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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.71 Ciudad de México ene./jun. 2026  Epub 13-Abr-2026

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2026.71.78032 

Reseñas

Sobre Mauricio Archila, Labrar el pasado. Reflexiones sobre el oficio del historiador

María Angélica Tamayo Plazas* 
http://orcid.org/0000-0002-4906-7287

* Universidad Nacional Autónoma de México (México) Instituto de Investigaciones Históricas, matamayop@gmail.com

Archila, Mauricio. Labrar el pasado. Reflexiones sobre el oficio del historiador. Bogotá: Universidad del Rosario, México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2024. 360 ppp. 1


Este libro reúne diez trabajos de Mauricio Archila, publicados previamente como artículos y capítulos de libro entre 1997 y 2017. Se trata de reflexiones sobre los aspectos teóricos y metodológicos de la investigación, la docencia, y la función social de la historia, por parte de un historiador social con una amplia trayectoria. Mauricio Archila es profesor honorario de la Universidad Nacional de Colombia, donde fue investigador y docente por más de 40 años, y ha coordinado, junto con Martha Cecilia García, el equipo de movimientos sociales del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP). Aunque el autor escribe e investiga desde Colombia, las discusiones planteadas trascienden estos límites geográficos -se sitúan en América Latina y más allá-, e incluso disciplinares, puesto que hay un esfuerzo por mantener un diálogo constante entre la historia y las ciencias sociales.

Una de las principales cuestiones discutidas son los aspectos creativos y científicos de la escritura de la historia, las nociones de verdad, la función, el uso y la importancia de las fuentes primarias en un sentido amplio y diverso; las crisis y los retos que ha enfrentado la disciplina; y el interés creciente en las fuentes orales y en la memoria colectiva. Estos temas reflejan preocupaciones y debates de la disciplina en distintos momentos: la erosión de las bases establecidas por la llamada nueva historia a partir de la década de 1970, cuestionadas desde adentro por perspectivas historiográficas más jóvenes en su momento -como la nueva historia cultural- y, desde afuera, por lo que Archila llama “el desafío posmoderno”. El autor hace un esfuerzo por organizar los postulados de unos y otros, y aunque muchos de éstos no llegaron a tener arraigo ni aplicaciones significativas en la disciplina, sí resonaron en otras áreas de estudio y en el campo político en tiempos recientes, por lo que vale la pena revisarlos: ideas como la imposibilidad de conocer al otro y de todo conocimiento del pasado, la falta de correspondencia entre la realidad y su representación, la reducción del pasado a una creación del lenguaje y el cuestionamiento de la cientificidad de la historia, entre otras cuestiones. Son señaladas las implicaciones de estas posturas (o imposturas) para la investigación histórica y social, pero también las implicaciones éticas y políticas del “nihilismo teórico combinado con un conformismo práctico” (p. 93).

Con todo, el historiador considera que las preguntas planteadas desde el posestructuralismo, el giro lingüístico y la historia cultural, si bien no eran del todo nuevas, sí fueron importantes. Repensar cuestiones como el anacronismo, las mediaciones culturales de la realidad y la interpretación, la relación entre el conocimiento y el poder, la cuestión colonial, las pretensiones de universalidad de occidente, el orden patriarcal, entre otros cuestionamientos, contribuyen al avance de la disciplina, pues “el conocimiento del pasado es aún un tema abierto. Esto, lejos de ser un problema, es una garantía para la transparencia con que debemos trabajar los historiadores. Lo grave sería no interrogarnos y suponer que ya está resuelto. En la polaridad entre realidad e interpretación podemos tomar distintas posiciones (…), pero lo que es ineludible, si hablamos de conocimiento histórico, es la interacción de los dos polos” (p. 119).

Las reflexiones sobre las fuentes orales y la cuestión memorial responden a otras preguntas, y están situadas más claramente en las preocupaciones y desarrollos de la disciplina en América Latina en los últimos lustros. Archila reconstruye los usos y sentidos que se han dado a las fuentes orales en distintos desarrollos historiográficos, desde la historia de abajo hacia arriba -una de las formas de la historia social-, a los que suelen quedar por fuera de los balances hechos desde el norte global, como la Investigación Acción Participante (IAP) en Colombia, o el Taller de Historia Oral Andina (THOA) en Bolivia. No se omiten las críticas a éstas: el autor señala, por ejemplo, los problemas de la idea de una ciencia popular depositaria exclusiva de la verdad, o los de las identidades cerradas y compartimentadas, sustentadas por algunos enfoques.

Resalto la reflexión sobre los múltiples relatos del pasado y los derechos de las víctimas a la justicia, a saber la verdad y a la reparación, “un reto ético y político para los historiadores” (p. 148). El autor dilucida el polisémico y complejo concepto de la memoria y su relación con la historia, dos formas distintas de interpretar el pasado, con regímenes de verdad diferentes, y relaciones que pueden ir del antagonismo a la complementariedad y la colaboración. A partir de allí, Archila se pregunta por el papel que cumple la historia oral en los trabajos de memoria de las víctimas y otros grupos sociales.

