Dupuis-Déri es profesor de ciencia política en la universidad de Quebec y en el libro, cuyo contenido aquí expongo, presenta un ensayo sobre los mitos del discurso conservador contra el feminismo y el antirracismo, supuestas amenazas para la Universidad. Para enriquecer el libro, el autor recurre a la historia de la Universidad, presenta ejemplos internacionales concretos y hace una crítica conceptual de influyentes intelectuales conservadores y su propaganda en la sociedad y las universidades en particular.
En la introducción, el autor ironiza con el título “¿Sobreviviremos al Apocalipsis feminista y anti-racista?”. Asimismo contextualiza muy bien la situación marginal de los estudios feministas y estudios sobre el racismo en Francia, Estados Unidos y Canadá. Por ejemplo, en su universidad (UQAM), los estudios feministas representan 1.22% de las inscripciones y en la de Montreal solamente 0.001 % (p. 32). Así, el autor muestra con cifras la exageración de la “propaganda reaccionaria” que pregona la invasión de dichos estudios en esos tres países. Cabe destacar que este discurso es tan poderoso que lo ha adoptado el presidente francés E. Macron y el Primer Ministro de Quebec, Legault (p. 21), entre otros dirigentes en el mundo, como los republicanos en Estados Unidos. Habría que agregar al gobernador de Florida quien ha censurado libros de primaria por pretender que son izquierdistas (ver Joyce, 2022).
En el capítulo 1, “Palabras tramposas y pánicos morales”, se muestra como Fox News ha contribuido a la histeria ante la teoría racial crítica en las escuelas y universidades americanas (p. 41). Asimismo el ministro francés de la educación, Blanquer, denuncia la “importación” de dichas teorías en Francia y etiquetan a las personas que las adoptan como “wokes”. Se trata de un vocablo creado por los negros en Estados Unidos en los años 40 para despertar o concientizar sobre su segregación. Pero los conservadores ahora lo utilizan para denostar a quienes luchan contra el racismo. Además, el gobierno francés acusó a la comunidad universitaria de estar vinculada al Islam, acusando a profesores e investigadores de “islamo-izquierdismo” (p. 40). El autor acierta en señalar que la extrema derecha ha manipulado términos como el de “rectitud política” para imponer su discurso (p. 43). Como lo demuestra el libro, estos conceptos manipuladores ponen a la defensiva a las autoridades responsables de políticas educativas y presentan a la población blanca como víctima ante los avances sociales de las minorías. Dupuis-Déri afirma con tino (retomando a Stanley Cohen) que los periódicos sensacionalistas han jugado un rol fundamental para difundir este discurso populista. De esta manera se demoniza a los progresistas en los campus universitarios (p. 51). El autor expone un ejemplo que ilustra este fenómeno: en la universidad de Ottawa la profesora (de asignatura) Lieutenant-Duval fue suspendida por algunos días como resultado de la acusación de “haber empleado una palabra racista” en uno de sus cursos. A pesar de que el incidente fue más complejo (en redes sociales) y se derivó de su estatus laboral precario, una campaña mediática con cientos de artículos periodísticos pretendían defender la “libertad académica” ante la “censura de los antirracistas” en las universidades (p. 54). Para mostrar la trascendencia de este incidente, mencionemos que generó el informe oficial “La Universidad Quebequense del Futuro” (Ministre de l’Enseignement supérieur, 2021); además el parlamento local aprobó el proyecto de ley 32 sobre la libertad académica en 2022 (p. 57). Sin embargo, como lo menciona el autor y como lo señalé (Rangel, 2007), la libertad académica debe ser consolidada con la estabilidad laboral de los docentes.
