis entraron con el visado de responsabilidad democrática. Tres mujeres mayores de 50 años vinieron para cuidar a los nietos, por insistencia de sus hijos/as. La totalidad vive en departamentos, excepto un hombre que reside con sus hijos en una casona antigua, que ha sido subdividida para arrendar a grupos domésticos.
El análisis de datos producidos por medio de las entrevistas se realizó a través del análisis estructural del discurso (Hiernaux, 2008), que busca captar los modelos culturales que operan en los contenidos verbales, su perspectiva o manera de ver las cosas, identificándose los sentidos orientadores de la percepción y, por tanto, del actuar. El contexto se complementó con información de datos estatales del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2022), el Censo 2017, el Servicio Nacional de Migraciones del Ministerio del Interior y Seguridad Pública (Sermig, 2025), así como del Informe de resultados de la estimación de personas desparecidas (INE y Sermig, 2023), y de otras encuestas realizadas en Chile.
Análisis
El pueblo venezolano es culturalmente semejante (lengua y religión mayoritaria) a la sociedad chilena, lo que facilita la incorporación social y la convivencia cotidiana.5 Sin embargo, los migrantes procedentes de Venezuela suelen referirse a su nación como un país “caribeño” y a Chile como uno “andino”, constatando diferencias culturales entre ambas sociedades, lenguaje (conceptos y acentos), visión del mundo y formas de relacionarse, así como reconociendo la diversidad regional en el interior de Venezuela y de Chile. Desde el lado chileno, por su parte, este colectivo es construido discursivamente a través de un continuo entre la alteridad moderada y la mismidad y aceptación (Bello, 2023).
Los aportes económicos de los migrantes, incluso por encima de la media chilena (Banco Mundial, 2024; Infomigra, 2025), no han sido un argumento político para potencializar su incorporación plena a la ciudadanía. Especialmente desde 2021, los venezolanos han sufrido xenofobia, aporofobia o rechazo al pobre (Cortina, 2017) y deportaciones, debido a la confluencia entre la migración internacional poco calificada y el aumento de la inseguridad pública en ciudades como Iquique, Antofagasta y Santiago, criminalizándose la migración, denominada “crimigración” (Navarro, 2021).
Al respecto, la nueva política migratoria considera una serie de proyectos para reformar la Ley de Migración y Extranjería y otros cuerpos legales con el fin de poder cumplir sus objetivos. Esta política busca una mayor eficacia en la aplicación de sanciones y hace énfasis en que se considere que las personas con antecedentes penales no pueden integrarse al país, y que los migrantes que hayan cometido más de tres faltas en un periodo de dos años serán expulsados.
Entre las medidas inmediatas de seguridad nacional, se realizó un empadronamiento biométrico a 158 mil personas, por el cual se tomaron fotografías frontales del rostro, huellas dactilares e información básica de identidad y domicilio de las personas migrantes mayores de 18 años que ingresaron a Chile sin registro hasta el 30 de mayo de 2023; hoy, estos vecinos, “locales, pero a la deriva” (como escribiera Bauman, 2011, p. 81), están esperando su regularización desde el gobierno. Asimismo, se constituyó un comité asesor interinstitucional para la materialización de las expulsiones administrativas y judiciales que hayan sido decretadas desde el año 2013 y se encuentren pendientes de ejecución. Además, se creó un protocolo interinstitucional entre el Ministerio del Interior, la Policía de Investigaciones (PDI), la Gendarmería y el Servicio Nacional de Migraciones. Se trata de una política basada en un modelo más bien securitista, de control y castigo.
En estos años postpandémicos (2021-2024) y de mayor rechazo en Chile hacia los migrantes, hemos observado la consolidación de un enclave étnico venezolano en la zona pericentral de la comuna de Santiago, en el suroriente (Gissi y Olmos, 2023), caracterizándose por la renovación urbana, revitalizándose localidades antiguas, como el barrio Santa Isabel - Matta Norte, y espacios públicos, como iglesias, plazas y parques donde pasean chilenos y migrantes. Predominan las edificaciones de gran altura (entre diez y veinte pisos), en las que los migrantes tienden a residir en familias extensas o con amistades, así como con perros. Los venezolanos se han concentrado en este sector -los interlocutores perciben un porcentaje de compatriotas mayor al 60%- a través de estrategias de corresidencia y generación de negocios, como almacenes y restaurantes, participando en centros comerciales y con puestos informales (generando algunas “calles del hambre”, o comida callejera, especialmente durante las tardes, después de la jornada laboral). Dada su proximidad al centro urbano, a los servicios y al Metro, destacan las ventajas competitivas de esta localización, permitiendo su incorporación social urbana con una atractiva relación costo-beneficio. Constatamos así una emergente ciudadanía venezolana local.
