Introducción
La aparición de los primeros equipos femeniles de futbol significó una transgresión a los discursos que prohibían a las mujeres practicar el deporte que desearan.1 La historiografía refiere que, a medida que el balompié femenil se expandía, las futbolistas fueron denostadas y cosificadas sexualmente.2 Sin embargo, un aspecto poco explorado es la lucha de estas mujeres por alcanzar el profesionalismo en este deporte.3
La primera batalla ocurrió durante el segundo mundial femenil celebrado en México entre agosto y septiembre de 1971.4 Las futbolistas mexicanas llegaron a la final; no obstante, unos días antes del último partido exigieron una retribución económica por su desempeño o no jugarían.5 Tras ser presionadas por el comité organizador y las autoridades del Distrito Federal, las seleccionadas afrontaron el partido y, aunque perdieron, marcaron un precedente en la historia de la lucha por la equidad de género en el deporte.
Así, la demanda económica de las mexicanas representó la primera batalla por el reconocimiento de su labor como trabajadoras. Esto es, pugnaron para que se admitiera su papel como protagonistas de un espectáculo deportivo que dejaba cuantiosas ganancias a los empresarios y en el que ya era socialmente reconocido el trabajo de los hombres.6 Esta exigencia se explica por la articulación de tres elementos: la consolidación del futbol mexicano como un espectáculo deportivo, el contexto de organización sindical durante el sexenio de Luis Echeverría y la emergencia de la segunda ola del feminismo.
Iniciada la década de 1970, el futbol en México se afianzó como un negocio de amplias dimensiones en el que la principal fuerza de trabajo eran los futbolistas;7 no obstante, algunos promotores vieron en la práctica femenil una opción para expandirlo. Este proceso implicó discutir la existencia de un nuevo tipo de trabajador: la futbolista profesional.8 Además, en la primera mitad de los años setenta las organizaciones sindicales comenzaron a considerar a los deportistas como un grupo de trabajadores sujetos a la legislación laboral. Esta perspectiva emergió en un contexto en el que el sindicalismo cobraba fuerza, impulsado por los intentos del presidente Luis Echeverría de replantear las relaciones con los centros obreros.9 En este marco, se formó el Sindicato Nacional de Deportistas en 1970 y el sindicato de futbolistas en 1971, que estableció contacto con las jugadoras de la selección. Por lo anterior, sostengo que estos elementos influyeron en la decisión de las futbolistas para exigir una remuneración por su labor, demanda que tuvo como marco la emergencia de la segunda ola del feminismo, movimiento trascendental para que varias futbolistas no vieran la vida doméstica y la maternidad como prioridad, sino que, privilegiaran metas profesionales y lucharan en favor de su reconocimiento como trabajadoras.
Es importante resaltar que el grupo de jugadoras era heterogéneo, pues mientras algunas sólo buscaban el éxito deportivo, otras tenían distintos intereses como luchar en favor del profesionalismo. Por ello, para examinar la diversidad de sus posturas, la investigación se apoyó en material hemerográfico y entrevistas.10 Esto permitió cruzar las fuentes para analizar las palabras, los silencios y el modo en que las exjugadoras reconstruían sus memorias.
Bajo el planteamiento expuesto, el objetivo de este texto es analizar cómo se desarrolló su exigencia, por qué ocurrió en ese momento y qué significó para las jugadoras. El texto se divide en cuatro partes, en la primera se presenta el proceso por el cual México obtuvo la sede del torneo; en la segunda se describe “la nueva ola” del feminismo y su relación con las futbolistas, en tanto que en el tercer apartado se expone la exigencia de las mexicanas y el resultado inmediato del conflicto; finalmente, en la cuarta parte se reflexiona sobre cómo ha sido rememorado por las seleccionadas.
El camino a México 1971
Al menos desde la década de 1910 se organizaron equipos femeniles de futbol en lugares como Inglaterra, Chile, Argentina, España, Francia, Australia y China.11 En México, los registros más antiguos datan de la década de 1930.12 No obstante, los estudios han destacado que, por motivos de género, algunos sectores de la sociedad rechazaban la participación femenina, pues el balompié era considerado una práctica exclusiva de varones.13 Las mujeres y niñas no eran ajenas a las actividades atléticas, pues a lo largo del siglo XX la educación física se promovió en las escuelas con el objetivo de contribuir a la salud del estudiantado. No obstante, permeó un modelo que establecía que, por su anatomía, las mujeres sólo podían realizar algunos ejercicios, como la calistenia.14 A pesar de ello, en los años sesenta algunos profesores de educación física utilizaron el balompié para promover la cultura física entre las mexicanas.
