En 2005, realizamos una investigación biográfica sobre Juan Bautista Iguíniz Vizcaíno (1881-1972), destacado bibliotecario, bibliógrafo e historiador mexicano. Fue un impulsor fundamental de la biblioteconomía como profesión, especialmente a partir de 1916, año en que fundó la primera escuela destinada a la formación profesional de bibliotecarios en México. Esta institución cerró sus puertas dos años después debido a la difícil situación económica que atravesaba el país en plena Revolución mexicana.
Con su labor intelectual, Iguíniz contribuyó en el establecimiento de las bases de la biblioteconomía moderna, disciplina que se desarrolló en México durante el siglo XX. Al saber que el doctor Ernesto de la Torre Villar (1917-2009) había colaborado varios años con el profesor Iguíniz en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nos propusimos recuperar su testimonio. Para ello, solicitamos una entrevista con el doctor De la Torre Villar, quien amablemente accedió a compartir sus recuerdos y experiencias, permitiéndonos conocer de primera mano aspectos personales y profesionales del personaje biografiado.
La trayectoria laboral de ambos se desarrolló en el Instituto de Historia, constituido en 1945 por el Honorable Consejo Universitario, cuya primera sede fue un anexo de la Biblioteca Nacional de México, entonces ubicada en el antiguo templo de San Agustín, en el Centro Histórico del Distrito Federal. En ese recinto se conocieron: Iguíniz, en su papel de bibliotecario, y De la Torre, cuando aún era estudiante de un colegio ubicado en el Centro Histórico y usuario habitual de la biblioteca. En 1954, el Instituto de Historia se trasladó a las nuevas instalaciones de Ciudad Universitaria, ubicándose en un anexo de la Facultad de Filosofía y Letras. En 1963, durante la dirección del doctor Miguel León-Portilla, la entidad cambió su nombre a Instituto de Investigaciones Históricas, y en 1987 se inauguraron las instalaciones que actualmente ocupa el instituto en la ciudad de la investigación en humanidades.1
Para recuperar el conocimiento y experiencia del doctor Ernesto de la Torre Villar, se elaboró un guion estructurado que permitió hacer una entrevista focalizada, orientada a obtener información, conocer su perspectiva, puntos de vista y recoger evidencias e interpretaciones del entrevistado.2 El encuentro con don Ernesto, centrado en hablar sobre el profesor Juan Bautista Iguíniz, se realizó el 7 de octubre de 2005, a las once de la mañana, en un cubículo de la biblioteca del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, donde De la Torre Villar trabajaba como investigador. A sus 88 años cumplidos, aún impartía un seminario de investigación dirigido a estudiantes de posgrado.
La entrevista la transcribimos 20 años después, con el propósito de retomar elementos que sustentan los resultados del proyecto “Perspectiva histórica sobre la contribución de Juan B. Iguíniz a la bibliografía mexicana del siglo XX”, desarrollado como parte de una estancia de investigación posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, entre septiembre de 2024 y agosto de 2025. Consideramos que la información que proporcionó don Ernesto servirá para otros proyectos de investigación con temáticas afines.
Trayectoria de Ernesto de la Torre Villar
El doctor Ernesto de la Torre Villar nació en Puebla el 24 de abril de 1917 y falleció en Ciudad de México el 7 de enero de 2009, a los 91 años. Su trayectoria académica y desempeño como investigador es diversa. Destacó por su contribución a la bibliografía, a la historia del libro y de las bibliotecas, así como a otros temas estrechamente vinculados con Juan B. Iguíniz.
De la Torre Villar estudió Derecho en la antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia de la UNAM e Historia en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Formó parte del Sistema Nacional de Investigadores, que reconoció sus casi 200 publicaciones. Fue un hombre erudito que escribió diversos textos sobre historia y bibliografía, algunas de sus obras son El triunfo de la república liberal, 1857-1860 (1960), Los guadalupes y la independencia (1966), La investigación bibliográfica, archivística y documental. Su método (2003), Biobibliografía de los escritores de Puebla y Tlaxcala (2009), entre otros.