Se observan discontinuidades y continuidades en las prácticas de los vecinos, así como ambigüedades en los relatos de unos y otros: mixofobia y mixofilia (Bauman, 2011). Así, constatamos que hay “tres barrios Santa Isabel - Matta Norte”, patrones que se manifiestan en los discursos y acciones de las juntas de vecinos. Estas organizaciones son puntos polares hacia donde tienden y en los que se cristalizan algunos principios sociales dominantes entre los vecinos sobre la convivencia chileno-venezolana.
1. Entre la xenofobia y la incorporación social venezolana en Santiago Centro
Se percibe hostilidad en el barrio. Se narran conflictos, se está en alerta. En este tipo de convivencia, los vecinos venezolanos son vistos como sospechosos, como “figuras del desorden” (Castillo y Oliver, 2006), extraños y peligrosos. “Estamos rodeados”, “nos invadieron”, “todos los días hay robos, son los migrantes”, nos dicen vecinos chilenos mientras recorremos el barrio y observamos casas antiguas, conventillos, negocios con símbolos y mercancías de Venezuela, Colombia y Perú, pequeñas plazas recientes, proyectos inmobiliarios, grafitis y algunos muros y espacios privatizados, “comunidades cerradas”, guardias y cámaras. Esta inseguridad social, así como tensiones con vecinos chilenos, la describe María (venezolana, 55 años, viuda, profesora pensionada), residente en un emergente asentamiento en el barrio y asidua asistente a una parroquia local, quien vino a Chile a insistencia de su hija (quien tiene esposo e hija):
Llegamos en 2017 a la calle San Diego, a un apartamento de una sola habitación, un poco apretaditos ahí los tres [...] Nos mudamos para San Isidro cerca del 10 de julio, y el sábado nos volvimos a mudar, siempre aspirando a algo un poco mejor. Así hemos escalado y ahora estamos en Portugal con Copiapó [...] En San Diego casi todos éramos migrantes, llegaba mucho la policía [...] Cuando llegamos al edificio, los vecinos nos han hablado de una manera tan fea. Una señora con la que estábamos en el ascensor: “¿Por qué están usando el ascensor a esta hora si no es la hora para la mudanza?”. Ya nos habíamos pasado un poco de la hora [...] la señora tenía razón, pero no era la manera y nos veían así, mal [...] Luego, otro señor, igualmente, la puerta del ascensor no se cerró [...] entonces, en seguida, “Va a dañar el ascensor, ¿no se da cuenta?”, me habló así, fuerte [...] yo en ningún momento le contesté, a esa persona es mejor ignorarle que ponerse a discutir [...] Por seguridad no podemos irnos a otra comuna, aquí ya conocemos, ya sabemos, es mejor estar en el Centro, hay transporte, está todo [...] El 80% son venezolanos acá, también hay colombianos y peruanos.
Nos encontramos con edificios que son señalados como problemáticos, “llegaba mucho la policía”, de tal modo que encasillarse en un sólo sitio implica acentuar un estigma sociocultural y territorial. Pero mudarse a un edificio con más chilenos, aunque puede ser una vía de sostener el deseo de algo “mejor”, también puede ser una fuente de tensión y conflicto porque los chilenos buscan afirmarse como los que saben usar las cosas (ascensores) y respetar las reglas (“no es la hora para la mudanza”). Una respuesta verbal a ellos, en un momento tenso, puede profundizar las distancias, “es mejor ignorarle”. Los venezolanos que quieren una vida tranquila, se ven obligados a mantener un bajo perfil, no respondiendo a las agresiones o a las miradas de rechazo, intentando, a menudo, presentarse como “los que venimos a aportar, no a robar”. La civilidad comprendida como un comportamiento valioso entre distintos y desiguales es una manera de ser reconocidos como venezolanos “de bien”.