Ahora bien, es importante señalar que por género me refiero al “elemento constitutivo de las relaciones sociales, las cuales se basan en las diferencias percibidas entre los sexos […] una forma primaria de las relaciones simbólicas de poder”.15 Es decir, no aludo solamente a los roles sociales de hombres y mujeres -los primeros pueden y deben jugar futbol, las segundas, no- “sino a la articulación, en contextos específicos, de la comprensión social de la diferencia sexual”.16 Estudiar el futbol desde esta mirada no sólo permite reflexionar sobre la participación de hombres y mujeres, sino analizar el modo en que se han construido significaciones subjetivas y colectivas sobre unos y otros.17
En la ciudad de México, a pesar de las dificultades, el balompié se propagó entre las mujeres durante las décadas de 1950 y 1960. Entre ellas estaba la niña Alicia Vargas, quien recordó haber golpeado un balón por primera vez con sus hermanos.18 Por su parte, Lourdes de la Rosa rememoró haber jugado futbol con sus familiares desde los cinco años.19 Con la aparición de cada vez más equipos femeniles en la ciudad, la porra femenil del Club América -equipo varonil profesional- junto con el profesor de educación física, Efraín Pérez, organizó el primer torneo amateur del Distrito Federal en noviembre de 1969. Denominado Liga América, se integró por equipos de la ciudad de México, Puebla, Estado de México y Morelos.20 Tras su crecimiento, en febrero de 1970 se fundó la Asociación Mexicana de Futbol Femenil (AMFF), presidida por Pérez.21
Mientras tanto, en países como Dinamarca o Italia existían numerosos equipos e instituciones que, más tarde, organizaron el primer mundial. Al respecto debe destacarse que, a pesar de que en 1970 el balompié femenil era un fenómeno internacional, pocos países reconocían su existencia, de modo que las jugadoras de cada región se encontraban en momentos distintos de su lucha.22 Por ejemplo, aunque padecían el desprecio de algunos sectores, las seleccionadas danesas e italianas participaban en torneos profesionales y eran patrocinadas por empresas privadas. Por otro lado, las inglesas enfrentaban la prohibición de su federación, y las mexicanas y argentinas no recibían ningún apoyo de las instituciones deportivas de sus países.23 No obstante, financiada por los equipos femeniles italianos, en febrero de 1970 se creó la Federación Internacional Europea de Futbol Femenil (FIEFF). Tras su conformación se organizó el primer campeonato mundial de futbol femenil en Italia.24 El torneo fue patrocinado por la empresa de bebidas alcohólicas Martini & Rossi, quien cubrió los gastos de viaje, hospedaje y comida de las participantes. En abril, la AMFF fue invitada a participar.25
Sin apoyo de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), la AMFF formó una selección basada en la Liga América. Las jugadoras tuvieron apresuradas sesiones de entrenamiento con sus familias como único sostén económico.26 En julio de 1970 la selección, dirigida por Efraín Pérez, emprendió el viaje. A pesar de los inconvenientes, en su debut derrotaron a Austria y clasificaron a la segunda ronda. En las semifinales perdieron contra Italia, pero en el partido por el tercer lugar ganaron a Inglaterra tres a dos.27 Elvira Aracén recordó que cuando volvieron a México “había mucha gente en el aeropuerto. Nos volteamos a ver para saber quién venía en el avión, pensamos que algún famoso […] y cuál fue nuestra sorpresa que la recepción era para nosotras”.28
El éxito de la selección significó un impulso para la popularidad de este deporte entre las mujeres. A ello se sumó la creación de más ligas, como la Iztaccíhuatl y la Xochimilco.29 Este fenómeno no pasó desapercibido para algunos medios, como Televisión Independiente de México, que transmitió partidos de la Liga Iztaccíhuatl.30 En este contexto, el promotor Jaime de Haro Caso se acercó a la AMFF para organizar en México dos encuentros amistosos entre la selección mexicana y la italiana. El empresario declaró que estos partidos no tenían una motivación económica, pues era una forma de mostrar “gratitud” al conjunto italiano.31 Los juegos tuvieron una nutrida asistencia en el Estadio Azteca de la ciudad de México y el Jalisco, en Guadalajara. Un año después De Haro declaró que “al ver la reacción del público tan favorable se me ocurrió pedir para México la sede del segundo campeonato mundial”.32 Sobre el éxito de los partidos, Efraín Pérez declaró: “Deportivo sí, de lo económico no sé nada. Eso es cosa de los promotores”.33
Confirmado el potencial económico del futbol femenil, el presidente de la AMFF, Efraín Pérez; el periodista de El Heraldo de México, Manelich Quintero, y Jaime de Haro viajaron a Torino, Italia, para participar en el congreso de la FIEFF. Al respecto, destaca la figura del empresario porque da cuenta de que, para algunos, el futbol femenil se vislumbraba como una oportunidad para expandir el negocio del balompié, el cual ya se había consolidado como uno de los espectáculos deportivos más populares en México.34 En ese sentido, la participación de Jaime de Haro permitió que el campeonato pudiera organizarse sin la FMF y en los principales recintos: los estadios Azteca y Jalisco.35 Por otro lado, la relevancia de Quintero radicó en la intensa campaña que emprendió desde El Heraldo de México para informar y promover la práctica del balompié entre las mujeres. De acuerdo con los testimonios de las jugadoras, Quintero fue muy cercano a ellas y donó dinero al equipo durante el primer mundial.36 Fue el único periodista que cubrió la participación de la selección en Italia. Esto explica por qué El Heraldo de México fue el medio que más seguimiento dio al tema.37
Finalmente, es importante recalcar la figura del profesor de educación física, Efraín Pérez. Coincido con Brenda Elsey y Joshua Nadel en que la participación de los profesionales de la educación física respondió a su deseo de utilizar el balompié para difundir la cultura física entre las mexicanas.38 No obstante, considero que los intereses de los profesores cambiaron a medida que el torneo se concretó y demostró ser un negocio lucrativo. Esto explica, en parte, la posterior fractura entre los involucrados.
