Introducción
Durante las últimas décadas la revisión histórico-sistemática del empirismo lógico ha prestado una atención especial a la reconstrucción de las relaciones entre el Círculo de Viena y la Escuela de Fráncfort y, en particular, al debate entre Neurath y Horkheimer acontecido en 1937 con motivo de la publicación de Der neueste Angriff auf die Metaphysik. La importancia de esta reconstrucción radica en que la imagen del empirismo lógico creada por la Escuela de Fráncfort ha tenido una incidencia notable en su recepción posterior. Esa imagen presenta al empirismo lógico como una corriente doctrinalmente homogénea, que abraza una concepción acrítica y ahistórica de la ciencia, que sólo se preocupa por los métodos de justificación del conocimiento y que no presta atención suficiente a las condiciones sociales y políticas más relevantes.
Los trabajos que han tratado de arrojar luz sobre las relaciones entre el Círculo de Viena y la Escuela de Fráncfort y que aportan argumentos para mostrar la inadecuación de esa imagen son numerosos. Entre ellos destacan Dahms 1994, Hegselmann 1996, O'Neill y Uebel 2004, Reisch 2009, Barck 2011, Araujo y Medina 2014, así como los aportes más recientes de Gonzalo 2020, Gonzalo y García Cherep 2020 y Prono 2020.
La mayoría de estos trabajos coincide en que el debate que inició Horkheimer refleja un giro en su pensamiento1 que lo aparta de su anterior programa de materialismo interdisciplinario y lo acerca a la posición de Adorno, más inclinado a adoptar una actitud crítica respecto del empirismo lógico. Este giro culminó con la publicación de Dialektik der Aufklärung, libro en el que Adorno y Horkheimer desarrollan una crítica radical de la Ilustración y adoptan un "pesimismo socio-político y cultural extremo" (O'Neill y Uebel 2004, p. 78) que se convirtió en uno de los rasgos más prominentes de la Escuela de Fráncfort. Este pesimismo contrasta naturalmente con la actitud optimista del Círculo de Viena, que concibe el conocimiento científico como un instrumento para la mejora de la vida humana y para la emancipación intelectual, política y social.
Horkheimer critica con dureza este optimismo cuando argumenta que el Círculo de Viena "menosprecia toda actitud crítica hacia la ciencia" (Horkheimer 1972, p. 183) y no advierte que puede servir al dominio y al control social. Según el mismo autor (p. 179), el Círculo de Viena propugna una actitud hacia la ciencia que, en definitiva, resulta funcional para los poderes dominantes y el mantenimiento del statu quo. Algunos de los trabajos mencionados tratan de establecer las condiciones de inteligibilidad de la crítica de Horkheimer y de responder a ella mediante argumentos filosóficos e histórico-contextuales relativos a la posición que toman tanto Neurath como el Círculo de Viena. En general, se admite, como señala Gonzalo 2020, que Horkheimer no alcanza a captar la tarea filosófica del empirismo lógico y de su programa de unidad de la ciencia. Esta tarea no se limita a la dimensión teórica del conocimiento, sino que se realiza "en vías a una dimensión práctica: lograr una comunicación más eficiente entre los científicos, un entendimiento de los sujetos -científicos o no- en las situaciones prácticas de la vida moderna, [...] un crecimiento de la educación científica y un mejoramiento de las condiciones de vida en las grandes ciudades" (Gonzalo 2020, p. 20).
Sin embargo, estos argumentos no suelen hacer referencia a lo que Hegselmann 1996 (p. 131) denomina, siguiendo a Glaser 1981, el "marco del austromarxismo político-cultural" en el cual se desarrolla y consolida el Círculo de Viena. Este olvido es, en parte, comprensible. Para la época en que tuvo lugar el debate entre Neurath y Horkheimer ese marco había desaparecido por completo, aplastado por el avance del nazismo, la disolución de la primera República Austríaca y la caída de la administración socialdemócrata de Viena. Pero es importante considerar ese marco para comprender de qué modo la actitud tardo-ilustrada y el optimismo científico se afianzaron y fortalecieron en los miembros del Círculo de Viena, especialmente en Neurath.
Así, el objetivo de este artículo es reconstruir el marco austromarxista del Círculo de Viena atendiendo a los dos órdenes íntimamente vinculados entre sí en el que se despliega: el orden del pensamiento y el orden de la acción. La consideración de estos dos órdeness me permitirá demostrar que existe una convergencia notable entre el austromarxismo y el ala izquierda del Círculo de Viena, tanto en términos de pensamiento como de acción. Esta convergencia se hace evidente en una serie de concepciones y convicciones comunes, de compromisos y acciones concretas compartidas, que examinaré en los dos apartados siguientes.
En el primer apartado me centraré en el orden del pensamiento y abordaré algunos aspectos relevantes de la obra teórica que desarrollaron los representantes del austromarxismo y los miembros del Círculo de Viena. Consideraré sus respectivas concepciones de la sociedad y la economía, la recepción del marxismo en ambos movimientos, la influencia del empiriocriticismo de Mach, el compromiso político con la construcción del socialismo, así como el papel atribuido al conocimiento y la educación en la transformación de las relaciones sociales y económicas.
En el segundo apartado me centraré en el orden de la acción y examinaré el programa de reformas del gobierno socialdemócrata de Viena, así como el surgimiento de una serie de instituciones, como el Museo de Sociedad y Economía y la Asociación Ernst Mach, en las que se hace manifiesta la convergencia entre el austromarxismo, el Círculo de Viena y otros movimientos de la ilustración tardía vienesa.
