Durante los años 1970 y 1980 proliferaron los estudios políticos acerca del quiebre de las democracias y su posterior proceso de recuperación y consolidación en Iberoamérica. En la década de 1990 se hizo foco en la extensión de la democracia hacia el Este europeo. Fue la época del apogeo: las democracias se multiplicaban y ningún otro sistema detentaba más prestigio ni entre las poblaciones ni entre los analistas. Pero apenas iniciado el siglo XXI el tema pasó a ser menos el derrumbe que el gradual, a veces inadvertido, deterioro de los sistemas democráticos por todas partes, tanto de aquellos más asentados y tradicionales como de los más jóvenes y frágiles.
El libro de Adam Przeworski sigue esa línea de preocupaciones,y si bien no se dedica a una región específica, prioriza una cantidad de casos nacionales noratlánticos. ¿Qué explica la irrupción de Trump, de Bolsonaro, de Orbán, por nombrar solo algunos ejemplos de “autocratización democrática”, como las denomina el autor? Este interrogante concentra el problema que busca encarar Las crisis de las democracias.
Los autócratas surgen en un contexto político de polarización electoral y naufragio de los partidos históricos, de creciente descalabro social y ausencia de perspectivas de futuro, de deterioro institucional y falta de alternativas programáticas a la visión hegemónica de la economía capitalista, sostiene Przeworski. Este panorama propicia la emergencia de lo que llama un “populismo delegativo” encabezado por un líder carismático, frecuentemente un personaje extravagante y outsider de la política, en el que una ciudadanía desalentada proyecta esperanzas de un cambio mágico. La mayoría tolera que el dirigente, una vez en el gobierno, erosione los valores de la democracia y vulnere sus instituciones para acaparar el poder y perpetuarse, acallando voces opositoras y conculcando la legalidad. La democracia se ve entonces restringida, puesto que no consigue alcanzar sus fines principales de acuerdo a la definición “minimalista” que maneja el autor: procesar los conflictos de manera enteramente pacífica y alternar gobiernos pacíficamente mediante elecciones. Para Przeworski, democrático es aquel sistema donde rige el Estado de Derecho, con sus valores liberales básicos, y hay elecciones competitivas.
Este libro no ubica como causa central del deterioro político la rampante desigualdad social ni otro aspecto económico, aunque los considera en su análisis. De hecho, a lo largo del texto Przeworski vuelve una y otra vez sobre el tema, puesto que la magnitud de su dimensión lo vuelve inevitable. El autor menciona la inequidad creciente desde los años 1980 producto del estancamiento de los bajos ingresos de individuos y hogares junto con la ruptura del compromiso democrático entre capital, trabajo y Estado a partir de la irrupción de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. A ello suma el descenso de las tasas de crecimiento en los países desarrollados y del empleo en la industria. Por último, resalta el final de la esperanza de que las nuevas generaciones vivirían en mejores condiciones que las anteriores, una creencia arraigada en Occidente desde la Revolución Industrial: entre 1820 y 2008 nunca hubo un período de treinta años seguidos de declinación del salario promedio, como sí comenzó a verificarse a partir de fines del siglo pasado. El tembladeral financiero de 2008 y sus variadas consecuencias se debe contar por supuesto entre los elementos de juicio. Pero todas estas mutaciones económicas, por impactantes y negativas que sean, no llegan a sostener por sí mismas una explicación acerca de la crisis de la democracia, asegura el autor.
Ni el eje económico, como tampoco el cultural o el puramente político, centrado en las fallidas estrategias de los grandes partidos, pueden ofrecer un marco heurístico; el problema de la democracia es multifacético y ninguna dimensión aislada posibilita su comprensión. Przeworski admite que esta conclusión puede parecer decepcionante, puesto que se considera incapaz de ofrecer otra. Su empeño consiste en dar vueltas sobre el problema para mostrar su complejidad antes que satisfacer al lector brindando una explicación sencilla, tradicional o rápida.
En 1778 se celebró en Estados Unidos la primera elección nacional basada en el sufragio individual (por supuesto, masculino y no universal). Desde entonces y hasta 2008, explica Przeworski, hubo más cambios de gobierno por golpes que por elecciones, pero las fuerzas armadas dejaron ahora de ser un actor relevante o una amenaza al sistema en la mayoría de las democracias. En nuestro tiempo asistimos, en cambio, a la erosión interna de ellas, a menudo de un modo silencioso y progresivo, combinado con la pérdida de confianza en la representación por parte de las poblaciones. Los indicadores centrales de esta situación son numerosos, aunque el autor se centra en tres principales.
