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Estudios políticos (México)

versión impresa ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  no.56 Ciudad de México may./ago. 2022  Epub 14-Ene-2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.24484903e.2022.56.82558 

Ensayos

El diálogo como alternativa

Dialogue as an alternative

José Luis Hoyo Arana* 

* Doctor en Ciencia Política por la UNAM. Profesor de Tiempo Completo adscrito al Centro de Estudios Políticos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.


Resumen

En el presente artículo, el autor presenta una propuesta de la evolución del diálogo a lo largo de la historia de la humanidad y de cómo quedaría remarcado como una empresa común en la que los argumentos, lejos de esterilizarse en la refutación inútil, servirían de fundamento a razonamientos más acabados que, paulatina y gradualmente, se irían precisando hasta convertirse en una rigurosa aproximación científica a la realidad concreta. Sin embargo, simultáneamente descubrimos ahí otro elemento arquetípico del diálogo, que en su ir y venir, revela que a la verdad no se llega sólo por el silogismo abstracto, ni por el discurso brillante, sino sólo y únicamente mediante la confrontación y fundamentación de las ideas

Palabras clave: Diálogo; historia; filosofía; pensamiento; abstracción

Abstract

In this article, the author presents us with a proposal for the evolution of dialogue throughout the history of mankind and how it would be highlighted as a common enterprise in which the arguments, far from being sterilized in useless refutation, would serve as a foundation. to more complete reasoning that, gradually and soon, would be specified until it became a rigorous scientific approach to concrete reality. However, simultaneously we discover there another archetypal element of dialogue, which in its comings and goings, reveals to us that the truth is not reached only by abstract syllogism, nor by brilliant discourse, but only and solely through the confrontation and foundation of the ideas.

Keywords: Dialogue; history; philosophy; thought; abstraction

Merleau Ponty, en Las aventuras de la dialéctica, expone las distintas versiones que el vocablo “dialéctica” ha recibido a lo largo de la historia de la filosofía. Sin embargo, basta releer cualquiera de los 19 diálogos de Platón para descubrir la esencia de la dialéctica, más allá de la elaboración teórica de cualquier pensamiento abstracto; o sea, la contraposición de hechos y argumentos como método de conocimiento.

Así, cuando leemos el primer libro del diálogo De La República o de lo Justo, se nos narra cómo Sócrates -el sabio y maestro por cuya boca habla el propio Platón-, bajaba de la Acrópolis al puerto del Pireo, cuando fue alcanzado por el esclavo de Polemarco, el cual le tiró de la túnica para avisarle que su amo le rogaba que lo esperara, puesto que deseaba conversar con él. Al acercarse, el polémico contendiente le reitera a Sócrates su firme deseo de dialogar, y le advierte que, de no estar dispuesto a hacerlo de grado, sería obligado por la fuerza, puesto que, junto con sus acompañantes, lo superaban en determinación y número.

Sócrates le replica que en vez de utilizar la fuerza, lo mejor sería que lo persuadieran por medio de razones. Pero ante la negativa de darlas y frente a la indisposición de ni siquiera escuchar razonamiento alguno, interviene Adimante -el tercero en discordia-, quien logra convencer a Glaucón, el joven acompañante de Sócrates, encomiándole la fiesta nocturna que habría de celebrarse esa noche en honor de la diosa local, después de lo cual irían a cenar, correría vino en abundancia y tendrían ocasión de conversar con las y los jóvenes que acudirían al festival. Sócrates cede ante los ruegos de su sobrino y, finalmente, todos acuden a casa de Céfalo, padre de Polemarco, donde ocurre una animada reunión.

Así, desde las primeras páginas del libro podemos advertir que, para efectuarse, el diálogo requiere de varias premisas y condiciones:

  1. La disposición de las partes para entablarlo: basta que uno solo de los participantes se cierre o se niegue a hacerlo, para que el diálogo no tenga lugar.

  2. La libertad para emprenderlo: si a la fuerza, como el vulgar dicho reza, ni las plumíferas ponen, mucho menos el cerebro humano será capaz de engendrar coherentemente razonamiento alguno.

  3. Cuando el diálogo se empantana, siempre hay un tercero en discordia por cuya mediación surge de nuevo la disposición al mismo.

  4. El diálogo no tiene por qué reducirse a la rígida disputa escolástica: la circunstancia peculiar que se produce al calor de una agradable reunión permite alternar con el otro y hace que las ideas fluyan con mayor facilidad y entereza.