Su sentido humanista y su rectitud intelectual se reflejaron en la sólida producción académica que legó sobre la historia nacional -particularmente del siglo XVI al XIX-, periodo donde estudió el surgimiento del México independiente. Amante y estudioso de los libros, De la Torre los refería siempre con “devoción y sensibilidad”. Es recordado por haber sido un hombre “honesto y generoso, siempre dispuesto a escuchar”.3 Álvaro Matute lo describe acertadamente como un historiador de carácter humanista, un bibliógrafo y bibliófilo ejemplar: “Bondadoso, accesible, generoso. Adjetivos fáciles de escribir, pero difíciles de adjudicar a una persona”.4
Convergencias profesionales con Iguíniz
Durante su juventud, De la Torre inició su carrera como profesor de historia en la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas (1955-1965), donde Iguíniz también participó como profesor.5 Fue director de la Biblioteca Nacional de México (1965-1978), fundador y primer director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, creado el 26 de julio de 1967, en el contexto de las reformas de los Estatutos Generales de la UNAM, las cuales reorganizaron las dependencias dedicadas a la investigación.6 Este instituto tiene antecedentes que remontan a 1896, cuando el gobierno mexicano encomendó a la Biblioteca Nacional la tarea de registrar la producción científica nacional. Bajo la dirección de José María Vigil, se integró la Junta Nacional de Bibliografía Científica el 5 de diciembre de ese año, lo que dio origen al Instituto Bibliográfico Mexicano con sede en la Biblioteca Nacional de México, formalmente establecido el 29 de mayo de 1899.7
Tanto Iguíniz como De la Torre Villar contribuyeron con sus conocimientos en el desarrollo de la historia del libro, las bibliotecas y la bibliografía mexicana. Ambos fueron directores de la Biblioteca Nacional de México, investigadores eméritos del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y miembros de la Academia Mexicana de la Historia.
En su discurso conmemorativo por el primer centenario de la Biblioteca Nacional de México (30 de noviembre de 1967), en calidad de director, De la Torre rindió homenaje a Juan B. Iguíniz, a quien consideró el:
sucesor legítimo de [José María] Vigil por el espíritu y dedicación a la biblioteca. Le consagró los mejores años de su existencia cerca de cuatro décadas de su vida honorable y fecunda han estado ligados a la institución con una abnegación que no tiene igual. Por ello me complazco hoy públicamente en rendirle cálido y sincero homenaje de agradecimiento que creo interpreta el que varias generaciones de bibliotecarios desean expresarle por su dedicación en enaltecer y superar su condición y la de las bibliotecas mexicanas.8
Iguíniz y la profesionalización bibliotecaria
A Juan B. Iguíniz se le reconoce como precursor de la biblioteconomía en México, debido a la fundación y creación de escuelas profesionalizantes de las actividades bibliotecarias a principios del siglo XX. En 1924, organizó la primera asociación de bibliotecarios mexicanos que fortaleció al gremio bibliotecario del país.9 De la Torre reconocía a Iguíniz como uno de los creadores del sistema bibliotecario y del fomento científico de la bibliografía “en medio de estrecheces, de incomprensiones, de olvidos, realizaron obra singular que aún perdura…”.10
Los esfuerzos de Iguíniz sucedieron en el contexto posterior a la Revolución mexicana (1910-1920), cuando José Vasconcelos Calderón fue nombrado rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y, posteriormente, fue designado como el primer secretario de la recién creada Secretaría de Educación Pública (1920-1924). En este periodo, México vivió un impulso contundente en el acceso a la educación y la cultura, lo que combatió el analfabetismo y multiplicó la cantidad de bibliotecas en el país: de 39 en 1920, se pasó a 984 en 1924.11 Esta circunstancia propició la necesidad de formar bibliotecarios profesionales para atender el desarrollo de los nuevos recintos bibliográficos.
Paralelamente, se incrementó la impresión de obras de literatura clásica con el propósito de integrarlas a las colecciones de las bibliotecas y ponerlas a disposición de la población que hasta entonces no había tenido acceso a ellas. Esta iniciativa fue posible gracias al apoyo que el presidente Álvaro Obregón (1920-1924) proporcionó a José Vasconcelos. El respaldo del presidente al proyecto vasconcelista permitió que los Talleres Gráficos de la Nación fueran administrados por la Secretaría de Educación Pública. El Departamento Editorial adquirió nuevas prensas para producir libros de literatura, así como textos sobre agricultura, tecnología industrial, ciencias básicas e historia a las nuevas bibliotecas.12
La formación bibliotecaria y la labor de Iguíniz
En los escritos de Juan B. Iguíniz, se percibe la preocupación por establecer una escuela de enseñanza de las técnicas bibliográficas que garantizara la correcta organización y funcionamiento del sistema bibliotecario nacional, mediante un sistema de clasificación apropiado, un departamento de procesos técnicos, de adquisición bibliográfica y de servicios al público con un catálogo de consulta funcional.
