INTRODUCCIÓN
La presidencia de Juan Pablo Echagüe al frente de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares (en adelante Comisión Protectora) redundó en políticas bibliotecarias de lectura que no sólo apuntaron a fortalecer y extender el entramado de asociaciones del país, sino que también se ocuparon de conformar y diseminar una batería de lineamientos y conceptualizaciones que cimentaban las iniciativas en materia de lectura. A lo largo de los trece años (1931-1944) que Echagüe estuvo al frente del organismo nacional dispuso y mantuvo una serie de estrategias que apuntaban a robustecer el accionar de las bibliotecas populares, a través de la fortificación de las colecciones y el perfeccionamiento de los bibliotecarios y las bibliotecarias, lo que, en su proyección, resultaría en el acrecentamiento del público lector. Hoy en día tenemos registro de este devenir gracias a la voluntad comunicativa de Echagüe, luego continuada por su sucesor Carlos Alberto Obligado, que contempló la publicación de entregas periódicas, monográficas y transmisiones radiales (Coria, 2024), en las que difundía el accionar cotidiano de la institución y las asociaciones, así como también orientaciones sobre la lectura que la Comisión Protectora validaba y promocionaba.
Entre las obras editoriales publicadas por la Comisión Protectora durante la gestión de Echagüe, se destacaba Libros y bibliotecas por dos principales cuestiones. Por una parte, repetía el título que había sido utilizado en otras obras editadas por la misma institución, una de 1921 dedicada a reproducir documentos públicos relacionados con la entidad bibliotecaria y, otra de 1926, que constó de dos considerables volúmenes diferenciados por el subtítulo: Acción interna y Acción externa, respectivamente. Por otra parte, fue una de las escasas publicaciones monográficas de la Comisión Protectora que contaban con autor personal, que justamente se trataba del presidente del organismo, quien no se distinguió por escribir otros libros sobre temas bibliotecarios, por lo que este texto se constituye como la obra característica de su pensamiento sobre la disciplina.
La participación intelectual y de intelectuales en la formación del campo bibliotecario y de las bibliotecas fue una constante en la historia de las bibliotecas de Argentina, por lo que resulta necesario comprender los procesos, también a través de una historia intelectual que contemple aquellas figuras que desempeñaron roles decisivos en las instituciones bibliotecarias, así como aquellas que cumplieron las funciones de mediadores culturales en los ámbitos locales (Altamirano, 2013). Algo de esta pretensión está presente en un conjunto de estudios recientes que, aunque no todos ellos se concentren en la influencia de estas personas en el campo bibliotecario, proveen valiosos abordajes sobre las ideas que guiaron su accionar al frente de grandes instituciones. Así contamos con los aportes investigativos sobre los precursores: Paul Groussac (Bruno, 2018, 2024), Federico Birabén (Planas, 2023a), Domingo Faustino Sarmiento y Vicente Quesada (Planas, 2023b), Luis Ricardo Fors (Dorta, 2022) y Nicanor Sarmiento (Agesta, 2023); los contemporáneos a Echagüe: Hanny Stöcker de Simons (Meclazcke, 2020), Germán García (López Pascual, 2023) y Carlos Alberto Obligado (Coria, 2024) y algunos de los que continuaron insertándose en el campo como Nicolás Matijevic (López Pascual, 2024). La proliferación de este tipo de exploraciones evidencia la relevancia que supone volver la mirada sobre la tarea y la mentalidad de estos sujetos.
En este marco prometedor se inserta este artículo que destaca las ideas de Echagüe con base en su único libro bibliotecario, aunque también contempla otros rastros textuales en los que el presidente dejó plasmadas sus ideas, estableciendo las relaciones que cimentaban estos pensamientos que no surgieron de manera espontánea ni apartada, sino que se alineaban con los fundamentos que había establecido Sarmiento (el “patriarca de las bibliotecas populares”, como lo denominaba Echagüe) y que evolucionaban en función de los derroteros de los saberes bibliotecarios de la época. De manera específica, este escrito comienza con una introducción biográfica de Echagüe, en la que se destaca su cuna literaria sanjuanina como determinante de su designio, para dar paso a una identificación de Libros y bibliotecas, en tanto un compendio de su pensamiento bibliotecario manifestado en varios textos que componen el volumen, que contaron asimismo con otros espacios de expresión pública. La siguiente sección, matricial del artículo por estar dedicada a reconstruir sus ideas acerca del universo de las bibliotecas, se estructura a través de los tres puntos de análisis que se tomaron para interpretar la obra del dirigente de la Comisión Protectora. Primero, la noción de biblioteca popular que fundamentaba las políticas de lecturas del organismo nacional, que incluía no sólo una definición, sino también especificidades acerca de sus funciones ordinarias y especiales asignadas. Luego, en un sentido similar, el modelo de bibliotecaria o bibliotecario que Echagüe delineó como ideal, para que sirviera de vehículo de las iniciativas de la institución nacional, pero que a la vez estuviese en línea con las caracterizaciones ofrecidas en la bibliografía disciplinar de la época. Por último, la organización bibliotecaria, cuestión en la que no se explayó en demasiada en su libro, pero que ocupó parte de sus páginas destinadas a proveer indicios sobre los modos de funcionamiento recomendados para las asociaciones de país.
COMO SARMIENTO, UN HOMBRE DE LETRAS Y DE BIBLIOTECAS
Alto. Andar pausado. Bigote fino al estilo borgoñón. Usa un sombrero característico de alta copa y amplias alas, ligeramente echado hacia adelante con cierta donosura. Ancha la frente, sombreada por una onda de cabellos negros. En sus ojos soñadores fulge una chispa de inteligencia y añoranza
Juan Pablo Echagüe nació el 4 de julio de 1877 (Echevarrieta, 1940),1 en la ciudad de San Juan de la provincia homónima (véase imagen 1).
