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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

versión impresa ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.69 no.251 Ciudad de México may./ago. 2024  Epub 25-Abr-2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2024.251.88267 

Editorial

“Eppur si muove”: la configuración actual de los estudios sobre ciencia política en América Latina

“Eppur si muove”: the Current Configuration of Political Science Studies in Latin America

Judit Bokser-Liwerant* 

Víctor Alarcón Olguín** 

José Carlos Luque Brazán*** 

* Profesora Emérita, Facultad de Ciencias Polítcas y Sociales, UNAM, México. Correo electrónico: <dir_revmcpys@politicas.unam.mx>.

** Departamento de Sociología, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa, México. Correo electrónico: <alar@xanum.uam.mx>.

*** Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), Plantel del Valle. Correo electrónico: <jose.luque@uacm.edu.mx>.


Al término del siglo XX, los escenarios y perspectivas elaboradas sobre el carácter y el futuro de la ciencia política a nivel mundial apuntaban hacia la existencia de una tensión que implicaba precisamente tomar una postura definitoria con respecto a la siguiente disyuntiva: o estábamos constatando un proceso de crecimiento y emancipación de la disciplina en el marco de la lógica de la ciencia, en tanto se le identifica como un ejemplo del avance mismo del estatuto logrado en materia de formalización y estandarización de sus premisas normativas, sus condiciones teórico-metodológicas y sus aplicaciones técnico-operacionales; o bien, seguíamos encerrados en la “posición original” de considerar al estudio de la política como una expresión del análisis combinado de factores más de corte ideológico, histórico y filosófico. En esta última, las condiciones de percepción e interpretación específicas de la realidad por parte de los sujetos, implica justamente que veamos a los acontecimientos sociales, el ejercicio del poder y la actuación de las instituciones desde horizontes esencialmente centrados en la cooperación o el conflicto (Schmitter y Blecher, 2022).

Sin embargo, adicional a estas dos tendencias, conocidas habitualmente como las expresiones externalista e internalista con respecto a las maneras de abordar la naturaleza y condiciones evolutivas de la ciencia política regional,1 es importante mencionar una tercera fuente de reflexión en torno a la temática, aquella relativa a la exploración de los procesos constructivos de la memoria histórica de la politología. Ello, a partir de una revisión y comparación de las prácticas, los actores y las instituciones que han tenido influencia en las decisiones tomadas sobre la orientación docente, las estrategias de enseñanza y las expectativas de inserción e influencia de la disciplina dentro del debate público de las realidades nacionales donde se han creado e impulsado su existencia, además de valorar si en el propio ámbito regional, así como en el de alcance mundial, puede hallarse evidencia de una contribución e influencia propias (Munck y Tanaka, 2023).

Dicho de otra manera, esta situación vindicativa y analítica de nuestra historia implica lograr que el “Sur” académico se vea a sí mismo más allá de la perspectiva e influencia principal del “Norte” hegemónico, e incluso se pueda constatar cómo hay una interacción recíproca que pasó de una notoria dependencia de origen dada a partir de las herramientas conceptuales, teóricas y metodológicas empleadas, a una dinámica de interacción creciente. Esta, ha venido reduciendo los factores ideológicos y culturales que se sostuvieron por largo tiempo para justificar las diferencias que usualmente fueron empleadas para mantener la distancia y confrontación entre ambas culturas académicas bajo razonamientos antiimperialistas, las cuales en la actualidad han derivado en las lecturas decoloniales, culturalistas y de rechazo al neoliberalismo en sus versiones favorables al mercado, la democracia solo sostenida en partidos y la globalización que atenta con las soberanías nacionales (Tanaka y Dargent, 2015).

Desde el ámbito más específico de la situación imperante en América Latina, la disciplina no ha estado exenta de vérsele ubicada dentro de una polémica con estas premisas y alcances, si bien podemos valorar los “acentos” y peculiaridades existentes. Por mencionar algunas de dichas condiciones puntuales, se destacan los elementos cíclicos de la adopción, adaptación, autonomización y entrada en desuso de los modelos y enfoques que se han identificado en el desarrollo de la disciplina durante el llamado periodo profesional de la politología latinoamericana. Este se remonta hacia los años cincuenta y sesenta, manifestados con la apertura de las primeras facultades universitarias orientadas hacia las ciencias sociales y con el consiguiente proceso de creación de la carrera de ciencia política como parte de las mismas (Bulcourf, Gutiérrez y Cardozo, 2015).

No pretendemos detenernos aquí a describir las condiciones de la institucionalización y profesionalización de la disciplina en nuestra región,2 como ha sido usualmente abordado, esencialmente mediante valoraciones descriptivas y cronológicas, en donde se han hecho ejercicios relevantes para hallar los comunes denominadores. Así, el estudio de ciertas personalidades fundadoras, cuya acción individual ha sido un detonador importante para captar la necesidad de impulsar a la disciplina como una alternativa y una respuesta asociada a las exigencias de fortalecer el papel del Estado y de las burocracias, mediante la preparación de personal dotado con habilidades y competencias centradas en la planeación y la toma de decisiones. En esta etapa de corte desarrollista también se prefiguró que la ciencia política serviría para ser una eficaz promotora de los hábitos y prácticas vinculadas con la creación de una cultura cívica y que se ajustaría a los modelos de la democracia preconizados por las teorías de la modernización (Olvera, 2013).