Fue hasta 1925 cuando se inauguró una segunda escuela de bibliotecarios dirigida por Iguíniz; sin embargo, solamente egresó una generación antes de suspender sus actividades.13 La instalación definitiva de la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas se materializó hasta 1945.
De la experiencia docente y gestión académica de Iguíniz derivaron numerosos libros, capítulos y artículos que integran su obra intelectual. En ellos, el autor definió la manera correcta de operar los departamentos de una biblioteca y destacó el valor de la biblioteconomía para preservar la memoria escrita de la cultura de una sociedad, lograr el progreso y difusión de las bibliotecas y promover el desarrollo intelectual, moral y material de los bibliotecarios para beneficio del país.14
Trayectoria personal y profesional
Como antecedente biográfico, es pertinente mencionar que Juan B. Iguíniz cambió su residencia de Guadalajara a Ciudad de México en 1910, año en que estalló la Revolución mexicana. En la capital, comenzó a trabajar como ayudante de bibliotecario en el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, donde también cursó la clase de Historia. En su ciudad natal, había llevado a cabo estudios en humanidades y filosofía en el Seminario Conciliar.
En su obra intelectual que abarca 170 títulos, el autor también abordó la dimensión histórica y contribuyó con sus estudios a la historia regional, principalmente del estado de Jalisco, de donde era originario. Entre sus obras más representativas se encuentran: Los historiadores de Jalisco. Epítome bibliográfico (1918); El periodismo en Guadalajara. 1809-1914. Recopilación de datos históricos, biográficos y bibliográficos (1932); La imprenta en la Nueva España 1938, Los gobernantes de la Nueva Galicia y documentos para sus biografías (1948); Documentos para la historia de Sonora y Sinaloa (1949); La antigua Universidad de Guadalajara (1959); Catálogo bio-bibliográfico de los doctores, licenciados y maestros de la antigua Universidad de Guadalajara (1963); así como diversos textos biográficos, genealógicos, de crítica e historia bibliográfica, entre otros, que formaron su producción bibliográfica.15
Testimonio de Ernesto de la Torre Villar
En la entrevista al doctor Ernesto de la Torre Villar, se destaca la influencia intelectual del historiador jalisciense Luis Pérez Verdía en el joven Iguíniz. De la Torre relató que conoció a Iguíniz en la Biblioteca del Observatorio Astronómico de Tacubaya, donde trabajaba, y posteriormente continuaron su relación de amistad en la Biblioteca Nacional de México, institución en la que el maestro desempeñó cargos como clasificador y catalogador, debido a su experiencia y conocimientos en materiales bibliográficos y del libro antiguo. Su desempeño destacó como subdirector, auxiliar de la dirección y, finalmente, director de la Biblioteca Nacional de México.
El entrevistado describe que Iguíniz provenía de una familia de tradición cristiana y que fue un ser humano religioso, culto, preparado, paciente, honesto, bondadoso, buen amigo, conversador, cuidadoso, humilde, sencillo y con una actitud amable. De acuerdo con la entrevista, Iguíniz provenía de la clase media jalisciense y tuvo una vida honrada a través del trabajo asalariado que desempeñó en los diferentes puestos públicos que ocupó. De la Torre describió a Iguíniz como una persona desinteresada en la política callista y anticlerical, así como de la cardenista. Aunque colaboró con José Vasconcelos, su interés se centró en el ámbito bibliotecario, no en la militancia partidista; no era un apasionado de la política mexicana.