Desde pequeño, influenciado por la labor literaria de su padre, Pedro Echagüe, Juan Pablo se destacó entre sus pares estudiantes. Cuenta la anécdota que a sus siete años tuvo un encuentro con Domingo Faustino Sarmiento, en ocasión de su última visita a San Juan, en el que este último quedó maravillado por la locuacidad del niño Juan Pablo e, incluso, lo animó a trasladarse a Buenos Aires para continuar su formación (Echagüe, 1938). A partir de allí Echagüe se inspiró, de manera entusiasta, primero en la trayectoria de “Sarmiento escritor”, tal como luego tituló la conferencia que dictó el 12 de septiembre de 1949 en ocasión de la Semana Sarmientina en San Juan y, luego, en sus designios en el mundo bibliotecario. Una vez en la capital nacional, antes de su formación universitaria, Echagüe desarrolló un interés voraz por la lectura y, a partir de allí, empezó su vínculo con las bibliotecas como un ávido lector; en sus palabras: “por aquel entonces, mi verdadero domicilio estuvo en las bibliotecas.”2 Esta experiencia lo formaría y forjaría su destino literario y bibliotecario. Jean Paul, tal como se autodenominaba desde su paso por el Colegio Nacional de San Juan, también se aproximó al mundo de las letras, ya en una instancia formal, a través del periodismo, camino allanado por su padre, quien además de una profusa producción literaria, fundó y trabajó en varios diarios: El Riojano, El Zonda, El Nacional y El Constitucional. El primer trabajo de Juan Pablo en ese rubro fue en El Argentino, donde se encargaba de redactar las notas sobre la actividad teatral. Luego se desempeñó como escribiente en el Ministerio de Agricultura. Recién en esta instancia comenzó su carrera universitaria, formación que no completó en su totalidad, más allá de los cursos libres que luego realizó en Francia. Su trabajo como crítico teatral literario lo llevó a desempeñarse en el mencionado El Argentino, así como también en El País, La Nación, El Diario, La Razón e incluso en la popular revista Caras y Caretas, aunque su verdadera pasión fue la literatura, donde desarrolló una profusa labor resultante en gran cantidad de obras.
Con esta pletórica trayectoria literaria, que incursionó también en la historia y tuvo una trunca posibilidad política,3 Echagüe asumió la presidencia de la Comisión Protectora en febrero de 1931, aunque desde el año anterior venía desempeñándose como vocal. Al mismo tiempo, formaba parte de prestigiosos colegios que aunaban la elite cultural y literaria del momento: Academia Argentina de Letras, Academia Nacional de la Historia, Instituto Nacional Sanmartiniano, Instituto de Literatura Argentina, Comisión Nacional de Bellas Artes, Société Académique d’Histoire Internationale de París, Junta de Historia y Numismática Americana, Academia Argentina de Estudios Históricos, Asociación Sarmientina, Instituto Argentino de Crítica Literaria, Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico, PEN club de Argentina, Sociedad de Americanistas de París, Círculo de la Prensa de Buenos Aires, Escuela de Periodismo, Institutos de Historia, entre otras instituciones. Sin dudas, este bagaje intelectual adquirido y las relaciones intelectuales trenzadas en el país y en el exterior lo identificaron como un “hombre de talento, en cuyo ponderado juicio pueden confiar”, y un “funcionario activo, aportador de ideas”,4 cuyas actitudes y aptitudes eran propias y necesarias del rol que la Comisión Protectora y el universo bibliotecario nacional convocaba en aquel tiempo.
UN ÚNICO LIBRO PARA UNAS CUANTAS IDEAS
Libros y bibliotecas es el libro por excelencia de Echagüe sobre bibliotecología, no sólo porque es la única obra monográfica que dedica enteramente a expresar sus ideas sobre la disciplina, sino porque se constituye como un compendio del modelo que sostuvo durante toda su gestión en la Comisión Protectora (véase imagen 2).
No fue el primer referente bibliotecológico que se dedicó a perpetuar sus ideas desplegadas en una gestión directiva en un instrumento bibliográfico, ya lo habían hecho: Vicente Quesada en 1879 con La Biblioteca pública de Buenos Aires: proyecto de reorganización (Planas, 2023a), Luis Ricardo Fors con su Tratado de biblionomía de fecha aproximada 1905 (Dorta, 2022), Hanny Stöcker de Simons con Bibliotecas y bibliotecarios (1932) y Algunos aspectos de la biblioteconomía de 1934 (Meclazcke, 2020) y también Sarmiento, cuyos escritos fueron recopilados en Páginas selectas de Sarmiento sobre bibliotecas populares de 1939. Al momento de la publicación de Libros y bibliotecas, Echagüe había estado ocho años en la presidencia de la institución más un año previo como vocal.
El libro es una compilación que reúne trabajos que Echagüe había expresado de forma pública anteriormente en conferencias, o bien, se difundieron por otros medios impresos. Esta aclaración figura en el preámbulo introductorio, que es seguido por cuatro capítulos principales. El primero, titulado “Influencia de las bibliotecas en el proceso histórico argentino”, que corresponde a la conferencia ofrecida por el presidente de la Comisión Protectora en el II Congreso Internacional de Historia de América (Buenos Aires, 1937). Luego, el gran capítulo “Bases para una organización bibliotecaria”, comprendido por tres apartados: Generalidades, La Función Social y El Bibliotecario. Mientras que los próximos últimos dos artículos fueron denominados “La biblioteca como instrumento y expresión de cultura” y “Mensaje a las bibliotecas populares”.
Ahora bien, de manera particular, en el primer capítulo, a través de una reseña histórica, al estilo de lo que había hecho Groussac en el prólogo del Catálogo metódico de la Biblioteca Nacional, seguido de tablas alfabética de autores, ciencias y artes (Biblioteca Nacional, 1893), Echagüe reconstruyó el influjo que las bibliotecas -entonces las existentes pública (posteriormente nacional), universitarias, populares o personales- produjeron en el devenir del país con posterioridad a la conquista: “el libro pasó a ser instrumento público de liberación, y la biblioteca centro de irradiación de todo progreso” (Echagüe, 1939, p. 15). El texto procura acentuar el papel de la Comisión Protectora y las bibliotecas populares, en la consolidación de la historia cultural, educativa y popular de Argentina. Echagüe no escatima en elogios al creador Sarmiento, pero también reconoce, sin profundizar, los pormenores que habían llevado al cese de las funciones de la institución nacional en 1876, a sólo seis años de su creación.