Durante el congreso de la FIEFF la propuesta mexicana se enfrentó a las de España y Suiza.39 De acuerdo con Marco Rambaudi, vicepresidente de la federación, México obtuvo la sede por tres razones: tenía escenarios adecuados, experiencia por haber organizado los XIX Juegos Olímpicos y el IX campeonato mundial de futbol varonil, así como un público dispuesto a ver a equipos femeniles.40 Confirmado el triunfo, el comité organizador anunció la transformación de la AMFF en Federación Mexicana de Futbol Femenil (FMFF), la cual asignó como entrenador al profesor de educación física, Víctor Manuel Meléndez, quien tomó a la selección de 1970 como base.41 En este marco, la FMFF contó con recursos para organizar una gira de preparación por México, Argentina y Perú.42
La segunda ola y las seleccionadas mexicanas
La celebración de México 1971 tuvo lugar en un momento de importantes cambios sociales y culturales, entre los que destaca la emergencia de la segunda ola del feminismo. El movimiento fue impulsado principalmente por mujeres universitarias de origen urbano. Asimismo, difería del encabezado por las sufragistas de finales del siglo XIX y mediados del XX porque extendía sus demandas a la defensa de sus derechos sociales y no solamente a los políticos.43 Así, se oponía al patrón cultural que, en el ámbito nacional e internacional, defendía al hogar y la maternidad como los únicos proyectos en los que las mujeres podían y debían desarrollarse. Frente a ello, la nueva ola cuestionaba la subordinación en múltiples esferas de la vida y desdibujaba las fronteras entre lo público y lo privado al enunciar que “lo personal es político”.44 Estela Serret definió a este movimiento en México como una corriente contracultural que se enfrentaba a la sumisión femenina impuesta por los patrones sociales, políticos e ideológicos de la época.45 Durante los años setenta se organizaron diversos grupos en los que se discutía el sexismo, el patriarcado y el androcentrismo en el trabajo, la casa, la escuela, las relaciones de pareja y la vida cotidiana. Durante estos años aparecieron diferentes feminismos, agrupaciones que reflexionaron y construyeron solidaridades y comunidades en medio de negociaciones y conflictos.46
La emergencia de la segunda ola en México se enmarcó en una sociedad que experimentaba intensas transformaciones. Entre 1940 y 1980 el crecimiento económico aceleró el desarrollo urbano y, tan sólo en la década de los setenta, la población urbana pasó de 14 a 36.7 millones de personas.47 En ese contexto, el número de mujeres con empleos asalariados y formación universitaria creció.48 Esto era más pronunciado en la capital. Por ejemplo, en 1970 el 29.7% de las mujeres del Distrito Federal tenían un trabajo asalariado, en comparación con el 16.4% a nivel nacional.49 Respecto a la educación, las estadísticas de la Universidad Nacional Autónoma de México muestran la evolución de la educación femenina en el país. En 1961, las mujeres representaban el 17.07% de su población estudiantil; en tanto que diez años más tarde, esta cifra aumentó al 25.19%.50 Si bien la proporción de mujeres estudiantes seguía siendo inferior a la de los hombres, su acceso a la educación y el incremento en los niveles de estudio alcanzados había crecido significativamente en relación con el obtenido por sus madres y abuelas. A medida que estos cambios ocurrían, los proyectos de vida de las mujeres comenzaron a poner más atención en su satisfacción personal relacionada con su desarrollo profesional.51
La primera actividad pública de “la nueva ola” ocurrió en mayo de 1971, cuando las integrantes de Mujeres en Acción Solidaria (mas) se manifestaron frente al Monumento a la Madre en la ciudad de México.
Su objetivo era cuestionar “los mecanismos patriarcales que marginan y subordinan a las mujeres”.52 En ese sentido, las declaraciones de Yolanda Sentíes Echeverría, secretaria de Acción Social del Partido Revolucionario Institucional (pri), fueron un ejemplo de la postura a la que este grupo se enfrentaba. En julio de 1971, Sentíes afirmó que la mujer podía participar en la vida pública “sin que ello signifique que debe desatender las obligaciones dentro del hogar”. Asimismo, aseveró que “no sería buen dirigente quien no logra primero ordenar su casa”.53 Este tipo de discursos formaba parte de la época cuando las seleccionadas mexicanas participaron en el mundial. Si bien ninguna se definió como feminista, es importante mostrar un perfil de ellas para analizar de qué modo y hasta qué punto algunas resistieron a estos mandatos.