1. Pensamiento
Durante las primeras décadas del siglo XX surgió en el movimiento socialista austríaco un grupo de pensadores marxistas que desarrollaron una perspectiva propia e independiente que se conoció como austromarxismo y que suele ubicarse entre otras dos perspectivas dominantes en el marxismo internacional, a saber, el revisionismo de la socialdemocracia alemana y el bolchevismo ruso. Los pensadores que dieron origen a la perspectiva austromarxista fueron Karl Renner, Rudolf Hilferding, Max Adler, Gustav Eckstein, Otto Bauer y Friedrich Adler. Todos ellos se formaron en el movimiento estudiantil socialista de la Universidad de Viena y fueron discípulos de Carl Grünberg quien después, en 1924, asumió la dirección del Institut für Sozialforschung en Fráncfort (en adelante ISF). Según Bottomore y Goode 1978 (p. 10), lo que estos pensadores adoptaron de Grünberg es "una concepción del marxismo como ciencia social que debía desarrollarse de manera rigurosa y sistemática a través de investigaciones históricas y sociológicas".
Dado que esta concepción del marxismo es la que también promovió Grünberg en el ISF, se podría pensar en la existencia de cierta afinidad entre las perspectivas del austromarxismo y de la Escuela de Fráncfort. Y, de hecho, esta afinidad existió hasta mediados de la década de los treinta (cfr. Stadler 2013, p. 131). Sin embargo, cuando Horkheimer, el segundo director del ISF,2 realizó ese giro en su pensamiento que lo apartó de su anterior programa de materialismo interdisciplinario y lo aproximó a la posición de Adorno, las investigaciones adquirieron una impronta más filosófica, lo que suscitó diferencias profundas con el austromarxismo. De hecho, mientras que los miembros de la Escuela de Fráncfort son reconocidos por cultivar una forma de pensamiento marxista que reivindica su herencia hegeliana y por adoptar, asimismo, una actitud crítica hacia la ciencia y las posiciones positivistas y empiristas contemporáneas, los austromarxistas se destacan por haber tratado de proporcionar una fundamentación epistemológica del marxismo y por desarrollar una obra teórica cuyo principal objetivo es la acción práctica. Como señalan Bottomore y Goode 1978 (pp. 2-3), "las preocupaciones de las dos escuelas [son] muy diferentes y, de hecho, podría decirse que representan dos formas extremas y contradictorias de pensamiento marxista".
La intención de proporcionar una fundamentación epistemológica del marxismo condujo a los austromarxistas a abordar problemas relacionados con la teoría del conocimiento y la filosofía de la ciencia, para lo cual se nutrieron de los aportes del neokantismo y del empiriocriticismo de Mach (cfr. Bauer 1927, p. 1). La consideración de estos aportes establece una clara diferencia entre los austromarxistas y la Escuela de Fráncfort y los aproxima a posiciones epistemológicas que luego tendrían un mayor desarrollo en el Círculo de Viena.
En 1904 los austromarxistas comenzaron a publicar la serie de escritos Marx-Studien y en 1907 la revista Der Kampf, que constituyeron los principales órganos de difusión de sus ideas. El auge intelectual del austromarxismo y su incidencia en el marxismo internacional decayeron tras la disolución del Imperio Austro-húngaro, pero el surgimiento de la primera República Austríaca presentó un banco de prueba para las ideas del austromarxismo, que guiaron la acción política del partido socialdemócrata austríaco (Sozialdemokratische Arbeiterpartei Österreichs, en adelante SDAPÖ) durante el periodo democrático, esto es, desde 1919 hasta 1934.
Los estudios de los austromarxistas sobre los cambios en la sociedad capitalista del siglo XX les permitieron advertir la creciente penetración del Estado en la gestión y el desarrollo de la economía. Karl Renner sostiene que la economía de la libre competencia sobre la que Marx construyó su edificio teórico ya había sido superada y que, en algunas de las ramas más importantes de la actividad económica, se había avanzado hacia una gestión estatal directa de la economía. Al respecto, señala: "hemos entrado en una fase de economía estatal en la que, junto con su actividad política y jurídica, el Estado ha asumido las funciones de un departamento económico, aunque enteramente dentro del marco del orden económico capitalista" (Renner 1978 [1916], p. 100). Esta situación no fue anticipada por la teoría marxista, por lo que exigió el desarrollo de nuevas herramientas teórico-conceptuales para comprenderla y orientar así la acción política de los movimientos que aspiraban a la construcción del socialismo.
En relación con esto, Hilferding 1910, 2017 [1924] caracterizó la última fase de desarrollo de la economía capitalista como una "economía organizada" en torno al Estado, pero dominada fundamentalmente por el capital financiero. El surgimiento de los grandes monopolios constituidos mediante cárteles, trusts, etc. y la relación cada vez más estrecha entre estos monopolios y los bancos condujeron a una creciente concentración de la economía y, por lo tanto, a la necesidad de altos niveles de organización y coordinación tanto de los medios de producción como de las fuerzas productivas. Para lograr estos niveles de organización, los grandes monopolios y los bancos requieren que el Estado y sus instituciones se pongan al servicio del capital financiero. Como señala Hilferding 2017 [1924] (p. 536), "tratan de influir decisivamente en las políticas exteriores, económicas y sociales de los Estados, en la formación de sus gobiernos, instituciones y partidos políticos, es decir, tratan de transformar su poder económico directamente en poder político". Sin embargo, dados los procesos de progresiva democratización política que habían tenido lugar en Europa, el capital financiero no podía, sin más, dominar al Estado. Por eso, el Estado se convirtió en un territorio de disputa donde debe decidirse entre una economía organizada de forma jerárquica, que es la economía que los grandes monopolios y los bancos pretenden imponer, y una economía organizada de forma democrática por la que lucha el socialismo y que supone, fundamentalmente, la socialización de los medios de producción, la reorganización de las fuerzas productivas y la administración democrática de la producción y distribución de los bienes. Si esta forma de economía organizada se lograra efectivamente, la democracia política daría lugar a una democracia económica.
