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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.69 Ciudad de México ene./jun. 2025  Epub 29-Abr-2025

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2025.69.77976 

Artículos

¿Rojinegra o tricolor? La prensa obrera y el debate sobre el uso de las banderas por las organizaciones obreras (1924-1925)*

Red-and-Black or Tricolor? The Labor Press and the Debate on the Use of Flags by Labor Organizations (1924-1925)

Sureya Hernández Del Villar** 
http://orcid.org/0000-0002-5410-0600

** Universidad Nacional Autónoma de México (México), Instituto de Investigaciones Históricas, sahv@live.com.mx


Resumen

En este artículo se describe una polémica entre el Partido Comunista de México (PCM) y la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) con respecto al uso de las banderas por las organizaciones obreras. El propósito es mostrar un debate llevado a cabo en la prensa y cómo se negaba o se promovía el uso de la bandera mexicana y de la bandera rojinegra a través de textos e imágenes publicadas en El Machete y la revista CROM. Recurro a elementos de la historia cultural, los estudios de la prensa y la historia del arte, con el fin de analizar las propuestas que amalgamaban o contraponían ambos emblemas. Esta disputa revela las tensiones entre dos organizaciones que pretendían dirigir el movimiento obrero y cómo sugerían prácticas para una cultura obrera a través de la promoción de símbolos.

Palabras clave: banderas obreras; Confederación Regional Obrera Mexicana; Partido Comunista de México; prensa obrera; conmemoraciones obreras

Abstract

This paper describes a contentious debate between the Communist Party of Mexico (PCM) and the Regional Confederation of Mexican Workers (CROM) over the use of flags by laborer organizations. My aim is to show a debate that took place in the press, and how the use of the Mexican flag and the red-and-black flag was either denied or promoted through text and images published in El Machete and the CROM magazine. I draw on elements from cultural history, press studies, and art history in order to analyze the propositions that either merged or opposed both emblems. This controversy reveals the tensions between two organizations seeking to lead the labor movement and how they suggested practices for a working-class culture through the promotion of symbols.

Keywords: laborer flags; Regional Confederation of Mexican Workers; Communist Party of Mexico; labor press; labor commemorations

Introducción

El objetivo de este artículo es describir cómo la prensa obrera se conformó como un espacio de debate en el cual se desarrollaron argumentaciones expresadas por medio de textos críticos e imágenes que cuestionaban y sugerían prácticas y símbolos para una cultura obrera, en un momento en el cual el liderazgo del movimiento obrero resultaba fundamental dentro del escenario político.

Se observa una polémica sobre el uso de las banderas que se llevó a cabo en las publicaciones del Partido Comunista de México (PCM) y la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), con un análisis situado en los estudios de la prensa que consideran los impresos como espacios de interacciones, intercambios y polémicas que conforman escenarios culturales.1 Se examinan culturas visuales de contenido político y la promoción de representaciones y prácticas para una cultura obrera a través de la prensa, las cuales recurrían al nacionalismo y el internacionalismo.

El texto se divide en dos apartados. El primero describe las críticas del PCM a la CROM, elaboradas desde un periódico que se ceñía a pautas dictadas por el comunismo internacional, el cual otorgaba una función política fundamental a la prensa como herramienta de propaganda. Luego, se muestra la respuesta de la CROM, expresada por medio de imágenes que promovían la articulación de banderas.

¿Qué significaba la conjunción o la divergencia entre las dos banderas dentro de las manifestaciones obreras? ¿Cómo esta polémica muestra un contexto de disputa entre la CROM y el PCM por la dirección del movimiento obrero? Las discrepancias sobre el uso de las banderas reflejaban tensiones y convergencias entre perspectivas nacionalistas e internacionalistas, las cuales derivaban de la adscripción a dos discursos políticos distintos.

Éstos apelaban a diferentes nociones de revolución, una propia del contexto mexicano y otra que pretendía permear en éste, aunque respondía a políticas internacionales. Que el movimiento obrero enarbolara únicamente la bandera rojinegra significaba que se afiliaba a ideologías de izquierda y que defendía la revolución internacional. Por otro lado, el uso de la bandera mexicana simbolizaba la inclusión del obrero en la política nacional, en un contexto en el cual el nacionalismo mexicano sustentaba ideológicamente a los gobiernos posrevolucionarios.

Los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles se legitimaban con base en la noción de una revolución que habían protagonizado y cuya idea se afianzaba desde el reconocimiento de una base social en gran medida agraria, pero que incluía asimismo al movimiento obrero. Éste se integró desde una estrategia que pretendía asegurar su control mediante la negociación y asimilación a la política estatal por medio de centrales sindicales oficiales.

La CROM representó un baluarte en ese sentido, principalmente durante el gobierno de Calles, quien desde su candidatura se presentó como una figura a favor de los trabajadores. Graciela Bensusán y Kevin Middlebrook afirman que la inclusión del movimiento obrero en la política nacional fue una de las principales consecuencias de la Revolución mexicana.2 El mismo Middlebrook señala también que para la consolidación de los gobiernos posrevolucionarios fueron fundamentales las alianzas que se establecieron con el movimiento obrero entre las décadas de 1920 y 1930.3 Es por ello que tanto Obregón como Calles buscaron incorporar a los trabajadores en sus proyectos políticos, primero por medio de alianzas con obreros y campesinos, para luego avanzar hacia el corporativismo.4 Por otro lado, el programa comunista se sustentaba también en la organización de los trabajadores, y si bien se esperaba que engrosaran las filas del PCM, esto respondía a un objetivo mayor que se adecuaba a la agenda del comunismo internacional. La táctica de Frente Único guiaba las políticas de los partidos comunistas que, desde distintas latitudes y ante realidades sociales diferentes, insistían en la unión de los trabajadores, dentro de sus contextos locales, pero considerando alianzas de clase que deberían superar fronteras nacionales.Como señala Eric Hobsbawm, desde el siglo XIX circulaban discursos internacionalistas gestados en el seno de los movimientos obreros, con los cuales se llamaba a la unión y la conciencia de clase.5 La clase obrera se concebía en términos de una “comunidad internacional” y esta posición clasista -que conllevaba objetivos emancipadores y de lucha política- no se ajustaba precisamente a políticas estatales.

De modo que al apelar a la unidad del movimiento obrero se sugería el desplazamiento de patriotismos e identidades nacionales, tarea difícil en escenarios donde los proyectos de nación habían elaborado sólidas políticas de masas que concentraban a los trabajadores y dejaban poco margen de maniobra a las alternativas planteadas por los partidos de izquierda.6 La pugna entre la CROM y el PCM es un ejemplo de esto, pues el partido difícilmente competía contra la influencia que la central sindical logró entre los obreros mexicanos, gracias a sus vínculos con el Estado y sus resoluciones en torno a la organización de los trabajadores. Con la expansión del movimiento obrero en el siglo XX, el sindicalismo se situó en el centro de estrategias organizativas de distintos países y se articuló con la constitución de sus sistemas políticos.7 Francisco Zapata apunta que en algunos casos, como el mexicano, la legislación en materia laboral -como la incluida en la constitución de 1917- coadyuvó a la regulación de los sindicatos, en una dinámica de negociación entre el capital y el trabajo.8 Precisamente, la revista CROM sugeriría este tipo de cooperación, ante lo cual El Machete respondió con una franca oposición, enfatizando la incompatibilidad entre la burguesía y el proletariado. La disputa sobre el uso de las banderas se situaba en esta contienda, aunque a través de símbolos y emblemas.