El segundo capítulo, titulado “Bases para una organización bibliotecaria”, se subdivide en tres secciones. La primera, Generalidades, recupera la orientación dada por Echagüe, como responsable de la Comisión Protectora, a la concepción bibliotecaria en relación con sus objetivos, vinculación con el Estado, la apertura libraría, a través del rescate de valiosas experiencias internacionales, con especial preponderancia de la vertiente estadunidense. Luego, en el apartado La Función Social, Echagüe distingue, de manera pormenorizada, el papel de la biblioteca popular según los diferentes públicos a los que debía atender: infantes, enfermos, presos, soldados, marinos, ciegos, trabajadores. El postulado principal apuntaba a que las asociaciones actuaran como resguardo del ocio, complemento educativo y antídoto de dolencias, de cada uno de estos grupos lectores. La última sección de este capítulo es El Bibliotecario, en la que el presidente de la Comisión Protectora describe su ideal bibliotecario y deja constancia, una vez más, de su militancia por la institucionalización de la formación bibliotecaria e, incluso, propone algunos lineamientos sobre las formalidades que debería considerar el plan de estudios de una escuela de bibliotecarias y bibliotecarios.
El capítulo tercero, “La biblioteca como instrumento y expresión de cultura”, abandona los tecnicismos desarrollados en la sección anterior, y expresa, de forma lírica, el papel de la Comisión Protectora con una pregunta que guía el texto: “¿qué funciones desempeña esta institución y como concibió Sarmiento su actuación?” (Echagüe, 1939, p. 76). En esta línea, citando a Paul Groussac, del cual Echagüe era admirador,5 define a cada biblioteca como una “institución benéfica y civilizadora por excelencia” (Echagüe, 1939, p. 73). Quien había sido director de la Biblioteca Nacional no fue el único convocado en estas páginas, sino que destacaba la figura de Mariano Moreno, Leopoldo Lugones y, obviamente, el mismo Sarmiento. Todos ellos, al igual que Echagüe, hombres de letras y bibliotecas, pero que no podían disponerse en una “misma bolsa”, pues Sarmiento no había sido de la idea de la asunción del francés a cargo de la máxima institución bibliotecaria nacional, cuestión que Echagüe, afín al “ilustre sanjuanino”, sí ponderaba como satisfactoria (Bruno, 2018).
El último capítulo del libro se denomina “Mensaje a las bibliotecas populares”, cuyo texto, según lo declarado a pie de página, fue pronunciado por el mismo Echagüe en ocasión del primer aniversario de las transmisiones radiales de la Comisión Protectora el día 3 de abril de 1938 (véase imagen 3).

Fuente: Revista Antena, 9 de abril de 1938 (defectos de imagen del original).
Imagen 3 Anuncio de la disertación y foto de Juan Pablo Echagüe en radio nacional.
Este mismo relato también fue considerado en otras presentaciones: en el Boletín de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares (en adelante: Boletín) fue ubicado en tapa y ocupó tres páginas de la entrega (de las seis que contemplaban todo el número),6 en forma de folleto suelto distribuido entre las bibliotecas populares e, incluso, tuvo su repercusión en la prensa periódica a través de la reproducción de algunos fragmentos (La Nueva Provincia, 6 de abril de 1938; El Diario, 9 de abril de 1938). La alocución, transformada en escrito, se constituye en un compendio de las principales nociones sobre las bibliotecas populares que la Comisión Protectora deseaba difundir y perpetuar.7 Todo este discurso estaba acompañado con referencias a la centralidad del espacio radiofónico de la Comisión Protectora como medio para alcanzar a todo el territorio nacional.
Cabe agregar que, en el mismo año en que apareció Libros y bibliotecas, la Comisión Nacional de Homenaje a Sarmiento publicó Sarmiento: cincuentenario de su muerte. Páginas selectas de Sarmiento sobre bibliotecas populares. El cuarto volumen de esta recopilación contiene los escritos de Sarmiento sobre bibliotecas populares reunidos por la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares. Este encargo a la institución bibliotecaria a partir del decreto nacional del 21 de mayo de 1938 tuvo su origen en la propuesta que el mismo Echagüe formuló en el II Congreso Internacional de Historia de América (Buenos Aires, 1937). Es por ello por lo que se le encargó la escritura de la Advertencia introductoria de este libro, en el que, naturalmente, enalteció la figura de Sarmiento y erigió a la Comisión Protectora, como institución, y a él mismo, como presidente, como fieles discípulos de los designios del “egregio civilizador”, cuyo símbolo de devoción se materializó en este compendio (Comisión Nacional de Homenaje a Sarmiento, 1939, vol. 4, pp. 7-10). Más allá de otras intervenciones de este estilo, que presentaban o consumaban libros sobre referentes, durante el resto de su periodo presidencial, Echagüe no pergeñó publicaciones sobre bibliotecología de la talla de Libros y bibliotecas.
EL PENSAMIENTO BIBLIOTECARIO DE JUAN PABLO ECHAGÜE
Qué son y para qué sirven las bibliotecas populares
Echagüe no fue bibliotecario ni formó parte de la comisión directiva de asociaciones, sólo desempeñó ampliamente su papel como apasionado lector en el ámbito de las bibliotecas. Sin embargo, al tomar el control de la Comisión Protectora asumió conscientemente las actuaciones principales del cargo: funcionario público y promotor bibliotecario. Cada una comprendía una serie de tareas particulares que debían ser articuladas y muchas veces contrastaban en su aplicación cotidiana, ya que, más allá de las presunciones idealistas que pudiera tener sobre el devenir de las bibliotecas populares, los óbices propios de cualquier organismo gubernamental eran los que realmente orquestaban el rumbo de las asociaciones. Así, al mismo tiempo que Echagüe entronizaba a la Comisión Protectora como el organismo “centralizador y unificador de los esfuerzos de 1500 bibliotecas” (Echagüe, 1939, p. 42), protestaba por los avatares económicos que debía sortear para distribuir los subsidios, comprar bibliografía y sostener el funcionamiento del organismo nacional. Al respecto, sugería: “mientras la cuestión financiera no se resuelva a fondo, una mejor organización y fomento de las bibliotecas populares, un mayor rendimiento de su acción sobre las poblaciones, se verán entorpecidos” (Echagüe, 1939, p. 83).