Se apunta a una creciente mixofobia chilena, dada la autosegregación venezolana en el barrio, que incluso ha generado que algunos chilenos se “escapen” de lo que vivieron como una incómoda coexistencia, cambiándose de barrio o comuna. Una dirigente vecinal chilena nos dice: “No quiero hablar del tema, me molesta, todos los migrantes son delincuentes”. En el día a día barrial nos encontramos con una cultura venezolana migrante en proceso, aprendiendo a ser migrantes, a lo que no estaban habituados, como tampoco a los prejuicios y estigmas. Van comprendiendo la cultura chilena en sus diversos ámbitos: barrial, laboral, de servicios empresariales y de trámites en el Estado. El hecho de que estemos ante un “barrio transitorio” (Señoret y Link, 2019) es hoy más cierto que nunca, y se visibiliza en las cotidianas mudanzas de los vecinos (camiones, publicidad en las murallas, cargas y descargas de objetos).
Martina, dirigente de una junta de vecinos en Matta Norte, chilena (55 años), recuerda sus diálogos con venezolanos recién llegados:
Yo les preguntaba: “¿Y por qué vino a vivir a este barrio?, ¿cómo conoció?”. Ah, porque éste es conocido como el barrio de los venezolanos. “No, si yo no elegí, el trato ya estaba hace un año atrás”. Estos edificios que están acá se levantaron para recibir a la migración venezolana y el trato está allá. En Venezuela ellos hacen el trato para venirse a vivir a estos edificios.
En principio, estos arriendos para migrantes sin papeles están a un precio por encima del mercado, lo que es rentable para las inmobiliarias, generando transacciones basadas en el miedo, pues además de ser onerosos, los arrendatarios deben permanecer durante un tiempo en edificios mayoritariamente alquilados a esta población.
De modo diferente, Andrés (39 años), dirigente de una organización venezolana y nuestro interlocutor clave, quien llegó en una época de buena recepción hacia los venezolanos, relata sobre su llegada a Chile y al barrio, sin los sobresaltos y aprietos financieros y de documentación de los migrantes más recientes:
En febrero de 2016 llegué a Chile. Yo conocí Santiago en diciembre del 2015 [...] fue cuando apareció Chile en mi radar de destino de migración porque se vino la hermana de una novia mía y se vinieron sus papás [...] en diciembre vinimos a visitarlos. Santiago me gustó mucho, me gustó mucho la ciudad. Estuve acá como tres semanas. Y en febrero dije, “Vámonos por un par de meses a ver qué tal es Santiago”, viviendo allí y no visitando. Ahí hice un voluntariado de un mes en el Hogar de Cristo a través de AIESEC, que es una organización internacional [...] nos vinimos a hacer ese voluntariado y pasamos acá explorando el territorio, entendiendo las dinámicas de la cotidianidad de lo que era vivir en Santiago en esa época y trabajando. A veces salían trabajitos, como decimos en Venezuela, “matar un tigrito”, cositas así que salían para cubrir lo que estamos gastando acá [...] Y con Santiago sí tuve como un poquito ese amor a primera vista y, bueno, después las cosas como que se fueron dando.
Poco a poco los venezolanos, en la medida que iban enfrentando barreras en Chile, a escala nacional y barrial, se fueron organizando y participando en asociaciones políticas informales. Andrés reflexiona sobre su experiencia:
Me gusta la política, entiendo el tema de los partidos y tal, pero en el partido, al final, siempre tú tienes que acogerte a una línea que alguien establece, y entonces, siento que en algún momento puede coartar mi libertad de acción o de expresión, y prefiero de repente un trabajo más chico que el que puede tener una organización tan grande.
Estas prácticas y discursos de varios dirigentes suelen provenir desde Venezuela, teniendo una experiencia comunitaria y/o política transnacional, como en la acogida solidaria a vecinos más vulnerables. Continúa Andrés:
Yo siempre digo que mi casa [en Venezuela] era la casa donde cualquier vecino, aunque no nos conociera, podía llegar a tocar la puerta a las dos de la madrugada porque alguien necesitaba que le pusiera una inyección y mi mamá iba a poner la inyección […].
El capital social adquirido en Venezuela es orientado, en su caso, a atender a otros migrantes que no tuvieron las mismas oportunidades, generando redes solidarias que implican un quehacer político. Al respecto, y sobre las posibilidades de hacer política para un migrante en Chile, Miguel (dirigente, 34 años) sostiene:
El inmigrante busca ser integrado a la sociedad y que sea visto igual que el chileno, ahí donde hay diferencias, igual también ser escuchado. Por eso existen varias organizaciones donde los políticos [...] que han integrado también pueblo extranjero, llegan a ser escuchados por ese partido político, porque también hay integrantes chilenos, porque si hubiera solamente extranjeros se les haría mucho más difícil. Incluso conozco personas que han sido elegidos para hacer campaña aquí siendo extranjeros, pero porque ya tienen una nacionalidad o padres chilenos, pero se les hace más difícil hacer política porque siguen siendo vistos como extranjeros, así tengan la nacionalidad.