Cabe vislumbrar en dichos esfuerzos, el objetivo que significaba “crear científicos sociales” con un alcance crítico y sostenido en la autonomía que proporcionaba encaminarse al cultivo de la propia ciencia como el objetivo central del proceso formativo y curricular de los programas que venían gestándose en los países interesados en acercarse a tener niveles de estabilidad y democratización relevantes, como lo fueron en una primera instancia los casos de Argentina, Brasil y México. Las pautas observadas en estos primeros tres casos han sido relativamente similares entre sí y han sido igualmente retomados por los demás países de la región a lo largo de estos años. A partir de ellos podemos darnos cuenta del efecto expansivo que produjeron hacia otras naciones, las cuales no se han mostrado alejadas de repetir bastantes de los dilemas configurativos en materia de las experiencias vividas ahora en dichos países (Gutiérrez y Torres, 2020).

La ciencia política regional nació vinculada bajo un esquema conceptual que le emparentaba -debido a la influencia francesa predominante dentro de la UNESCO a finales de los años cuarenta del siglo pasado-, dentro del campo más amplio que implicaba hablar de la disciplina en plural (“ciencias políticas”), lo que conllevaba incluir en dicho cuerpo a la administración pública y a las relaciones internacionales -conocida igualmente como diplomacia-, las cuales irían acompañando a la sociología. De esta manera, definir con precisión la especificidad de la naturaleza y el objeto de la politología, usualmente terminaba remitiéndole a justificar sus alcances en los campos de conocimiento más tradicional como el derecho, la filosofía o la historia (Alarcón, 2012).

Con ello, comenzaría a darse una suerte de “contraste epistémico” con respecto a la postura que defendía la generación de acercamientos con la economía, la psicología o la comunicación, áreas de estudio que se consideraban desde la experiencia anglosajona (Inglaterra y Estados Unidos) como más fructíferas para los propósitos de alcanzar una acción e influencia directa en la comprensión de los fundamentos mismos del poder, su distribución y ejercicio a nivel de los gobiernos (Vidal de la Rosa, 2013).

Esta perspectiva será crucial dentro del ámbito latinoamericano sólo a partir de los años ochenta y noventa del siglo pasado en la medida que comenzará a manifestarse el intento de abandonar las prácticas interpretativas, para así pasar a una pretensión explicativa de corte observacional y regular de los fundamentos que dan pauta para entender la verdadera esencia del comportamiento humano, en el marco de las motivaciones que puedan explicar con toda precisión y certeza a los propios alcances de la acción individual y/o colectiva (Barrientos, 2014).

La hechura y fundamento de las políticas públicas como medidas concretas abrió paso entonces a mayores ejercicios de desdoblamiento conceptual como la construcción del conocimiento mediante la comparación y los estudios de casos, además que se han ido sofisticando dichos ejercicios mediante la conformación de bases de datos y el empleo de mecanismos matemático-estadísticos cada vez más complejos. El apoyo mismo de la computación ha sido entonces parte de dicho cambio, en donde ahora el factor de descubrimiento se vincula a la comprobación o no de las hipótesis previamente formuladas, así como saber si hay tendencias, niveles de asociación y/o significancia entre los fenómenos puestos a examen (Murillo, 2015).

Un cambio notable comenzó a darse en el estudio mismo de las trayectorias de la politología latinoamericana con la introducción de ejercicios bibliométricos, cuyo propósito se concentrará en revisar la frecuencia con que aparecen ciertos autores y corrientes dentro de los planes y programas de estudios de licenciatura y posgrado, así como en los índices contenidos de las principales revistas académicas regionales asociadas con la disciplina (Freidenberg, 2017).

Aquí podemos ver con mayor claridad cómo la disciplina comenzaría a moverse de su origen europeo-mediterráneo hacia el modelo de formalización practicado en lugares como el ya referido Estados Unidos, a partir de la revolución conductista y el acercamiento a las teorías de sistemas, de juegos y de la elección racional. La combinación de estos enfoques se perfilaría como una respuesta al proceso más centrado en los argumentos de la lucha de clases, la desigualdad excluyente o la dominación hegemónica preconizadas por el marxismo, cuya premisa y promesa de hacer política para explicar las causas de la explotación, la pobreza y el intercambio desigual, serían las consignas centrales en la transformación y liberación del mundo subdesarrollado que se sustentaría alrededor de la idea de la revolución (Mouffe, 2021).

Sin embargo, no podría decirse que el impacto del marxismo en la conformación de la ciencia política haya sido pasajero ni que constituya una contradicción o una paradoja epistemológica lanzada al basurero de la historia. De hecho, se puede considerar que su presencia sigue siendo una vertiente extremadamente viva y que se ha entreverado incluso con otras tradiciones disciplinarias, como lo podemos ver en la actualidad con los campos de la antropología o los estudios de género. De hecho, se le puede valorar como una perspectiva relevante a partir de los aportes generados desde sus vertientes tanto analítica como estructuralista (Reveles, 2015).

