“Son tiempos oscuros para pensar el mundo”, afirma en su último libro, Necromáquina. Cuando morir no es suficiente (2021), la antropóloga Rossana Reguillo. Y no deja de tener razón. Vivimos tiempos convulsos y vertiginosos, de turbulencias y desasosiegos, ansiedades y desconciertos. Vivimos, ciertamente, tiempos de violencia, una violencia que se expande como un virus por todos los confines del planeta, que nos persigue como sombra a través de todos los ámbitos de nuestra vida personal y social y, que convertida en el telón de fondo de nuestra existencia y en una de las amenazas más apremiantes de nuestra época, ha desnudado nuestra fragilidad y nuestros miedos. Retóricas agresivas polarizan el escenario social debilitando los vínculos sociales. Discursos de odio exacerban la violencia alentando a la ruptura del tejido social. Tendencias políticas autoritarias, que nos regresan la memoria de regímenes totalitarios que creíamos ya enterrados entre las cenizas del bunker de la Cancillería nazi en Berlín o entre los ladrillos derrumbados del Muro que dividió durante veintiocho años a Alemania, resquebrajan los principios de las virtudes de la pluralidad y la tolerancia, así como el respeto a la ley. Estrategias políticas de crispación deterioran paulatinamente el debate público razonado, incitando a la expulsión de ideas contrapuestas a las nuestras e incluso a la desaparición -física y simbólica- del adversario. Predisposiciones intolerantes perfilan al “Otro” -cualesquiera que éste sea- como una amenaza, privilegiando homogeneidades culturales, políticas, nacionales, étnicas y religiosas. La violencia de la precarización, la desigualdad y la exclusión social no sólo abren cauces al reclutamiento de numerosos jóvenes por parte de un crimen organizado -global e incontenible-, sino que también obliga a migraciones forzadas de millones de personas que buscan, muchas veces sin encontrarlo, un lugar que los pueda y los quiera acoger. Los feminicidios alcanzan proporciones alarmantes a nivel global. En otra tesitura, vivimos la violencia simbólica de las redes sociales que distorsionan nuestra percepción de la realidad, emiten aseveraciones categóricas en doscientos ochenta caracteres, nos convierten en prisioneros de los algoritmos, anulan al Otro al apretar el botón de delete, contribuyen a procesos de desmemoria social al alentar el almacenamiento de inmensas cantidades de datos y, ciertamente, son parte sustantiva de los procesos de vigilancia social que se van imponiendo de modo gradual en nuestra vida cotidiana, individual y colectivamente.
En este entorno de violencia sistémica a la que hemos estado expuestos durante los últimos años y que, por una parte, nos disciplina en la obediencia y, por la otra, nos aproxima de hecho a lo que el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger caracterizaba como “guerras civiles soterradas”, en la que “cualquier vagón de subterráneo puede convertirse en una Bosnia en miniatura”, ¿cómo no sucumbir ante los monólogos que exacerban una animosidad social que no tiene ningún pudor en plantear la validez de eliminar al “enemigo”? ¿Cómo despertar del letargo ante la creciente ausencia de espacios para la deliberación pública? ¿Cómo sustraer la mirada ante las cifras de muertos, desaparecidos y torturados que conforman hoy la pesadilla de horror trágico -reiterativa e incontrolable- que se ha apoderado de nuestra realidad? ¿Cómo superar la indiferencia frente a las situaciones y circunstancias de una violencia que afecta, de múltiples formas, a los Otros, y que pudiera también en cualquier momento tocarnos a nosotros? ¿Cómo no paralizarnos frente a una violencia, física y simbólica, normalizada ya como parte del paisaje cotidiano? ¿Cómo vencer a la anestesia que nos envuelve ante la banalización de los medios y las redes sociales, indiferentes ante peligros que nos amenazan como sociedad, como bien lo plantea la película Don’t look up? ¿Cómo revertir lo que en palabras de Rossana Reguillo sería el “desmantelamiento de la vida”, ante una violencia que nos ha dejado como legado un cúmulo de biografías rotas, comunidades fracturadas y dolores nunca sanados? ¿Cómo vivir en tiempos peligrosos, en los que se resquebrajan los valores ilustrados de la razón, la fe en la ciencia, la libertad y la palabra?