Así, incluso la ciudadanía formal no es plenamente reconocida en la vida cotidiana, primando una desigualdad en el trato dependiendo de los orígenes de las personas (Taylor, 1993).
2. Desde la mixofobia a las nuevas prácticas ciudadanas en el territorio local
La experiencia de Andrés articula, hace más de cinco años, organización migrante e iglesias en el barrio, enfrentando las tensiones residenciales entre chilenos y venezolanos:
Para 2019, yo estaba todos los meses junto con otros que éramos voluntarios de la misma organización, dando charlas todos los meses a grupos de 200, 300, 400 personas en la iglesia [católica] que está en Lira, San Juan Evangelista, que está en Lira con Santa Isabel. Nosotros dimos charlas ahí hasta que empezó el Estallido. Entonces, y con Red de Apoyo Solidario también hacía, o sea, después ayudaba cada vez más [...] Y entonces me convertí en directivo de la organización en la que tantos años estaba de voluntario. Y además este año cumplimos doce años. Yo hice un equipo de trabajo para el tema de la consultoría, pero todos veníamos del mismo mundo del voluntariado, de ayudar a la gente. Este mundo de estar metido, digamos, en el activismo de la movilidad humana en Chile, lo que me da es satisfacciones [...] la Iglesia [Evangélica] Pentecostal Toesca nos ayuda, y fue gestión con la iglesia y nosotros y la Seremi. Obviamente la comuna de Santiago Centro debería tener un alto interés en brindarle servicios a la comunidad migrante, que es más del 50% de su población, y no estar solamente pendiente de los desalojos o de recoger los carritos de comida.
Sobre su rol en el barrio, nos comenta Andrés:
Yo administro el grupo de seguridad de la cuadra y, digamos, todos estos edificios desde aquí de Vicuña Mackenna hasta Portugal, esas dos cuadras [...] hablamos con lenguaje respetuoso, ese siempre es mi norte, cómo promover la ciudadanía con respeto [...] Yo aquí estoy como un residente más del edificio, en un rol como vecino [...] en estos espacios procuro ejercer ese rol de moderación [...] Antes había mucho de xenofobia en el grupo, lamentablemente, y ha sido parte de lo que yo he intentado cambiar junto a otras personas [...] Aquí en la Parroquia Latinoamericana, que son vecinos míos, hemos hecho cantidad de eventos. En esta iglesia presbiteriana también, que es protestante [...] apenas tuvimos la primera edición, la feria de atención migratoria en diciembre; ahora viene el segundo, es nuestro objetivo que sea nuestro evento bandera [...] es como una feria de servicios donde las personas van a recibir atención migratoria.
Pese a la creciente xenofobia en el país, en la escala barrial se han hecho esfuerzos para mejorar la convivencia mediante la articulación de acciones entre organizaciones migrantes, juntas de vecinos e iglesias. En este sentido, identificamos también una disposición más cordial, con ambivalencia ante los desconocidos, pero reconociendo tanto las buenas como las malas experiencias con los migrantes. Una vecina y dirigente de una junta de vecinos, chilena, nos dice que ha habido problemas de coexistencia porque a los chilenos les molestan los ruidos y les atemoriza el aumento de robos que ha habido en el barrio durante la última década, de lo que se suele culpar a los venezolanos. Sin embargo, hay costumbres venezolanas, como un mayor uso de las plazas, la comida (como la cachapa) y el uso de colores alegres, así como expresiones lingüísticas amables, que atraen e incluso generan un poco de envidia. Chilenos y venezolanos indican que el uso de las canchas deportivas para jugar fútbol o básquetbol suele ser mixto, aunque no resulta raro que haya una mayoría de practicantes de origen venezolano. Lo mismo ocurre con los usuarios de los gimnasios y negocios afines, en los que suele haber un trato afable. Se constata así una “familiaridad pública” (Fischer, 1982), vínculos débiles de reconocimiento que emergen a partir de encuentros habituales entre vecinos en el espacio público, en actividades deportivas y recreativas, así como en colegios y centros médicos.