La politología no ha dejado de presentar dilemas conceptuales que implican seguir colocándola bajo la pregunta de qué tanto podemos hablar del componente “científico” de la misma a partir de verla dentro de un escenario de objetividad y conocimientos sólidos, en lugar de seguir poniéndola en duda dentro de factores temporales de tipo coyuntural, con lo cual se le limita a un horizonte cada vez más pragmático -y por mucho que se tengan pretensiones prospectivas- para así explicar la naturaleza y la orientación plausible de las decisiones en materia de las acciones gubernamentales, e intentar alejarnos de las situaciones críticas de riesgo e incertidumbre solo a partir de su reducción, control o gobernabilidad, en lugar de obtener soluciones consistentes y perdurables. La pretensión de tener una ciencia política con capacidad predictiva y niveles de control eficaz de la realidad social sigue siendo la gran promesa asociada con el desarrollo de sus objetivos de investigación y enseñanza. De hecho, ello no se aleja de la pretensión realista esgrimida en general para las ciencias sociales, tal y como fue enunciada desde las consignas positivistas del siglo XIX (Archer, 2014).

Sin embargo, esta meta se expresa en sentido contrario al escenario de un minimalismo de corte esencialista que solo apela a la vigencia de las vivencias y emociones que haga retornar a las personas a una desposesión tanto material como de principios. Este argumento puede derivar en una anulación plena de las capacidades colectivas al facilitarse una entrega de responsabilidades a los liderazgos paternalistas que han resurgido con inusitada fuerza y que ahora se ven poderosamente apoyados en la fuerza de los algoritmos y la inteligencia artificial. Estamos más inmersos en una sociedad cada vez más transparente, pero igualmente dirigiéndose hacia el plano de lo intrascendente.

De esta manera, acercarse a las condiciones evolutivas de la ciencia política en América Latina nos obliga igualmente a incursionar -cual mito de Sísifo-, en la reiterada repetición de sus temas recurrentes, como lo han sido, por ejemplo, desentrañar el papel especifico que conllevan las relaciones existentes entre el Estado y la Sociedad, quizás la dicotomía esencial más relevante y que condiciona la naturaleza misma de las estrategias y enfoques con los cuales se pretende organizar y gobernar la vida colectiva.

Poco podría decirse en la actualidad de la cultura y las prácticas mostradas por la propia población si no debatimos sobre los niveles de autonomía que el Estado posee como agente y agencia institucional, además de las transformaciones derivadas del impacto de la globalización en las instituciones, procesos y actores políticos, así como de los contrapesos y controles que la Sociedad adquiere por la vía de los derechos, la movilización y la interlocución organizada desde los grupos de interés, los partidos políticos o los sindicatos, a los cuales se han sumado nuevos actores y estrategias de repertorios como los empleados por las colectivas feministas y de las diversidades sexuales, las organizaciones migrantes, ambientalistas o las provenientes de los movimientos étnicos o religiosos, lo cual implica preguntarse ¿cómo se reflexiona la ampliación contemporánea de los derechos políticos más allá de las perspectivas del individualismo o el emergente nacionalismo metodológico de corte populista y radical? ¿Cómo repensamos el papel y lugar del espacio y el tiempo en momentos en que los procesos globalizadores han alterado la ecuación entre ambos? (Bokser Liwerant y Salas Porras, 1999).

¿Cómo construir su especificidad cuando la realidad nos exige cruzar fronteras entre disciplinas para acceder rigurosamente a su complejidad, tal como variados y tempranos acercamientos lo indican? (Bokser Liwerant, 1999).

Un rasgo elocuente de lo anterior es atestiguar que la reflexión y recuperación interpretativas de la disciplina politológica transitan fuertemente por la demanda de revisarla desde dichas perspectivas, valorando así los aportes concretos que han sido producidos por quienes han defendido la sistematización y generación de conocimientos mediante el uso de epistemologías y conceptos de alcance propio (Valverde, Ibargüengoitia y Gutiérrez, 2018).

Este escenario implica un nuevo y fascinante reto, como lo es captar la integración de la llamada opinión pública y la ciudadanía digital, que han venido pasando de los mecanismos de socialización típicos como las movilizaciones y protestas presenciales, al territorio de la llamada democracia de audiencias, ratings y redes virtuales, en donde el impacto que pueda ser logrado con la difusión de imágenes o videos resulta mucho más impactante -pero a la vez más efímero en sus consecuencias-, en las maneras con que la población asimila y construye sus niveles de opinión y participación política mediante dichas plataformas. Su consiguiente efecto se vino a detonar en los años recientes con la necesidad de promover la educación remota, cuestión a la cual la ciencia política no ha podido sustraerse por cuanto ha tenido que replantearse las estrategias de enseñanza y de la propia investigación, que cada vez deben incluir rutas y medios de socialización del conocimiento apoyadas en los recursos audiovisuales y cada vez menos en las experiencias formativas de alcance presencial.