Las seleccionadas fueron Patricia y María Hernández, Eréndira Rangel, Lourdes de la Rosa, Teresa Aguilar, María Eugenia Ríos, Martha Coronado, Sandra Tapia, Alicia Vargas, Bertha Orduña, Elsa Huerta, María Cruz, Irma Chávez, Paulina Pérez, Silvia Zaragoza, Elvira Aracén, Guadalupe Tovar y Yolanda Ramírez. Sus edades oscilaban entre los 15 y 24 años. Las más jóvenes eran Eréndira, Lourdes y Teresa; las de mayor edad, Elvira, de 22; Guadalupe, de 23, y Yolanda, de 24. Por su mayor experiencia las tres se convirtieron en líderes del equipo, así como las más buscadas por la prensa junto con la hábil mediocampista Alicia Vargas, de 17 años. Tovar era capitana y Ramírez subcapitana. Aracén, además de portera, fue preparadora física.54
En 1971 la mayoría de ellas residía en la ciudad de México. Entre las capitalinas estaban Martha Coronado, del barrio de Santa María la Ribera; Silvia Zaragoza, de la colonia Panamericana, al norte de la ciudad, y Lourdes de la Rosa, de Iztapalapa. Del Estado de México provenían Paulina Tapia, Patricia y María Hernández, de Cuautitlán Izcalli; Irma Chávez, del municipio de Nicolás Romero, y Paulina Pérez, de Ciudad Nezahualcóyotl. Varias de las seleccionadas estudiaban la secundaria o el bachillerato. Algunas lo hacían con una carrera técnica, como María Eugenia o Sandra, quienes cursaban comercio. Martha y Alicia estudiaban en la Escuela Nacional de Educación Física. Elvira ya era egresada de esa institución. Por su parte, otras ejercían diversos oficios, como María Hernández, quien era obrera en una fábrica de bulbos, y Yolanda Ramírez, que trabajaba en una tintorería.55
Martha Espinosa afirma que las seleccionadas de 1971 “veían su incursión en el futbol sólo como una etapa, como un momento transitorio entre su adolescencia y el matrimonio, ya que consideraban que su participación en tal deporte terminaría cuando se casaran”.56 No obstante, es importante señalar que la maternidad y la vida doméstica no fueron temas prioritarios para todas las jugadoras. Al respecto destaca la actitud de Teresa Aguilar, quien quería ser química o bióloga, así como Elsa Huerta, quien deseaba ser ingeniera.57 Por su parte, Martha Coronado relató: “Cuando empecé a jugar tuve un novio […] y un día me dijo, ‘bueno, Martha, ¿el futbol o yo?’. Y aquí me tiene usted”.58 En el mismo sentido, Alicia Vargas rememoró que desde muy joven decidió no casarse, cuando a los 19 años su novio le propuso matrimonio. “Él quería una casa y tener hijos, pero atarme a un hogar no era para mí […] me dediqué a trabajar.”59
Las declaraciones de estas jugadoras permiten pensar que sus proyectos de vida tenían rasgos de aquello que la nueva ola defendía. Por ello, después del mundial, Alicia, Martha y Elvira permanecieron ligadas al deporte como profesoras de educación física, del mismo modo que Patricia Hernández, quien entrenó equipos de futbol en Cuautitlán Izcalli.60 Como puede verse, el equipo mexicano era heterogéneo y cada una de sus integrantes tenía diferentes concepciones sobre su proyecto personal: la maternidad, relaciones de pareja, vida profesional y futbol.
La primera batalla por el profesionalismo
El mundial tuvo lugar entre el 15 de agosto y el 5 de septiembre. A la inauguración asistieron alrededor de 90 000 espectadores, cifra que comprobó el interés que el torneo despertó en la afición.61 No conocemos las cifras exactas sobre las ganancias del comité organizador; sin embargo, De Haro reconoció que, sin contar el pago por derechos de transmisión televisiva en México y Europa, eran aproximadamente siete millones de pesos.62 De este modo, diversas empresas utilizaron a las jugadoras para hacer publicidad. Silvia Zaragoza recuerda que hicieron comerciales para Bimbo, Nescafé y Peñafiel: “nos citaban a veces a las seis de la mañana y luego eran las doce de la noche y todavía seguíamos en la grabación […] la experiencia era bonita por salir en la tele, pero nunca nos pagaron por ningún comercial”.63 Por su parte, Alicia Vargas recuerda que eran obligadas por el comité a atender los llamados de las empresas.64
En términos deportivos el mundial también fue exitoso, pues las mexicanas clasificaron a la segunda ronda luego de vencer a Argentina tres a uno y a Inglaterra cuatro a cero. En la semifinal superaron a Italia dos a uno, y debían enfrentar a Dinamarca en la final. No obstante, a sólo unos días del partido las jugadoras exigieron una remuneración por su desempeño y porque empresarios, patrocinadores y público en general debían considerarlo un trabajo.