La vinculación cercana entre “colectividad y Estado” (Echagüe, 1939, p. 93) fue un precepto vertebral de las ideas de Echagüe, en cuya reciprocidad las bibliotecas populares desempeñaban la función aglutinante y potenciadora de la obra cultural y educativa de los territorios, a la vez que dialogaba y se insertaba en el plano estatal a través de la Comisión Protectora. A lo largo de la existencia de esta entidad, siempre fueron las asociaciones quienes se esforzaron por cumplir los requerimientos del organismo para alcanzar su protección y beneficiarse con sus asignaciones monetarias o bibliográficas, lo que requería un funcionamiento regular e ininterrumpido, registro de lectores, envío de planillas trimestrales estadísticas, entre otras condiciones exigidas (Echagüe, 1939, p. 101). No obstante, la Comisión Protectora, en manos del presidente sanjuanino, procuró disponer de un conjunto de herramientas, principalmente conceptuales, que sirvieran de asistencia para aquellas bibliotecas a las que se les dificultaba mantener los estándares de funcionamiento pretendidos por la institución. En ese marco, y como parte de sus políticas bibliotecarias de lectura, la Comisión Protectora contó con un programa de radio en la Estación estatal desde 1937, con el principal objetivo de brindar “una anchurosa perspectiva a la comunicación de ideas y a la continua propagación de elevadas sugestiones, para impulsar asiduamente la labor de las bibliotecas y seguir de cerca su desenvolvimiento” (Echagüe, 1939, pp. 95-96). Asimismo, durante toda la gestión de Echagüe se editó el Boletín, luego continuado por la administración de Carlos Alberto Obligado, con “una misión de propaganda e información” (Echagüe, 1939, p. 85).
La edición de publicaciones periódicas por parte de instituciones bibliotecarias que excedieran el propósito bibliográfico y se asociaran directamente a un nombre propio no fue una novedad de Echagüe, el potencial de este medio como “la forma más activa de expansión y propaganda intelectual” ya había sido reconocido por estudiosos como Groussac y Birabén (Planas, 2023a, p. 342). En esta línea, las instituciones bibliotecarias nacionales referentes del siglo XIX habían tenido sus expresiones de este tipo: la misma Comisión Protectora durante su primer periodo inicial editó el Boletín de las Bibliotecas Populares (1872-1875) y la Biblioteca Nacional publicó la Revista de la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires (1879-1881) creada por Manuel Ricardo Trelles y La Biblioteca (1896-1898) y Anales de la Biblioteca entre (1900-1915) dirigidas por Paul Groussac (Bruno, 2024). Otras entidades bibliotecarias también contaron con su manifestación, como el Boletín de la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires pergeñado por Luis Ricardo Fors (1899-1905) (Agesta, 2023; Dorta, 2024), el Boletín Informativo de la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia de Bahía Blanca fundado en 1927 (López Pascual y Agesta, 2024), la revista Universidad de la Universidad Nacional del Litoral, que contaba con una sección de temas bibliotecarios desde 1932, y Bibliotecario, de la Asociación de Bibliotecarios Argentinos (1940-1944).
Entonces, en su papel como uno de los máximos referentes del campo bibliotecario argentino, Echagüe dispuso los medios a través de los cuales difundió un discurso legitimado sobre las bibliotecas, los bibliotecarios y las lecturas. Pero, ¿cuál era el concepto de biblioteca popular sobre la que se cimentaba esta prédica de la Comisión Protectora? La respuesta a esta interrogante nos lleva a recuperar el debate acerca de las conceptualizaciones de la noción biblioteca, anclada en la realidad argentina, que parten, en este país, adheridas a la delimitación del modelo de biblioteca nacional. Nacida de carácter público y provincial, se erigió luego como la máxima institución bibliotecaria de la nación, lo que conllevó una delimitación de sus alcances y formas, de acuerdo con proyectos culturales y políticos específicos. La diferencia en la concepción de la institución biblioteca puede indagarse al inspeccionar las antagónicas ideas de Quesada y Sarmiento (Planas, 2023b). El contraste que interesa remarcar es el rol estatal en la consolidación de las bibliotecas: Quesada pensaba en las bibliotecas eruditas y el papel del Estado, mientras Sarmiento se enfocaba en las bibliotecas populares (de asociaciones), complementarias a las escuelas, como espacios de socialización y de formación de los lectores y las lectoras, y como una institución estratégica para el circuito libro (Planas, 2023b, p. 90). La Biblioteca Pública de Buenos Aires no fue la única que escindió estos debates: unos años más tarde se daba una pugna similar en la Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata, a propósito del establecimiento del préstamo domiciliario de libros (Meclazcke, 2020, p. 59).
Ahora bien, la idea de biblioteca popular de Echagüe seguía, naturalmente, las concepciones originarias de Sarmiento en las que se concebía a las asociaciones como entidades convocantes de amplia apertura con una permanente pretensión adaptativa de acuerdo con las condiciones del territorio, con el principal objetivo de poblar las salas y las estanterías, y así “mejorar y elevar el nivel cultural y ético de los habitantes (Echagüe, 1939, p. 30). Desde ya, apuntaba a la consecución de bibliotecas “prácticas”, tal como Planas identifica al modelo de Birabén (Planas, 2023a, pp. 341-348), en clara contraposición a la concepción de bibliotecas “teóricas”, conservadoras o eruditas del tipo de las pensadas por Vicente Quesada y Paul Groussac (Planas, 2023b). Asimismo, Echagüe emparentaba a la biblioteca popular una función social, tal como fue titulado uno de los apartados de su libro. La noción no era aislada, sino que estaba en consonancia con las visiones idílicas dadas a las asociaciones por parte de otros exponentes del campo bibliotecario argentino. En Libros y bibliotecas, a propósito del tratamiento de esta cuestión, Echagüe convocaba a las palabras de Ernesto Nelson para subrayar la trascendencia que reviste el compromiso del personal bibliotecario con la comunidad en que se encuentra inserta la biblioteca popular: “el contacto con el mundo es un beneficio positivo para el bibliotecario” (Echagüe, 1939, p. 100). Asimismo, Manuel Selva identificaba una misión social de la biblioteca anclada en la democratización de la lectura, con una clara reminiscencia a los principios fundacionales de Sarmiento. En esta misma línea, la biblioteca popular también conllevaba un propósito educativo “como órganos de educación colectiva y de cultura individual” (Echagüe, 1939, p. 100), que no debía quedar por fuera del proyecto.
