Cuando los editores le pidieron a Josep MariaVallès que respondiera a la pregunta ¿Para qué servimos los politólogos?, nos dice el autor que su primer esfuerzo fue identificarse como uno de ellos. Es por ello por lo que en el libro nos advierte que el ejercicio de valoración que lleva a cabo se encuentra, obviamente, condicionado por una trayectoria personal y por el momento en que la elaboró.
El autor pertenece a una generación que estuvo en los orígenes del esfuerzo por conseguir en España para la ciencia política un reconocimiento institucional semejante al que tenía en otros países de su entorno cultural, por lo que considerará que su institucionalización en dicho país fue tardía.
Hacer con rigor el balance de lo obtenido es tarea de quienes están mejor preparados para elaborar una historia documentada de la disciplina; por esta razón, el autor consideró conveniente incluir la opinión de politólogos formados en un entorno institucional “normalizado” y en un contexto político que ya no es el de la experiencia vital de su generación. Son profesionales prestigiosos que se encuentran en la etapa clave de su producción -entre cuarenta y cincuenta años- y con representación equilibrada de hombres y mujeres.
La primera dificultad que se presenta cuando se trata de responder a la pregunta principal es dar con una definición de este tipo de profesional, pues el término “politólogo” o politóloga” no ha sido tan habitual en el mundo académico, aunque en los últimos años dicho término ha obtenido mayor difusión de esta “especie exótica “que se ha ido aclimatando poco a poco. Amparado en una práctica habitual el autor considera politología y ciencia política como dos términos diferentes aplicados a un mismo concepto; por lo tanto “podemos calificar a los politólogos como profesionales a los que se atribuye una formación en ciencia política o, si alguien lo prefiere, en politología”.
A diferencia de la “politología, el término política forma parte del lenguaje habitual. Lo que importa es averiguar en qué consiste esa formación especializada y, cómo consecuencia, qué servicio prestan o pueden prestar a la sociedad quienes cuenten con ella.
Vallès define a la política como algo que ha habido en todas las agrupaciones humanas a partir del momento en que su tamaño y su diferenciación interna han dado lugar a crecientes desigualdades y discrepancias. En este sentido “la política se ha constituido entonces en un mecanismo para dirimir aquellas discrepancias evitando en lo posible el recurso sistemático a la violencia y a la venganza privada”.
La reflexión sobre la política y el intento de explicarla vienen de lejos, pero el perfil profesional del politólogo como especialista en el conocimiento de la política es mucho más reciente que la propia reflexión sobre la política. El politólogo adquiere su perfil a partir del momento en que las universidades ofrecen una formación especializada sobre la política y su presencia va extendiéndose de manera gradual, siguiendo itinerarios y ritmos diferentes.
El origen de la institucionalización de la ciencia política no se debió exclusivamente al impulso de un grupo de eruditos. En Estados Unidos y en Gran Bretaña respondió a la preocupación reformista por corregir determinadas carencias en su sistema de gobierno y en su administración pública. Como signo de su expansión y bajo los auspicios de la UNESCO, se fundó en 1949 la Asociación Internacional de Ciencia Política (IPSA). La institucionalización se convirtió para algunos en instrumento destinado a la difusión de los principios de la democracia liberal.
El autor pregunta ¿Qué objetivos se propone la formación de ciencia política? Su respuesta es que tiene como objeto proporcionar a quien la busca una triple capacidad: cómo reunir información ordenada sobre fenómenos políticos, cómo explicar por qué se producen y cómo explorar la posibilidad de modificar su curso. En otros términos, corresponde al buen politólogo la descripción, la interpretación y la valoración de lo que ocurre en la vida política.
Para Vallès no es poco lo que se el exige a la ciencia política, o lo que se exige así misma y precisamente por la ambición de esta exigencia, señala que conviene que, quienes se dedican a ella, reconozcan la limitación de sus recursos y no desdeñen la contribución de otras disciplinas y otros especialistas. Por esta razón recomienda superar la “división antinatural de las ciencias sociales”, tan contra indicada cuando hay que enfrentarse con la complejidad sustancial de los fenómenos sociales, pues es perjudicial para el progreso científico la ignorancia mutua que a veces se da entre disciplinas sujetas a la esclavitud de una especialización extrema. Para esquivar parte de los efectos negativos de esta división, Josep Vallès es partidario de planes de estudio que contengan -junto con materias propias de la ciencia política-buenas dosis de historia, economía, derecho, demografía o estadística.
Esta es tal vez la principal proposición del autor: quien desea obtener una buena formación no debiera ignorar el carácter compartido esta base fundamental que debe compartirse con la sociología, economía, derecho, antropología, etcétera, que le permitirá obtener una perspectiva multidimensional de la política y que en un mercado laboral en el que los perfiles profesionales se han hecho cada vez más difusos y cambiantes, aumenta el valor de la versatilidad de su perfil profesional.
