Introducción
La fundación de hospitales en las Indias Occidentales inició con la llegada de los españoles. El primero de ellos se instituyó en la isla la Española en 1503.1 A partir de entonces, el establecimiento de estas instituciones fue aumentando paulatinamente debido a la expansión, la consolidación y la planeación de nuevas ciudades y pueblos. De acuerdo con Josefina Muriel, los hospitales en América tuvieron características muy semejantes a los de la Edad Media, ya que eran espacios destinados a la recuperación de la salud de los pacientes, del mismo modo que fungían como apoyo espiritual para conseguir la vida eterna.2 Funcionaron bajo el concepto de la caridad cristiana que se enfocaba, por un lado, en los enfermos que eran víctimas de padecimientos estacionales, comunes o epidemias, y por otro, acogían a personas desvalidas.3 No obstante, para finales del siglo XVIII, el lugar se fue convirtiendo en un espacio de médicos más que de religiosos.4
A lo largo del periodo virreinal, estas instituciones tuvieron un carácter abierto o cerrado, dependiendo del grupo social al que pertenecía el enfermo. Las de tipo abierto recibían a personas de todas las calidades, mientras que las cerradas solían admitir únicamente a naturales; para estos últimos existían los nosocomios conocidos como hospitales de indios. En otros casos, algunos de estos centros se especializaron en el tratamiento de enfermedades específicas. Por ejemplo, en Puebla, el Hospital de Nuestra Señora de las Bubas se enfocó en el tratamiento de la sífilis; en la ciudad de México, el nosocomio de San Lázaro atendió a enfermos de lepra; en el de San Hipólito se ocuparon de los dementes; el de San Antonio Abad curaba a quienes padecían el fuego sacro o ergotismo, y en el Hospital del Amor de Dios se asistía a enfermos del mal gálico.5
El primer hospital de Nueva España fue instituido por Hernán Cortés y llevó por nombre Purísima Concepción de Nuestra Señora. Más tarde fue conocido como Hospital de Jesús.6 Después de este nosocomio, a lo largo del siglo XVI, se crearon otros 128 hospitales que eran sostenidos por el rey y algunas órdenes religiosas.7 En el siglo XVII se fundaron nuevos nosocomios en las rutas mineras de Guanajuato, San Luis Potosí, Aguascalientes y Chihuahua. Finalmente, en 1780, se crearon otros en San Blas (Nayarit), mientras que en Monterrey (Nuevo León), San Antonio de Bejar (Texas) y San Diego (California) se levantaron hospitales hasta 1793.8
A mediados del siglo XVI, el Primer Concilio de México (1555) estableció que cada pueblo debería edificar un hospital junto a una iglesia para el refugio de los enfermos. Por consiguiente, esta disposición colocó a los hospitales dentro de la traza urbana y de este modo formaron parte de la fisonomía de las ciudades americanas. Más adelante, el Tercer Concilio Provincial Mexicano (1585) instituyó que, debido a que los hospitales eran para pobres, los servicios médicos, hospitalarios y la alimentación debían ser gratuitos. Además, el enfermo debía recibir los sacramentos y la instrucción religiosa mientras permanecería internado. Para el buen funcionamiento se recomendaba la separación entre hombres y mujeres, aparte de la limpieza y el registro de todos los pacientes que ingresaran a la institución. Es por ello que cada hospital contaba con un libro de ingresos en el cual se asentaba el número de pacientes y sus padecimientos correspondientes.9
El estudio sobre la salud y la infraestructura hospitalaria en el obispado y actual estado de Oaxaca ha sido poco tratado.10 Además de la obra de Josefina Muriel intitulada Hospitales de la Nueva España, que refiere información sobre la fundación de hospitales en Antequera, no existen muchos más trabajos que aborden este tópico. En este sentido, el presente artículo pretende contribuir a la historiografía oaxaqueña y a las investigaciones relacionadas con la historia social y el desarrollo de las infraestructuras hospitalarias.
Las fuentes utilizadas para este trabajo permiten conocer el estado de los hospitales en Antequera, al igual que las condiciones del inmueble de San Cosme y San Damián. Sin embargo, el documento más significativo es el libro de registros del nosocomio. Esta fuente ha sido analizada de manera cuantitativa y cualitativa. La información se ha concentrado en una base de datos con la cual ha sido posible contabilizar el número de pacientes, así como sistematizar la información proporcionada al momento de su ingreso. Este expediente es único en su tipo en la entidad oaxaqueña, ya que no se han conservado ejemplares similares de otros nosocomios ni periodos.11 Por tanto, nos encontramos ante un documento muy interesante para explorar las enfermedades que padecían los habitantes de Antequera en el día a día; lo que permite elaborar un análisis social y demográfico como lo ha apuntado Lilia Oliver.12 En este marco, la consulta de esta información arroja luz sobre los padecimientos que aquejaban comúnmente a los habitantes y transeúntes de la ciudad de Antequera, al mismo tiempo que detecta cuáles eran los problemas de salud que afectaron a ciertos sectores de la sociedad, ya que el documento indica el nombre del enfermo, nombre de cónyuge o padres -en el caso de los niños-, nombre del amo -en caso de ser una persona esclavizada-, fecha de ingreso, calidad, enfermedad, edad, lugar de nacimiento, estado y si egresó vivo o muerto del nosocomio. Por consiguiente, este estudio se vincula con trabajos como el de Reyna Cruz, quien realizó una investigación similar con los registros del Hospital de San Juan de Dios en el Valle de Atlixco durante los años de 1737 a 1747,13 y el de Humberto Salas Pelayo, que ha estudiado los registros de ingreso del Hospital Real de San Miguel de Belén de Guadalajara. 14Del mismo modo se han considerado los trabajos de autores como Lilia Oliver,15 Jose Pardo Tomas,16 Gerardo Martinez,17 y las compilaciones realizadas por Chantal Cramaussel y Tomas Arenas,18 la de América Molina del Villar, Lourdes Márquez Morfín y Claudia Patricia Pardo Hernández, quienes reunieron trabajos relacionados con las causas de la muerte y el miedo a morir en Nueva España y México independiente.19
Una limitante fue el estado de conservación del libro, ya que hay partes muy deterioradas y poco legibles, además de que le faltan fojas al inicio. Pese a ello, fue posible organizar en una base de datos los registros por mes y año, del mismo modo que las enfermedades. Algo relevante a considerar es que el número total de registros no necesariamente corresponde al número de personas que acudieron a la institución, ya que es posible que algunos de los pacientes regresaran días o meses después para tratar su enfermedad, como se abordará en uno de los apartados.20
Para cumplir con el objetivo, el trabajo está divido en tres partes. La primera abordará de manera general información sobre las instituciones que brindaban atención hospitalaria en el obispado de Oaxaca. La segunda se ocupará del análisis cuantitativo y cualitativo de las enfermedades que padecían los pacientes del hospital. El tercer apartado tratará de un estudio detallado de la información proporcionada por los pacientes, con ello se ha logrado establecer la movilidad, la dinámica social y el radio de influencia del hospital.