En el capítulo 2, titulado “Sonar la alarma, un ‘nuevo’ problema eterno”, el autor analiza los llamados alarmistas de los periodistas conservadores como Zemmour y Bock Côté hacen en Francia y Quebec sobre la ideología izquierdista y antirracista llamada “wokismo” en los campus universitarios que es equiparada al terrorismo (p. 66). El conservadurismo supone que las universidades siempre han sido centros neutros en busca de la verdad. Sin embargo, el autor muestra que desde su inicio en la Edad Media, las universidades fueron centros politizados en donde los estudiantes contaban con gran poder; eran centros internacionales que disputaban su independencia de la iglesia, como lo demuestran las actividades del filósofo Ockham en la universidad de París en el siglo XIV (p. 74). Posteriormente en el siglo XIX y principios del XX grupos de universitarios se movilizaban contra el sexismo y el racismo en Norteamérica. También muestra la historia de la estigmatización y persecución de los llamados profesores comunistas en los Estados Unidos, por ejemplo, las listas negras en las universidades de Chicago y Yale y las persecuciones McCarthistas y del FBI contra los profesores sospechosos de ser comunistas (p. 83); el autor alude a los movimientos sociales y pacifistas en los años 60, en varias universidades americanas como la de Columbia y Harvard. Se esperaría que mencionara movimientos de otros países, como en Francia, en donde justamente los intelectuales franceses que critica en este libro han denigrado al movimiento estudiantil del 68, marcando así un giro intelectual conservador (ver Audier, 2008).
El autor menciona el influyente ensayo de Bloom en 1987 sobre el declive de la cultura general que se oponía a la llamada contracultura y predicaba los bienes de la cultura humanista. Bloom se muestra hostil ante las demandas de las minorías afrodescendientes. Sin duda, se puede percibir una influencia en el medio educativo sobre Hirsh y su obra Cultural Literacy (1986). En los años 80s y 90s se instala el rechazo mediático de la llamada “corrección política”, que es un mito como lo señala John Wilson (p. 103). Como el autor menciona, en ese entonces hubo un atentado antifeminista en el cual 14 estudiantes de la universidad de Montreal murieron en 1989. En ese contexto el discurso feminista se justifica, pues no se trata de una “corrección política”. Pero este discurso antifeminista también ha sido adoptado en Francia, por ejemplo, el escritor Finkielkraut quien, siguiendo el principio de Bloom, insiste que “los universitarios progresistas son propaganda más que enseñanza” (p. 112).
En el capítulo 3, “Amplificar la amenaza, una terrible tiranía totalitaria”, el autor critica a escritores franceses como Pascal Bruckner que exageraron el movimiento antirracista al compararlo al totalitarismo y denuncia la “victimización” de negros, indígenas y mujeres (p. 120). Estos conservadores como Bock-Côté denuncian un “sistema de terror” basado en la raza contra los blancos y se quejan que la apertura a otras culturas (el multiculturalismo) pueda acabar con los festejos de la navidad (p. 128). El autor demuestra que históricamente los regímenes de terror como el de la Revolución Francesa fueron sanguinarios y no se asemejan a los movimientos sociales actuales, ni siquiera a los de los años 60. El movimiento antirracista actual en las universidades no tiene armas, como si es el caso de los grupos de extrema derecha que protestan en los Estados Unidos con armas de alto poder y banderas neonazis bajo el amparo del “trumpismo” y bajo el silencio de los medios sensacionalistas, podríamos agregar (p. 142).
Basándose en Gaucher y Lefort, el autor argumenta que en nombre de una monocultura unificada y homogénea esos peseudointelectuales quisieran callar a los feminismos y antirracismos, (p. 147), incluso pretenden basarse en G. Orwell, lo cierto es que más bien estos autores aspiran a instaurar la sociedad autoritaria que Orwell denunció (p. 149). El autor expone la hipocresía de esos famosos autores franceses y quebequenses que pretenden presentarse como disidentes en un régimen totalitario (p. 151). Pero evidentemente ellos no han sido arrestados por la policía, más bien son adinerados y gozan del prestigio de intelectuales con el poder de los medios de tv, la radio, además de las casas editoras y los periódicos franceses.
En el capítulo 4, “Fabricar el problema: Ya no podemos decir nada”, Depuis-Déri argumenta que la libertad de expresión y de culto es esencial en una democracia como lo propusiera Stuart Mill. Sin embargo, en Quebec y sobre todo en Francia las expresiones religiosas en las escuelas son marginadas, como la prohibición del velo islámico en las escuelas (p. 156).