La entrevista ofreció argumentos para fortalecer el hecho de que Iguíniz contribuyó contundentemente al desarrollo de la biblioteconomía. Don Ernesto mencionó que su trabajo impactó en la disciplina bibliográfica -por medio de una metodología precisa- y en la bibliotecología -mediante textos generados para su labor didáctica como maestro ameritado de la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archiveros, institución a la que le dedicó muchos años de profesorado-. De la Torre atribuye a Iguíniz la iniciativa de implementar el Sistema de Clasificación Decimal, desarrollado por el bibliotecario estadounidense Mevil Dewey para la organización de los acervos bibliográficos de la Biblioteca Nacional, que anteriormente utilizaba el sistema de Bruselas, conocido como la Clasificación Decimal Universal; cambio que en su momento se consideró más eficiente para organizar los materiales bibliográficos en la estantería para que los usuarios pudieran ubicarlos físicamente de una manera más práctica e inmediata.
El testimonio permite vislumbrar a un Iguíniz con iniciativas profesionales para mejorar la organización técnica de las bibliotecas, innovador de los procesos de catalogación y clasificación bibliográfica y preocupado por la precariedad laboral sus colegas. Asimismo, ofrece elementos sobre el contexto histórico de la Biblioteca Nacional, la gestión de sus directores entre las décadas de 1940 y 1970, y el surgimiento del Instituto Bibliográfico Mexicano, centro de investigación derivado de la Biblioteca Nacional. Compartimos el contenido íntegro de la entrevista que amablemente nos dio el doctor Ernesto de la Torre Villar, con el propósito de que sirva como sustento de investigaciones posteriores.16
Transcripción de la entrevista a Ernesto de la Torre Villar
Entrevistado: Ernesto de la Torre Villar.
Entrevistador: Israel Morales Becerra.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Yo había leído algunas obras de él y me di cuenta de que era una persona muy enterada, no un hombre adocenado. Provenía de una aristocracia intelectual que existía en Jalisco, formada por gente muy buena, grandes historiadores como los Pérez Verdía y otros más que pertenecían a un grupo selecto de trabajadores de la cultura. La mayoría de quienes después se dedicaron al campo de la bibliografía fueron, en cierto modo, sus discípulos: Ramírez Flores, Delgado y otros que vinieron después.
Creo que el patriarca de esa época, en ese campo, fue Pérez Verdía, junto con los Castillo Negrete y algunas otras familias cuyo nombre ahora no recuerdo. Iguíniz pertenecía a ese grupo. No sé hasta qué año trabajó en Jalisco ni cuándo decidió a venir a México; ignoro si fue cuando se le presentó alguna posibilidad de trabajar en el campo de la biblioteconomía, quizá fuera del país, porque era una de las personas más capacitadas en ese ámbito. No puedo asegurarlo, pero es posible que haya estudiado o hecho alguna práctica en Estados Unidos; eso habría que preguntárselo a Lucero, yo no lo sé.
Yo ya lo conocí aquí, en Ciudad de México. En ese tiempo trabajaba en una dependencia federal. Era de una familia muy tradicionalista y cristiana, de ideas firmes y convicciones profundas. Cuando el gobierno impuso la obligación de asistir a los mítines antirreligiosos o a las manifestaciones políticas, eso no le gustó a don Juan, y por eso renunció y se refugió en la universidad. Ahí lo conocí, cuando trabajaba en la biblioteca del Observatorio Astronómico, en Tacubaya. Después, acabada toda esa época, lo volví a encontrar en la Biblioteca Nacional, que por entonces estaba muy desorganizada. Los directores que habían pasado eran malos y quien realmente sabía era Iguíniz; los demás sólo figuraban. Había montones de libros guardados, igual que hay metidos aquí en lo que llaman “fondo reservado”, incluso en bodegas, y el único que conocía bien el acervo y su valor era don Juan. Yo iba seguido a la Biblioteca Nacional a consultar libros, porque estudiaba en el Centro Histórico y me quedaba muy cerca.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿En dónde estaba la biblioteca?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: En la calle de Uruguay, ahí mismo estaba.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿Y qué estudiaba usted en esa época?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Secundaria o quizá preparatoria; era muy chamaco, más que tú. Iba porque ya tenía confianza con los bibliotecarios, quienes me prestaban los libros y me dejaban tranquilo en unas mesas que tenían ahí (necesitarías ver unas fotos de cómo era la Biblioteca para que te des cuenta). Había un grupo de bibliotecarios interesados en trabajar. Desde el siglo pasado existía la obra de José María Vigil, quien había iniciado la catalogación, pero en general los bibliotecarios estaban un poco presionados porque tenían que catalogar y dar servicio a los libros de texto; el acervo antiguo (teología, filosofía) casi nadie lo leía. Aunque estuvieran guardados, tenían que catalogarlos. Usaban el sistema belga, un sistema europeo de catalogación (de eso infórmate bien cuándo ingresó), también llamado Sistema de Bruselas, que fue el mejor en su momento, en todo el mundo.