Los hospitales en el obispado de Oaxaca
La salud de los novohispanos se vio afectada por diversos factores como clima, epidemias, plagas, sequías, hambrunas y alimentación inadecuada. Las actividades de la vida cotidiana y los accidentes de trabajo también ocasionaron lesiones, golpes, fracturas y quemaduras. Por otro lado, la exposición o interacción con cierta fauna silvestre era motivo de mordeduras y picaduras de insectos, arácnidos y reptiles que, en ocasiones, provocaban fiebres, alteraciones internas en el organismo y envenenamiento. En otros casos, los padecimientos propios de la edad como la vejez o, en el caso de las mujeres, el proceso de embarazo, parto y lactancia también debían ser atendidos debido a las complicaciones que pudieran presentarse. Es así como en algún momento la población requirió de la atención de parteras, curanderos, médicos, boticarios y farmacéuticos que proporcionaran alivio a sus enfermedades.
Durante el periodo virreinal se atendió a los pacientes en enfermerías de conventos, hospitales, boticas, casas de médicos o curanderos y, en casos de gravedad, la atención se daba en la casa del convaleciente. Durante la investigación se detectó que, para el siglo XVII, en la ciudad de Antequera había dos enfermerías que procuraban el servicio a la población. La primera se encontraba en el Convento de Santa Catarina de Siena, que tenía “un hospital de muy buena y capaz vivienda”.21 La segunda estaba en el Convento de Santo Domingo y, de acuerdo con fray Francisco de Burgoa, tenía una enfermería con dos dormitorios:
[…] de celdas, mas capaces que las del convento, aunque la mesma altura sobre las bovedas bajas, y por ambos lados celdas al Oriente, y Poniente unas de un dormitorio, y las del otro al Norte, y Sur, con que están distribuidas para la variedad de todos accidentes, tiene la mejor botica, que tiene esta ciudad, salariado al médico con renta anual de trescientos pesos, y cirujano con más de ciento. Tiene un muy lindo oratorio, para decir misa a los enfermos, y enfermero señalado, y renta de setecientos pesos para el regalo, sin el que de ordinario envían los prelados, guardanse en una celda los colchones, y ropa blanca, de remuda, con los dulces, y socorros para los necesitados.22
La descripción de Burgoa respecto a las enfermerías de los conventos resulta significativa, ya que muestra que en la ciudad había otros espacios adecuados para la atención de los enfermos de la misma orden y para las personas externas que lo requerían. Además, se aprecia que contaba con un monto anual dedicado a los honorarios del médico y del cirujano, razón por la cual este espacio fue una alternativa en el siglo XVII.
En el obispado de Oaxaca hubo varios hospitales, pero no todos perduraron con el paso de los años. En el siglo XVI se fundaron nosocomios en las poblaciones de la Mixteca, como Santo Domingo Yanhuitlán, San Miguel Achiutla, Santa María Asunción Tlaxiaco, Santiago Tilantongo, San Pedro y San Pablo Teposcolula, Santa María Tamazulapan, Jaltepec, Tejupan, San Juan Bautista Coixtlahuaca y Nochixtlán. Sobre este último nosocomio se sabe que se fundó para atender a las personas más pobres y que obtenía sus recursos de la renta de una sementera que “el común hace cada año para dar de comer a los pobres que en él se vienen a curar”.23 La vida de estos hospitales fue breve y dejaron de existir en el mismo siglo en que se fundaron. De acuerdo con Sebastián van Doesburg, este declive se vincula a la situación económica de la región.24 Sin embargo, un caso excepcional fue el de Tejupan, que tuvo un buen funcionamiento, tal como lo acreditan las cuentas en el Códice Sierra. Por otro lado, también se tiene conocimiento de la fundación de otros hospitales en las poblaciones de Santo Domingo Tehuantepec, Ixtaltepec y Nexapa.25
La ciudad de Antequera tuvo tres hospitales durante el periodo virreinal. El primero, fundado en el siglo XVI, era conocido como Nuestra Señora o San Cosme y San Damián. No se cuenta con fechas precisas sobre este hospital, sin embargo, su instauración puede datar de 1535 a 1580. El segundo fue fundado por el obispo Isidro Sariñana y particulares en 1678, y se le denominó Nuestra Señora de Guadalupe.26 El tercer hospital fue el de Santa Catarina o San Juan de Dios, erigido en 1702 por el capitán Antonio Díaz Meceda.27 De los tres hospitales de la ciudad, solamente el de San Cosme y San Damián perduró hasta mediados del siglo XIX. Los tres nosocomios tuvieron distintas fuentes de ingreso. Algunos dependían del obispo, otros eran favorecidos económicamente con limosnas, dotaciones de virreyes, diezmos, trabajo comunal, pagos de los indios, lotería, dotaciones particulares y censos.28
Cabe señalar que, al margen de la atención de enfermos en hospitales, también se realizaron prácticas curativas en el ámbito privado y en el rural. En el primero, las personas con más recursos económicos podían solicitar la asistencia de un especialista de la salud, mientras que en el espacio rural, las personas se curaban mediante prácticas medicinales de los pueblos originarios. No obstante, este conocimiento no siempre fue bien visto por los frailes, curas o funcionarios españoles, ya que consideraban estas curaciones como meras supersticiones debido a que algunas estaban acompañadas de rituales o sacrificios de animales.29 Empero, también hubo un interés por parte de médicos y botánicos españoles en realizar exploraciones para conocer sobre las hierbas curativas que proporcionaba cada región. Por ejemplo, en la “Relación de los de Tecuicuilco, Atepeque, Zoquiapa y Xaltianguiz” de las Relaciones Geográficas del siglo XVI de Antequera se especifica que un protomédico fue “mandado de su Maj[esta]d,[…] hizo experiencia y libro de las yerbas, y plantas y palos q[ue] en toda esta tierra hay; y, porque son tantas y tan varias las cosas destas sierras, no se pone aquí cosa particular, pues tiene historia”.30 Por su parte, fray Francisco de Burgoa comentó que en el obispado se localizaron algunas plantas que se utilizaban en Europa para remedios, como la rosa de Alejandría que se llevaba a todas las boticas y conventos de la ciudad para ungüentos letuarios31 y bebidas.32