A partir de esta idea, no es nada menor plantearse que la ciencia política debe enfrentarse a la construcción de una lectura multicultural donde sin perder su énfasis pluralista, pueda ser capaz de asimilar que ya no se puede apostar a una cultura “mainstream” en donde finalmente se absorba o se constituya un consenso único. La ciencia política debe redescubrirse en medio de un horizonte nómada y que va caracterizándose por su constante flexibilidad y movilidad epistemológicas. (Bokser Liwerant, 2013).

Estamos así dentro de un entorno con muchas posibilidades de transbordos e hibridaciones, los cuales no tendrían por qué rivalizar con la importancia de tener un compromiso indeclinable con la objetividad y el rigor que implican la aplicación y la explicación puntual de las estrategias de investigación empleadas para respaldar no solo los descubrimientos y avances certeros, sino los obstáculos y dificultades que limitan al propio quehacer académico en sus posibilidades heurísticas. (Ruiz y Ayala, 2015).

Hoy la ciencia política que se vive especialmente en América Latina durante el presente siglo se enfrenta a un mapa de diásporas, comunidades científicas y culturas académicas cada vez más complejo y algunas de ellas promueven agendas cada vez más convergentes entre sí, sobre todo en la construcción de redes y la estandarización metodológico-empírica, aunque hallando resistencias importantes en sus contrapartes de corte relativista, con lo que este dilema por ello no resulta fácil de diagnosticar en nuestros países debido a la velocidad mostrada en su crecimiento, y que paradójicamente también cobraría impulso gracias a las dinámicas promovidas desde las acciones de corte neoliberal y globalizante que vinieron a contraponerse a los esquemas sociales de tipo nacionalista-popular derivados de nuestra emancipación inicial de las injerencias colonialistas, pero que no trascendería en muchos lugares más allá de las prácticas de corte militarista-oligárquico y autoritario (Torres y Gutiérrez, 2020).

Por ejemplo, la ciencia política observada en el continente también puede ser vista a través de dichas experiencias, entendidas como procesos que han estructurado reflexivamente las situaciones de alienación y enajenación acerca de cómo se vivieron los años oscuros de las dictaduras y las represiones, previamente a la etapa de las transiciones y cambios de régimen generados a fines del siglo pasado (Ravecca, 2019). Pero que también nos obliga ahora a no cerrar los ojos o estar silentes frente a los procesos de deterioro en materia del respeto a las libertades y derechos humanos más elementales que les van siendo sustraídos o limitados a tramos importantes de las ciudadanías que habitan en nuestros países o se movilizan a través de ellos, al confundir la raíz y la necesidad de una justicia social imperiosa para las mayorías con el simple retorno a las prácticas de los liderazgos carismáticos, las prácticas clientelares y las hegemonías morales excluyentes.

Esta condición híbrida e inconexa existente entre los tipos de regímenes de gobierno que han emergido en los años recientes, a pesar de haber surgido gracias a la práctica y competencia democrático-electoral, nos hace ver que hubo una labor incompleta en la modelación de nuestros esquemas institucionales, en la medida que no pudimos acercarnos -ni apropiarnos adecuadamente- a una idea democrática donde hubiera una clara asociación de esta con una práctica efectiva de la legalidad y los derechos humanos más elementales.

De esta manera, el entorno desde el cual se presenta la ciencia política en muchos de nuestros países, justamente desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, posee una tarea enorme, por cuanto que no solo se trata de darle una misión concreta, sino que precisamente ello permita generar redes de conocimiento e intercambio a partir de los cuales se puedan dar condiciones de aplicabilidad y regularidad cada vez más comunes. Por eso la importancia de seguir observando a la disciplina desde la “larga duración” planteada por clásicos como Ferdinand Braudel (1968), así como de combinar los estudios longitudinales con los transversales. Y ciertamente, resulta imperioso dar un renovado impulso a los métodos mixtos que puedan potenciar tanto la comparación y la contextualización con la interpretación objetiva y la aplicación concreta que se necesitan de los propios conocimientos adquiridos.

Visto desde este ángulo, la problemática implica entonces pensar en las condiciones mismas que permitan darnos pauta de cómo puede florecer un entorno adecuado para el estudio y la comprensión sistemática del quehacer político en condiciones de exigencia científica. En una época marcada recientemente por cambios tan significativos como los que han ejercido pandemias como la de la Covid-19; o el estar atestiguando el resurgimiento de las prácticas de corte iliberal y autoritario, que se van acercando cada vez más a captar la exacerbación de las divisiones y las brechas sociales, el uso de la polarización y el antagonismo, nos hacen ver que estamos en medio de un momento donde el ejercicio mismo de la política viene experimentando un cambio sustantivo tanto en la naturaleza de los sujetos, los bienes y los medios que se consideran legales/legítimos para poder acceder a los mismos. Con mayor razón, el asunto se torna más difícil de asimilar en la medida que las tradiciones de investigación y enseñanza en muchas de nuestras instituciones universitarias no generan dinámicas de involucramiento directo para tratar de incidir en el contexto de las decisiones a ser tomadas en el ámbito institucional (Jiménez y Zamitiz, 2020; Bokser Liwerant, 2020).