Cabe señalar que desde la conformación de la primera selección fue constante la falta de apoyo. Iniciado el torneo y luego del partido contra Inglaterra, la prensa reportó que las jugadoras estarían dispuestas a dejar la competencia de no recibir una remuneración.65 Días más tarde, los rumores de inconformidad tomaron fuerza. Elvira Aracén enfatizó que las seleccionadas dejaron sus estudios y empleos al ser presionadas para cumplir con las giras, entrenamientos y compromisos publicitarios, sin considerar que “la gran mayoría de las que formamos la selección provenimos de estratos sociales débiles y por lo cual […] ha significado un sacrificio económico para nuestras respectivas familias”.66
El 30 de agosto algunas seleccionadas declararon que no jugarían la final contra Dinamarca a menos que recibieran una gratificación. Al respecto, Efraín Pérez admitió que necesitaban “cubrir algunos gastos y no cuentan con recursos […] yo creo que pasan por un momento más apurado que el año pasado que fuimos a Italia”.67 En ese sentido, afirmó que como presidente de la FMFF no le interesaba pedir dinero para él, sino para las jugadoras y sus familias. Por su parte, el entrenador Víctor Manuel Meléndez declaró: “una compensación económica y no promesas es lo que deseo para las jugadoras”.68 Posteriormente, recordó que el comité organizador le adeudaba cinco meses de sueldo, de modo que, si no le pagaban, dejaría el equipo.69 En esa línea, Alicia Vargas declaró:
creo que nos deberían dar dinero porque estamos desempeñando un trabajo, donde algunas personas se están haciendo ricas a nuestras costillas […] Hubo una de esas personas [del comité organizador] que nos dijo, ‘qué más quieren, si las estamos haciendo famosas; van a salir en la televisión, en los periódicos, en las revistas, es un favor que les estamos haciendo’ […], pero yo pienso que la fama no me da de comer. ¡Vamos a exigirles que nos den algo de lo mucho que están ganando!70
Tras la exigencia, Jaime de Haro afirmó que la organización del evento era un enorme riesgo económico. Enfatizó que las jugadoras eran amateurs y no debían recibir un salario, aunque “sin nada en las manos no se irán a su casa [sic]”, pues les darían “valiosos obsequios”.71 El 1 de septiembre Guadalupe Tovar, Elvira Aracén, Yolanda Ramírez y Silvia Zaragoza entregaron un escrito a De Haro en el que pedían dos millones de pesos para el equipo.72 El empresario respondió que las peticiones eran inaceptables: “todos los estadios les serán negados si no juegan el domingo. Sólo podrán jugar en lo sucesivo en los llanos”.73 Además, si ellas no cambiaban de parecer, pediría la intervención de la Oficina de Espectáculos del Departamento del Distrito Federal.74
La demanda de las futbolistas ocurrió en un momento en que la movilización de los trabajadores tomaba fuerza pues, con el objetivo de recuperar la legitimidad del sistema político erosionada por los actos represivos contra los movimientos sociales, la postura del presidente Luis Echeverría los favorecía, al menos, en el discurso.75 Por ello, la organización de nuevos sindicatos, autónomos o integrantes de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), fue un tema recurrente de la agenda política. Respecto a los deportistas, desde abril de 1970 el senador Jesús Yurén, secretario general de la Federación de Trabajadores del Distrito Federal (FTDF) y miembro de la CTM, propuso la conformación del Sindicato Nacional de Trabajadores del Deporte para aglutinar a profesionales del futbol, beisbol, frontón, boxeo y lucha libre, entre otros.76 En septiembre quedó constituida la agrupación dentro de la CTM. Al margen del sindicato oficialista, un grupo de futbolistas organizaba otro independiente. En diciembre de 1970 Carlos Albert demandó al Club Necaxa por despido injustificado y exigió una indemnización con base en la Ley Federal del Trabajo.77 Tras conocerse su caso otros futbolistas expresaron sus inconformidades con sus empleadores y más tarde se acercaron a Albert para buscar asesoría. En ese contexto, optaron por defender sus derechos como gremio. Entre enero y abril de 1971 se gestó la Asociación Sindical de Jugadores Profesionales de Futbol de la República Mexicana, A. C., con futbolistas de casi todos los equipos. El portero Antonio Mota fue el secretario general.78
En relación con las futbolistas, Alfonso Rodríguez, secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores del Deporte comunicó a los medios que apoyaba su demanda.79 No obstante, se limitó a esas declaraciones. Por su parte, el sindicato de futbolistas fue cercano a las jugadoras. Yolanda Ramírez recordó que Gustavo Peña e Ignacio Basaguren se acercaron a ellas.80 Alicia Vargas declaró que Arturo Chaires y Gregorio Villalobos les comentaron que “es indebido que los organizadores se queden con todo el dinero y a nosotras, la parte más importante del espectáculo, no nos den nada”. Además, señaló que les sugirieron “que obligáramos a esos señores [los empresarios] a que nos firmaran documentos que los comprometan a darnos lo que nos corresponde […], creo que hasta el sindicato de futbolistas varones nos piensa apoyar”.81 Es importante destacar que en ese momento la organización sindical preparaba un pliego petitorio dirigido a la FMF en el que exigía, entre otras cosas, un contrato colectivo de trabajo. De no conseguirlo, optarían por la huelga.82 En ese sentido, los futbolistas varones vieron en sus colegas mujeres un sector que ganaba popularidad y, por ello, podría ser un aliado importante en defensa de sus intereses.