Con Calles al frente, se hizo patente la voluntad de procurar la negociación entre capital y trabajo. Esto se evidenció con algunas medidas instauradas durante dicho gobierno, como el veto de huelga para las organizaciones afiliadas a la CROM y la regulación de las relaciones laborales por medio de una iniciativa de ley reglamentaria del artículo 123 constitucional, con la cual se proponía la colaboración entre trabajadores, industriales y el Estado.9 Como resultado del Congreso Obrero celebrado en Saltillo, Coahuila, la CROM fue fundada en mayo de 1918, con Luis N. Morones como su secretario general. Esta organización extendería su influencia entre los trabajadores durante la década de 1920, organizando principalmente a obreros de talleres fabriles, artesanos, campesinos y empleados, aunque también tuvo cierta influencia entre los obreros industriales.10

Luis Araiza señala que la CROM surgió sin una posición ideológica clara;11 sin embargo, pronto estableció alianzas políticas con el régimen posrevolucionario. En 1919 hizo un “pacto secreto” con Álvaro Obregón, con el cual se comprometía a apoyar su candidatura a la elección presidencial de 1920. Del mismo modo, la CROM pactó con Calles y apoyó su candidatura presidencial en 1924, lo que tuvo como consecuencia la inclusión de Morones en el gabinete, como secretario de Industria, Comercio y Trabajo.12

En su V Convención (Guadalajara, Jalisco, septiembre de 1923), la CROM afirmó que el movimiento obrero mexicano, si bien solidario con el movimiento obrero internacional, debía asumir un carácter nacionalista para así resolver sus problemas particulares.13 La postura de la CROM coincidía con el momento de auge del nacionalismo posrevolucionario, fomentado principalmente a través de discursos políticos y productos culturales. De acuerdo con Benedict Anderson, las naciones se configuran como “comunidades imaginadas” que cohesionan colectividades con base en particularidades culturales. Señala que los sujetos que integran dichas comunidades no pueden dar cuenta cabal de todos aquellos que las componen, pero aun así se reconocen en comunión, a través de rasgos que se asumen como propios y distintivos, los cuales se definen primordialmente por la manera en que la comunidad es imaginada y no por su fehaciente autenticidad.14

El nacionalismo posrevolucionario se fundamentó en la valoración de la cultura popular y la selección y definición de rasgos que se describían como característicos de lo mexicano, con un sesgo indigenista y folclorista, pero también, con una idea de “pueblo” que se explicaba en correspondencia con la revolución, pues se reconocía como su protagonista,15 aunque ahora representado por los proyectos políticos emanados de ésta. En ese sentido, la postura de la CROM era consecuente con la política de un gobierno que consideraba a los trabajadores organizados como su base social, integrados a un proyecto de Estado que los aglutinaba en torno a una idea de nación. En este escenario de promoción de un sindicalismo nacionalista, sujeto al Estado, el Partido Comunista de México pretendía, sin mucho éxito, ponerse al frente de la organización del movimiento obrero. El PCM fue fundado en 1919, dentro de un proceso de expansión del comunismo hacia territorios diversos que se desarrollarían a lo largo de 1920, propiciando distintas interpretaciones y adaptaciones de las estrategias comunistas en espacios no europeos.16 El PCM pretendía ajustarse a las resoluciones de la Internacional Comunista (ic) y promover la política de Frente Único, tarea complicada debido a la escasa influencia que mantenía entre las organizaciones obreras y el peso del sindicalismo oficialista.17 La consigna era la unión del proletariado, contra el capitalismo y con miras a la constitución del gobierno obrero y campesino.

En sus inicios, la influencia del PCM se concentraba principalmente en la ciudad de México y en Veracruz, pero hacia 1924 mantenía relaciones con los obreros petroleros de la compañía “El Águila”, se vinculó con los obreros de Tampico, con los obreros textiles de Atlixco y con la Unión de Empleados de Limpieza Pública. No obstante, sus alcances seguían siendo limitados y, como señalan Irving Reynoso y Victor Jeifets, el PCM se encontraba en clara desventaja frente a la CROM debido a su escasa militancia y la falta de contactos con los sindicatos.18 El PCM y la CROM discurrieron sobre el uso de las banderas con gestos discrepantes que expresaban las posturas de las organizaciones en relación con las políticas que se encaminaban hacia la dirección del movimiento obrero mexicano. Los impresos del PCM y la CROM estaban motivados por un objetivo pedagógico y doctrinario, formaban parte de las políticas culturales de estas organizaciones que se dirigían al obrero por medio de la prensa con el fin de informarlo, pero también de educarlo. Asimismo, consideremos que el uso de las imágenes en los impresos sugería prácticas lectoras que apelaban a la comunicación visual y la dilucidación de símbolos y representaciones. La polémica sobre el uso de las banderas recurría a componentes culturales e ideológicos expresados en los impresos, a través de elementos textuales e iconográficos que sugerían identificaciones con retóricas nacionalistas e internacionalistas. La CROM lo proyectó principalmente a través de imágenes, mientras que el PCM publicó argumentaciones que definían oposiciones binarias entre símbolos y sujetos que representaban valores y posturas políticas contrapuestas.

La CROM y el PCM aprovecharon las publicaciones periódicas como órganos de difusión en los cuales se reseñaban sus actividades y se informaba sobre problemáticas propias de los trabajadores, como legislaciones y conflictos laborales, huelgas y manifestaciones. Publicaban también contenido dirigido a la orientación ideológica de los obreros, de acuerdo con las líneas editoriales que estaban determinadas por las posiciones políticas e ideológicas de estas organizaciones. Mientras la CROM favorecía la colaboración y la negociación entre obreros y patrones para la resolución pacífica de conflictos, el PCM juzgaba inconcebible tal cooperación entre clases.

Los estudios de la prensa han sugerido metodologías que analizan e identifican los distintos elementos que intervienen en la conformación de las publicaciones periódicas, como los motivos de los grupos que proponen los proyectos editoriales, las colaboraciones, la puesta en página de textos e imágenes, el diseño, la publicidad, etcétera. El cruce entre dos ejemplos de prensa obrera -El Machete y CROM- permite analizar el desarrollo de una polémica elaborada en el medio impreso, con la interlocución entre elementos textuales y visuales publicados en el periódico y la revista.

El Machete y la reivindicación de los símbolos del proletariado

El primero de mayo de 1913, los obreros movilizados por la Casa del Obrero Mundial marcharon en memoria de los Mártires de Chicago, se pronunciaron en contra de la dictadura de Victoriano Huerta, exigieron la jornada de ocho horas y el descanso dominical.19 En 1923, la conmemoración del primero de mayo se había ampliado y, según Rosendo Salazar, las organizaciones obreras aún desfilaban recordando el sacrificio de los obreros de Chicago, con “vigor y conciencia social”, ondeando la bandera rojinegra. Salazar aplaudía que, en 1923, esta conmemoración había transcurrido sin enfrentamientos entre la CROM y la Confederación General de Trabajadores, lo cual indica que quizá las tensiones eran comunes en estos actos conmemorativos.20

Pero la CROM cambiaría el tono de la conmemoración en 1924, con acciones consistentes con el giro nacionalista definido en su V Convención. La CROM había resuelto que utilizaría la bandera mexicana y la bandera rojinegra, “hermanadas”, en todos los actos celebrados por esta organización21 y el primero de mayo fue la oportunidad ideal para reunir ambas banderas como emblemas de los trabajadores. Pero el despliegue de nacionalismo no se había reducido al uso de la bandera mexicana, el contingente de la CROM incluyó también elementos culturales que se encontraban en la línea del nacionalismo posrevolucionario y los obreros marcharon representando personajes folclóricos como charros y tehuanas, elementos que se hicieron comunes en las celebraciones patrias a partir de la conmemoración de la consumación de la Independencia en 1921.22

La CROM parecía desplazar con la fiesta mexicana el motivo de una conmemoración que pretendía mostrar la fuerza de la clase obrera en pie de lucha y que originalmente tenía un tono solemne y sacrificial en recuerdo de los mártires de Chicago. Le había otorgado un tono espectacular a la marcha de los obreros, con un acto performativo y festivo donde la rememoración se había diluido en la celebración, dejando de lado la exigencia de reivindicaciones laborales.