Esta cuestión tampoco es un asunto menor, ya que no es casual que los modelos de la construcción y comunicación de la ciencia se hallen bajo sospecha, experimentando como nunca antes altos niveles de desacreditación con respecto al papel del intelectual y el científico dentro de nuestras sociedades, lo cual obliga al entorno politológico a cuestionarse si debe ceder e incursionar cada vez solo como simples analistas o comentaristas de medios -y preguntarse además cómo hacerlo- sin que haya un detrimento en la calidad y propósitos que deban cumplirse a través de dichos ejercicios de divulgación. El escenario virtual es un reto en el que aun estamos definiendo nuestras rutas de interacción, además de haberse sumado un tema muy novedoso con el campo de las consultorías, el cual es un espacio aplicado de la ciencia política en expansión que se adiciona a las tres actividades clásicas de la docencia, difusión e investigación. Este elemento aún no termina por ser asimilado con claridad en las universidades y marca una perspectiva de discusión imperiosa sobre los alcances de lo “social” y lo “privado” con que deben replantearse los contenidos de la enseñanza de habilidades y competencias formativas en las actuales y futuras generaciones practicantes de la disciplina.

Por otra parte, un simple crecimiento meramente cuantitativo tampoco es un indicador de mayor formalización o calidad en el desarrollo de una disciplina. Sin embargo, el uso de estos elementos se ha orientado a fomentar un fenómeno nada menor como el desarrollo de las clasificaciones y los procesos de evaluación que buscan establecer la calidad y las trayectorias de la producción científica y los niveles de enseñanza logrados por quienes mantienen programas docentes o de investigación asociados con la disciplina. Las clasificaciones se han dirigido a argumentar que el nivel de impacto y los perfiles de las personas integrantes de los programas académicos justifican clasificar y medir sus contribuciones para así romper con el carácter endogámico y autorreferencial que usualmente ha caracterizado a los diseños y cultura académica regional (Altman, 2005).

Por desgracia, tampoco se puede olvidar que estos ejercicios se han vuelto un elemento muy destacado -y hasta pernicioso- para definir el alcance de las asignaciones presupuestales en medio de una escasez cada vez más notoria de apoyos para la actividad científica pública de largo aliento. Lo anterior ciertamente ha condicionado la presencia de entramados académicos que practican y se identifican a sí mismas como comunidades de ciencia política, por cuanto el sentido de proyectar acciones en común se guían bajo las directrices de “publicar o perecer”, cuestión que impacta al carácter mismo de las organizaciones o plataformas de socialización e intercambio, como lo son los congresos y las asociaciones nacionales -generales o particulares- que procuran agrupar a quienes se reconocen profesionalmente como practicantes de la disciplina (Ricci, 2020).

La existencia de dichas organizaciones ha procurado abordar los aspectos de la profesionalización, además de supervisar los contenidos de planes y programas de estudio existentes dentro de las instituciones que poseen programas de “ciencia política” (o que tengan denominaciones cercanas o combinadas con esta). Implica entonces la necesidad por desarrollar aproximaciones específicas cuyo objetivo sea precisamente comprender, situar y comparar los resultados alcanzados hasta el momento con la existencia de este tipo de programas y como ello le ha dado o no una base propia al desarrollo y tipo de resultados generados desde cada uno de nuestros países.3

El acercamiento introductorio que poseen estas líneas no intenta sintetizar lo que de manera directa podrá visualizarse en cada una de las contribuciones que integran al presente número de la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, en el que se recopilan experiencias nacionales y contextos temáticos puntuales. Las rutas de acercamiento adoptadas dentro de cada texto nos muestran además la vasta riqueza de recursos que se aplican precisamente para responder a las preocupaciones generales aquí expresadas.

No hay respuestas únicas, pero sí podemos constatar que hay ciertos procesos convergentes que van acortando las distancias de comunicación e integración de los conocimientos, metodologías y técnicas existentes. Esta quizás sea una de las cuestiones más alentadoras que se puede resaltar al ver la diversidad lograda en esta convocatoria. Pese a los diagnósticos poco optimistas que se emiten con frecuencia sobre este asunto, lo que nos muestra este ejercicio es que la disciplina politológica sigue viva, si bien implica una gran responsabilidad colectiva contribuir a la mejora sustancial de sus aportes, más ahora en medio de las dificultades que atosigan a nuestras sociedades.

De ahí que pueda afirmarse que el uso de la clásica expresión de Galileo Galilei Eppur si muove no sea una simple ocurrencia para agrupar la colección de inquietudes reunidas en estas páginas, sino que consideramos marca justamente la exigencia de revitalizar al “espíritu científico” de la politología -en el sentido fuerte de la expresión que le dio en su momento otro gran exponente del pensamiento epistemológico como lo fue Gastón Bachelard (1991)- como una disciplina poseedora de contextos de experiencia relevantes en su pertinencia y niveles de incidencia en la mejora general de nuestras sociedades a través de la introducción de buenas prácticas en el desarrollo de nuestros gobiernos, así como procurar el arribo a mejores dinámicas de convivencia, que precisamente sean aportadas por quienes practicamos el noble oficio de explorar y entender la vida política a través de los lentes de la ciencia.