De forma explícita, Echagüe asignaba a las bibliotecas populares un “fin cuádruple: formar, instruir, informar, distraer” (Echagüe, 1939, p. 100). Los dos primeros propósitos serían directamente vinculables con la cuestión social y educativa mencionada, sin embargo, según el ideario del presidente el alcance de las instituciones debía extenderse más allá, avanzando hacia un papel cívico en el que la biblioteca se estableciera como un “instrumento del progreso intelectual del pueblo” (Echagüe, 1939, p. 78) y funcionara como “uno de los órganos de nuestra democracia que no podrían suprimirse sin menoscabar el principio de la soberanía popular” (Echagüe, 1939, p. 7). Incluso, se le otorgaba una implicancia espiritual, en la que la biblioteca era “no sólo un derecho popular, sino el más seguro y valioso recurso que pueda ponerse en práctica para la formación de la mente y la conciencia de un pueblo” (Echagüe, 1939, p. 29). La tercera finalidad mencionada se vincula más con el ámbito bibliotecario, pues sobre eso también se explayaba Echagüe, aduciendo que la biblioteca popular, “además de su misión educadora, o de su carácter de noble esparcimiento público, tiene aún otro papel que desempeñar: el de centro de información y documentación” (Echagüe, 1939, p. 44). Sobre el cuarto propósito de esparcimiento, la biblioteca tenía que ejercer una tarea celadora sobre la “inmensa masa popular de todos los sectores y todas las edades” (Echagüe, 1939, p. 47), cuidando las lecturas de los considerados “ocios ‘peligrosos’” (Echagüe, 1939, p. 32).
Cada una de las incumbencias dadas a las bibliotecas populares derivaba en la posibilidad de tipos particulares de asociaciones, de acuerdo con sus públicos lectores, que resultaban en instalaciones, colecciones y servicios específicos. Es así que, tanto en Libros y bibliotecas, como en el resto de las publicaciones de la Comisión Protectora, Echagüe se dedicaba a impartir recomendaciones que las bibliotecas populares debían tomar para establecer secciones apartadas, o bien bibliotecas independientes. Como pasaba con gran parte de su pensamiento, no se presentaba separado del resto de saberes que circulaban en el incipiente campo bibliotecario argentino: por el contrario, estaba en diálogo con sus colegas. A propósito de esta especialización de las bibliotecas de acuerdo con las características de su lectorado, Alfredo Cónsole en El bibliotecario y la biblioteca: fundación y organización de bibliotecas populares (1929), y Manuel Selva en Manual de bibliotecnia (1939) y Tratado de bibliotecnia (1944) ofrecieron algunas caracterizaciones y recomendaciones comparables a las que Echagüe se ocupó de difundir (Planas, 2024). En este punto, cabe señalar que las aportaciones del presidente del organismo bibliotecario, en línea con las de Cónsole y Selva, se constituían como derivaciones de las “bibliotecas especiales” que Ernesto Nelson recuperó en Las bibliotecas en los Estados Unidos (1927) sobre el sistema bibliotecario de ese país.
Sin dudas, el tipo de biblioteca que la Comisión Protectora animó especialmente fue la infantil, a fin de que funcionara como una “auxiliar eficiente de la moderna pedagogía” (Echagüe, 1939, p. 48), pero también que contemplara la labor de entretenimiento. El asesoramiento para la implementación de bibliotecas para infantes contempló todos los aspectos necesarios: acondicionamiento edilicio, selección bibliográficas, desempeño bibliotecario, actividades complementarias (Echagüe, 1939, pp. 48-49), lo que tuvo su correlato en la inauguración de numerosas entidades de este tipo en puntos distantes del territorio argentino.8 Relevancia semejante le otorgó Echagüe a las bibliotecas destinadas a “enfermos de hospital” (Echagüe, 1939, p. 50), en línea con la misión que Ángel María Giménez (1932) venía desarrollando en beneficio de las “bibliotecas en las salas de los hospitales” (Tripaldi, 2000). En Libros y bibliotecas destinó algunas páginas a este fin, pero su interés no se agotó en manifestaciones discursivas, sino que ya en los primeros meses de su gestión se abocó a instrumentar los requerimientos burocráticos para hallar apoyo institucional a sus propuestas. Echagüe también atendió particularmente los “centros obreros de cultura” (Echagüe, 1939, p. 54), en los que las bibliotecas oficiaban de sitios de pasatiempo de los trabajadores en los momentos de ocio que los beneficios de las nuevas reglamentaciones laborales les otorgaban. El presidente pensaba en estos espacios según experiencias extranjeras como las de España, Estados Unidos, Alemania, Italia, Polonia, Rusia y las deliberaciones del Congreso Internacional de Centros Obreros, realizado en Bruselas en 1935 (Echagüe, 1939, pp. 54-58). Con una atención ligeramente menor, Echagüe además se explayó sobre las bibliotecas emplazadas en cárceles, las destinadas a soldados y marinos y a personas con discapacidad visual (Echagüe, 1939, pp. 52-53).
La vastedad y la especificidad otorgada a la tarea de las bibliotecas populares desde el plano conceptual contrastaban con los aspectos más prácticos de la cotidianidad de las asociaciones. Echagüe no era ajeno a esta contradicción, porque, al mismo tiempo, e incluso en los mismos textos que reclamaba las múltiples injerencias que las bibliotecas debían desarrollar, reclamaba la regularización de la asignación de presupuestos para asistir a las asociaciones. Por lo que esta ambigüedad entre la abstracción idílica de las bibliotecas deseadas y las desavenencias económicas y burocráticas acompañó toda la gestión de Echagüe, más allá de que hacia la década de 1940 se normalizó y acrecentó la erogación de fondos (Coria, 2025a).