Asimismo, Hilferding destaca la importancia que adquieren el conocimiento y la educación en la consecución de esta democracia económica. Dado que la clase trabajadora se enfrenta al desafío de asumir un papel protagónico en la organización de la economía, debe adiestrarse en la aplicación de métodos racionales y, para esto, se requiere promover la igualdad de oportunidades de acceso al conocimiento y la educación. Al respecto, Hilferding 2017 [1924] (p. 533) afirma: "Esto muestra la gran importancia que debe asumir la educación -entendida en su sentido más amplio- para la implementación de la democracia económica. [...] Debemos educarnos a nosotros mismos para convertirnos en los rectores del proceso de producción de la sociedad". Por eso, aunque los austromarxistas reconocieron que la revolución política es un instrumento decisivo para que la clase trabajadora conquiste el poder político y tome las riendas del Estado, no es suficiente para alcanzar la democracia económica. Para esto se requiere más bien una revolución social que ponga el foco en la educación y la cultura, así como en la aplicación del conocimiento a la reestructuración racional de la sociedad y la economía, a la construcción democrática del socialismo. En este sentido, los austromarxistas defendieron la idea de que la clase trabajadora, una vez que ha logrado instaurar una democracia política, debe promover una transición gradual y pacífica al socialismo o, como sugiere Bauer 1919 (p. 5), una revolución lenta:
La revolución política es obra de la violencia, mientras que la revolución social sólo puede ser el resultado de un trabajo constructivo y organizativo. La revolución política es obra de unas pocas horas, mientras que la revolución social tendrá que ser el resultado de un trabajo audaz, pero también prudente, durante muchos años.
Esto significa que la dictadura del proletariado no constituye la única vía para la construcción del socialismo, sino que ésta puede lograrse mediante un movimiento amplio de la clase trabajadora que, organizada en torno a su propio partido político, asume el control del Estado por la vía democrática. De esta manera, el Estado, apoyado en un equilibrio de la lucha de clases, está en condiciones de realizar una revolución social gradual, introduciendo reformas significativas en todas las esferas de la vida social y promoviendo la organización racional de la economía bajo un régimen de propiedad pública. Así, desde la perspectiva austro-marxista la superación del capitalismo y la construcción del socialismo se alcanzan mediante una actitud constructiva antes que destructiva, con una revolución social gradual antes que con una mera revolución política.
Las relaciones entre el Círculo de Viena y el austromarxismo están fundamentalmente mediadas por el pensamiento y la acción política de Neurath, aun cuando el trasfondo de las ideas austromarxistas fuera compartido también por los otros miembros del ala izquierda del Círculo. Neurath contribuyó de manera regular con la revista Der Kampf y mantuvo relaciones estrechas con el gobierno socialdemócrata de Viena. Asimismo, compartió con los austromarxistas la concepción del marxismo como ciencia social.3 Neurath 1973 [1931a] considera que el marxismo constituye una teoría de la historia, la sociología y la economía política que se ha desarrollado por la vía de la investigación empírica y, por este motivo, no advierte ninguna incompatibilidad fundamental entre el marxismo y la posición filosófica que defendía el empirismo lógico y el movimiento por la unidad de la ciencia. Incluso equipara el materialismo en que se basa la teoría marxista con el propio fisicalismo, esto es, con la idea del empirismo lógico de que los enunciados básicos de la ciencia deben expresarse como descripciones espacio-temporales estructuradas. Al respecto, afirma: "de todos los intentos por crear una sociología fisicalista estrictamente científica y no metafísica, el marxismo es el más completo" (Neurath 1973 [1931a, p. 349]).
Sin embargo, Neurath también trascendió el marco de la teoría marxista al menos en los siguientes tres aspectos: la reivindicación del pensamiento utópico, la defensa del cálculo económico en especie y la interpretación del marxismo como epicureísmo social. Neurath concibió la utopía como anticipación de un futuro posible y, por lo tanto, como un instrumento para la planificación de la sociedad y la economía. A diferencia de Marx, que relega la utopía a las primeras fases de formación del pensamiento socialista y defiende la idea de que el socialismo utópico es superado por su propio socialismo científico, Neurath desarrolla una concepción en la que utopía y ciencia no son incompatibles. Según Barba del Horno 2020 (p. 5):
La dimensión utópica está siempre presente en Neurath. Pero es una utopía que tiene potencial transformador y que, por lo tanto, no es una mera quimera. [...] Para Neurath, no existe una oposición entre la utopía y la ciencia como sucede en Marx. La utopía es, más bien, un instrumento de ingeniería social y, por lo tanto, es plenamente compatible con la ciencia.
Esta dimensión utópica se expresa con claridad en la preocupación de Neurath por desarrollar los instrumentos técnicos necesarios para planificar y administrar una economía socialista sin dinero, centrada en las necesidades y las aspiraciones humanas. Una parte importante de la obra económica de Neurath se dedica al desarrollo de estos instrumentos, los cuales consisten básicamente en el inventario de las condiciones de vida, el plan económico y el cálculo económico en especie (cfr. Neurath 2004). En lo que respecta al cálculo económico, Neurath considera que no puede reducirse a una única unidad homogénea y, por lo tanto, no sólo rechaza el cálculo monetario que defiende la teoría neoclásica, sino también el cálculo en unidades de valor-trabajo que sostienen tanto la teoría clásica como la teoría marxista. En cambio, propone que el cálculo económico en la economía planificada o administrada a la que aspira el socialismo se realice en especie o in natura, esto es, con el empleo de magnitudes desagregadas que permitan cuantificar los bienes de manera directa sin recurrir a una unidad homogénea de cálculo. Esto le permitiría a la sociedad determinar cuántos bienes (viviendas, vehículos, alimentos, libros, etc.) deben producirse y distribuirse periódicamente para satisfacer las necesidades y las aspiraciones humanas. En relación con esto, Neurath 2004 [1925] (pp. 447-448) señala lo siguiente:
La economía socialista reconoce un solo agente económico, la sociedad, que organiza la producción y distribuye las condiciones de vida de acuerdo con los principios socialistas, sobre la base de un plan económico, [...] sin utilizar en absoluto una unidad común de cálculo. [...] Las ideas del plan económico y el cálculo en especie están enraizadas en el marxismo y se convertirán en una parte necesaria tanto de la organización económica como del pensamiento económico en el socialismo proletario.