La exigencia de las jugadoras condujo a una discusión más profunda, pues no sólo defendían su derecho a jugar, sino a ser reconocidas como trabajadoras y protagonistas de un espectáculo deportivo en el cual ya era socialmente admitida la participación laboral de los varones. Esto implicó debatir sobre un tema que el futbol varonil había discutido desde los años veinte: la admisión del balompié profesional como un trabajo.83
Al respecto, Enrique de la Garza define trabajo como una forma de interacción entre los seres humanos cuyo objetivo es generar productos que serán intercambiados. Señala que ha permeado una concepción estrecha sobre el término, pues se le ha utilizado para denominar un tipo específico: el industrial, aquel que produce una mercancía tangible.84 Esta visión deja fuera lo que De la Garza denomina la producción inmaterial, aquellos trabajos “atípicos” en los que “el producto no existe separado de la propia actividad de producir y que, de manera ideal, comprime las fases económicas tradicionales de producción, circulación y consumo en un solo acto”.85 En este grupo se insertan los servicios de entretenimiento, como el balompié. Así, en los años setenta el futbol ya era una actividad en la que había una importante derrama económica y que requería del desempeño de un trabajador especializado: el futbolista.
Reconocer el balompié como un trabajo implicaba admitirlo como una profesión. Si bien este término -y sus derivados, profesionalismo o profesionalización- ha sido caracterizado de diversos modos, Eliot Freidson señala la imposibilidad de identificar un rasgo común entre las definiciones. Además, enfatiza la pertinencia de no concebirlo como un concepto absoluto, sino como una categoría histórica con diferentes características según el momento y los sujetos involucrados.86 Visto así, ¿a qué se referían las futbolistas mexicanas con el profesionalismo? Las declaraciones de Alicia Vargas ofrecen una idea. Luego de su participación en el primer mundial, afirmó que la mayoría de las jugadoras mexicanas deseaban ser profesionales porque “la futbolista se dedicaría en cuerpo y alma al balompié, sin distraerse absolutamente en nada. ¡Como los hombres!”.87 Además, en agosto de 1971 enfatizó: “Mis compañeras y yo tenemos mucha ilusión de que el fútbol femenil en México se convierta en profesional […] para que las que tengan deseos y facultades puedan dedicarse a él en cuerpo y alma y puedan vivir de él”.88
A medida que peligraba el partido final, el mayor José Pérez Mier y el licenciado Luis del Toro Calero, jefe de Espectáculos del Distrito Federal, exigieron a las seleccionadas que jugaran: “no hay amenazas ni cosas por el estilo, pero si persisten en su error seguramente que tomaremos otras medidas”. Pérez Mier afirmó que la petición era “absurda”, pues si las mexicanas cobraban “perderían su calidad de amateurs convirtiéndose en profesionales y no hay en el mundo futbol [femenil] de paga”. Según el funcionario, estarían “condenadas a la inactividad hasta que en alguna parte del mundo hubiera profesionalismo”.89 La presión más determinante fue la del regente del Distrito Federal, Octavio Sentíes, quien se comunicó telefónicamente con las futbolistas.
Debe recordarse que el mundial también fue aprovechado por los gobiernos del Distrito Federal y Jalisco como propaganda.90 Además, gracias a los XIX Juegos Olímpicos de 1968 y la IX copa mundial de futbol varonil, la ciudad de México reforzó su imagen como una urbe moderna y escenario de los eventos deportivos más importantes de la época. Por ello, cancelar la final del torneo femenil hubiera significado un duro golpe al discurso de estabilidad cimentado en el éxito de los eventos anteriores. En ese marco tuvo lugar la intrusión del regente. Tras la llamada, las seleccionadas renunciaron a su demanda y declararon: “para nosotras valen más los aplausos del público”. Sin dar nombres, afirmaron que habían sido “mal aconsejadas”, pero la idea había sido de todas. Insistieron en que la amenaza sólo había sido un recurso para negociar. “Como pedimos dos millones, pudimos haber pedido cuatro, no es la cantidad en sí lo importante”, afirmó Yolanda Ramírez.91
El 5 de septiembre las mexicanas enfrentaron a Dinamarca y perdieron tres a cero. El comité les ofreció un partido amistoso contra Argentina para entregarles lo recaudado por el boletaje. A esa propuesta se sumó una colecta organizada por la actriz Carmen Salinas.92 Pocos días después Manelich Quintero acusó a los entrenadores Efraín Pérez y Víctor Manuel Meléndez de haber desaparecido alrededor de treinta mil pesos, así como haber sido quienes obligaron a las jugadoras a exigir un pago.93 Ambos rechazaron las acusaciones. Después del juego contra Argentina las mexicanas recibieron diez mil pesos cada una y un viaje a Acapulco.94
Una batalla en el silencio
A cincuenta años de los acontecimientos, Lourdes de la Rosa, Silvia Zaragoza, Elvira Aracén, Yolanda Ramírez, Martha Coronado y Alicia Vargas recordaron el intenso acoso que sufrieron. Señalaron que en el hotel de concentración recibieron llamadas telefónicas durante el día y la noche, muchas de ellas de periodistas, quienes las cuestionaban sobre su exigencia.95 La declaración más relevante, sin embargo, refiere el modo en que se organizaron para articular su demanda. Las jugadoras negaron haber reclamado dinero, pues afirmaron haberse enterado por los periódicos. Lourdes comentó: “Con lo que estábamos disfrutando, con los triunfos, ¿qué íbamos a tener en la mente pedir una gratificación para nosotras? Lo que queríamos era triunfar y obtener un primer lugar para nuestro país”. Agregó: “Después sacamos en conclusión que esto fue de los directivos, no de nosotras”.96
Respecto al documento en que las jugadoras exigían dos millones de pesos por sus labores, Yolanda comentó que Víctor Manuel Meléndez le ordenó que, junto con Aracén y Tovar, entregara una carta al comité. “No sé quién [hizo la carta], no sé de quién fue la idea, no sé si Elvira o Lupita hayan tenido participación en esto. Yo fui llamada porque yo era la subcapitana”.97 En relación con la rueda de prensa en donde las seleccionadas anunciaron que renunciaban a su demanda, Ramírez comentó que Tovar no se encontraba en la concentración porque fue llevada a un programa de televisión. Por ello, Pérez y Meléndez le entregaron un texto a Ramírez para que, acompañada del resto de sus compañeras, lo leyera frente a los periodistas.