Representación modélica de las bibliotecarias y los bibliotecarios
Manuel Selva, en el Manual (1939) y el Tratado (1944), se preguntaba, ¿qué es un bibliotecario? Aunque la respuesta que da no es exhaustiva, más allá de una recopilación de caracterizaciones y buenas prácticas, resultaba necesario instalar esta interrogante, pues para el momento fundante de la profesionalización bibliotecaria era imprescindible contar con un ideal al que apuntar. Echagüe pensó en un modelo bibliotecario al que le dedicó un apartado exclusivo de Libros y bibliotecas. Esta sección redunda en descripciones del bibliotecario modélico, que, en línea con la conceptualización de biblioteca, debía desempeñar varias funciones: “pedagógica, técnica y espiritual” (Echagüe, 1939, p. 61). Según esta noción, la razón de ser del bibliotecario eran los lectores, mientras que la biblioteca y las colecciones debían pergeñarse en función de las predilecciones de los públicos objetivo.
En esencia, el bibliotecario estaba destinado a hacer cumplir los fundamentos de una biblioteca popular que, tomando las palabras antes dichas de Echagüe, se ocupaba de la formación, instrucción, información y distracción de sus lectores, lo que ampliaba las pretensiones de su quehacer hasta instancias extraordinarias: “la biblioteca popular moderna exige del bibliotecario conocimientos extensos” (Echagüe, 1939, p. 62). Puesto que, además de atender la biblioteca, procesar técnicamente los libros, realizar las rendiciones trimestrales a la Comisión Protectora, formar lectores, organizar actividades culturales y recreativas, entre otras tantas tareas diarias, debía hacerlo desde una posición diligente y consciente: “no basta, en efecto, adoptar un sistema, sino realizar cada mejora tomando como inmediato punto de referencia, la realidad que nos rodea” (Echagüe, 1939, p. 36).
Estas ocupaciones excepcionales contrastaban con el perfil técnico que comenzaba a imponerse en la currícula de las formaciones institucionalizadas, lo que producía una discordancia entre la “visión romántica y la concepción profesional moderna” del bibliotecario (López Pascual y Agesta, 2024, p. 29). Antes de la profesionalización del bibliotecario, era común una concepción enciclopedista, que en palabras de Hanny Stöcker de Simons sería reconocerlo como una “fuente de conocimiento universal viviente, el poseer un saber general importante” (Meclazcke, 2020, p. 64). Desde ya, no era el único referente que proyectaba la ocupación de este modo, sino que otros, y en particular Echagüe, también aspiraban al multitasking del personal bibliotecario, incluyendo tareas de educador, promotor cultural, asesor de lectura, interventor social y, por supuesto, bibliotecario especializado y actualizado. Expresado en la pluma del presidente de la Comisión Protectora resuena más fuerte: “Así considerado, el problema [las actividades del bibliotecario] abarca la psicología, la sociología, los principios de la literatura, del arte y de la educación, y muchas técnicas especiales de vasta erudición” (Echagüe, 1939, p. 62).
La paradoja de estos perfiles es representada por Echagüe como dos universos de acción convenidos para los bibliotecarios y las bibliotecarias. Por un lado, uno de trabajo interno, que implicaba la organización del acervo bibliográfico, las tareas de inventariado, clasificación y catalogación, la provisión de servicios bibliográficos, la adquisición de materiales, la propaganda de la biblioteca, la economía interna del establecimiento, la conservación y renovación del material y el manejo administrativo de la entidad. Por otro, la introducción en el ambiente externo, que, según su ideario, conllevaba el conocimiento de la colección para su vinculación con la “psicología” de los lectores, el reconocimiento del medio social y cultural del que provenían los lectores, la confección de planes de lectura y la responsabilidad de dirigir la lectura de quienes visitaban las instalaciones (Echagüe, 1939, pp. 62-63).
Ahora bien, más allá de esta representación dual del bibliotecario, Echagüe, al mando de la Comisión Protectora, alentó, cada vez que pudo, la importancia de que quienes se encuentren al frente de las bibliotecas populares estuvieran profesional y técnicamente preparados: “Sin bibliotecarios [formados] no habrá catálogos orgánicos ni ficheros alfabéticos, y sin éstos, la acción de la entidad se resolverá en el empirismo y la rutina” (Echagüe, 1939, p. 98). La institucionalización de la capacitación bibliotecaria no tenía un fin puramente instructivo, pues al momento existían en todo el país personas a cargo de bibliotecas que gestionaban colecciones y lectores satisfactoriamente, con mayor o menor grado de éxito, pero que al menos les garantizaba un funcionamiento regular. Casos como el del bahiense German García ejemplifican esta cuestión, quien ilustrado desde la mera experiencia autodidacta consiguió constituirse como un referente regional de la disciplina (López Pascual y Agesta, 2024). Incluso, el mismo Selva logró consolidar un curso y dos compendios pedagógicos desde su labor en la Biblioteca Nacional, con la consabida influencia de Groussac (Planas, 2024). De modo que, la intención más provechosa se constituiría al lograr colectivos bibliotecarios que compartieran un mismo quehacer, con un lenguaje y precepto general acordado, a la vez que se configuraba un modelo de personal bibliotecario medianamente uniforme.
Desde su cargo como vocal, Echagüe militó la creación de escuelas de bibliotecología.9 Aunque, desde ya, no fue el primero en preocuparse, sino que desde el siglo XIX hubo otros intelectuales, no sólo del ámbito de la bibliotecología, que incluso llegaron a instaurar propuestas formativas, tales como Ponciano Vivanco, Pablo Pizzurno y Federico Birabén, (Agesta, 2023), Ricardo Rojas (Silber, 2021), Alfredo Cónsole, Hanny Stöcker de Simons (Meclazcke, 2020). Más allá de que el conductor de la Comisión Protectora tenía en claro que no era cometido de este organismo la fundación de una casa de estudios, se ocupó en sus escritos de recuperar experiencias de escuelas de bibliotecarios y bibliotecarias de otros países (Echagüe, 1939, pp. 65 y 66) e incluso esbozar algunas consideraciones sobre un posible plan de estudios para carrera de bibliotecología (Echagüe, 1939, pp. 67 y 68), al estilo de las que había hecho Alfredo Cónsole en su libro Hagamos del bibliotecario un profesional (1931). En la promoción de la creación de instancias formales de capacitación profesional, la Comisión Protectora tomaba como referencia la Escuela de Bibliotecología del Museo Social Argentino,10 que tuvo como principal promotor a Manuel Selva en los inicios de este curso en 1937, ya que, a excepción de la frustrada experiencia formativa de la Universidad de Buenos Aires, no existía otra propuesta con ese nivel de institucionalización. La cercanía entre la Comisión Protectora y el Museo Social se evidenció en más de un aspecto,11 no obstante se destacaba el sesgo dado a la instancia práctica de la formación bibliotecaria, que tenía como principal campo de acción las bibliotecas populares (Planas, 2024).