Ahora bien, también hay prácticas deportivas y artísticas típicamente venezolanas en las que sólo participan connacionales, como en el béisbol (para hombres) y el kick- ingball (para mujeres), así como escuelas de danza venezolana abiertas para todo público, aunque suelen asistir sólo los oriundos de ese país. Al respecto, nos dice Manuel (dirigente de un equipo de béisbol, 38 años):
Pertenezco actualmente al equipo Pumas Metropolitanos, que hace vida en el parque Bustamante [...] En Venezuela tenía un equipo también, pero de baloncesto [...] Principalmente el trabajo que nosotros hacemos va enfocado al desarrollo deportivo de los chamos [jóvenes], pero por supuesto dentro de este desarrollo entra lo que es disciplina, lo que se llama trabajo en equipo, que ellos puedan relacionarse con otras personas, no nada más con sus compañeros dentro de la escuela, sino que se puedan relacionar con los chicos que estudian en otros lugares. Tanto como hoy que ya tenemos invitaciones nacionales donde vamos a tener oportunidad de participar [...] esta escuela nace en el Estadio Nacional, cuando había unos campos donde los papás que estaban jugando abrieron unas pequeñas escuelas con sus propios hijos. Esto fue un crecimiento muy muy rápido y se dieron cuenta que había mucha oportunidad de que los niños se formaran como deportistas, de lo que ya nosotros como venezolanos teníamos como tradición.
El deporte se convierte en una instancia de pertenencia, apertura y búsqueda de reconocimiento de la venezolanidad, como una actividad que forja jóvenes sanos, bajo la dirección de adultos que procuran que los chilenos también participen en estos deportes. Quizá con el tiempo haya una mejor disposición de la población local a estas actividades, pues hasta hoy día son para un nicho de población migrante, principalmente venezolana.
Nos encontramos también con una disposición, aunque minoritaria, a un diálogo inclusivo. Es lo que nos relata Martina (55 años), presidenta de una junta de vecinos, quien destaca el respeto y la valoración por la diversidad, enfatizando la creación de una comunidad multicolor, pues “la junta de vecinos es del pueblo”. El principal logro ha sido el comité de vivienda, en el que el 30% es migrante, que tiene como propósito conseguir un terreno para vivienda social. La vivienda es fundamental para la ciudadanía local pues el domicilio debe ser acreditado por los migrantes poco calificados con un certificado de residencia otorgado por la junta de vecinos respectiva. Nos señala Martina:
El certificado de residencia se lo piden nada más a los pobres, porque a los ingenieros, médicos, gente de Las Condes nunca le han pedido certificado de residencia [...] el certificado parte de la desconfianza del otro. Y el otro punto es que quien no tiene currículum, tiene que acreditar quién es. Porque si yo tengo un currículum, estudié, soy titulado, tengo magíster, no necesitas demostrar dónde vives, ni acreditar tu identidad. El certificado de residencia se lo piden al pobre para el Cesfam [Centro de Salud Familiar] público, se lo piden para el trabajo en la obra, al obrero de la construcción, a la trabajadora de casa particular, para ver si la comuna en que vives es delincuente o no [si está estigmatizada o no], por ejemplo. Se lo piden al pobre, po’ [...] Para la gente clase B, para la mano de obra barata, el desechable, sí, es verdad [...] es para el acceso a la salud, a la educación, al trabajo, al que tiene doble exclusión: ser pobre y migrante [...] es para acreditar, para que lo contrate alguien. Lo que acredita es decir “yo vivo acá” [...] es parte del clasismo que hay en Chile. Yo no sé si en otros países deben acreditar eso y además quién soy yo para acreditar quién es quién.
El funcionamiento de la sociedad, el Estado, el mercado y el vecindario está marcado por estas categorías de inclusión / exclusión, y es puesta a prueba la confiabilidad de la gente más vulnerabilizada, por ende, los migrantes, y más aún si están en situación irregular o bajo sospecha constante, como sucede con los venezolanos desde 2020.
3. El espacio-tiempo de las iglesias cristianas: de extraños a prójimos
El barrio Santa Isabel - Matta Norte, como es característico de los territorios habitados desde hace más de un siglo, cuenta con tres parroquias católicas: San Isidro Labrador, San Juan Bautista, y una que goza de un prestigio connotado, la Parroquia Latinoamericana (e Instituto Católico de Migración, Incami), frente al Parque Bustamante; y fuera de nuestro perímetro, la iglesia de Sacramentinos, detrás del Parque Almagro. La esfera de atracción de estas últimas dos parroquias llega no sólo a vecinos, sino a migrantes de diversas comunas, y casi exclusivamente a venezolanos en la iglesia de Sacramentinos. En contraste, las dos primeras, que no tienen un renombre fuera del barrio, suelen ser frecuentadas por los vecinos, principalmente venezolanos, y en mucho menor medida colombianos y peruanos, así como por un grupo de chilenos de avanzada edad (especialmente mujeres).