El autor hace eco de Marcuse, sobre la importancia de la libertad de expresión para las minorías y los desposeídos (p. 158). Asimismo aborda el término conservador de “cultura de la cancelación” que supone una censura en un sistema autoritario. No obstante, el autor señala con hechos, y como Fassin afirma, que muchos de los que denuncian la cultura de la cancelación recurren a la censura, como el ministro de educación de Quebec, quien evitó la participación del filósofo Daniel Weinstock en un foro para reformar un curso de educación básica sobre ética y cultura religiosa. La ironía de esta censura es que fue motivada por un artículo de un periodista que pretende atacar la cultura de la cancelación y acusó con mentiras al profesor Weinstock, según el Consejo de Prensa de Quebec (p. 166). Por su parte, el ministro francés de Educación, quien se presenta como crítico de la cultura de la cancelación, demandó legalmente al sindicato de maestros por utilizar la expresión “racismo de estado”. En 2021 la comisión sobre la libertad académica de Quebec hizo una encuesta a los profesores universitarios a la que solamente 3.2% respondieron y de ellos, 3.6% dijeron haber sido objeto de un proceso disciplinario, pero las causas y las consecuencias de dichos procesos fueron ambiguas. Esta encuesta demuestra la inexistencia de un clima de censura en la universidad, que los medios y el gobierno han denunciado de manera histérica. Debido a que imparto cursos ocasionales en Montreal, recibí el mencionado cuestionario, el cual me pareció sesgado y con el tono populista que critica el autor. En cuanto el contexto estadounidense, la Fundación por los Derechos Individuales (FIRE) que registró 80 investigaciones sobre la libertad académica por año, en un universo de 5000 universidades y 1.5 millones de profesores. Es decir se trata de un fenómeno “microscópico” y no como una situación generalizada y peligrosa, como lo presentan los medios conservadores como Fox News (p. 169). Además, FIRE fue criticada por omitir los casos de los estudiantes progresistas víctimas de censura. Dupuis-Déri muestra algunos ejemplos de incidentes exagerados y manipulados por los medios en la Universidad de Michigan, en el Colegio Evergreen. Agrega además casos en los que también progresistas han sido censurados, como es el caso de Judith Butler por defender teorías transexuales y por la misma razón a la profesora Rachel Tudor en la Universidad de Oklahoma. Asimismo la maestra Valentina Azarova no fue aceptada en la Universidad de Toronto por sus críticas al ejército israelí (p. 187). El escritor P. Bruckner se queja que las acusaciones de agresión sexual en los campus universitarios son fantasías de las feministas. Dupuis-Déri lo cuestiona y critica la opacidad de los procesos administrativos relativos a las quejas agresiones sexuales en las universidades de Quebec (p. 191).
El autor hace un recuento de la existencia de grupos de extrema derecha bien implantados en las universidades de América del Norte bajo el abrigo del “trumpismo” y que se presentaron contra las manifestaciones de derechos afroamericanos en 2020 y 2021. Asimismo en Francia menciona los incidentes en los que grupos neonazis agredieron manifestantes en las universidades de Bordeaux o el grupo Zouaves en la Universidad de Cote d’Azur y en la Universidad de Amberes. Los partidos políticos atizan ese ambiente como el candidato presidencial Zemmour, quien creó un grupo de jóvenes “contra el wokismo que gangrena nuestras universidades” (p. 200).
En el capítulo 5, “Deformar la realidad, una Universidad dominada por los estudios de género y el racismo”, el autor analiza el anuncio que hizo la Universidad Yale respecto a cerrar un curso de historia del arte que fue interpretado como producto de los estudios antirracistas. Sin embargo, el autor lo desmiente y muestra que los estudios clásicos se ofrecen en 60 universidades en los Estados Unidos (p. 213). El autor prueba que el articulista conservador J. Facal miente cuando afirma que las facultades están dominadas por feministas y socialistas antirracistas. Según las estadísticas oficiales analizadas por Dupuis-Déri, varias facultades canadienses continúan con un porcentaje mayoritario de hombres entre 59% y 72%. En Francia, el centro de investigación científica CNRS, 63% son hombres y 37% mujeres, los puestos directivos cuentan con un porcentaje mayor al 70% para los hombres, (p. 223). El autor demuestra que la totalidad de las 21 cátedras de investigación en las universidades canadienses de ciencia política trabajan temas clásicos de parlamentarismo, elecciones, etc. Es decir, no hay temas impuestos por la izquierda antirracista. Incluso habría que mencionar que existe una creciente número de grupos de investigación sobre los negocios teniendo como patrocinadores a corporaciones (p. 226).