Algunas, pocas, ideas sobre el cómo de las bibliotecas populares
Entonces, la Comisión Protectora privilegió el reconocimiento de la configuración bibliotecaria de Estados Unidos como arquetipo de la morfología que debían adoptar las bibliotecas populares en Argentina. En las últimas décadas decimonónicas este encomio se evidenció a través de la intercesión de Sarmiento, y ya a partir de la tercera década del siglo XX, fue Ernesto Nelson quien reintrodujo la corriente anglosajona en este país. Por lo que, del mismo modo que Echagüe, tomó este modelo para exhortar a las asociaciones sobre su papel comunitario: “en Estados Unidos existe, indudablemente, la concepción más moderna y completa sobre la importancia social de la biblioteca popular” (Echagüe, 1939, p. 37), también contempló este sistema como ejemplo para la organización bibliotecaria: “en Estados Unidos, las bibliotecas populares más importantes están organizadas por secciones, circunstancia que simplifica mucho su funcionamiento” (Echagüe, 1939, p. 41).
El presidente de la Comisión Protectora fue insistente en este aspecto: “el régimen más amplio y mejor estudiado de bibliotecas populares es el que rige en Estados Unidos, con gran riqueza de recursos materiales” (Echagüe, 1939, p. 45). Sin embargo, no lo pensó como un patrón que fuera directamente extrapolable, sino que también discurrió en políticas de lectura que contemplaran las particularidades del territorio argentino con una fuerte significación enfocada en el regionalismo y la revalorización de lo autóctono, tal como remarcaba: “creencias, tradiciones, costumbres, todo lo que constituye, en fin, la consciencia de un pueblo”.12 Echagüe, reconocido por su labor literaria vinculada a la identidad nacional y regional, admitía que, desde la centralidad de la Comisión Protectora se debían contemplar iniciativas federales de fomento al libro y la lectura, que identificaran y mitigaran las diferencias en materia educativa y cultural: “todo sistema urbano de actividad bibliotecaria, no puede descansar sobre idénticas bases cuando entramos en las dilatadas regiones del interior” (Echagüe, 1939, p. 41).
Con la intención de alcanzar a las bibliotecas populares más apartadas de la capital nacional, fue que Echagüe habilitó los vehículos comunicativos -programa de radio y Boletín- necesarios para su incorporación a una red lo más igualitaria posible: “las poblaciones, y muy especialmente las que se encuentran alejadas de las grandes ciudades, se beneficiarán de manera especial con un servicio rápido y bien organizado de informaciones sucintas y concretas” (Echagüe, 1939, p. 44). Así, la idea era llegar a todas las regiones del país a fin de garantizar un organismo federal, pero, al mismo tiempo, reconociendo las particularidades de cada zona: “¿Cómo descuidar la moderna tendencia a la especialización, las modalidades regionales, las necesidades industriales, el grado de adelanto, la situación geográfica que puede incidir sobre la debilitación del sentimiento nacional y otras características de cada zona?” (Echagüe, 1939, p. 80). Ya que, si bien las bibliotecas populares conservaban la potestad de seleccionar los libros ingresados por compra, existía otro cúmulo bibliográfico que llegaba directamente desde la Comisión Protectora.
Acerca de la preferencia de obras, Echagüe proveyó un ranking sugerido de tipos y temas que debían priorizarse: “1º. Manuales, enciclopedias, obras de referencia. 2º. Literatura infantil. 3º. Colecciones y series de vulgarización. 4º. Material didáctico y científico. 5º. Lecturas recreativas. 6º. Revistas y diarios” (Echagüe, 1939, p. 97). Aunque, en Libros y bibliotecas no pormenorizó en recomendaciones de títulos y autores concretos, como sí lo hizo Selva en sus compendios o el mismo Echagüe en el Boletín a través de las recesiones de obras (Coria, 2025b). Ahora bien, este reconocimiento de los recursos bibliográficos prioritarios y de las particularidades de acuerdo con las demandas, los intereses y las necesidades de cada lectorado según su actividad y su localización geográfica, corría el riesgo de quedar en meras declamaciones discursivas. A propósito, Carlos Víctor Penna, que en 1944 llevó delante la Biblioteca del bibliotecario, varios años después se quejó de que, en ocasiones, la Comisión Protectora no hacía eco de estas singularidades de las comunidades de las bibliotecas populares y despachaba libros improductivos o redundantes (Penna, 1985).
Sin dudas, una evidente política de lectura desplegada por Echagüe fue la distinción de la literatura nacionalista. En consonancia con el discurso argentinizante ampliamente desplegado por la Comisión Protectora, desalentaba la incorporación de obras extranjeras y acentuaba en las temáticas, los autores, los escenarios y los personajes locales: “equipo bibliográfico argentino, cuyo contenido comprende una colección orgánica de los libros más notables de la literatura nacional, clásica y contemporánea, y de enciclopedias y obras de vulgarización científica, de ilustración idiomática e histórica y de educación moral y cívica” (Echagüe, 1939, p. 96). El apoyo a la edición nacional durante la presidencia de Echagüe fue una constante de la Comisión Protectora desde el discurso público y desde acciones concretas, no obstante, lejos de ser una propuesta personal, era una causa asumida por el ámbito bibliotecario excediendo el accionar de esta institución nacional, pues incluso había sido parte de las inquietudes deliberadas en ocasión del Primer Congreso de Bibliotecas Argentinas de 1908 (Agesta, 2023).