A la vez, se encuentran cinco templos evangélicos: Iglesia Bautista de Argomedo, Misión Palabra de Vida (bautista coreana), Iglesia de Dios Metropolitana (pentecostal), Ministerio Cristo Viene Chile (pentecostal) y AR Ministries (neocarismática). Además, se encuentra la Iglesia Nueva Apostólica, que tiene elementos católicos y protestantes en su liturgia. Es muy posible que existan otros grupos religiosos, sin embargo, no hay presencia visible de algún otro lugar de culto. En cada uno de estos espacios hay participación de migrantes, pero es notablemente alta en la Iglesia de Dios y AR Ministries, en las que hay una mayoría venezolana, seguida por colombianos y chilenos, y en menor medida, por peruanos. Esto sin considerar que hay grupos religiosos que se reúnen en casas o espacios cerrados, o la población que va a centros de culto más allá del barrio Santa Isabel - Matta Norte.
La participación en grupos religiosos no es un hecho menor, sino que implica el reconocimiento de un correlato narrativo al hecho migratorio que suele acompañar a la persona o familia desde el lugar de origen, tránsito y destino (Pereira, 2024), a la vez que es una forma de construir una comunidad local, obteniendo refugio, respeto y recursos (Hirschmann, 2004). En nuestro caso de estudio, encontramos de manera persistente esta asociación entre migración, barrio y sentido comunitario, tanto en evangélicos como en católicos. Los extraños tienden a transformarse en el prójimo. Como señala Daniela (59 años, evangélica):
Mi nuera es cristiana desde Venezuela. Yo no era, pero ya tenía intenciones apenas llegué a Chile [...] la adoración y los pastores dan buena dirección, hacen el trabajo que Dios tiene destinado para ellos, conseguí palabra, aliento, ese “Dios te acompaña, sigue adelante” [...] Tengo una paz que, aunque tenga problemas, el Señor te va a ayudar [...] Hay venezolanos, como en todo, que no han hecho las cosas bien, pero no pueden nacionalizar la delincuencia [...] Tengo grandes amigos chilenos en mi edificio, nos aprecian mucho, también he compartido con ellos [...] veo chilenos que viven solos, de la tercera edad, que los he conocido porque vendo las tortas, compran y de alguna manera voy a ver. No tienen medicina porque sus familiares viven lejos, les llevo la medicina, les pregunto qué necesitan [...] Una palabra, una compañía, trato de visitarlos [...] A las 10, 11 de la noche hay vida acá, sales a la calle y hay gente, hay seguridad [...] que el Enemigo reprenda a los que causan inseguridad.
Por medio de la religión, estos feligreses venezolanos buscan desligarse de los estigmas de ruidosos, delincuentes e inciviles, así como de algunas costumbres locales, como el consumo de marihuana en el espacio público y el aislamiento social; asimismo, al sentirse rechazados, proveen compañía y ánimo a los chilenos para procurar que éstos perciban su presencia como un bien.
Entre cumplir el propósito de Dios y rogar porque en un nuevo delito televisado no haya un venezolano entre los delincuentes, se encuentra una razón trascendente para morar en Chile. Sostiene María (59 años, católica):
No hago una vida social aparte. El hecho de salir de mi casa, ¿para dónde más?, para la iglesia no es distracción, sino encontrarme con el Señor, tiene que ser así [...] La persona que migra y no está con el Señor, es como que le faltara esa fuerza, o ¿a qué vino usted acá? Es la esperanza de surgir acá, ir de la mano de Dios, estar con él. Es algo muy ligado: el que no esté asistiendo a misa o a las iglesias es porque vino con otras intenciones; el que vino a delinquir, a hacer cosas raras, no busca la iglesia. Una gran mayoría, he visto, de las iglesias se han llenado, y la mayoría son venezolanos, y hemos conocido chilenos maravillosos.