Se empezó a hacer la labor de catalogación de la Biblioteca y debió haber tenido personas formadas en el trabajo catalográfico. Desconozco quiénes eran; yo conocí a muchos empleados ahí, pero ellos trabajaban dando libros y no catalogando. Todavía alcancé a conocer los ficheros, pero don Juan despertó la idea de utilizar un método más sencillo: el Sistema Decimal Dewey, de origen estadounidense. Era más práctico y don Juan lo conocía bien. Aunque no era el director, era el técnico de la Biblioteca, después lo hicieron secretario, pues él asesoraba a toda la gente, ya que era un hombre culto y muy cuidadoso. Conocía bien cuáles eran los libros fundamentales, por eso ahí en el recinto, en un local como este -señala la sala donde se hace la entrevista- tenían los libros más raros de la Biblioteca, los incunables o un libro de horas europeo que aún es el tesoro de la Biblioteca. Sabía lo mejor porque era hombre culto y preparado, y entonces era el que cuidaba esos archivos y le consultaban sobre los sistemas.
En esa época, los estadounidenses abrieron escuelas de bibliotecología y empezaron a invitar a mexicanos para que fueran a prepararse allá. Juana Manrique de Lara fue la primera en graduarse en Estados Unidos, una muy buena bibliotecaria. Luego, fueron Gasset, María Teresa Chávez, Joaquín Diaz Mercado, Gloria Escamilla, entre otros. Todos ellos estudiaron bajo el sistema americano, y don Juan los apoyó y orientó porque estaba bien informado y dominaba esos métodos. No me acuerdo de todos los bibliotecarios, a algunos los conocí, a otros no; ahí fue donde entablé una amistad mayor, porque en ese entonces ingresé a El Colegio de México, hacia 1942 1943. Ahí teníamos un curso obligatorio de bibliotecología impartido por don Juan, en la Biblioteca Nacional. Entonces íbamos hasta el Centro y él nos mostraba el acervo que estaba en los salones inmensos, en los sistemas y, luego, los tesoros que tenían en la Biblioteca y en la Secretaría, donde era su oficina. Conocimos todos esos libros, los incunables y el libro de horas europeo que tienen todavía. Ahí traté más a don Juan, vi cómo hacía las cosas, cómo cuidaba los libros con tanta atención y atendía, pero no había recursos en la Biblioteca, eran dos o tres empleados en catalogación. Trataron de no seguir con el método europeo, el de Bruselas, y adoptar el sistema decimal, y don Juan los apoyó. Todos quienes fueron a Estados Unidos, venían formados bajo ese sistema.
Luego empecé a ir a la Biblioteca a consultar algún libro, y a través de él lo conseguía, de ahí seguimos la amistad; él estaba ya entonces en varias corporaciones. La Academia de la Historia lo había nombrado, la Biblioteca Nacional tenía un Instituto Bibliográfico Mexicano que aún sigue. Ahí hacían trabajos y querían también una renovación de los sistemas, pero eso no duró mucho porque eran mucha gente aficionada, que como no eran empleados, iban cuando podían. Cuando después vino la organización de la universidad y de los institutos en 1972, durante el rectorado del ingeniero Barros Sierra, don Juan seguía activo. Yo viví esa reforma; él era entonces director de la Biblioteca Nacional, y luego renunció. Creo que Manuel Alcalá lo sucedió. También fue maestro en la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archiveros, la única que existía entonces, porque después se creó la de la universidad. [Alicia Perales] anduvo muy cerca de don Juan Iguíniz, y [en su libro] habla de un periodo en el que se organizaron estas cosas y cuál fue la actuación de don Juan en ello.
Con el tiempo, ya jubilado, decidió regresar a Guadalajara, donde tenía familia, una hija allá. Su otra hija, Lucero, trabajaba en la ciudad de México y entonces se fue allá. Cuando le hicimos el homenaje, fuimos a Guadalajara a presentarle el libro que haríamos. No era un gran bibliófilo, no tenía grandes colecciones de libros en su casa, tenía una biblioteca de trabajo normal y en otros estantes separaba sus obras de la Academia de la Historia, donde publicaba sobre temas históricos, no sólo bibliografías.