Los comunistas reaccionaron y cuestionaron los gestos conmemorativos de la CROM. El PCM se pronunció a través de su periódico, un instrumento que formaba parte de las estrategias con las cuales pretendía adoctrinar y dirigir a los obreros, además de subsanar su escasa influencia entre las organizaciones sindicales. Para el PCM era imprescindible contar con un medio de difusión, y había intentado mantener una publicación desde los inicios de su organización, pero sin mucho éxito. Entre 1919 y 1920 publicó algunos impresos como El Soviet, El Comunista y la revista Vida Nueva. Sin embargo, no logró consolidar un órgano de difusión hasta que el periódico El Machete salió a la luz en 1924, aunque en sus inicios éste apareció como una publicación del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores.23 La militancia de algunos de sus miembros definió ligas entre este sindicato de artistas y el PCM y éstos alcanzaron tal protagonismo que, en 1923, los pintores Xavier Guerrero, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros integraron el comité ejecutivo del PCM. Desde esta posición, los artistas fundaron El Machete en marzo de 1924.

Por medio de textos críticos, el PCM buscó concientizar a los obreros, explicando las implicaciones de llevar la festividad nacionalista a una conmemoración obrera. Para el comunismo, la prensa hacía un papel fundamental como herramienta de propaganda, difusión y consolidación de la ideología. Lenin había planteado que el periódico debía cumplir con una función pedagógica, doctrinaria y agitadora; la prensa debía operar fundamentalmente como organizadora colectiva. Sobre esto, Sebastián Rivera Mir destaca que los impresos elaborados por la izquierda mexicana cumplieron la función descrita por Lenin y promovieron la cohesión de sus organizaciones. Asimismo, apunta que la prensa de izquierda funcionó como un espacio de sociabilidad que propiciaba el aprendizaje político.24

El Machete se desarrolló con base en la noción de la utilidad de la prensa como movilizadora, pero también de acuerdo con el programa de arte público de los inicios del muralismo mexicano. Es por ello que en su primer periodo estaba profusamente ilustrado. Se publicó como periódico de pared y fue colocado en espacios donde los obreros podían realizar una lectura colectiva del impreso.25 El amplio formato inicial (64 x 46.5 cm) que permitía que el periódico fuera desplegado como cartel, se redujo a partir de mayo de 1925 (41 x 58.5 cm), cuando el periódico se declaró, oficialmente, órgano del PCM. Tenía un costo de 10 centavos y según las notas de la administración era distribuido en la ciudad de México y lugares aledaños, como Texcoco, Chalco y Chapingo. También se enviaba a otros lugares de la república mexicana: Aguascalientes, Fresnillo, Puebla, Monterrey, Saltillo, Pátzcuaro, Veracruz, Minatitlán, Chihuahua, Cuautla, Culiacán, Tulancingo, Orizaba, Villa Cecilia, Tlalpujahua y San Luis Potosí. Se distribuía en Estados Unidos, en California, Illinois, Massachusetts y Texas (Dallas, San Antonio, El Paso y Forreston). Además, circulaba en el Caribe, en Jamaica y Cuba (La Habana y Camagüey).26

No obstante los vínculos iniciales con un proyecto artístico, El Machete siempre operó como un medio comunista y el partido asumió totalmente su tutela cuando el sindicato de pintores abandonó el proyecto en octubre de 1924. Para Daniela Spenser, el PCM aprovechó el periódico de los pintores y así no tuvo que “inventar uno propio”;27 sin embargo, el periódico representaba al partido desde su fundación. En el III Congreso del Partido Comunista de México celebrado en abril de 1925, el Comité Ejecutivo reportaba que, si bien El Machete había surgido como órgano de los pintores simpatizantes del partido, el periódico se había convertido en un “órgano proletario”. Reconocía que al principio había sido sostenido principalmente por Siqueiros y Guerrero, pero luego los miembros del PCM habían participado en su financiamiento. El Machete se proponía ahora como un proyecto colectivo del partido y se esperaba que se sumaran informantes y distribuidores.28

El objetivo era extender la influencia de la prensa comunista y se reconocía que el PCM se mantendría gracias a ésta: “la vida de la prensa del partido es la vida misma de nuestro partido. Fortificando y acrecentando nuestra prensa, fortificamos y acrecentamos la vida de nuestro partido”.29 Para los comunistas, los pronunciamientos llevados a cabo en las páginas de El Machete tenían entonces una relevancia primordial, definían la posición misma del partido frente a los obreros y representaba uno de los principales espacios de acción del PCM.

En el número de la primera quincena de mayo, El Machete abordó la conmemoración de los trabajadores. Bajo el seudónimo de “Domingo Sierra”, David Alfaro Siqueiros cuestionó el uso de la bandera rojinegra junto a la mexicana y señaló una incompatibilidad intrínseca, pues significaba entrelazar proposiciones discrepantes y parecía sugerir una “reconciliación imposible de los trabajadores con la ideología burguesa”. Para Siqueiros, los gestos de la CROM representaban un “error de táctica”, o bien, una estratagema burguesa. El primer caso respondería a una estrategia errada, pero dirigida a ganar adeptos entre aquellos obreros que aún mantenían “prejuicios patrióticos”, mientras que la segunda posibilidad indicaría un intento burgués por “reimplantar en la conciencia de las masas” un símbolo que había sido aprovechado por la burguesía para involucrar a los trabajadores en movimientos que estaban orientados hacia la defensa de intereses burgueses.30

El Machete promovía el Frente Único y sugería la unión de los trabajadores contra la burguesía en pos de la conformación del gobierno obrero y campesino. El PCM se pronunciaba contra la cooperación de clases y los lazos con la burguesía que habría que abatir, por lo cual veía con alarma las políticas de la CROM que invitaban a los obreros a evitar la confrontación con los patrones, pues para los comunistas eso conllevaría la conservación del dominio del capital sobre los trabajadores. El PCM objetaba la posición de la CROM frente al Estado, los compromisos que tenía con éste y la subordinación de sus líderes.31 La CROM había asumido la “acción múltiple”, desde la cual se promovía la colaboración entre clases y se distanciaba de la “acción directa”, ejercida principalmente por los anarquistas como herramienta de protesta que otorgaba a los obreros la posibilidad de frenar la producción para conseguir reivindicaciones. Recurrir a la “acción múltiple” implicaba que el obrero fuera considerado como una clase débil y que, por ende, requería colaborar con otras.32 Para la CROM, la cooperación entre capital y trabajo significaba la colaboración entre “dos factores importantes del progreso humano”33 e insistía en la conciliación entre obreros y patrones.