En el ámbito de la salud, el papel de las mujeres como curanderas y parteras fue vital y reconocido por la comunidad. Al respecto, José Antonio Gay, quien apreciaba este conocimiento, destacó el trabajo de las mujeres en este ámbito. Las consideraba “grandes herbolarias” que sabían tratar las enfermedades más comunes mezclando invocaciones o sortilegios asociados con prácticas supersticiosas en el ejercicio de su profesión.33 En este sentido, la “Relación de Tecuicuilco” refiere que el oficio de curar lo realizaban en mayor parte mujeres que recolectaban raíces, preparaban brebajes, ungüentos de yerbas y utilizaban temazcales.34 En el espacio femenino, el trabajo de las parteras y sus auxiliares era de suma importancia debido al número de embarazos que podía experimentar una mujer a lo largo de su vida, y sumado a ello las complicaciones durante este proceso.35
Para finalizar este apartado, sólo resta mencionar que, si bien, las prácticas curativas prehispánicas perduraron a lo largo del periodo virreinal, para el siglo XVI la población originaria resintió el deceso de los conocedores de estos saberes, así como la prohibición de estas prácticas en público. Un ejemplo de ello es el testimonio de la “Relación de Huatulco” en la que se asegura que “después q[ue] vinieron los cris[tia]nos, no tuvieron médicos ni quien los curase, como antiguam[en]te los solían tener”.36
El Hospital de San Cosme y San Damián
Dentro de los hospitales novohispanos, el tratamiento de los enfermos estuvo a cargo de personas formadas en la universidad, indios que tenían conocimiento de hierbas curativas e integrantes de órdenes hospitalarias como los juaninos, hipólitos, antoninos y betlemitas.37 La fundación del Hospital de San Cosme y San Damián data del siglo XVI. De acuerdo con la real cédula del 22 de abril de 1535, el virrey Antonio de Mendoza ordenó que los indios de la ciudad y del obispado ayudaran a edificar la catedral, iglesias necesarias y un hospital.38 Al respecto, en Las relaciones geográficas de Antequera se menciona que el obispo Juan López de Zárate -durante su administración, es decir, entre los años de 1535-1555-, fundó el Hospital de Nuestra Señora. Este nosocomio estuvo supervisado por el Real Patronato y fue administrado por los hipólitos en los primeros años. Se mantuvo de diezmos, limosnas, dotaciones de bienes y censos, ventas de tierras o casas, además de la renta y venta de algunas huertas.39
La edificación del hospital dependió del obispo y fue paulatina. En 1580 se destinaron 1 500 pesos para la construcción del hospital y la catedral. 40En el mismo año, el hospital percibió 500 pesos de los diezmos del obispado y de una capellanía instituida por el regidor Bartolomé Tofiño que hacía tres misas rezadas cada semana.41 En el siglo XVII, don Jacinto de las Heras Verastegui fue superintendente del hospital de 1674 a 1680. Cuando llegó a la institución, su apreciación fue la siguiente: “[era] publico y notorio es a verdad que quando entre de caridad en dicho ospital no avia enfermos y oi no dejan de dia y de noche de entrar enfermos”.42 El testimonio refiere que el hospital pasó por periodos en que no era posible atender a los enfermos por falta de los implementos necesarios para la curación. Del mismo modo, señaló que las instalaciones también necesitaban ser renovadas.
En el siglo XVIII, la construcción del hospital aún estaba en proceso. En 1723, el médico Francisco de Pisa Guerrero se comprometió con Benito Crespo, obispo electo de Durango, a reconstruir el casco de la botica y surtirla con medicina, así como con azúcar, aceite y otras cosas para las que alcanzara el monto recibido.43 Además, se obligó a curar a los enfermos del hospital y atender la botica. De 1744 a 1752 el obispo Diego Felipe Gómez Angulo se interesó en el hospital y solía visitarlo con frecuencia para conocer las necesidades que había en él. Durante su gestión, lo reparó y amplió. Dio limosnas y puso cuidado en la alimentación de los pacientes hospitalizados.44 Con la llegada del obispo Buenaventura Blanco y Helguero (1754-1764) el lugar se vio beneficiado, ya que puso interés en crear dos enfermerías con sus camas y dotar de ropa necesaria a los enfermos.45 Donó una botica e instrumentos necesarios para la atención a los pacientes, además de una botica -procedente de España- que estaba valuada en 400 000 pesos.46 En 1764, Antonio Albares de Ozorio, maestro de farmacopea, se comprometió ante el Cabildo de la iglesia catedral a conservar la cantidad de 5937 pesos, 4 y 3/4 de reales del principal de la obra pía que fundó el obispo Buenaventura Blanco y Helhuero.47 Con esta inversión fue posible ayudar a los enfermos más pobres del hospital. Sin embargo, a pesar de las inversiones, para 1769 el hospital no tenía la capacidad para atender a los enfermos de la ciudad.48 La información de diversos documentos refiere que la consolidación del hospital fue lenta, a pesar de que tuvo el financiamiento de algunos obispos que se preocuparon por la ampliación y adquisición de una botica e insumos necesarios para la atención. Sin embargo, este apoyo no fue suficiente debido al aumento de la población y la consecuente demanda de los servicios de la institución. Por tanto, a medida que pasaba el tiempo, el hospital requirió de más personal y espacio para atender a los enfermos.