Era un hombre muy cuidadoso, él no decía una cosa que no estuviera firmemente comprobada en una fuente. Era lento, ¡ay! la paciencia de don Juan…, era -se inclina lentamente para enfatizar- muy caviloso, muy trabajador; hacía en papelitos sus notas, todo el tiempo sacaba notas de todo para añadirlas a sus bibliografías. Siempre fue muy sano, honesto, un buen amigo, buen conversador, no era de esos parlanchines; conversaba las cosas esenciales y sabía muchísimo. Tenía una cabeza de fichero -se toca la cabeza- muy bien aprovechada. Era un hombre bondadoso, y comunicativo, si le preguntabas una cosa, te la respondía.
Cuando entré a trabajar en la Biblioteca, vivían en San Pedro de los Pinos, ahí tenían su casa y tomaba su tren desde el centro para venir aquí, luego se retiró y quedó Lucero trabajando. Ese fue mi conocimiento de don Juan. En sus libros y artículos me doy cuenta de que era uno de esos eruditos, así como se retrataban en la Antigüedad, muy sabio y trabajador. No perdía el tiempo y todo lo apuntaba; luego, llegaba con su papelito y lo pasaba a sus listas. No sé si él usaba la máquina de escribir, porque tenía una letra clara; posiblemente, una de sus hijas o de las secretarias de la Biblioteca le transcribía cosas en máquina, pues era lo que se usaba. Ese es mi testimonio, a ti te toca buscar en libros, cotejarlos, hacer un balance de ellos, valorarlos e indagar con qué obra se pueden comparar. Además, don Juan es autor de una obra muy vasta.
ISRAEL MORALES BECERRA: Sí, así es. ¿Cuál es su opinión sobre la obra de Iguíniz?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Publicó mucho de historia, sobre todo en Guadalajara, donde aparecieron sus primeros trabajos con varios órganos que había.
ISRAEL MORALES BECERRA: Claro, esa obra de Iguíniz ¿tuvo algún impacto institucional?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Entre bibliógrafos decían: “¡Ay qué cosa!, ya publicó otro catálogo don Juan”. Sus catálogos y estudios eran materiales de consulta para especialistas. Sus obras no eran como una novela del “boom”; circulan entre grupos pequeños, se hacen pequeñas ediciones, y entre un grupo selecto es como se dan a conocer. Cuando hizo estudios sobre la Tercera Orden, decían: “Esas cosas católicas, mochas, eclesiásticas que hace don Juan”, pero era un material muy bueno; los demás lo reseñaban, él sabía captar el fondo de las instituciones y de las personas. No sé cuántas biografías habrá hecho, imagino que muchas; incluso, he estado trabajando con un estudio que hizo sobre Severo Maldonado, además publicó la bibliografía sobre otros autores jaliscienses.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿Tuvo algún impacto institucional su obra?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: El instituto le publicó varias cosas, como sus libros de bibliotecología. Hay dos o tres publicaciones que son muy buenas.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿Recuerda si hay alguien que haya trabajado también con él en la universidad?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Él era subdirector de la Biblioteca y, cuando se creó el instituto, lo incorporaron como fundador. Otros fundadores como Don Rafael García Granados, Gómez Orozco y Pablo Martínez del Río lo respetaban mucho. Trabajó durante varios años, nos reuníamos, platicábamos y laborábamos; primero en Isabel la Católica y luego aquí, cuando el Instituto se trasladó.
ISRAEL MORALES BECERRA: Muy bien.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Busca en las actas del instituto el expediente de don Juan; debe estar en la Dirección.