El PCM acusaba a la CROM de divisionista y explicaba que aseguraba el control por medio de la división de los obreros, en un contexto en el cual la unidad era necesaria y debía ponderarse, independientemente de las posibles discrepancias políticas e ideológicas.34El Machete denunciaba que la CROM había expulsado de sus filas a algunos obreros, entre ellos a Bertram Wolfe, comunista estadounidense e ideólogo del partido que fomentaba el diálogo con obreros y campesinos.35 Para el PCM, esta “tentativa divisionista” atentaba contra la unidad del movimiento obrero, pues acallaba a una voz disidente y “capaz de despertar a los obreros conscientes”.36

Utilizar la bandera nacional mexicana en las conmemoraciones obreras era un gesto que desde lo simbólico reafirmaba la intención de cooperación entre la clase obrera y la burguesía. Además, Siqueiros recordaba que la bandera mexicana tenía un origen conservador, pues derivaba de la bandera trigarante de Iturbide. También denunciaba que había sido enarbolada principalmente por las “clases opresoras” y subrayaba que era el emblema de los Caballeros de Colón y el fascismo mexicano, “los más fervientes defensores del símbolo de la patria mexicana, que en su nombre conspiran para destruir las insignificantes ventajas alcanzadas por los obreros y los campesinos”.37 Para Siqueiros, el símbolo del internacionalismo no podría amalgamarse con un emblema nacional, pues uno implicaba una noción de patria de “importancia trascendental”, en tanto que representaba a la patria del proletariado, mientras que el otro derivaba de un “patriotismo estrecho” que se fomentaba entre los trabajadores con discursos sentimentalistas y heroicos que tenían la finalidad de involucrarlos en guerras imperialistas donde solamente servirían de carne de cañón a favor de intereses del capitalismo.38

El PCM negaba rotundamente el reconocimiento a la patria y la nación mexicana. En sus inicios, el partido había establecido que, tratándose de una “organización proletaria internacional”, de ninguna manera se involucraría en la defensa una patria, pues no se consideraría parte de una entidad de tal naturaleza. El PCM afirmaba que los trabajadores del mundo no tenían patria y, por lo tanto, no sacrificarían su vida en batallas patrióticas completamente ajenas a los intereses del proletariado.39

La bandera nacional era asociada con la reacción. En el número de la primera quincena de junio de 1924, El Machete reiteró las críticas sobre el uso de los emblemas con un texto de Juan J. Contreras, quien reafirmaba los argumentos de Siqueiros y declaraba que la bandera mexicana, la de la religión, de la patria y del amor, se había convertido en un símbolo fascista que también era enarbolado por los obreros libres “rompehuelgas” y por organizaciones de militares reaccionarios que buscarían imponer otra dictadura similar a la de Porfirio Díaz. El emblema patrio se consideraba entonces el símbolo del opresor, que además estaba manchado con la sangre de los mártires obreros, por lo cual marchar con esta bandera en la conmemoración de los mártires de Chicago significaba una incongruencia; bajo el argumento de la incompatibilidad entre los símbolos, la distinción entre el internacionalismo reivindicatorio y el nacionalismo edulcorado y la unión de los trabajadores y su antagonismo con la burguesía, El Machete afirmaba que “entre los pobres y los ricos, entre los explotados y los explotadores no puede haber más que guerra a muerte”.40 La bandera nacional mexicana, que para el comunismo significaba la explotación del trabajador, se oponía categóricamente con la bandera rojinegra, representante de “las aspiraciones del proletariado”.41

Los argumentos presentados en El Machete recurrían a alusiones y evocaciones que quizá serían fácilmente identificadas por un público amplio y que, además, el relato nacionalista posrevolucionario asociaba con la contrarrevolución. Iturbide y Porfirio Díaz, así como el fascismo mexicano y los Caballeros de Colón representaban un conservadurismo contradictorio con el movimiento obrero y la revolución. Esta definición de contrarios delineaba una narrativa maniquea que aprovechaba elementos del contexto mexicano para refrendar proposiciones que defendían el internacionalismo proletario, con base en personajes que se exponían como arquetipos del “otro”.

Finalmente, con cierto dejo esperanzador, El Machete destacaba que habían sido pocos los sindicatos que portaron la bandera mexicana, gracias a una “elemental conciencia de clase” que permeaba entre la mayoría de las organizaciones obreras.42 No obstante, al parecer la problemática había persistido y más adelante el PCM insistió en el tema y ante la solicitud de apoyo lanzada a las organizaciones obreras por el comité de recepción del embajador de Rusia, los comunistas rogaban a los miembros de la CROM que no utilizaran la bandera nacional junto a la bandera internacional, ya fuese roja o rojinegra, pues significaría “un insulto gratuito al valiente proletario ruso que tanto ha sacrificado por la revolución”.43

Además de las notas en las cuales se rechazaba el uso de la bandera mexicana, los textos publicados en El Machete no darían más indicaciones sobre los emblemas y la simbología que deberían usar las organizaciones obreras, aunque sí promovía cierta iconografía a través de las imágenes que ilustraban el periódico, las cuales incluían referencias como la hoz, el martillo y la estrella de cinco puntas, por ejemplo.

Desde su segundo congreso, celebrado en abril de 1923, el PCM había determinado que su emblema sería una hoz y un martillo dentro de una estrella de cinco puntas,44 dispuesta dentro de un círculo con la leyenda “¡Proletarios de todos los países, Uníos!”, lo cual a su vez estaría contenido en otro círculo con la frase “Partido Comunista de México (Sec. Inter. Com.)”.45

A principios de 1925, el PCM publicó su bandera en El Machete, con una xilografía (posiblemente de Xavier Guerrero) que ilustraba un recordatorio sobre la posición que debían asumir los “trabajadores revolucionarios” en México, contra el oportunismo y en miras de alcanzar el anhelado gobierno obrero y campesino. La xilografía dibujaba el emblema del PCM dentro de una bandera de burda manufactura y prácticamente esquemática, que se mostraba ondeante a partir de las ligeras curvaturas que le otorgaban un tenue movimiento a la imagen. El grabado conformaba un iconotexto que ampliaba el sentido de imagen, la bandera roja, con los símbolos comunistas en el centro (la hoz y el martillo entrelazados dentro de una estrella de cinco puntas), era acompañada por el número “1925”, haciendo referencia al año en curso que recién iniciaba. 1925 se ubicaba en el espacio “en blanco” que quedaba entre el asta y el borde inferior de la bandera. El emblema comunista con el número que indicaba el nuevo año anunciaba en imagen un programa que se refrendaría con el texto dispuesto en sus márgenes, pues al grabado se incorporaban las consignas “¡Hacia el Gobierno Obrero y Campesino!” y “¡Guerra y muerte al oportunismo!” (véase figura 1), con el objetivo de arengar al lector-espectador y llamarlo hacia la persecución de un propósito que debía ser inherente al emblema representado.

Como muchas publicaciones de la época, El Machete había recurrido a una paleta binaria rojinegra y a la xilografía, por su baratura y reproducibilidad. Sin embargo, los tiempos en los que el periódico apostaba por la visualidad quedaron atrás cuando los pintores cedieron la batuta al PCM y hacia 1925 eran pocos los grabados publicados en el periódico. La bandera que inauguraba el año de 1925 destaca entonces en este periodo de El Machete, como un recurso visual con el cual se refrendaba la causa abanderada por el partido y con cuyos propósitos debía comprometerse el movimiento obrero, pues en 1925, el combate al oportunismo sería -como indicaba el texto- “la palabra de orden de los trabajadores revolucionarios de toda la república”.46

Archivo Digital del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista

Figura 1 “1925”, El Machete, núm. 28, del 8 al 15 de enero de 1925, 1. 