A pesar de reconocer que su concepción de la sociedad y la economía está enraizada en la teoría marxista, Neurath desarrolla una interpretación particular del marxismo como epicureísmo social que lo aleja de otras interpretaciones que se consideran ortodoxas. Neurath 1973 [1928] destaca el hecho de que el marxismo no sólo hunde sus raíces en la filosofía idealista de Hegel, sino también en la filosofía de Epicuro, sobre la que Marx escribió su tesis doctoral. Considera que es posible reconocer al menos dos aspectos de la filosofía de Epicuro que inciden en la formación de la teoría marxista: por un lado el materialismo, que Neurath equipara -como indiqué antes- con su propio fisicalismo y, por otro lado, la ética epicureísta, que busca mitigar el dolor e incrementar el placer y, de este modo, se orienta al logro de la felicidad humana. Sin embargo, mientras que en Epicuro la posibilidad de alcanzar este fin ético depende de la acción individual, en Marx depende fundamentalmente de la acción social. Marx advierte que las condiciones de vida de los seres humanos y, en consecuencia, su felicidad o infelicidad dependen inevitablemente del orden social y económico dominante. Por lo tanto, si se pretende mejorar esas condiciones de vida, es indispensable modificar el orden, transformar las relaciones sociales y económicas, realizar un cambio histórico (cfr. Neurath 1973 [1928], p. 289). Y está claro que el agente de este cambio no es el individuo, sino la sociedad.
Por su parte, los austromarxistas desarrollaron dos intentos de fundamentación epistemológica de la teoría marxista, una kantiana debida a Max Adler(Adler 1925) y otra machiana debida Friedrich Adler (Adler 2016 [1907], 1918). Este último sostiene que la teoría marxista empieza a formarse cuando Marx y Engels pasan del idealismo hegeliano a una concepción materialista y, de este modo, adoptan "la experiencia como base de su pensamiento" (Adler 2016 [1907], p. 457). Asimismo, considera que, si bien Marx y Engels preservan el método dialéctico de Hegel, logran superar su "forma mística" y concebirlo como un método histórico, lo que significa básicamente admitir que todo conocimiento es el resultado de procesos experienciales que involucran un desarrollo temporal o histórico. De acuerdo con Adler 2016 [1907] (p. 458), se puede afirmar entonces "que los términos 'materialismo' y 'dialéctica' de Marx y Engels se corresponden plenamente con los modernos conceptos científicos de 'experiencia' y 'desarrollo' ". Esta interpretación adleriana de la teoría marxista la aproxima, sin duda, al empiriocriticismo de Mach que en 1883 aplicó el método histórico-crítico a la reconstrucción de la historia de la mecánica y en 1886 priorizó los enunciados de experiencia como base epistemológica de toda la ciencia.
Por otro lado, Adler reconoce que la eliminación de la metafísica ha sido una preocupación central de la teoría marxista. Sin embargo, ésta no ha logrado desterrar por completo los residuos metafísicos del materialismo mecanicista4 dominante en la investigación científica del siglo XIX. Así, por ejemplo, en el capítulo del Anti-Dühring en el que se discuten los desarrollos de la mecánica, Engels "todavía se encuentra bajo la compulsión del materialismo mecanicista. [...] No vio más allá de los límites de comprensión generados por el materialismo mecanicista, aunque ahora podemos ver en su trabajo los principios fundamentales que le habrían permitido hacerlo" (Adler 2016 [1907], p. 477). Esos principios fundamentales a los que se refiere Adler son los que dan origen al materialismo histórico y permiten comprender el conocimiento desde la perspectiva de su "desarrollo experiencial". Este enfoque alcanza su forma más acabada con el empiriocriticismo de Mach, y es por eso que Adler lo concibe como un importante complemento de la teoría marxista (Dvořák 1996).
El empiriocriticismo de Mach le proporciona a la teoría marxista un fundamento epistemológico libre de compromisos metafísicos y, de este modo, impulsa una forma de marxismo metafísicamente más austera. Dado que uno de esos compromisos metafísicos es el materialismo mecanicista, la fundamentación de Adler también torna admisible, como señala Howard 2019, la presuposición de que el cambio social no sólo es provocado por la modificación de las condiciones materiales, sino que las ideas y el conocimiento también inciden de forma decisiva en la sociedad y constituyen motores de cambio. Esto es especialmente relevante porque da cuenta del papel que el austromarxismo atribuye al conocimiento y a la educación en su programa revolucionario, orientado a la construcción democrática del socialismo. El conocimiento y la educación no sólo contribuyen a la formación de la nueva conciencia socialista y a la difusión de los valores de unidad y solidaridad, sino que además permiten que la clase trabajadora logre una comprensión más profunda de la realidad social y económica y que, de este modo, pueda intervenir activamente en la vida política y tomar decisiones informadas acerca de una diversidad de reformas sociales y económicas.
De acuerdo con Sandner 2008, la función que el austromarxismo atribuye al conocimiento y a la educación supone el rechazo de una concepción determinista de la relación entre la base o estructura económica y la superestructura ideológica y, por lo tanto, se aparta de otras concepciones marxistas consideradas ortodoxas y especialmente del bolchevismo ruso, que defiende la prioridad de la base o estructura. En cambio, el austromarxismo considera que la transformación de las relaciones sociales y económicas existentes depende en gran medida de que la clase social que asume la consigna revolucionaria haya logrado romper decididamente con la ideología de la clase dominante. Y esto supone que los cambios relevantes en la superestructura también pueden ser el origen de cambios relevantes en la estructura. Al respecto, Adler 1978 [1928] (p. 143) señala:
Esto es lo que Marx llamó la "reforma de la conciencia", que el proletariado tiene que realizar dentro de sí mismo [...] como una ruptura radical con el pasado. [...] Por eso, la creación de una conciencia revolucionaria de masas, en la que el proletariado se libere de las ideas de la clase dominante, de las concepciones morales y jurídicas prevalecientes y, especialmente, de los conceptos e ideales políticos tradicionales, es esencial para una revolución social.