¿Cómo se ha entendido la historia social y sus variantes? ¿Cómo definirla y practicarla hoy desde América Latina? El autor, reconocido por investigaciones sobre historia de los trabajadores y otros sectores subalternos e historia de las movilizaciones sociales,2 aborda estas cuestiones en varios capítulos, que trazan un panorama amplio de esta perspectiva historiográfica, sus orígenes y trayectoria, los desarrollos en América Latina y Colombia, las críticas y el declive que tuvo en la coyuntura de fin de siglo, y su actual retorno (o las razones para su retorno). En estos capítulos se examinan temas tan variados como la relación entre la historia social y empresarial, la recepción de la obra de Eric Hobsbawm en la región, las particularidades de la historia social latinoamericana, entre otros. En conjunto, un programa de la historia social, que más que contemplar un conglomerado de temas, despliega sus postulados epistemológicos y metodológicos, así como éticos.

En estos trabajos no se contrapone la historia social a la cultural, ni se ve en esta última una amenaza para los enfoques socioeconómicos; se trata más bien de una ramificación o desarrollo de la disciplina -de la historia social misma y de otros campos de investigación- que no sólo trajo cuestionamientos, sino preguntas y respuestas sugerentes ante el agotamiento de la agenda de la historia social y los puntos ciegos de las perspectivas dominantes hasta la década de 1970. Propone, en cambio, una nueva perspectiva: en el siglo XXI, cuando la historia cultural ha dado frutos -de calidad desigual-, y tras reflexionar sobre sus debilidades, ¿qué puede ofrecer hoy la historia social? Algunas de las repuestas que ofrece el autor son la reincorporación del conflicto social y político -desde abajo y desde sujetos heterogéneos, con identidades diversas-; la crítica al exceso de localismo y particularismo; repensar la relación entre estructuras y acontecimientos; el rearme teórico de la disciplina; y la recuperación de las categorías de clase y de movimiento social para el análisis histórico.

Una preocupación que atraviesa el libro es cierto compromiso ligado a la historia social que estudia a los humildes vencidos del pasado, y que ha recibido distintas denominaciones: humanista, político, democratizador. Archila repasa las críticas a ese compromiso, pero reafirma, con Eric Hobsbawm, que es necesario sostenerlo, pues el mundo que nos ha tocado vivir no es justo ni merece perdurar, y es necesario contribuir a cambiarlo: “¿Cómo hacerlo? La opción del historiador por el cambio social estaba ligada a un compromiso radical con la búsqueda de la verdad. De lo contrario, como lo repitió hasta el cansancio en Sobre la historia, tergiversamos el pasado, y nos convertimos en creadores de mitos, legitimadores de los poderes del presente, poderes destructivos, no sólo de la naturaleza, sino de la misma humanidad” (p. 258-259).

La enseñanza de la historia en Colombia también es objeto de reflexión, a partir de un ejercicio de observación de experiencias pedagógicas. De manera sugerente, el autor vincula la trayectoria de la disciplina y su enseñanza en la educación básica con los problemas y elecciones que se toman en el aula, por ejemplo, por dónde empezar la enseñanza de la historia: si desde el aquí y el ahora, o a través de privilegiar el orden cronológico; si privilegiar los hechos o el enfoque en los problemas; si los cambios o las continuidades; y sobre una enseñanza puramente histórica u optar por la transdisciplinar; entre otras cuestiones sobre cómo transmitir la pluralidad de la historia. Aunque quedan fuera del balance las carreras de Pedagogía en Ciencias Sociales e Historia, de donde egresa la mayoría del personal docente en educación básica, la inclusión de este texto es un reconocimiento a la labor formativa, una parte fundamental de la disciplina, nunca suficientemente valorada.

El libro admite múltiples lecturas para múltiples lectores: las reflexiones acerca de en qué consiste la labor de las y los historiadores -la metáfora de labrar el pasado, que no se nos presenta como un conjunto de hechos objetivos, sino que constituye una reconstrucción, de acuerdo con las reglas del oficio-, la verdad y la objetividad en la historia, la naturaleza de las fuentes, los debates historiográficos que marcaron las últimas décadas del siglo XX, qué significa ser historiadoras/es en América Latina, y las nuevas preocupaciones del siglo XXI, entre otras, son de provecho tanto para quienes empiezan a acercarse a la disciplina como para quienes tienen mayor trayectoria y la enseñan. Por otra parte, estas reflexiones pueden servir para fundamentar campos de investigación más jóvenes, como la historia del tiempo presente y los estudios sobre memoria, que se están planteando preguntas, para las cuales la historia social tiene respuestas y un amplio recorrido.