En el nosocomio, el cuidado del cuerpo era importante, pero también lo era el bienestar del alma y el bien morir. Para ello, la institución contó con una capilla en la que se fundó la Cofradía de los Morenos de Guinea. Más tarde sería conocida como de Nuestra Señora de las Nieves.49 Este espacio fue vital para el hospital, dado que, de acuerdo con Josefina Muriel, estos recintos de oración eran indispensables para consolidar el enfoque espiritual y continuar con la obra evangelizadora.50 Del mismo modo, el cementerio también fue un espacio relevante en los hospitales. En él, en ocasiones, se cerraba “el ciclo de enfermedad y hospitalización”.51
San Cosme y San Damián contó con su camposanto. Sin embargo, contrariamente a lo que se pueda pensar, en este espacio no necesariamente se sepultó a pacientes fallecidos en la institución. Un análisis de los registros de defunciones de 1646 a 1722 reveló que después de 1700 ya no se enterraron personas en el cementerio del hospital, lo cual probablemente indica que no había suficiente espacio para sepulturas, inclusive para los mismos cofrades.
Cuadro 1 ENTIERROS EN EL HOSPITAL DE SAN DE SAN COSME Y DAMIÁN DE 1643 A 1700
| Mujeres | Hombres | Total | |||
|---|---|---|---|---|---|
| Esclavizadas | Libres | Esclavizados | Libres | ||
| Adultos | 85 | 19 | 74 | 14 | 192 |
| Niños | 4 | 4 | 8 | ||
| Total | 89 | 19 | 78 | 14 | 200 |
FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en Archivo de la Parroquia del Sagrario (en adelante APS), Libro de defunciones de 1646-1678, Libro de defunciones de 1681-1694 y Libro de defunciones de 1694-1700, Sacramental, s/c.
Si bien los años registrados en el cuadro 1 no coinciden con el periodo estudiado, sí muestran la dinámica del hospital y su enfoque de ofrecer espacios de entierro a las personas más desprotegidas de la ciudad, las esclavizadas, los de origen africano, tres chinos y una india.
Enfermedades de las personas hospitalizadas de 1703 a 1710
El único libro de ingresos conservado del Hospital de San Cosme y San Damián contiene el registro de 1779 personas hospitalizadas del 4 de abril de 1703 al 30 de agosto de 1710. Aunque este hospital, como los otros de la ciudad, atendía a hombres y mujeres de distintas calidades, este libro únicamente contiene registros de varones. La ausencia femenina en la fuente se debe a que los encargados del hospital solían separar los datos de hombres y mujeres, del mismo modo en que lo hacían para su atención y cuidado. Debido a la inexistencia de información sobre las mujeres de Antequera, este estudio se enfocará en los varones hospitalizados.
Para analizar la información del libro, se elaboró un cuadro de concentración en donde se registró: nombre de la persona, nombre de familiares, nombre del amo (en el caso de las personas esclavizadas), calidad, condición jurídica, edad, procedencia, padecimiento, si salió o murió.52 En el caso de las enfermedades, se capturó la información como aparecía en la fuente, pero para su estudio decidí agrupar algunos síntomas en un solo rubro; por ejemplo, el caso de las llagas, que se manifestaban en hombros, boca, garganta, partes bajas y pecho; del mismo modo la inflamación o las heridas, que se presentaban en distintas partes del cuerpo, como se expresa en las observaciones del cuadro 2. Para que el manejo de la información fuera más rápido, se realizó un listado de las enfermedades en orden alfabético. Se respetó la designación y, en algunos casos, se usaron los diccionarios de la época para comprender su significado. Para ello se requirió del apoyo de un médico especialista con el fin de subsanar ciertas interrogantes, pues algunos datos registrados no estaban vinculados a una enfermedad, sino a un síntoma.53 Por tanto, el cuadro reúne algunos padecimientos en un solo rubro y a pie de página se indica el lugar del cuerpo en el que se presentó la afección del paciente.
En el cuadro 2 se observa que la principal causa por la que se hospitalizaban en San Cosme y San Damián era por temperatura alta, que se registraba como fiebre (147), calentura (119) y “fríos y calenturas” o escalofríos (95). Esta sintomatología está asociada a gripe e infecciones. La segunda enfermedad atendida en el nosocomio era el humor gálico (120) y la padecieron 90 solteros, 19 casados y 11 viudos. El contagio de esta enfermedad ocurre por el contacto con exudados infectados, así como por medios líquidos orgánicos como saliva, semen, sangre y secreciones vaginales.54 El humor gálico era el diagnóstico que se daba por la presencia de cuerpos líquidos o bubas en el cuerpo. Estas bubas o tumores de las glándulas linfáticas se presentaban en ingles, axilas y cuello, y se debían al desarrollo de una infección causada por sífilis. Más adelante, dichas bubas se convertían en llagas que aparecían en cualquier parte del cuerpo. A diferencia de otras enfermedades, este padecimiento venéreo estaba relacionado con la sexualidad y las “partes vergonzosas”, además que era visto como un castigo a la lujuria de los hombres.55 La población que presentó en mayor medida esta enfermedad fue la española, con 44 casos, a los que le siguieron 34 mestizos, 31 mulatos, 8 indios, 2 chinos y un lobo.