Por ello, si bien es cierto que el austromarxismo se forma al calor de los movimientos tardo-ilustrados (Stadler 2007) y de una serie de instituciones dedicadas a la educación de los trabajadores, no es esta herencia la que signa por sí sola este papel atribuido al conocimiento y a la educación, sino el valor que éstos presentan como instrumentos para la transformación de las relaciones sociales y económicas.
El empiriocriticismo de Mach aparece entonces como un antecedente común a las posiciones desarrolladas por el Círculo de Viena y por el austromarxismo, y esto justifica en gran medida la afinidad que se advierte entre ambos. Mach le aporta al Círculo de Viena las dos consignas más importantes de su programa filosófico -"unidad de la ciencia" y "eliminación de la metafísica"- y, en ese mismo sentido, le brinda al austromarxismo la posibilidad de fundamentar epistemológicamente la teoría marxista, superando los residuos metafísicos del materialismo mecanicista. En particular, el método histórico-crítico que Mach aplica a la reconstrucción de la historia de la mecánica revela que conceptos tales como materia, masa o fuerza no denotan entidades reales, sino que se introducen en la ciencia como conceptos auxiliares para expresar de forma más económica el contenido cognoscitivo de los enunciados de experiencia o enunciados observacionales. Por lo tanto, la ciencia puede prescindir eventualmente de estos conceptos y el no hacerlo, cuando el desarrollo de la ciencia lo requiere, supone un abuso de los conceptos auxiliares. La crítica conceptual machiana y, por extensión, la actitud crítica hacia la ciencia y el conocimiento científico heredado son consideradas por Frank 1949 (p. 80) como "la filosofía de la ilustración apropiada a nuestro tiempo".
Es esta filosofía ilustrada que el Círculo de Viena conserva de Mach la que alienta asimismo su programa de unidad de la ciencia. Dicho programa pretende superar la creciente especialización de las disciplinas científicas e implica la reunión y coordinación de la totalidad del conocimiento, lo que haría posible, según Hegselmann 1996 (p. 120), "un amplio aprovechamiento de la capacidad predictiva del saber científico". Sin embargo, la unidad de la ciencia puede entenderse de diversas formas: como unificación de los métodos, como unificación del lenguaje o como unificación por reducción. La unificación de los métodos supone que las diferentes disciplinas deben aplicar los mismos métodos de justificación del conocimiento y que las teorías científicas deben poder reconstruirse con base en una misma estructura formal. La unificación del lenguaje tiene como objetivo allanar la comunicación entre los científicos y consiste básicamente en "el esfuerzo por usar siempre del mismo modo los términos que aparecen en varias ciencias diferentes" (Neurath 1983 [1936], p. 153). La unificación por reducción consiste en la construcción de un sistema total de conceptos en el que los conceptos de los niveles superiores deben determinarse mediante su reducción a otros conceptos de niveles inferiores, referidos a lo dado en la experiencia. El Aufbau de Carnap 1928 constituye, quizá, uno de los intentos más ambiciosos de indagar los alcances de la unificación por reducción.
Neurath critica esta forma de unificación afirmando que se basa en ideales de sistematización, precisión y consistencia lógica que no pueden alcanzarse en la práctica científica real. Defiende en cambio la unificación del lenguaje científico como la forma más apropiada de concretar los objetivos del programa de unidad de la ciencia, esto es, de tender puentes entre las ciencias, de reunir y coordinar el conocimiento de las diferentes disciplinas científicas para que contribuyan a la toma de decisiones sociales. Al respecto, Neurath reconoce que la resolución de problemas concretos involucra siempre aportes de diversas disciplinas, por lo que la reunión y coordinación del conocimiento posibilita tomar mejores decisiones (aunque no se pueda hablar de la "mejor decisión" sin caer en una actitud pseudorracionalista).
Según el mismo autor, la unificación del lenguaje científico debe realizarse comenzando por los términos ya disponibles en los lenguajes naturales y tratando de introducir de manera progresiva una precisión mayor. De este modo, la unificación del lenguaje no sólo favorece la comunicación entre expertos de diferentes disciplinas científicas, sino que, al preservar la continuidad del lenguaje científico con los lenguajes naturales, también hace posible la comunicación entre expertos y no expertos o, en otras palabras, entre la ciencia y la sociedad. La eficacia de la comunicación entre la ciencia y la sociedad requiere además una difusión amplia del conocimiento y una educación científica de la sociedad con el fin de conformar una base de contenidos cognoscitivos compartidos. En relación con esto, Neurath destaca que el programa de unidad de la ciencia involucra tanto la reunión y coordinación del conocimiento, como su difusión a toda la ciudadanía. En concordancia con los austromarxistas, considera que la difusión del conocimiento fortalece la intervención de los ciudadanos en los procesos democráticos y les aporta los argumentos necesarios para fundamentar sus decisiones. En una obra posterior al debate con Horkheimer, Neurath 1996 (pp. 255-256) señala:
Se puede hablar de "democratización del conocimiento". Desde que cada uno está implicado en tomar, directa o indirectamente, decisiones comunes, la difusión del conocimiento parece ser esencial para el buen funcionamiento de la democracia, [...] un gran número de decisiones tomadas por las autoridades depende de decisiones tomadas por los ciudadanos individuales. En esa democracia, los argumentos tienen un papel importante.
Todo esto demuestra que, en el orden del pensamiento, habría una notable convergencia entre el austromarxismo y el Círculo de Viena, y esto es lo que asimismo posibilitaría una convergencia en el orden de la acción.