Los temas abordados en el libro son muchos, esta reseña sólo ha señalado algunos. Para cerrar, quiero subrayar algunas otras cuestiones transversales, que considero particularmente sugerentes, y formular algunas preguntas. Sobresale de manera especial la invitación del autor a afrontar la crisis de la disciplina. Las preguntas acerca de qué hacer con la crítica a la cientificidad de la historia, cómo abordar las grietas en las certezas, cómo enfrentar los retos que se le presentan a la disciplina, a la historia social, a las izquierdas incluso, son muy relevantes. No es desde la descalificación o la intransigencia, ni volviendo a los modelos criticados, a más de lo mismo como se superan las crisis. Eso sería, más bien, un salto a la autoaniquilación. Archila invita a entender los cuestionamientos a profundidad: las causas sociales y disciplinares de la crisis, la riqueza de los desafíos que se plantean y las respuestas que se han dado: “La crisis de la que hablamos al principio no será destructiva, sino una encrucijada en favor del crecimiento de la disciplina histórica que mantenga sus promesas democráticas de contribuir a un futuro mejor que el que nos tocó vivir” (p. 122).

Un segundo elemento sugerente es el cruce de los momentos sociales y los momentos historiográficos. La aparición de nuevos problemas, actores u objetos -y añado: temporalidades- de investigación se debe no sólo a los desarrollos internos de la disciplina, con frecuencia también responde a demandas sociales de conocimiento del pasado, de aspectos antes velados o inexplorados. El diálogo consciente de las y los historiadores con el mundo circundante es imprescindible y sus contribuciones al conocimiento histórico también son contribuciones a la comprensión de la realidad social vigente.

Destaco también la reflexión sobre los usos de las fuentes orales, las categorías de memoria e historia y los regímenes de verdad. La lectura hace un uso más riguroso de estas perspectivas y categorías: son herramientas analíticas complejas, no panaceas. Coincido con Archila y Elizabeth Jelin3 en que debemos profundizar y sostener el análisis del testimonio y de lo que ofrece, y ser más cautos al establecer relaciones entre memoria, verdad, justicia y democracia. Un mejor conocimiento de lo acontecido, sea por la vía de la memoria o de la historia (o la mezcla de ambas) no deviene automáticamente en el nunca más ni en más y mejores derechos ni en la no repetición. Estas discusiones son muy vigentes en México y Colombia, que recientemente han tenido comisiones de la verdad, mecanismos que idealmente actualizan y fomentan la discusión de estos temas, sobre los cuales la historia tiene mucho que decir.

La obra de Archila ha hecho contribuciones muy importantes a la historia social de los trabajadores, de las movilizaciones sociales en América Latina y en Colombia y de su relación con la violencia política en diferentes momentos de la historia contemporánea del país, estableciendo un diálogo fructífero con distintas disciplinas. Los trabajos reunidos en este libro son una contribución no sólo a estos campos de investigación, sino a la historia en términos generales, porque aborda cuestiones que están en el núcleo de la disciplina: qué es la historia, cómo se practica, para qué, para quiénes puede servir y qué retos ha enfrentado.

Actualmente, los cuestionamientos al conocimiento científico y el relativismo radical ya no provienen tanto del campo académico, sino que están instalados en el debate público. ¿Cómo abordar esos cuestionamientos hoy? ¿Cuáles son las particularidades de los desafíos actuales? La lectura de este libro nos puede ayudar a pensar cuestiones como la posverdad y el negacionismo en contextos donde la información no escasea, sino que sobreabunda; en los retos que plantean las redes sociales, la difusión y la divulgación; en las diferencias entre las distintas formas de conocimiento producido por la historia, las comisiones de la verdad y los tribunales penales; en el papel y la relación de las y los historiadores con esas instituciones; y en la disminución de la matrícula en las carreras de Historia y Ciencias Sociales en todo el mundo, entre otros interrogantes.

REFERENCIAS

Archila, Mauricio. Cultura e identidad obrera en Colombia, 1910-1945. Buenos Aires: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2023. [ Links ]

Archila, Mauricio. Idas y venidas, vueltas y revueltas: protestas sociales en Colombia, 1958-1990. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia/Centro de Investigación y Educación Popular, 2003. [ Links ]

Jelin, Elizabeth. “Memoria ¿para qué? Hacia un futuro más democrático”. En La lucha por el pasado. Cómo construimos memoria social, 263-285. Buenos Aires: Siglo XXI, 2017. [ Links ]

Jelin, Elizabeth. “Memoria y democracia. Una relación incierta”. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales 59, núm. 221 (mayo-agosto 2014). http://dx.doi.org/10.1016/S0185-1918(14)70822-0. [ Links ]

Recibido: 27 de Febrero de 2025; Aprobado: 07 de Julio de 2025; Publicado: 09 de Diciembre de 2025

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