Cuadro 2 PADECIMIENTOS ATENDIDOS EN EL HOSPITAL DE SAN COSME Y SAN DAMIÁN
| Padecimiento | Núm. | Padecimiento | Núm. | Padecimiento | Núm. | Padecimiento | Núm. | Padecimiento | Núm. |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Afecto en el pecho | 1 | Desconcierto 56 | 23 | Fluxo de sangre | 13 | Mordida de perro | 1 | Simpleza | 1 |
| Aire | 34 | Dislocación | 2 | Fluxión 57 | 47 | Nacidos | 3 | Supresión en la orina | 18 |
| Almorranas | 18 | Diversos | 8 | Gota | 29 | Oído | 1 | Susto | 1 |
| Aneurisma | 1 | Dolor | 33 | Heridas 58 | 28 | Opilación 59 | 70 | Tabardillo | 1 |
| Ansia | 1 | Dolor de costado | 61 | Hernia | 3 | Paperas | 5 | Tábido60 | 9 |
| Aogio | 16 | Eglico | 9 | Herpes | 13 | Pasmo | 1 | Templanza en hígado | 1 |
| Apostema | 6 | Empacho | 29 | Hidropesía | 74 | Pedrada | 2 | Terciano | 1 |
| Asma | 33 | Empeine | 1 | Hincadura | 1 | Piedra en el riñón | 1 | Tiña | 9 |
| Caída | 11 | Erisipela 61 | 11 | Hipocondria | 1 | Postema62 | 12 | Tiricia | 17 |
| Calentura/ fiebre | 361 | Espasmo | 1 | Humor gálico | 120 | Privado | 5 | Tísico | 5 |
| Cáncer | 1 | Esquilencia | 5 | Impierna | 10 | Pujo | 24 | Tos | 26 |
| Catarro | 3 | Etricia | 1 | Incordio | 47 | Puñalada | 1 | Tumor | 1 |
| Chancro en el labio | 1 | Fístula | 6 | Inflamación 63 | 10 | Resfriado | 13 | Úlcera 64 | 5 |
| Cólico | 2 | Flaqueza en la cabeza | 1 | Insulto | 7 | Riñón | 1 | Váguidos | 4 |
| Crudeza en el vientre | 1 | Flatos | 32 | Lamparones | 15 | Ronchas/granos | 56 | Vejez | 5 |
| Cuartanas | 26 | Flema/flema salada | 11 | Llagas 65 | 99 | Sangre en el pecho | 1 | Viruelas | 15 |
| Descalabrada | 4 | Fluxo de vientre | 119 | Mal de ojos | 9 | Sarna | 53 | Vacío/ ilegible | 14 |
FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.
El fluxo en el vientre o diarrea fue la tercera causa de hospitalización. A esta enfermedad también se le conocía como cámaras. Se denominaba así porque el paciente obraba en repetidas ocasiones en un periodo breve.66 El padecimiento causado por las llagas fue el cuarto motivo por el que algunos pacientes se hospitalizaron. Noventa y nueve personas fueron ingresadas por padecerlas en hombros, boca, garganta, partes bajas y pecho. Estos padecimientos externos causados también por la sífilis se acompañan de dolor en garganta y cabeza, pérdida de cabello, cansancio y ronquera; en la tercera etapa del padecimiento el paciente desarrollaba enfermedades cardiacas, cutáneas y del sistema nervioso central.67
Otro padecimiento fue la hidropesía, que es la acumulación de líquido en el peritoneo, ubicado en el vientre. No obstante, dicho síntoma también se presenta en cuello, brazos, muñecas y tobillos. La hidropesía aparece cuando hay deficiencia en las funciones digestivas y excretoras de los riñones. Como sexta causa de hospitalización se encuentra la opilación, que se presentó en 70 pacientes. La opilación es la obstrucción de vías o conductos de materias sólidas, líquidas o gaseosas por las vías excretoras del cuerpo.68
Aunque nuestro interés no está en describir cada uno de los síntomas de las enfermedades -dado que algunas denominaciones continúan vigentes-, sí es pertinente señalar algunos padecimientos que requieren ser explicados para comprender las enfermedades que tuvieron algunos habitantes de la ciudad. Por ejemplo, las cuartanas eran cuadros febriles que se repetían en intervalos de uno a dos días. Esta fiebre intermitente está vinculada a la malaria o al paludismo. El desconcierto o disconcierto era la desorientación causada por un problema cerebral, alzhéimer o amnesia. El dolor de costado podía deberse a diversos motivos como dolor en las costillas, alguna molestia causada por desviación en la columna, el crecimiento del corazón, ostocondritos (calcificación del cartílago de las costillas) o cirrosis. El fluxo de sangre era la denominación que recibían las hemorragias. El padecimiento llamado nacidos se relacionaba con la aparición de granos, tumores o apostema. De acuerdo con el Diccionario de Autoridades, la enfermedad del tábido está relacionada con algo podrido o corrompido, por lo que este síntoma se asocia a la gangrena o daños en la piel por diabetes. Tabardillo, tabardete, matlazáhuatl o tifo era una enfermedad que producía fiebre y se originaba por picaduras de pulga. Esta singular enfermedad ocasionó epidemias y numerosas muertes en Nueva España.69 Para el periodo en que nos ocupamos, de acuerdo al libro de registros, únicamente se presentó en 1708 y la padeció Pedro Rivera, un mestizo de 50 años originario de la ciudad de Puebla. Aunque se desconoce si radicaba en la ciudad o estaba de paso, sí se sabe que Pedro murió el 5 de mayo.70 La supresión en la orina era originada por daño en la próstata. El pujo es un padecimiento provocado por la presencia de amibas o disentería parasitaria. La tiricia era el nombre que se le daba a la enfermedad que causaba una amarillez en el cuerpo. Este tono se debía al derrame de la cólera por la inflamación o destemplanza del hígado u obstrucción de la vejiga que es el depósito de la hiel. También se ligaba a enfermedades del hígado y riñones.71 Por último, la viruela se presentó en pocas personas, apareció durante el mes de marzo de 1704 y no volvió a registrarse en los años subsecuentes del registro.