El grabado recordaba, desde la materialidad del impreso, cómo debía ser la bandera del obrero y de la revolución. Luego, la bandera comunista se posicionó nuevamente en el periódico cuando éste se declaró oficialmente como órgano del PCM. Desde su primera publicación en marzo de 1924, el cintillo legal del periódico había sido encabezado por un grabado de Xavier Guerrero que mostraba un puño cerrado, símbolo de lucha y resistencia. Éste se ubicaba en un rol protagonista, pues en los créditos del periódico se anotaba la leyenda “director: la mano del pueblo”, dentro de un iconotexto que se conformaba con esta nota articulada con la xilografía de la mano empuñada. La imagen del cintillo legal fue cambiada en mayo de 1925 y en lugar del puño cerrado apareció el emblema comunista impreso en blanco y negro. Éste fue elaborado igualmente con una xilografía (también quizá de Xavier Guerrero) que mostraba la bandera con la estrella de cinco puntas con la hoz y el martillo entrelazados.

La imagen comprendía solamente el paño de la bandera y el espacio de la vaina y adquiría movimiento a partir de ligeras líneas curvas que permitían la identificación de la bandera como objeto, pues su diseño se mostraba discontinuo. Además, ahora el cintillo legal también señalaba claramente que el periódico era el órgano central del Partido Comunista de México, lo cual no se anotaba cuando la dirección se adjudicaba simbólicamente al pueblo (véase figura 2). Con este gesto se afianzaba la posición del periódico como portavoz de la agenda comunista, y la dirección se encontraba entonces en esta causa, representada por su bandera.47

Asimismo, en el número del primero de mayo de 1925, El Machete remarcaba los símbolos comunistas y la agenda del frente único, con una xilografía que mostraba la estrella, la hoz, el martillo y el puño en alto en una línea vertical coronada por una aurora (signo de renovación en la iconografía comunista) enmarcada por dos estandartes que junto con una leyenda en la base de la imagen completaban la frase “viva el frente único, proletariado” (véase figura 3).

La crítica de El Machete sobre el uso de las banderas no se actualizó más allá de un exhorto dirigido a los obreros a través del cual eran animados a redimir la conmemoración del primero de mayo como “un día de lucha y protesta, digno de los mártires de Chicago”. El PCM afirmaba que la “cursi alegría” de los charros, las chinas poblanas y, por supuesto, las banderas nacionales, transformaban la conmemoración obrera en una “burda farsa de un día de fiesta” que debía ser evitada.48 No obstante, la CROM mantuvo su postura nacionalista y en la conmemoración del primero de mayo de 1925 desfiló nuevamente con jinetes vestidos de charro y la tiple Celia Montalván como china poblana, entre otras mujeres también ataviadas con este atuendo o como tehuanas.49 No obstante, la CROM reconocía también que la conmemoración de los trabajadores había sido “celebrada solemnemente” en los estados, como un recordatorio luctuoso y glorioso, “porque fue el grito de protesta de las clases laborantes en contra de sus opresores, el esfuerzo magno de ruptura de cadenas denigrantes y el principio de la conquista de los postulados del proletariado”.50

Archivo Digital del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista

Figura 2 “El Machete. Periódico Semanario [cintillo legal]”. El Machete, núm. 35, 1 de mayo de 1925, 2. 

Archivo Digital del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista

Figura 3 “Viva el Frente Único Proletariado”, El Machete, núm. 35, 1 de mayo de 1925, 1. 

De acuerdo con los objetivos propagandísticos que motivaban la publicación del periódico, El Machete introdujo el debate sobre el uso de símbolos en las manifestaciones obreras, abriendo una discusión entre nacionalismo e internacionalismo en el contexto del movimiento obrero mexicano que se establecía desde lo cultural, pues si bien se pretendía incidir en las prácticas que se realizaban con el propósito de demandar reivindicaciones sociales, la promoción y negación de símbolos sugería la conformación de una determinada cultura obrera que incluyera emblemas, imágenes y memorias colectivas definidas desde posturas ideológicas que buscaban modelar la posición de los obreros mexicanos. Los argumentos presentados en El Machete estaban determinados por la militancia del periódico y se dirigían desde una agenda que procuraba concientizar a los trabajadores y ganar más adeptos, desde la necesidad del PCM que buscaba ampliar su influencia entre los trabajadores y sumarlos al programa internacional del comunismo.

La influencia de la CROM en el movimiento obrero mexicano era mayor y distinta a la del PCM; es por ello que, como veremos en las siguientes líneas, participó en la polémica con una respuesta a la vez sutil y contundente, pues no presentaba argumentos que explicaran los motivos por los cuales debían tomarse o no determinados símbolos, sino que mostraba su posición en imágenes.

La “amalgama imposible” en la revista CROM

A finales de mayo de 1924, el periódico El Demócrata publicó un dibujo que podía tomarse como una respuesta a las críticas de Siqueiros. La imagen titulada “Las dos banderas” representa la “amalgama imposible” denunciada en El Machete, con un personaje caracterizado como obrero, vestido de overol, que se muestra sosteniendo la bandera mexicana y la rojinegra. Con expresión sobria, el obrero mira de frente al espectador, aunque su posición no es completamente frontal, sino que vira ligeramente hacia la bandera mexicana sostenida con la mano derecha, mientras que su mirada se dirige de soslayo hacia la izquierda (véase figura 4). La posición nacionalista de la CROM se aludía con el protagonismo de la bandera mexicana, representada de mayores dimensiones. El obrero se encuentra entre los dos emblemas, en el vértice delimitado por las astas que parecen estar unidas por la base, inclinación que provoca que los paños caigan por la pesadez. Tanto el semblante del personaje como su posición en relación con los otros elementos de la imagen le otorgan a la representación un tono a la vez solemne y distendido. Al pie del dibujo, un texto subraya la intención de la imagen reconociendo que la unión de banderas defendida por Luis N. Morones se trataba de un “concepto inteligente y patriótico”.51

Cuando El Machete polemizaba sobre las resoluciones nacionalistas de la CROM, esta organización aún no publicaba su revista, pero llama la atención que precisamente las cubiertas de los primeros números de CROM fueran ilustradas con imágenes que incluían banderas y mostraban la unión de emblemas como si se tratase de una respuesta visual a los cuestionamientos del PCM.

Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público

Figura 4 “Las dos banderas”, El Demócrata, 29 de mayo de 1924, 7. 

La revista CROM comenzó a publicarse en febrero de 1925 como órgano oficial de la Confederación Regional Obrera Mexicana. Era una revista ilustrada de periodicidad quincenal y cuyo contenido era principalmente de corte cultural y comercial, aunque, por supuesto, también dedicaba espacio a textos que abordaban las problemáticas del obrero en un ámbito nacional e internacional; también incluía notas sobre las actividades de la CROM e informaba sobre sus resoluciones. En su declaración inaugural, la revista CROM señalaba que había surgido como portavoz de los ideales y defensor de los derechos de las organizaciones obreras. La revista tenía un propósito pedagógico dirigido hacia la concientización de los obreros, a los cuales se pretendía instruir y con ello elevar “el bagaje intelectual de las masas”, además de fomentar la armonía entre el capital y el trabajo.52

CROM tenía la intención de llegar a los trabajadores, concientizarlos e incidir en sus prácticas, desde un enfoque doctrinario y propagandístico encaminado a la dirección del movimiento obrero. Siguiendo a John Lear, CROM podría considerarse como una respuesta a El Machete, pues proyectaba un discurso contrastante con el tono combativo que enarbolaba el periódico comunista y desde la perspectiva conciliadora hacía contrapeso a la beligerancia de El Machete, mostrando a los obreros una alternativa para la organización de su movimiento que no requería de confrontaciones exacerbadas.53 Como se ha observado, esto respondía a la negociación de la CROM con los gobiernos posrevolucionarios y el control Estatal de las organizaciones de trabajadores por medio de centrales sindicales con la finalidad de coartar disidencias.