No es equivocado afirmar que para Vallès el (la) politólogo (ga) es una especie profesional “todoterreno” y que una buena formación en ciencia política y en sus métodos de trabajos suministra la versatilidad necesaria para desempeñar funciones diversas en diferentes ámbitos profesionales, todos ellos vinculados a la gestión y la difusión de lo que sabe sobre la política:
Investigación y formación: puede contribuir al desarrollo del conocimiento sobre la política y transferirlo a otras personas mediante actividades de formación, ya sea en el sistema educativo, ya sea en el seno de instituciones públicas o empresas.
Gestión: puede utilizar dicho saber para fundamentar sus decisiones como gestor en organizaciones de diferente tipo.
Asesoría: puede también asistir con su conocimiento experto a quienes toman las decisiones, formando parte del staff de la propia organización o desde posiciones externas de la misma.
Opinión: puede difundir sus puntos de vista sobre aspectos concretos de la realidad política, influyendo sobre la opinión interna de la organización pública o privada en que trabaja o sobre la opinión pública en general.
En este sentido, la preparación de un politólogo debería facultarle para las cuatro funciones señaladas. Lo más frecuente es que se aplique a una de ellas de modo preferente, aunque sin descartar alguna otra. Por ejemplo, es usual compatibilizar la condición de formador en la universidad y la de asesor de las administraciones públicas. O la de gestor y formador. O la de formador y opinador. Menos habituales serán los casos de quienes quieren acumularlas en su totalidad.
Para ejercer dichas funciones las y los politólogos pueden combinar conocimientos y destrezas cuyos fundamentos habrá adquirido durante su periodo de formación, por ejemplo:
Hacerse cargo de la selección, recopilación y análisis de datos de todo tipo que sean de utilidad para que la organización en la que trabaja pueda definir y desarrollar sus proyectos y sus políticas.
Intervenir en el diseño y realización de estudios de opinión y de mercado mediante el uso de técnicas cuantitativas, ya sea con finalidad político-electoral, ya sea con finalidad de conocer y analizar la opinión de los usuarios sobre una organización, un servicio o un producto.
Aplicarse al seguimiento y supervisión de proyectos y de políticas públicas en curso de elaboración y aplicación, monitorizando su grado de cumplimiento.
Emplear las técnicas de evaluación disponibles para calibrar la eficiencia y la eficacia de las políticas de su organización, elaborando informes de situación para confirmarlas, corregirlas o suprimirlas.
Ocuparse de la previsión de futuras tendencias sociopolíticas en el entorno territorial, estado o región donde opera su organización y valorar la repercusión que los diferentes escenarios puede tener sobre ella y su actividad.
Dirigir o formar parte de la asesoría personal de los directivos de una organización, ya sea como miembro de su staff o gabinete de apoyo directo, ya sea en tarea de comunicación con el exterior y de enlace con sus servicios internos.
Finalmente, desempeñar funciones de dirección o gerencia en cualquiera de las organizaciones citadas en sus diferentes niveles jerárquicos, con carácter ejecutivo y no de asesor de investigación.
En síntesis, este autor señala que una buena formación en Ciencia Política debe ofrecer los recursos útiles para desempeñar funciones en organizaciones de diferentes tipos: a) en el mundo de la educación y la investigación; b) en las instituciones públicas; c) en las organizaciones no lucrativas; d) en la empresa privada, e) en los medios de comunicación y f) politólogos en política. No quiere decir con ello que cada individuo en concreto cuente con aquellos recursos con la misma calidad y con la misma intensidad, pero quien ha obtenido una preparación acreditada en ciencia política debiera disponer de los fundamentos necesarios para desarrollarlos.
Para el autor, el análisis de la situación profesional de los politólogos permite afirmar que las universidades -y más concretamente las facultades que imparten los estudios de ciencia política- deben avanzar en el camino del reconocimiento profesional, contribuyendo a ampliar la proyección de la profesión más allá del ámbito de la docencia y la investigación.
En el libro se publican 50 entrevistas de profesionales egresados de la carrera de ciencia política que revelan una considerable variedad de oportunidades profesionales. En la relación de perfiles profesionales se confirma que los politólogos ( en España) trabajan en entidades publicas (administraciones, parlamentos, partidos, bancos públicos) y en organizaciones no lucrativas ( fundaciones, organizaciones no gubernamentales e institutos de investigación). También lo hacen en consultorías y empresas privadas. Están presentes en todos los niveles territoriales: local, regional, estatal, internacional. Quienes trabajan en el sector público suelen estar más presentes en organismos autónomos, que, en los servicios de la administración general, donde los profesionales con formación jurídica siguen predominando.
Después de que conocimos la respuesta a la pregunta con la que desafiaron los editores a Josep Maria Vallès, ex diputado en el parlamento de Cataluña, podemos concluir afirmando que los politólogos han conseguido acomodarse en el mercado laboral. ¿Su colocación equivale a una influencia social efectiva? ¿Hasta qué punto inciden las aportaciones de la ciencia política sobre la política misma? Preguntarse por la utilidad social de la ciencia política es un punto de partida para aceptar que es posible influir sobre nuestra realidad colectiva mediante el conocimiento adquirido por las ciencias sociales. Hay quienes niegan esa posibilidad. Sobre ello debemos seguir discutiendo, tanto dentro como fuera de la misma profesión. Los estudios empíricos sobre el campo de trabajo siguen siendo necesarios.










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