Enrique Díaz Álvarez, en su libro La palabra que aparece. El testimonio como acto de supervivencia (Premio Anagrama de Ensayo 2021), partiendo de una realidad como la mexicana -recorrida por una violencia brutal e irrefrenable- narra, argumenta, interpela, sugiere, muestra, contextualiza y deduce para encarar reflexivamente la violencia “no sólo en el sentido de hacerle frente al problema, sino también en el de dotar de rostro y lugar al derrotado, al desechado, al desaparecido” (p. 16). Y lo hace con la libertad formal y creativa que permite el ensayo, un género muy ad hoc para épocas de incertidumbre. El ensayo, como género, no transita en su pensar por vías lineales, sino que más bien merodea por caminos sinuosos; explora senderos desconocidos para abrirlos a medida que vagabundea por ello; se extravía en busca de rutas secretas, y se nutre de la perplejidad para preservarse de las certezas. En esta tesitura, y lejos de una escritura críptica que desaliente la lectura por parte del gran público, el autor le apuesta a recuperar la fuerza de la palabra testimonial como expresión de “la memoria viva y encarnada” (p. 18) de voces, cuerpos y subjetividades -acercándose en esta línea a la microhistoria- de quienes vivieron las experiencias más trágicas del siglo XX y principios del XXI. Quiere perfilar sus rostros y arrebatarlos del olvido rescatando su palabra testimonial, es decir, la palabra de un actor o testigo “que estuvo allí”, que da cuenta de los hechos ocurridos y vividos en carne propia -más allá de la acumulación factual, de los datos estadísticos o de los “discursos oficiales”- para convertirse en una forma de resistencia disruptiva que visibiliza los lados oscuros de la historia. Sea en forma de relatos orales (transcritos o recogidos visualmente), sea como género literario, la palabra testimonial registra las memorias heridas de actores sociales habitualmente ignorados, y que se contraponen a las memorias (e historias) hegemónicas. La palabra testimonial es, entonces, en esencia, la narrativa de un “yo” -que podría ser incluso un “yo plural”- que memorializa y denuncia en el espacio público experiencias significativas de vida acontecidas en escenarios de violencia que, desde el poder, se pretende minimizar, silenciar y olvidar.
No es casual, entonces, que Enrique Díaz Álvarez encare a la violencia desde el testimonio como “forma de acción política en contextos de violencia” (p. 17). En diálogo con el contexto social, político y cultural de nuestra contemporaneidad, el autor recorre, en un viaje trepidante, diversas modalidades que ha asumido el testimonio a través de la historia reciente. Sustentado y nutrido por las reflexiones en torno a la guerra de figuras como Elías Canetti, Simone Weil, Virginia Woolf, Hannah Arendt, Walter Benjamin, Albert Einstei y Sigmund Freud, entre otros -para quienes las guerra fue una experiencia vivida en carne propia-, el autor examina, vincula, compara e interpreta los testimonios de los supervivientes de Hiroshima y Vietnam, recogidos en los reportajes de John Hershey y Michael Herr, respectivamente; las crónicas de George Orwell en torno a la guerra civil española; los testimonios sobre la participación de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial recopilados por Svetlana Alexievich; el proyecto narrativo de W.G. Sebald -a partir de testimonios escritos y visuales- en torno a la destrucción de ciudades alemanes (como Dresden) a fines de la Segunda Guerra Mundial; el desgarrador testimonio de Primo Levi en torno a su experiencia en Auschwit; el estremecedor documental de Lanzmann, Shoah, en el que entrevista a supervivientes del Holocausto; el testimonio escrito en tercera persona de Pilar Calveiro sobre los campos de concentración en Argentina, o el testimonio poético escrito por Javier Sicilia a raíz del asesinato de su hijo, entre muchos otros.
La lectura del libro de Enrique Díaz Álvarez, que entreteje lo mejor de la rigurosidad del académico con la libertad, imaginación y subjetividad del ensayista, perturba e inquieta. Obliga al lector a reconocer que la vida de los Otros en tiempos de violencia no es ajena a la nuestra, que escuchar su dolor es un imperativo moral y ético; que si no prestamos atención a las vidas signadas por el horror de la violencia, habremos perdido la batalla de la lucha por nuestra dignidad y el ejercicio de nuestros derechos; que si no desmontamos los discursos de odio, y los relatos unívocos del poder y la desmemoria ejercida en las redes digitales, seremos cómplices de una intolerancia que puede conducirnos a extremos políticos que preferiríamos no repetir, y que si, final- mente, permitimos el naufragio de la palabra ante el horror de la violencia, habremos perdido la batalla de la civilidad.










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