Como señala John Lear, CROM estaba en la línea de las revistas ilustradas que se publicaron en México durante la posrevolución, como El Universal Ilustrado o Revista de Revistas, impresos que aprovechaban nuevas tecnologías de impresión que posibilitaban la reproducción de imágenes, pero además, la dinámica de este tipo de revistas respondía también a un mercado de consumo que expresaba aspiraciones cosmopolitas de las élites y la clase media.54 La revista obrera se incluía entonces dentro del escenario de la prensa de divulgación y con finalidades comerciales, así que los propósitos adoctrinadores y conductores del movimiento obrero se establecían a través de tácticas que no parecían situar la militancia política en el centro del impreso -aunque fuera su principal objetivo-, y en cambio optaba por el esquema del magazine que podría sugerir una interpelación más amable con el lector.

Los números ordinarios de CROM tenían un costo de 20 centavos y los especiales de 50 centavos. Se distribuía entre las organizaciones afiliadas a la Confederación Regional Obrera Mexicana, lo cual podría asegurarle una amplia distribución, pues hacia 1925 contaba con 1.5 millones de afiliados.55 La revista negaba contar con auspicio oficial y afirmaba sostenerse por medio de la publicidad, la cual era profusa y promocionaba artículos de lujo y bienes suntuarios que no se correspondían con las posibilidades económicas de los obreros.56 La revista que se suponía dirigida a las clases trabajadoras encajaba más bien con un público de clase media, pues se promocionaban tiendas departamentales, nuevos fraccionamientos, pianos, figurines de moda y sugerencias gastronómicas que resultaban inaccesibles para los trabajadores, a quienes se animaba a procurar un mejoramiento social por medio de la adquisición de bienes y costumbres ajenas e inasequibles.57 La realidad que vivían los obreros implicaba largas jornadas de trabajo, espacios laborales y habitacionales insalubres, salarios limitados e incluso condicionados.58

La revista estaba profusamente ilustrada, las imágenes se articulaban con los textos variados y proyectaban los artículos publicitados, además de la posición política que se establecía desde la cubierta. No todas las ilustraciones de las cubiertas de CROM estaban atribuidas, aunque en algunos casos sí se incluía la firma. Algunas fueron realizadas por el ilustrador Carlos Neve y otras más por el Sindicato Nacional de Dibujantes, una organización afiliada a la CROM y la cual, según John Lear, era una de las principales responsables de las ilustraciones de las cubiertas de CROM.59 Las ilustraciones apelaban a una estética modernista e incluían elementos iconográficos clásicos que recuerdan a las ilustraciones de la prensa anarquista y a referentes pictóricos como Labor, Alegoría de la construcción y Alegoría del trabajo de Saturnino Herrán, las cuales muestran al obrero ejecutando actividades cotidianas relacionadas con el trabajo o el reposo, representado en algunos casos con el torso desnudo y el cuerpo semicubierto por un overol. Además, las ilustraciones de las cubiertas incluían elementos iconográficos que aludían al trabajo, así como la bandera roja y rojinegra.

CROM no publicó textos que trataran sobre cuáles y por qué debían ser empuñadas ciertas banderas por las organizaciones obreras; no obstante, enfatizó con imágenes su postura respecto a sus usos con la ilustración de varias cubiertas de los números de abril, mayo, julio, agosto y septiembre de 1925. La “amalgama imposible” entre la bandera rojinegra y la mexicana ilustró la cubierta de los números del 8 y 23 de abril y el 31 de mayo de 1925,60 en la cual se mostraba a un obrero representado con torso desnudo, empuñando una bandera roja atravesada por una franja negra y coronada por un moño tricolor, como evocación de la bandera mexicana (véase figura 5).

La imagen pone énfasis en el símbolo de la revolución internacional, con la bandera que ondea y cae sobre el hombro del obrero, cubriendo parcialmente su torso gracias a que el personaje la lleva hacia su corazón, sujetándola con el puño cerrado. No obstante, el moño se encuentra en el vértice de la composición diagonal y destaca por el color, que además se une con la bandera internacional, a partir del rojo de la bandera mexicana, marcando una continuidad entre ambos emblemas.

En una imagen, la CROM discrepaba con los cuestionamientos del PCM refrendando su posición. Para la CROM, la amalgama de banderas no implicaba una contradicción, sino una continuidad y dos partes enlazadas dentro de un mismo proceso. Llama la atención la preeminencia de la bandera de los trabajadores, que además no muestra una distribución equitativa del color a la manera en que solía representarse la bandera rojinegra, pues el color negro, alusivo al anarquismo, se presenta apenas como un detalle con la franja que cuza el paño.

La bandera rojinegra correspondía más bien al anarcosindicalismo y había sido utilizada en las manifestaciones obreras de la conmemoración del primero de mayo desde 1913, organizadas inicialmente por la Casa del Obrero Mundial, corporación anarcosindicalista de la cual la CROM se consideraba heredera. Además, no obstante la agenda nacionalista de la CROM, ésta también buscaba espacios dentro del movimiento obrero internacional, pues su dirigente, Luis N. Morones estableció diálogos con el objetivo de que México fuera incluido en la Organización Internacional del Trabajo, aunque esto no sucedió sino hasta 1931.61

Para la conmemoración del primero de mayo, la revista optó por una alegoría del obrero con la bandera rojinegra y no incorporó la bandera mexicana. Esta misma imagen se publicó en la cubierta del 15 junio de 1925. El obrero se situaba como protagonista con un gesto que le otorgaba responsabilidad y una función creadora y constructiva como forjador de su propia libertad (véase figura 6).

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Figura 5 Portada, CROM 1, núm. 3 (8 abril 1925). 

Un obrero vestido de overol y torso desnudo cincela el busto de la libertad, esculpiendo la leyenda “libertas 1925”. La libertad es representada por una mujer coronada con laureles y un grillete en el brazo que muestra las cadenas rotas de la sujeción y con el cual empuña una hoz, de cuyo mango emergen cuatro espigas de trigo, evocando la figura del campesino. La cabeza de la libertad se muestra cubierta parcialmente, a manera de capucha, por la bandera rojinegra, la cual desciende y cobija el cuerpo del obrero. Al cincelar la libertad, el obrero la modela, es el responsable de su realización. Tanto el obrero como la libertad son representados como figuras que se encuentran entre lo escultórico y la representación realista, entre el monumento y los sujetos de carne y hueso.

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Figura. 6 Portada, CROM, núm. 8 (15 junio 1925). 