De acuerdo con El Heraldo de México, Tovar regresó al hotel de concentración sin saber que sus compañeras habían renunciado a su exigencia. El periódico detalló que Pérez la puso al tanto y, más tarde, fue vista por los reporteros con un semblante de molestia y rastros de llanto.98 Sobre esto, la jugadora declaró a Ovaciones: “Quiero pedir por medio de su periódico que el público nos comprenda. Nosotras intentamos conseguir algo para llevarlo a nuestras familias […] nos hemos sentido defraudadas”.99 Para esta investigación se negó a ser entrevistada y, de acuerdo con el resto de sus compañeras, no se reúne con ellas. Al preguntar sobre su participación, Yolanda, Elvira, Lourdes, Silvia, Martha y Alicia se deslindaron del acontecimiento y afirmaron no recordar nada. ¿Cómo explicar este silencio?
Paul Ricoeur señala que “la memoria individual toma posesión de sí misma a partir del análisis sutil de la experiencia individual y sobre la base de la enseñanza recibida de los otros”.100 La memoria está viva y en movimiento, de modo que la nuestra se relaciona de múltiples modos con la de los demás. Al mismo tiempo, nuestros recuerdos se transforman cuando se conectan con los de otras personas. De este modo, pasamos de memorias individuales a colectivas y viceversa en un complejo proceso en el que se constituye la identidad de los individuos y las comunidades. Ricoeur apunta que somos incapaces de recordar y contar todo. “La idea del relato exhaustivo es una idea performativamente imposible. El relato entraña por necesidad una dimensión selectiva”.101 Desde esta mirada, recordar implica olvidar y, ante ello, existe el riesgo de construir lo que Ricoeur denomina una “memoria impuesta”, aquella constituida como una historia autorizada y oficial, donde “la memorización forzada se halla […] en beneficio de la rememoración de las peripecias de la historia común […] De este modo, se pone el cierre del relato al servicio del cierre identitario de la comunidad”.102
Los apuntes de Ricoeur son relevantes para explicar este caso porque varias de las futbolistas se conformaron como un colectivo más allá de su participación en los mundiales. Concluido México 1971, algunas se mantuvieron en contacto y organizaron el equipo Mundialistas, el cual participó en torneos amateurs en la ciudad de México hasta la década de 1980.103
Además, año tras año se han reunido para rememorar lo sucedido y mantener viva a su comunidad. Por más de cinco décadas, han construido una memoria colectiva cargada de detalles y olvidos, pasajes ocultos que integran un relato en común. En el discurso de su colectivo, las exfutbolistas destacaron el modo en que resistieron las burlas de una sociedad machista y se esforzaron por obtener un triunfo para su país. Al mismo tiempo, intentaron ocultar su exigencia al comité organizador.
Este silencio se explica por varias razones. Primero, debemos recordar que la mayoría de las jugadoras eran muy jóvenes cuando participaron en el mundial. Sabemos que se vieron sometidas a una intensa presión por el comité y el gobierno capitalino. En ese sentido, Efraín Pérez declaró que el equipo recibió amenazas a través de una llamada telefónica anónima en la madrugada del 3 de septiembre.104 Esto marcó hondamente la vida de esas jóvenes mujeres. En segundo lugar, es probable que algunas hayan cambiado de opinión y por ello prefieran no tratar el tema. Finalmente, el silencio puede responder al deseo de no lastimar el relato colectivo construido a lo largo de cinco décadas y en el que el conflicto con el comité ha permanecido oculto.
Con estas consideraciones, probablemente la demanda fue organizada por algunas jugadoras en coordinación con los profesores de educación física, quienes decidieron elaborar la exigencia en nombre de todas y presionaron en favor de una retribución económica justa para el equipo. Desde esta perspectiva, resulta comprensible que las más jóvenes no estuvieran al tanto de la situación. Sin embargo, al revisar las trayectorias individuales se observa que algunas se mostraban abiertamente de acuerdo. En ese sentido, la historia de Alicia Vargas es un gran ejemplo.