2. Acción
A principios de 1919 el SDAPÖ accedió al gobierno de la primera República Austríaca formando una coalición con el partido socialcristiano (Christlichsoziale Partei, en adelante CSP). Entre las primeras medidas de gobierno, logró reformar la legislación laboral en favor de la clase trabajadora y trató de imponer una socialización inmediata de la economía, en particular de los sectores vinculados con la extracción minera, la industria del carbón y la construcción. Pero este intento de socialización encontró resistencia en el CSP y otros sectores conservadores, por lo que el SDAPÖ se vio obligado a retirarse de la coalición después de las elecciones parlamentarias de 1920. Desde entonces se mantuvo como un partido opositor en el ámbito nacional y se replegó en Viena, el último bastión socialdemócrata, donde tenía una mayoría amplia en el gobierno. Este repliegue ha sido objeto de diversas interpretaciones. Las más críticas o incluso pesimistas ponen el acento en el fracaso del SDAPÖ en su intento de conseguir una socialización de la economía a nivel nacional. En cambio, las más optimistas destacan la oportunidad de realizar el socialismo a nivel local o municipal como un caso ejemplar, como una forma de prefigurar la sociedad socialista futura. Como advierte Tafuri 1989 (p. 21), "es indudable que entre la retirada del gobierno y la concentración de los esfuerzos en Viena por parte de la SDAPÖ hay una relación directa. Lo que resulta irrealizable en el Estado parece factible en su capital, llamada a demostrar de manera ejemplar las virtudes de la administración socialista".
Por la constitución de 1920, Viena se convirtió en un estado federal autónomo y pudo promulgar sus propias leyes y establecer sus propias políticas impositivas. Esto le permitió al SDAPÖ desarrollar un programa de gobierno consistente con el ideario austromarxista e impulsar una serie de reformas que incidieron en diversos ámbitos de la vida social, tales como la alimentación, la salud, la educación y la vivienda. En lo que respecta a la salud, el gobierno se propuso "acabar con la beneficencia y crear en su lugar un derecho a la asistencia pública" (Neurath 1993 [1926], p. 101). Para esto, estableció nuevos centros de salud, asilos, comedores, centros de asesoramiento familiar y matrimonial, centros de asistencia a las embarazadas y desarrolló políticas de asistencia médica escolar, entre otras. En lo que respecta a la educación, promovió una reforma educativa basada en principios de laicidad, participación y acceso a la educación. Se democratizaron las escuelas primarias formando consejos participativos y se crearon escuelas medias (las Allgemeine Mittelschulen) para que los adolescentes de clase trabajadora pudieran continuar con sus estudios (cfr. Mattl 2013). En lo que respecta a la vivienda, el gobierno puso en marcha una serie de medidas para contener la especulación inmobiliaria y aplicó una política de protección de inquilinos con el propósito de mitigar el impacto de los alquileres sobre los salarios limitados de la clase trabajadora. Además, desarrolló un plan de construcción de viviendas con el que se logró producir más de sesenta mil nuevas unidades habitacionales entre 1920 y 1933, lo que representaba alrededor de un 11 % del stock de viviendas existentes en la ciudad (Aymonino 1973, p. 32). El modelo adoptado de manera predominante en este plan de construcción de viviendas fue el de los Wohnhöfe, que constituían superbloques urbanos de alta densidad organizados alrededor de un gran patio central, con una importante dotación de servicios colectivos como guarderías, escuelas, lavanderías, etc. Los Wohnhöfe, entre los que el Karl-Marx-Hof es sin duda el más representativo, se convirtieron inmediatamente en emblemas del socialismo y de los logros alcanzados por el gobierno socialdemócrata de Viena.
Este vasto programa de reformas se financió mediante un sistema fiscal fuertemente progresivo diseñado por el concejal de finanzas Hugo Breitner. El sistema incluía 18 impuestos nuevos, entre los que se encontraban los impuestos sobre las propiedades en alquiler, sobre los suelos edificables y sobre los automóviles, que por entonces se consideraban bienes de lujo. En todos los casos, el objetivo era trasladar la carga impositiva a los sectores sociales de mayores recursos, y por eso se hablaba de un sistema progresivo o socialmente escalonado. Así, por ejemplo, de las propiedades ocupadas por inquilinos de la clase trabajadora, que representaban el 82 % de los bienes gravados, se recaudaba sólo el 22 % del impuesto sobre las propiedades en alquiler, mientras que las propiedades más lujosas, que representaban el 0.5 % de los bienes gravados, permitían recaudar hasta el 45 % de este impuesto (cfr. Wagenaar y Wenninger 2020, p. 426). El gobierno socialdemócrata de Viena desplegó además una serie de iniciativas económicas vitales para avanzar con su programa de reformas. Asumió la administración de las redes de servicios e infraestructuras (transporte público, electricidad, gas, etc.), creó su propia compañía de seguros y estableció una institución bancaria municipal para proporcionar préstamos e hipotecas "más accesibles y seguras que las ofrecidas por las instituciones financieras privadas" (Mattl 2013, p. 203).
Asimismo, el gobierno socialdemócrata de Viena brindó su apoyo a diferentes instituciones culturales, artísticas y científicas. Entre ellas se destaca el Gesellschafts- und Wirtschaftsmuseum (en adelante, GWM), el Museo de Sociedad y Economía, creado por Neurath en 1924 en continuidad con el anterior Museum für Siedlung und Städtebau.5 El museo fue financiado por el gobierno socialdemócrata y funcionaba de manera descentralizada en tres salas de exposición permanente, una de las cuales se encontraba en el hall del Ayuntamiento. No se concibió como un museo convencional, sino como "una institución de educación popular para la ilustración social, que busca difundir información social y económica a través de exposiciones, publicaciones, conferencias, diapositivas, películas y otras ayudas visuales" (Neurath 1991 [1931], p. 192). Atendiendo a este objetivo Neurath desarrolló, junto con su equipo de trabajo, el Wiener Methode der Bildstatistik (el método vienés de estadística pictórica), con el que se buscaba comunicar visualmente información relevante sobre una diversidad de problemas sociales y económicos tales como la vivienda, la salud, la educación, el trabajo, la producción de bienes materiales y la distribución de la riqueza, entre otros. El método se compone de un diccionario visual de signos autoexplicativos que Neurath denominó pictogramas y de una gramática visual que proporciona los principios de composición. La base del método consiste en que cantidades mayores se representan con una mayor cantidad de signos (principio de repetición) y no con signos de mayor tamaño, como era usual en las representaciones estadísticas de la época.