De este modo, a la representación del obrero se le otorga un sentido heroico y un rol protagonista, aunque desde los símbolos se articula también con la lucha campesina, que se muestra a través de la herramienta de trabajo enlazada con la cadena rota, símbolo de la emancipación obrera. Asimismo, a espaldas del obrero se distinguen las siluetas de un conglomerado de sujetos que parecieran encontrarse en avanzada, delante de un paisaje arquitectónico aludido de manera esquemática y al parecer de estilo neoclásico, consistente con el estilo de la alegoría de la libertad y la iconografía revolucionaria decimonónica.

El tema del obrero y la libertad sería abordado también en la cubierta del 15 de julio de 1925. Con un fondo rojo, una figura alegórica de la libertad camina hacia la izquierda, empuñando una antorcha en alto (símbolo del triunfo de la luz sobre las sombras) que parece liderar el camino. El personaje femenino ataviado con túnica y coronado con laureles (símbolo de gloria) lleva consigo un engranaje, evocación del progreso industrial y el movimiento. Tras la libertad camina el obrero sosteniendo un martillo y una herramienta de la cual sólo se distingue un mango largo dispuesto sobre su hombro. El obrero se muestra esbozando una ligera sonrisa y mirando de frente al espectador. En el extremo inferior izquierdo de la imagen, al paso de la libertad, se encuentra un escudo con tres particiones por cuyos colores y su disposición se evoca a la bandera mexicana. El escudo es atravesado por un báculo con ornamentos entrelazados y coronado por un par de alas extendidas, símbolo de la libertad (véase figura 7). Además, entrecruzados se encuentran símbolos alusivos al trabajo: una pala y una guadaña. Con esta última se refrendan las alusiones al trabajo del campo que en la iconografía revolucionaria solían presentarse asociadas o entrelazadas con referencias al obrero.

Las ilustraciones de CROM presentan una serie de elementos iconográficos que recuerdan la estética de las ilustraciones socialistas de finales del siglo XIX,62 pues recurren a símbolos que evocan valores como la libertad, la lucha y la emancipación del obrero, además de conceptos como el progreso industrial y la gloria. La revista retomaba entonces una simbología que había sido común en la prensa de izquierda decimonónica, articulada además con emblemas nacionalistas como la bandera mexicana, evocada con el moño o a manera de escudo heráldico. No deja de destacar también la preeminencia de la bandera rojinegra, emblema del movimiento obrero. En la portada de agosto de 1925, un obrero de torso desnudo empuña una bandera roja que lo cubre definiendo una caída ortogonal, que se traza a partir de una línea casi perpendicular que se dibuja con la unión de la bandera y el asta, más otra delineada por la bandera que reposa en el antebrazo del obrero. De esta manera se despliega y a la vez cuelga, cubriéndolo por la espalda, sin esconder la figura que se muestra frontal ante el espectador. Abrigado por la bandera roja, símbolo del socialismo y el comunismo, el obrero no se representa encadenado, pero sí con un grillete como signo de sujeción, sugiriendo de este modo que el obrero empuña la revolución, las reivindicaciones de su propio movimiento, pero aún no se encuentra liberado (véase figura 8).

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Figura. 7 Portada, CROM, núm. 10 (15 julio 1925). 

En lo que se ha observado hasta ahora, la bandera mexicana se presentaba a manera de guiños en las cubiertas de CROM, pero en el número de septiembre de 1925 se muestra como protagonista, en el marco de la conmemoración de la patria. Enfatizando la celebración nacional, una alegoría de la libertad aparece envuelta en la bandera mexicana, sostenida con la mano derecha, mientras con la izquierda elevaba la imagen de Miguel Hidalgo, representado con el busto del héroe en el relieve de un escudo dorado (véase figura 9).

Esta alegoría se sitúa en la línea de otras imágenes similares que representan a la patria a través del cuerpo femenino, relacionadas con la iconografía alegórica de la libertad, la república y la constitución, encarnadas por personajes femeninos que empuñan banderas, antorchas, balanzas, etcétera.63

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Figura. 8 Portada, CROM, núm. 11 (1 agosto 1925). 

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Figura 9 Portada, CROM, núm. 14 (15 septiembre 1925). 

El nacionalismo de la CROM se evidenciaba con la conmemoración de la Independencia mexicana. Además de la alegoría de la patria exhibida en la cubierta, el número del 15 de septiembre incluyó contenido conmemorativo con textos literarios, informativos y de opinión elogiosos de la patria y sus héroes, entre los cuales se encontraba el pueblo que había participado en esta lucha emancipadora.

La bandera se incluyó en distintos diseños de CROM de manera similar, el elemento iconográfico establecía una relación con los cuerpos en la cual el emblema se dispone apelando a nociones de abrigo, resguardo y protección, al tiempo que expresa una militancia, bajo cuyo cobijo se forja, se avanza, se construye o se ensalza. La revista de la CROM aprovechaba las banderas para exponer y refrendar su posición por medio de las imágenes, como argumentos visuales que no alegaban sobre el uso de símbolos sino que lo llevaban a cabo y de esta manera respondían con la práctica a los cuestionamientos del PCM, afianzando su postura respecto a la dirección que debía seguir el movimiento obrero, conducido a través de la negociación y la cooperación, nociones que tanto en la revista como en la conmemoración se aludían desde lo simbólico.

Conclusiones

Las distintas posiciones respecto al uso de las banderas en las conmemoraciones y manifestaciones obreras establecieron un debate a partir del cual podemos distinguir el papel que desempeñaba la prensa obrera, y cómo se hacía patente su posición como agente político que actuaba en relación con las agendas y los programas de las organizaciones, para los cuales fungía más que un canal de difusión, pues el medio se conformaba como un espacio de discusión en el cual se elaboraban argumentaciones acordes con las dinámicas propias de las publicaciones en cuestión.

La disputa por el uso de los símbolos se desarrolló asimismo en el espacio simbólico dispuesto por las publicaciones, con un debate que se articuló a partir de las características propias de los impresos. Tanto la CROM como el PCM aprovecharon un mismo medio, pero propusieron resoluciones distintas, mientras que el PCM afianzaba la función de la prensa como herramienta política por su facultad propagandística, la CROM echó mano de la cultura visual, en la línea de la prensa ilustrada.

El Machete era un periódico combativo y claramente ideologizado, un espacio para la retórica comunista y los proyectos del PCM, con el firme objetivo de promover la conciencia de clase y la táctica de Frente Único, es por ello que el tono y el formato de los argumentos esgrimidos en esta publicación se presentaban desde una militancia contundente que se afirmaba como la vía que reconocía el camino adecuado por el cual debía transitar el movimiento obrero.

Con la recuperación de episodios como el sacrificio de los Mártires de Chicago, El Machete señalaba su horizonte internacionalista, mientras que la alusión de personajes propios del contexto mexicano -como Iturbide o los Caballeros de Colón- servía para formular asociaciones dicotómicas que colocaban las resoluciones de los dirigentes de la CROM del lado de los opresores de los trabajadores.

Por su parte, la revista CROM escatimaba en la retórica sobre el uso de las banderas, pero con imágenes proyectó una respuesta contundente ante las críticas del PCM, mostrando la amalgama entre banderas o conmemorando la Independencia con una alegoría de la patria. Los gestos nacionalistas de la CROM en la conmemoración del primero de mayo, que habían desatado las críticas del PCM, se extendían hacia las páginas de la revista, refrendando su posición con la conjunción de símbolos.

Tanto el PCM como la CROM buscaban definir narrativas que fueran asimiladas por los obreros mexicanos y que respondían a posturas ideológicas institucionales de amplio alcance, tanto nacional como internacional, con las que quizá muchos obreros no se identificarían del todo, motivo por el cual resultaba necesaria la persuasión por medio de la propaganda efectuada desde los textos críticos y las imágenes.