Con el auxilio simbólico-religioso, las personas sienten una mayor capacidad para enfrentar la xenofobia, buscar un sitio de encuentro espiritual para sí mismos, incluso más allá de la familia, y encontrarse con vecinos chilenos; a la vez, se involucran con una imagen moral de confianza frente a aquellos que delinquen (Guzmán, 2016). Los sacerdotes y pastores chilenos ven esta llegada de migrantes, que vuelven a abarrotar las iglesias después de una sequía de feligreses, como una provisión de Dios: “Son los que el Señor nos envió” (pastor pentecostal, 66 años). No obstante, entre el desinterés por la asistencia y el rechazo de muchos chilenos hacia los migrantes, los dirigentes religiosos realizan labores de mediación entre migrantes y chilenos, buscando la manera no sólo de atender asuntos humanitarios, como la entrega de ropa y alimentos, sino de incorporarlos a sus templos y parroquias, aprendiendo algunas de sus costumbres. En el caso católico, especialmente, la población asistente es de muy avanzada edad, y los venezolanos han dado un nuevo impulso a las parroquias. Reflexiona Pedro (61 años, sacerdote):
Si no fuera por ellos [los venezolanos], esto estaría vacío. Hace tres años eran unas cuarenta personas que venían a la misa del domingo. Hoy son unas 150 personas [...] La iglesia ha vuelto a tomar vida por los venezolanos [...] Ahora tenemos 12 acólitos [...] tres eran chilenos, el resto eran venezolanos [...] Lo que me da un poco de preocupación y tristeza es cuando Venezuela se recupere porque entonces la mayoría de ellos van a correr para allá y va a quedar muy poca gente.
A pesar de que aquí los migrantes suelen tener menos tiempo para ir a las iglesias que en Venezuela, procuran vincularse con la narrativa y los símbolos religiosos: “Algunos tenemos dos o hasta tres empleos y por eso sólo veo el culto de mi iglesia en Venezuela, online” (mujer, 24 años, personal de seguridad). De este modo, si consideramos que uno de cada cinco migrantes ha participado en un grupo religioso, 21.8% en los últimos doce meses (SJM, 2022), este espacio se presenta como el de mayor socialización en Chile, aún más que las organizaciones de migrantes y las de tipo deportivo o artístico-cultural. Por ello, constituyen parte importante del tejido social construido en el territorio del barrio Santa Isabel - Matta Norte, pues si bien hay lugares con más cohesión venezolana que de otros colectivos, también hay interacción entre migrantes de distintas nacionalidades y chilenos.
Los creyentes católicos se dividen en feligreses asiduos que asisten al menos una vez al mes a la misa, los que participan en la celebración de fiestas de identificación étnica (Odgers, 2013) y quienes sólo asisten a los rituales de paso (nacimientos, bodas y fallecimientos). En el caso de los venezolanos católicos, tanto por razones cotidianas, es decir, horarios laborales y agotamiento físico, como por los hábitos de origen, una cantidad importante se hace presente únicamente en las fiestas de las vírgenes de Coromoto, del Valle, de Chiquinquirá o la Chinita, y la Divina Pastora en Santiago. Por esta razón, Masferrer (2013) indica que es la mayor disponibilidad de recursos sociales o capital militante en los evangélicos que en los católicos, lo que les permite un compromiso más continuo con sus templos. Aun con ello, no es menor el hecho de que la asistencia a las parroquias católicas sea muy fuerte en los venezolanos, superando claramente a los colombianos, los peruanos y particularmente a los chilenos; además, su efervescencia en las fiestas mencionadas se presenta de manera mucho más notable que en los evangélicos y católicos de otras nacionalidades.
Conclusiones
En el barrio Santa Isabel - Matta Norte, la coexistencia barrial chileno-venezolana ha generado poco a poco una cultura mixta, híbrida, pero en tensión con aquella que se pretende pura o más legítima al haber nacido chileno. Se trata de una zona fronteriza nacional-migrante que ha devenido un territorio estratégico para la diáspora en Santiago, produciéndose una presencia activa que se organiza de uno u otro modo, contingentemente, en búsqueda de mejorar su incorporación social, económica y política, así como de superar el desarraigo de su patria de origen y los estigmas que han enfrentado en Chile desde 2020.
Más que estrategias de sobrevivencia, constatamos en este barrio prácticas que buscan el logro de una ciudadanía concreta y, desde el ejercicio de los derechos urbanos, acceder a una movilidad socioeconómica ascendente y hacia una mayor libertad. Se observa un nuevo espacio operativo a partir de hogares translocales y transnacionales que buscan resolver activa y diversificadamente los efectos tanto de la crisis venezolana que los forzó a huir, como de las crisis chilenas (estallido social, pandemia, inseguridad pública), así como el aumento de la xenofobia y la consecuente distancia cada vez mayor entre los migrantes y el Estado chileno, en un contexto de política migratoria securitista y creciente desciudadanización política. De este modo, considerando las varias distinciones de la ciudadanía, en el espacio público se hace más énfasis en la ciudadanía económica que en la cultural, pese a las características virtuosas con que se concibe a la venezolanidad a partir de la memoria colectiva y el pasado bienestar en torno a la riqueza petrolera.