Reiteramos que en la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, resulta fundamental articular un espacio de discusión sobre investigaciones actuales que den un panorama crítico de la situación de la ciencia política en América Latina. Por ello, en los artículos que componen el dossier de este número 251 titulado “Saberes y quehaceres de la ciencia política en América Latina” se conjuntan varias miradas que articulan nuevas discusiones sobre el panorama de esta disciplina en la región.

Para iniciar nuestro dossier, Alejandro Moreno y Marta Lagos nos presentan el artículo La medición del autoritarismo en América Latina: retos para la ciencia política, en donde los autores presentan un instrumento fundamental para la ciencia social en la región actualmente, nos referimos a Latinobarómetro. Ellos nos explican que la literatura sobre el retroceso democrático ha enfocado principalmente las acciones de líderes democráticamente electos, pasando por alto el respaldo popular a dichas acciones. Los estudios de opinión en América Latina han medido el apoyo a la democracia y al autoritarismo. Al analizar datos de este instrumento sobre el apoyo popular al autoritarismo y sus implicaciones políticas en la región, nos plantean que existen nuevas mediciones que profundizan en el atractivo de los discursos y medidas autoritarias, contribuyendo al entendimiento de las predisposiciones políticas latentes y el impacto de los discursos populistas autoritarios.

En segunda instancia encontramos el artículo El uso del process tracing y los mecanismos causales: una propuesta metodológica para los estudios de ciencia política en América Latina de Juan Antonio Taguenca Belmonte. En este texto, encontramos una metodología del trazado de procesos causales que busca identificar las implicaciones observables en ellos, utilizando estudios de caso orientados hacia esa búsqueda, es decir, el process tracing. Su objetivo es determinar si los eventos o procesos del caso se ajustan a la teoría previamente establecida, lo que permite identificar las consecuencias de las causas mediante el análisis de sus partes constituyentes. Integrando piezas “diagnósticas” del estudio de caso, se evalúan los supuestos previamente considerados en el diseño de la investigación. El autor logra esclarecer la metodología del trazado de procesos causales y de los mecanismos causales, con el fin de determinar su idoneidad para el desarrollo de la ciencia política en nuestra región.

En un panorama que rescata la perspectiva de género, Karolina Gilas nos introduce, con su artículo Género, instituciones y poder: nuevas tendencias teóricas para el estudio del poder generizado en América Latina, las nuevas tendencias teóricas en el estudio de esta perspectiva, las instituciones y el poder en América Latina, al enfatizar la importancia de integrar la teoría política y el neoinstitucionalismo feminista. Gilas nos muestra cómo estas perspectivas desafían los paradigmas tradicionales y ofrecen una comprensión más profunda de la interacción entre las normas de género, las instituciones políticas y las relaciones de poder. A pesar de los desafíos, la integración de la perspectiva de género en la ciencia política latinoamericana ofrece oportunidades para promover la igualdad y una gobernanza más inclusiva en la región.

En esta misma línea, el artículo Las politólogas, las revistas académicas y sus “gatekeepers” de Yanina Welp y Benjamin Goldfrank nos ofrece una mirada crítica de la agenda editorial en ciencias sociales, ya que, según los hallazgos de los autores, la institucionalización de la disciplina ha pasado por alto la perspectiva de género. Lo que se trata de buscar aquí es visibilizar la presencia de profesoras de ciencia política, su participación en equipos y consejos editoriales de múltiples revistas. Ellos encontraron una brecha de género significativa en departamentos editoriales y revistas, especialmente en los consejos. Aunque hay más presencia femenina, esto puede implicar trabajo adicional sin recompensa significativa, afectando la producción académica, principal criterio para los ascensos. Además, hay menos mujeres en roles simbólicos como los consejos editoriales.

En otro registro de la ciencia política, Fernando Ayala Blanco explora la relación de esta disciplina con el mundo artístico en su artículo Reflexiones en torno a la persuasión política y su relación con el arte: ejemplos en América Latina. Este documento examina la relación entre la persuasión política y diversas formas de expresión artística. Se reflexiona sobre el impacto de la retórica como herramienta de persuasión en una comunidad, considerándola un arte. Se aborda también la centralidad como paradigma institucional de participación social y política. Se destaca el poder de la palabra y del habla como medios fundamentales de comunicación que facilitan la sociabilidad y las relaciones políticas entre individuos. A través de ejemplos de expresión artística -el muralismo latinoamericano, Joaquín Torres-García y Antonio Berni-, se explora la relación entre arte y política en América Latina.

A partir del siguiente artículo se abre la segunda parte de este importante dossier y está dedicado a casos particulares de países en América Latina. En primer lugar encontramos el caso brasileño. Rafael Machado Madeira con el artículo Internationalization of the Training and Production of Brazilian Graduate Programs of Political Science examina las estrategias de internacionalización de las carreras docentes de politólogos brasileños, evaluando dos dimensiones: publicaciones y formación académica. Machado se pregunta si los politólogos brasileños tienden hacia los países centrales en su internacionalización y si los programas centrales monopolizan este proceso. Encontramos una corroboración aproximada de que la internacionalización se relacionaría con países centrales y los programas centrales estarían sobrerrepresentados. Los programas periféricos también tienen espacio en la internacionalización, especialmente en la publicación de artículos. La principal diferencia encontrada es que la formación académica se concentra en países centrales como Estados Unidos, Inglaterra y Francia, mientras que América Latina es un foco importante para la publicación internacional de los docentes.