El método vienés de estadística pictórica se concibió desde sus inicios como un instrumento para la educación visual que permite comunicar información social y económica relevante para la vida contemporánea. Por eso, se orienta a mostrar relaciones y procesos, antes que información aislada sobre las diferentes áreas del conocimiento (cfr. Prono 2011). Neurath suponía que el método permitiría comunicar esa información de un modo más elocuente y, a la vez, más preciso e inequívoco que el lenguaje verbal. Al respecto, afirma: "Debido a su neutralidad y a su independencia de los lenguajes naturales, la educación visual es superior a la educación de palabras. Las palabras dividen, las imágenes unen" (Neurath 1973 [1931b], p. 217). Se pretendía que la información comunicada a través de este método pudiera ser comprendida por cualquier ciudadano, y en especial por los que eran iletrados o no habían accedido a una educación formal. De este modo, el método trataba de proporcionar a toda la ciudadanía una base de conocimientos compartidos sobre los que fundar su participación en los procesos de decisión democrática.
Neurath ideó el método vienés de estadística pictórica como parte de un programa más amplio de humanización y democratización del conocimiento que se encuentra en estrecha relación con el programa de unidad de la ciencia. En ambos casos se piensa que el conocimiento constituye un instrumento fundamental para que la ciudadanía tome decisiones informadas y contribuya de manera activa a la mejora de sus condiciones de vida. El gobierno socialdemócrata de Viena reconoció además en la labor del museo un instrumento eficaz para comprometer a la ciudadanía con el vasto programa de reformas que estaba llevando a cabo. Por ejemplo, la figura 1 muestra, de manera comprensible y sumamente elocuente, que las reformas del sistema de salud y la ampliación de la asistencia pública emprendidas por el gobierno socialdemócrata de Viena provocaron un descenso significativo de la mortalidad infantil.

Figura 1 Disminución de la mortalidad infantil en Viena. Los periodos destacados con la franja roja se caracterizan por el desarrollo y la ampliación de la asistencia pública (Ausbau der Fürsorge). Gesellschaftsund Wirtschaftsmuseum in Wien, chart: "Rückgang der Säuglingssterblichkeit in Wien", c. 1929. Otto and Marie Neurath Isotype Collection, University of Reading.
Todo esto sugiere de nuevo, aunque ahora en el orden de la acción política, una convergencia entre el austromarxismo, el Círculo de Viena y los movimientos de la ilustración tardía vienesa. Esta convergencia se pone de manifiesto con mayor claridad en la conformación de la Asociación Ernst Mach a fines de 1928. En ella participaron representantes de la Liga de Librepensadores, que fueron los impulsores de la asociación, representantes del Círculo de Viena, que son quienes le proporcionaron la orientación filosófica básica, y representantes del gobierno socialdemócrata vienés, como los concejales Julius Tandler y Josef Karl Friedjung (cfr. Stadler 2013, pp. 315 y ss.). La asociación se planteó como sus primeras tareas la organización de una serie de conferencias sobre la concepción científica del mundo, la formación de grupos de trabajo y la preparación de publicaciones. En relación con esto último, Neurath, Carnap y Hahn sugirieron publicar un breve escrito que sirviera como presentación pública del Círculo de Viena y como declaración de su intención de colaborar con la Asociación Ernst Mach. Así surgió el manifiesto programático Wissenschaftliche Weltauffassung. Der Wiener Kreis (Carnap, Hahn y Neurath 2002 [1929]). Este manifiesto no sólo resulta de interés porque revela la concepción que tiene de sí mismo el movimiento del empirismo lógico y el modo en que piensa su relación con la historia cultural e intelectual de Viena, sino también porque destaca en numerosos pasajes la ineludible interdependencia que hay entre la ciencia y la vida cotidiana. De todos esos pasajes, el más emblemático es quizá aquel con el que termina el manifiesto:
Así la concepción científica del mundo se mantiene cercana a la vida contemporánea, [...] penetra en creciente medida en las formas de vida pública y privada, en la enseñanza, en la educación, en la arquitectura, y ayuda a guiar la estructuración de la vida social y económica de acuerdo con principios racionales. La concepción científica del mundo sirve a la vida y la vida la acoge. (Carnap, Hahn y Neurath 2002 [1929], pp. 123-124).
De acuerdo con sus estatutos, el objetivo de la Asociación Ernst Mach era difundir el conocimiento científico por medio de la organización de cursos, conferencias, seminarios, etc. Este objetivo ciertamente se cumplió a juzgar por las numerosas actividades que, entre 1928 y 1934, organizó la asociación en el espíritu de la educación popular y la educación de adultos. Durante ese periodo se desarrolló el seminario semanal Moderne Wissenschaft (Ciencia Moderna) y se dictaron alrededor de 50 conferencias públicas con una orientación interdisciplinaria y con una impronta colaborativa. Al respecto, cabe destacar que algunos ciclos de conferencias se organizaron de forma conjunta con otras instituciones, como la Asociación para la Educación Popular, la Asociación para la Psicopatología y la Psicología Aplicadas, así como el Grupo de Estudio para la Cooperación Científica, que desde 1930 desarrolló sus actividades en la Cámara Laboral de Viena bajo la dirección de Carnap.
La impronta colaborativa, el énfasis en el trabajo colectivo, es otro de los aspectos que el ala izquierda del Círculo de Viena destaca en su manifiesto programático. Y esta impronta colaborativa es también uno de los aspectos que, a mi juicio, definió el notable activismo, el compromiso ciudadano y la vitalidad de la práctica social y política en la Viena Roja. Un testimonio de esta vitalidad lo proporciona la arquitecta Margarete Schütte-Lihotzky que, en 1926, tras colaborar con Neurath en la Österreichische Verein für Siedlung-und Kleingartenwesen (ÖVSK) e intervenir de manera activa en el programa de viviendas del gobierno socialdemócrata, dejó Viena y se trasladó a Fráncfort para trabajar en la Secretaría de Vivienda y Planificación Urbana de esta ciudad. Comparando las dos experiencias, nos dice lo siguiente:
La vida en Viena [...] estaba cargada de activismo político y de un sentido de utopía social. Ni siquiera un arquitecto podía ignorar el predominio de las cuestiones sociales y la importancia de las clases. En Fráncfort, [...] la reforma municipal fue promovida por tecnócratas muy talentosos pero sin inspiración. La razón de esto se puede encontrar en las redes de agentes que formaron la Viena Roja, una red constituida por militantes políticos, activistas de diversas asociaciones, profesionales e intelectuales, unidos por la semántica particular del austromarxismo. (Citado por Mattl 2013, p. 213.)