El declive de los partidos tradicionales es el primero. Entre 1924 y 1998 los sistemas políticos de los 19 países que pertenecían en 2000 a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) mostraron cierta estabilidad. Había poco lugar para nuevos partidos fuera de los dos o tres más poderosos que exhibían escasa distancia ideológica entre ellos, aunque se transformaran internamente, cambiaran de nombre o sellaran alianzas. Todo esto sufrió un profundo trastorno cuando esos sistemas entraron en rápido declive con el surgimiento de populismos de izquierda o derecha (cuya diferencia más sobresaliente, apunta el autor, es la actitud ante la inmigración). En particular, la derecha radical comenzó a debilitar seriamente, o a derrotar, a los viejos partidos tradicionales con un discurso antisistema y antielitista según el cual la organización social debía confiarse o bien al mercado o bien al pueblo, pero siempre bajo la égida de un liderazgo fuerte y carismático. La emergencia de esta novedad política constituye el segundo indicador que destaca el autor.
Dichas agrupaciones, de rápido crecimiento nacional y expansión global, no son antidemocráticas, puesto que respetan el juego electoral, pero terminan vulnerando las instituciones, entre otros motivos porque promueven actitudes nacionalistas e incluso racistas. Resulta difícil determinar, opina Przeworski, si este tipo de discursos tienen su origen en la política o en la sociedad, pero es indudable que ambos niveles se alimentan mutuamente y acaban multiplicando la hostilidad, justifican los prejuicios y llegan a influir en el aumento de los crímenes de odio.
El tercer indicador es la desafiliación de la población respecto del sistema que se verifica en la sostenida caída de la participación electoral. En los sondeos, las palabras más comunes para referirse a la política o a los dirigentes suelen ser “decepción”, “disgusto”, “enojo” o “indiferencia”. Es preciso aclarar que esta generalizada aprensión no se limita a las instituciones representativas, sino también a la justicia o la prensa, entre otras instancias. Ello conduce a la amplificada reproducción de noticias falsas y de opiniones culturales relativistas; la gente se encierra en “mundos epistémicos” personales que forjan una realidad propia, indiferente a criterios objetivos. Muchas veces, acota el autor, dichas actitudes no sólo tienen que ver con el deterioro de las condiciones de existencia de la ciudadanía, sino también con el temor a la caída de quienes aún no lo sufrieron.
Las crisis de las democracias intenta una fenomenología analítica de los problemas de las democracias contemporáneas, en particular de aquellas desarrolladas a las que hasta ayer se creía resistentes, ya que las conmociones económicas y sociales no necesariamente se extendían a la esfera política. El libro contiene un sucinto repaso de cuatro casos del pasado: los antecedentes del golpe de 1973 en Chile, una reseña de la República de Weimar, el hundimiento y la resurrección del sistema francés entre 1954 y 1962 y las turbulencias políticas en Estados Unidos a lo largo de los años sesenta. Pero estas referencias intentan ser ilustrativas más que concluyentes; subrayan el papel de la contingencia y brindan lineamientos muy generales.
La historia no echa mucha luz sobre el presente, argumenta Przeworski. Los respaldos para su análisis de la actualidad se encuentran más bien en definiciones teóricas, en la literatura secundaria y en tablas construidas a partir de números electorales y encuestas de opinión calificadas. Informado y preciso, en ocasiones repetitivo o puramente especulativo, el panorama que pinta su libro evita afirmar encadenamientos causales fuertes y en su lugar sostiene diversas hipótesis explicativas y argumentos metodológicos que fundamentarían esa cautela. Su núcleo ideológico es la decadencia de las opciones políticas que llama “de centro”, muy claras en Estados Unidos, donde el autor desarrolla su vida académica, y menos evidentes en Europa. En su visión, en el sufragio democrático no se debe jugar un cambio demasiado nimio ni tampoco uno muy profundo. Pero en muchas elecciones contemporáneas se oscila entre la indiferenciación programática de los partidos tradicionales (o lo que queda de ellos) y las promesas, a veces disparatadas, de las agrupaciones que, al menos de palabra, se oponen al sistema tradicional.
La visión de la democracia que defiende Przeworski tiene algo de excesivamente normativo y convencional. Su moderada comprensión de lo que debería ser la “normalidad” de un sistema choca con las urgencias políticas y sociales que lo erosionan desde la base, si bien está lejos de ignorarlas en su examen. A la vez honesta y previsible, en la conclusión a la que llega en el párrafo final de su libro admite que “no termino de identificar qué podría sacarnos de la situación actual de descontento (…) Esta crisis no es sólo política: tiene raíces profundas en la economía y la sociedad”. La pregunta que esta obra deja en suspenso es si las preferencias centristas del autor, cuyo programa nunca se especifica, y su modesto modelo ideal de democracia (que propone “ni demasiado poco ni excesivo” cambio en la competencia electoral) constituyen una alternativa razonable o si no, resultan más bien un obstáculo para imaginar una salida alternativa a la de una derecha radical amenazante.










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