El siguiente caso es el de Colombia, en donde Javier Duque Daza nos expone en su artículo ¿Cómo se forman los politólogos? La ciencia política en Colombia a través de los mapas curriculares, un análisis de la formación de politólogos en Colombia, examinando sus fundamentos académicos y metodológicos en relación con el desarrollo internacional de la ciencia política. Lo expuesto por el autor señala que se ha pasado de los estudios políticos a la ciencia política, aunque persisten diferencias. Se identifica un núcleo común formativo en consonancia con tendencias internacionales de la disciplina, así como convergencias y avances en investigación. Sin embargo, los estudios de posgrado presentan limitaciones. Finalmente, se reconoce la necesidad de un análisis más detallado de los microcurrículos como una tarea complementaria pendiente.

Por su parte, el artículo ¿Hacia dónde va la ciencia política en Chile? Un análisis exploratorio (1973-2023) de Raúl Zarzuri Cortés, Jesús Antonio Pérez Tagle y Kenya Hernández Vinalay, nos explica que el debate sobre la dirección de la ciencia política a nivel internacional tuvo repercusiones importantes en América Latina. En el caso del desarrollo en Chile, se identifican periodos relevantes por los que ha pasado esta disciplina. Es importante destacar la orientación de las principales revistas de ciencia política y la procedencia institucional de los títulos de doctorado de los politólogos. Los autores concluyen que la ciencia política en Chile ha avanzado en su institucionalización y es reconocida a nivel regional e internacional.

En otra latitud, el caso uruguayo expuesto por Cecilia Rocha-Carpiuc y Sofía Pandolfo Santurio en su artículo La ciencia política en Uruguay en el siglo XXI: avances y desafíos revela un desarrollo de la ciencia política en este país. Se logran observar continuidades y novedades en relación con periodos anteriores, donde asuntos tradicionales como partidos, elecciones e instituciones políticas mantienen su relevancia, pero se fortalece el estudio de políticas públicas y surgen nuevas agendas como género, política judicial, política subnacional y relaciones internacionales. El neoinstitucionalismo de elección racional sigue siendo el enfoque teórico principal en la única revista especializada en ciencia política del país, con un aumento en la citación de autores uruguayos. La producción empírica crece y se profesionaliza, con un mayor uso de métodos cuantitativos y cualitativos en investigación y enseñanza.

Finalmente, encontramos el artículo La ciencia política en el Perú contemporáneo: un estado de la cuestión (1964-2024) de José Carlos Luque Brazán y Rebeca Reza Granados. El propósito central aquí es trazar el desarrollo de la ciencia política en Perú en los últimos 60 años, destacando los mapas teóricos, epistemológicos y metodológicos de las ciencias sociales peruanas, así como las ideas, valores, intereses y motivaciones predominantes en tres periodos propuestos: 1) periodo preinstitucional (1964-1992), 2) periodo del despliegue de las ideas y transformaciones político-institucionales mercadocéntricas de la dictadura fujimorista (1992-2000) y 3) periodo de institucionalización y despliegue de la ciencia política (2000-2024). Los autores reflexionan sobre el fuerte desarrollo neoliberal en instituciones educativas privadas, con una orientación hacia el mercado y una dependencia de corrientes académicas anglosajonas y europeas. Aunque la disciplina ha progresado en instituciones privadas, su desarrollo en provincias es limitado.

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Nuestra sección de Varia comienza con el artículo Devenir de la política de la desigualdad en Chile: de la dictadura al estallido de octubre de Carlos Alberto Díaz González Méndez, en donde se examina la evolución de la política de la desigualdad en Chile, utilizando la categoría de ciudadano/no ciudadano para explicar contrastes sistemáticos y duraderos en las experiencias de inclusión, libertad e igualdad en la sociedad chilena. También se reflexiona sobre cómo los desafíos en los mecanismos de adaptación a la desigualdad llevaron a las movilizaciones sociales de finales de 2019.

Por su parte, Nelson Arteaga Botello con su artículo Societalización y polarización política: el colapso de la línea 12 del metro de la Ciudad de México analiza cómo el colapso de este medio de transporte desencadenó un proceso de societalización, en el cual se culpó a las élites políticas por el accidente y se exigió que asumieran su responsabilidad, es decir, ello ocurre cuando existe una disfunción institucional que escapa del control discursivo y simbólico de las élites políticas y es asumida por la esfera civil. Se reconstruyó este proceso reconociendo su posible sesgo en las interpretaciones de periódicos consultados, debido a distintos marcos de referencia y referentes morales. La societalización del accidente no resultó en sanciones para los responsables debido a la polarización social que impidió establecer un estándar común de evaluación civil. Fue crucial también examinar la influencia de las organizaciones civiles y las élites políticas en el proceso de societalización.