Se ha señalado que Vargas fue una de las que más se pronunció en favor de la profesionalización del balompié femenil. Después de su extraordinaria actuación en los mundiales, fue invitada por el equipo italiano Real Torino para unirse a sus filas. Le ofrecieron un salario, alojamiento y una beca para continuar sus estudios. Alicia aceptó, pero pidió que le permitieran alcanzar la mayoría de edad, dieciocho años, y que su vínculo estuviera protegido por un contrato firmado y reconocido por las autoridades mexicanas e italianas. Cumplidos los dieciocho años, un representante del equipo acudió a la casa de Alicia con los boletos de avión rumbo a Italia.
Vargas preguntó por el contrato, pero el directivo respondió que ese tema sería resuelto cuando estuvieran allá. “No quedamos en eso. Si ustedes no tienen seriedad para sus contratos, yo no me voy. Ahí están sus boletos”, respondió Alicia.105 De este modo, cuando Vargas solicitó que las promesas estuvieran colocadas en un contrato exigía su reconocimiento como futbolista profesional y un trato digno equiparable al recibido por los varones.
Conclusiones
La lucha por la equidad de género en el deporte tiene en la demanda de las futbolistas de 1971 uno de sus episodios más importantes. En los albores de los años setenta, mujeres de diversas partes del mundo jugaban futbol a pesar de las prohibiciones y el rechazo. Mientras esto sucedía, algunos empresarios vieron en el balompié femenil una oportunidad para expandir el negocio. Uno de ellos fue Jaime de Haro, promotor de México 1971. Sin el aval de la fifa, el empresario y la FIEFF organizaron la segunda edición de un evento que, disfrazado de amateur, obtuvo notables ganancias a costa del desempeño de las futbolistas. En ese marco, un grupo de jugadoras mexicanas elaboró una demanda inesperada en la que se exigía dos millones de pesos por sus labores.
Luego del mundial varonil de 1970, el balompié se cristalizó como un espectáculo deportivo de amplias magnitudes, un trabajo atípico y un negocio lucrativo. Si bien entre los años veinte y cuarenta el estatus de los futbolistas mexicanos se transformó al admitir su profesionalización, la discusión sobre sus condiciones de vida reavivó tras el crecimiento del espectáculo. En ese sentido, la promoción del sindicalismo durante el gobierno de Luis Echeverría favoreció la aparición de sindicatos de deportistas, entre ellos, la Asociación Sindical de Jugadores Profesionales de Futbol de la República Mexicana.
Dicha organización fue muy cercana a las jugadoras mexicanas, pues vio en ellas un sector que podía ser un aliado importante en defensa de sus intereses. Además, su demanda se vinculó directamente con la discusión que el balompié varonil mexicano tenía desde varias décadas atrás; esto es, el reconocimiento de los futbolistas como trabajadores profesionales y sujetos de derechos laborales. Para las mexicanas, luchar en favor del profesionalismo implicó exigir, por una parte, el pago por la actividad que realizaban y, por otra, que éste les permitiera solventar su manutención, como sucedía con los hombres. Esta postura se relacionó estrechamente con la segunda ola del feminismo, la cual defendía el bienestar individual de las mujeres basado en su desarrollo profesional, en vez de en la maternidad y la vida doméstica. Si bien las futbolistas no se identificaron como feministas, desde temprana edad varias de ellas manifestaron posturas cercanas a la “nueva ola”, al priorizar sus intereses profesionales por encima del mandato de la época, el cual les imponía ser madres y esposas.
El proyecto de las mexicanas no llegó a buen puerto debido a que Jaime de Haro y las instituciones gubernamentales ejercieron todo su poder, a través de la prensa, el acoso y las amenazas, para obligar a las jugadoras a desistir. En el contexto de un régimen autoritario como el del México de 1971, estos embates afectaron profundamente a las jóvenes, al grado en que varias prefirieron guardar silencio sobre el tema por cincuenta años. En ese proceso, las exfutbolistas que se mantuvieron en contacto construyeron un relato que daba cohesión a su grupo y destacaba su desafío al machismo de la época, pero que ocultaba su lucha en favor del profesionalismo.
En 2017 la FMF creó la primera liga de futbol profesional para mujeres en México. A pesar de ello, el principal problema para las futbolistas es la enorme brecha salarial respecto a sus colegas varones, quienes en 2023 ganaron en promedio 183 veces más que ellas.106 En abril de ese año, el Senado de la República impulsó una iniciativa para garantizar la igualdad salarial de hombres y mujeres deportistas. Sin embargo, la Liga MX Femenil rechazó la propuesta, afirmó que era económicamente insostenible, conduciría a la desaparición del torneo y la fifa retiraría la sede del mundial 2026 a México, pues la liga femenil era un requisito para la candidatura.107 Como puede verse, la equidad de género dentro del deporte es una lucha que está lejos de concluir. En esa historia, las seleccionadas mexicanas de 1971 protagonizaron una batalla vital para que, medio siglo más tarde, una nueva generación de mujeres continúe con la defensa de un derecho básico: desarrollar la profesión que quieran y obtener el mismo salario que un varón por el mismo trabajo.










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