En cuanto a las tesis que se presentaron en los últimos dos años en Ciencia Política en la universidad UQAM, el autor muestra que sus temas son clásicos de la disciplina, como el liberalismo, el nacionalismo, las elecciones y temas internacionales. Solamente encontró una tesis sobre los indígenas y dos sobre temas de mujeres. Es decir, resulta falso el argumento expuesto por el influyente autor Bock Côté en su reciente libro pretendiendo que los temas raciales dominan las tesis de los estudiantes en una “campaña de terror” (p. 229). El autor ironiza respecto a que incluso los obscuros negocios que venden “servicios de ayuda” para hacer tesis ofrecen temas clásicos, sobre todo temas internacionales. En cuanto a las publicaciones de investigación, el autor analizó 91 libros, de los cuales solamente 6 trataban temas que tocaban de alguna manera el racismo y 3 temas indígenas. Ninguno sobre el feminismo. El autor menciona que una de las publicaciones recientes se trata de un libro contra el antirracismo publicado por la Universidad Laval, ni siquiera tenía una evaluación de pares de rigor (p. 233). Es decir, esta ideología dominante cuenta con ayuda institucional. En mi experiencia personal, puedo confirmar esta observación de Dupuis-Déri, ya que al someter artículos críticos sobre temas “sensibles” relativos a la migración y al racismo, ciertos editores de revistas los censuran, independientemente de que el comité y los evaluadores lo hayan aceptado. El autor también analizó las revistas francesas de sociología y ciencias políticas en los últimos 3 años y solamente 12% trataban temas de racismo o feminismo (p. 234). Como dice el autor, estas cifras son aburridas y a los medios sensacionalistas no les interesan. Sin embargo, esos medios difunden el discurso dominante alarmista y xenofóbico como el de Bock-Côté quien afirma que “esta ideología representa lo esencial del saber universitario de la actualidad” o del articulista Facal quien incluso inventó una carta de un “amigo negro” que criticaba el antirracismo en las universidades (p. 238). Como el “trumpismo”, estos autores inventaron una realidad alternativa versión Fox News para tener razón (ver Gladstone, 2017).
En su capítulo final, “producir el pánico: industria de las ideas reaccionarias”, el autor constata que en los Estados Unidos, Canadá y Francia en los últimos 20 años se vivió una polarización ideológica sobre los temas nacionalistas a partir de la instrumentalización, con fines electorales de la inmigración y el Islam (p. 242). El autor realiza un análisis muy pertinente sobre los poderosos grupos económicos en Francia que promueven el discurso reaccionario en las universidades; muestra que el multimillonario Vincent Bolloré, propietario de CNews y de varios periódicos como Le Journal de Jeudi, contrata a los escritores que propagan abiertamente estos principios, como E. Zemmour y Bock-Côté. Además en alianza con otros grupos empresariales como Vivendi, controlan grupos editoriales que publican 4000 libros anuales, entre ellos los de los autores mencionados. De esta manera, existe una influencia de los intelectuales franceses conservadores sobre el Canadá francófono y los Estados Unidos. El conservadurismo de los intelectuales franceses había sido criticado por Chomsky desde los 80s (ver Chomsky, 1988). Dupuis-Déri presenta la gráfica “El Mercado Transatlántico de las Ideas” en la que ilustra la interacción de medios culturales y conceptuales entre Francia, Estados Unidos y Quebec (p. 247). En las páginas subsecuentes, el autor da pormenores de este flujo de discursos conservadores en los medios populistas Fox News y The New York Post. Este movimiento conservador se desarrolló desde la crisis económica de 2008 y tomó fuerza hasta llevar a Donald Trump al poder. En el ámbito educativo, dicho movimiento ha demonizado abordar el racismo y han promovido una alarma en torno a lo que llaman “Critical Race Theory” (Teoría Racial Crítica). El autor no lo menciona, pero tal es la histeria que se pide modificar los currículos, atacan y despiden a los maestros de educación básica que se sospecha adopten dicha teoría, llamada marxista, antipatriota y anticristiana. Aunque solamente busca la equidad racial, se ha prohibido en 37 estados y es un pretexto para evitar hablar de racismo (ver Oliver, 2022).