En tercer lugar, encontramos el artículo Reelección presidencial y retroceso democrático en América Latina de Mario Alejandro Torrico Terán, en el cual, el autor subraya que la temática de la reelección presidencial ha sido polémica y con vaivenes en América Latina a lo largo de la historia. Desde la reelección alterna hasta la modificación de constituciones para permitir la reelección inmediata e incluso indefinida, y nos contextualiza en los últimos quince años, en donde se ha observado un retroceso democrático en la región. La reelección inmediata e indefinida tienden a favorecer el retroceso democrático, mientras que la reelección alterna se asocia con el avance de la democracia y la prohibición de la reelección no muestra una relación significativa; esto respalda las preocupaciones sobre los riesgos de la perpetuación en el poder.

Por último, Marcelo José García Farjat en su texto Notas sobre la posibilidad de una sociedad postrabajo en el proyecto aceleracionista de Srnicek y Williams en un panorama más teórico, pero igualmente importante, donde se analizan las bases de la propuesta aceleracionista de Nick Srnicek y Alex Williams para lograr una sociedad postrabajo como parte de su proyecto poscapitalista. En un contexto sociopolítico y cultural que exalta al trabajo como la única forma significativa de subsistencia y autorrealización, el aceleracionismo de izquierda se presenta como una alternativa política y filosófica que critica la institución del trabajo y la ética dominante bajo el realismo capitalista. Aquí se busca materializar una sociedad postrabajo que libere a los individuos de la dependencia del salario. Desde esta perspectiva, el fracaso del neoliberalismo para abordar las diversas problemáticas derivadas del desarrollo y la acumulación capitalista ha dejado al trabajo sujeto a los mandatos capitalistas que dictan las aspiraciones y expectativas individuales, estigmatizando a los pobres, desempleados y marginados en nombre del dinero y el trabajo.

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En nuestra sección de Notas de investigación, en primera instancia, Santiago Basabe-Serrano y René Guevara siguen en la misma línea de nuestro dossier con su nota La ciencia política en Ecuador: situación y desafíos. En este sentido, los autores exponen que la ciencia política en Ecuador está en un momento de crecimiento, aunque las universidades públicas muestran poco interés en fomentar la disciplina. Es necesario mejorar la enseñanza metodológica en licenciaturas y fortalecer la conexión entre maestrías y doctorados. Aunque hay avances en la producción científica, se necesita un enfoque crítico que aborde las problemáticas sociales actuales, como la corrupción y la seguridad, para el desarrollo futuro de la disciplina en Ecuador.

En segundo lugar, encontramos la nota La nueva Ley de Migración Chilena: análisis de su configuración como dispositivo de poder discursivo de Jorge Antonio Brower Beltramin, donde el autor utiliza el concepto de “dispositivo” como saber/poder de Michel Foucault como marco teórico. Se analizan artículos específicos de esta ley, identificando su modelo semántico e ideológico en relación con la migración, los sujetos involucrados y la regulación establecida, en el contexto de coordenadas históricas y políticas particulares.

Completa nuestro número 251 la reseña La debilidad de las instituciones como instrumento político de Mario Armando Vázquez Soriano.

Como punto final, se presenta una sección especial en donde el editor invitado Víctor Alarcón Olguín le realizó una entrevista a nuestra directora-editora, la Dra. Judit Bokser-Liwerant, sobre la situación actual de la ciencia política en América Latina.

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De parte de todo el equipo de la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, deseamos que este nuevo número continúe estimulando ejercicios de reflexividad y de discusión en los múltiples espacios académicos nacionales e internacionales a los que llega y que nos ayude a comprender de mejor manera los fenómenos sociales que apremian a nuestras sociedades.

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1En la postura externalista se asume que la ruta dominante en la conformación de la disciplina se vincula regularmente por la migración inicial de personas y procesos que provienen de otras disciplinas y / o países, a los que se tuvo que recurrir para implementar las primeras acciones fundacionales. En el segundo enfoque, se adopta la perspectiva de que los actores e instancias han podido generar dinámicas más consolidadas y autónomas, con lo que la identidad e integración de la comunidad puede ir trabajando desde redes con nodos que ya no únicamente poseen nexos con instituciones del exterior para legitimarse y desarrollarse, sino implica lograr una difusión y creación de los programas disciplinares dentro de los ámbitos subnacionales.

2Al respecto, basta remitir aquí a la recuperación de las obras y aportaciones tanto de alcance individual como colectivo que se han venido publicando de manera cada vez más continua en torno al tema, como los dossiers de balance desarrollados en revistas académicas relevantes dentro de la propia región, lo cual precisamente permite constatar el incremento de la institucionalización y profesionalización logrado especialmente en el presente siglo. Dicha enumeración puntual escapa a los propósitos de la presente reflexión.

3Dentro del campo específico de la ciencia política regional, el papel jugado por la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (ALACIP) y el impacto logrado por su influencia para avanzar en la construcción de una institucionalidad mediante la fundación de sus homólogos nacionales ha sido una tarea sobresaliente, por cuanto también ello ha incluido a las naciones de habla portuguesa y a España. También se puede resaltar el caso muy exitoso de la Red de Politólogas que ha venido generando estrategias de visibilidad y discusión sobre el papel y aportes de las mujeres dentro de la disciplina

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