Dentro de la lista de padecimientos que se trataron en el hospital también se encuentran aquellos causados por los accidentes: una pedrada, mordida de perro, descalabrada, caída, susto, puñalada y pérdida del conocimiento (privado). Las personas que fueron internadas por haberse privado (3 en este caso) tuvieron un registro distinto, pues no se proporcionaron todos los datos. Al parecer, el daño que habían sufrido resultaba fulminante, ya que sólo uno de los tres pacientes sobrevivió. El número de los registros de las personas accidentadas es reducido, lo cual posiblemente es un indicativo de que estos accidentes eran tratados en casa, en una enfermería o botica.
Aunque la vejez no es una enfermedad, ni cuenta en este registro con un porcentaje significativo, me parece relevante destacar este dato para conocer la edad de estas personas. Ésta fue la causa de la hospitalización de cinco personas que tenían entre 53 y 74 años de edad.72 Aunque no se expresan los síntomas, las edades de estos pacientes no fueron las más avanzadas. Sin embargo, parecería que su situación fue grave, ya que, de los cinco pacientes, tres fallecieron.
En general, todas las enfermedades afectaron a personas de distintas calidades y estratos sociales. No obstante, hubo algunas que fueron más recurrentes en un grupo social respecto a otro. La gráfica 1 muestra este comportamiento.
La fiebre, el fluxo, la gota y el humor gálico se presentaron en mayor medida en los españoles; la sarna en los mestizos, las heridas en los indios, la hidropesía en los mulatos y los granos en los indios. La mayor incidencia de algunos padecimientos en un grupo social estuvo asociado al tipo de actividad, condición o hábitos. Por ejemplo, la gota era una enfermedad ligada al aumento del ácido úrico debido a la ingesta excesiva de carnes rojas. Por esta razón, el grupo social con mayores recursos era el que más la padecía, como algunos españoles acomodados que podían adquirir este alimento con regularidad. Los indios eran curados en mayor medida debido a heridas, probablemente ocasionadas por sus labores manuales. En el caso de las personas esclavizadas, se aprecia que las 13 registradas tuvieron afecciones relacionadas con humor gálico, empacho, fiebre, dolor en las piernas y fluxo de vientre.
Al establecer una relación entre los datos localizados de enfermedades en San Cosme y San Damián con el Hospital de San Juan de Dios de Atlixco de Puebla, se aprecia que la población padecía enfermedades similares como fiebre, diarrea, el humor gálico; mientras que llagas, fríos, dolor de pecho, hidropesía, fluxión, calenturas y obstrucciones fueron los padecimientos más comunes. Mención aparte requieren enfermedades como viruela, sarampión, tabardillo o tabardete, ya que su nivel de contagio podía desencadenar brotes epidémicos. En este estudio, se consigna información sobre la presencia de pacientes con viruela y tabardillo, pero no de sarampión. Sin embargo, estos enfermos representan casos aislados, ya que no coinciden con algún periodo de epidemias. Sobre las enfermedades infantiles, se aprecia que de los 19 niños, cuyas edades oscilaban entre los 2 y 10 años, éstos fueron tratados por empacho, úlceras, paperas, calentura, granos, asma, una descalabrada, sarna, mal de ojos, hidropesía y dolor de costado. Del total de los menores atendidos, dos de ellos fallecieron a causa del empacho.

FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en el APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.
Gráfica 1 ENFERMEDADES Y CALIDAD DE LAS PERSONAS HOSPITALIZADAS
Ahora bien, al realizar un análisis detallado del número de ingresos en el hospital, se percibe que de 1703 a 1710 hubo un incremento en la demanda de servicios. No obstante, como se ha señalado en párrafos anteriores, las cifras no necesariamente refieren al número de personas que fueron atendidas, ya que los pacientes podían ingresar en más de una ocasión debido a la complicación de su enfermedad. En los registros del Hospital de San Cosme y San Damián se han localizado algunos casos. Por ejemplo, el español Andrés Próspero, de 25 años, ingresó dos veces en mayo de 1704, debido a la opilación en el bazo.73 Bentura de León, español soltero de 21 años, enfermo de incordio, fue internado en dos ocasiones en agosto.74 Juan de la Sierra, español de 50 años, tuvo dos ingresos en abril de 1705 debido a la fiebre. Alexandro de Reina, mulato libre de 23 años y originario de Guatemala, entró un par de veces en septiembre debido a llagas en las partes bajas.75 Otro caso es el del mulato libre Alonso Velasco, originario de Puebla, de 32 años, quien acudió en dos ocasiones durante el mes de abril de 1707 debido a fríos y calenturas.76
Otro aspecto a considerar es que los datos del cuadro 3 indican que hubo un aumento de ingresos de 1708 a 1709. Aquí surge una interrogante: ¿a qué se debe este despunte en el número de pacientes? Al revisar los datos, se observa que en estos años hay un incremento de enfermedades relacionadas con el sistema respiratorio, como catarros, fiebres, resfriados, tos, fríos y calenturas. Esta situación sanitaria se vincula con un periodo anómalo del clima, dado que de 1708 a 1713, en el territorio que actualmente ocupa el estado de Oaxaca, la población experimentó descenso en la temperatura, sequía y carestía de alimentos.77 Por tanto, los efectos de la variabilidad climática incidieron en la salud de los habitantes y transeúntes de la ciudad, y, en consecuencia, la demanda de servicios de asistencia médica aumentó, tal como se aprecia en la gráfica 2.
Otro dato revelado por los registros de ingresos es la edad de las personas. Éstos refieren que se hospitalizaron niños de dos a nueve años. Sin embargo, las cifras son muy reducidas si se compara con otras edades. De acuerdo con el cuadro 4, las personas que recurrieron al servicio hospitalario con mayor frecuencia tenían de 20 a 49 años. No obstante, el rango de edad se concentra de los 20 a los 29 años. Estos datos muestran que las personas que se encontraban entre las edades productivas eran las que más ingresaban al hospital. Por otro lado, la presencia de gente por encima de los 50 años era menor conforme aumentaba la edad de éstos, aunque hubo pacientes con un rango de edad entre 95 y 112 años.