Ya en la reunión, el anfitrión Céfalo -cabeza, cerebro, conforme a la etimología griega- agradece a Sócrates su visita, al tiempo que le confiesa que encuentra tan to más placer en la conversación, cuanto más le abandona la tiranía de la carne. Pero su conversación -le advierte Sócrates-, a diferencia de los ancianos de su generación, que no hacían otra cosa más que quejarse de los achaques de la vejez, o que añoraban con impotente nostalgia las comilonas y placeres de su juventud, solía versar más bien sobre el conocimiento y la reflexión científica, por lo que le manifiesta su complacencia en dialogar con los ancianos, puesto que éstos “se encuentran al final de un camino que acaso hayamos de recorrer alguna vez”.

Como resultado de lo anterior, tiene lugar un interesante intercambio generacional de conceptos en torno a la Justicia, en el que tercian jóvenes, adultos y ancianos. De tan característica reunión, podemos colegir otra virtud fundamental del diálogo: su capacidad para enlazar a individuos de distintas generaciones, en la búsqueda común del conocimiento.

Al continuar la lectura del libro, observamos cómo se alternan razonamientos y definiciones sobre la justicia, cuya esencia y razón la sustentan los contendientes ya sea en decir siempre la verdad, en dar a cada uno lo que le corresponde, en hacer bien a los amigos y mal a los enemigos, en la ventaja del más fuerte, en el interés del más débil, etcétera.

El diálogo no transcurre por cierto en la imperturbable tranquilidad del Topos Uranos, sino que enciende la pasión de unos, la indignación de otros, la turbación de éstos, la reflexión de aquellos: de repente uno de los participantes está a punto de convencer a todos, todos se enfurecen contra uno de ellos, se dividen en bandos, alguien pretende abandonar la reunión (y por ende poner fin al diálogo), los demás le solicitan quedarse para conocer sus razones, hasta que después de múltiples peripecias, todos avanzan en un punto, al concluir que la justicia es una virtud, y lo contrario a ella, vicio e ignorancia.

Así, sin haberse puesto de acuerdo en una definición concreta de la Justicia, todos descubren al menos la dirección en la que debe buscársele. El conocimiento, como la piedra de Sísifo, muchas veces suele empezar por el fracaso, castigo mítico para quienes pretenden alcanzar el máximo atributo de los dioses: la sabiduría.

Y aun así habrá que leer con paciencia dos libros más de aparentemente inútil controversia, hasta que Sócrates concluya, después de haber refutado a sus tercos oponentes, que la Justicia está relacionada con el orden, orden por cierto fundamentado en la división social del trabajo, para luego perfilar y definir su contenido, que no viene al caso discutir aquí.

Sin embargo, simultáneamente descubrimos ahí otro elemento arquetípico del diálogo, que en su ir y venir, revela que a la verdad no se llega sólo por el silogismo abstracto, ni por el discurso brillante, ni por la cerrazón personal, ni por la reafirmación de las propias convicciones, ni con base en la erudición, ni por vía de la experiencia personal, sino sólo y únicamente mediante la confrontación y fundamentación de las ideas, circunstancia que supone una actitud tolerante de las partes y un propósito común de los contendientes: el conocimiento. Conocimiento cuya consecución supone saber escuchar, debatir, razonar, proponer, aceptar, diferenciar, completar, precisar, reafirmar o cambiar de parecer en la búsqueda de un afán común: el saber mismo.

De esta manera, el diálogo pierde con Platón la peculiaridad erística con la que lo habían abaratado los sofistas -típicos mercaderes del conocimiento-, para quienes la capacidad retórica y habilidad para confundir al oyente se anteponía a la búsqueda de la verdad por la verdad misma. En adelante, el diálogo quedaría remarcado como una empresa común en la que los argumentos, lejos de esterilizarse en la refutación inútil, servirían de fundamento a razonamientos más acabados que, paulatina y gradualmente, se irían precisando hasta convertirse en una rigurosa aproximación científica a la realidad concreta.

El diálogo se convierte así en un método para elaborar y hacer avanzar el conocimiento: éste no es ya la empresa de un sabio solitario, sino tarea social colectiva en la que, de la confrontación de las ideas, surge colectivamente la actividad intelectual creativa. Conocimiento que se diferencia por cierto de la simple opinión, y que se opone por completo a la ignorancia.