Hoy se busca, desde la vivienda y el sacrificio laboral (a veces con dos o tres trabajos), superar los polos de la ciudadanía plena y aquella de segunda clase, mejorando su reconocimiento y el grado o estatus ciudadano desde lo local, pasando de un perfil confrontacional -como en algunos barrios de Estación Central, estando uno estigmatizado como la “Nueva Caracas”- a uno conciliatorio y más adaptativo a las expectativas de la población chilena.
Esta identidad barrial ha facilitado cierta organización social comunitaria a partir del espacio residencial (en un edificio específico), intersectándose el estatus profesional u oficio, el estrato socioeconómico (ligado al empleo) y el ser vecino de una comuna central, caracterizándose -especialmente en quienes están establecidos hace cuatro o más años- por la búsqueda de tranquilidad, orden y cumplimiento de las reglas (como al cuestionar la “música fuerte” que les critican los chilenos más hostiles a los recién llegados). Es frecuente que los venezolanos presionen a sus pares para normarlos en torno a la convivencia predominante en Santiago, particularmente si son religiosos. Las prácticas de los migrantes, incluso en situación irregular, en tanto miembros de la neocomunidad donde residen, adoptan algunos atributos de la identidad ciudadana por derecho de domicilio. En esta política a escala local, son relevantes las juntas de vecinos en las que los migrantes pueden solicitar a sus presidentas, todas mujeres chilenas, certificados de residencia y salvoconductos que deben presentar ante servicios públicos o empresas, siendo ellas las mediadoras entre el individuo migrante y el Estado chileno o el sistema de mercado, que los mira con sospecha. En los momentos en que se les vence la visa temporal (con duración de uno o dos años), suelen hacerse asesorar por organizaciones de migrantes y promigrantes para realizar los trámites conducentes a la visa permanente, con objeto de obtener la residencia definitiva.
Esta residencia físico-espacial compartida entre connacionales se ha ido poco a poco transformando en un lugar de permanencia y, así, en un punto de orientación y de acción en el proceso migratorio. La presencia venezolana se suele hacer visible, pero parte importante de su cultura permanece sólo en el espacio privado de los departamentos: “Aquí [en nuestro departamento] mi hijo habla venezolano, desde el auto hacia el colegio puede hablar chileno, son casi puros chilenos sus compañeros” (Pablo, 64 años). Si a esta localización de la cultura venezolana en el espacio residencial sumamos la percepción de los chilenos como “encerrados y trabajólicos”, además de desconfiados, resulta que los encuentros (interculturales) suelen ocurrir en espacios mercantiles como almacenes y restaurantes, más como consumidores que como ciudadanos, tendiendo a ser breves y superficiales, pues prima la mixofobia. Sin embargo, se observa un tenue campo de lucha por el control cultural entre lo propio y lo ajeno de la reproducción social, así como emergentes y cordiales debates respecto a cuáles serían los contenidos de una buena vida cotidiana, destacándose en sus discursos el fomento del deporte, la religiosidad cristiana (principalmente la Virgen María y las procesiones) y la construcción de “buenos hogares”, con un equilibrio entre los géneros.
Dado el aumento de vecinos, familias y negocios de origen venezolano en el barrio, en futuras investigaciones será necesario explorar en el micromundo diario de chilenos y migrantes, los efectos de esta mayor sociabilidad rutinaria, el uso de áreas verdes, colegios, juntas de vecinos, municipalidad, canchas deportivas, cafeterías e iglesias. Esta coexistencia tiende a generar interacciones habituales en el espacio público de este hábitat transitorio, e incide de manera positiva o negativa en el sentido de pertenencia de unos y otros, así como en las formas de participación de los migrantes en la construcción social de la ciudadanía local y nacional. La forma en que influye esta mayor presencia y visibilidad migrante en la convivencia barrial será fundamental en los imaginarios nacionales que resulten dominantes sobre la migración en Chile durante los próximos años, así como en el desarrollo del ciclo migratorio de los vecinos venezolanos, que también depende de las posibilidades que se les generen en otros países en los que cuentan con redes transnacionales, como Colombia, Estados Unidos y España.










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