Cuadro 3 NÚMERO DE PACIENTES VARONES POR AÑO Y MESES78
| Año | Enero | Febrero | Marzo | Abril | Mayo | Junio | Julio | Agosto | Septiembre | Octubre | Noviembre | Diciembre | Total |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 1703 | 9 | 14 | 12 | 10 | 17 | 15 | 15 | 12 | 15 | 119 | |||
| 1704 | 15 | 17 | 14 | 14 | 16 | 16 | 22 | 26 | 20 | 22 | 20 | 21 | 223 |
| 1705 | 26 | 18 | 26 | 22 | 19 | 18 | 16 | 20 | 14 | 5 | 20 | 15 | 219 |
| 1706 | 21 | 20 | 22 | 25 | 24 | 17 | 20 | 16 | 23 | 22 | 21 | 21 | 252 |
| 1707 | 19 | 22 | 24 | 23 | 21 | 23 | 21 | 19 | 17 | 9 | 11 | 11 | 220 |
| 1708 | 21 | 19 | 21 | 23 | 20 | 18 | 25 | 21 | 21 | 24 | 31 | 25 | 269 |
| 1709 | 22 | 20 | 27 | 12 | 11 | 31 | 22 | 25 | 31 | 24 | 24 | 33 | 282 |
| 1710 | 20 | 23 | 27 | 22 | 24 | 19 | 23 | 16 | 24 | 198 |
FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.

FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.
Gráfica 2 REGISTROS DE ENFERMOS POR CATARRO, FIEBRE, RESFRIADOS, TOS Y FRÍOS Y CALENTURAS
Cuadro 4 EDADES DE PACIENTES DEL HOSPITAL DE SAN COSME Y SAN DAMIÁN
| Edades | Número |
|---|---|
| 2 a 3 | 2 |
| 7 a 9 | 8 |
| 10-19 | 220 |
| 20-29 | 685 |
| 30-39 | 474 |
| 40-49 | 254 |
| 50-59 | 85 |
| 60-67 | 19 |
| 70-76 | 12 |
| 80-95 | 7 |
| 112 | 1 |
FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.
El Hospital de San Cosme y San Damián brindó atención a pacientes de diversos estratos sociales y calidades. De acuerdo con la información del cuadro 5, las personas de calidad mulata, española y mestiza fueron quienes acudieron con mayor frecuencia. Los indios se encuentran en cuarto lugar; aunque representaban un número importante en la ciudad, esto significa que no necesariamente recurrían al hospital para curarse, lo cual nos permite inferir que preferían tratar sus enfermedades o padecimientos con personas que heredaron el conocimiento de la medicina prehispánica.
Los registros sobre la procedencia de las personas hospitalizadas ofrecen un panorama del alcance que tenía el nosocomio. Para abordar estos datos, se plantearon las siguientes interrogantes: ¿de dónde provenían las personas que recurrían a los servicios del hospital?, ¿qué porcentaje de ellas eran de Antequera, el obispado o del virreinato? Por lo tanto, en el análisis de los datos, se decidió clasificar a las personas de acuerdo con su lugar de origen, tal como se aprecia en el cuadro 6. El 47 % de las personas que acudían al hospital provenía de la ciudad de Antequera, el 21 % era del obispado de Oaxaca, el 12.47 % de Nueva España, 12.35 % de Guatemala,79 3.9 % de España y el resto de otras latitudes de Europa,80 Sudamérica, África y Filipinas. Por lo tanto, los porcentajes indican que el hospital atendía en mayor medida a habitantes de la ciudad y del obispado, no obstante, la atención también se brindó a quienes eran residentes o estaban de paso por la ciudad.
Cuadro 5.CALIDAD O PROCEDENCIA DE LAS PERSONAS HOSPITALIZADAS
| Calidad | Número | Porcentaje |
|---|---|---|
| Indio | 271 | 15.22 % |
| Indio cacique | 19 | 1.1 % |
| Mestizo | 402 | 22.6 % |
| Español | 446 | 25.1 % |
| Español peninsular | 64 | 4 % |
| Lobo | 8 | 0.5 % |
| Chino | 31 | 2 % |
| Mulato | 467 | 26.23 % |
| Negro | 28 | 1.6 % |
| Inglés | 1 | 0.05 % |
| Irlandés | 1 | 0.05 % |
| Filipino | 4 | 0.22 % |
| Sin calidad | 21 | 1.23 % |
| Total | 1779 | 99.9 % |
FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.
Otro dato analizado fue el índice de nupcialidad de los pacientes. Los números indican que se hospitalizaron 390 casados, 1253 solteros, 114 viudos y 22 personas no proporcionaron ese dato. La información es muy reveladora, ya que se consigna un alto porcentaje de varones solteros que habitaban o transitaban la ciudad de Antequera en el periodo estudiado. En el caso de los infantes, casi todos eran originarios de Antequera.
Cuadro 6 PROCEDENCIA DE LAS PERSONAS HOSPITALIZADAS
| Procedencia | Número | Porcentaje |
|---|---|---|
| Antequera | 837 | 47 % |
| Obispado de Oaxaca | 383 | 21.51 % |
| Nueva España | 222 | 12.47 % |
| Guatemala | 220 | 12.35 % |
| Cuba | 3 | 0.17 % |
| Sudamérica | 2 | 0.11 % |
| España | 69 | 3.9 % |
| Otros países europeos | 7 | 0.4 % |
| África | 10 | 0.6 % |
| Filipinas | 6 | 0.33 % |
| Sin datos | 20 | 1.17 % |
| Total | 1779 | 100 % |
FUENTE: Elaboración de Maira Córdova con base en APS, Libro de enfermos del hospital 1703-1710, Disciplinar, s/c.