A pesar de la insistencia del PCM por concientizar a los obreros con respecto al uso adecuado de los emblemas en sus manifestaciones, y no obstante la presencia de la bandera rojinegra en las cubiertas de la revista CROM, después de todo, es muy probable que algunos obreros identificaran con más claridad la bandera nacional mexicana, símbolo asentado en el imaginario colectivo por su promoción patriótica y cívica. La disputa entre banderas y la insistencia del PCM por concientizar a los obreros derivaba de que quizá resultaba problemático implantar en la memoria de los trabajadores mexicanos una simbología probablemente poco cotidiana, o al menos no tan familiar como la promovida sistemáticamente por los discursos oficiales.

Los usos de las banderas por las organizaciones obreras tenían distintas implicaciones. Al enarbolar emblemas internacionales se ampliaba la noción de trascendencia de la lucha colectiva, puesto que ésta no se reducía a problemáticas locales, sino que consideraba una reivindicación de clase que superaba fronteras nacionales. Por otro lado, con los símbolos nacionales -que quizá los obreros identificarían con mayor facilidad- la noción de colectividad se definía a partir del espacio específico de la nación mexicana y sus problemáticas particulares.

El debate por los usos de las banderas se articuló y desarrolló en los impresos, con lo cual se evidencia la función de la prensa obrera como espacio de interlocución y contienda que posibilitaba el intercambio entre distintos actores dentro del movimiento obrero.

FUENTES CONSULTADAS

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1Toma como referencia las propuestas de estudiosos de la prensa como Annick Louis, Beatriz Sarlo y Geraldine Rogers, entre otros, además de proyectos de investigación como Revistas Culturales 2.0 y Espiral. Seminario Permanente de Investigación sobre Revistas de América Latina.

10Sectores como el petrolero, el ferrocarrilero y el electricista se hicieron cargo de su propia organización y luego fueron influenciado más bien por la Confederación General de Trabajadores (CGT), de corte anarquista y fundada en 1921. José Luis Araiza, “Movimiento sindical. De la Casa del Obrero Mundial a la CTM”, en La izquierda mexicana del siglo XX, Libro 2. Los movimientos sociales, coord. de Arturo Martínez Nateras y Joel Ortega Juárez (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2016), 95.

23Organización conformada por los artistas que entre 1922 y 1924 realizaron pinturas murales y esculturas en la Escuela Nacional Preparatoria y la Secretaría de Educación Pública.

25 El Machetefue el periódico del PCM desde 1924 y hasta 1938, cuando cesó su publicación. En este tiempo atravesó por distintos momentos. Primero fue dirigido por el Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores, pero pasó a manos del partido a partir de octubre de 1924. Entre 1929 y 1934 entró a la ilegalidad, igual que el PCM y su situación cambió a partir del arribo de Cárdenas al poder.

26“Administración”, El Machete, núm. 12, del 4 al 11 de septiembre de 1924, 3-4.

29“Tercer Congreso del Partido Comunista de México…”, 154.

30Domingo A. Sierra, “La bandera nacional y la CROM”, El Machete, primera quincena de mayo de 1924, 5.

31“Manifiesto del Buró Latinoamericano de la III Internacional a los trabajadores de la América Latina”, en Los Congresos Comunistas…, 88; “Informe general sobre la situación y organización del proletariado de México”, en Los Congresos Comunistas…, 94.

33“¿Para qué…?”, CROM, núm. 1 (febrero 1925): 1.

34“La CROM necesita una campaña de organización, no de expulsión”, El Machete, del 12 al 19 de marzo de 1925, 3; “¡Abajo el divisionismo! ¡Viva la unidad!”, El Machete, del 19 al 26 de marzo de 1925, 2; “Contra las maniobras divisionistas de los ‘líderes’ de la CROM”, El Machete, del 5 al 12 de marzo de 1925, 1.

36“Dominar o destruir. La campaña divisionista de los líderes de la CROM sigue adelante”, El Machete, del 25 de diciembre de 1924 al 1 de enero de 1925, 3.

37Sierra, “La bandera nacional y la CROM”, 5.

38Sierra, “La bandera…”, 5.

39“Manifiesto del Buró Latinoamericano de la III Internacional”, 89.

40Juan J. Contreras, “Banderas”, El Machete, primera quincena de junio de 1924, 4.

41Contreras, “Banderas”, 4.

42Contreras, “Banderas”, 4.

43“A los obreros de la CROM”, El Machete, del 23 al 30 de octubre de 1924, 1.

44El emblema del Partido Comunista de México no era inédito ni particular, sino que tomaba la simbología utilizada por el comunismo, la hoz y el martillo entrelazados como representación del obrero y el campesino, evocados por medio de herramientas de trabajo convertidas en símbolo. La estrella de cinco puntas representaba el internacionalismo y la unión entre obreros, campesinos, jóvenes, militares e intelectuales.

45“Los comunistas de México en el Segundo Congreso”, en Los congresos comunistas…, 117.

46“¡Hacia el gobierno obrero y campesino!”, El Machete, del 8 al 15 de enero de 1925, 1.

47Este mismo diseño se apreció luego en el número de julio de 1925, con la bandera conformada por destellos aurorales, retomando así un elemento de la iconografía comunista que aludía a la renovación.

48“Mitin de protesta”, El Machete, 1 de mayo de 1925, 1.

49“Fue importante la manifestación del 1 de mayo en la capital”, CROM, núm. 6 (mayo 1925): 2.

50“El primero de mayo en algunos estados”, CROM, núm 8 (junio 1925): 25.

51“Las dos banderas”, El Demócrata, 29 de mayo de 1924, p. 7.

52“¿Para qué…?”, CROM, 1.

60En el extremo inferior izquierdo de la cubierta se incluye la firma “Matheus”, pero no he logrado identificar al ilustrador.

63En el contexto mexicano, este tipo de representaciones alegóricas femeninas relacionadas con la patria pueden observarse; por ejemplo, en la obra de Petronilo Monroy, pero formaban parte de una cultura visual liberal desarrollada tanto en la pintura como en la gráfica.

Recibido: 20 de Abril de 2024; Aprobado: 18 de Octubre de 2024; Publicado: 11 de Diciembre de 2024

SOBRE LA AUTORA: Sureya Hernández del Villar es doctora en historia del arte por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actualmente es becaria posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Sus líneas de investigación son los impresos de arte de vanguardia, la prensa artística y militante de izquierda, la prensa obrera y antifascista, la danza y el nacionalismo y las conmemoraciones y los usos políticos de la memoria. Entre sus publicaciones más recientes destacan: “El antifascismo en las revistas obreras: CROM, LUX, Futuro y Frente a Frente”, en Constancia de la fugacidad. Contribuciones a la historia del periodismo cultural en México, coord. de Álvaro Ruiz Rodilla y María Andrea Giovine (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2023, 287-304); y “Memorias archivadas. La historia de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios a través de sus archivos”, Anales de Historia del Arte, núm. 32 (octubre 2022): 155-173; y “Revolución, arte público mexicano y la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios”, Humanidades. Revista de la Universidad de Montevideo, núm.11 (junio 2022): 41-74.

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He elaborado este artículo en el marco del Programa de Becas Posdoctorales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) como becaria del Instituto de Investigaciones Históricas, asesorada por la doctora Virginia Guedea Rincón-Gallardo.

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