ISRAEL MORALES BECERRA: Doctor, ¿qué relación tuvo con el profesor Agustín Loera y Chávez?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Agustín Loera era un impresor junto con su hermano Rafael. Fue el primer dueño y organizador de la imprenta Cvltvra, era promotor y buen escritor, imprimía los libros de la universidad y, puede ser también, que varios libros de don Juan. Después, la imprenta quedó en manos de don Rafael. Su relación era la típica entre autor, editor e impresor; fue una relación profesional, no de amistad, como la que yo también tuve con él. Ahora, don Agustín era un gran promotor, era mejor promotor que su hermano Rafael. Se quedaron con la editorial Cvltvra, que después se transformó en Libros de México. Esa es toda la relación que te puedo decir que existió, no hubo una más estrecha.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿Él platicó sobre alguna relación o influencia que pudo tener Vasconcelos en su trabajo?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Apoyó a Vasconcelos porque era un hombre culto y de visión. Don Agustín fue vasconcelista, pero don Juan no era partidario de andar en los grupos políticos. No le gustaban las “grillas”, como grillan ahora algunos intelectuales. No tenía relación, lo respetaban, lo llamaban a colaborar y él hacía su trabajo.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿En qué recuerda que haya colaborado?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: En algunas publicaciones dando información y facilitando libros. Él no era de los grillos, era un hombre de trabajo: le gustaba encerrarse a hacer su labor, escribir sus notitas, leer y organizar el material que publicaba. Redactó un montón de artículos en Guadalajara, colaborando con diversas publicaciones como las memorias de la academia y los anales del grupo franciscano, ya que participaba en las actividades de San Francisco. Era perteneciente a un grupo selecto de investigadores y bibliófilos, con quienes mantuvo una relación muy respetuosa; si bien no tenía un trato íntimo con todos, es probable que con algunos tuviera mayor cercanía.
ISRAEL MORALES BECERRA: Sí, él en algún momento estuvo trabajando en el Departamento de Bibliotecas
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Sí porque era la única entidad existente en México; no había nada semejante en la universidad. Ese departamento de bibliotecas era el rector del trabajo bibliotecario en el país. Él estaba en la Secretaría, y ahí fueron directores personas como Jaime Torres Bodet y Pellicer. Desde ese departamento se establecían las directrices para el manejo de todo el sistema bibliotecario de la ciudad. En la universidad no existía entonces un departamento equivalente; se creó después, bastante tarde.
ISRAEL MORALES BECERRA: Doctor, en el homenaje que el Instituto de Investigaciones Bibliográficas le hizo a Iguíniz, usted mencionó lo siguiente: “La obra de lguíniz ha sido realizada en medio de años agitados por pasiones políticas”.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Sí porque era la época de Calles y de Cárdenas, cuando la gente era llevada de un lado a otro por circunstancias políticas. Y él, como pertenecía a un grupo muy religioso, defendía sus convicciones y se refugiaba donde les podían dar albergue, ¿ves? Fue una época difícil, esa que nos tocó vivir.
ISRAEL MORALES BECERRA: O sea, que no era un hombre que tuviera asegurada su situación económica.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: No, no era una persona de fortuna.
ISRAEL MORALES BECERRA: Exacto.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: No, él era un hombre que vivía del puesto que tenía. Tal vez no carecía de recursos, pero no vivían en la abundancia. Provenía de una familia con arraigo, pero no de esa aristocracia jalisciense que buscaba figurar y tenía dinero. No, él era un ser humilde, sencillo, de clase media; alguien que trabajaba y de eso vivía. Lo que ganaba por sus libros tampoco era mucho dinero, no le pagaban a uno nada: le pagaban cien pesos o doscientos pesos, así que él vivió con muchas restricciones y limitaciones, ¿ves? Pero siempre llevó una vida honesta y honrada, y eso fue lo más valioso.
ISRAEL MORALES BECERRA: Sí, de hecho, con el trabajo que pretendo hacer busco precisamente dignificar su trayectoria.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Claro, porque era un hombre que provenía de la clase media y tuvo que refugiarse en la burocracia, en los trabajos oficiales. Encontró ahí una institución que apoyaba lo que él sabía hacer, y ahí trabajó toda su vida.
ISRAEL MORALES BECERRA: ¿Y él hablaba de la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archiveros?
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: No tanto. Fue maestro y también director por un tiempo. Yo también di clases en esa escuela. Él era un profesor muy ameritado. Por ahí pasaron varias generaciones de bibliotecarios: Alicia Perales, Judith Licea, Gloria Escamilla, Gordillo…, todas ellas trabajaron después en distintos ámbitos del campo bibliotecario.
ISRAEL MORALES BECERRA: Claro.
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR: Él viajaba en camión o en tren; no tenía coche ni chofer que lo llevara o trajera. Venía desde San Pedro de los Pinos hasta aquí.










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