Para finalizar con el análisis de los datos, hay que mencionar los índices de mortalidad dentro del hospital. Las cifras de los registros indican que de 1703 a 1710, la mayoría de los pacientes fue dada de alta del nosocomio. Sanaron 1552 (87.19 %), fallecieron 219 (12.3 %) y se ignora qué sucedió con 9 de ellos (0.5 %), ya que las personas que poseen este dato en su ficha parecían haber egresado, lo cual indica que gran parte de la población que acudía al hospital se restablecía. En este sentido, los registros no mencionan el motivo del fallecimiento, sólo hay un apunte que refiere si salió o murió. Por tanto, se podría deducir que el síntoma presentado al momento de su ingreso fue la causa de su deceso. Esta situación no ocurrió en el Hospital Real de San Miguel de Belén en Guadalajara. Hugo Salas refiere que en los registros de este nosocomio, sí se apuntaba rigurosamente la causa mortis.81
Un aspecto a considerar es el personal del hospital. Si bien, este estudio no se centra en las actividades internas, ni en su personal, es importante enunciar el trabajo que se desempeñaba en la atención a los enfermos, la preparación de alimentos, así como la limpieza del recinto. En orden cronológico sabemos que en 1658, Manuela Margarita, quien fuera una mujer esclavizada, trabajaba para este hospital al igual que María Rueda, quien laboro durante 40 años en este sitio y lo beneficio con sus hijos.59 Del mismo modo, se tiene conocimiento que en 1683, este hospital era dueño de una mulatilla de tres años; en 1699 lo era de María de los Ángeles; en 1731 también fue propietario de la esclavizada Andrea de Ferra de 40 años.82 Después del registro de Andrea, no hay más datos sobre personas bajo las mismas circunstancias al servicio del hospital. Al margen de este personal, el padrón de 1777 refiere información más precisa sobre los pacientes y el personal con el que contaba el hospital. Al momento en que se realizó el documento, el nosocomio tenía internados 36 pacientes, de los cuales 27 eran varones y 9 mujeres (véase anexo 1). Los números indican que los hombres eran más proclives a acudir al nosocomio que las mujeres y es posible que esta situación haya sido una tendencia. Por otro lado, el padrón revela que el personal, al menos una parte, residía en el inmueble. Tal fue el caso de ocho personas de calidad española, uno de ellos llamado Josef Peredo, quien fuera médico del hospital y 21 sirvientes (doce mujeres y nueve varones) de diversas calidades. Por lo tanto, para 1777, residía un total de 65 personas en el recinto. Para 1792, las cifras cambiaron: el hospital tenía menos trabajadores, pues sólo contaba con once personas: cinco varones y seis mujeres, es decir, el personal se había reducido casi a la mitad.83 En este sentido, las cifras revelan las fluctuaciones que hubo en el personal, lo cual sugiere también que hubo cambios en la capacidad de atención brindada por el nosocomio durante el siglo XVIII.
Conclusiones
El libro de ingresos es una fuente novedosa que ofrece datos sobre las enfermedades atendidas en el nosocomio, así como los alcances que éste tenía en la población. La información demuestra que este hospital fue un espacio abierto a todos los géneros y personas de todas la calidades y estratos sociales. El personal del hospital atendió a pacientes de la ciudad, el obispado, el virreinato y personas procedentes de Asia, Europa y África. El rango de atención fue amplio, pues acogió a vecinos de la ciudad, así como a viajeros.
Las enfermedades tratadas en San Cosme y San Damián fueron similares a las de otros hospitales como el de San Juan de Dios en el Valle de Atlixco. El padecimiento con mayor incidencia atendido en el nosocomio fue la calentura. Si bien, cada caso que presentaba este padecimiento estaba asociado a otra enfermedad, lo cierto es que los pacientes lo reportaban como el primer síntoma que se les presentaba. En segundo lugar, estaba el humor gálico o sífilis, también asociado a la aparición de llagas en el cuerpo del paciente. En tercer lugar, se encontraba el flujo en el vientre, asociado a evacuaciones continuas producidas por malestar en el estómago.
Los datos analizados muestran varios aspectos de la vida de los habitantes, avecindados y viajeros, en la ciudad Antequera. Como ya se ha explicado en la introducción, el estudio se restringió únicamente a los varones. No obstante, con la información de 1777 se puede mostrar que la presencia de las mujeres hospitalizadas era reducida. Esto sugiere que ellas preferían atenderse en el ámbito privado o acudir con quienes contaban con conocimiento sobre hierbas curativas.
La vida del Hospital de San Cosme y San Damián duró aproximadamente tres siglos. Fue un recinto importante para la ciudad y sus habitantes desde el siglo XVI, y, si bien pasó por momentos donde recibió más atención e inversión, algo cierto es que la institución también enfrentó desafíos para continuar con su labor a lo largo del periodo virreinal. En este sentido se debe señalar que durante todo el tiempo que el nosocomio mantuvo sus actividades, el obispo estuvo a cargo de la administración y no renunció la dirección a favor del rey, como sí ocurrió con otros hospitales en Nueva España durante el periodo de los Borbones.
El estudio pormenorizado de las enfermedades mediante fuentes como el Libro de ingresos al hospital arroja información valiosa para conocer las enfermedades o accidentes que de manera habitual padecían los novohispanos y que no necesariamente desencadenaron una epidemia, tópico que ha generado numerosos trabajos en la historiografía mexicana.84 En dicho sentido, este artículo contribuye a los estudios sobre la historia social, ya que muestra los nombres por los cual se conocían las enfermedades de la época, así como los sectores sociales más proclives a padecer ciertas enfermedades. En suma, con la información disponible en los acervos es posible aproximar a los interesados información sobre las condiciones por las que atravesó el hospital; del mismo modo se pueden explorar datos como su capacidad de asistencia a principios del siglo XVIII. Desde una perspectiva más amplia, este estudio de caso contribuye con elementos que permiten analizar el desarrollo de la infraestructura hospitalaria y, a su vez, demuestra que en este espacio convergían diversos actores y actividades de carácter sanitario, espiritual y ritual. Un aspecto importante a señalar es que, si bien, en este trabajo no se abordó el tipo de tratamientos utilizados para la curación, se puede inferir que - como lo señala Reyna Cruz -estos padecimientos fueron tratados desde los conceptos de la medicina clásica europea. Finalmente, el padrón del hospital de 1777 revela que el inmueble no sólo acogía a enfermos, sino a una diversidad de personas y sus familias, quienes estaban a cargo de las actividades hospitalarias y que no necesariamente se encontraban miembros del clero laborando en ese espacio.










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