Esta vitalidad de la práctica social y política, reafirmada constantemente por los logros del programa de reformas del gobierno socialdemócrata vienés, contribuyó sin duda a afianzar y fortalecer el optimismo científico del Círculo de Viena. Una definición más precisa de este optimismo la ofrece Carnap en su Autobiografía intelectual, cuando trata de caracterizar de manera retrospectiva la posición adoptada por el Círculo y la define como un humanismo científico (Carnap 1992 [1963], p. 144). Este humanismo científico sostiene que los seres humanos somos los únicos responsables de nuestra situación y nuestras condiciones de vida, que toda acción deliberada para mejorar esas condiciones presupone un conocimiento del mundo y, por lo tanto, que la ciencia constituye uno de los instrumentos más valiosos para mejorar la vida. Lo que Carnap destaca en relación con esto es que todos los miembros del Círculo de Viena compartieron esta posición como algo obvio, esto es, como algo "que apenas valía la pena discutir".
Conclusión
A lo largo de este recorrido he tratado de mostrar que la actitud tardo-ilustrada y el optimismo científico del Círculo de Viena no constituyen rasgos aislados, distintivos de la particular posición filosófica que éste adopta, sino que son compartidos con el marco histórico-político en el que el Círculo se desarrolla y consolida, esto es, el marco del austromarxismo. Los argumentos presentados revelan una convergencia notable entre el ala izquierda del Círculo de Viena y el austromarxismo tanto en el orden del pensamiento como en el orden de la acción. Esa convergencia se hace evidente en una serie de concepciones y convicciones comunes, de compromisos y acciones concretas compartidas, que pueden resumirse del siguiente modo:
1) La inspiración marxista, la herencia ilustrada y, en el plano epistemológico, la influencia del empiriocriticismo de Mach.
2) La concepción del marxismo como doctrina política y, fundamentalmente, como ciencia social que debe seguir desarrollándose de manera rigurosa y sistemática mediante investigaciones empíricas.
3) La pretensión de proporcionar una fundamentación epistemológica de la teoría marxista, especialmente en clave machiana, que promueva una forma de marxismo metafísicamente más austera.
4) El rechazo de una relación determinista entre la base o estructura económica y la superestructura ideológica y, por lo tanto, la aceptación de que las ideas y el conocimiento también inciden en los procesos de cambio social.
5) El compromiso con la reunión y coordinación del conocimiento y con la difusión del conocimiento a toda la ciudadanía; compromiso que, en el caso del Círculo de Viena, se materializa en su programa de unidad de la ciencia.
6) La convicción de que el conocimiento y la educación permiten que la ciudadanía logre una comprensión más profunda de la realidad social y económica y así pueda intervenir activamente en la vida política y tomar decisiones informadas.
7) La confianza en la construcción democrática del socialismo, que debe realizarse mediante una revolución social gradual introduciendo reformas significativas en todas las esferas de la vida social.
8) La convicción de que la construcción democrática del socialismo requiere del trabajo colaborativo y de la acción conjunta del Estado, las instituciones y la ciudadanía. Dos ejemplos significativos de esa acción conjunta son los proyectos educativos y de difusión del conocimiento representados por el GWM y la Asociación Ernst Mach.
En definitiva, tanto para los austromarxistas como para los miembros del ala izquierda del Círculo de Viena, la construcción democrática del socialismo ya había comenzado, y el conocimiento y la educación tenían un papel fundamental que cumplir en ella. Y si bien es cierto que la construcción del socialismo se vio interrumpida por los avatares de la historia europea, en particular por el avance del nazismo y el aplastamiento de las experiencias socialdemócratas de la Europa central, todo lo cual desembocó en la Segunda Guerra Mundial, también es verdad que los esfuerzos por coordinar el conocimiento y la colaboración intelectual a escala internacional continuaron firmemente a pesar de las circunstancias. En una obra publicada de manera póstuma, Neurath 1946 (pp. 77-78) reconoce los méritos de esta tenacidad:
En todos los países, incluso en aquellos que han sido duramente castigados por la guerra, se están desarrollando actividades académicas. Hay un número cada vez mayor de personas que consideran la investigación científica como un medio para una planificación comprehensiva de la vida social. [...] Pero, como quiera que uno mire la historia y los acontecimientos actuales, es un hecho que la vida intelectual continúa sus tradiciones en todo el mundo.
Sin embargo, mientras que la ciencia mantuvo un desarrollo firme y sostenido durante las siguientes décadas, los esfuerzos por continuar la construcción del socialismo decayeon de forma considerable, al menos en Occidente. Y esto preparó el terreno para una progresiva disociación entre el marxismo y la ciencia; un terreno fértil, en definitiva, para que prospere una actitud pesimista como la que ha cultivado la Escuela de Fráncfort. Como señala Cockshott 2008 (p. 5), desde la segunda posguerra "los pensadores marxistas occidentales han mantenido una actitud escéptica u hostil hacia la ciencia, y han recurrido preferentemente a las (antiguas) tradiciones filosóficas, incluido el hegelianismo". Pero si se pretende recuperar la construcción democrática del socialismo como un horizonte posible, entonces se debe restablecer la alianza entre el marxismo y la ciencia. Esta alianza supone en lo fundamental poner el conocimiento científico al servicio de la emancipación intelectual y social, ponerlo al servicio de la transformación de las relaciones políticas, económicas y sociales para la construcción de un orden social más equitativo y más justo.
La Viena Roja constituye un caso emblemático para pensar esta alianza entre el marxismo y la ciencia, por lo que es posible que el futuro del socialismo dependa, en cierta medida, de algunas lecciones que podamos aprender de ella.










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