Así, podemos observar que en otro diálogo (El Simposio), Diotima, mujer sabia en extremo, pregunta a Sócrates si no ha observado que existe un término medio entre la ciencia y la ignorancia, o sea, cuando se tiene “una opinión verdadera sin poder dar razón de ella”. La opinión -con suma frecuencia utilizada en el medio político y a veces entreverada en el discurso académico-, queda así tipificada como una aseveración distante de la ciencia, y que se encuentra más próxima de la ignorancia, puesto que la ciencia, conforme al mismo diálogo “debe fundarse en razones”.

De los ignorantes diría Sócrates que “ninguno de ellos filosofa, ni desea hacerse sabio, porque la ignorancia produce precisamente el pésimo efecto de persuadir a los que no son bellos, ni buenos, ni sabios, de que poseen estas cualidades, porque ninguno desea las cosas de que se cree provisto”. Grave riesgo para quienes, aferrados a parámetros elementales de carácter dogmático, se creen poseedores de la verdad absoluta, sea ésta dogma medieval, creencia decimonónica, mito del siglo xx o suposición del xxi. Creencias, mitos y figuraciones distantes de la realidad concreta, pero que contribuyen eficazmente a apaciguar las ansias, frustraciones, resentimientos y aspiraciones de quienes sucumben a las quimeras de la apariencia sensible, en vez de emprender el arduo camino del conocimiento científico.

En muchos otros pasajes -como en el “Protágoras”-, Sócrates insiste en las características de la Ciencia, la cual considera como alimento del alma, y de paso, pone en guardia contra los sofistas, quienes, a fuerza de ponderar su mercancía, acaban por engañar a sus oyentes, práctica por desgracia ya común no sólo en el medio político nacional, sino en las instituciones oficiales de cultura.

En una época en la que el medio intelectual en México se ha contaminado del sofisma político; cuando algunos intelectuales han sucumbido al empalago del poder, y ya sólo pocos se atreven a criticarlo; cuando otros más buscan afanosamente alcanzar algunas migajas del banquete oficial; y más aún, cuando en los debates públicos prevalecen los argumentos ad hominem, para suplantar con la descalificación irracional a la fundamentación racional; en fin, cuando la simpleza invade el ámbito oficial para encerrarse en un solipsismo acrítico, el rescate del diálogo como alternativa se impone como la tarea más urgente a realizar, tarea que por desgracia ya sólo es dable emprender a la generación que surja como negación de la generación extraviada, contaminada ésta por la intolerancia y la sinrazón.

Lejos estamos en la actualidad de los debates Caso-Lombardo, de los que el público en general, y el académico en lo particular, tenían mucho que aprender; lejos estamos de las contribuciones de un José Vasconcelos y del Ateneo de la Juventud. En esta época en la que prevalece el desvarío y la sinrazón, y en la que las instituciones de Educación Pública se encuentran nuevamente asediadas por el poder del Estado, es necesario que en vez de la opinión simple abramos paso a la sabiduría, para que el diálogo científico vuelva a florecer.

Y para ello es preciso volver a sembrar la semilla de la razón: hacer que prevalezca el principio hegeliano de aceptar al contrario como la conciencia opuesta en la que habré de reconocerme; avalar las bases del razonamiento adverso para fundamentar el propio; gozar del avance del conocimiento colectivo sustantivo, y no del éxito personal efímero.

El diálogo como alternativa, el respeto al oponente y la consideración del razonamiento opuesto; la tolerancia como forma de vida, el rechazo a la violencia y la opción alternativa por la razón científica; en fin, la concreción de la empresa histórica de la Ilustración es una tarea inmediata que ustedes, jóvenes que se proponen ser ilustres, tienen la obligación impostergable de emprender.

La antinomia kantiana supone, también, la conjunción de dos verdades opuestas en la concreción de un nuevo conocimiento, sometido éste invariablemente a la rigurosa criba de la razón. En vez de someterse a la opinión de un líder supremo, en cuya opinión habrían de descansar todos sus sueños, empeños y frustraciones, es necesario acceder a la mayoría de edad ilustrada, haciendo uso racional de la libertad y responsabilidad personal. ¡Sapere aude!, diría el filósofo de Koenigsberg…

En remembranza del 6 de febrero del 2001, día de Lesa Universidad.

Fecha en la que los actuales gobernantes guardaron ominoso silencio.

Recibido: 17 de Mayo de 2021; Aprobado: 06 de Septiembre de 2021

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