El autor menciona a Horowitz quien en nombre de la libertad ha publicado una lista de “los 101 profesores universitarios más peligrosos” en Estados Unidos. Asimismo menciona a Ben Shapiro, un activista muy popular egresado de Harvard, quien insiste en los medios y las redes sociales que a los universitarios americanos se les lava el cerebro con adoctrinamiento sobre el racismo y socialismo (p. 252). Como en los años 30 o 50 del siglo XX, 200 000 miembros de la organización Daughters of the American Revolution espían profesores universitarios que se sospecha son comunistas. En Francia, el autor observa el crecimiento de los medios de comunicación conservadores que tienen mayores ingresos y audiencias. Esto ha significado una derechización política que difunde el miedo hacia la inmigración (p. 259). Este aspecto quizá mereció mayor atención en el libro debido a que la anti-inmigración es la piedra angular de los movimientos populistas en el mundo en la actualidad y que trastoca la democracia (Rosanvallon, 2020). Esta ausencia es marcada ya que es parte del engranaje de ideas conservadoras en los países estudiados. Además como apunta el autor, algunos pseudointelectuales franceses como Renaud Camus han inspirado atentados racistas como el de Nueva Zelanda en 2019 (p. 262). De esta manera la provincia de Quebec se ha convertido en una sucursal del pensamiento de los nuevos reaccionarios (p. 275).
En su conclusión “Defender el hombre blanco”, el autor señala que lejos del sensacionalismo que nos alarma con una universidad socialista y feminista, la universidad contemporánea es más bien conservadora y cumple su principal función sociopolítica: formar cuadros intermediarios para la función pública, las empresas y los medios de comunicación, así como producir conocimientos que les son de utilidad (p. 297). El autor señala acertadamente los problemas reales de las universidades, que tienen que ver con la concentración de financiamiento en las llamadas cátedras, mientras que no se financia la investigación de muchos docentes; la falta de puestos de profesor de tiempo completo, el formato estricto para publicar o alinearse a los temas gubernamentales prioritarios. Hay ciertamente diferencias e intolerancia a la crítica de ciertos estudiantes o profesores, pero justamente el discurso conservador exacerba y polariza las posiciones. El autor muestra la paradoja de los intelectuales reaccionarios, quienes pretenden defender la libertad de cátedra pero quieren soslayar de las universidades y escuelas temas como el racismo, el feminismo y la discriminación del Islam. Es decir, temas centrales en los países abordados.
En suma, el libro de Dupuis-Déri es un texto de una gran pertinencia en el ámbito universitario en la actualidad en Estados Unidos, Canadá y Francia pero puede aplicarse a otras latitudes por tratarse de un fenómeno global. Los argumentos y las cifras expuestas por el autor muestran las contradicciones y las hipocresías de los pseudointelectuales influyentes en esos países, que pretenden ser disidentes pero dominan los medios de comunicación y además quieren controlar ideológicamente a las universidades. La visión crítica que propone el autor es esencial para la defensa indispensable de la libertad académica y reconocer la legitimidad del feminismo y el antirracismo en las escuelas y universidades. El autor atinadamente desarma el discurso dominante en las universidades norteamericanas y francesas que influye en las políticas educativas en esos países. Además, como docente ocasional en Canadá, puedo constatar que ese discurso es pernicioso y omnipresente en la vida cotidiana de las universidades, lo que crea un ambiente tóxico en la enseñanza.









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