El dispositivo comunicacional desplegado por Echagüe suplía, en parte, la vacancia formativa que, recién promediando su gestión comenzó a saldarse, aunque prioritariamente en el centro del país. De este modo, se impartían algunos contenidos que servirían para adiestrar a quienes trabajaban en las bibliotecas y para homogeneizar las prácticas. A propósito, el presidente admitía que la Comisión Protectora procuraba “ilustrar a sus filiales, por medio de un Boletín y de transmisiones radiotelefónicas semanales, sobre asuntos técnicos y especializados” (Echagüe, 1939, p. 42). Aunque, de manera particular en Libros y bibliotecas, Echagüe, como tampoco lo había hecho Sarmiento en sus escritos, no se ocupó largamente de transmitir contenidos acerca de los sistemas, los métodos, las formas de proceder de acuerdo con los sistemas de clasificación y catalogación por ella validadas. Lo que, por un lado, podía concebirse como una atribución otorgada a las bibliotecas populares que le garantizaba autonomía en su accionar; por otro, algunas veces surgía como un inconveniente que las personas a cargo, probablemente con escasa formación específica, debían sortear sin una resolución definitoria. Esto resulta llamativo por dos principales cuestiones: por un lado, porque quienes se consagraron como autoridades del ámbito bibliotecario, más allá de no estar a cargo de una biblioteca específica, atendieron especialmente la cuestión del ordenamiento bibliotecario. Por otro, porque en las décadas de 1930, y más aún, de 1940, ya existían valoraciones sobre los sistemas, que podían ser recuperadas y ponderadas por la misma institución bibliotecaria. Tal es el caso de la vinculación de Argentina con el Instituto Internacional de Bibliografía de Bruselas, organismo referente en técnicas de clasificación, con el que fijó acuerdos formales a partir de los cuales se estableció, por un lado, el canje internacional de documentos oficiales y publicaciones científicas y literarias y, por otro, el canje directo de periódicos oficiales y de los diarios de sesiones y documentos parlamentarios.
Sin embargo, podemos entender que, siguiendo la línea de Sarmiento, la labor de Echagüe estuvo más ligada a una promoción bibliotecaria como modelo de institución cultural y educativo -que a nivel tangible implicaba motorizar la creación de más bibliotecas y dotarlas de más materiales y lectores-, sin inmiscuirse en cuestiones prácticas para lo cual había profesionales que se habían dedicado a desarrollar sistemas de descripción y ordenamiento bibliográfico de acuerdo con diversos tipos de bibliotecas, y cuyo contenido debía ser parte de la formación profesional de los bibliotecarios y las bibliotecarias, cuya traducción a un contenido de enseñanza estaba siendo pensada, entre otros, por Selva en su Manual y Tratado.
CONSIDERACIONES FINALES
La contigüidad entre la vida de Juan Pablo Echagüe y Domingo Sarmiento es innegable. Aunque, desde ya, trazar un paralelismo sería inexacto, pues la trascendencia de la labor -política, educativa, literaria- del segundo revistió una estelaridad que el primero nunca obtuvo. No obstante, la coincidencia en el origen sanjuanino, la trayectoria literaria y la misión bibliotecaria al mando de la Comisión Protectora, enmarcados en una profusa fascinación, determinaron el pensamiento, y la actuación, de Echagüe durante los trece años de su gestión: “Tal firmeza”, tal “ponerse a la obra”, tal “hacer de las cosas mal, pero hacerlas”, son la identidad de Sarmiento (Echagüe, 1939, p. 19).
Libros y bibliotecas, a través de los diversos apartados, resulta en el epítome del discurso bibliotecario de Juan Pablo Echagüe, imaginado para sus interlocutores directos, las bibliotecas populares, pero también para su disposición en diálogo, como él mismo lo hace, con otros estudiosos del campo bibliotecario nacional. Aquí propuso una recopilación de sus producciones orientadas a establecer los fundamentos básicos que toda persona vinculada con las bibliotecas populares debía comprender e intermediar en el ejercicio de sus funciones en el ámbito de las asociaciones. El volumen se apoya sobre interrogantes básicos acerca del ¿qué son?, ¿qué objetivos persiguen?, ¿cómo son?, ¿quiénes las manejan? y ¿cómo están dispuestas las bibliotecas populares? Si bien no profundizó en las distinciones sobre quiénes deberían, o efectivamente lo hacían, frecuentar las bibliotecas populares, así como tampoco en directrices técnicas sobre el ordenamiento de las colecciones, Echagüe se explayó latamente sobre la aspiración comunitaria de las asociaciones, que con la voluntad de acoger a la mayor cantidad de lectores posibles, desempeñaba funciones pedagógicas, culturales, cívicas y hasta de esparcimiento, que las impulsaba a que los bibliotecarios y bibliotecarias a su cargo debieran exceder sus incumbencias hasta áreas disciplinares que, muchas veces, extralimitaban su accionar.
El libro aquí analizado es la única obra monográfica en la que Echagüe perpetuó su ideario a título personal. No obstante, si ampliamos la mirada al resto de expresiones, escritas o radiofónicas, de la Comisión Protectora advertimos que, en esencia, las ideas del presidente eran las ideas de la institución. Así, se conformó un homogéneo y delimitado cúmulo de conceptos y particularidades que se esparció de forma coordinada en todas las expresiones públicas del organismo y sus miembros y se utilizó como marco conceptual de cada emprendimiento que la entidad bibliotecaria desplegó durante la presidencia del sanjuanino. Quedó demostrado que los enunciados bibliotecarios de Echagüe se alineaban con la tradición conceptual del campo, pero no por una mera cuestión fortuita, sino que parte del discurso del representante de la Comisión Protectora funcionó como la sanción institucional de todas aquellas ideas que venían circulando en el universo bibliotecario, aportadas por referentes de mayor o menor renombre.
Por último, cabe mencionar que una de las cuestiones singulares del discurso de Echagüe en su libro es la ausencia de una concepción integral de la política comunicativa que desarrolló. Si bien revalorizó frecuentemente la intención expansiva del Boletín y el programa de radio -no así de las obras monográficas-, no se dedicó a acentuar la estrategia completa. Es posible que, en ese tiempo, incluso Echagüe no haya alcanzado a dimensionar la repercusión de esta iniciativa, que nos permite, al día de hoy, reconstruir, al menos desde la esfera pública, el discurso bibliotecario que permeó en su gestión al frente de la Comisión Protectora.










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